jueves, 3 de julio de 2014

Id, Ego y Súper Ego

Paula Orellana (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Esta es una historia de sucesos muy antiguos. Escondida por su revelador contenido para la época en que acontecía en un país muy lejano y en un lugar muy pequeño. Ningún ojo la ha visto antes, hasta ahora.

Ana de 18 años siempre figuró como la que primero se casaría de sus amigas. Su flamante belleza que le envolvía su bronceada piel dorada. Su frondosa cabellera negra, labios rosados, pestañas dobladas y ojos café hacía de su rostro un marco armonioso y perfecto para cualquier hombre interesado en dejar agradable descendencia. A su edad, su cuerpo desarrollado hacía una mezcla entre fuerza y delicadeza. Sus piernas bien formadas por las largas caminatas y los redondos senos heredados de su madre conjugaban con la belleza de su rostro, pero no lo consiguió ya que Violeta se casó a los 14 y Sofía a los 16. Violeta siempre gozaba, en apariencia, de haberse convertido en mujer antes que las tres. A Sofía, por otro lado, le preocupaban otros temas; la sequía de la tierra y por ende la falta de agua y alimento. El marido de Sofía compartía sus pensamientos; él se preocupaba por la alimentación de su familia y le robaba las ideas a su fiel esposa para tomarlas como propias ante sus amigos. A Sofía parecía no importarle, es más, lo disfrutaba ya que era su forma de "conversar" de los temas que a ella le preocupaban en una época donde la mujer no podía pensar en estos temas; le daba, hasta cierto punto, unas gotas demasiado placenteras de poder. Violeta se había adaptado, acomodado, acostumbrado a su marido. Cuatro años de matrimonio la había hecho la esposa perfecta; bella, callada, trabajadora y procuraba siempre oler muy bien. Ese olor a rosas que despertaba el animal en su marido y hacía que la tomara en las noches que a él se le apeteciera. Ana, por otro lado, seguía siendo una niña. A sus 18 años no le preocupaba convertirse en mujer. Claro, sus padres preocupados no pensaban igual, así que un día decidieron hablar con sus vecinos que tenían un hijo, Noel, con la misma mala suerte en asuntos del matrimonio. La esposa de Noel a los 6 meses de casados, la muerte la alcanzó y sin dejar descendencia, murió.

Así fue como Ana se casó. Se casó con un hombre al que no conocía. Corría la desdicha de no haber sido cortejada, así que no sabía que clase de hombre era, pero ¡qué clase de hombre es! -pensaba Ana. En su noche de bodas, su consorte no la tomó y con un beso en la frente la despidió a los sueños de la noche. Ana nunca había dormido con un hombre.

Sin desposarse, con el tiempo se hicieron amigos. Noel le contaba cómo había enviudado y cómo eso le había destrozado la vida. La forma en que había amado a su difunta esposa y cómo ésta le había amado a él. Ana se emocionaba al escuchar tales historias de amor y parecía no importarle que su actual esposo se las contara. Era como un cuento de fantasía y ella imaginaba cada historia como propia. No era normal que un hombre tratara así a una mujer. Bien dicen las escrituras que mandan a los hombres a no pecar de escandalosos al hablar de más a su mujer o al escucharla, ya que todos saben la fama de las mujeres al ser malvadas y lujuriosas hasta en los gestos.

Ana cumplió 19 un 14 de abril. Llevaban un año de casados. En las reuniones matutinas en el río para acarrear aguar, Violeta contaba su vida con sus tres hijos. Sofía se alarmaba que cada vez había que hervir más el agua, porque en los pueblos aledaños sacaban mucha basura cerca del río. También hablaba sobre las insuficiencias en cuanto a las destrezas de los mercaderes en el centro del pueblo y claro, hablaba del amor que le tenía a su único hijo. Ana las escuchaba y ellas esperaban que Ana les contara sobre su vida de casada, más no lo hacía, ya que sabía que la relación con su esposo era de amistad y no se había escuchado con anterioridad que una pareja de esposos fueran amigos ¡ni pensar!

Ana regresó con el agua a su casa y por sorpresa se topa con Noel. Sonrojada se quedó al ver que éste tenía el sexo erecto y que la miraba de una forma que no la había visto antes. Ana ignoró la mirada y se dispuso a preparar el agua para hervirla. Pasaron los minutos y sintió la respiración de Noel en su cuello. Éste sin tocarla solo la olía y respiraba. Ana no se quitó. Su eriza piel hizo que se volteara con los ojos casi cerrados. Como pidiéndole permiso con la mirada, Noel la tomó de la cintura y le besó las clavículas. Sus respiraciones se aceleraron y al fin, se coordinaron. Poco a poco fue Noel subiendo sus besos y cada vez más mojados llegaron a la boca de Ana. Sus labios empezaron a bailar y algunas mordidas se hicieron presentes. Ana sentía un cosquilleo entre sus piernas que no había sentido antes; tenía ganas de abrirlas. Noel metió sus dedos entre el sedoso pelo de Ana y jugando con el, hacía que moviera su cabeza al ritmo que él quería. Ana sentía el marcado abdomen de su pareja, que sin querer, lo tenía bien formado gracias a los trabajos físicos a los que Noel se dedicaba, por lo que tampoco le costó levantarla y sentarla en una mesa de madera que el había hecho unas semanas atrás. Sin pensarlo, Ana empezó a meter sus manos cada vez más adentro del pantalón de su pareja, cuando de repente reaccionó sobre lo que estaba pasando y más aún, lo que estaba por pasar. Noel se dio cuenta de su expresión y sin dejarla pensar mucho, le empezó a besar las orejas; esos besos que le hacen el pensamiento imposible a cualquiera que los esté experimentando. Ana cerró los ojos y dejó que Noel hiciera lo que tenía que hacer; después de todo él ya sabía lo que era amar a una mujer. Recordó una conversación que tuvieron hacía unas semanas atrás en donde el le comentaba que solía bailar con su difunta esposa y cómo estos bailes verticales terminaban siendo bailes horizontales. Ana pensaba que estaba a punto de bailar horizontalmente. ¿Era macabro que Ana pensara que gracias a su difunta esposa ella disfrutaba ahora? ¿Era pecaminoso sentir tanto placer? Justo en ese último pensamiento empezó la revolución de Ana. Sin embargo, todavía no se terminaba. Luego de un excelente ritual introductorio sintió cómo la carne de Noel ingresó en ella. Fue casi de sorpresa. Ella sabía que en esas cosas de mujeres casadas el hombre y la mujer se hacían uno, pero la realidad siempre supera la imaginación (para bien o para mal). Sí, estaban bailando. Bailando sin música. Bueno, en realidad la música la hacía el somatar del catre (sin que se dieran cuenta ya no estaban en la mesa de madera, estaban en el catre) y el rechinido de las patas del mismo. El placer aumentaba... ¿cómo es posible que sus amigas con años de casadas nunca le habían contado de estas cosas?... El placer aumentaba. De repente sintió una presión en el vientre. Dejó de respirar y por momentos se recordaba que lo tenía que hacer. Tenía los ojos cerrados y cuando notó que los tenía así, los abrió para darse cuenta que Noel parecía estar experimentando la misma situación. Por no romper con el pudor que se trataba de mantener en la época, digamos que el néctar de Noel recorría como río dentro de Ana. Ah, cómo los conceptos de pudor pueden cambiar.

Ana dejó de apretar sus manos y aflojó las piernas. La cabeza le hormigueaba. Noel se había acostado encima de ella y por alguna razón, de esas que no nos explicamos pero que no nos afanamos en buscarles explicación, Noel no pesaba. Sus carnes seguían conectadas. Bueno, lo conectado trascendía de la carne. Sin preámbulos Noel besó de nuevo a Ana con la misma pasión con que habían empezado todo el ritual, pero con más ternura. ¿Acababa de pasar todo eso? Durmieron.

A la mañana siguiente Ana se levantó con una relajación que ni las plantas del jardín de su abuela habían experimentado. Con mayor energía se dirigió a traer agua al río y de costumbre, sus amigas de la infancia estaban allí. Ya que no era usual que Ana platicara de sus asuntos de matrimonio, prefirió sonreír por dentro para no perder el pudor. Pero su felicidad sobrepasaba los límites de su piel y Sofía, la más observadora, la cuestionó. Ana no contuvo la alegría y les contó todo. Todo. Violeta bajó la mirada mostrando indiferencia y Sofía se emocionó junto con su amiga. Sofía estaba experimentando esa sensación comparable con un ser querido que se muere de avanzada edad. "Qué bueno que descansa, pero qué mal que se fue". Así se sentía Sofía. Claro que ella disfrutaba de "los bailes horizontales" -como muy acertadamente contó Ana-. Claro que los disfrutaba. Claro que los disfrutaba, se seguía repitiendo en su mente. Pero, ¡vaya que nunca había experimentado lo de Ana! Lo de Ana había sido una historia que no era permitida para las mujeres. Violeta seguía recogiendo agua y sacando el musgo de su cubeta. Nunca dijo nada, pero sus amigas sabían que su relación con su marido no era muy buena. Todos los vecinos escuchaban los golpes. "Me caí de las escaleras" -decía. Claro, Violeta no tenía escaleras en su casa -la casa de su marido- pero era la broma oculta en una triste realidad. Realidad que era de los más normal y que Sofía era la anormal y la situación de Ana lo era aún más. Regresaron a sus casas y Ana se encontró con su, ahora amante, Noel. Platicaron por horas. Noel ya no le hablaba de su difunta esposa. ¿Acaso el sexo une las almas que sin lo carnal no se dan cuenta de su unión? Entre plática y plática, Ana le comentó a Noel la envidia de sus amigas en la plática matutina. Noel se alteró. Jamás se había alterado con ella. Era un peligro que las mujeres envidiosas regresaran a sus casas con sus maridos para contarles las bonitas experiencias de otras. Eso era un peligro para el ego de sus amigos y Noel le explicó que su relación -la relación entre Ana y Noel- era como ninguna otra y era peligroso en esa sociedad que se supiera que Ana era una mujer que daba y recibía placer a antojo. Desde ese día Ana, Sofía y Violeta platican de la suciedad del río, de qué tan borrachos sus maridos llegan y los secretos de cocina que como buenas amigas se vale compartir. Violeta no podía hablar de su falta de placer, Sofía no podía hablar del juego de poder que manejaban con su esposo y Ana no podía hablar de todos los orgasmos que tenía semanalmente.

Cuenta la leyenda que esto, todavía les pasa a muchas mujeres. Sí, leyenda.

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Lo sabía…

Marcelo Colussi



Martin lo sabía. Desde el primer momento, siempre lo supo: ¡eso era imposible, un sueño afiebrado, una locura!

Lo sabía, y así lo decidió. O, al menos, eso creía. Su sensación era que él tomaba la última palabra, que esa era una decisión suya. Eso lo hacía sentir poderoso.

Más de alguna vez le habían dicho que había nacido para fracasar. Efectivamente, su vida era una larga suma de desaciertos, de fiascos. No era judío, ni tampoco comunista, ni homosexual, ni gitano…, pero había pasado dos largos años en el campo de concentración de Buchenwald. Nunca le pidieron perdón explícitamente. Ni él mismo podía explicarse por qué estuvo ahí… ¡Pero estuvo! Y no del lado de los alemanes, por supuesto, pese a ser todo un ario puro, rubio de ojos azules y más de un metro ochenta de altura con una piel tan blanca que llamaba la atención.

Terminado ese infierno, terminada la guerra, vinieron nuevos infiernos. Curiosamente Martin siempre sonreía con un aire bonachón. Jamás se lo veía triste. Pero nadie sabía tampoco qué sentía hondamente. Era muy reservado para sus cosas personales. Bien observada, su sonrisa, más que bonachona tenía algo de sarcástica. ¿De satánica quizá?

Con su esposa mantenía una relación muy superficial. Luego de engendrados los hijos, sus vidas sexuales eran muy pobres. Ninguno de los dos tenía relaciones por fuera del matrimonio, y en la pareja solamente se limitaban a cumplir con los ritos sociales mínimos que las circunstancias obligaban. De cierta forma, estaban separados sin estarlo. Ya había perdido la cuenta desde cuándo dormían dándose la espalda. Sus tres hijos, como no podía ser de otro modo por ser un producto suyo, también hacían parte de esta cadena de fracasos. O, al menos, así lo sentía Martin. La mayor, Ingeborg, era lesbiana -por supuesto, mantenido en el más riguroso secreto-; Klaus era alcohólico, y Berta quería meterse a monja. Él era católico, de lo que se sentía orgulloso. Pero tener una hija religiosa no era lo que más le satisfacía precisamente. En cierta forma lo sentía también como una derrota.

Klaus, con 23 años cuando sucedió la historia que estamos relatando, era ya desde su adolescencia un bebedor compulsivo. Su novia, Pauline -personaje central en lo que vendrá- lo había abandonado por eso. El muchacho había probado con varios trabajos, pero en ninguno duraba mucho. Pauline, jovencita adorable y que se había metido muy hondamente en el corazón de la familia, le dio innumerables ultimatos para que cambiara su conducta alcohólica, pero Klaus nunca lo hizo. Por el contrario, cada vez más se sumergía en el consumo.

La cercanía de Pauline con su suegro, Martin, había dado como resultado una gran confianza entre ambos. Se tuteaban con la más absoluta naturalidad, cosa llamativa para la época. Pauline llegó a contarle intimidades que ni siquiera a sus padres o hermanas confiaba. Del mismo modo, Martin se abrió completamente con la joven. También le compartía secretos, fantasías bien guardadas. Le hablaba de la frialdad de su matrimonio, de su eterna sensación de fracaso, de su falta de ánimo para la vida más allá de la bien estudiada sonrisa con que siempre aparecía.

Esa confianza fue dando lugar a sentimientos más potentes, menos “familiares” y más volcánicos. Para Pauline era la sensación de tener un padre-amigo con quien podía contar. Pero sin saberlo -¿o lo sabría?- fue abriendo la puerta para algo más. Pequeños detalles, inadvertidos quizá para quien viera la relación desde fuera, fueron construyendo un ámbito que desbordaba por mucho la simple familiaridad de un varón de más de cincuenta años con una jovencita veinteañera. Miradas cómplices, pequeños detalles como compartir los mismos cubiertos en la mesa, tirarse una bolita de nieve a la cara en gesto simpático, lágrimas que brotaban a veces cuando se sinceraban en la soledad de la salita del fondo de la casa, fueron dando lugar a un sentimiento que los comenzó a alterar.

Para Pauline, en verdad, nunca pasó de un extraño juego que, efectivamente, la alegraba, quizá la erotizaba en cierta forma -aunque ella prefiriese no enterarse-, pero del que nunca esperó más. Para Martin, sin dudas con una pesada historia de derrotas a sus espaldas, la presencia de esa joven era una fuente de vitalidad. Una vez le confesó, bañándose en lágrimas, que su vida se dividía en antes y después de conocerla. Ella tomó la confesión con cierta frialdad. Pero Martin comenzó a soñar.

“Soñar nos mantiene despiertos” leyó en algún libro de filosofía romántica, esos que el nazismo de años atrás había levantado como la gran creación intelectual aria. La frase pasó a ser la insignia de su vida: si la vida le resultaba tan trabajosa, tan pesada, mantener vivo un sueño le insuflaba energía. Una energía que le procuraba la más profunda de las satisfacciones.

Aunque ella no se dio por enterada, Pauline se transformó en lo más importante para Martin.

Si bien había roto con su hijo Klaus, quien seguía sumergiéndose día a día en el alcohol, la muchacha continuaba viéndose a diario con Martin. Ambos trabajaban en el mismo taller de orfebrería. Él era un avezado maestro en el asunto; ella una destacada aprendiz. Esa relación laboral los hacía verse cotidianamente. Pero hablaban muy poco en el trabajo, nunca más allá de lo estrictamente técnico, y sólo cuando era necesario; a veces pasaba toda una semana donde casi no se dirigían la palabra. Martin comenzó a escribirle cartas de amor.

Pauline las recibía con una actitud confusa: no las rechazaba abiertamente, pero tampoco las contestaba. Aunque, a veces, venían esas respuestas desconcertantes: un pequeño presente dejado para Martin en su mesa de trabajo -un chocolate, un caramelo-, o una sonrisa nada inocente, quizá un suspiro en su cercanía. Martin soñaba. “La vida fluye y nos da sorpresas”, afirmaba Pauline a veces. Para su amante secreto eso constituía ya una jurada declaración de amor. Aunque quizá fantaseaba muchísimo más de lo que la realidad le autorizaba. Pero esos sueños, tal como la frase del autor leído se lo recordaba a diario, lo mantenían despierto, vivo. Su vida había vuelto a tener sentido.

Como artesano joyero no era malo. Podría haberse independizado en algún momento y haber abierto su propio negocio, tal como su esposa se lo proponía. Su pusilanimidad, la sensación que fracasaría en el intento -como le sucedía con todo- se lo había impedido. Refunfuñando por lo bajo, había seguido siendo siempre un dependiente, con un salario que, si bien le permitía vivir, nunca lo había sacado de la relativa precariedad. Al aparecer Pauline hasta había soñado separarse de su mujer, proponerle matrimonio a la joven y abrir su propio taller. De todos modos, no pasó del sueño.

Klaus ya ni siquiera mencionaba a la que fuera su novia. El alcohol lo tenía atrapado. Eso era un puñal atravesado en el pecho para Martin, pero al mismo tiempo le dejaba la oportunidad de soñar con la que podría haber sido su nuera. Aunque al mismo tiempo, eso lo llenaba de culpa y vergüenza. Más de alguna vez había pensado cómo encarar a su esposa para decirle que estaba profundamente enamorado de esa muchacha. Sin embargo, ¿para qué decirlo, si la joven no lo tomaba como objeto amoroso?

El sueño no pasaba de quimera irrealizable. Él lo sabía. Desde el día en que descubrió que estaba enamorado de ella supo que eso no tenía futuro, que no podía ser, que era una locura. Pero… soñar lo mantenía despierto.

Era la década del 70, y ya para ese entonces se comenzaban a popularizar las escuelas de paracaidismo. Constituían aún un esnobismo, muy caro por cierto. De todos modos Martin tomó la decisión. Por supuesto lo hizo a escondidas de todos, también de Pauline. Simplemente le hizo saber que “algo grande estaba por venir”. La joven no entendió exactamente a qué se refería, pero pensó -¿esperó?- que Martin se decidiría a hacerle una propuesta amorosa. El desenlace que tuvo la historia no se lo imaginaba.

Martin lo sabía, lo supo siempre desde el primer momento. Simplemente estaba esperando la ocasión oportuna. ¡Y la ocasión había llegado!

Con unos ahorros secretos que tenía, disimulando muy bien toda la operación, comenzó a tomar sus cursos de paracaidismo. Asistía los sábados por la tarde, y armó todo de tal manera que no levantó ninguna sospecha en su familia. Tampoco a Pauline le comentó palabra del asunto.

Luego de un par de meses de entrenamientos, llegó el momento del primer salto. Llevaba los dos equipos, el principal y el de emergencia. Su instructor era sumamente puntilloso con cada detalle, y si algo no hubiera funcionado, sin dudas no le hubiera permitido abordar el avión. Por tanto, fue más que obvio que la decisión fue de Martin. No fue un error.

Con el ritmo cardíaco acelerado, sudando frío, saltó en tercer lugar, luego de dos jovencitos muy intrépidos. Él era apodado “el abuelo” en el grupo de los jóvenes paracaidistas. Eso no le preocupaba; por el contrario, le llenaba de orgullo. Ya en el avión, mientras llegaban a la altura propicia para el salto, se atrevió a comunicarlo a sus acompañantes: saltaba como parte de una promesa que se había hecho con su, por ahora, amante secreta, una jovencita de 22 años con quien, luego de esta primera experiencia en el paracaídas, se iría a vivir. La noticia dejó sorprendidos a todos. Recibió varias felicitaciones. “¡Viejo astuto!”, “¡Te envidiamos, viejo zorro!”, “¡Eres de los nuestros!”, fueron algunas de las palabras -ferozmente machistas- que recibió como aliento, como premio, como gesto de admiración.

Martin lo sabía, lo sabía desde el momento en que decidió tomar el curso, desde la primera clase. No se le olvidaba un solo detalle de las explicaciones, minucioso como era para todo. Si ninguno de los dos paracaídas se abrió, sin dudas no fue por accidente. Él lo sabía y lo tenía fatalmente calculado. Dijo luego el instructor que le comenzó acompañando en la caída, que tenía una cara de satisfacción cuando iba por el aire que le asustó: “no era una cara de humano. Parecía un ángel de esos que se ven en las iglesias, gozoso, pleno”, comentó aún impresionado por lo acontecido.

Nunca pudo demostrarse que fuera suicidio. No dejó carta alguna ni indicio que así lo permitiera pensar. Pero hubo un dato muy significativo: no fue Berta, su hija, la que finalmente se convirtió en religiosa. Fue Pauline.

En el diario personal que se pudo rescatar luego del incendio que consumió el convento, y del que Pauline -bautizada Sor Rita para su vida religiosa- pudo escapar milagrosamente, años después tuve la ocasión de leer que ella, aun siendo una laica, había escrito antes del fatídico salto: “quizá ya llegó el momento y se me declare. Si no, lo haré yo”.

Tomado de su libro “Cuentos filosóficos, o El lupanar de París”, de próxima aparición.

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Música: Grandes violinistas del silgo XX

ARGENPRESS CULTURAL

Decir quién fue el mejor violinista del siglo XX es un despropósito. En todo caso, hubo muchos grandes virtuosos. Hacer una lista de ellos según sus méritos es imposible; por eso presentamos aquí algunos de los más connotados intérpretes de ese hermoso instrumento, todos excepcionalmente buenos.



El violín, como se sabe, alcanza su máxima perfección interpretativa con ese monstruo reverenciado que fue el italiano Niccolò Paganini. Este maestro dejó obras tan complicadas que sólo algunos pocos virtuosos logran ejecutarlas. Tal es el caso de los violinistas que presentamos a continuación. Todos ellos descollaron por su fuerza interpretativa y por su calidad técnica en este bellísimo, y al mismo tiempo endemoniadamente difícil, instrumento.

Dejamos alguno de estos grandes intérpretes para solaz de nuestros oídos:

Jascha Heifetz, virtuoso del violín nacido en Vilna, Lituania (2 de febrero de 1901–10 de diciembre, de 1987). Fue uno de los violinistas más notables del siglo XX.

Movimiento perpetuo, de Paganini

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David Oistrakh (Odessa, Ucrania, 1908-Amsterdam, 1974) Violinista ruso unánimemente aclamado por su virtuosismo, por su excelente técnica y su potente sonoridad.

Campanella, de Paganini


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Yehudi Menuhin, también conocido como Lord Menuhin of Stoke d'Abernon, OM, KBE, fue un violinista y director de orquesta de origen ruso y de doble nacionalidad, estadounidense y británica. 22 de abril de 1916, Nueva York, Nueva York, Estados Unidos-12 de marzo de 1999

Danza Húngara N° 5, de Brahms


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Pablo de Sarasate: nacido en Pamplona, fue el violinista español más célebre de toda la historia, y recibió las enseñanzas de la escuela Franco-Belga en el Conservatorio de París, donde estudió con Alard, obteniendo a los 13 años el primer premio de violín de dicho conservatorio, tras solo un año de preparación. Su fama y prestigio internacional contribuyeron a que Lalo le dedicara el Concierto en Fa y la Sinfonía Española, Bruch su Segundo Concierto y la Fantasía Escocesa, Wieniawsky su Segundo Concierto, Joachim sus Variaciones para violín y orquesta, Saint-Säens su Tercer Concierto y Dvorak su “Mazurek”. Cabe destacar que, durante su carrera, tocó dos violines Stradivari. Su sonido fue uno de los más claros, dulces, refinados y elegantes de la época. Según se tiene constancia, hasta esa época, no era corriente una claridad del sonido y ausencia de sonidos secundarios, así como el uso del vibrato amplio y continuo que empleó Sarasate.

Aires gitanos, en versión libre de Sarasate


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Anne-Sophie Mutter (Rheinfelden, de Baden, 29 de junio de 1963) es una virtuosa violinista alemana. Empezó tocando el piano a la edad de cinco años. Poco tiempo después, empezó a tocar el violín, estudiando con los maestros Erna Honigberger y Aida Stücki. Después de ganar diversos premios, se dedicó exclusivamente a la música, al obtener una exención de asistencia a la escuela. A los trece años de edad el director Herbert von Karajan la invitó a tocar con la Orquesta Filarmónica de Berlín. Más adelante, en 1977, hizo su debut en el Festival de Salzburgo con la English Chamber Orchestra bajo la dirección de Daniel Barenboim. A la edad de quince años, Anne-Sophie Mutter realizó su primera grabación de los conciertos para violín K.216 y K.219 de Wolfgang Amadeus Mozart nuevamente con Karajan y la Orquesta Filarmónica de Berlín. Ese mismo año se le concedió la distinción de Artista del Año.

Tchaikovski concierto para violín y orquesta N° 1, Allegro moderato


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Ruggiero Ricci fue un violinista ítalo-estadounidense, conocido especialmente por sus interpretaciones y grabaciones de las obras de Niccolò Paganini. De supremo virtuosismo, es uno de los grandes del siglo XX.
Fecha de nacimiento: 24 de julio de 1918, San Bruno, California, Estados Unidos
Fecha de fallecimiento: 6 de agosto de 2012, Palm Springs, California, Estados Unidos

Danza de las brujas, de Paganini


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G77 y China en Bolivia: “Por un nuevo orden para vivir”

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Bolivia ha tenido la oportunidad de ofrecer al mundo información documentada de la Historia de América, con motivo de los 50 años de creación de la Cumbre del Grupo77 con la presencia de China.



Junto con Potosí, donde hay parte de los Archivos de Indias, La Casa de la Libertad, antiguo claustro universitario, en Sucre, es lugar donde nació Bolivia. Se firmó el Acta de la Independencia del Alto Perú en 1825 y en 1898 dejó de ser la sede del Congreso de la República.

Ahora es un repositorio de invalorables colecciones de documentos inéditos, algunos de ellos con varios siglos de antigüedad como el gran mapa de las colonias españolas en Sudamérica, editado en España en 1775.

De acuerdo con varios investigadores en Bolivia, se conoce o se puede conocer que la historia oficial olvidó, ocultó o no tomó conciencia de la existencia y el aporte de los pueblos originarios en la construcción de una nación. La investigación científica permite ver que la historia de Bolivia es un proceso dinámico de relaciones entre diversos grupos sociales y culturales, la esencia misma de la bolivianidad.

Declaración de Santa Cruz

Después de tres días de exposiciones de varios jefes de Estado, presidentes, cancilleres y algunos ministros de economía, Bolivia ha podido mostrar una mayor cohesión política y social interna como de la Región Sudamericana, con menos incidencia en actos políticos sino con propuestas que deberían ser vinculantes con las Naciones Nacionales.

Se ha percibido la necesidad de un cambio de los paradigmas existentes en el mundo de las Relaciones Internacionales y construir un horizonte para la nueva Geopolítica del Sur en la transición del mundo unipolar al mundo multipolar.

La Declaración incide en una agenda formal-institucional y aportes al debate de la Agenda Post-2015 y la construcción de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) que deben sustituir a los Objetivos del Milenio. Y en segundo lugar la construcción de ese otro mundo posible, un mundo de soberanía para el Sur, libre de toda forma de colonialismo e imperialismo.

Destaca que los Objetivos de Desarrollo Sostenible en las tres dimensiones del desarrollo sostenible: económica, social y ambiental.

Es necesario promover la armonía con la naturaleza y la Madre Tierra. Se afirma que no existe un único modelo de democracia y se reafirma la necesidad de respetar debidamente la soberanía, la unidad y la integridad territorial y el derecho a la libre determinación.

Desde una lectura de la crisis del capitalismo, se apuesta por una reforma de la estructura financiera internacional que refleje las realidades del siglo XXI.

Denuncia una vez más el bloqueo a Cuba, instando a que se ponga fin al embargo económico, comercial y financiero que sufre la Isla. Condena la situación neocolonial en las Malvinas donde se reconoce el perjuicio a la Argentina y se insta a encontrar una salida pacífica a la disputa por la soberanía sobre las islas.

También se hace una defensa del pueblo palestino y una condena de la ocupación militar israelí.

Destaca el desarrollo en torno a la biodiversidad, los bosques, la desertificación, los océanos, y especialmente el cambio climático. El cambio climático pone en peligro la propia existencia y supervivencia de los países y las sociedades.

El Secretario General de Naciones Unidas Ban Ki-moon defendió el Vivir Bien y el desarrollo en equilibrio con la Madre Tierra como aportes bolivianos a la construcción de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

La Cumbre remarca una defensa de los Derechos de los Pueblos Indígenas, instando a trabajar en pro de la realización de los mismos sobre sus tierras, recursos naturales, identidad y cultura.

Bolivia también ha incorporado en la Declaración los principios andinos del ama suwa (no seas ladrón), ama llulla (no seas mentiroso) y ama qhilla (no seas perezoso), principios que, de conformidad con todos los derechos humanos y las libertades fundamentales, contribuyen a los esfuerzos para prevenir y combatir la corrupción.

Bolivia enmienda la Declaración para que su país sea la sede del “Instituto de Descolonización y Cooperación Sur-Sur, una alianza económica, científica, tecnológica y cultural entre los países del G77+China para posibilitar una real y definitiva independencia del Sur.

Los movimientos sociales

Los presidentes de izquierda de América Latina como Raúl Castro, Nicolás Maduro, Rafael Correa, Salvador Sánchez Cerén, José Mujica, Cristina Fernández, coincidieron en invitó G77 + China a crear un nuevo orden mundial en beneficio de los pueblos, que incluya un sistema de normativas globales para combatir la unilateralidad de los organismos internaciones hegemónicos.

Un mensaje en el mismo horizonte planteó Rigoberta Menchu, el propio Ban Ki-moon, encabezados por Evo Morales, al insistir en un nuevo paradigma de Relaciones Internacionales llamado Diplomacia de los Pueblos.

Desde Santa Cruz, región que mantenía relaciones distantes con La Paz, Rafael Correa advierte que los peligros de la restauración conservadora, demanda una contraposición que defienda la unidad de los gobiernos progresistas. Un ejemplo es la resolución de apoyo a Venezuela, ante la agresión de los EEUU a la revolución bolivariana.

Está claro que no puede darse una total erradicación de la pobreza y superación irreversible de la desigualdad, si esta no va de la mano de la liberación económica y política de los pueblos en el marco del Vivir Bien y la Diplomacia de los Pueblos.

Cristina Fernández, en forma didáctica, declara: “Lo que está sucediendo en el mundo no es el capitalismo sobre el que escribieron David Ricardo ni Adam Smith (teóricos que promulgaron el comercio internacional y la propiedad privada de los medios), es una distorsión total y absoluta que sobrepasa la categoría de explotación y de los capitales financieros y que está al servicio de la exclusión. Ya ni siquiera los hombres son importantes para explotarlos sino que se les excluye”.

Tareas fundamentales

Del desarrollo sustentable al desarrollo integral en equilibrio con la madre tierra. Refundar la democracia: De la democracia representativa a la democracia participativa y comunitaria que democratiza la riqueza.

Los servicios básicos como derecho humano universal, donde el agua debe constituirse en un derecho humano esencial de las personas.

Descolonizar la economía; descolonizar la cultura; descolonizar los saberes; descolonizar el mundo.

Erradicar el hambre en los países del sur consolidando nuestra soberanía con seguridad alimentaria.

Ciencia y tecnología al servicio de los pueblos y de la humanidad para vivir bien. Frente a la crisis del capitalismo, nueva arquitectura económica financiera mundial. Soberanía sobre los recursos naturales.

El Grupo 77 no comparte un horizonte común como era el bloque de los no alineados. No se vislumbra un horizonte socialista, en el sentido de la expropiación de los medios de producción y la sociedad sin clases, tampoco hay una clara posición antiimperialista, salvo la exacerbación discursiva de algunos gobiernos progresistas.

Las reuniones G77 tratan de problemas técnicos, de competencia administrativa de los gobiernos, problemas relativos a la energía, a la agricultura, a la alimentación, al comercio, a la inversión, a las finanzas, a la cooperación regional, al desarrollo, a la ciencia y tecnología.

El documento de la Cumbre del G77+China será la base para elaborar los nuevos objetivos de la reunión del milenio de la Organización de Naciones Unidas (ONU) que en Nueva York el próximo año, remarca vicepresidente boliviano Álvaro García Linera.

China principal beneficiario

El nuevo orden mundial y el G77+ China, en opinión de académicos bolivianos representan una ocasión para abrir, formular o siquiera pensar ya no sólo adornando la realidad, sino llevar la retórica al punto de la mentira.

El orden mundial, en su opinión, emergente del protagonismo chino no es un orden anticapitalista. El único alcance y vocación de China es la disputa de la hegemonía mundial a EEUU, pero bajo los mismos presupuestos sociales y políticos: explotación laboral colonial, monopolio de la tecnología, imposición de las reglas de juego en términos coloniales, imposición de los precios de las materias primas, uso de las periferias del mundo como mercados de consumo de sus productos.

El industrialismo chino y su maquinaria de consumo es uno de los causantes del cambio climático, pero gracias al poder que tiene en el G 77 hace aprobar declaraciones que trasladan las causas al escenario ambiguo de las “políticas y prácticas deficientes”.

China ha firmado un acuerdo para cultivar tres millones de hectáreas o unos 30.000 km cuadrados de tierra de Ucrania durante medio siglo, lo que constituye el 5% de la superficie total ucraniana o el 9% de su tierra cultivable. El acuerdo ha sido suscrito con la Construction Corps (XPCC de China) y la ucraniana KSG Agro.

Desde 2007, China ha comprado tierras cultivables en América del Sur, el sudeste de Asia y África, según un informe del Instituto Internacional para el Desarrollo Sostenible. Los críticos aseguran que la medida es un ejemplo de una serie de acuerdos globales de tierras que evocan los tiempos del colonialismo y de extracción de recursos de los países más pobres a manos de los países ricos, sugiere el portal.

Arabia Saudita, Corea del Sur, los Emiratos Árabes Unidos, el Reino Unido y Estados Unidos, entre otros, vienen comprando tierras agrícolas en el extranjero, sobre todo tras el pico mundial marcado por el precio de los alimentos en 2007-2008.

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Plástica. Desde Holanda: Jan Miense Molenaer



Jan Miense Molenaer (1610, Haarlem-enterrado el 19 de septiembre de 1668, Haarlem), fue un pintor y grabador holandés cuyo estilo fue precursor del de Jan Steen durante la llamada Edad de oro de la pintura holandesa.

Compartió estudio con su esposa Judith Leyster, con quien se casó en 1636 y pintora de género, retratista y de naturalezas muertas. Los dos fueron discípulos de Frans Hals y cuando estuvo en Ámsterdam entre 1636 y 1648, recibió la influencia de Rembrandt. Su hermano Klaes también fue un pintor paisajista.

Molenaer consiguió pronto un estilo próximo a Hals pero más tarde desarrolló un estilo como el del pintor de género Adriaen van Ostade. Sus escenas de género a menudo representan músicos tales como Los Músicos (Museo de Bellas Artes de Budapest), El Dúo (Museo de Arte de Seattle), o Retrato de la familia del pintor tocando música (Museo Frans Hals). También pintó Tabernas y personajes jugando a las cartas o juegos de la época como el denominado en holandés Handjeklap, que literalmente significa dar palmas con las manos.

Molenaer, en sus escenas de género tuvo un estilo más suelto, pintando historias bíblicas con personajes populares de campesinos y soldados como en su obra La negación de Pedro (Museo de Bellas Artes de Budapest) que representa una escena del Evangelio de Pedro, situada en una taberna holandesa de la época.

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Fuente: Wikipedia

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Biografía de José Carlos Mariátegui



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Imágenes de un crimen

Lobo Cruz (Desde Buenos Aires, Argentina. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



El hambre es un buitre sobre un niño,
la palabra que jamás debió ser verbo,
un afiche con promesas partidarias,
una pelota rodando sobre un plato,
el enigma perverso a la inocencia,
una paloma defecando en el mundo,
un vientre hinchado de ignorancia,
el aullido de las vísceras rebeldes,
el insomnio más cruel para los sueños,
la barbarie inhumana de los hombres,
el dolor que no calma ningún beso,
Y el que siento con la sed de justicia.

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Años después

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Andrés tenía cáncer de próstata. Era una época en que la palabra “cáncer” era sinónimo de muerte segura.

Pero su médico supo que en otro país estaban haciendo una experiencia pensando en la posibilidad de encontrar una forma de cura para el cáncer.

Era congelar a los cancerosos que lo aceptaban, para descongelarse muchos años después, cuando ciertamente el remedio para la cura del cáncer haya sido descubierto.

Así fue que se despidió de su familia y se hizo congelar.

Andrés era políticamente de izquierda. No dudaba que vendría la Revolución y que el proletariado tomaría el poder. Directamente o por medio de lo que se llamaba “la lucha armada”, grupos armados que mataban reaccionarios civiles o militares. Era inevitable.

Cuestión que en los años sesenta fue congelado y despertó en el 2.014. Fue tratado con radioterapia y fácilmente se curó del cáncer.

Cuando despertó después de tantos años se enteró de la existencia de Cristina en Argentina, Dilma Roussef en Brasil, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, y así otros.

Pero lo sorprendente para él fue que esos fueron presidentes por elecciones, y no por previa lucha armada.

Lucha armada que en Argentina, al no tener el apoyo popular, fue el pretexto, la justificación de la sangrienta dictadura que comenzó con Videla en 1976.

Así fue que Andrés, al saber de esa chocante diferencia con lo que él pensaba años atrás, y por la que tantos amigos suyos, o amigos y parientes de esos amigos fueron torturados y muertos, al reconocer y aceptar esa diferencia, se puso a llorar.

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Plástica: Pinturas que parecen fotos



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Despertar

Cristina Villanueva (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



La Diosa Despierta

Se deshace del placer del sueño, escucha al universo transformado en vaivenes. Un dragón lejano escupe fuego y el cielo se arropa entre rojos y rosas. Un beso ronda el amanecer, cae en la mañana.

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Lla no bibe aki desde ace 4 anos

Daniel de Cullá (Desde Bugos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

(Cartel colgado a la puerta de la cochinera en escala de colores en una cuadra de Santacruz de la Zarza, Toledo, priorato premostratense)

Sabios cerdos literatos, cochinos, lechones, marranos, gorrinos, puercos, celebran el cónclave de los Asnos que ilustran a la nación en el lenguaje querencioso, que tiene mucha querencia, y también del sitio por que la tiene, que en él hay página que contiene hasta ocho Rebuznos, que no es poco, cual saludo hecho a cañonazos a favor de un Jumento saltabardales a quien se le colocó en el testuz, alguno dice frente, otros nuca, el babunuco, rodete que se pone en la cabeza, cual corona, para cargar pesos, cual muchacho o mozo travieso que en punto a Rebuznos se las puede apostar al más guapo de los Asnos gorrones, vividores.



“El número total de Rebuznos presentó hermosa suma vivaque, en cada uno de los pequeños grupos en que se divide una tropa para acampar al aire libre de la cuadra”, dijo un choto, cabrito que aún mama.

“Sus Rebuznos son como canto gregoriano de canónigos o monjes de monasterio”, dijo el ganchero baboso, intelectual que guía con una pértiga larga rematada en un gancho para agarrar, colgar, sujetar cosas o seres particularmente para casas de juego, lupanares, aventuras en África etc., ligero, veleidoso, insubstancial.

Las gallinas, los patos, y algún que otro conejo, los caballos despapados y las yeguas greñudas, infirieron que habrá pocas obras o tal vez ninguna hasta ahora, que contenga tantos Rebuznos como esta, a lo menos expresos.

“Sea ante todas las cosas el Rebuzno del Te Deum de los Asnos, dijo una coneja dominguera, que sólo acostumbra divertirse y procrear los domingos y días de fiesta, y que estaba rumiando el libro de segunda mano “Prince Valiant in the Days of King Arthur (El Príncipe Valiente en los Días del Rey Arturo), de Harold Foster, de 1937.

¡Qué de cosas se veían en la cuadra! Todos, la mayoría, apostaron por el Jumento que daba latidos. El cielo, como en combinación de espejos parecía que se motejara de los asnos y los cerdos, sabedor que es deudor de las gracias y victorias, y los cetros, principalmente desde el sermón de el Asno Cambriles, el famoso Asno capuchino, llamado el Veronés, perteneciente o relativo a Verona, ciudad de Lombardía sobre el Adigio, muy antigua e histórica, pero que vivió y trabajó la mayor parte de su vida en Venecia, como Pablo Galiari, quien, al hablar del Paraíso, dijo:

Que buenos Asnos hay, también, allí.

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Un acto de dignidad en las olimpíadas de 1936

Luciano Andrés Valencia



El Mundial de Fútbol “Brasil 2014” va transcurriendo su segunda fase y a estas alturas ya es evidente que los principales beneficiarios del evento son los grupos económicos ligados a la FIFA y para las elites económicas y políticas locales. Para el pueblo brasileño la realización del Mundial en su país significó desalojos forzados, militarización de los barrios y represión que se cobró la vida de decenas de personas. Por eso, cuando el fútbol ha sido cooptado por las corporaciones y el poder, es importante recordar un acto de dignidad que tuvo como protagonista a la selección peruana en las Olimpiadas de 1936, que enfrentaron al poder fascista.

Los Juegos Olímpicos de 1936 se llevaron a cabo en Berlín, Alemania, entre el 1 y el 16 de agosto. La elección de la sede se había realizado en 1931, dos años antes de la llegada de los nazis al poder. Aunque hubo en un primer momento un intento de boicotear los Juegos por parte de la delegación de Estados Unidos, finalmente se optó por participar. Solo España, que estaba llevando a cabo un proceso revolucionario, boicoteó los juegos organizando unas Olimpiadas Populares en Barcelona que debieron suspenderse por la guerra. Participaron de los juegos de 1936 casi 4000 deportistas de 49 países, quienes compitieron en 19 deportes y 129 especialidades. Para el régimen alemán era una forma de mostrar la magnificencia del nazismo y para evitar dar una mala imagen ante el mundo se retiraron de las calles los carteles antisemitas.

Los Juegos Olímpicos no estuvieron exentos de controversias, pero un hecho que merece destacarse es el partido entre las selecciones de Perú y Austria por los cuartos de final del Torneo de Fútbol. La selección sudamericana venía de golear 7-3 a Finlandia, y ahora se enfrentaba con el país natal de Adolf Hitler en el Estadio Hertha Platz.

El partido se llevó a cabo el día 8 de agosto y hasta los primeros 75 minutos de juego los austríacos se imponían por 2-0. Sin embargo la selección peruana reaccionó hacia el final del segundo tiempo logrando el empate con goles de Jorge Alcalde y Alejandro Villanueva. Para entonces un grupo de aficionados peruanos abandonaron las tribunas y bajaron a la cancha para alentar de cerca a su equipo. Durante el tiempo suplementario el árbitro anuló tres goles peruanos, pero aun así Perú se impuso por 4 a 2 con dos goles del delantero “Polo” Fernández sobre el final.

Esta humillación de la selección austríaca por parte de un equipo sudamericano cuya delantera era llamada “el Rodillo Negro” no podía permitirse en unos Juegos planificados desde el III Reich para mostrar la superioridad de la raza aria. Por ello se presentó una protesta ante el Jurado de Apelaciones diciendo que la presencia de simpatizantes peruanos en el campo de juego había obrado como una forma de intimidación, llegando a decir que uno de ellos portaba una pistola para amenazar a los jugadores austríacos. También se argumentó que el Estadio no cumplía con las medidas necesarias para jugar un partido de fútbol. El Jurado, compuesto exclusivamente por europeos, convocó a una reunión para el 10 de agosto a las 10 horas, pero la delegación peruana no llegó a tiempo porque fue retrasada por un desfile alemán que se desarrollaba en las calles. Con apoyo del Comité Olímpico y de la FIFA, se resolvió suspender el partido y ordenar que se jugara nuevamente a puertas cerradas.

Perú se negó a repetir el partido por considerarlo un robo. Además tenemos que tener en cuenta que el jugar a puertas cerradas podía facilitar que se cometiera un nuevo fraude. Toda la delegación olímpica peruana, compuesta por 59 deportistas, apoyó la decisión de la selección de fútbol y se retiraron de los Juegos el 12 de agosto. La delegación colombiana se sumó a la protesta en un acto de solidaridad latinoamericana y también se retiraron. Ese mismo día los Juegos Olímpicos perdieron a dos delegaciones. Las delegaciones de Argentina, Chile, Uruguay y México expresaron su solidaridad con el Perú, aunque sin abandonar la competición.

En Lima la decisión del Jurado de Apelaciones no fue bien recibida y decenas de personas se movilizaron ante el Consulado Alemán, que fue atacado con piedras. La llegada de la delegación al Puerto de Callao fue recibida por una multitud que los ovacionó como héroes.

Gracias a estas maniobras, la selección austríaca llegó hasta la final donde fue derrotada por la Italia fascista de Benito Mussolini, que había obtenido la Copa del Mundo que los tuvo de local en 1934 y volvería a obtenerla en la Copa de Francia en 1938.

La selección peruana de fútbol tuvo en las Olimpiadas de 1936 un acto de dignidad al negarse a convalidar el fraude al que la querían someter por haber humillado al país natal del dictador Adolf Hitler. Michael Dasso, miembro del Comité Olímpico Peruano, declaró en aquella oportunidad: "No tenemos fe en el atletismo europeo. Hemos venido aquí y hemos encontrado un puñado de comerciantes". Teniendo en cuenta los poderosos intereses económicos que podemos observar en las últimas Copas del Mundo, parece que su frase conserva plena vigencia.

Luciano Andrés Valencia es escritor. Autor de La Transformación Interrumpida (2009) y Páginas Socialistas (2013), y numerosos artículos en medios de prensa alternativos y páginas de internet.

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Amaneceres

Norton Contreras (Desde Suecia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



De madrugada amor, de madrugada
me buscas y te busco en amaneceres, en horas
en que la noche viene borrando estrellas
y el nuevo día aún duerme escondido
detrás de una nube
De madrugada amor, de madrugada
me buscas y te busco en amaneceres, en horas
en que el poeta de la ciudad vuela en una
bicicleta repartiendo los diarios
Bajando y subiendo las escaleras de los
departamentos que se repiten antes
sus ojos como los días del mes
De madrugada amor, de madrugada
me buscas y te busco en amaneceres
Nos buscamos más allá de tus horas
y mis deshoras

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La belleza de la arquitectura

Bellas obras arquitectónicas: un solaz para la mirada.



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Osadía

Néstor Alejandro Tenaglia (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



"el cemento se devoró al hombre"
dijo el diego/
diego nuestro que estás
en la tierra/
al que odian y aman/
el cemento se devora el alma
digo aquí
en esta noche nublada/
de un otoño
que desfallece:
¿por qué la fiesta
y el dolor de los postergados?
¿por qué la calesita
y las flores arrancadas?
¿por qué la desidia
vestida de progresismo?
digo aquí
en esta noche de junio
que la vida es otra cosa,
acaso un taller,
una almohada
un Pichuco y un mate/
acaso una lata de cerveza
y la luz de una vela
en medio de los cortes/
digo que se extraña
la hermosa melancolía
de los poemas de Urondo,
la voz de Gelman en el paraíso
de los vivos
digo que se extraña
la osadía de Santoro,
y la indomable locura
de Pizarnik:
el cemento se devora al hombre/
dijo Maradona,
y aquí en la noche
cuando todo duerme
me declaro en rebeldía
ante tanto maquillaje
hecho discurso,
ante tanto lumpenaje
detrás de un escritorio,
ante la mirada canchera
del militante de bolsillo
cuyos padres, tíos o abuelos
dejaron la vida
en los campos o en las calles
por una región diferente/
por una patria distinta
donde no cupiera
nada parecido al abandono.

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Video: “España. El crepúsculo de un rey corrupto” (2013)

Palabras introductorias de El Ave Fénix

A raíz de la abdicación del Rey Juan Carlos en su hijo Felipe hace menos de un mes, se ha generado muchas protestas populares a lo largo y ancho de España, exigiendo el fin de la monarquía.

Como recordarán, luego de que un gobierno democrático fuera electo en la década de los '30, la oligarquía española (en contubernio con Hitler, Mussolini y el Vaticano) apoyó el levantamiento militar encabezado por Francisco Franco, lo cual desató una terrible guerra civil que en tres años consumió alrededor de un millón de vidas.

Luego de haber aplastado militarmente al gobierno que el pueblo había elegido en las urnas, Franco permaneció en el poder casi 40 años y poco antes de morir llamó a Juan Carlos (quien vivía en el exilio en diversos países europeos) para dejarlo al mando de España. Juan Carlos "reinó" casi cuarenta años y ahora pasa la corona y el poder real a su hijo Felipe.

En las calles de las principales ciudades españolas se han generado manifestaciones enarbolando la bandera tricolor de la República las cuales cubren un amplio rango de intensidad, yendo desde las más pacíficas hasta las que gritan "Los Borbones a los tiburones" mientras pasean guillotinas listas por las calles de Madrid y Barcelona, en clara alusión a lo ocurrido en la Revolución Francesa en 1789, en la cual para terminar con el sistema monárquico tuvieron que rodar muchas cabezas guillotinadas, entre ellas las del Rey Luis XVI y María Antonieta.

España enfrenta la disyuntiva histórica de si continuar con una monarquía o convertirse en república tal como la mayoría de países europeos (al día de hoy, los españoles son súbditos, no son ciudadanos). Además, España enfrenta varios movimientos secesionistas y separatistas fuertes, entre ellos el de Catalunya (cuya capital es Barcelona) y el del País Vasco.

Un gran pensador español, el Doctor José Ortega y Gasset, solía decir que España es una pluralidad de regiones deseando vivir juntas pero al mismo tiempo separadas, deseando formar parte de una gran nación pero al mismo tiempo gozar de autonomía, deseando formar un país y al mismo tiempo reafirmar sus especificidades.

Todo ello, toda esa problemática subyacente al tejido social español, ha erupcionado de nuevo en España, el país más católico y fetichista de toda Europa; mientras tanto, mientras se deciden a convertirse en una República igualitaria y plenamente democrática, los pobres españoles continúan inclinándose ante su Rey por ser súbditos y además continúan arrodillándose ante el Papa por seguir creyendo en supersticiones religiosas, pobre gente... y en pleno Siglo XXI...

No en vano en el Siglo XIX se decía que "Europa termina en los Pirineos".

Aquí va un video en el cual se comentan algunos antecedentes históricos de esa monarquía corrupta y anacrónica:



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El espectro

Horacio Quiroga



Todas las noches, en el Grand Splendid de Santa Fe, Enid y yo asistimos a los estrenos cinematográficos. Ni borrascas ni noches de hielo nos han impedido introducirnos, a las diez en punto, en la tibia penumbra del teatro. Allí, desde uno u otro palco, seguimos las historias del film con un mutismo y un interés tales, que podrían llamar sobre nosotros la atención, de ser otras las circunstancias en que actuamos.

Desde uno u otro palco, he dicho; pues su ubicación nos es indiferente. Y aunque la misma localidad llegue a faltarnos alguna noche, por estar el Splendid en pleno, nos instalamos, mudos y atentos siempre a la representación, en un palco cualquiera ya ocupado.

No estorbamos, creo; o, por lo menos, de un modo sensible. Desde el fondo del palco, o entre la chica del antepecho y el novio adherido a su nuca, Enid y yo, aparte del mundo que nos rodea, somos todos ojos hacia la pantalla. Y si en verdad alguno, con escalofrío de inquietud cuyo origen no alcanza a comprender, vuelve a veces la cabeza para ver lo que no puede, o siente un soplo helado que no se explica en la cálida atmósfera, nuestra presencia de intrusos no es nunca notada; pues preciso es advertir ahora que Enid y yo estamos muertos. De todas las mujeres que conocí en el mundo vivo, ninguna produjo en mí el efecto que Enid. La impresión fue tan fuerte que la imagen y el recuerdo mismo de todas las demás mujeres se borró. En mi alma se hizo de noche, donde se alzó un solo astro imperecedero: Enid. La sola posibilidad de que sus ojos llegaran a mirarme sin indiferencia, deteníame bruscamente el corazón. Y ante la idea de que alguna vez podía ser mía, la mandíbula me temblaba ¡Enid!

Tenía ella entonces, cuando vivíamos en el mundo, la más divina belleza que la epopeya del cine ha lanzado a miles de leguas y expuesto a la mirada fija de los hombres. Sus ojos, sobre todo, fueron únicos; y jamás terciopelo de mirada tuvo un marco de pestañas como los ojos de Enid; terciopelo azul, húmedo y reposado, como la felicidad que sollozaba en ellos.

La desdicha me puso ante ella cuando ya estaba casada.

No es ahora del caso ocultar nombres. Todos recuerdan a Duncan Wyoming, el extraordinario actor que, comenzando su carrera al mismo tiempo que William Hart, tuvo, como éste y a la par de éste, las mismas hondas virtudes de interpretación viril. Hart ha dado ya al cine todo lo que podíamos esperar de él, y es un astro que cae. De Wyoming, en cambio, no sabemos lo que podíamos haber visto, cuando apenas en el comienzo de su breve y fantástica carrera creó-como contraste con el empalagoso héroe actual- el tipo del varón rudo, áspero, feo, negligente y cuanto se quiera, pero hombre de la cabeza a los pies, por la sobriedad, el empuje y el carácter distintivos del sexo. Hart prosiguió actuando, y ya lo hemos visto. Wyoming nos fue arrebatado en la flor de la edad, en instantes en que daba fin a dos cintas extraordinarias, según informes de la empresa: El páramo y Más allá de lo que se ve.

Pero el encanto -la absorción de todos los sentimientos de un hombre-que ejerció sobre mí Enid, no tuvo sino una amargura como igual: Wyoming, que era su marido, era también mi mejor amigo. Habíamos pasado dos años sin vernos con Duncan; él, ocupado en sus trabajos de cine, y yo en los míos de literatura. Cuando volví a hallarlo en Hollywood, ya estaba casado.

-Aquí tienes a mi mujer-me dijo echándomela en los brazos.

Y a ella:

-Apriétalo bien, porque no tendrás un amigo como Grant. Y bésalo, si quieres.

No me besó, pero al contacto con su melena en mi cuello, sentí en el escalofrío de todos mis nervios que jamás podría yo ser un hermano para aquella mujer.

Vivimos dos meses juntos en el Canadá, y no es difícil comprender mi estado de alma respecto de Enid. Pero ni en una palabra, ni en un movimiento, ni un gesto me vendí ante Wyoming. Sólo ella leía en mi mirada, por tranquila que fuera, cuán profundamente la deseaba. Amor, deseo... Una y otra cosa eran en mí gemelas, agudas y mezcladas; porque si la deseaba con todas las fuerzas de mi alma incorpórea, la adoraba con todo el torrente de mi sangre substancial.

Duncan no lo veía. ¿Cómo podía verlo?

A la entrada del invierno regresamos a Hollywood, y Wyoming cayó entonces con el ataque de gripe que debía costarle la vida. Dejaba a su viuda con fortuna y sin hijos.

Pero no estaba tranquilo, por la soledad en que quedaba su mujer.

-No es la situación económica-me decía-, sino el desamparo moral. Y en este infierno del cine...

En el momento de morir, bajándonos a su mujer y a mí hasta la almohada, y con voz ya difícil:

-Confíate a Grant, Enid... Mientras lo tengas a él, no temas nada. Y tú, viejo amigo, vela por ella. Sé su hermano... No, no prometas... Ahora puedo ya pasar al otro lado...

Nada de nuevo en el dolor de Enid y el mío. A los siete días regresábamos al Canadá, a la misma choza estival que un mes antes nos había visto a los tres cenar ante la carpa. Como entonces, Enid miraba ahora el fuego, achuchada por el sereno glacial, mientras yo, de pie, la contemplaba. Y Duncan no estaba más.

Debo decirlo: en la muerte de Wyoming yo no vi sino la liberación de la terrible águila enjaulada en nuestro corazón, que es el deseo de una mujer a nuestro lado que no se puede tocar. Yo había sido el mejor amigo de Wyoming, y mientras él vivió el águila no deseó su sangre; se alimentó-la alimenté-con la mía propia. Pero entre él y yo se había levantado algo más consistente que una sombra. Su mujer fue, mientras él vivió -y lo hubiera sido eternamente-, intangible para mí. Pero él había muerto. No podía Wyoming exigirme el sacrificio de la Vida en que él acababa de fracasar. Y Enid era mi vida, mi porvenir, mi aliento y mi ansia de vivir, que nadie, ni Duncan-mi amigo íntimo, pero muerto-, podía negarme. Vela por ella... ¡Sí, mas dándole lo que él le había restado al perder su turno: la adoración de una vida entera consagrada a ella!

Durante dos meses, a su lado de día y de noche, velé por ella como un hermano. Pero al tercero caí a sus pies. Enid me miró inmóvil, y seguramente subieron a su memoria los últimos instantes de Wyoming, porque me rechazó violentamente. Pero yo no quité la cabeza de su falda.

-Te amo, Enid-le dije-. Sin ti me muero...

-¡Tú, Guillermo! -murmuró ella-. ¡Es horrible oírte decir esto!

-Todo lo que quieras -repliqué-. Pero te amo inmensamente.

-¡Cállate, cállate!

-Y te he amado siempre... Ya lo sabes.

-¡No, no sé!

-Sí, lo sabes.

Enid me apartaba siempre, y yo resistía con la cabeza entre sus rodillas.

-Dime que lo sabías...

-¡No, cállate! Estamos profanando...

-Dime que lo sabías...

-¡Guillermo!

-Dime solamente que sabías que siempre te he querido. . .

Sus brazos se rindieron cansados, y yo levanté la cabeza. Encontré sus ojos un instante, un solo instante, antes que Enid se doblegara a llorar sobre sus propias rodillas.

La dejé sola; y cuando una hora después volví a entrar, blanco de nieve, nadie hubiera sospechado, al ver nuestro simulado y tranquilo afecto de todos los días, que acabábamos de tender, hasta hacerlas sangrar, las cuerdas de nuestros corazones. Porque en la alianza de Enid y Wyoming no había habido nunca amor. Faltóle siempre una llamarada de insensatez, extravío, injusticia-la llama de pasión que quema la moral entera de un hombre y abrasa a la mujer en largos sollozos de fuego-. Enid había querido a su esposo, nada más; y lo había querido, nada más que querido ante mí, que era la cálida sombra de su corazón, donde ardía lo que no le llegaba de Wyoming, y donde ella sabía iba a refugiarse todo lo que de ella no alcanzaba hasta él.

La muerte, luego, dejando un hueco que yo debía llenar con el afecto de un hermano... ¡De hermano, a ella, Enid, que era mi sola sed de dicha en el inmensomundo!

A los tres días de la escena que acabo de relatar regresamos a Hollywood. Y un mes más tarde se repetía exactamente la situación: yo de nuevo a los pies de Enid con la cabeza en sus rodillas, y ella queriendo evitarlo.

-Te amo cada día más, Enid...

-¡Guillermo!

-Dime que algún día me querrás.

-¡No!

-Dime solamente que estás convencida de cuánto te amo.

-¡No!

-Dímelo.

-¡Déjame! ¿No ves que me estás haciendo sufrir de un modo horrible?

Y al sentirme temblar mudo sobre el altar de sus rodillas, bruscamente me levantó la cara entre las manos:

-¡Pero déjame, te digo! ¡Déjame! ¿No ves que también te quiero con toda el alma y que estamos cometiendo un crimen?

Cuatro meses justos, ciento veinte días transcurridos apenas desde la muerte del hombre que ella amó, del amigo que me había interpuesto como un velo protector entre su mujer y un nuevo amor... Abrevio. Tan hondo y compenetrado fue el nuestro, que aún hoy me pregunto con asombro qué finalidad absurda pudieron haber tenido nuestras vidas de no habernos encontrado por bajo de los brazos de Wyoming.

Una noche-estábamos en Nueva York-me enteré de que se pasaba por fin "El Páramo", una de las dos cintas de que he hablado, y cuyo estreno se esperaba con ansiedad. Yo también tenía el más vivo interés de verla, y se lo propuse a Enid. ¿Por qué no? Un largo rato nos miramos; una eternidad de silencio, durante el cual el recuerdo galopó hacia atrás entre derrumbamiento de nieve y caras agónicas. Pero la mirada de Enid era la vida misma, y presto entre el terciopelo húmedo de sus ojos y los míos no medió sino la dicha convulsiva de adorarnos. ¡Y nada más!

Fuimos al Metropole, y desde la penumbra rojiza del palco vimos aparecer, enorme y con el rostro más blanco que a la hora de morir, a Duncan Wyoming. Sentí temblar bajo mi mano el brazo de Enid.

¡Duncan!

Sus mismos gestos eran aquéllos. Su misma sonrisa confiada era la de sus labios. Era su misma enérgica figura la que se deslizaba adherida a la pantalla. Y a veinte metros de él, era su misma mujer la que estaba bajo los dedos del amigo íntimo...

Mientras la sala estuvo a oscuras, ni Enid ni yo pronunciamos una palabra ni dejamos un instante de mirar. Y mudos siempre, volvimos a casa. Pero allí Enid me tomó la cara entre las manos. Largas lágrimas rodaban por sus mejillas, y me sonreía. Me sonreía sin tratar de ocultarme sus lágrimas.

-Sí, comprendo, amor mío... -murmuré, con los labios sobre un extremo de sus pieles, que, siendo un oscuro detalle de su traje, era asimismo toda su persona idolatrada-. Comprendo, pero no nos rindamos... ¿Sí?... Así olvidaremos...

Por toda respuesta, Enid, sonriéndome siempre, se recogió muda en mi cuello.

A la noche siguiente volvimos. ¿Qué debíamos olvidar? La presencia del otro, vibrante en el haz de luz que lo transportaba a la pantalla palpitante de vida; su inconsciencia de la situación; su confianza en la mujer y el amigo; esto era precisamente a lo que debíamos acostumbrarnos. Una y otra noche, siempre atentos a los personajes, asistimos al éxito creciente de El Páramo.

La actuación de Wyoming era sobresaliente y se desarrollaba en un drama de brutal energía: una pequeña parte en los bosques del Canadá y el resto en la misma Nueva York. La situación central constituíala una escena en que Wyoming, herido en la lucha con un hombre, tiene bruscamente la revelación del amor de su mujer a ese hombre, a quien él acaba de matar por motivos apartes de este amor. Wyoming acababa de atarse un pañuelo a la frente. Y tendido en el diván, jadeando aún de fatiga, asistía a la desesperación de su mujer sobre el cadáver del amante.

Pocas veces la revelación del derrumbe, la desolación y el odio han subido al rostro humano con más violenta claridad que en esa circunstancia a los ojos de Wyoming.

La dirección del film había exprimido hasta la tortura aquel prodigio de expresión, y la escena se sostenía un infinito número de segundos, cuando uno solo bastaba para mostrar al rojo blanco la crisis de un corazón en aquel estado.

Enid y yo, juntos e inmóviles en la oscuridad, admirábamos como nadie al muerto amigo, cuyas pestañas nos tocaban casi cuando Wyoming venía desde el fondo a llenar él solo la pantalla. Y al alejarse de nuevo a la escena del conjunto, la sala entera parecía estirarse en perspectiva. Y Enid y yo, con un ligero vértigo por este juego, sentíamos aún el roce de los cabellos de Duncan que habían llegado a rozarnos. ¿Por qué continuábamos yendo al Metropole? ¿Qué desviación de nuestras conciencias nos llevaba allá noche a noche a empapar en sangre nuestro amor inmaculado? ¿Qué presagio nos arrastraba como a sonámbulos ante una acusación alucinante que no se dirigía a nosotros, puesto que los ojos de Wyoming estaban vueltos a otro lado? ¿A dónde miraban? No sé a dónde, a un palco cualquiera de nuestra izquierda. Pero una noche noté, lo sentí en la raíz de los cabellos, que los ojos se estaban volviendo hacia nosotros. Enid debió de notarlo también, porque sentí bajo mi mano la honda sacudida de sus hombros. Hay leyes naturales, principios físicos que nos enseñan cuán fría magia es esa de los espectros fotográficos danzando en la pantalla, remedando hasta en los más íntimos detalles una vida que se perdió. Esa alucinación en blanco y negro es sólo la persistencia helada de un instante, el relieve inmutable de un segundo vital. Más fácil nos sería ver a nuestro lado a un muerto que deja la tumba para acompañarnos que percibir el más leve cambio en el rastro lívido de un film.

Perfectamente. Pero a despecho de las leyes y los principios, Wyoming nos estaba viendo. Si para la sala El páramo era una ficción novelesca, y Wyoming vivía sólo por una ironía de la luz; si no era más que un frente eléctrico de lámina sin costados ni fondo, para nosotros -Wyoming, Enid y yo-la escena filmada vivía flagrante, pero no en la pantalla, sino en un palco, donde nuestro amor sin culpa se transformaba en monstruosa infidelidad ante el marido vivo... ¿Farsa de actor? ¿Odio fingido por Duncan ante aquel cuadro de El páramo? ¡No! Allí estaba la brutal revelación; la tierna esposa y el amigo íntimoen la sala de espectáculos, riéndose, con las cabezas juntas, de la confianza depositada en ellos... Pero no nos reíamos, porque noche a noche, palco tras palco, la mirada se iba volviendo cada vez más a nosotros.

-¡Falta un poco aún!... -me decía yo.

-Mañana será... -pensaba Enid.

Mientras el Metropole ardía de luz, el mundo real de las leyes físicas se apoderaba de nosotros y respirábamos profundamente. Pero en la brusca cesación de la luz, que como un golpe sentíamos dolorosamente en los nervios, el drama espectral nos cogía otra vez.

A mil leguas de Nueva York, encajonado bajo tierra, estaba tendido sin ojos Duncan Wyoming. Mas su sorpresa ante el frenético olvido de Enid, su ira y su venganza estaban vivas allí, encendiendo el rastro químico de Wyoming, moviéndose en sus ojos vivos, que acababan, por fin, de fijarse en los nuestros.

Enid ahogó un grito y se abrazó desesperada a mí.

-¡Guillermo!

-Cállate, por favor...

-¡Es que ahora acaba de bajar una pierna del diván!

Sentí que la piel de la espalda se me erizaba, y miré: Con lentitud de fiera y los ojos clavados en nosotros, Wyoming se incorporaba del diván. Enid y yo lo vimos levantarse, avanzar hacia nosotros desde el fondo de la escena, llegar al monstruoso primer plano... Un fulgor deslumbrante nos cegó, a tiempo que Enid lanzaba un grito.

La cinta acababa de quemarse.

Mas en la sala iluminada las cabezas todas estaban vueltas a nosotros. Algunos se incorporaron en el asiento a ver lo que pasaba.

-La señora está enferma; parece una muerta-dijo alguno en la platea.

-Más muerto parece él-agregó otro.

El acomodador nos tendía ya los abrigos y salimos. ¿Qué más? Nada, sino que en todo el día siguiente Enid y yo no nos vimos. Únicamente al mirarnos por primera vez de noche para dirigirnos al Metropole, Enid tenía ya en sus pupilas profundas la tiniebla del más allá, y yo tenía un revólver en el bolsillo.

No sé si alguno de la sala reconoció en nosotros a los enfermos de la noche anterior. La luz se apagó, se encendió y tornó a apagarse, sin que lograra reposarse una sola idea normal en el cerebro de Guillermo Grant, y sin que los dedos crispados de este hombre abandonaran un instante el gatillo.

Yo fui toda la vida dueño de mí. Lo fui hasta la noche anterior, cuando contra toda justicia un frío espectro que desempeñaba su función fotográfica de todos los días crió dedos estranguladores para dirigirse a un palco a terminar el film.

Como en la noche anterior, nadie notaba en la pantalla algo anormal, y es evidente que Wyoming continuaba jadeante adherido al diván. Pero Enid-¡Enid entre mis brazos!-tenía la cara vuelta a la luz, pronta para gritar... ¡Cuando Wyoming se incorporó por fin!

Yo lo vi adelantarse, crecer, llegar al borde mismo de la pantalla, sin apartar la mirada de la mía. Lo vi desprenderse, venir hacia nosotros en el haz de luz; venir en el aire por sobre las cabezas de la platea, alzándose, llegar hasta nosotros con la cabeza vendada. Lo vi extender las zarpas de sus dedos... a tiempo que Enid lanzaba un horrible alarido, de esos en que con una cuerda vocal se ha rasgado la razón entera, e hice fuego.

No puedo decir qué pasó en el primer instante. Pero en pos de los primeros momentos de confusión y de humo, me vi con el cuerpo colgado fuera del antepecho, muerto.

Desde el instante en que Wyoming se había incorporado en el diván, dirigí el cañón del revólver a su cabeza. Lo recuerdo con toda nitidez. Y era yo quien había recibido la bala en la sien. Estoy completamente seguro de que quise dirigir el arma contra Duncan. Solamente que, creyendo apuntar al asesino, en realidad apuntaba contra mí mismo. Fue un error, una simple equivocación, nada más; pero que me costó la vida.

Tres días después Enid quedaba a su vez desalojada de este mundo. Y aquí concluye nuestro idilio. Pero no ha concluído aún. No son suficientes un tiro y un espectro para desvanecer un amor como el nuestro. Más allá de la muerte, de la vida y sus rencores, Enid y yo nos hemos encontrado. Invisibles dentro del mundo vivo, Enid y yo estamos siempre juntos, esperando el anuncio de otro estreno cinematográfico. Hemos recorrido el mundo. Todo es posible esperar menos que el más leve incidente de un film pase inadvertido a nuestros ojos. No hemos vuelto a ver más El Páramo. La actuación de Wyoming en él no puede ya depararnos sorpresas, fuera de las que tan dolorosamente pagamos.

Ahora nuestra esperanza está puesta en más allá de lo que se ve. Desde hace siete años la empresa filmadora anuncia su estreno, y hace siete años que Enid y yo esperamos. Duncan es su protagonista; pero no estaremos más en el palco, por lo menos en las condiciones en que fuimos vencidos. En las presentes circunstancias, Duncan puede cometer un error que nos permita entrar de nuevo en el mundo visible, del mismo modo que nuestras personas vivas, hace siete años, le permitieron animar la helada lámina de su film.

Enid y yo ocupamos ahora, en la niebla invisible de lo incorpóreo, el sitio privilegiado de acecho que fue toda la fuerza de Wyoming en el drama anterior. Si sus celos persisten todavía, si se equivoca al vernos y hace en la tumba el menor ovimiento hacia afuera, nosotros nos aprovecharemos. La cortina que separa la vida de la muerte no se ha descorrido unicamente en su favor, y el camino está entreabierto.

Entre la Nada que ha disuelto lo que fue Wyoming, y su eléctrica resurrección, queda un espacio vacío. Al más leve movimiento que efectúe el actor, apenas se desprenda de la pantalla, Enid y yo nos deslizaremos como por una fisura en el tenebroso corredor. Pero no seguiremos el camino hacia el sepulcro de Wyoming; iremos hacia la Vida, entraremos en ella de nuevo. Y es el mundo cálido de que estamos expulsados, el amor tangible y vibrante en cada sentido humano, lo que nos espera entones a Enid y a mí.

Dentro de un mes o de un año, ello llegará. Sólo nos inquieta la posibilidad de que Más allá de lo que se ve se estrene bajo otro nombre, como es costumbre en esta ciudad. Para evitarlo, no perdemos un estreno. Noche a noche entramos a las diez en punto en el Grand Splendid, donde nos instalamos en un palco vacío o ya ocupado, indiferentemente.

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Música: Un poco de jazz para terminar

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