martes, 19 de agosto de 2014

Cien años de Cortázar y la sombra de un tal Morelli

Dado que el 26 de agosto se cumple un siglo del natalicio de Julio Cortázar, Argenpress Cultural preparó algunas notas especiales al respecto.

Pedro Antonio Curto



“¿Para qué sirve un escritor sino para destruir la literatura? Y nosotros que no queremos ser lectores-hembra, ¿para qué servimos sino para ayudar en lo posible a esa destrucción?” Quien se hace estos planteamientos en apariencia contradictorios, es Morelli, un escritor sin amigos y sin lectores, que quizás por eso mismo, se plantea la inmolación de la literatura a través de la literatura, para crear otra cosa. Morelli es un personaje de Rayuela, paralelo a Horacio, y que aparece en los llamados capítulos prescindibles de la novela. Así, apartado en un rincón, lejos de las tramas, ejerce de autor, lector y crítico literario, además de personaje de la propia obra que se está escribiendo. Se ha dicho que Morelli era un alter ego del propio Julio Cortázar.

En el programa Grandes Personajes a Fondo que dirigía magistralmente Joaquín Soler Serrano, se entrevista a Julio Cortázar durante más de dos horas. Es un Cortázar en blanco y negro, pues estamos en 1977, en la España de la transición y el escritor argentino es ya un autor en pleno auge. Mientras fuma sin parar y se le aprecia una dentadura destruida, entabla una conversación amena con el presentador, conocedor de su obra, y que nos adentra también en la biografía del escritor. Dentro de esa cordialidad el argentino se altera levemente en algún momento, así es cuando le lanza una pregunta acerca del boom latinoamericano como fenómeno, clave para el reconocimiento de su obra y la de otros autores. Él, con un cierto tono solemne, proclama que sus obras las escribieron en la soledad y la pobreza, que sus primeros libros fueron publicados en precarias ediciones, que no tenían contacto con los editores, que éstos vinieron después, tras el apoyo del público y los lectores, por cuyas manos fueron circulando esos libros, aparte de haberla escrito lejos de sus países. No sé si Cortázar se planteó a Morelli como un alter ego, pero desde luego la sombra del personaje salía de su propia carne.

Morelli ve al intelectual moderno como alguien solitario, perseguido por los diversos establishment políticos, económicos y culturales, asfixiado entre las convenciones sociales. Frente a ese acoso le queda el lector como aspiración para una comunicación plena, rompiendo los esquemas del orden tradicional. Una plenitud donde lo fantástico y la realidad se entrecruzan y dialogan. Pero ese lector no se encuentra en una masa uniforme y adocenada, una masa a la que se dirige el narrador tradicional desde una posición de superioridad. Lo que quiere es hacer polvo esos valores que le parecen la máscara podrida, de un orden de cosas todavía más podrido. Por ello Morelli expone al lector en una situación personal, en un contacto directo, sin barreras de tesis, que sea parte activa de la novela, que es algo más que trama, que una historia; se trata, entre otras cosas, de una cosmovisión global y laberíntica. Así descalifica al lector clásico: “tipo que no quiere problemas sino soluciones o falsos problemas ajenos que le permiten sufrir cómodamente sentado en su sillón, sin comprometerse en el drama que también debería ser suya.” Por el contrario el lector ideal sería: “la de hacer un cómplice, un camarada de camino. Simultaneízarlo, puesto que el lector abolirá el tiempo del lector y lo trasladará al del autor. Así el lector podría llegar a ser coparticipe y copadeciente de la experiencia por la que pasa el novelista, en el mismo momento y de la misma forma.” Para ello Morelli plantea los problemas del acto de escribir como trascendencia del yo alineado y la imposibilidad de llevar a cabo tal proyecto a causa de las limitaciones que conlleva el material básico de todo escritor: el lenguaje. Y para ello, como no puede ser de otra manera en tal personaje, se lo plantea de una forma transgresora: “lenguaje quiere decir residencia en una realidad. Aunque sea cierto que el lenguaje que somos nos traiciona, no basta con querer liberarlo de sus tabúes. Hay que revivirlo, no reanimarlo.” Se plantea el lenguaje no solo como un medio, sino que tiene algo de déjà vu, de caminos y laberintos por los cuales circular ( y Rayuela es ante todo una novela-laberinto), suponiendo que al abrir la página de un libro, nos adentramos en ese otro lugar situado tras el espejo de Lewis Carroll. Aunque como Alicia, se termine diciendo, “solo vine a ver el jardín.” En un momento Morelli se vuelve explosivo: “El escritor tiene que incendiar el lenguaje, acabar con las formas coaguladas e ir todavía más allá, poner en duda la posibilidad de que este lenguaje esté todavía en contacto con lo que se pretende mentar.” Desde una propuesta literaria diferente, Marguerite Duras, nacida como Cortázar en el bélico año de 1914, decía respecto a la escritura: “Debería existir una escritura de lo no escrito. Un día existirá. Una escritura breve, sin gramática, una escritura de palabras solas. Palabras sin el sostén de la gramática. Extraviadas. Ahí, escritas. Y abandonadas de inmediato.” Es el juego de Cortázar en la versión de Duras, la escritura como liberación, sin sometimientos a reglas que la limiten y empobrezcan.

¿Qué tenía de Morelli, Cortázar? Sin duda mucho, aunque no fuera él; los dos eran cronopios, pero fuera de la ficción el éxito obligó a Cortázar a jugar en el escenario de las famas. En esos vaivenes, se mantiene la obra cortazariana, como ese personaje de Rayuela, Talita, que va de un edificio a otro a través de una cuerda, igual que un equilibrista. Así, la editorial Leer-e, acaba de lanzar su obra en versión digital; la propuesta del juego literario, también se muestra en las nuevas tecnologías.

En la entrevista, cuando el presentador alude a su éxito, Julio le responde: “cosas como la consagración universal me son profundamente indiferentes”, que eso le suena a estatuas y él siempre ha sido un cronopio. Frente a las estatuas, (también las que se levantan por él) en los cien años de Cortázar, el juego sigue.

Pedro Antonio Curto es escritor español.

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Julio Cortázar, la otra mirada

Edgar Borges

La literatura (como el mundo) está llena de padres. Hacedores de técnicas y fórmulas, diseñadores de modelos. En algunos creadores la propia voz se convierte en un tono (método) de enseñanza. Julio Cortázar nunca se vistió de padre ni de maestro de estilos. Cortázar fue un caminante más que andaba descifrando claves, un aliado de la otra mirada.



Cortázar, en actitud y obra, no diferenciaba lo fantástico de lo real. Para el escritor la realidad era una verdad amplia, jamás uniforme. Escuchar o leer a Cortázar significa aprender a compartir los otros espacios, las otras realidades. Su palabra era el testimonio de quien desde niño convivió con los distintos niveles espacio-temporales de la rutina: “Lo fantástico y lo misterioso no son solamente las grandes imaginaciones del cine, de la literatura, los cuentos y las novelas. Está presente en nosotros mismos, en eso que es nuestra psiquis y que ni la ciencia, ni la filosofía consiguen explicar más que de una manera primaria y rudimentaria”.

En Julio Cortázar no había asombro cuando se refería a todo aquello que no registra la educación. Cuando hablaba (como cuando vivía) no asumía pose de un descubridor de imaginarios insólitos, simplemente compartía su mirada (acaso la emoción del niño que nunca deja de aprender), la experiencia de un hombre convencido de que el mundo es un lugar distinto a la trama de repeticiones que nos enseñan. De ahí que el lector, cuando asume un libro de Cortázar, se sienta un aliado de esos otros espacios que en el fondo (de la doctrina social) todos sospechamos que existen. Cien años después de que naciera en Bélgica por “situaciones del turismo y de la diplomacia”, como dijera el creador, el acercamiento a su obra tiene la energía de la novedad y de la participación. Difícil encontrar un escritor menos gurú y más compañero del hecho creativo. “Rayuela” es el punto cumbre de la ruta cortazariana. Como un participante más que sabe que nada está (absolutamente) escrito, el autor invita a armar las piezas de un puzle con diversas opciones de historias.

Hoy, cuando la mirada colectiva ha dejado de ver (para fotografiar y grabar) y ha cedido los espacios (para caer en el no lugar), decir Julio Cortázar es reconocer el otro lenguaje, la otra matemática, la otra lógica, la otra mirada. La otra memoria que construye posibilidades.

Edgar Borges es escritor venezolano.

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Rayuela como efecto secundario

Marcelo Luján



Sé que un día llegué a Madrid, sé que estuve un tiempo viviendo de prestado, haciendo lo que otros hacen y viendo lo que otros ven. Sé que trabajabas en unas oficinas cerca de Tribunal y que nos cruzamos por casualidad en aquellas escaleras de aquella librería que olía a gallinero. Y que nos hablamos. Esa tarde todo anduvo mal, porque mis costumbres argentinas me hacían ir constantemente pendiente de no sé qué absurdos peligros callejeros, mientras vos me guiabas con ademanes infantiles, y me exigías prisa, y yo todavía no terminaba de entender por qué usabas con tanto descaro el verbo coger. Entonces te seguía de mala gana, encontrándote petulante y malcriada, hasta que te cansaste de no estar cansada y nos metimos en un barcito escondido de una calle que ya no recuerdo. Y de golpe, sin que viniese a cuento, me explicaste que siempre iba a ser un extranjero.

Marcelo Luján es escritor argentino.

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Anotando a Cortázar

Pedro Crenes Castro



Anoto en mis libros. Son como los amantes, a los que hay que manosear y marcar, y anotar de amor, a pie de sombra o a ras de alma: los amantes han de ser marcados. Como los libros, como sus autores ¿sino qué sentido tiene esta relación que sostenemos con ellos a la que llamamos literatura?

Llevo persiguiendo a Cortázar varios años con la idea de convertirlo en personaje, a él que tantos creó y que tanto jugó con ellos. En esa persecución, de la que les aseguro que uno no sale ileso, me han quedado notas al pie en muchos de sus libros, pistas que me he ido dejando para que el lector que fui le diga al lector que pretendo ser que por allí ya pasé yo con otra mirada, con la mirada quizá del sueño o de cierta paranoia lectora.

Mi buen amigo, el escritor panameño Carlos Wynter, consciente por vía de confesión de que andaba persiguiendo a Julio, me mandó un excelente libro sobre Cortázar que se titula “En torno a Julio Cortázar”. Y aquí comienzan las anotaciones: la autora se llama Paciencia Ontañón de Lope. “Paciencia, lo que me falta”, me decía, recién inaugurada la persecución. Un excelente libro de 1995 publicado por la UNAM. Paciencia se arranca diciéndome que Julio “vuelve a vivir su pasado, su infancia, feliz o dolorosa, el sujeto que hubiera querido ser, el sujeto que le duele haber sido, y juega con los recuerdos, con sus sentimientos más profundos…”. Primera herida: un espejo. En mí, Cortázar se transforma en espejo y deja de ser juego, lo cual ya es en sí un juego. La parajoda kafkiana del perseguidor.

Un espejo que encontré en “Los Reyes”. Borges pone el laberinto, Julio me invita a él y me asalta con un espejo en la persecución del Minotauro: “Hay alguien detrás. Como en todo espejo, alguien que sabe y espera”. ¿No son espejos los libros? Santiago dice en su carta en el Nuevo Testamento que muchos se asoman al espejo del texto y luego van y olvidan como eran. “Tenemos miedo de lo que vemos”, anoto, pensando en el Minotauro, en “Los Reyes”, en Cortázar.

Mirarse al espejo es un modo de persecución. Anoto. Teseo no se encuentra en el laberinto con el Minotauro, va en su búsqueda, lo persigue. Los héroes y sus “vainas raras”, que diríamos en mi barrio. Minos, dice en “Los Reyes” (anotado a doble tinta porque he tropezado dos veces con la misma cita en el mismo libro): “Es extraño. Cada uno se construye su sendero. ¿Por qué, entonces, los obstáculos? ¿Llevamos el Minotauro en el corazón, en el recinto negro de la voluntad?” ¡Maldito Julio! No es la primera vez que le insulto. Más preguntas, anoto, y junto a un asterisco rojo escribo “el laberinto de la vida”. Faltan instrucciones.

Me encuentro otro libro sobre Julio. A estas alturas ya notan que tenemos confianza, él y yo. Cortázar para ustedes, Julio para mí. El libro, una biografía de Miguel Herráez, dice en la portada gris, simplemente (léase con ironía), Julio Cortázar. Debajo, una foto de él sosteniéndose la cabeza con las dos manos, las gafas puestas y en la mano izquierda un reloj con la esfera para abajo. Lo dejé tiempo rodando por mi biblioteca sin atenderlo.

Cuando lo leí, resulta que el libro tiene un subtítulo: “El otro lado de las cosas”. Pensé en el espejo, pensé en “Rayuela” y el lado de allá y el lado de acá, siempre pensando en otros lados. Octaedro es un poliedro y un libro de cuentos. Anoto: miles de lados para ser y para ver. La literatura es eso, un voyerismo poliédrico en el que los escritores podemos ser y ver. Y ser vistos. ¿Vuelta al juego? Parece que sí ¡y yo que prefería más espejo y menos juego! (léase con hastío).

Faltan instrucciones, dije, anoté. Julio me dice como dar cuerda a un reloj, me aterroriza con lo de ser “el regalado”, “piensa en esto”, dice, y yo pienso y sí, puede ser, pero la tecnología ha relegado a los que dan cuerda al reloj a piezas de museo. Ahora tienen pilas, ahora laten con uno, y solo se detienen si uno lo hace. Anoto. Y anoto que no me dejó instrucciones para mirarme en el espejo.

Un tal Lucas llama a la puerta. Dice traer instrucciones y abro. Persigues a Julio, pregunta sin signos de interrogación, como afirmando al preguntar y le digo que sí, qué hace aquí, pienso, y le digo que estoy durmiendo, que así no se entra en las pesadillas de uno, que es lo último que le puedo permitir a Julio y le digo esto que pensé y el ya lo sabe. ¿Estás despierto? dice el tal Lucas con la voz de mi mujer. Despierto. Sí, creo, contesto. Mi mujer está encantada con la noticia.

Pedro Crenes Castro es escritor panameño.

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Entrevista: La vuelta a Julio Cortázar en (cerca de) 80 preguntas

Elena Poniatowska

(Publicada en Revista Plural, nº 44, mayo de 1975, México)



¿Qué noticias me da de Luis Sandrini?

La pregunta surge en un corredor del Hotel del Prado. Julio Cortázar se inclina (siempre se inclina) sobre su interlocutor, un señor calvo.
- No sé nada de él... Es un cómico que murió hace tiempo, ¿no?
En la Editorial Siglo XXI tras de las puertas vidriadas, otro calvito de anteojos con una pila de libros bajo el brazo aguarda un autógrafo. Cuando Julio se dispone a firmar, el calvo murmura algo acerca de Luis Sandrini.
Sale del cubículo y le pregunto a Julio:

- ¿Qué tienes tú que ver con Luis Sandrini?

- Nada.

- ¿Entonces?

- (Ríe) Por lo visto, México está lleno de cronopios.

- O de piantados... ¿No te parece extraño?

- Siempre me suceden cosas extrañas. Recuerdo a una señora que me persiguió para felicitarme, sudorosa y efusiva: "¡Me encantan sus cuentos, me fascinan y a mi hijo también! ¿No quiere escribir un cuento en el que el personaje principal se llame Harry el Aceitoso?".

- ¿Y por qué Harry el Aceitoso, Julio?

- No lo sé, supongo que por complacer a su hijo. Y te voy a confesar una cosa. Elena, estuve tentado a escribir un cuento con Harry el Aceitoso...

- Y, ¿en que otras tentaciones caes?

- En muchas.
(Ríe y sus dientes son de niño. Si no estuvieran manchados por el cigarro, yo diría que son de leche como lo son los de Diego Rivera.)

- ¿En qué tentaciones caíste de niño? ¡Esas me interesan muchísimo!

- Los recuerdos de la infancia y de la adolescencia son engañosos. Me sentí mal de niño.

- ¿Por que?

- Fui enfermizo y tímido con una vocación para lo mágico y lo excepcional que me convertían en la víctima natural de mis compañeros de escuela más realistas que yo. Pasé mi infancia en una bruma de duendes, de elfos, con un sentido del espacio y del tiempo distinto al de los demás.
Lo cuento en La vuelta al día en ochenta mundos. Julio Verne habló del hombre invisible antes que Wells; y a mí me fascinó esa posibilidad, leí El secreto de Wilhelm Storitz y entusiasmado se lo presté a mi mejor amigo y me lo tiró a la cara. "No, esto es demasiado fantástico".

- ¿Y, tú nunca tuviste deseos de ser científico, descubrir el por qué de las cosas?

- No: Tuve deseos de ser marino. Leí a Verne como loco y lo que quería era repetir las aventuras de sus personajes, embarcarme, llegar al polo, chocar contra los glaciares... Pero ya ves, (deja caer las manos) no fui marino, fui maestro.

- Entonces, ¿tu infancia fue cruel?

- No, cruel no... Fui un niño muy querido e incluso esos mismos compañeros que no aceptaban mi visión del mundo sentían admiración ante alguien que podía leer libros que a ellos se les caían de las manos. Lo que pasa es que yo estaba desollado, no me sentía cómodo dentro de mi piel. Antes de los doce años vino la pubertad y empecé a crecer mucho.

- ¿No te dio seguridad ser alto?

- No, porque se burlan de los altos.

- Yo creía que ser alto da mucha seguridad...

- (Sonríe) Pues estás equivocada. (Se anima) Hay un cuento que me proyecta mucho: "Los venenos". Yo tuve unos amores infantiles terribles, muy apasionados, llenos de llantos y deseos de morir; tuve el sentido de la muerte muy, muy temprano cuando se murió mi gato preferido; este cuento "Los venenos" cuenta de la niña del jardín de al lado, la niña de quién me enamoré y de una máquina para matar hormigas que teníamos cuando era niño... Asimismo es la historia de una traición, porque una de mis primeras angustias fue el descubrimiento de la traición. Yo tenía fe en los que me rodeaban y por eso, el descubrimiento de los aspectos negativos de la vida fue terrible. Esto me sucedió a los nueve años.

- Julio, tú siempre describes niños entrañables, adolescentes entrañables y sobre todo, sufrientes...

- Tuve una infancia en la que no fui feliz y esto me marcó muchísimo. De ahí mi interés en los niños, en el mundo de los niños. Es una fijación. Soy un hombre que amo mucho a los niños. No he tenido hijos, pero los amo profundamente. Creo que soy muy infantil en el sentido en que no acepto la realidad. A los niños les cuento cosas fantásticas e inmediatamente establezco una buena relación con ellos, muy buena. Lo que sí no me gustan nada son los bebés, no me acerco a ellos hasta que no se vuelven seres humanos...

- Creo que los niños de tus cuentos conmueven, Julio, porque son auténticos.

- Sí, porque hay niños muy artificiales en la literatura. Un cuento que yo quiero mucho es el de "La Señorita Cora", la situación de ese adolescente enfermo yo la viví. Como te lo dije, tuve una gran experiencia en amores sin esperanza a los dieciséis años, cuando consideraba que unas niñas de dieciocho, veinte años ¡¡eran mujeres muy adultas!! Entonces me parecían un ideal inaccesible y por eso se creaba una situación de realización imposible. "La Señorita Cora" es un cuento en el que sufrí mucho. Tú sabes que uno de los fantaseos de los niños es imaginarse a punto de morir. Entonces el ser amado aparece arrepentido, abraza y ama, llora su culpabilidad, jura hasta la eternidad, en fin, una situación arquetípica.

- ¿No crees que en todo esto hay mucha autocompasión?

- Creo más bien que hay una aptitud definitiva para regresar a la visión del mundo de un niño; yo siento un gran placer en escribir ese retorno: me siento bien cuando regreso a la infancia.

- De esa fijación tuya en la infancia ¿han surgido los libros-objeto, los collages, los recortes, etcétera?

- Sí, me gustan mucho los juguetes pero los juguetes ingeniosos, los que se mueven y actúan así como me fascinaron las papelerías, los cuadernos, la punta de los lápices, las gomas de migajón, la tinta china. Al Larousse Ilustrado lo olía, tenía un olor perfumado que todavía me llega. Tengo, Elena, un amor infinito por los diccionarios. Pasé largas convalecencias con un diccionario sobre las rodillas buscando la definición de la goleta, del porrón, del tifus. Mi madre se asomaba a la recámara a preguntarme: "-Qué le encuentras a un diccionario?" "-Todo".

- Tu madre, Julio, ¿no tenía tu imaginación?

- Mi madre fue muy imaginativa y con una cierta visión del mundo. No era una gente culta pero era incurablemente romántica y me inició en las novelas de viajes. Con ella leí a Julio Verne. Es extraño porque las mujeres no leen a Julio Verne. Mi madre leía mala literatura, no era culta pero su imaginación me abría otras puertas. Teníamos un juego: "Mirar el cielo y buscar la forma de las nubes e inventar grandes historias." Esto sucedía en Banfield. Mis amigos no tenían esa suerte. No tenían madres que mirasen las nubes. En mi casa había una biblioteca y una cultura.

- ¿Medianita?

- Si tú quieres, mediana. Mis amigos eran hijos de obreros, gente muy pobre.

- ¿Tú crees que el hecho de haber vivido entre hijos de obreros y pobres influyó en que ahora te preocupes por los problemas de miseria e injusticia en América latina y formes parte del Tribunal que juzga los Crímenes de Guerra de la Junta militar en Chile, por ejemplo?

- No creo que haya influido de manera directa pero sí creo que fue una fortuna subliminal vivir una infancia pobre con niños pobres, porque después entré a una clase pequeñoburguesa muy definida...

- ¿Por qué dices que fue una fortuna subliminal el vivir entre pobres?

- Porque esto me marcó definitivamente y para bien.

- ¿Como escritor?

- Como escritor también, porque ¿cuál es el problema que se refleja en muchos escritores latinoamericanos? No me gusta citar nombres y no lo acostumbro, pero Eduardo Mallea, por ejemplo, no tuvo contacto directo con su propio pueblo y cuando hace hablar a sus personajes populares su visión es artificial y demuestra que ignora totalmente la manera de vivir de esa gente. Es un ejemplo parcial, pero así como Mallea hay muchos escritores latinoamericanos cuya primera educación no les ayudó a entender mejor las cosas que más tarde se les escapan definitivamente.

- ¿La realidad de su país?

- Sí. Creo que mucho de mi conocimiento de la realidad de América latina, su rebelión y su desamparo se la debo a mis amigos, hijos de obreros.

- Julio, y tu afán por Europa, ¿cuándo se manifestó? ¿Cuándo decidiste instalarte en Francia? ¿Eras europeizante como todos los argentinos? Europeizante, trilingüe, snob y cultísimo como suelen serlo los intelectuales?

- Creo que fui un esteta.

- ¿Eres?

- Soy... Me encerré durante años a leer, no hablaba con nadie, durante mi juventud fui un misántropo, me metí en el mundo de la cultura y de la estética y eso duró muchos, muchos años. Leía, sólo leía. Y escribía, sin publicar, por orgullo, porque sabía que lo mío era bueno.

- ¿Tan bueno como lo de Borges?

- Distinto. Borges es admirable.

- ¿Hiciste cuentos por seguir a Borges? ¿Gracias a su influencia?

- Más bien los escribí por Poe.

- ¿Por eso tradujiste a Poe?

- Eso fue casi una fatalidad porque de niño desperté a la literatura moderna cuando leí los cuentos de Poe que me hicieron mucho bien y mucho mal al mismo tiempo. Los leí a los nueve años y, por Poe, viví en el espanto, sujeto a terrores nocturnos hasta muy tarde en la adolescencia. Pero Poe me enseñó lo que es una gran literatura y lo que es el cuento. Ya adulto me preocupé por completar mis lecturas de Poe, es decir, leer los ensayos que son poco leídos en general, salvo los dos o tres famosos -el de la filosofía de la composición- y Francisco Ayala, en la Universidad de Puerto Rico, muy amigo mío en Argentina, se acordó de nuestras conversaciones y me escribió preguntándome si yo quería hacer la traducción... Yo hice la primera traducción total de la obra de Poe, cuentos y ensayos- que tampoco estaban traducidos. Fue un trabajo enorme, duró mucho tiempo, pero fue un trabajo magnífico porque ¡hay que ver todo lo que yo aprendí de inglés traduciendo a Poe!

- ¿Esto lo hiciste en Argentina?

- No, ya en París. Dejé la Argentina en 1951 y me instalé definitivamente en París. Tenía 37 años; gran parte de mi vida había transcurrido en Argentina y me llevé mi casa a cuestas. Justamente en el año en que me fui de la Argentina hice la traducción de Marguerite Yourcenar que tanto te interesa, Elena. Yo me iba a Europa a la aventura, sin dinero y naturalmente, necesitaba conseguir todos los recursos posibles. Tenía bastante experiencia como traductor; hice buenas cosas, muy buenas. Traduje a Chesterton, a André Gide, las cartas de Keats, en fin, tenía un buen background como traductor. Siempre me gustó traducir. Por eso busqué traducciones para hacer en Europa y mandar a Buenos Aires. Como la Editorial Sudamericana ya había publicado mi librito Bestiario, justamente en el momento en que me fui de Argentina, me dieron a elegir entre unos cuantos libros. Vi Las memorias de Adriano que había leído en francés y me había fascinado y se los pedí y exigí además un plazo largo para hacerlo porque sabía que ese libro había que hacerlo bien... Incluso empecé a trabajarlo en el barco que me llevó de Buenos Aires a Marsella, releí el libro, intenté distintos enfoques de la traducción, la fui trabajando, la hice en París, se publicó y la crítica siempre ha dicho que se trata de una buena traducción. A Marguerite Yourcenar nunca la he visto salvo en una pantalla de televisión.

- ¡A mí me parece extraordinaria! Me llama más la atención, mucho más que Simone de Beauvoir. Posee un mundo propio; es más creadora...

- ¡Son dos mundos distintos! El de Simone de Beauvoir es el mundo problemático contemporáneo y el de Marguerite Yourcenar es una reflexión sobre la humanidad en su conjunto, a través de figuras como Adriano o el personaje principal de la Obra en Negro (L 'Oeuvre au Noir).

-Y cuando traducías, Julio, ¿no tuviste la sensación de estarle quitando tiempo a tu obra personal? ¿Ahora traduces?

- No, nunca tuve esa sensación, porque en esa época yo tenía mucho tiempo y siempre he tenido una gran capacidad de trabajo cuando tengo ganas de hacer algo. En esa época yo tenia mucho tiempo, era absolutamente desconocido, de manera que tú ni nadie venía a entrevistarme, a tomarme fotos, a pedirme autógrafos y no tenía un correo de un metro cúbico semanal. Es decir, que yo era verdaderamente una persona que vivía la vida que siempre me gustó vivir, la vida de un solitario, es decir, que dedicaba medio día a ganarme la vida traduciendo para la Unesco y me sobraba el resto del día para leer y escribir...

- Un poeta mexicano, Alejandro Aura, escribió en contra de los solitarios: "La soledad de los solitarios/ es una porquería..." Y también dijo: "De pronto sonríen/ sin motivo aparente/ y su mirada de borrego/ suena como una campana de leproso/ que aleja a los demás."

- Pues a pesar de tu amigo, yo seguiré siendo solitario...

- Si te dejan...

- Si me dejan... Ahora me resulta difícil. Cuando quiero aislarme, tomo un tren a Londres y allá vivo completamente solo -allá no me conocen- durante el tiempo que lo necesito. A mí me gusta hablar con la gente, Elena, y descubrí ese placer muy tarde. Pasé cinco años como profesor de secundaria en un pueblo en el campo, luego me fui a Mendoza, a la Universidad de Cuyo, a impartir cátedras a nivel universitario.

- Pero, ¿qué estudiaste?

- Te lo dije, soy maestro, me recibí en la Escuela Normal Mariano Acosta, de Buenos Aires, estudié el profesorado en letras, ingresé en la Facultad de Filosofía y Letras y, al año, lo dejé para irme al pueblo de provincia del que te hablé.
Fueron mis años de mayor soledad. Fui un erudito, toda mi información libresca es de esos años, mis experiencias fueron siempre literarias... Vivía lo que leía, no viví la vida. Leí millares de libros encerrado en la pensión; estudié, traduje... Descubrí a los demás sólo muy tarde.

- Y ahora ¿por qué le dedicas tanto tiempo a la gente?

- Porque no puedo evitarlo. Yo no sé hasta qué punto uno se conoce a sí mismo; muy poco, probablemente. Pero si de algo estoy convencido es que si me hubiera quedado en Argentina y hubiera hecho una carrera equivalente a la que hice en Europa, después hubiera sido lo mismo. Desde niño, he tenido un sentimiento muy profundo de mi prójimo como persona. Lo que no tenía era el sentimiento de mi prójimo como colectividad, como historia; eso lo aprendí con los cubanos. Pero en el plan individual, la tristeza de alguien que está cerca de mí es como la tristeza de un animal; hago cualquier cosa por aliviar la pena del animal. No puedo ver sufrir a un gato, a un perro, no lo acepto. Por lo tanto, un hombre, una mujer...

- Y ¿no tienes la sensación de pérdida de tiempo? Perdona que insista en el tiempo, pero últimamente me obsesiona especialmente.

- Mira, yo he perdido tanto tiempo en mi vida que sería una hipocresía considerar que una acción en el sentido de aliviar una situación de pena o de enfermedad, puedo considerarla una pérdida de tiempo. De ninguna manera, no, no, no. Yo sé que hay cosas que me hacen perder el tiempo. Por ejemplo, este momento en París, los problemas cotidianos de los chilenos, los argentinos, los uruguayos, que llegan expulsados, sin dinero, desconcertados, muchas veces sin conocer el idioma en una ciudad que les parece hostil porque todavía no tienen los contactos necesarios. Yo hago lo imposible por darles amigos, aclarar su situación, acompañarlos. Para mí no es una pérdida de tiempo. Es igual que si estuviera escribiendo un libro.

- ¿Sí?

- ¡Claro! Es un libro que no se publicará pero no tiene ninguna importancia.

- ¡Ya estarás, Arturo de Córdova!

- ¿Qué es eso?

- Es un actor yucateco muy cursi que sentenció con solemnidad a lo largo de 28.970 películas: "No tiene la menor importancia..."

- Mira, Elena, yo no tengo el reflejo del escritor profesional que en general es egoísta, aunque reconozco que hay que serlo en algunos casos. Cuando estoy trabajando en un cuento y estoy posesionado por la historia y por la forma en que la estoy resolviendo, en ese momento cierro con doble llave mi puerta y no atiendo a nadie. No contesto el teléfono. Pero antes y después estoy lo más abierto posible.

- El lema de Guillermo es "Perezcan los débiles y los fracasados y ayudémosles a desaparecer y que éste sea nuestro primer principio de amor al prójimo".

- Oye, yo ya estoy lo bastante viejo para saber al cabo de diez minutos de conversación con una persona si es un fracasado, un parásito o un profesional de la ayuda ajena, y a estas especies las detecto rápidamente, desde la niña a quién le gustaría acostarse con el escritor famoso simplemente porque cree que esto la va ayudar o porque le gusta.
Tengo suficientes antenas para comprenderlo y con gente así no pierdo el tiempo aunque soy lo bastante cortés como para despedirlos por medio de una charla de cinco minutos y no volver a verlos. En cuanto a los débiles, no puedo responderte lo mismo porque el débil no tiene la culpa de serlo. Se puede ser débil por muchos motivos. Imagínate que un chileno mecánico en Chile ha salido de su país, ha llegado a París; ese hombre con respecto a la sociedad francesa a la que entra es débil, aunque esté lleno de fuerza. Es débil porque se encuentra completamente desarmado. No conoce el francés, nadie le va a dar trabajo, va a tener problemas con los sindicatos. A ese débil, yo lo ayudo porque no es un verdadero débil. Si tú le das una oportunidad, le conectas con un garaje, si entra de mecánico y empieza a demostrar que el trabajo sabe hacerlo, en quince días ese señor dejará de ser débil; es un hombre con sueldo, habitación y que empieza a vivir. ¿Cómo no hacer algo por él?

- Julio, ¿tu capacidad de trabajo sigue siendo tan grande? ¿Trabajas durante muchas horas?

- No, y a medida que va pasando el tiempo cada vez menos. Cuando empiezo un libro -hablemos de una novela que es un trabajo más continuado- y tengo una necesidad imperiosa de escribir ese libro, tardo muchísimo en decidirme a empezarlo, doy vueltas como un perro alrededor de un tronco de árbol a a veces semanas y meses, hasta que finalmente la cosa empieza, es evidente, lo sé por experiencia porque siempre me sucede lo mismo. El primer tercio del libro avanza a empujones, entro a una etapa de trabajo continuo y finalmente me olvido de comer y de dormir. Me acuerdo muy bien cuando escribí Rayuela; mi mujer venía a tocarme en el hombro para llevarme a comer un poco de sopa. Todo el final de Rayuela fue escrito en un estado tal de posesión que no lograba alejarme de la mesa de trabajo.

- Y ¿conservas esa misma capacidad de enloquecimiento?

- Sí, sí, fijate que de El libro de Manuel escribí las últimas cincuenta o sesenta páginas de un tirón hasta el final, así, las escribí tomando mucho alcohol, completamente solo... De una sentada...

- ¿Y para ti, tomar mucho alcohol significa tomar una botella de whisky diaria?

- No, de ninguna manera, significa tomar -bueno, si quieres una precisión- seis whiskys, pero en mí no es una costumbre sistemática ni mucho menos.

- Según lo declaraste en alguna ocasión Los Premios empezó siendo un cuento. ¿Hiciste la novela a partir del cuento? ¿Te ha pasado lo mismo con alguna otra obra; construirla de una manera azarosa?

- ¡Jamás he hecho esa declaración! ¡Es absolutamente falsa! Si hay un libro que empezó como una novela es Los Premios. Ahora si quieres te cuento la anécdota de cómo nació Los premios, aunque de alguna manera está dicho en una pequeña nota que hay al principio o al final del libro. Hacía yo un viaje en barco desde Marsella hasta Buenos Aires; veintiún días en tercera clase, lo cual no era muy cómodo; de todas maneras mi mujer y yo teníamos una pequeña cabina y la gente que viajaba no era nada simpática, tú sabes, es una cuestión de azar; en algunos viajes uno es feliz porque encuentra cuatro o cinco personas con las que se entiende, pero ahí no había realmente nadie. Entonces mi mujer se dedicaba a leer y a tomar sol en el puente y yo tuve ganas de escribir esa novela que me venía rondando y el momento era perfecto porque conseguí una cabina solitaria, tenía una máquina de escribir portátil y empecé, y creo que al llegar a Buenos Aires había escrito algo así como cien páginas.

- Tu idea de la Revolución es singular porque siempre te has manifestado por una revolución individual, la revolución que empieza por uno mismo, desde dentro, lo cual resulta inaceptable para los P.C. tradicionales... Has declarado en varias ocasiones que el hombre debe nacer nuevamente y que la Revolución debe dar a luz a un nuevo hombre, ¿o no?

- ¡Claro! Lo que yo creo y busqué decir en El Libro de Manuel es que mi sentimiento de una revolución socialista, como la entiendo para América Latina, comporta un doble proceso no consecutivo sino simultáneo. Hay quienes piensan que, por lo pronto, hay que hacer la revolución -es decir acabar con el imperialismo yanqui, los gorilas, los militares; tomar el poder e implantar el socialismo en el país-, y ya "después" habrá tiempo para iniciar los planes de cultura, el perfeccionamiento humano. Desconfío. Creo que si en el ánimo de esos revolucionarios no existe el deseo de que simultáneamente, se le pida a cada individuo que dé lo mejor de sí mismo, que se busque a sí mismo, se explore, haga su autocrítica, que no vaya a la revolución lleno de prejuicios sino que ésta sea una manera de despojarse de sus ropas viejas, esta revolución ¡fracasará!.. En el fondo, esta visión del hombre nuevo era una idea del Che. No es una idea abstracta o teórica para un futuro lejano sino que tiene que darse simultáneamente. Para decirlo con una imagen, siempre he sostenido que hay que hacer la revolución de afuera hacia adentro y de adentro hacia afuera ¡en todos los planos! (Cuando a Cortázar le interesa subrayar algo levanta la voz y separa cada una de las sílabas, recordando sin duda sus tiempos de maestro.) Hay que acabar con nuestros enemigos, pero hay que acabar también con los enemigos internos que cada uno lleva. Fíjate lo que sucede con una revolución socialista. Después de una tarea infinita, del sufrimiento monstruoso de gente heroica que se ha hecho matar, se llega al poder y simplemente porque cuatro o cinco o seis dirigentes no han hecho su autocrítica, se instala en el poder, por ejemplo, un puritanismo de las costumbres, digamos desde el punto de vista sexual, casi victoriano. Eso no lo acepto porque me parece una revolución fracasada. El hombre va a seguir siendo prisionero de sus tabúes, sus inhibiciones, sus imposibilidades. ¿Para qué diablos le sirve el socialismo? Para nada.

- Pero, Julio ¿acaso en Rusia no hay puritanismo?

- Rusia no, Unión Soviética...

- No sé por qué he seguido diciendo Rusia y San Petersburgo...

- Claro que hay puritanismo, por eso estoy lleno de críticas con respecto a la situación actual de la Unión Soviética. Estoy muy lejos de aprobarla en su conjunto. Si esta pregunta me la hubieras hecho en 1930 -cosa históricamente imposible- te hubiera respondido: "Rusia, ahora...sí, Rusia sale de las tinieblas medievales, de ese zarismo donde el mujik era una especie de animal mandado a latigazos, un analfabeta total con todos los prejuicios concebibles. En diez años no se pueden pedir milagros". De la misma manera tampoco a los cubanos se les podía pedir que a los tres años o a los cinco o a los siete de Revolución, Cuba fuese ¡el paraíso! No lo es y ellos son los primeros en saberlo y saben que hay mucho que combatir. Pienso que el trabajo del intelectual es estar en primera fila en ese combate, es decir, no dejar que se duerma esa especie de sentimiento de que todos los días hay que dar batalla, que todos los días al levantarse un individuo que se cree revolucionario debe preguntarse: "Bueno (para citarte un ejemplo), pero ¿es que yo tengo derecho a proceder así con mi mujer? ¿Tengo derecho a hacer esta discriminación? ¿Tengo derecho a aplicar estas ideas que ya están muertas, contra las cuales he luchado, por las cuales he sufrido?". ¿Para qué sirve el triunfo de la Revolución? ¡No sirve, Elena, no sé si me explico!

- ¡La Revolución Mexicana nada hizo por las mujeres salvo preñarlas como escopetas de retrocarga, lo cual en cierta forma ayudó, ya que había que reponer un millón de mexicanos..! Pero nada cambió. Incluso ahora. He asistido a algunas reuniones de socialistas en las que participan hombres y mujeres y a la hora de la verdad, los líderes piden: "Compañeras, háganse un cafecito... Compañeras, agénciense unas tortas" o sea que devuelven a la mujer a su papel inicial. En Cuba, por una película: Lucía, posrevolucionaria, vi que también es la mujer la que le sirve la cena al marido.

- Lo sé y el primero en darse cuenta ha sido el propio Fidel Castro. Él y todos sus compañeros de insurgencia vieron que la mujer que había luchado heroicamente en la Sierra Maestra -y Fidel conoce bien sus nombres-, en el momento de ocupar los puestos importantes y dirigir al país, quedaron marginadas y en el plano privado, en cada casa volvieron a la cocina. Este es un problema de educación y creo que Cuba está luchando en ese sentido y en pocos años el problema quedará liquidado, porque tú sabes bien cómo son inteligentes los cubanos y cómo están politizados. En la actualidad, la mujer cubana es perfectamente capaz de discutir mano a mano con cualquier hombre. Si tú viste, Lucía, la película destinada a los guajiros y que se exhibió en los pueblecitos y en los campamentos donde la gente ha sido alfabetizada hace muy pocos años y el grado de maduración es lento, pudiste darte cuenta que la película lucha contra el machismo que es una de las plagas de América Latina. Aquí en México, en Cuba, en Argentina, en Perú, en todos lados somos los grandes machos, y las mujeres están cosificadas implícita o explícitamente: cosificadas y dejadas a un lado en el sentido que tú lo señalabas, Elena: "Haz un café." La mujer hace el café, prepara los frijoles mientras el señor fuma su tabaco y platica de política con sus amigos. Bueno, pues esto no puede ser. Está bien que las mujeres hagan los frijoles, porque ustedes los hacen mejor que nosotros, pero eso no impide que los hombres los hagan también y laven después los platos en que los han comido.
No solo pueden sino que deben. En una sociedad socialista, hombre y mujer tienen que ser realmente la pareja, no la despareja.
Lucía provocó en Cuba -lo supe por amigos cubanos- reacciones muy curiosas porque este episodio del marido celoso que encierra a su mujer y no la deja hacer nada, fue bien comprendido en la ciudad y todo el mundo tomó partido por la chica, pero sé que en algunas regiones en el campo, el público tomaba partido por el marido e incluso las mujeres alegaron: "Sí, sí, tiene razón, la mujer tiene que quedarse en casa. ¿Para qué va a aprender a escribir?" ¡Así es que fíjate el trabajo que queda por delante!...

- En alguna ocasión escuché a una mujer indignada: "Antes, cuando un hombre tenía una amante le regalaba joyas. Ahora, le busca empleo en alguna oficina burocrática!..." Julio, para cerrar el capítulo de Cuba, quisiera que tú mismo nos dijeras por qué firmaste con una serie de intelectuales una protesta en el caso del poeta Heberto Padilla, para escribir después una carta de amor en la que llamas a Cuba "lagartijita" y le rascas la nuca...

- Caimancito, no lagartijita... En dos palabras, es una historia muy vieja que ya no tiene ningún interés porque se solucionó perfectamente, a pesar de la opinión de los reaccionarios que se imaginaban que a Padilla lo iban a fusilar de un día para otro. Padilla está viviendo como uno de nosotros; pero lo que no hay que olvidar es que hubo dos episodios vinculados con Padilla. ¡Dos! Antes del definitivo, un problema con la publicación de un libro de Padilla suscitó nuestras críticas y a mí me tocó decirles a mis compañeros cubanos lo que pensaba: el derecho del artista a decir su palabra dentro del contexto de la Revolución Cubana.
Cuando se produjo el episodio definitivo -me interesa aclararlo-, lo que yo firmé fue una carta muy breve, en la que le pedíamos al Comandante Fidel Castro que tuviera la gentileza de darnos información acerca de lo que estaba sucediendo con Padilla en Cuba, porque en Europa sólo sabíamos que Padilla estaba preso y eso nos inquietaba y nos parecía excesivo, ante un problema que no pasaba de ser un problema intelectual. Esta fue nuestra primera carta. La segunda carta ¡que yo no firmé! -y esto, Elena, me interesa que lo subrayes- se llamó Carta de los Sesenta y uno y ésa era una carta insolente, malévola y paternal, en la que los europeos y muchos latinoamericanos pretendían darle lecciones a Fidel Castro, decirle: "Usted tiene que hacer esto y no tiene que hacer lo otro", como si fuera un niño. Esta carta explicó muy bien la reacción muy violenta del gobierno cubano y aquel famoso discurso de Fidel en que hubo una ruptura con los intelectuales europeos y latinoamericanos que habían estado viajando constantemente a Cuba. En lo personal, sigo defendiendo de la A a la Z la posición que tuve en ese momento. Sé que esta declaración no agradará a muchos compañeros cubanos que preferirían una mayor flexibilidad, pero sigo creyendo que la única manera de ayudar a Cuba es haciéndolo críticamente, fraternalmente, pero sin caer en maniqueísmos o en posiciones extremas. Yo no lamento lo que sucedió, me creó problemas sentimentales, vi alejarse a muchos amigos cubanos y no cubanos, asistí a una oleada de pequeñas venganzas de resentidos que aprovecharon la oportunidad para declarar su fidelidad incondicional al régimen cubano, como si mis amigos y yo al tener una actitud crítica fuésemos traidores, y finalmente, me consta que los dirigentes cubanos terminaron por ver la situación con mucha claridad. La mejor prueba de ello es ese texto al que tú aludes, que es un poema, escrito en un ataque de desesperación y de amor a Cuba que se llama: Policrítica a la hora de los chacales y que se publicó en la revista de la Casa de las Américas, en la misma Cuba. Además, no hay que personalizar, no se trata de mí sino de mi actitud intelectual que apoya a Cuba, pero no incondicionalmente, porque ¡no es posible apoyar nada incondicionalmente..! Las revoluciones están hechas por hombres y sujetas a críticas, equivocaciones, titubeos. Yo no soy nadie para dar soluciones y nunca las he dado, pero sí puedo señalar disconformismos y oposiciones... Oye, me haces hablar demasiado...

Julio Cortázar se estira. Habla con las manos. Quemado por el sol, barbón, ¿será la influencia cubana?, los ojos azules boludos muy separados, guapo -mide dos metros-, habla más de política que de literatura:

- No, no, de eso no hablemos... Me interesan los autores no las literaturas. No tengo nada que decirte de la literatura inglesa o la francesa, ni siquiera de la latinoamericana. Eso pregúntaselo a Ángel Rama o a Emir Rodríguez Monegal, ellos pueden contestarte muy bien e inmediatamente, porque su síntesis está hecha. Yo veo libros, no literatura...

Mientras conversamos en la calle Amsterdam, en el departamento de su amigo David Waskmann Chaca, de "El Día", Julio bebe ron con agua en un vaso de Carretones. Acaba de regresar de Yucatán, pero nada dice sobre su viaje. Lo dice su camisa clara de mangas cortas y su cuello quemado... Le pregunto entonces:

- Julio, alguna vez declaró André Malraux que todo pesimista activo es un fascista...

- ¿Lo dijo Malraux?

- Sí...

- (Abre mucho los ojos) Oye, mira, me complace mucho que digas eso. Me emociona porque cuando estuve en Caracas hace dos o tres meses hablando con los estudiantes de la Universidad Central, llegué a decir en un momento de discusión que la diferencia capital, ¿eh?, entre el ideal socialista y el ideal fascista, es que no se puede ser socialista si no se es ¡optimista! en el plano histórico. A lo mejor yo eso lo leí en Malraux pero lo había olvidado. En cambio, el fascismo, por definición es profundamente pesimista porque se basa en una noción de desprecio al hombre. El hombre está sometido a jerarquías. Hay los superhombres -acuérdate de Hitler y las razas superiores, los arios puros y el antisemitismo, los racismos en general- y la masa inferior. El fascismo es pesimista y por eso no tiene ningún amor por el hombre, ningún respeto. El socialismo -tal y como yo lo veo- está basado en el amor.

- ¿Y el amor es optimista?

- ¡Claro! Tiene que ser optimista. ¿Cómo te enamoras tú si no eres optimista? Tú no te puedes enamorar de modo pesimista, Elena, hay una contradicción en las cosas, yo no me puedo enamorar de una mujer en un plano pesimista...

- Pienso en Pavese. Se la vivió enamorándose en forma pesimista. Su amor era pesimista.

- Pero así le iba, ¿no?

- ¿Y Kafka?

- Creo que Kafka tiene una visión profundamente pesimista del mundo, pero eso no permite decir que sea una visión fascista.

- Entonces te estás contradiciendo porque se puede ser pesimista sin ser fascista...

- Lo que yo sostengo es que los fascistas son pesimistas. Pero no quiero decir que todos los pesimistas son fascistas. No me entiendas mal.

- Bueno, es que, mira, yo había apuntado aquí en mi libreta que toda literatura pesimista es reaccionaria, ¿no? O que toda literatura que no diga que la vida es perfectible, toda literatura en la que hay falta de esperanza, spleen, hastío, es reaccionaria... Todo esto, claro, lo anoté en forma de pregunta...

- Mira, yo creo que en términos muy generales se puede contestar afirmativamente, porque una literatura o un punto de vista histórico basado en el pesimismo, falla porque le falta esa dinámica que lleva a una lucha en pro del mejoramiento del hombre. Los fascistas hablan mucho de "mejorar la sociedad", pero lo único que les interesa es mejorar la situación de sus élites dirigentes. En cuanto a los dominados, en cuanto a los esclavos, hablando ideológicamente, su mejoramiento los tiene completamente sin cuidado. Al contrario, cuanto más aplastados estén, mejor obedecerán las órdenes. Entonces, en principio, sí, pienso que una actitud pesimista puede llevar casi siempre a actitudes reaccionarias... Yo no soy un pesimista, Elena, ignoro por completo cuál es el mecanismo mental y el mecanismo moral de un pesimista.

- Julio, tu literatura no va con el realismo socialista ni con el socialista. Es metafísica, es individualista, es elitista, es poética. Seguramente los reaccionarios debieron considerarte uno de ellos.

- Uno de ellos, ¿en qué sentido?

- En el sentido de que tú no podías meterte a una lucha social.

- ¡Ah, no! Eso es verdad. Y tenían razón...

- Yo no puedo pensar que tu literatura sea aceptada tal cual es en la Unión Soviética.

- Sí, desde luego, yo no conozco la Unión Soviética. Ahora empiezan a traducirme. Sale una antología de cuentos, pero desde luego, esos cuentos serán seleccionados, filtrados, es decir, que los rusos han de buscar aquellos que en su opinión deben ser más útiles para la causa -digamos cultural- del pueblo de la Unión Soviética. Esto es evidente. Pero, sin embargo, lo que acabas de decir es importante porque todos creían que yo estaba con ellos en una línea de literatura pura y se quedaron muy sorprendidos por este vuelco; no se habían equivocado hasta ese momento porque yo era totalmente indiferente a la historia y a la política como se lo decía a Margarita y a ti el otro día.

- Sí, nos hablaste de Cuba, que fue definitiva en tu nacimiento al socialismo, en tu conversión, podría decirse...

- Así fue. Bueno, permíteme la imagen: "mi camino a Damasco", ¿no? Me caí del caballo como Saulo, no sé si me convertí en Pablo por eso, pero me siento muy vanidoso al decir una cosa así. Cuba fue para mí una experiencia catártica. Desde entonces, hace nueve años, estoy dedicado a actividades ideológico-políticas. Después de un libro como Rayuela, que es un libro individualista, de investigación de conducta, de motivaciones humanas y de finalidad subjetiva, nadie podía imaginarse que yo seguiría un camino distinto y de ahí las protestas, el escándalo y el libro siguiente: El libro de Manuel.

-Bueno, Julio, es que en el fondo tú eras un esteta, un solitario; un hombre con una formación libresca poco común, en fin, en cierta forma seguías el camino de Borges, ¿o no?

- Absolutamente, absolutamente. A tal punto lo era y lo sigo siendo que uno de los motivos de algunas polémicas y diferencias de opinión con mis compañeros de América latina es el hecho de que me encuentran todavía demasiado individualista, esteta, replegado en la quinta-esencia. Personalmente sostengo que ninguna revolución vale la pena que se sacrifiquen ciertos valores y, si los sacrifica, yo no quiero esta revolución. Al contrario, yo estoy dispuesto a conservar todo lo que conquisté culturalmente y darle un nuevo sentido si puedo, aplicarlo a otras finalidades, moverlo dentro de otros conceptos. Si tú has leído El Libro de Manuel te acordarás que el dilema de Andrés -quien me refleja mucho- es el de un hombre que al final toma un compromiso, entra en un camino, pero en última instancia no está dispuesto a renunciar a cierto tipo de actividades estéticas como puede serlo la pintura cinética. Se las lleva consigo a su nuevo campo de vida. Y eso creo que soy yo. Para mí, los cronopios (personajes de mi propia obra) son tan revolucionarios como la descripción de una zafra.

- Pienso, Julio -sé que es una idea sentimental- que la ternura que hay en tus cuentos, en cierta forma, te ha inclinado mucho hacia una actitud social. ¿O ni siquiera es científico decirlo?

- No, no, es más que científico, es profundamente humano. La ciencia, tal y como yo la entiendo tiene que se humana, si no se convierte en la bomba atómica y deja de ser ciencia para mí: es una máquina diabólica y nada más. Tú me consideras tierno, Elena, yo sé que lo soy, creo que tengo una gran capacidad de ternura, la pido y la doy en grandes cantidades. Entonces es lógico que en mi planteamiento ideológico y político, la presencia de la miseria y el dolor humanos sean fundamentales... No sé si en La vuelta al día o en Último round, hay un texto sobre lo que sucede en la plaza de la estación de Calcuta. Es un texto largo: "Turismo aconsejable" y es la visión de un hombre -soy yo, estoy hablando en primera persona- frente al espanto del hambre, de la miseria, de la alienación, del subdesarrollo total, de la lucha por un pedacito ya no de choza, sino de suelo en donde dormir en una plaza en la cual pasan los tranvías cortándole a veces la mano a un niño que la ha tendido -dormido- en el momento en que pasa el tranvía.

- ¿A ese grado están apeñuscados miles y miles de indios?

- A ese grado... De ahí mi militancia política en el Tribunal de Helsinski, en Bruselas, en el de México que juzga los crímenes cometidos por la Junta Militar chilena...

- Sin embargo, tu literatura sigue siendo metafísica, incluso en El Libro de Manuel, que gira en torno de temas que te inquietan, elementos mágicos, fuera de lo común. ¿Acaso Rayuela no es una novela construida en torno a preocupaciones de tipo metafísico?

- Sí, yo creo que fui un animalito metafísico desde los seis o siete años. Recuerdo muy bien que mi madre y mis tías (mi padre nos dejó muy pequeños a mi hermana y a mí), en fin, la gente que me veía crecer se inquietaba por mi distracción o ensoñación. Yo estaba perpetuamente en las nubes. La realidad que me rodeaba no tenía mucho interés para mí. Yo veía los huecos, digamos, el espacio que hay entre dos sillas y no las dos sillas, si puedo usar esa imagen. Y por eso, desde muy niño me atrajo la literatura fantástica. En un capítulo que se llama "El sentimiento de lo fantástico", conté que uno de mis dolores más grandes fue darle a un amigo mío la historia de El hombre invisible que Wells tomó de Jules Verne y que éste me lo aventara, rechazando lo fantástico.

- Julio, ésta es la última pregunta: ¿tú no has resuelto la miseria humana con tus libros, ¿verdad?

- No, pero sí puedo, en cambio, -y así me ha sucedido- ver la sonrisa de un niño brotar ante mi actitud humana. Y esto es lo que quiero conservar a toda costa

Elena Poniatowska es escritora mexicana.

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Cortázar

Salvador Moreno Valencia

Decir Cortázar es decir Literatura con mayúscula; además de integridad en la forma de pensar, dignidad a la hora de vivir, sacrificio, esfuerzo...; es decir Rayuela, es decir Horacio Oliveira, la Maga, Rocamadour…, es decir la “contranovela”, como el mismo Julio la definió para defenderse de lo que la crítica literaria dio en llamar antinovela; hablar de Cortázar es decir “boom latinoamericano”, ya que como bien se sabe, este autor fue uno de los integrantes de aquel fenómeno, entre los que podemos encontrar a Jorge Amado (Brasil); José Donoso (Chile); Gabriel García Márquez (Colombia); Guillermo Cabrera Infante (Cuba); Carlos Fuentes (México); Augusto Roa Bastos (Paraguay) y Mario Vargas Llosa (Perú).

Este año celebraremos los cien años del nacimiento de este escritor de culto, un intelectual nato que supo dar el salto hasta Europa, lugar al que, como tantos otros escritores latinoamericanos, deseaba llegar, en este caso con más facilidades, probablemente que otros, pero no vamos a entrar aquí en valoraciones de este tipo, sino que nos vamos a dedicar a escribir sobre uno de los íconos de la literatura del siglo veinte, un escritor de raza, un hombre a cuyo rostro se asoma una mirada penetrante, profunda, que nos hace pensar que éste fue, posiblemente, de niño, un niño enfermizo y con tendencia a la melancolía: (“mi infancia fue brumosa y con un sentido del tiempo y del espacio diferente al de los demás”), diría el mismo Cortázar sobre su niñez. Así con esta tendencia a padecer enfermedades, como con su excesivo grado de sensibilidad, y su afición a la tristeza, y haberse convertido en un lector precoz, no en vano a los nueve años se había leído libros de autores como Julio Verne, Víctor Hugo, o Edgar Alan Poe, entre otros; según estos síntomas tan singulares, no es de extrañar que nos haya sorprendido con su obra, siendo uno de los grandes maestros del relato corto, la prosa poética, y creador de una nueva forma de escribir novela saliéndose de los moldes establecidos.

¿Realismo mágico? Incluso se le ha clasificado como surrealista (movimiento del que fuera propulsor el poeta André Breton), en uno u otro estilo, Cortázar nos muestra su fuerza magnética a la hora de escribir sus historias, unas veces autobiográficas y otras no; es un escritor de los que ya (por desgracia para la literatura), no suele haber.

Este centenario nos servirá, esperemos, al menos a mí, a comprender que aquellos escritores, que junto a Cortázar inauguraron un nuevo hacer en la narrativa, fueron hombres íntegros, y honestos, que defendían con dignidad sus ideas, y lo hicieron a través del medio que en estos tiempos está desapareciendo a pasos agigantados, este medio, o herramienta, o cosa, no es otra que la palabra, en este caso, escrita, y es ésta la que Julio sabe usar a la perfección para narrarnos cuentos como Bestiario, La señorita Cora, Octaedro…; y novelas o antinovelas como Rayuela, su obra más conocida y traducida a más de treinta idiomas, Los premios, 62 Modelo para armar…

Escribir de un genio como Cortázar es siempre quedarse corto, porque la intensidad con la que vivió su vida y escribió sus obras, no da para un estudio profundo de cuyo análisis podríamos sacar grandes y buenas conclusiones, además de un alto grado de conocimiento, pero no tenemos aquí todo el espacio, ni el tiempo del mundo para hacerlo, así que para terminar yo les emplazo, si se animan, a que jueguen a la rayuela, aquel juego que todos hemos jugado alguna vez, y que todos saben cómo se juega, y fue Cortázar el que mejor dibujara el tablero en el que Horacio Oliveira, junto con la Maga, bailaron un tango, negro, oscuro, bajo los puentes de París donde los vagabundos se debatían entre el sueño y el frío, el hastío, la desesperación, y la botella de vino, lugares que de la mano de Horacio, Julio nos describe con total crudeza. Es nuestro Horacio el que juega con el lector y que es su monólogo interior el que permite ese juego, además de dejar abierta la puerta a muchos finales.

No podía quedarme sin dedicarle algunas letras a este escritor, de los que ya van quedando pocos, o más bien no queda ninguno debido a la estupidez, y a la mediocridad que alarmantemente han tomado y seguirán tomando, si no lo evitamos a tiempo, las palabras para acabar, no solo con la literatura, sino para acabar con la comunicación tal como la hemos conocido hasta ahora. Pronto viviremos en una sociedad en la que los amantes de la literatura con mayúscula, serán tratados y perseguidos como proscritos, pero si miramos la figura de Cortázar como la de un escritor íntegro, probablemente, esto nos servirá para no sucumbir en el “holocausto” de la palabra, tanto escrita como hablada, al que el feroz capitalismo quiere condenarnos.

Salvador Moreno Valencia es escritor español.

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Del otro lado de la cerca

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Mi querida Haydée:

-Ya se que vas a volver a decirme que estoy loca, que sigo siendo eso que llamás una especie de bípeda parlante que pasa la vida saltando un poco acá, un poco allá, como si nunca hubiera sentido paz. Siempre dijeron eso, vos, el, ella, todos. Y la verdad que nunca me importó, no se si me habré sentido cómoda en ese devenir o por ahí asumí ser algo así como una rara avis pero ¿qué importa a esta altura? ¿Por qué esa compulsión por buscar explicación a todo si nunca se llega al corazón del nudo que se forma casi, casi, sin que nos demos cuenta?

Creo que siempre traté de durar de la mejor manera posible, la que menos dañe, la que me permitiera evadirme al menos por un buen rato de las garras de la angustia cuando me di cuenta que trataba de instalarse como una amiga inseparable. Yo no quiero acostumbrarme a la tristeza a mí nunca me gustó que me impongan más de lo que me impusieron. Todo fue dándose casi naturalmente un día de vaya a saberse cuándo o por qué. Fue cuando creía estar enloqueciendo, cuando las situaciones me superaban o no sabía develarlas, vos sabés que tampoco soy de echar culpas porque por suerte las religiones no lograron hacer nido en mi alma.

Te conté que aquella vez encontré una cerca grande, pesada, de rejas sólidas, negras y brillantes, de esas que se veían en las casonas viejas de los libros de cuentos. Recuerdo que de alguna manera me pareció que del otro lado de esa verja la vida parecía ser menos conflictiva. Curiosa como siempre fui, pegué el salto buscando…

¡Qué se yo qué busqué! Tal vez zafar de alguna imposición, de la larguísima lista de demoras donde el “no” era el corolario de cualquier inquietud. Cualquiera, hasta la más inocente.

La cerca representó para mí la huída momentánea, el sacudón de todo lo que me angustiaba. Ya se qué como elección no fue buena, pero vos sabés que no encontraba las alternativas. Cruzarla era como entrar en una especie de búnker de hierro donde las cosas más fuertes se demoraban, quedaban estáticas por un tiempo y así fui construyendo mi paisaje imaginario aséptico. Un aislamiento que con el transcurso de los días me permitía recuperar fuerzas para volver a irrumpir por las mismas situaciones que me impulsaban a esa especie de hueco salvador.

No era tanta la gente que andaba del otro lado de la cerca. La que había no pedía nada, solamente hacía una pasadita como para quedarse tranquila viendo que todavía estaba viva, apenitas escuchaba las voces que quería escuchar, las que por una cosa u otra ya habían dejado de sorprenderme en la cotidianeidad. Y me refugiaba en esa fugacidad tan mirando hacia la nada hasta que las cosas que me impulsaban a esa huída transitoria se fueran calmando. O no, mejor dicho hasta que el callo que daba lugar a la costumbre se fuera formando, dejara de doler tanto y la dureza y yo aprendiéramos a convivir en esa rara situación de conveniencia mutua.

Así fui aprendiendo que de este lado de esa reja todo es más versátil, las cosas se van desencadenando con demasiada prontitud. Buenas y malas, más o menos, tolerables o no, pero pasan rápido, a veces hasta parece que te llevan puesta y te arrastran convirtiéndote en torbellino descontrolado.

Cuando regresás, te das cuenta que acá la gente se odia y mañana se amiga, otros no se hablan nunca más y van tomando forma y cuerpo como de robot. Cada uno, si mirás bien, anda metido en una especie de escafandra y ni se entera de lo que le ocurre a quien le pasa por al lado. La vida para ellos parece transcurrir dentro de un ombligo y los que se atreven a salir de ese agujero cubierto de pelusas suelen enfrentarse a realidades que habrán de trastocarlo fácilmente. Sobre todo si no encuentran el refugio donde acovacharse un rato, hasta que la situación se calme.

A mí nunca me gustó eso, pero me tocó adaptarme, como a todo. Entonces, cuando las penas apretaban y hacían nudos resbaladizos que si querías zafar, te apretaban mucho más, era cosa de arrimarme al confín del paisaje y saltar para el lado donde el silencio te dejaba notar que vos eras vos, no lo que querían que fueras. Me quedaba allí un tiempito, el necesario hasta sentirme fuerte, pero siempre regresé por más larga que fuera la intromisión en esa especie de remanso.

En esos momentos era cuando las fuerzas se recomponían, comenzaba a emprender el regreso para enfrentar la realidad de la que dicen que uno no debería alejarse pero yo tengo mis dudas. ¡Qué se yo! Estamos tan cargados de pautas dictadas vaya a saber por qué cerebro manipulador, imperativo, determinante, que hace uso de una prepotencia de situaciones que siempre terminamos aceptando. Yo preferí escaparme de esa telaraña. Vos, como amiga, en tantos años nunca aceptaste eso que llamabas mis huídas. Y no porque no me comprendieras, sino porque el miedo te metió su semillita.

Entonces empezaba tu perorata y comenzabas a martillarme la cabeza sin dejar de hacerme notar que debía cuidarme, que tu preocupación era mucha, que temías por ese eterno trajinar de idas y vueltas, nunca quisiste -o no pudiste, mejor dicho- aceptar que era mi juego, irresponsable tal vez, pero que era la única herramienta que encontré como para mantenerme viva, medio a salvo, partida pero en vías de recomposición constante. Fueron tantos los años que compartimos, vos admirando el que llamaste mi poder de recomposición. Yo admirando tu capacidad para mantener la serenidad y el equilibrio. Creo que eso fue lo que nos mantiene y mantendrá unidas, la diferencia y el respeto además del tremendo cariño.

No te asustes amiga mía, vos sabés que del otro lado de mi cerca ando solo cuando me hace mucha falta. Que luego regreso como si nada a esta margen, con el oxígeno circulando normalmente aunque sea por un breve lapsus y no salto por un buen tiempo.

Creéme que se está bastante bien allá, no sé si decirte que todo parece más claro o no lo es, lo que sí puedo distinguir es que no sentís la presión que te impone pensar en qué es lo que tenés que hacer y qué es lo que no. Digamos que no hay nada que tengas que… (Bah, directamente no podés)

Y lo mejor de todo es que no estás anestesiada, hay algo que te permite pelearte con vos misma, preguntarte hasta cuándo tendrás que recurrir a ese refugio. Cuándo será el día que puedas cerrar esa verja para siempre dando paso a otra vida menos agitadita, pero de momento no encuentro ese momento…

Pensá que allá siento que soy (i) responsable de mí misma. Nada me daña, hasta permito que me crezcan alas y que las cosas se vayan dando, las tome o las deje sin complejos ni culpas. ¡No me digas que eso no es bueno!

Por supuesto comprendo también que aceptar o no esa regla sin reglas tal vez no sea fácil para todos. De este lado, si te fijás, verás que la gente termina siempre igual: adaptada. Domada. Estática, Temerosa, Prejuiciosa. Ordenada. Apabullada. Insatisfecha. Moderada. Acartonada. Enquistada en cuadrados tan limitantes como estrictos, que tácitamente te marcan un hasta acá llegaste y listo.

Tu pragmatismo te exige razonar en lo que debe hacerse para vivir mejor: Pensar un poco más en uno, saber marcar límites y eso yo también lo siento imprescindible aunque muchas veces, cuando quiero tirar de la puntita del hilo para acercarlo, se me escapa. Dar, en tanto y en cuánto puedas, sin exigirte tanto. Hacer consultas al médico al menos una vez al año. ¡Me canso de reírme cuando te cuento que todos los que conocí murieron rodeados de médicos! Que cuando te llega la hora y no se quién carajos maneja ese reloj odioso, te vas hasta sin desearlo. Y veo tu cara de resignada al repetirme:

-¡Yo no se para qué te pido que te cuides si no me vas a dar bola!

Y me das pie para responderte:

-Jatejoder, que el día que se me ocurra cuidarme va a ser cuando ya no pueda levantarme. Todos nos morimos, hermana. Antes o después, lo importante es no morirnos de miedo a morir y a eso me aferro con uñas y dientes. (Aunque hoy confieso que no tanto)

-Dejame que quiero defenderme de lo que para mí es una descomposición que nos marcaron como premisa excluyente. Vos estás de este lado, de allá no hay nada. Pero ves que acá es donde te muelen a palos, propios y ajenos, mientras que allá te acaricia el silencio y te abraza, y te seca las lágrimas y te sopla bajito y te despeina y te levanta la falda y te llena los ojos de lucecitas.

Ahora fijate, hace rato que no andaba por la cerca, venía demasiado tranqui y eso mismo me lo hiciste notar hace unos días entre mates y bizcochos y tu orden firme de “apagá ese pucho” que interpreto apenitas como un “abrí la ventana”…

Hace rato que no volvía a la cerca, andaba bien, sin grandes sobresaltos personales, apenas los que vemos en las noticias que no son pocos pero nos pegan distinto, pero de pronto, cuando menos lo esperábamos apareció el impulso irresistible de atravesar el férreo límite. Fue cuando recibí aquella noticia tan dura y por supuesto recurrí a vos como hago siempre. Creo que esta vez me empujaron de un boleo, aunque no puedo recordarlo bien.

Lo único que sí, tengo grabado, es que recibí como si toda la ira de un ser descontrolado se abalanzara sombre mi metro y medio del suelo, haciéndome estallar un rayo que pareció partirme el pecho. Increíble si tenemos en cuenta lo que venimos hablando de tantos golpes, tanta furia resistida, tanto dolor, que se yo. Sentí la espina del odio irracional dando en el blanco inmovilizado de mi pecho.

¿Y quién dijo que iría a aceptar esa situación dolorosa? Eso sería pedir mucho, fue allí que pensé que lo mejor era levantar vuelo, agitar mis alitas en reposo y arrimarme a la verja que esa mañana hasta me pareció casi escabrosa. Algo parecía llamarme y fue así, de pronto lo vi, tan bonito, tan chiquito recostadito sobre una mesita blanca. Solo pude mirarlo desde un poco lejos, pero me invitaba a acercarme. Su carita reflejaba paz, era una cosita así chiquitita, como dormidita y hasta me pareció que me guiñó un ojito sin que nadie se diera cuenta.

Era una invitación que fue paralizando a la sorpresa. No lo pensé ni un segundo, levanté mi pierna y salté hacia donde estaba continuando su reposo. Por supuesto, la reja marcaba la divisoria. Estiré mis brazos queriéndolo traer de este lado, me pareció tan desprotegido en esa soledad sin nadie, sin mí, algo impidió que él atravesara la reja pero para este lado. El nuestro, el ordenado, el indicado. No tenía siquiera la opción de elegir y yo, casi en la desesperación del pánico, no encontré más opción que levantar mi pierna derecha para saltar hacia donde él estaba. Me miraba desde sus ojitos cerrados y su naricita parecía un botoncito. Había como un llamado extraño entre nosotros. Solo eso.

Nos miramos, cada uno desde su propia visión y fue allí cuando me/le prometí volver cada día para comenzar un juego en el que solos los dos tendríamos espacios. Creo que le gustó la idea, si hasta creí verlo sonreír desde una boquita chiquitita donde seguía reflejándose la idea de un sueño en paz. En paz implantada, impuesta, exigida.

Estuve un rato y lo despedí casi con naturalidad y se que él entendió que regresaría todos los días. En pocos minutos nos hicimos amigos, tanto, que hoy sé que me espera. Cada vez que aparezco extiende hacia mí su manita rosada, me toma de un dedo y juntos nos vamos saltando del lado del que a él no le permiten salir. Del lado de mi cerca.

Jugamos como hace tanto tiempo olvidé que se podía jugar, como te dije antes, de ese lado, que ahora es su lado, todo transcurre como más liberado. El mantiene las ganas de corretear que desde esta perspectiva absurda hace rato que perdimos, justamente, por permitir que jueguen tanto con nosotros. Absurdamente tanto que hasta nos arrancaron las ganas de intentarlo. Pero vamos a procurarlo sin horarios, sin promesas, a las puertas de la cerca que se abre ni bien voy llegando con el apurón que nos acompaña siempre a los que andamos por estos confines.

Quisiera que no te asustes si no me ves tan seguido, amiga mía; acordate que siempre dijiste que cuando me voy siempre vuelvo. Siempre volví. Ya no quisiera que sientas miedo por perder esta locura mía, ni que creas que quedarás sola de este lado del paréntesis trazado. Tal vez desde allá yo te sirva para invitarte a recorrer otros lugares algún día. Voy a ser buena guía, te prometo.

Vieras que lindo lo pasamos, que maravilla parece el día cuando comenzamos a jugar corriéndole carreras al viento. Nosotros ya sabemos que somos un poco brisa; nos divertimos juntando bichitos que nos ganan carreras por el césped. Nos reímos mucho cuando silbo desafinando y a él le suena fuerte el sonido que solo nosotros escuchamos.

Nos revolcamos por la gramilla y el otro día, cuando empezó a lloviznar, pudimos trepar por la pollera de una nube que hasta nos permitió hacer vuelta carnero sobre su falda impecable, algodonada. Ya le dije a él que voy a ponerle cascabeles en el ruedo para que hagan ruidito y despierten a los grillitos que duermen de día. Y él se ríe, cree que de este lado de la verja la gente anda un poco loca como yo. Y le confieso que si, porque no pienso mentirle en nada.

Cuando nos despedimos y regreso sola a esta solemnidad acotada, nunca nos decimos cuándo será el próximo encuentro, apenas agitamos nuestras manos y él queda riendo, mirando como salto para este lado de la verja y se sonríe viendo que todavía pueda caer y levantarme.

Volveré todos los días, quiero enseñarle cosas que no verá porque ya te dije, ni siquiera tuvo la oportunidad de conocer este espacio por esas imbecilidades que nunca se entienden. Le contaré que en este extraño mundo de marionetas todo es muy lindo, pero que no existe la libertad que uno pudo imaginarse algún día.

Le contaré que lastimaron a las estrellas, que se hace mucho daño y que hay niños que lloran llantos provocados. Le contaré que si lo hubieran dejado saltar, no hubiera permitido que le hagan daño y le hubiera enseñado a refugiarse de ese lado donde ahora está condenado a permanecer. El no elige.

Le contaré que acá muchas veces el hombre mata al hombre. Y que otras, mata al niño, argumentando error humano.

Comprenderá mi pequeño que de momento nos toca vernos de a ratos, pero que llegará el día en que no nos separaremos. Que iremos por el prado buscando los sueños que saltaron antes que yo y le diré que él será quien deba enseñarme a buscarlos, porque de momento ese es su lugar y está conociendo mejor que yo los recovecos.

Hasta que llegue el día que andaremos explorando juntos nuevas especies de flores. Hasta que llegue el día que salgamos a hacerle zancadillas a la luna para que entre en calor cuando el sol se apague. Y haremos ring-raje con los luceros. Y haremos coros de sapitos y cargaremos la luz de las luciérnagas cuando la fatiga las apague. Y nos iremos al mar a salvar olas en la rompiente.

Y atraparemos la lluvia para bañarnos los dos y arrastrar toda esta carga que acarreo luego de estar tantos años en este mundo real contaminado. Y sabrá mi pequeño que en ese lugar donde duerme su rato en mi ausencia, anduve muchos años, y que ahora voy ensayando un arrorró desafinado para cantarle cuando me quede con él y seamos uno.

Como te dije, amiga mía, del otro lado de la cerca donde por una cosa u otra siempre anduve…

Ilustración: “La cerca”

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Museo de Bellas Artes Palacio Ferreyra, en Córdoba, Argentina

ARGENPRESS CULTURAL

El Museo Superior de Bellas Artes Palacio Ferreyra, ubicado en el barrio de Nueva Córdoba, fue inaugurado en diciembre de 2007, tras la intervención de restauración y refuncionalización integral a cargo del estudio GGMPU Gramática / Morini / Urtubey.



Para transformar el palacio construido en 1914 por el arquitecto francés Ernest – Paul Sanson como residencia de la familia Ferreira, los proyectistas generaron dentro de la caja muraria original un nuevo espacio que vincula verticalmente todos los niveles. Su programa original se organizaba alrededor de un gran hall central el “piano nobile”, desde donde una escalera imperial conducía al nivel superior, de dormitorios. Los locales de apoyo y servicio ocupaban el basamento y un nivel superior en la mansarda.

En la intervención se utilizaron todos los niveles como espacio del Museo; se mantuvo como dominante al eje principal existente, restaurado a su condición original. Esta organización espacial está cruzada perpendicularmente por un nuevo eje de circulación, espacio rectangular y alargado ubicado a continuación del ingreso. Es un prisma de cuádruple altura que contiene a las escaleras y vincula, en vertical, física y visualmente a todo el conjunto. Se materializa en madera oscura, cuero de vaca, planos de acero y otros transparentes.

El sistema RGB de iluminación permite iluminar en una gama de 265 colores diferentes a este espacio, transformando el hall en fuente lumínica que irradia su luz hacia el exterior a través de las ventanas de la fachada original. Las salas de exposición se resolvieron como cajas neutras y eficientes, organizadas alrededor de un corredor perimetral a la caja muraria del gran espacio central.

De los 4.800 metros cuadrados de superficie del palacio, casi 3 mil son ocupados por las salas de exposición. En la planta principal hay tres salas, además del gran hall y la cafetería.

En el subsuelo se ubican otras tres salas, el auditorio, la administración y los depósitos.

En el primer piso hay tres más, de gran altura, que se continúan con un nuevo mirador sobre el acceso: cubo de vidrio de cinco metros de lado y otros cinco de altura. Es el único elemento contemporáneo que se deja ver desde el exterior.

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El arco del conocimiento

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Lima, en octubre 2014, será sede de dos citas internacionales sobre Transdisciplinariedad, Complejidad y Ecoformación y sobre vías para la transformación educativa, vía la filosofía del Pensamiento Complejo y Ciencias de la Complejidad.

Las instituciones que convocan y promueven son: el Instituto Peruano de Pensamiento Complejo Edgar Morin – IPCEM de la Universidad Ricardo Palma, el Centro de Competencias en Educación para el Desarrollo Sostenible Lima- Callao afiliado a la Universidad de la ONU, las Universidades de Barcelona, Brasilia, Ministerio del Ambiente, UNESCO, La Mancomunidad Regional de los Andes, la secretaria nacional de juventudes y la red de movimientos políticos de mujeres y otras organizaciones.

Los congresos sobre complejidad buscan constituir una comunidad de ciencias con conciencia para la construcción de un cambio de visión y de prácticas en la educación. En ese sentido, una comunidad abierta es pensada según las aportaciones provenientes de los diferentes campos disciplinares, la interrelación entre ellos y el saber que emerge de otros ámbitos; esto es también conocido como la ecología de saberes.



Edgar Morin, sociólogo francés (París, 1921), liderará esta convocatoria sobre la Mayéutica Educativa, basada en su producción, especialmente en “Los siete saberes”: Una educación que cure la ceguera del conocimiento. Una educación que garantice el conocimiento pertinente. Enseñar la condición humana. Enseñar la identidad terrenal. Enfrentar las incertidumbres. Enseñar la comprensión. Y la Ética del género humano.

Morin considera una educación que garantice el conocimiento pertinente. Ante el aluvión de informaciones es necesario discernir cuáles son las informaciones clave. Ante el número ingente de problemas es necesario diferenciar los que son problemas clave. Pero, ¿cómo seleccionar la información, los problemas y los significados pertinentes?

Sin duda, desvelando el contexto, lo global, lo multidimensional y la interacción compleja. Como consecuencia, la educación debe promover una "inteligencia general" apta para referirse al contexto, a lo global, a lo multidimensional y a la interacción compleja de los elementos.

La cultura en general no existe sino a través de las culturas. La educación deberá mostrar el destino individual, social, global de todos los humanos y nuestro arraigamiento como ciudadanos de la Tierra.

Similares congresos a los anunciados en Lima se han realizado años atrás en España, Brasil, Costa Rica, Colombia para acercarse a aquellos países y colectivos educativos que vienen trabajando con estas perspectivas.

“Queremos que toda Latinoamérica una sus voces de cambio en una sola mente y un solo corazón, pues estamos convencidos de que la trasformación que precisa la educación actual ha de provenir de una transformación del pensamiento, como bien ha vaticinado Edgar Morin al inaugurar el Instituto Peruano de Pensamiento Complejo del Perú”.

Las políticas educativas del viejo mundo viven atrapadas en sistemas del pasado y difícilmente se abrirán a las exigencias de una nueva visión, declaró Cándida Morales en la cita de Brasilia.

En los cinco congresos internacionales anteriores destacaríamos los siguientes aspectos compartidos: La formación de una comunidad creciente de investigadores y docentes que adoptan una mirada compleja y transdisciplinaria de la realidad. La educación se constituye como un núcleo fundamental sin renunciar por ello a la reflexión filosófica, epistemológica y científica.

El objetivo de compartir experiencias, prácticas innovadoras y proyectos concretos, elaboración de propuestas constructivas, modelos y acciones encaminadas a la transformación, mejora o calidad de la educación.

Quedan por abordar, sin embargo, cuestiones prioritarias si queremos incidir en la práctica como la Formación del Profesorado con mirada transdisciplinaria y actitud creativa, la Ecoformación con la mirada puesta en la sustentabilidad, las instituciones educativas creativas, el currículo complejo y transdisciplinaria, entre otras.

Antecedentes del IPCEM

Nació con los objetivos de debatir y profundizar los fundamentos teóricos (ontológicos, epistemológicos, metodológicos, didácticos) de la transdisciplinariedad, complejidad y ecoformación con la mirada puesta en la formación docente.

La decisión fue tomada el año 2004, de la mano con el desafiante desarrollo del nuevo modelo educativo basado en la Multiversidad Mundo Real Edgar Morin, un espacio de convergencia de pensamiento moriniano desde todas las latitudes de nuestra Tierra-Patria.

La obra de Edgar Morin sobre la nueva civilización es motivo de análisis y estudio en casi todas las universidades de prestigio. Son innumerables los científicos, académicos, intelectuales, docentes, profesionales y ciudadanos en general que han abordado su pensamiento.

Una visión con esperanza

Diversos autores que siguen el Pensamiento Complejo han cedido el derecho para publicar de manera virtual, y siendo este un espacio sin fines de lucro. En el año 2001 la UNESCO y el Ministerio de Educación de Francia bautizó a Morin como "El Pensador Planetario".

En el año 2006, la Multiversidad Mundo Real Edgar Morin lo rebautizó como "El Pensador Planetario de las Luciérnagas Más Luminosa”

El Congreso en Lima se propone construir la transdisciplinariedad en una variedad de campos científicos. No a la mono disciplina, no a las disciplinas separadas, ni al “diálogo de sordos” para superar el fenómeno de “dos culturas”, dos formas del lenguaje: el de las ciencias experimentales y el de la ciencias humanas.

Tras varios siglos de esa hegemonía, vivimos una crisis de crecimiento ligada a formas culturales, a “miradas” de autores y escuelas que se establecieron en dogmas y doctrinas. La Pluridisciplina posibilita formas organizativas nuevas y produce impactos en los investigadores, cuando se transcienden los límites formales, se forman colectivos estables y se termina intercambiando saberes en un ejercicio que trasciende las fronteras de cada una de las disciplinas involucradas.

La propuesta de Morin considera que «el desarrollo del género humano significa “desarrollo conjunto de las autonomías individuales, de las participaciones comunitarias y del sentimiento de pertenencia a la especie humana». Es decir, una ética auténticamente humana es una antropo-ética, la cual supone asumir la humana condición individuo-sociedad-especie en la complejidad de nuestro ser. Asumir el destino humano por nosotros mismos. Trabajar por la auténtica humanización de la humanidad. Obedecer a la vida y guiar la vida. Realizar la unidad planetaria en la diversidad. Respetar en los otros la diferencia y la identidad consigo mismo. Desarrollar una ética de la solidaridad. Desarrollar una ética de la comprensión.

Con estos principios éticos, la posición del Pensamiento Complejo converge finalmente con aquellas posturas filosóficas centradas en el respeto por la dignidad de la persona, dirigidas hacia ideales de fraternidad y cooperación.

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Poema

Guillermo Henao (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Unas palabras bastan,
distensiones del tuyo,
para ionizar
mi mal
tratado trajinar.
Has diluido al máximo (has concentrado al máximo)
tus forcejeos comunes.
Porque llega un momento en que no se puede más y te obligas a actuar.

Todo lleva su término
aun cuando en un caso dado no suele pensarse en ello
y, entre tanto, por ejemplo,
nos vemos de im-proviso derrota tras derrota.

Son hechos irremediables por ahora,
quizás porque enafueraoenadentro
o porque no captamos que era el momento, la oportunidad.
Es un mare mágnum que se adquiere entre todos, una cosa simplísima
que suele durar siglos,
que se concentra y se convierte en eluctable,
y entonces ya no se puede más y siempre hay que luchar a diario.

Otros encuentran también la solución,
yo me disuelvo, y gracias. Un tono dicho así,
un sonido in-tenso no e-mitido,
unas palabras ya no bastan
y todo dizque queda terminado aún sin empezar.

Pero empieza. Comprométete,
di-lúyete en fuerzas agrupables,
asume lo di-viso, cuerpo en alto.

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El secreto

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Siempre fue curioso
siempre quiso saber
desde chiquito
porque la cigüeña
traía un nenito.

Como fue que sus padres
le hicieron el pedido
para traerlo volando
por un campo florido.

Y también ver
en que nube
los angelitos flotaban
y por donde
siempre volaban.

Quería saber
el secreto de cada cosa
y cada lugar
el secreto del desierto
y el secreto del mar.

De la hoja
de cada árbol
de una piedrita
y de una nenita.

Hasta que una vez inquieto
se preguntó
¿por qué un secreto es secreto?

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Otra vez esta casa vacía que es mi cuerpo, adonde no has de volver

Blanca Varela (Desde Lima, Perú. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



No debiera darse vida a la fuerza Sin preguntar, sin elegir.
No debiera darse vida a la fuerza. No debiera.
La gente se aparea.
Por elección. Por obligación.
A la fuerza. Por desesperación.
Pero no se le pregunta a la tierra fecundada.
Y a veces, la tierra queda dolorida.
Lastimada. Golpeada. Quebrantada. Herida.
Y no quiere ser clavel del aire. Ni muérdago.
Y sin embargo se le promete: tallo, flor y frutos.
No raíces.
Y le cortan el cordón umbilical, y la expulsan

No debiera darse gametos a la fuerza.
No debiera.
Herencia Mendeliana: XX o XY
Y se encuentran con teatro del Absurdo.
Teatro alternativo. Sainetes.
Mujeres con vestimentas y antifaces negros.
Adioses sin partidas. Lágrimas de sangre que no cesan.
No hay guía turística para la carretera de la angustia.
Y volver sembrar, casi por inercia.
Y no decirle al hijo donde atiende Dios
¿Dios atiende en la ESMA, en Auschwitz o en Vietnam?
¿En un hospicio? ¿Un hospital psiquiátrico? ¿Una cárcel?
La sangre del hijo es abono del territorio de las guerras.

No debiera darse muerte a la fuerza.
No debiera. No debiera

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Plástica: Crónica de una visita al Museo de Arte de Filadelfia (I)

El Ave Fénix (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Recientemente viajé a la ciudad de Filadelfia -unas tres horas en auto desde Nueva York- especialmente a visitar su famoso "Museo de Arte", uno de los mejores y más extensos del mundo. En este mensaje les comento algunas generalidades de la ciudad de Philadelphia y de este espléndido Museo de Arte; en tres mensajes adicionales les comentaré tres de sus principales obras; para facilitar su identificación he numerado los mensajes 1/4, 2/4, 3/4 y 4/4.



Filadelfia fue la segunda sede de la capital de este país; la primera había sido Nueva York y desde 1800 hasta ahora es Washington D.C. (District of Columbia). Filadelfia es actualmente la cuarta ciudad más importante de los Estados Unidos, después de Nueva York, Washington y Los Ángeles; un millón seiscientas mil personas viven en la ciudad propiamente dicha; más de cuarenta y seis millones de personas viven en un radio de doscientas millas, relacionadas directa o indirectamente con la vida económica de esta gran ciudad; cada año recibe casi cuarenta millones de visitantes provenientes de todas partes del mundo.

Es una ciudad totalmente cosmopolita; a lo largo de su historia ha recibido influencia de diversas culturas, lo cual se refleja -entre otros aspectos- en el eclecticismo de su arquitectura: mientras uno recorre sus calles observa creaciones arquitectónicas de los más diversos estilos: Barroco, Clásico y Neoclásico, estilo Bellas Artes, Bizantino, estilo moderno, etc.



Dentro de todas sus numerosas edificaciones, sin embargo, el edificio de este "Museo de Arte" se destaca como su ícono "par excellence": es el edificio más conocido de la ciudad y también el que la identifica a nivel nacional e internacional. Su ubicación es relativamente céntrica, lo cual facilita el acceso desde todos los puntos de la ciudad; además, por haber sido construida en lo alto de una colina es perfectamente visible desde considerable distancia.

Como pueden apreciar en las fotos que les estoy enviando, se trata de una edificación de generosas dimensiones, es una construcción monumental, estilo Neo-Clásico; este estilo arquitectónico se caracteriza por su equilibrio y sobriedad, por el uso masivo de columnas griegas, sean éstas Dóricas, Corintias o -como en este caso- Jónicas; el estilo Neo-Clásico muestra igualmente una perfecta simetría de sus puertas, ventanales y los otros elementos y detalles. Este estilo ha sido usado en muchas construcciones importantes en las principales ciudades de este país: museos, edificios públicos, bibliotecas, universidades, etcétera; creo que junto al estilo "Bellas Artes" (más elaborado, ornamental y exuberante que el Neo-Clásico) ha sido el más popular por mucho tiempo aquí.

El edificio de este Museo es una obra claramente inspirada en los Templos Griegos; está formada por tres grandes bloques o cuerpos arquitectónicos, con una hermosa explanada central al frente, en tres de cuyos lados se encuentran los tres cuerpos principales del edificio mientras que el cuarto lado se abre a la amplia escalinata de acceso al Museo desde el nivel de la calle. Este bello edificio fue diseñado por los Arquitectos Howell Lewis Shay y Julian Abele, quienes fueron seleccionados entre más de trescientos cincuenta aspirantes.



En la segunda foto que les envío pueden ver los detalles del "tímpano" de la sección Norte; como recordarán, el "tímpano" en Arquitectura es el espacio triangular entre las dos cornisas inclinadas y la línea de su base; este tímpano fue diseñado y construido por el escultor norteamericano Paul Jennewein, contiene trece esculturas -de terracota cubierta con cerámica de diversos colores- las cuales representan a "Dioses" griegos y romanos tales como Júpiter, Eros, Afrodita, Venus, Aurora, etcétera, junto a varios animales igualmente mitológicos: el león, la serpiente y el búho.

Estimados amigos: como una curiosidad les cuento que esta ancha y extensa gradería se volvió famosa al aparecer en la serie de películas "Rocky" con Silvester Stallone pues se ejercitaba en ellas, por lo cual erigieron una estatua suya que actualmente remata esas gradas, algunos turistas se toman fotos junto a ella, como recuerdo de su visita al Museo, les estoy incluyendo una foto de la célebre estatua.



Además de las fotos que ven arriba de este texto, le envío el siguiente video de YouTube mostrando inicialmente una vista aérea de la ciudad de Filadelfia, luego un acercamiento al edificio del Museo, sus exteriores, algunas de sus principales pinturas y varias de sus salas como la de las armaduras de la Edad Media, la Sala hindú, la japonesa, etc.; la muchacha que presenta el video es guía voluntaria del Museo:

https://www.youtube.com/watch?v=jhrdtVNVbVc

Este magnífico Museo fue fundado en 1928, actualmente recibe más de ochocientos mil visitantes cada año; sus "Exposiciones especiales" atraen visitantes desde todo el mundo: la dedicada a Paul Cezanne, por ejemplo (celebrada en 1996) recibió casi quinientos cincuenta mil visitantes.

Frente a la plaza central del Museo vemos algunas esculturas, la principal es la escultura ecuestre del General George Washington, él fue quien logró la independencia de las trece colonias originales de la dominación del Imperio Británico; estas trece colonias luego se convirtieron en Estados y constituyeron el territorio original de esta gran nación. George Washington es para América del Norte el equivalente de Simón Bolívar para América del Sur; entre ambos liberaron grandes áreas del Continente Americano de los Imperios europeos que las tenían colonizadas: George Washington liberó a América del Norte y Simón Bolívar liberó a América del Sur; ambos fueron los primeros Presidentes de las naciones recién fundadas. Sin embargo también existen diferencias, entre ellas el hecho de que Washington siempre fue esclavista, hasta el día de su muerte (poseía centenares de esclavos en sus plantaciones) mientras que Simón Bolívar siempre luchó contra el esclavismo.



Les incluyo una foto de la estatua de George Washington, en realidad es un "Grupo escultórico" que incluye tres niveles con diversas figuras alegóricas; en esa foto pueden ver al fondo el edificio del Museo.

Este grupo escultórico es verdaderamente monumental y contiene un profuso simbolismo; es "La madre de las esculturas" de la ciudad de Philadelphia, les recomiendo ver sus detalles en el siguiente link:

http://www.dcmemorials.com/index_indiv0006550.htm

Los jardines y explanadas del Museo muestran varias otras esculturas colosales, abarcando desde figuras mitológicas griegas hasta las esculturas modernas de Isamo Noguchi, Claes Oldenburg y otros artistas.

En este primer mensaje les he comentado algo de la ciudad de Filadelfia, así como algo de la historia y diseño arquitectónico del edificio del Museo y sus exteriores; en los siguientes tres mensajes les comentaré tres de sus obras principales.

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