miércoles, 3 de diciembre de 2014

¿De qué se ríen…?

Ernesto Martinchuk (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Existe gente que se ríe de todos nosotros y no advierte que esa risa es el cuchillo con que se asesina al ausente, el falso juramento con que se vive engañando al presente. La risa no se alberga sola en el rostro, duerme en la misma cama con la mentira. Querer reír de todo en todas partes no representa más que pobreza de espíritu.

Hay quienes vierten lágrimas mientras contemplan las miserias humanas, otros se ríen de ellas. ¿Cuál de ellos tendrá razón? Porque existen miserias ridículas y miserias lastimosas. Tanto la risa como el llanto son hermanos que muchas veces caminan juntos o a un paso de distancia el uno del otro, y van alternándose a lo largo de los siglos.

Existe una risa fina y delicada que se convierte en tónico de la vida que nos salva de caer en la tristeza. La risa alimenta el alma, se burla de los quebrantos y obra sobre nosotros como si a nuestro lado iríamos de la mano de un ángel.

Existe una risa fina y penetrante que va directo al corazón, como un frío puñal, con malicia e ironía desangra lentamente a su víctima. Esa risa que pertenece a un espíritu sutil y sarcástico extraída del odio y la envidia, lo único que persigue es envenenar a sus semejantes.

Existe una risa feroz que abruma y sofoca a quien la está escuchando y la suelen tener personas malignas que sólo pretenden el mal del prójimo. Se inflama, envenena y destruye al enemigo.

Existe una risa que es como el trueno pero sin rayo. Risa de tonto que se produce sin oportunidad, suena sin melodía, y sólo sirve para incomodar los oídos.

Existe una risa para la especulación. Los que la tienen pasan por inteligentes pero son vividores y mentirosos. Creen tener mucho talento y festejan cualquier tontería.

Existe una risa por imitación, para que los vea el jefe, son como los aplaudidores. Viven fingiendo y andan provocando a la gente con ese cómplice mirar que irrita hasta a los más humildes. Fingen y viven mostrando su insensibilidad y su imbecilidad, pero con una buena cuenta bancaria.

La risa es saludable cuando viene de la razón, es necesaria para el buen temperamento del alma y del cuerpo. Cuando nace de las entrañas, donde el corazón y el espíritu tienen parte en ella, la risa es como un destello que alumbra nuestra parte moral, tan propensa a las sombras de la melancolía. Si la chispa nace entre la honestidad y la decencia, son un buen antídoto contra los sinsabores de la corrupción e imprime en el rostro de quienes la saborean el amable gesto que las Musas denominaron, dulcemente, sonrisa.

La carcajada, en cambio, tiene algo de ordinario, de vulgar y molesto, que poco tiene que ver con la risa noble de la inteligencia.

El hombre, entre los seres mortales de la naturaleza, es el único que posee la facultad de la risa. Los animales saben llorar, pero no disponen de ese medio para mostrar sus alegrías.

Fue Satanás quien lloró en presencia de su corte al considerar su miseria profunda y jamás se le ha oído la grata risa del placer porque no la conoce, si ríe es de desesperación, de dolor.

Es necesario condenar al hipócrita porque engaña y la peor de las maldades es la que pretende hacer aparecer sutilmente con el manto de la bondad. Nada degrada más que oír al malvado hablar como virtuoso y nada es más cínico que decir lo bueno cuando se proyecta ejecutar todo lo contrario.

Existen seres humanos, sarcásticos y malignos que toman cualquier camino para dañar al prójimo. En estos, su risa es amarga, recordemos la de Antonio cuando le trajeron la cabeza de Cicerón.

Y pregunto ¿qué esconden los políticos en sus campañas de afiches en la vía pública, como sus apariciones en la televisión? ¿Por qué todos aparecen sonriendo? ¿De qué se ríen…?

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Jóvenes poetas argentinos

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Gonzalo M. Blanco Laxague
(de Córdoba)

I

Viendo en la brisa vertical
Del horizonte,
el camino que lleva al
infinito galopar
del océano.
En la arena que esconden
viejas musas,
perdidas,
en los sueños ebrios de
dioses y sirenas

II

Hay mujeres que son como hojas en blanco
esperando a que alguien escriba en ellas alguna que
otra historia.
Yo prefiero aquellas que están llenas de letras
inteligibles, borrosas, donde sólo pueden escribirse
pequeñas anotaciones en sus márgenes.
Así se crean las más bellas de las historias
y los más apasionantes de los libros.

_______

Un montón de silencio

Norma Estela Ferreyra

Fui nube extraviada entre los vientos de Agosto,
gaviota que planea sobre el azul yodado,
puerta que se abre para filtrar el aire,
la risa o el amor que crecen como la hierba buena.
Y allí estabas, en el lugar de siempre,
adonde no te había visto.
 Entre la paz de las higueras
y la aparente calma de los volcanes terciarios,
con tus ojos de otoño y tu piel de montaña,
donde el sol se recuesta para estirar las piernas.
Y supiste que era, como la luz del alba,
era yo, adentro mío
y un montón de silencio creciendo en la mirada.

_______

Justo ahora

Cristina Bellisonzi

Justo ahora apareciste tú
ahora que no puedo detener el tiempo,
que se me acaban los días
y que el mañana
sólo, me parece un sueño.
Justo ahora apareciste tú
ahora que estoy jugando
mi última partida.
Pequeño, frágil, tan amado
Dulce, tierno, enamorado.
Justo ahora me traes tanto amor
cuando solo me queda un suspiro
para el momento del adiós.

_______

Daniel Martínez
(de Bs As)

El mundo no resiste lentitud
Preguntale a tu vecino
 que siempre esconde la cabeza
Preguntale a tu jefe
que quiere dignificarse con tu sangre
Preguntale al arquitecto
que construye para olvidarse de su esposa
Al presidente de un banco
que intenta llevar al mundo a ser su esclavo
Al que no tiene que comer
y al que tiene la panza llena
Al cenicero
Al taxista
Preguntale a los que hacen la guerra
y matan por la necesidad misma de matar
A los codiciosos que ponen el pie sobre tu rostro
Al usurero que muere de hambre por tu muerte
A los escalones manchados de barro
A tu madre /padre/hermano
Al que tiene cáncer y al que echaron del trabajo
A tus sueños que están rígidos en el ropero
A tu dinero que no deja que hables con tus hijos
En definitiva hoy vi en los caminos
Muchos cadáveres juiciosos
Que tienen
Por costumbre
Morir todos los días

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Video y reflexión: ¿Por qué somos tan machistas?

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El piropo, más allá de poder ser bonito en algún caso, encubre una marcada posición machista patriarcal.

Por supuesto que esto da para un interminable debate; pero preferimos aquí presentarlo a través de un provocador video realizado por CUALCA.



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Plástica: Pintores de Honduras, Centroamérica

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Honduras, ese pequeño país de Centroamérica, típica “banana republic” según la lógica racista que todos seguimos teniendo, también produce artistas plásticos. Y de muy buena calidad, por cierto.

Para muestra, veamos lo siguiente:

http://es.wikipedia.org/wiki/Categor%C3%ADa:Pintores_de_Honduras

Ver las obras aquí:

Moisés Becerra
- Francisco Alvarado Juárez
- Arturo Luna
- Maximiliano Ramírez Euceda
- Pablo Zelaya Sierra
- José Antonio Velázquez
- Carlos Zúñiga Figueroa

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El loco

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



“Un sol timorato entregado ante el avance de espesos nubarrones espectrales, atrincheró sus rayos desparejos. Avanzaba con la serenidad del que no sabe hacia dónde va realmente. Era como un ente desmemoriado girando en un mundo de amnésicos e indolentes. Desde el centro del nimbo podía sentirse un rugido desesperado que al chocar con la luz derrumbaba todo lo que encontraba. Boooommmm-boooooommmmm-fiiiiiiuuuuuuuuuuushhhhhhhhh-crashhhhhhhh… Y después vendría el silencio mojado. Siempre fue igual”.

Así describía el hombre de paso trasnochado y lengua entreverada, la inminencia de una tormenta cada vez que se aproximaba sobre la ciudad imaginaria que aparecía sombría en su mente enferma, aunque bien podría haber sido alguna vez la suya.

En el barrio lo llamaban “El loco”; sin embargo, nunca supe si de verdad lo era, lo único que puedo asegurar es que ese hombre de edad indefinida, pero viejo, empujado a saltar el umbral que separa la cordura de la enajenación, fue sobreviviente de una guerra programada por otros hombres en un sitio que quedó tatuado en su alma para siempre.

No sé si habrá sido en Iraq, en Colombia, en Siria, o en Somalia. No sé si habrá sido en Libia, en el Golfo, o en Afganistán. Quizás fuera en Palestina ¿Cuál sería la diferencia si el denominador común es el odio irracional que se descarga generando la aniquilación del ser?

Solo pude notar que sobre su alma deshilachada dejó raíces el dolor extremo dando frutos de obscenidad indescriptible.

Su sol timorato lo acompañó atrincherando sus rayos desparejos hasta el último instante de su desgraciada vida.

Lejos de allí, bajo astros luminosos, otros hombres –in pace leones, in proelio cervi*, a los que nunca a nadie se le ocurrió llamarlos locos, ultiman detalles para desatar nuevas contienda abriendo paso a espesos nubarrones espectrales que habrán de convocar nuevas enajenaciones programadas.

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* En tiempo de paz son leones, pero en la guerra son ciervos (Quinto Septimio Florente Tertuliano (160-230), Teologista Cristiano)

Ilustración: “Loco” Beatriz Palmieri, artista visual argentina

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Premonición

Elizabeth Óliver (Desde Canelones, Uruguay. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



La despertó su propio grito y se vio separando de sí la ropa de cama con desesperación. Le dolía el cuerpo, le ardía la piel, transpiraba y respiraba con dificultad. Seguía viendo la escena nítidamente. Aquella mujer envuelta en llamas se abalanzó sobre ella con una fuerza colosal, la arrastró en el impulso y le cayó encima. De espaldas en el suelo, el dolor del golpe le impedía zafar del cuerpo exánime que la estaba chamuscando y el tufo del pelo quemado no la dejaba respirar. Nunca había soñado algo tan real.

Se sentó en la cama y miró el reloj: faltaban 15 minutos para que sonara el despertador. Se levantó despacio, le costó moverse para llegar hasta el baño. Se metió bajo la ducha y se quedó un rato quieta, dejando que el agua le quitara los efectos físicos raros que le produjo la pesadilla.

Envuelta en la bata fue a la cocina a hacerse un café. Lo tomó despacio, fumando un cigarrillo y buscando el motivo de haber soñado que la dueña de la empresa en que trabajaba, en su muerte violenta, casi se la lleva consigo... Si bien era una mujer caprichosa, malhumorada y bastante agresiva, hacía varios años que era su asistente y había aprendido a sobrellevar estoicamente sus arranques despreciativos. No podía decir que la amaba, pero jamás había pensado ni remotamente en su muerte. Le ofrecía eficiencia, paciencia y respeto y a cambio recibía muy buena paga.

Un sueño así tenía que significar algo... ¿pero qué?

Volvió al cuarto, tendió la cama y se vistió. Tenía más ganas de quedarse en casa que de ir a trabajar, pero salió hacia la parada del ómnibus, como todos los días.

Encontró asiento y se dispuso a revisar las anotaciones en su agenda, encauzando sus pensamientos hacia las obligaciones del trabajo. Las llamadas telefónicas eran prioridad, todas para cambiar la fecha de las citas ya programadas con algunos clientes y proveedores importantes. Era una tarea que se repetía con demasiada frecuencia y la ponía en la situación incómoda de tener que dar una disculpa creíble, ante la evidente insensatez de una ejecutiva poderosa y desconsiderada.

No quería pensar en ella y no sólo no lo lograba, sino que la veía como en el sueño. El presentimiento de que algo malo iba a ocurrir en la empresa la estaba poniendo nerviosa. Con la intención de volver a casa se bajó del ómnibus. Nunca había faltado, ni llegado tarde... la llamaría para decirle que estaba enferma, más de unos gritos e insultos no iba a recibir...

Ya en la calle, en vez de dirigirse a la parada de enfrente, siguió caminando hacia el trabajo. Faltaban seis cuadras, tenía tiempo de retroceder y se esforzaba por intentarlo, debía ganar esa lucha interior entre la responsabilidad y el temor por ese mal presagio que iba creciendo dentro de ella. Se detuvo y retomó el camino varias veces.

Le vinieron a la mente los trances injustos que había vivido más de una vez, cuando frente a un cliente enojado por algún incumplimiento causado por capricho, la dueña en vez de hacerse cargo, la culpó descaradamente a ella, llegando a insultarla delante del damnificado. No quería ver a esa mujer, por lo menos no ese día... pero seguía caminando cada vez más rápido.

Estaba llegando; a menos de media cuadra estaba la empresa, a la vuelta de la esquina. Dobló, apurada, caminó unos metros y se detuvo en seco. Se quedó parada un minuto hasta que dijo en voz alta: "¡Maldito sueño!, no puedo ir, es un mal día, ¡no voy!"

Decidida, retrocedió. No había dado tres pasos cuando sintió la explosión. Por la puerta de la empresa, junto a la avalancha de vidrios y cascotes, vio salir despedida a la dueña envuelta en llamas y caer inerte, boca abajo en la vereda.

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Música: Desde Argentina, el dúo Pimpinela

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Pimpinela es un dúo musical compuesto por dos hermanos de origen argentino: Lucía Galán (23 de mayo de 1961) y Joaquín Galán (21 de julio de 1955). Pimpinela ha editado 22 discos, por los que han recibido 95 discos entre oro, platino y diamante. Han vendido más de 25 millones de discos en todo el mundo. Sus temas cuentan con versiones en inglés, italiano y portugués. También ha ganado numerosos reconocimientos nacionales e internacionales y su música ha llegado a toda América, Europa, y Marruecos.

En la década de 1980 Lucía y Joaquín, en sus giras por Latinoamérica, exigían por contrato incluir una actuación gratuita en un hogar u orfanato del lugar.

La institución estadounidense World Vision los convocó para conducir un especial de televisión de dos horas de duración desde Los Ángeles California, con el fin de que tres mil televidentes aportaran 20 dólares mensuales para la manutención de igual cantidad de niños. Se le atribuye a Pimpinela haber logrado duplicar el número de benefactores en la primera media hora de la transmisión.

También participaron en campañas similares como "Amarse" en México, emprendimiento orientado a la reinserción de niños de la calle a la actividad escolar.

A mediados de 1995, la idea de tomar participación en la causa de la niñez carenciada ya era un hecho. Durante casi un año se asesoraron en la materia, reunieron un equipo de profesionales de su confianza y el 2 de julio de 1996 fundaron en Argentina una Asociación civil sin fines de lucro llamada El Hogar Pimpinela para la Niñez, cuyo objetivo es dar una atención integral a cada uno de los 25 niños que allí viven. El hogar desarrolla su actividad en una casa propia donada por la Gobernación de la Provincia de Buenos Aires con una superficie de 170 m² libres y 360 m² cubiertos, distribuyéndose allí los dormitorios, galerías, living, comedor, áreas de recreación, enfermería, cocina, patios, jardín, depósitos, sectores administrativos y servicios. Todos los niños son derivados por el Consejo Provincial del menor y la Familia de la Provincia de Buenos Aires. El hogar tiene como madrina a Gloria Estefan y ha recibido ayuda de Geraldine Chaplin.

En 2009 fundaron también Desde el alma, un centro de día gratuito para niños con síndrome de Down.

Su estilo es inconfundible, único. En general se trata de canciones que remedan peleas conyugales, cantadas y al mismo tiempo actuadas. Ese toque tan particular es lo que los ha identificado a lo largo de sus años de carrera artística.

Son todo un símbolo de la canción popular, siendo escuchados en su país natal: Argentina, así como en toda Latinoamérica.

Fuente: Wikipedia

Dejamos aquí algunos de sus éxitos más famosos:







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Diciembre le canta a Buitrago (Crónica con el grito vagabundo del juglar de Ciénaga)

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Diciembre, esa razón social de la alegría, tiene, a su vez, otra razón de ser, por lo menos en Colombia: la música y la voz de Guillermo Buitrago. De él ya se ha dicho, tal vez hasta la saciedad: es una leyenda. Su vida y obra están ligadas al mito (como suele ocurrir con artistas de honda raigambre popular), pero, lo real, es que esa manera de cantar y de tocar, es imprescindible en las fiestas de Navidad y Año Nuevo.

Es fama. Diciembre sin los sones cienagueros, los merengues y paseos del Jilguero de la Sierra Nevada, sería muy parecido a febrero. O a cualquier otro mes de trabajos y cansancios. No tendría gracia. Ni sabor. No es suficiente con villancicos y pesebres y bombillitos y guirnaldas. No alcanza con los porros de las viejas grandes orquestas tropicales. Ni con las musiquitas recicladas de hoy. Diciembre, para ser tal, requiere a Buitrago ¡ueepa!

Es decir, hay suficiente ilustración al respecto. Guillermo Buitrago y sus Muchachos, hacen que diciembre suene a diciembre. Incluso, desde noviembre. Cuando se escuchan los arpegios de esas guitarras, cuando la voz medio latosa, medio nasal, sabrosa en todo caso, del cienaguero se desparrama por el mundo, entonces no hay duda: estamos en el último y más festivo mes del año.

Pero ¿en qué radica la magia del trovador? ¿Por qué sobrevive en la cultura popular colombiana? Es obvio que su talento, su modo particular de tocar la guitarra (con influencia, en su última etapa, de Matamoros), su peculiar manera de decir las letras, le han otorgado un alto puntaje para su perpetuidad.

El juglar es aquel que, tras un conocimiento hondo de su pueblo, lo interpreta, le da dimensión estética. Y eso es, precisamente, lo que tuvo e hizo Buitrago. Un carisma que no a todos les es dado. Tenía duende, diría algún gitano. O ángel. Nacido en la salitrosa -y bananera- Ciénaga, el primero de abril de 1920 (otras fuentes lo dan como nacido en 1917), Guillermo de Jesús Buitrago Henríquez, cumplió aquella suerte de mandamiento: “los favoritos de los dioses mueren jóvenes”.

El Trovador del Magdalena -así también se le conoce-, no solo se quedó interpretando esa música bailadora, de genuino sabor costeño, sino que se interesó por ir más allá del folclor. Y se preocupó, sin renunciar a sus rumbas permanentes, de la política, de la situación social del país en los años cuarenta, cuando, exactamente, comienza otra era de violencia en Colombia.

Su música, esencialmente de estirpe cienaguera (vaya que hay pueblos con música propia, como, por ejemplo, Valledupar, Mompox, etc.), caló en la entraña -y el corazón- popular. Porque, además, muchas de las necesidades de la gente se vieron “reflejadas” en los cantos de Buitrago, nativo de una tierra que en 1928 presenció uno de los ataques más feroces contra los trabajadores bananeros de la trasnacional gringa United Fruit Company.

En el eje musical de Buitrago siempre estuvo su solar: desde el ron de vinola (bebida típica cienaguera), incluyendo el destacar las cualidades de las muchachas de su terruño para el baile (“oye cienaguera enséñame a bailar…”), pasando por la Araña pelúa o picua (tonada popular que se escuchaba desde 1870) y por la dedicatoria de temas a su mejor amigo, Toño Miranda, hasta llegar a la interpretación de asuntos relevantes en la vida del país.

Aparte de esas “noticias” cantadas, de aquellos paseos que después llevarían a Rafael Escalona a ser considerado uno de los más representativos juglares colombianos (Buitrago comenzó a popularizar a Escalona: El testamento, Adiós mi Maye, La peste y otros), el trovador de Ciénaga también cantó temáticas referidas a tiempos de violencias y represiones. Él, reconocido gaitanista, les dio acento político a varias de sus piezas.

Como aquella -que era una manera contestataria contra el régimen conservador iniciado en 1946- de El grito vagabundo: “Yo quiero pegar un grito y no me dejan / yo quiero pegar un grito vagabundo…”. En realidad, el grito que muchos querían “pegar”, pero que de hacerlo les hubiese costado la vida (como les costó a tantos) o un carcelazo, era “¡Viva el Partido Liberal!”.

En canciones como La fiera de Pabayó y La peste (paseo-son atribuido a Escalona), Buitrago narra episodios de la violencia. En la primera, denuncia, con su inconfundible ritmo, las tropelías de un mayor de la policía, apellidado Blanco, que sembró el terror por el río Magdalena, desde Puerto Berrío hasta los pueblos del litoral atlántico. Así, de pueblo en pueblo, el cantor llevaba alegría, pero también cuestionamientos y reflexiones.

Quizá la manía farandulera de productores y programadores ha ignorado esa importante faceta de Buitrago, que muy fácilmente se detecta en varias de sus creaciones e interpretaciones. Se nota que había en él un interés por ir más allá de lo obvio. Por registrar otros aspectos de la compleja realidad. Así que, por eso, también le dedicó críticas a Careperro, un policía de la zona, y en La vida es un relajo le tira dardos a la “metalización” del mundo.

Su canción La loca Rebeca hace alusión a una mujer (aparentemente, una demente que llora, reza y canta) de simpatías comunistas, que dice odiar a los capitalistas, tal como se oye en la parte final de la pieza. De ese mismo modo, podrían incluirse en esa tendencia El toque de queda, Las contradicciones y otras. Tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, Buitrago llegó a cantar una obra de José María Peñaranda, que narraba algunos sucesos del 9 de abril de 1948.

Parece que el olvido se hubiera tragado tal composición, aunque en la memoria colectiva se registra todavía una que otra estrofa, como esta: “Y tú que cogiste el nueve de abril / una carga de leña y un saco de dril. / Y tú que cogiste de la quemazón / una camisita y un saco de carbón…”.

Buitrago, cuya obra quedó en el acetato gracias a la visión del cartagenero Toño Fuentes (en 1943 Buitrago y sus acompañantes Ángel Fontanilla, Efraín Torres y Carlos “el Mocho” Rubio, grabaron por primera vez Las mujeres a mí no me quieren y Compae Heliodoro), suena mejor cada diciembre. Quizá el tema más vendido de música tropical en Colombia haya sido La víspera de año nuevo (de Tobías Enrique Pumarejo, grabada en diciembre de 1947), interpretado por Buitrago. Parecen no perder vigencia canciones como Qué criterio (La gota fría), Dame tu mujer, José, El amor de Claudia, El brujo de Arjona y La piña madura, entre otras.

A Guillermo Buitrago el pueblo le ha concedido ese premio esquivo de la memoria, de tenerlo ahí en el nicho de los que perduran. No alcanzó a grabar con la orquesta cubana Casino de La Playa, con la cual le había salido un contrato. Pero igual sus canciones siguen dándole a diciembre lustre y alegría. Carácter.

La vida y muerte del cantor dieron para armar una leyenda. Que crece cada fin de año. El rubio y zarco Buitrago, el del mentón cuadrado, el conquistador de muchachas, el de madre de origen judío, el del padre antioqueño (de Marinilla), el caminante, el guitarrista, el bebedor, el juglar…, revive en diciembre. Su fantasma sigue recorriendo Caracolí, Fundación, Valencia, Sevilla, Urumita, Patillal, La Jagua y toda la Sierra Nevada. El país entero. Pertenece a la historia de la música popular colombiana.

Murió a los 29 años, el 19 de abril de 1949. Dijeron que envenenado. Que los envidiosos le dieron una toma para sacarlo del camino. Que se tomó un insecticida. Sin embargo, murió de tuberculosis. Le sobrevivieron su esposa Lilia Gallardo (murió en febrero de 1994), y su hijo Guillermo. Y, claro, su música, su voz. Su talento. Diciembre se ha encargado del resto.

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Sexo entre hojarasca

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)


Pintura de Michael Hutter

El Paseo de la Quinta, en Burgos, parece, en Otoño, una plancha de color ocre que cambia las hojas mojadas caídas de los árboles por el viento con variedad de formas, aspectos y tamaños. Hojas de estaño, de papel, de lata, de oro. Los que caminan por encima de ellas parecen que pasan, al pisarlas, por una plancha de madera giratoria, o que asoman sus pies calzados por el vano de una puerta o por el de una ventana en armadura de cobre y plata de varias hojas.

Una pareja de jóvenes caminan de prisa, resbalan y se caen. Sobre el suelo, parecen dos petos y espaldares de lata cubiertos de hojas. Mirándose, se pusieron como hoja de perejil, increpándose el uno al otro. Debajo de las hojas cayó el joven quedando dos veces mojado; encima la chica, enseñando un culo de chapa fina y estañada con hojas húmedas. Viéndola así, sin bragas, parecía el culo de una hojalatera. A mí, que la vi, me dio tal asco que me prometí no volver jamás a hincarle el diente a ese hojaldre de hojalata, o ese queso de Cabrales envuelto en hojas otoñales. Al joven le pareció ella, como luego dijo, “una bola de sebo después de cocido al horno”.

-Me tienes cocida, le dijo la chica, prosiguiendo:

-Deja lo que tienes entre manos para seguirlo con mejor ocasión.

El joven parecía una especie de hogaza con un una pieza de chorizo en el centro sobre esa hojarasca o conjunto de hojas caídas de los árboles en frondosidad más que excesiva e inútil por esta “senda de los elefantes”, lugar por donde, al atardecer, y su noche, pasean las parejas enamoradas y se encuentran condones y trapos en camino que va hasta el Vivero.

Ahora, vedles, se levantan por si solos y no sin gran esfuerzo; se sientan en un banco verde de la Caja del Círculo, moviendo y quitando a la ligera las hojas pegadas a la suela de sus zapatos.

El paseo está hojoso. Las hojas caídas de los árboles, y mojadas, forman holandillas, especie de lienzo o clase inferior de tabaco. Se levantan, se cogen de la mano, marchando hacia el Capiscol, no sin antes oírsele a la joven decir en forma jocosa:

-El diestro en cabalgar a la brida y a la jineta, ahora tiene que ir andando, ¿eh?

Rieron los dos muy francos y estrepitosos, echando uno la mano sobre el hombro del otro, sin saber decir si fue ella o él.

-Esta noche, dijo el joven, con el tercer polvo nocturno llegaremos a los orales maitines.

Mientras marchan, se escucha a lo lejos la campana de la Cartuja de Miraflores que llama a unos frailes que han bajado, saltando la tapia, para ir a la cafetería de Fuente Prior a desmoñigarse, pues, como uno de ellos dice, “no queremos hacerlo en la celda por lo mal que huele el olor de santo”.

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Discursos demagógicos: Qué dicen y cómo lo dicen los malos políticos

Rodolfo Bassarsky (Girona, Cataluña, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Discursos alevosamente demagógicos

Discursos alevosamente demagógicos en los que se pone de manifiesto las dotes histriónicas del orador. El volumen, el tono y las inflexiones de la voz son los apropiados para cada momento y están en relación con el énfasis de la emoción que se pretende transmitir. El objetivo es diverso. Destacar el carácter paternalista de quien habla o de algún mentor vivo o muerto; prometer venturas colectivas e individuales que llegan al corazón de cada uno; denostar con distinto grado de agresividad al enemigo o deslegitimarlo burlándose de él; referir con tono mesiánico, frases altisonantes y gestos grandielocuentes, las bondades propias, del partido, de sus postulados ideológicos; acariciar el ego colectivo del pueblo y de cada uno: el pueblo nunca se equivoca, es lo mejor que tenemos. Arrancar aplausos que son una inyección de combustible para el orador y que sirven como eficaz mecanismo de autocomplacencia al auditorio para que cada cual se sienta más participativo y más militante.

Generalmente el discurso tiene crescendos “parciales” y está estructurado como un crescendo “general” que culmina en una coda final gloriosa con bombos y platillos y con un saludo muy gesticulado acompañado de una sonrisa de profunda satisfacción.

Hay variantes de este tipo de discurso. Por ejemplo el caudillo en lugar de ser una persona llana y simpática, se presenta encolerizado y feroz reclamando con tono generalmente amenazante, justicia, derechos, libertades. Levanta las banderas de la justa venganza e incita a la lucha nominalmente “`pacífica”.

Existen otras variantes que no cambian lo esencial: son discursos vacuos. De contenido muy escaso o ausente. Piezas en las que la razón, los datos, el conocimiento no participan.

Discursos falazmente pedagógicos

Discursos cuyo objetivo prioritario es conseguir o inculcar algo específico. Se refieren datos cuya veracidad y verosimilitud poco importan. Se manipulan a la medida del propósito. Se monta la misma puesta en escena descripta antes y se intercalan esos datos e ideas ad hoc. No interesa que sean flagrantemente falsos: se los mencionará vociferando su incontrastable autenticidad. La reiteración de la mentira es eficaz. Puede convertir el engaño más vil en un credo disciplinadamente recitado. Es un viejo consejo de quienes fueron trágicamente profesores de la inicua propaganda falaz.

Discursos vanamente conciliadores

Discursos vanamente conciliadores expresados en un tono “perdona vidas”. Desde lo alto de mi posición llamo con desfachatada hipocresía a la unión, al acuerdo o al pacto por encima de intereses sectoriales e individuales sin la menor intención de honrar esas proclamas. Mi exclusivo interés es arrimar agua a mi molino.

Por supuesto existen matices y otros tipos de discursos demagógicos. Sin embargo los que se describen condensan las categorías más frecuentemente utilizadas por inescrupulosos, trepadores, corruptos e ineptos.

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Jorge Luis Borges y la crítica genética

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



El interés de América Latina por la nueva y abundante creación literaria, se reactualiza a cincuenta años del Boom, aquel movimiento que en las figuras de Cortázar, García Márquez, Fuentes y Vargas Llosa, presentó una nueva visión del continente al resto del orbe. En las últimas décadas surge una diversidad temática, crece la autoría femenina y más de una obra es adaptada para el cine.

Esta impresión se ha fortalecido durante los recientes congresos internacionales realizados en Lima, en Octubre del 2014, sobre Literatura Latinoamericana y Narrativa Fantástica, organizados por el Instituto Raúl Porras Barrenechea y la Universidad Nacional Mayor de San Marcos – UNMSM; el Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar; y las conferencias en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Pontificia Universidad Católica del Perú-PUCP.

En este espacio académico destacó la participación del Dr. Daniel Balderston, profesor de University of Pittsburgh, EE.UU, quien ofreció tres conferencias sobre el célebre escritor argentino Jorge Luis Borges, cuya universalidad se consolida, precisamente, con la crítica genética, aplicada a sus manuscritos, que permiten comprobar la fortaleza de su obra.

Recurriendo a una invalorable documentación, Balderston abordó la obra de Jorge Luis Borges desde el análisis de la forma cómo escribía, su cercana relación con Adolfo Bioy Casares, y el estudio de las versiones primarias de “El jardín de senderos que se bifurcan”, uno de sus cuentos más difundidos.

En la PUCP, el profesor Balderston mantuvo ameno diálogo con alumnos, directivos y docentes. El conversatorio fue propiciado por la Decana de la Facultad, Susana Reisz, Dra. en Filología Clásica por la Universidad alemana de Heidelberg, la directora de estudios Carmela Zanelli, la profesora principal Cecilia Esparza y Giovanna Pollarolo, poeta, narradora y guionista.

En ambos Congresos Internacionales de Literatura Latinoamericana como de Literatura Fantástica, participaron más de cuarenta ponentes. El presidente de ambas citas, Elton Honores, candidato doctoral por la UNMSM y el diplomático Harry Beleván McBride, de la Academia Peruana de la Lengua, además de otros destacados investigadores y especialistas, consideraron que en el Perú la investigación genética, siendo un valioso instrumento, recién está dando sus primeros pasos.

En las mencionadas citas hubo exposiciones de libros de los autores participantes y editoriales independientes como Altazor, Animal de Invierno, Agalma, Micrópolis, Cuerpo de la Metáfora, entre otras. Las exhibiciones de óleos de Delia Revoredo Sedero y la cronología literaria de José Adolph.

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Don Jorge

Alberto Pinzón Sánchez (Desde Colombia. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



Jorge Eliecer, conocido por todo el pueblo de provincia como Don Jorge, ocultaba cuidadosamente su segundo nombre como una precaución familiar, o quizás, como un rencor personal. Había nacido casi a la misma hora, el mismo día aciago de aquel abril de 1948 en una clínica del centro de Bogotá, la misma ciudad grisosa y fría donde habían asesinado pocos minutos antes a Jorge Eliecer Gaitán. Su padre, un capitán del ejército adscrito al batallón guardia presidencial, había sido licenciado fulminantemente de las filas castrenses pocos días después de aquella explosión incontrolable y anárquica de ira popular conocida como el Bogotazo, por haberse negado a disparar contra la multitud enardecida y enfurecida que se había congregado a exigir la renuncia del presidente, frente a la vetusta y enrejada casona colonial, donde despachaba.

Degradado y sin trabajo, hastiado por lo que había visto aquellos días de horror en Bogotá, su padre decidió regresar a su pueblo natal Provincia, de donde había partido treinta años antes, para tratar de rehacer su vida en un sitio apacible y conocido, lo bastante alejado de Bogotá donde pudiera “sacar adelante a su familia”, su esposa Laura y sus dos pequeños hijos, Jorge Eliecer y Ricardo.

Estaba equivocado. Pronto, la mano larga de la desventura los volvió a alcanzar: golpearon con fuerza en la puerta de la modesta casita que había arrendado unas dos calles alejada del marco de la plaza de Provincia; toc, toc, toc; su padre alarmado por el estruendo en la puerta salió presto a abrirla y dos chasquidos secos y atronadores, seguidos por el golpe de un cuerpo que cayó sobre el piso cementado, seguido del grito desgarrador de su madre: “lo mataron, lo mataron esos chulavitas”, quedaron grabados para siempre en la memoria del niño Jorgito. En adelante la vida familiar y en especial la suya como huérfano, sería más que difícil.

La familia comenzó a depender de una pequeña e incierta ayuda que la familia del padre les daba para su sostén básico. Con su hermano Ricardo, debieron ir a la escuela pública del pueblo a aprender las primeras letras y números, soportando no solo la miseria que se cernía sobre toda la familia, sino todo el odio y el desprecio contra los “cachiporros nueveabrileños”, trasmitido intencionalmente por sus profesores a los demás compañeritos de escuela. La rueda del infortunio siguió girando y su hermano Ricardo, aun sin dejar de ser un niño, salió de la casa hacia la escuela (las últimas personas que lo vieron dijeron que lo habían visto cruzar el puente sobre el rio para tomar el camino hacia la selva) sin volverse a tener noticia suya. Jorge, con sus ojos negros, achinados y penetrantes, solamente miraba el sufrimiento silencioso de su madre.

Aceptó, por ella y como una forma de aligerar la carga de la casa, ir al seminario para niños que la Curia católica tenía en una ciudad cercana. Allí en lugar de aprender de memoria recitaciones bíblicas, historias milagrosas y sermones, dedicó todas sus energías a desarrollar una sorprendente intuición que se le estaba haciendo presente, la de conocer a las personas con solo mirarle los ojos. Los resultados no se hicieron esperar, fue devuelto a su madre tras tres años de imposible reducación con la sentencia eclesial de “incorregible”: -No tiene vocación de sacerdote”, fue todo lo que le dijo el cura del pueblo a su madre cuando lo entregó.

Ahora, en el pueblo de Provincia no había mucho que hacer. Un vecino de su casa de profesión gallero, al ver al impúber ocioso, le dijo que si le ayudaba a cuidar los gallos de riña que tenía para la próxima gallera, le daría el 10% de lo ganado. Jorge acepto inmediatamente ansioso de entrar ya mismo al mundo real de los adultos. Aprendió con una rapidez sorprendente, todos o casi todos los secretos para la cría, levante, entrenamiento y preparación de gallos de riña. También empezó a entender el viscoso y oscuro mundo de los negocios, apuestas, gabelas, deudas, cobros y pagos, ect, que se movía detrás de cada pelea de gallos, y a desarrollar aún más la forma para conocer a las personas con solo mirarle los ojos. Ganancioso, pasó de ser Jorgito a llamarse simplemente Jorge.

Hizo averiguaciones, todas ellas infructuosas, sobre la suerte de su hermano Ricardo, con los camioneros que iban y venían cargados de troncos de madera de la selva y con los negociantes o cacharreros que comerciaban cacharros y vituallas de urgencia por el rio en canoas adaptadas para la carga. Alguien le dijo que había visto un muchacho que coincidía con la descripción de su hermano en una ranchería indígena, varios días de navegación rio abajo. Se lo comentó a su madre y le expresó su deseo de ir a buscarlo. La madre lo miró con indiferencia dándole a entender que sus esperanzas estaban en otro mundo, no en este, y la rueda de la desventura dio otra vuelta: su madre, como le dijo el médico del pueblo cuando le entregó a Jorge el certificado de defunción necesario para el entierro, había muerto de “pena moral”.

Pasado el luto por su madre, Jorge curtido por el sufrimiento decidió seguir la pista oída sobre su hermano Ricardo y partió hacia la selva. Buscó el embarcadero del rio abajo y navegó varios días en una canoa de cacharros hasta el rancherío indígena que le habían mencionado. Allí le confirmaron que un muchacho bastante joven de esas características, en efecto había estado un tiempo pero se había ido hacia los pajonales áridos de los llanos que hay más al norte, contratado por un hombre que negociaba con ganado. Jorge siguió la pista hasta llegar a un pequeño poblado rojizo y terroso, asolado por el sol y el monzón llanero, rodeado por pajonales y palmeras enanas, con unas calles muy anchas tupidas de un pasto raquítico que rumiaba un rebaño de reses impasibles. Averiguó por su hermano describiéndolo minuciosamente y supo que había sido macheteado por otro poblador en una pelea de borrachos, disputándose la copera del sórdido expendio de guarapo que los atendía. Jorge consideró que la búsqueda había llegado a su fin y decidió regresar a Provincia. Pero está vez debió tomar otra ruta diferente a la que lo había traído: caminar hacia el occidente a través de los pajonales de la gran llanura, cruzando ríos inmensos de aguas terrosas y turbias y pidiendo posada para pasar la noche en la casa de algún hato ganadero encontrado en el camino, hasta llegar al piedemonte cordillerano y luego, buscar un carreteable que comunicara con Provincia.

Sin embargo algo sorprendente ocurrió durante el viaje: en uno de esos hatos ganaderos cercanos al piedemonte llanero en donde se detuvo un anochecer; el dueño, un mestizo llanero de apellido Riobueno, descalzo, chaparro y robusto, bastante aindiado, le mostró unas piedras verdes grandes y traslúcidas que había encontrado en una peña cercana desbarrancada por el agua y a la erosión. Jorge cerrando sus ojos negros aindiados inmediatamente tuvo en la mente los dos negocios: ganado y esmeraldas.

Hizo rápidamente un negocio con el llanero basado en la palabra de gallero, que este aceptó completamente. Jorge iría a Provincia en el mayor secreto, traería dinero y hombres de su absoluta confianza, todos del círculo de la gallera del pueblo, mineros y comparadores de ganado, incluyendo varios tinterillos provincianos para que se encargaran del papeleo y registro legal de la mina y de conformar la compañía comercial para desarrollar los dos negocios.

En efecto. Un mes más tarde el hato ganadero del llanero Riobueno se trasformó en un hervidillo de personas, mulas y caballos, aperos de carga, herramientas de minería, lupas y balanzas de precisión, bultos de provisiones y papeles sellados para hacer negocios; mientras en Bogotá los dos tinterillos contratados por Jorge adelantaban todos los trámites necesarios ante el gobierno del presidente Turbay Ayala y el Banco de la República, relacionados con la concesión minera y ganadera. Jorge tenía 22 años. Corría el año de 1970, y ahora todos se referían a él como Don Jorge. Un bigotico delgado y corto de pelos como cerdas creció en su labio superior para atestiguarlo.

Con los papeles legales sobre la mina de esmeraldas y de la compañía comercial establecida, decidió trasladarse a Bogotá donde centralizó sus actividades: todo tipo de compra legal o ilegal de tierras ganaderas situadas en los llanos orientales, negocio ganado para trasportar y vender en Bogotá. Venta de cueros para curtiembres, instalación de frigoríficos, exportación de carne de res en canal. Compra y venta de esmeraldas en bruto, talla y exportación. Visita a funcionarios del ministerio de minas y del Banco de la República para dejarles subrepticiamente el “sobrecito” con los miles de pesos del soborno. Y al ministerio de defensa para “cuadrar” el asunto de la seguridad oficial y extraoficial en las minas y de las haciendas ganaderas adquiridas o arrebatadas.

Ahora ya tenía participación en las minas de esmeraldas de Gachetá y Chivor en la cordillera oriental, desde donde podía mirar desde lo alto y a distancia sus 40 hatos ganaderos de los llanos, donde pastoreaban o pastaban cerca de 50 mil reses según la antigua norma llanera de dos hectáreas para cada vaca; mientras discutía con un consorcio estadounidense el aseguramiento de todo el cinturón esmeraldero que incluye en la cordillera de los Andes, un rectángulo de 250 km. de largo por 50 km. de ancho al nororiente de Bogotá, desde Gachalá en el oriente hasta Peñas Blancas en el occidente.- “ Miren señores; esos punticos blancos que se ven allá son mis reses”, solía decirles (sin muestras de soberbia) a los ingenieros americanos con quienes discutía lo del consorcio esmeraldero.

Pareciera que la rueda de la fortuna hubiera girado hacia atrás o por lo menos se hubiera detenido. La vida ahora y durante las tres décadas siguientes, sería la de un poderoso multimillonario en Bogotá: Adquirió en el norte de la ciudad varias casas en conjuntos residenciales cerrados y con extrema vigilancia; contrató 40 acuciosos guarda espaldas militares suministrados por una firma de seguridad privada, quienes le exigieron comprar varios vehículos tipo burbuja de alta seguridad, blindados y con vidrios negros, a la par que le daban todo tipo de instrucciones para repeler y sobrevivir cualquier ataque armado de adversarios o enemigos. Empezaron a llegarle invitaciones a fiestas, cocteles y reuniones sociales y políticas de todo tipo, para lo cual hubo de contratar un sastre modisto especializado, con el fin de que le mimetizara su robusta pero pequeña figura que ya insinuaba un abdomen globuloso, y una renombrada profesora de glamur bogotano de nombre Maria José, para que suavizara los modales plebeyos de 30 años anteriores de sufrimiento y miseria. Hasta que finalmente logró hacerse socio del club social más exquisito y refinado de la capital colombiana, donde una noche de suerte encontró la mujer con quien unir su vida.

Era una mujer no tan joven, de mediana estatura, regordeta de amplias caderas y piernas arqueadas, boca voluptuosa grande y ojos color café visibles entre sus pómulos protuberantes, hija de un importante y acaudalado político capitalino, dueño de la mayoría de urbanizaciones existentes en Bogotá y con un hermano como el eterno gerente del Banco de la República. Le sonrió al pasar haciéndole una mueca coqueta, pero la mirada de Jorge poco acostumbrada a tales mimos no alcanzó a descifrarlo. Hicieron buen contacto que corto tiempo evolucionó a un noviazgo formal y un poco más tarde al estruendoso y muy comentado matrimonio, con el cual se selló la unión de las dos riquezas; la de Jorge con la de los padres de la novia. Su vida social y de negocios políticos ahora era un torbellino vertiginoso y sin pausa de sucesos y éxitos.

Pronto la esposa quedó embarazada, pero con el nacimiento de su primogénito, nuevamente la rueda de la adversidad volvió a avanzar: el niño inexplicablemente nació con un sndróme de Down y, el matrimonio que no estaba preparado para dedicar todo el tiempo que tal calamidad exige, menos para aceptar la culpabilidad de tal enfermedad, se agrietó irreversiblemente hasta una amarga y muy triste ruptura.

Jorge buscó refugio en el whisky, las exclusivas distracciones y los excesos muy fáciles para su riqueza abundantes en Bogotá, pero antes que la saciedad o siquiera el hartazgo, sus socios, adversarios y enemigos, le hicieron saber que por ese camino estaba perdido. Entonces en una decisión, para muchos incomprensible, separó bienes con su esposa y elaboró un testamento declarando a su pequeño hijo enfermo como propietarios universal de todos sus bienes en este mundo, quedándose para sí con una pequeña renta. Cerró su oficina en Bogotá, licenció a los guardaespaldas dándoles excelentes propinas y se marchó de regreso a Provincia.

Allí compró una pequeña casa quinta llamada la Loma, situada en una colina suave a la salida del pueblo, contrató una mujer mayor para que le cocinara o le atendiera la casa y entre wisky, comilonas de asados y piquetes con sus antiguos amigos, pasó los primeros días.
Una semana después de haber llegado; Jorge fue a la plaza del pueblo a hacer limpiar y embetunar sus zapatos por el único lustrabotas del pueblo. Era un domingo luminoso, una brisa cálida movía suavemente las hojas de la frondosa ceiba del centro de la plaza y la actividad de los habitantes era la normal para un día así de apacible.

De repente el lustrabotas, en un descuido, embetunó uno de los calcetines de Jorge. Al darse cuenta, iracundo se levantó del puesto y con un zapatazo en la cara del lustrabotas lo tiró al suelo. El muchacho herido en la cara se recuperó rápidamente, se arrastró por el suelo hasta la caja de embetunar y en un abrir y cerrar de ojos sacó un cuchillo herrumbroso y sucio que tenía para quitar el barro a las botas de quienes venían a embetunarlas y con un movimiento casi invisible lo clavó en el cuello de Jorge, quien cayó de rodillas agarrándose la garganta mientras expiraba entre gorgoteos de sangre espumosa y muy roja.

El lustrabotas observando la escena teñida de tanta sangre derramada por el piso, dijo con énfasis: -“Podrá ser muy Don Jorge pero no tenía por qué patearme así”. Luego se sentó en su puesto a esperar el tumulto de gente alarmada que se empezó a formar a su alrededor.

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El mar

Gustavo E. Etkin



El mar oculta
y guarda historias
de antiguos navíos de madera
huesos y amores
que flotaban
en transatlánticos
románticos.

Es el recuerdo líquido
de esperanzas
y temores
de alegrías
y dolores.

Se ofrece
a los que nadan
para hamacarlos
con sus olas
que también
acarician playas
y el cuerpo
de algunas mujeres
adentro de sus mallas.

El mar también
oculta misterios
amores
dolores
rencores.

En el mar
se va
en el mar
se viene
se espera llegar
se espera salir.

Húmedo espejo
de nubes
y aviones
de pajaritos
y recuerdos
donde el mar
azul termina
el cielo
celeste empieza.

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Me olvidé de decirte

Héctor Buccolini (Desde Merlo, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Cuando uno se viene viejo, te entran ganas de rebobinar y recordar cosas que te pasaron o que no pudiste saber, y yo me olvidé de decirte tantas cosas, de preguntarte por tantas cosas, que hoy me arrepiento. Yo sé que eso pasa porque cuando uno tiene la edad de sentarse a conversar, uno anda corriendo detrás de no sé qué, porque nunca lo alcanzás, o si lo alcanzás, a veces no sabés si eso era lo que querías.

Siempre contabas alguna historia de chico en Italia, alguna de tus tiempos de trabajo en el campo o ya en Buenos Aires, pero hoy pienso que tendrías muchas más y yo me las perdí, ¿por qué?, por no sentarnos a conversar, porque de jóvenes tenemos muchos líos en la cabeza, y de grandes tenemos otros problemas, formando familia y futuro.

Me enseñaste desde chico, que el mundo no se hizo en siete días y todo lo que gira alrededor de esa historia, fue una de las bases del comportamiento en mi vida, con la que coincidí, y por la que respeté a los que no pensaban lo mismo.

Pero sabés una cosa, los dos sabemos que cuando se termina la vida se termina todo, pero sería lindo que en el caso nuestro no fuera así, te imaginás que algún día cuando me bajen la bandera a cuadros, nos pudiéramos encontrar y allí sí, sentarnos a conversar hasta nunca terminar. ¡Cuántas cosas te diría que me olvidé de decirte acá!

Me olvidé de decirte que tengo como una foto grabada en mi memoria: yo tendría cuatro años, cuando pasamos frente al terreno que habías comprado para el futuro de tu familia, donde había un carro, un caballo y un pequeño rancho. Eso lo transformaste en una casa con jardín hermoso que cuidaba mamá con sus dalias preferidas, una quinta donde había de todo, un fondo donde el galpón cubría un sótano que guardaba el vino que todos envidiaban, porque nadie lo hacía como vos.

Te pediría que me contaras más de tu juventud italiana, de tus amigos, de tu trabajo, de tus hermanos allá. De cómo viajaste solo en el barco del que poco hablamos, de los días que pasaste con los inmigrantes en el puerto, de cómo vinieron después tus hermanos y dónde vivieron cuando llegaron.

Me olvidé de decirte que me gustaba saber cómo hacías para cosechar el maíz, por el que contabas te sangraban las manos al arrancarlo de las plantas. También de todas tus vivencias en el campo, antes de venir a deslomarte en los hornos de ladrillos de la gran ciudad, esos hornos que para apilar para cocinar, te hacía revolear de a tres ladrillos crudos, que fueron los culpables de que tus brazos fueran dos pistones casi de acero.

Entre fotografías viejas, encontré una vez una hermosa tarjeta que le habías mandado a mamá cuando noviaban, con unas palabras que mostraban tu escritura incipiente, pero la nobleza, la sinceridad y el amor de un hombre bueno. Cuando la tuve en mis manos, pensé que me olvidé de decirte que tus hijos sabíamos de cuánto se querían, y también me olvidé de preguntarte cómo se habían conocido.

En la charla te hubiera contado de cómo admiraba tus manos grandes y fuertes, sujetando el manubrio cuando de chico, me llevabas en el caño de la bicicleta, aquella vieja Legnano por la que murió el tío queriendo salvarla del incendio de la fábrica donde trabajaba.

Me olvidé de decirte cuánto te agradecía todo lo que nos enseñaste desde chicos, iniciándonos en trabajos de la casa, desde empezar a enderezar clavos con el martillo, a pintar, a regar las plantas, hasta preparar los pastones de material cuando edificamos el galpón, sacrificando el maravilloso jardín de mamá. Esa base marcó el camino del trabajo, del esfuerzo, que tanto nos ayudó en la vida, aunque nunca pudimos llegar a alcanzar tu capacidad de trabajo, tu fuerza, tu constancia. Te digo una cosa, cuando realizando cualquier tarea me sentía cansado, me acordaba de vos y me decía, si el viejo podía, yo tengo que poder, aunque muchas veces no pude.

Cuando se fué mamá, y los hermanos nos apretamos fuerte sin decir palabra, te ví la mirada, te vi conservando esa templanza tuya, esa serenidad que da la bondad, la paz final para quien dio todo. Me olvidé de decirte lo que te admiré en ese momento.

Se que después en soledad, lloraste mucho, sufriste mucho, como todo lo que hacías vos, en silencio, sin molestar a nadie, viviendo la pérdida de la compañera que te dió todo y que te acompañó toda la vida. Eso hizo que poco después te fueras detrás de ella.

Después como para compensar, vino el viaje a tu tierra, a tu casa, que tanto soñaste hacerlo con ella, pero no pudo ser. Llegaste a Roma pero no a tu querido Loro Piceno, no tuviste suerte, la vida allí se equivocó, te podría haber dado cuarenta y ocho horas más, con esas llegabas a lo que tanto habías soñado, ver tu casa, tocar sus paredes, caminar por tu patio grande que era tu tierra, estremecerte como me estremecí yo cuando la ví varios años después, pero no, fué una injusticia que no merecías.

Realmente se que esa conversación ya no la tendremos nunca, quizás con mi imaginación pueda saber de cosas que no pregunté. De lo que me arrepiento, es que me olvidé de decirte que te quise y te quiero mucho. Chau papá.

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Cine clásico: “La diligencia” (1939), de John Ford

Jesús Dapena Botero (Desde Vilagarcía de Arousa, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



NACIONALIDAD: Estadounidense
GÉNERO: Oeste, Aventura, Drama, Romance, Comedia
DIRECCIÓN: John Ford
PRODUCCIÓN: Walter Wanger, John Ford
PROTAGONISTAS: John Wayne como Ringo Kid
Claire Trevor como Dallas
Thomas Mitchell como Doc Boone
John Carradine como Hatfield, el tahúr
Louise Platt como Lucy Mallory, la mujer del oficial de caballería
George Bancroft como Curly Wilcox, el sheriff
Donald Meek como Mr. Peacock, viajante de whisky
Berton Churchill como Henry Gatewood, el banquero de Tonto
Andy Devine como Buck, el chofer de la diligencia
Tim Holt como el lugarteniente de la caballería
Tom Tyler como Luke Plummer
GUIÓN: Dudley Nichols, Ben Hecht, Ernest Haycox, autor de relatos del Lejano Oeste estadounidense; la historia de este filme está basada en la narración de Guy de Maupassant, Bola de Sebo.
FOTOGRAFÍA: Bert Glennon
MÚSICA: Canciones populares de la época, adaptadas por Richard Hageman, W. Franke Harling, John Leopold, Leo Schuken, Louis Gruenberg
DISTRIBUCIÓN: United Artists
DURACIÓN: 96 minutos

En la vejez, viruelas… nunca me gustaron las películas de vaqueros; sin embargo, gracias a esa maravillosa intertextualidad cinematográfica, de la que hace gala Giussepe Tornatore, con la magia del cine dentro del cine, el entusiasmo de la gente del pueblo, donde quedaba el Cinema Paradiso, me motivó a ver La Diligencia de John Ford, máxime cuando descubrí en Youtube esa escena casi que marca el inicio de la cinta, donde las viejas puritanas de Tonto, Arizona, condenan al ostracismo de la otredad, al tratar como inmundos a Doc Boone y a Miss Dallas, a él por borracho, aunque fuera un doctor, capaz de responder profesionalmente, pese a su alcoholismo y a ella como prostituta, ambos considerados infames, por esa Liga de la Ley y el Orden, que funciona como una Liga de la Decencia, a pesar que no sean más que dignas representantes de lo que Wilhelm Reich, mucho más adelante, denominara la plaga emocional, anuladora de Eros y promotoras del orden estático de Tánatos. Mujeres que evocan a la imagen de la mujer de American Gothic de Grant Wood, en su sequedad y amargura:



Es justo ahí sonara la melodía del himno de Robert Lowry, compuesto en 1864, Shall we gather at river, casi como un canto de liberación para los expulsados del pueblo por el moralismo más prejuicioso de una viejas, que se podría decir que eran peores que los mismos apaches, dirigidos por el insurgente indio Jerónimo, que más que un mal tipo, era un defensor de una tierra ancestral, que les arrebataban los carapálidas, único aspecto en el que Ford se muestra maniqueo, al no comprender, que esa situación de los nativos del Este de las Montañas Rocosas, era una reacción defensiva contra el avance de los colonos, que invadían el Oeste estadounidense. Pero es lógico que un hijo de emigrantes irlandeses, que se va de Maine al otro extremo del país, participe de la ideología del Destino Manifiesto, con la creencia de que los Estados Unidos de América es una nación destinada a expandirse de las costas del Atlántico a las del Pacífica, apoderarse de territorios, como bien lo señala el banquero Gatewood de que América es para los americanos, amparados por la Providencia divina, para el desarrollo y crecimiento pleno de las capacidades de los colonizadores, un pensamiento que se expandía, ya por los años de 1825.

Boone y Dallas perseguidos por un coro de rígidas y severas comadres, como las Erinias de la Orestíada de Esquilo, van a hacia la diligencia, para emprender una aventura por los desiertos del suroeste para ir de Tonto, Arizona a Lordsburg, en Nuevo México suena el himno de Lowry, cuyo último párrafo dice así:

Soon we'll reach the silver river;
Soon our pilgrimage will cease;
Soon our happy heart will quiver
With the melody of peace.

que, aunque no lo cantan, podríamos traducir, un poco libremente, así, como un himno de esperanza:

Pronto llegaremos al río de plata;
Pronto nuestro peregrinaje se detendrá;
Pronto nuestros corazones felices danzarán
Con melodías de paz.

Lejos de aquellas harpías, cargadas de prejuicios e hipocresía, que es ahí, donde aparece un John Ford, quien por más que lo declarase así, no era un simple realizador de Westerns, sino que hace un cine mucho más trascendente, en una mezcla compleja de cine de aventuras, de crítica social, de drama humano, de romance y aún de comedia, con un maravilloso portavoz, como el tan sumamente bien caracterizado doc Boone, quien con fina heroína llama a alguna de aquellas beatas, Helena de Troya o le declara a Dallas, un prostituta más respetuosa, que la del propio Jean-Paul Sartre, puesto que no cede al deseo de los otros, dirigida siempre por el suyo propio:

Somos las víctimas de un morbo infecto, llamado prejuicio social, muchacha; las dignas señoras de la Ley y el Orden están limpiando de escoria la ciudad.

Así las veteranas severas, estrictas, rigurosas, implacables e inclementes, inviertan la perspectiva, cuando dicen que Dios los hizo y ellas se juntan, porque pareciera ser que ellas están más unidas por un Dios inmisericorde, que esos seres humanos que son Boone y Dallas, quienes asumen con responsabilidad sus defectos, lo cual los llena de una libertad, que reencontrarán en los amplios paisajes del desierto, así estén asediados por los nativos insurrectos, levantados en armas contra la invasión impía del hombre blanco.

Entonces, cuando se cierra la puerta de la diligencia, nos veremos reducidos a un espacio, donde viajan, en principio, el doctor, la mujerzuela, la esposa de un oficial de caballería, un viajante de whisky y un tahúr, quien antes de subir a la carroza les espeta a las viejas puritanas, que ellas nunca han conocido a una verdadera dama, más el carretero del carruaje de seis caballos y el sheriff, para luego subir el banquero de Tonto, de donde salen escoltados por la caballería, protectora contra los apaches, hasta que llegan a un cruce de caminos, donde los viajeros son desamparados por la soldadesca, que los deja en la encrucijada, sin importarles que queden desprotegidos ante un casi seguro asalto apache.

Entonces si hay un macrocontexto desértico, en el que Ford exhibe su amado Monument Valley, al norte de Arizona; allí, en los límites con Utah, en el polo contrario a donde se dirigen los personajes, a donde el director se adentraba desde muy joven con cámara en mano, acompañado por algunos técnicos, para disfrutar de ese hermoso paisaje y sus amaneceres, una especie de cuneta, donde habitan los indios navajos. Un paraje que pareciera ser una obra de arte, esculpida por el agua y el viento, a lo largo de años, como parte de una erosión diferencial, por un desgaste de la superficie, como si por la via de levare, el viento se llevara la materia más blanda, para dejar los estratos terrestres más antiguos; pero que en el mito navajo es el producto de lo que hacen las divinidades creadoras, la tierra, el aire y el fuego. Un paisaje, con el que en adelante, solemos asociar el Far West estadounidense, con un cielo casi sin nubes, por llegar desgastadas desde la costa, en su viaje al interior del continente, un panorama de ocres sobre un fondo azul, casi irreal, como si se tratara de un horizonte sobrenatural.



Ahora, en el momento del rodaje de La diligencia, no estamos frente a ese joven John Ford sino que estamos ante uno en medio del camino de la vida, un hombre de cuarenta y cinco años, cuya cultura parecía ser mucho más vasta de la que aparentaba, lo que le permitiría convertirse con Serguei Eisenstein, en uno de los más grandes maestros del cine; un cineasta que hacía, para entonces, un buen uso del travelling, con una buena profundidad de campo, con magníficas panorámicas descriptivas, planos largos y sostenidos, con largas secuencias, con el fin de no distraer al espectador de lo que pasaba en la pantalla; además, con un excelente manejo de las sombras y del contraluz, un poco a la manera de los expresionistas alemanes, que tanto admirara al igual, que lo hiciera con D. W. Griffith, cuyo El nacimiento de una nación era una de sus películas predilectas y con quien compartiría las glorias del primer buen cine norteamericano. De Griffith tomaría la veta de la acción, del montaje paralelo, con alternancia de dos o más escenas, como centros de interés, del realismo y de la sencillez conceptual.

Ford dominaba el gran plano general para la planificación de las secuencias, con un gran amor a los grandes espacios abiertos, para contrastar la relación de la naturaleza y el individuo humano, en toda su pequeñez, en una lucha, que como diríamos los paisas, podría ser pelea de toche con guayaba madura.





Pero si ese es el marco que sirve de fondo a la historia, la figura es la diligencia, que en un momento dado queda a puerta cerrada, con una serie de personajes complejos dentro de ella, un poco a la manera del drama sartreano, sin embargo, lo que sucede es que ahí no se convierten en un infierno para los otros, sino que va surgiendo la solidaridad, máxime cuando se topan, en medio del desierto, con Ringo Kid, un ex convicto vengador, quien planea poner fin a aquellos que asesinaran a su padre y a su hermano, los odiosos hermanos Plummer.

Y ahí en ese pequeño escenario, dentro del vasto escenario de las tierras de Arizona, veremos desplegarse los vínculos entre personajes magníficamente bien caracterizados, como el propio Ringo Kid; entonces, enfrentaremos la humanidad irónica y crítica del doctor Boone, quien se mantiene entre la ironía y el sarcasmo, demoledores de la moral convencional, como un hombre que ataca lo “políticamente correcto”, para resaltar el valor de esos seres, al decir de Rodolfo Moguillansky, condenados al espacio de la otredad, como seres superiores, valientes, corajudos, como especies de superhombres nietzscheanos, que acercan la humanidad de John Ford a la de Frank Capra, porque para ambos directores estadounidenses, las personas son quienes cuentan, en contraposición a esa plaga emocional de moralistas, como las amargas comadres de Tonto; Dallas, la prostituta cortés y educada, que amenaza con su sensualidad la sequedad de las paranoicas puritanas, que alcanzan a influir a Mrs. Mallory, la esposa de un oficial de caballería, quien la desprecia durante el viaje, pero a quien con toda generosidad y tolerancia, Dallas no duda en ayudar a traer a su hijo al mundo, como ayudante en el parto, que ayuda a atender a un doctor Boone, quien se cura de la borrachera, para convertirse en un médico responsable y exitoso, sin el más mínimo resentimiento.

Pero también nos enfrentamos a ese irónico, Hatfield, el jugador elegante, emparentado con Mefistófeles, quien se siente atraído por la señora Mallory, al noble sheriff, que captura y da la libertad a Ringo, cuando las circunstancias le permiten cumplir su cometido de hacer justicia por su propia mano, con los Plummer, al matarlos en legítima defensa, lo que les da la posibilidad a los amantes Ringo y Dallas de atravesar la frontera e irse a México, ese reino del disparate, según André Breton, donde él tiene la casita que tanto le prometió yredimirse a través de una vida de pareja, en un medio rural, supuestamente más apacible.

Pero también están Peacock, el cobarde viajante de whisky, cuya existencia de la bebida termina el doctor Boone; el comerciane tiene que soportar a regañadientes el ataque de los apaches, los villanos de la película; otra excelente caracterización será la de Gatewood, el banquero, quien anda huyendo con el botín del robo de la nómina de sus empleados, muy del estilo de los Rodrigo Rato y de los Miguel Blesa de esta tan expoliada España por la Banca, con la venta de acciones preferentes, con las que estafaron al pueblo español, al venderles falsas ilusiones o con el uso de de las tarjetas opacas, que dizque confundían con un sobresueldo, cuando les eran dadas para gastos de representación de las empresas bancarias, con las que terminaban pagando cosas personales, cruceros con las amantes, etc., etc.

Es interesante el discurso, casi actual de este banquero, cuando en las conversaciones, dentro de la diligencia, declara:

No sé a dónde va a parar este gobierno, que, en vez de proteger a los hombres de negocios, mete su nariz en ellos y habla de poner inspectores en los bancos, como si los banqueros no supiéramos dirigir nuestros bancos… Este país necesita un presidente, que sea un buen empresario.

Casi pareciera oírse el discurso de uno de esos neoliberales, que proponen la reducción del tamaño del Estado, para dejar el gobierno en manos de la plutocracia de los empresarios, con todas las corruptelas de por medio, sin que haya nadie que pueda ponerle el cascabel al gato.

Las diferencias del liberalismo de Adam Smith y el neoliberalismo salvaje, hoy imperante, es que el primero fue un tratado sistemático de economía, un ataque frontal al mercantilismo, para demostrar la existencia de un orden económico natural, aunque consideraba que éste funcionaría mejor, cuánto menos interviniese el estado, tesis que sostiene el estafador banquero de Tonto; pero, Smith era un defensor de la industria, al no contentarse simplemente con la producción agrícola; el economista inglés consideraba que se precisaba de una división del trabajo, con una ampliación de mercados, lo cual daría un impulso a la Revolución Industrial del siglo XIX, como creación del capitalismo moderno.

Los neoliberales contemporáneos se consideran hijos de Smith, con una reivindicación del desprestigiado neoliberalismo, por la ineficiencia de su ideología del laissez-faire hasta su gran hundimiento con la Gran Depresión de la década de 1930, lo que produciría un largo letargo, hasta que reaparecieron los neoliberales con el énfasis en una economía de mercado, no muy distinto al criticado laissez-fairismo económico, que había llevado al crack del 1929, auspiciado por Augusto Pinochet, Ronald Reagan y Margaret Tatcher, quienes pusieron de relieve la desregulación de los mercado y la privatización de las instituciones públicas, que viene a tocarse con el neoconservadurismo, que pretende una reducción del papel del Estado sobre la vida privada de los sujetos individuales, lo cual está bien en determinados ámbitos de la vida cotidiana, pero que ha dado lugar a una gran corrupción, como la que registramos en España.

Los defensores el neoliberalismo abogan por una amplia liberalización de la economía, un libre comercio general, una drástica reducción del gasto púlbico, una reducción del tamaño del Estado y su capacidad de intervención versus una privatización exagerada, lo que ha dado lugar a un tremendo auge de la especulación, una polarización de la riqueza, un crecimiento de la desigualdad en el mundo, por el gran beneficio obtenido por los especuladores, con una gran tranquilidad para lo plutócratas, con prácticas econonómicas libres de impuestos y la apertura de un sinfín de paraísoso fiscales, para esconder el atesoramiento, para seguridad de los capitales de los nuevos ricos, con un poder desmedido del capital financiero, como lo sostiene Jean Ziegler, que mueve el capital financiero en las bolsas de valores, que se acompasa con un hundimiento del nivel de vida de la mayoría de los trabajadores, que ha llevado a un recrudecimiento de la lucha de clases.

En el 2007, la burbuja especulativa se rompe, lo que invalida al neoliberalismo como una teoría económica global, con el enriquecimiento de unos pocos y un incremento de la desigualdad social, como bien lo ha señalado Joseph Stiglitz, por lo que los Estados acuden al rescate de los bancos, que cometen todo tipo de atrocidades contra la gente del común, como ha sido el asunto de los desahucios en España, lo que se traduce en una dictadura de los mercados.

Si bien Ford, había avanzado por los caminos del cine, con películas del Oeste, algo desprestigiadas entonces, como cinematografía de la serie B, La Diligencia, con toda su complejidad genérica y psicológica, elevará el género del Western de categoría, hasta convertirlo en un género mayor, el cual, además sería la plataforma de lanzamiento para ese gran actor, que fue John Wayne, estemos o no de acuerdo políticamente con él, ya que sí que resulta antipático su posicionamiento respecto a la caza de brujas de McCarthy, en los Estados Unidos de América.

De ahí en adelante, los westerns de Ford aunarán la acción, el sentimiento y la caracterización psicológica, magistral en la presentación del doctor Boone, que demostraría la gran capacidad de Thomas Mitchell, como actor de carácter, hasta el punto de robarse el show y convertirse en el representante del filme ante la Academia, como ganador de la estatuilla del Óscar, que también se llevaría la banda sonora de la película.

Además, una vez elevada la categoría del western, este se haría un subgénero del género histórico, ya que las películas de vaqueros tienen un papel fundamental en la historiografía de los Estados Unidos de América, como producto de una construcción colectiva, por parte de aventureros, justos o injustos, que se atrevieron a cruzar praderas y desiertos, en busca de un lugar donde vivir, así tengan el gran pecado de haber sido crueles y brutales con la comunidad nativa, que fuera en gran parte sacrificada o reducida a reservas, cuando eran los dueños del territorio, como expresión de cierto darwinismo social, donde sin misericordia, el pez grande se come al chico, muy al estilo de los yanquis.

Serguei Eisenstein mismo veía, en Ford, una armonía y una magia únicas; uno y otro, el estadounidense y el ruso, preferían la cámara y la interpretación, para la creación de un propio estilo propio; el de Ford, caracterizado por su eficacia, su énfasis en la acción, a su vez, cargado de poesía tanto en sus tintes nostálgicos, románticos, amorosos, redentoras de seres, aparentemente perdidos, que describe con un lirismo inmejorable; porque, a Ford lo que le interesa es mostrar a sus personajes, qué hacen, cómo miran y cómo actúan, con una profunda agudeza psicológica, de donde, cada gesto y cada objeto, que aparece en escena son importantes.

Se diría que ese hacedor de westerns era un humanista, que miraba con la cámara a la altura de sus ojos, como un observador próximo, que expone lo que ve, sin tesis premeditadas.

Aunque también los estilos épico y dramático tienen su lugar en la obra de Ford, salpicados de notas humorísticas, como las que hemos resaltado en las intervenciones de Doc Boone y Hatfield, el tahúr, caricaturizadores de una ética puritana, bastante próxima al más cruel de los calvinismos.

Sin duda, en Ford, encontramos uno de los grandes maestros de la primera mitad del siglo XX, a quien Orson Welles cosideraba uno de sus directores predilectos y esta cinta, La diligencia, le resultaría inspiradora para realizar El ciudadano Kane; tal era la admiración de Welles por Ford, que alguna vez que le perguntaron quién era, para él, el mejor director de cine, no dudaría en decir:

John Ford, John Ford y John Ford.

El director de El ciudadano Kane declaraba que había aprendido a hacer cine a través de la contemplación de las cintas de los viejos maestros, dentro de los que estaba Ford. Eso mismo diría Godard, en su momento.

Ingmar Bergman lo consideraría el mayor director de todos los tiempos.

Mientras Fededrico Fellini declaraba: A Ford, lo estimo, lo admiro y lo amo.

Además, Ford influiría en otros directores como Howard Hawks, Anthony Mann y Bud Boetticher.

Su influencia se nota en Easy Rider de Peter Fonda.

Peter Bogdanovich se convertiría en un gran conocedor y amante del cine de John Ford.

Ford hizo aperturas interesantes, que han heredado otros directores.

Clint Eastwood reconoce la influencia de John Ford

Francis Ford Coppola añadió el apellido Ford, a su nombre, en honor del director descendiente de irlandeses.

Steven Spielberg declara que el gran director, al que nos referimos en este artículo, era como una suerte de pintor naturalista y verista, en la manera como hacía las puestas en escena.

No cabe duda que Ford tiene una gran influencia en el Martin Scorcese de Taxi Driver, considerada una especia de western urbano, de tal forma que su presencia continúa aún en el cine contemporáneo.

Akira Kurosawa adoraba a John Ford, como representante máximo del cine hollywoodense, que prefería al cine oriental, dado su amor por la cultura de Occidente. Ford llegó a ser un ídolo de tal magnitud para él, que él mismo lo consideraba una influencia seminal y declaraba que tal estadounidense era tan realmente grande, que cuando Kurosawa llegara a viejo querría ser un director como el propio Ford, a quien estudiara con profundidad, así aprendería su uso de la cámara, sus largos rastreos, una construcción eficiente, la composición de panorámicas y el movimiento dinámico.

Sin embargo Quentin Tarantino expresa su odio por el director de La diligencia.

Desde el punto de vista político, John Ford fue un admirador de Abraham Lincoln, de Franklin Delano Roosevelt y John Kennedy, un demócrata liberal, un rebelde, como declararía a Bertrand Tavernier; pero a su vez, un republicano de Maine, sin las posturas anticomunistas de su actor principal, hasta el punto de expresar en los tiempos de McCarthy:

Mándenme a ese maldito comunista; lo contrato.

Hasta los cuarenta años coqueteó con el socialismo, dentro de su moral católica, sensibilizado por la causa irlandesa; incluso se dice que colaboró económicamente con los defensores del orden democrático en la Guerra Civil Española, pero el saber que se atacaba a la Iglesia Católica, con asesinatos y violaciones de monjas, muertes de curas más quemas de iglesias y conventos, terminaría repudiando esa lucha hsipánica; pero, de todas maneras odiaba los fascismos y totalitarismos de entonces. Era un liberal en el fondo, así se lo acusara de racista, machista, belicista y reaccionario. Sin embargo su catolicismo no es hipócrita, como el de las puritanas de Tonto, a las critica acerbamente, de ahí el espíritu redentor con esas supuestas ovejas perdidas que eran el doctor Boone, Dallas y el propio Ringo.

No me arrepiento, de haber abandonado mi resistencia prejuiciosa a ver películas del Oeste e incluso de acercarme a la narrativa literaria de las novelas de vaqueros, desde que un viejo lobo de mar gallego, me contara que cuando él recorría los mares del mundo como marinero, se encerraba en sus horas de ocio en su camarota, para como Curro, el palmo de Joan Manuel Serrat leerse enterito a don Marcial Lafuente, del que me prestó alguna novela, con una historia tan compleja como la de las cintas del Oeste de Joh Ford, donde aparecían personajes de una nobleza sin par; pero, después me enteraría por una amiga, dedicada a la reconstrucción de la memoria histórica de los crímenes del franquismo, que ese escritor español era un republicano, a quien la censura no dejaba publicar interesantísimos artículos y libros por su contenido político, de tal forma que para ganarse el pan, el hombre tuvo que acudir a hacer novelas de vaqueros, donde algo de sus creencias dejaba traslucir.

Agradezco no tener la mentalidad rígida de las Erinias de Tonto y aún en la tercera edad, ser capaz de superar prejuicios, que me privaban de disfrutar del género estético de la narrativa literaria o cinematográfica de las novelas y películas de cowboys, con todas sus vetas para el conocimiento de la historia y reflexiones sociopolíticas, más allá del ¡pum! ¡pum! de los revólveres.

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Pesadilla

Miguel Ábalos (Desde Canelones, Uruguay. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



Manuel camina por las calles del querido barrio que lo vio nacer y crecer, como a los árboles de la cuadra de su casa. Va sin rumbo fijo respirando el limpio aire de un mediodía de primavera y un sol tibio le acaricia el rostro. Es alto, fuerte, joven, tiene 25 años y muchos más por vivir junto a Sofía, a quien conoce desde la primaria y desde aquellos años, ambos se aman de verdad. Se siente feliz.

Pero lo verdaderamente maravilloso no es ese sol ni ese aire primaveral ni su querida novia, sino la presencia de su mano derecha fuerte, con la que puede estrechar con emoción la mano de sus amigos y acariciar a su Sofía cuantas veces quiera. La levanta hasta la altura de sus ojos para sentir el hermoso placer de verla; observa la palma áspera y las pequeñas cortaduras que el trabajo de carpintero le va dejando, como la cicatriz de un corte sobre el pulgar.

Qué terrible sueño tuvo. Recién ahora, observando su mano derecha, cae en la cuenta que fue una pesadilla. Sigue siendo el oficial carpintero de la empresa Mayo y Cía., se siente un trabajador hábil, capaz, inteligente, que conoce su oficio y con sus dos manos corta las tablas con total precisión sin fallar ni un centímetro. El resbalón de aquella tabla pesada y lisa y la sierra sin control que le atravesaba la muñeca llevándose su mano derecha... sólo existió en su fantasía onírica.

Tampoco eran reales la consabida desocupación y la angustiosa e inútil búsqueda de trabajo. Ni era cierto que hubiera desistido de casarse con Sofía pensando que un hombre con una sola mano está en desventaja para ofrecer lo mejor al ser querido.

La pobreza le había enseñado, entre otras muchas cosas, a establecer el límite preciso entre los sueños y la realidad. Mira una vez más su mano mientras camina. Sin la terrible pesadilla, nunca hubiera podido comprender su verdadero valor.

Se siente muy feliz al verse libre de todo eso al mirarse la mano perfecta y sentir el calor del sol sobre la piel. Siente la caricia del aire que juguetea con su pelo como si fueran los dedos de Sofía y exterioriza su alegría silbando un tango de Troilo.

Sabe que ese sueño marcará su vida, pasarán los años, blanqueará su cabeza, y el recuerdo de esa torturante alucinación continuará viviendo eternamente en su cerebro con indeleble nitidez. Pero ¡qué importa!, si Manuel Acosta sigue siendo un oficial carpintero con sus dos manos en perfectas condiciones.

Tiene un jornal diario asegurado, una modesta casita llena de sol en el barrio Belgrano, herencia de sus padres, y los dueños de la carpintería le prometieron un aumento de salario para el año que viene. Así va a cumplir el sueño de su vida: casarse con Sofía. Camina bajo el sol, disfrutando de su diestra que está ahí, en su lugar, grande y fuerte, como siempre, con sus venas abultadas y llenas de vida.

De pronto, comienza a oscurecer en pleno día, las casas parecen achicarse, el suelo pierde consistencia bajo sus pies, las calles se van estrechando hasta cerrarse en una trampa sin salida y esa niebla espesa hace más horrible la tarde.

La repentina oscuridad le impide ver su mano derecha y no encuentra la razón de por qué ya no se mueve, ya no se siente, ya no se palpa, ya no está... hasta comprender que nunca más la tendrá... porque está despierto.

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Música: Una interesante versión (jazzística) de la “Leyenda de Asturias”, de Isaac Albéniz

ARGENPRESS CULTURAL

La “Leyenda de Asturias”, original para piano, es seguramente una de las obras más connotadas del compositor ibérico Isaac Albéniz. Se han hecho numerosas versiones de esta magnífica pieza, para guitarra, para gran orquesta, etc.

Versión original para piano:


Presentamos aquí una versión algo fuera de lo común: un grupo de jazz, en una rara e interesante fusión, nos regala esta exquisitez.


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Poema

Guillermo Henao (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Explora,
mas no implora,
concluyó el amigo.

Los rostros ocultaban sus tinieblas,
toda la penumbra exterior,
hasta el confín sin fin que arropa nuestras pieles.

Habíamos comido temprano
para escapar de la oscuridad. Platos livianos
por el viaje en espera.

Madre faltaba, pero regresó. Ahogando el hogar
con su esfuerzo cardíaco,
jadeaba y con voz siempre alegre.
Unas cuantas canciones en la tarde, las vecinas
hacían rueda entre el calor apretado.

Entraba el verano, que nunca se iba,
puertas y ventanas abiertas.
Los perros dormitaban en el corredor, quieto el aire también,
nosotros casi sin poder respirar.

Todos queríamos qué darnos,
sentir un poco más la tarde y los días siguientes,
y nos entusiasmábamos con la partida.

La noche estuvo transparente.
Guitarra en mano,
Allá en mi rancho bonito,
madre cantó.

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Y para terminar… una inyección de optimismo: “Casi muerto, no hay que darse por vencido”

Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Leer escuchando el Aleluya del motete “Exsultate, jubilate”, de Mozart



Mi amigo Walter Neumann, nacido en Chile como descendiente de una familia nazi fugada al finalizar la Segunda Guerra Mundial -por lo que manejaba un perfecto alemán- obtuvo recientemente su doctorado en musicología en Viena. El tema que investigó fue la obra de Franz Xavier Süssmayr, conocido fundamentalmente por haber sido quien completara el Réquiem o Misa de Muertos que dejara inconcluso su maestro Wolfang A. Mozart.

Llegó a meterse muy a fondo en la vida y obra de este clarinetista y compositor, de quien en realidad poco se sabe, siempre opacado por la grandiosidad del célebre maestro de Salzburgo. De sus incansables búsquedas proviene la carta que ahora vamos a hacer pública. En realidad, la misma no es nada misterioso que haya estado guardado por motivos especiales, por seguridad, para resguardar algún comprometedor secreto. No, nada de eso; simplemente, como sucede tantas veces, se traspapeló. Quiso la paciencia metódica de Werner encontrarla por casualidad. Lo interesante es que transmite una faceta del genial compositor austríaco nada conocida para nosotros, pero sin dudas muy familiar para Süssmayr.

La carta está fechada el 20 de diciembre de 1792, algo más de un año después de la muerte de Mozart. Se la dirige a su hermana, contando algunas cosas personales irrelevantes al día de hoy, y fundamentalmente ensalzando la figura de quien fuera su figura rectora, su guía, su modelo. Por cierto, modelo a imitar no sólo en lo musical, como el propio Süssmayr dirá, sino como patrón de vida. Desde ya, en todo momento el discípulo se siente inferior a quien fuera uno de los grandes genios musicales de la historia; en eso ni siquiera pretende competir, y con toda la humildad del caso lo reconocerá en esta y otras cartas. Lo importante ahora -por eso incluimos esta pequeña pieza literaria- es rescatar lo que el mismo Süssmayr intenta poner en alto: que aun muriendo, cuando hay algo que decir, algo que transmitir, pese a todo -ya verán lo que nos dice en la misiva- es posible sobreponerse a las cosas más adversas. Hoy, tal vez, podríamos decirlo con una frase que ya se ha vuelto legendaria: “podrán cortar todas las flores, pero no detendrán la primavera”.

Querida hermana:

Como te había adelantado, no creo que para Navidad pueda llegar por la casa. Estoy verdaderamente abrumado con el trabajo que acepté. Konstanze, la viuda del Maestro, confía en que podré hacerlo; espero no defraudarla, pero la verdad, querida hermana, a veces me pregunto para qué acepté tamaño reto. Fíjate el tiempo que pasó: ya va más de un año desde que él escribió el primer compás, y aún no hay miras de que yo lo puedo terminar. En verdad se lo habían encargado para completar en un mes. Yo estoy totalmente seguro que si no hubiera sido porque apareció otro encargo del Emperador, lo hubiera terminado en el tiempo previsto. Algo que no acabo de entender es cómo hacía para componer con tanta rapidez. ¡Te aseguro que lo he visto yo con mis propios ojos: en una semana componía una sinfonía! Era increíble: mientras hacía el amor, componía su genial música, le salía con la más total naturalidad. ¡Era un monstruo, un Leviathan!

Pues… ¡eso es ser un genio! No me cabe agregar nada más. Yo, que a duras penas puedo ser un mediocre alumno de composición, me demoro un año -y espero que no sean otros doce meses más todavía- para escribir lo que él hubiera hecho en dos semanas. Como dice el Tuba mirum: Quid sum miser tum dicturus? Quem pratonum rogaturus, cum vix iustus sit securus?, que en mi pobre traducción sería: ¿Qué podré decir yo, desdichado? ¿A qué abogado invocaré, cuando ni los justos están seguros?

Créeme, hermana, que de todos modos no lo envidio: me reconozco en mi mediocridad, que es lo más común para nosotros, los seres humanos comunes, y lo tomo como una referencia. No lo envidio, sino que trato de aprender de él. ¿Acaso piensas que todos los músicos pueden escribir una sinfonía de más de 200 páginas en una semana? ¿Piensas que todos los músicos pueden escuchar una obra y al día siguiente repetirla íntegra, sin dudar, sin equivocarse en una sola nota? No, eso no es lo común: lo normal es lo nuestro, los que con gran dificultad podemos seguir los pasos de un guía genial como el Maestro.

Pero si hay algo que me enseñó, ya no a nivel musical (en eso es una fuente inagotable del que seguirán aprendiendo las generaciones venideras seguramente por varios siglos, no lo dudo), si algo me enseñó para la vida, como norma ética, es a sacar fuerza de flaquezas, a no darse nunca por rendido, a comprometerse en un todo por el todo en las cosas que se hacen.

El Maestro lo decía simpáticamente, guiñando el ojo a veces, pero sé que así lo hacía de verdad: “hay que hacer todo, componer un obra musical o el amor, todo, absolutamente todo, como si fuera la última vez que se hace en la vida, poniendo toda la pasión del mundo en eso. Nada realmente bueno se puede hacer si no es así.”

Créeme, hermanita, que eso fue lo que más aprendí de él. Por supuesto que lo poco, poquísimo de música que aprendí, se lo debo enteramente al Maestro. Pero hay algo que aún valoro más, mucho más: es ese espíritu de esfuerzo y compromiso continuo que tenía, que ponía en todo. Eran esas ganas de hacer todo con la más grande energía, tal como decía, cual si fuese la última vez en la vida.

En estos momentos no la estoy pasando muy bien; se me han juntado varias cosas. Por un lado, este peso que siento como abrumador, esta responsabilidad de terminar algo que, lo sé, me sobrepasa. ¿Tú piensas que remotamente alguien, el día de mañana, se atreva a decir “el Réquiem de Süssmayr”? No, ¡imposible! Aunque no lo haya compuesto en su totalidad el Maestro, será siempre el Réquiem de Mozart. No podría ser de otro modo. Pues bien: eso me atormenta. O más aún: el poder estar a la altura de las circunstancias. Y junto a eso, querida hermanita, una serie de cosas que se me han ido acumulando: las penurias económicas que nunca cesan, mis dolencias en los pulmones, y también el no ser correspondido por la mujer a quien amo, que no es otra que Konstanze…

Pero justamente en momentos difíciles es donde las enseñanzas del Maestro retornan con más fuerza que nunca: “casi muerto, no hay que darse por vencido”.

Te confieso algo, querida hermana: todo lo que yo estoy componiendo de esta fabulosa Misa de Muertos, no es mío. En realidad estoy dándole retoques o inspirándome en cosas ya escritas o esbozadas por él. De hecho, yo no he creado ningún tema nuevo; todo lo que algún día podrás escuchar de cabo a rabo en esta Misa no son sino ideas salidas de la cabeza de Mozart. Yo, con suerte, las he acomodado, desarrollado. Aunque, vamos a lo que te quería decir: me siento abatido por la responsabilidad que pesa ahora sobre mí. Y porque la mujer que amo sé que me es imposible. Es más: así ella misma me declarara su incondicional amor, no sé si me atrevería a ponerle un dedo encima. Lo sentiría como un sacrilegio. ¿Yo con la que fuera mujer de mi Maestro? De todos modos, hay algo que me alienta. Es eso que te decía más arriba: “casi muerto, no hay que darse por vencido”.

El Maestro, en sus últimos días, aún en su lecho de muerte, escupiendo sangre en más de una ocasión, me dictaba sus ideas para el Réquiem, que ya había pasado a ser su propia Misa de Difuntos. Y cuando yo no captaba exactamente la idea, me pedía el violín para hacérmelo escuchar.

Te lo confieso, hermana, porque sé que me sabrás entender: yo no estoy componiendo nada nuevo para el Réquiem, sólo estoy acomodando debidamente las ideas que el Maestro dejó sueltas. Son sus enseñanzas morales las que me hacen seguir adelante: casi muerto, sabiendo que le quedaban días, u horas por delante, con una fuerza que yo no sé de dónde sacaba, peleando con la muerte, o más aún: cantándole con una belleza tan profunda que no se puede creer que eso esté escrito por un mortal a pasos de vérselas cara a cara con Ella, su energía a prueba de todo es la más profunda escuela de moral que se pueda concebir.

¿Tú sabes cómo se puede hacer algo verdaderamente grande? No sintiendo nunca miedo, entregándose por completo a la Musa de la creación, ¡no rindiéndose jamás ante la adversidad! Si Mozart fue el más grande entre los grandes, es porque aun muriéndose no se entregaba. Incluso te cuento algo: ya alguna vez me lo había dicho veladamente, y en su lecho de muerte me lo reafirmó, ampliándome algunos detalles: el Maestro había sido abusado sexualmente de pequeño. Pero eso no era impedimento para que, fiel a lo que siempre me enseñó, se diera por vencido.

Recuerda siempre eso, querida hermana: ni casi muerto hay que darse por vencido. Si no, no se puede hacer nada de valor. Si nos abandonamos, estamos ante la pura rutina, la pura sobrevivencia, la mediocridad. La desgracia no debe turbarnos sino, por el contrario, ayudarnos a cargarnos de mayor energía para enfrentarla. Sé que lo entiendes, aunque te parezca raro. Hasta en los peores momentos, sólo la más absoluta y profunda confianza en que podemos salir adelante, es lo que nos permite sobreponernos. (…)

Verdaderamente increíble, ¿no?

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Evocando la figura de este monstruo sagrado que fue ¡y sigue siendo! Wolfang Amadeus Mozart, dejamos aquí algunas de sus más famosas creaciones:

Pequeña música nocturna


Sinfonía N° 40


Opera La flauta mágica


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