martes, 30 de diciembre de 2014

2014 Adiós. Bienvenido 2015

Nechi Dorado (especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Ya se está yendo un año no muy diferente a otros que le precedieron, pero que tampoco logró arrastrar la esperanza hacia el pozo del olvido. Un año donde siguieron desarrollándose guerras en el mundo cada vez más cruentas.

Muros silenciados erigidos hasta por los que odiaban otro muro. Uno solo, el que marcaba una diferencia no menor: la no existencia de un poder hegemónico que tras el derrumbe celebrado comenzaría a poner en vilo al mundo.

El que instalaría la moda del término terrorista refiriéndose a los luchadores y ocultaría a los verdaderos que serán desnudados por la historia que más temprano que tarde sabrá exigir rendición de cuentas, pero no intentará nunca rendición de la grandeza.

Celebrado el derrumbe aparecieron otros muros, vergonzosos, criminales, pero no fueron visualizados porque los gestó ese poder hegemónico imperialista con su hermano gemelo, el NAZISIONISMO, contando con la aprobación de una Europa decadente que dejó a la vista su miseria programada.

El mundo silenció esos murallones, por supuesto, para ello hizo falta mucha publicidad, mucho dinero, mucha ignorancia y mucho hijo de puta avalando lo que habrá de causar su propia destrucción, más temprano que tarde, aunque no lleguen a darse cuenta… Todavía.

No escuchó tampoco el rugido de aviones sobrevolando poblados desarmados, aniquilando culturas milenarias, sembrando semillas de odio que darían frutos peores –aunque sin pecado concebido- que los que nos contaron ofreciera Eva a Adán cuando instalaban el machismo santificado descomponiendo mentes y espíritus.

O mejor dicho, no lo oyó una parte del mundo, hubo otra que sí se atrevió, ¡tan digna esa!, a denunciar los horrores porque jamás conoció el miedo, mucho menos el olvido. Nunca se alió con la complicidad y sobre todo, es la parte del mundo que no tiene precio, que no se compra porque no está en venta. La que tiene principios, coraje, fuerza y valor para enfrentar a los imbéciles que pululan como los terneros, con un aro en el hocico que habrá de dirigirle los pasos hacia el matadero.

Esa parte del mundo es la que se gana la vida con esfuerzo y sin trenzas –ni tranzas- politiqueras. La que no se acomoda al mejor postor y sabe que la vida es sacrificio y sabe qué esa es la mejor herencia, el mejor ejemplo que habrá de dejarle a sus hijos y a sus nietos. Ya sabemos que la historia de los que vienen se cimenta desde los ejemplos.

Estos últimos, mis compañeros de sueños, esperanzas, ideas, constancia, firmeza, altura y honestidad, son los que estarán en mi brindis cuando el viejo año pegue la vuelta y el nuevo asome por el horizonte de la vida gloriosa. De la vida altruista, de la vida con sentido humanitario.

Estarán en mi brindis de mujer trabajadora también todos los que no pueden brindar:

Los compañeros encarcelados en las mazmorras donde solo podrían tratar de ahogar, aunque infructuosamente, el canto libertario. Tarea perdida por más elaboración y dilapidación de millones que hayan empleado.

Estarán en mi brindis los trabajadores ocupados y los desocupados.

Los pobres, los hambrientos, los perseguidos, los judicializados, los excluidos tapados que bien sabemos que existen en toda nuestra Latinoamérica herida, pero de pie.

Estarán los más de 11 mil prisioneras y prisioneros políticos colombianos a los que se les negó el más básico de los derechos humanos.

Estarán los peruanos, chilenos, argentinos. Los puertorriqueños, los brasileños, los guatemaltecos que padecen situaciones de aberración inenarrable por haberse atrevido a soñar un mundo mejor.

Estarán los 43 estudiantes normalistas en un México que arde harto de tanta muerte e inescrupulosidad de un gobierno asesino, inepto, genocida.

Estarán los compañeros colombianos hoy en temblequeante Diálogo por la Paz en Colombia, desarrollados en esa Cuba heroica que cada día nos sorprende más con actos solidarios que no tienen antecedente en el mundo.

Diálogos que el estado pretende aniquilar siguiendo su histórica costumbre de hablar de paz, pero equivocando el término, ya que la confunden con la pax del camposanto y no es lo mismo. Y la nombran rechazando el cese bilateral de fuego luego de seis décadas de espanto, apoyados por altísima tecnología bélica criminal y por desmemoriados.

Estarán en mi brindis en la copa de la memoria, los compañeros y compañeras que nos arrebataron. Los que creyeron asesinar pero son tan brutos los genocidas que no se dieron cuenta que los sembraron y darán nuevas semillas.

Estarán los palestinos y sus niños masacrados por los mismos que el mundo reprobó en otras décadas y que optaron por reeditar horrores de la misma manera que hicieron con ellos. A-SE-SI-NOS.

Estarán los mártires de Oriente Medio cuyo recuerdo lastima las almas más nobles.

En homenaje a todos estos, germen de un futuro que algún día habrá de asomar, es que me atrevo a decir con toda la fuerza que brota de lo más profundo de mi corazón:

¡Bienvenido 2015! Estamos un paso más cerca de la liberación de nuestros pueblos.

FELICIDADES COMPAÑEROS Y COMPAÑERAS

MEMORIA, MEMORIA, MEMORIA

SIN RECONCILIACIÓN, PERDÓN NI OLVIDO

Porque el presente es de lucha, el futuro será nuestro y yo no quiero tener dudas que así será por respeto a nuestros pueblos que resisten el atropello.

Imagen: Inti Maleywa, “Protección de la madre tierra”

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Tres poetas cordobeses

ARGENPRESS CULTURAL



Poema

Gonzalo M. Blanco Laxague

Prefiero los bares con nostalgias
dónde los cigarrillos se intercambian
y las miradas se entrecruzan
(sin carteles
prohibiéndoles el paso
a vendedores ambulantes).
Llenos de humo,
alcoholes,
sexo
(si es del bueno),
¡Pero sin mozos
espantando niños
por pedir limosnas!
Prefiero los bares con nostalgias
—Sí, es verdad lo admito, los prefiero.
Pero sólo si la libertad
es compartida.
________

Seguiré viviendo

Clari Goycoechea

Ni los fuertes vientos
ni las decepciones
me han quebrado.
Me he doblado
infinidad de veces
con dolores grandes,
pero no lograron vencerme,
ni que deje de ser
una mujer esperanzada,
amante de la vida
agradecida
aunque a veces
me haya castigado duro.
Pero estoy aquí,
gozo de las cosas más bellas
que me han regalado
y lloro tiernamente
por las que he perdido
y que alguna vez
me hicieron feliz.
Seguiré gozando, llorando,
cantando, festejando,
creyendo en todo lo humano,
alimentando mi niña interior
con aceptación,
con infinito amor, ...
seguiré viviendo!!!
________

Dime

Marcelo Goino

Dime si el silencio
te repite mi nombre
en tus desvelos
si la lluvia
te devuelve mi mirada
o si buscas mis ojos
en el palpitar de las estrellas.
Dime si los sonidos del viento
te murmuran mis palabras
si la distancia lastima
los rincones de tu alma
así como hiere tu ausencia
el secreto de mis días.
Dime si la noche
te suplica la paz
de mi ternura.

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Experimento

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



El ingeniero Homer Cooper tenía motivos para estar orgulloso: en dos ocasiones había recibido reconocimientos por sus “importantes servicios a la Patria”, habiendo diseñado armas novedosas para su gobierno, las que le valieron abundantes dólares y sendas medallas al mérito.

Por otro lado, completaba ese orgullo su hija Betty, promisoria soprano que, con sus 21 años, ya había comenzado una prometedora carrera musical como cantante lírica.

Quien no lo enorgullecía sino, por el contrario, lo llenaba de ira y vergüenza era su hijo menor: Bob. Con apenas 18 años ya tenía una larga trayectoria de drogodependiente, lo que hacía muy difícil su permanencia en la universidad. Por lo pronto, ya tenía en su haber dos internaciones en clínicas de recuperación, sin que se viera por lo pronto un pronóstico alentador. Era heroinómano.

El ingeniero Cooper era un absoluto fanático del trabajo. Un “trabajólico”, para ser exacto. Pasaba doce, catorce hasta dieciséis horas diarias enfrascado en sus labores. Su esposa, una adorable texana once años menor que él –él tenía 62– ya había perdido las esperanzas con su esposo. El tercer hijo nunca llegó, fundamentalmente porque Homer “ya había cumplido con la paternidad”, como solía decir, y desde hacía años se dedicaba sólo al trabajo. Había perdido la cuenta de cuándo fue la última vez que hicieron el amor, por eso Katherine había recurrido a amantes ocasionales (varios).

Homer, desde que se graduó con honores en la universidad con apenas 23 años, había trabajado en todo momento para el gobierno federal, pasando varias etapas en su carrera, pero siempre “defendiendo la patria” del ataque de “malvados extranjeros”: primero los comunistas, más tarde los fundamentalistas musulmanes, recientemente los narcotraficantes latinoamericanos. Secretamente –cosa de la que hablaba muy poco o nada en su familia– también tenía como potencial enemigo a los afrodescendientes de su país y a los pueblos originarios de América Latina, esos “atrasados campesinos indígenas que aún andan arando con bueyes”. Sin contar con los chinos, a quienes odiaba visceralmente. “Huelen siempre a ajo”, protestaba airado.

Ingeniero industrial como era, su pasión se centraba en el campo de las armas sofisticadas de la más refinada tecnología. Las medallas obtenidas en su larga trayectoria eran reconocimiento a avances en esa materia. Ahora, dese hacía ya casi dos años, estaba trabajando como director de un proyecto ultra secreto del que muy pocas personas sabían algo. El presidente y el vicepresidente de la nación, el Jefe del Pentágono, el Director de la CIA y el equipo de sus cuatro colaboradores, todos bajo riguroso juramento de secreto de Estado, conocían de la iniciativa. Quizá alguna amante de alguno de los varones de este grupo, por descuido involuntario del confesor –o porque la susodicha trabajaba para algún servicio de inteligencia extranjero – sabía algo al respecto; sus respectivas esposas, seguro que no.

Homer no tenía amante ni amigos. Además, fuera de lo absolutamente imprescindible, casi no hablaba con nadie, ni con su esposa ni con sus hijos. Apenas algunas palabras de cortesía para con sus jefes, y saludos formales para los empleados subordinados cuando era necesario. Muchas veces, incluso, se olvidaba de saludar.

La vez que más se emocionó y de la que se recordaba con cariño fue en una memorable presentación de su hija Betty, cuando debutó oficialmente en un teatro interpretando algunos pasajes de ópera. Emocionarse, para Homer, era poder esbozar una sonrisa. El ramo de rosas rojas que le hizo llegar con una empalagosa dedicatoria –que, en realidad, escribió su secretaria– fue, quizá, la muestra pasional más grande que tuvo en su vida. Al igual que el insulto que profirió cuando cayó preso por vez primera su hijo, detenido por la policía en estado de intoxicación con cocaína. Como muestra de apasionada furia, en esa ocasión se permitió decir: “¡caramba!”

El proyecto en el que se hallaba enfrascado ahora –bautizado Dinosaurio dorado– había costado grandes sumas de dinero. De todos modos, nadie reprochaba eso; el objetivo perseguido bien valía la pena. Al menos, así lo entendían los funcionarios de gobierno que lo impulsaban. En definitiva, era vital para el mantenimiento global del sistema: Estados Unidos necesitaba cada vez más controlar su expandido imperio pero sin exponer sus propias tropas. De ahí que fuera imperioso contar con tecnologías bélicas letales, terriblemente letales y muy eficientes, pero que no comprometieran ni personal estadounidense ni dieran flanco a que se le pudiera atacar como violador de derechos humanos. Lo que buscaba el ingeniero Cooper justamente iba en ese rumbo: algo no letal, pero más terrible aún.

“Mecanismo de control mental total” llevaba por nombre el dispositivo desarrollado. Ya estaba listo; faltaban aún las pruebas finales. Contrario a otros experimentos, donde sobraban los sujetos de experimentación, aquí era difícil conseguir candidatos que gustosamente se prestaran a hacer de cobayos. Para el caso, no era fácil que alguien se dejara manipular abiertamente, sometiéndose por entero a la voluntad de quien lo controlara, sin la más mínima capacidad de decidir nada, sin posibilidad de reacción. Así, al menos, estaba concebido el producto: una tecnología que podía no sólo influenciar sino someter abiertamente a quien fuera alcanzado por ella, manejarle la vida, anularlo como sujeto independiente.

La idea que alentaba el desarrollo de esta nueva arma era diabólica. A través de la combinación de complejos programas computacionales con un minucioso mapeo de determinadas funciones neurológicas, se habían aislado alrededor de 300 conductas posibles sobre las que se quería actuar. En síntesis, a través de la programación de esquemas bastante cerrados se pretendía influir en el sistema nervioso central del enemigo (una persona, un grupo, la población de toda una región, de un país) induciendo determinados comportamientos, de modo tal que nadie pudiera sospechar sobre las motivaciones en juego. Por ejemplo, programando el manejo de esfínteres, en un adulto se podía establecer que, de un momento a otro, dejara de controlarlos. Eso, que en un caso individual podría hasta resultar risible, pensado como estrategia bélica contra toda una población –todo el mundo orinándose y defecándose encima sin control a partir de un simple disparo de unas ondas hecho, por ejemplo, desde un avión supersónico– podía ser un arma tremenda, con un poder inconmensurable, por cuanto dejaba sin defensa al adversario, reduciéndolo en su intimidad condenándolo a rendirse sin atenuantes.

Las conductas sobre las que se pretendía actuar eran diversas: esquemas varios de pensamiento, emociones variadas, llanto, risa, dolor, consumo de alcohol, actividades nutricionales, manejo de la musculatura estriada, valores religiosos y éticos más un largo etcétera que quedaba a criterio de quien empleara el arma. Por supuesto, el proyecto era terriblemente “sanguinario”, sin hacer correr una sola gota de sangre. De momento eran muchos los interrogantes: no se sabía con exactitud cómo respondería un ser humano a esa programación de su conducta, ni tampoco se sabía por cuánto tiempo podría durar el efecto, si es que había alguno. Toda la iniciativa tenía, sin dudas, un carácter de película de terror. Algunos consideraban al ingeniero Cooper un nuevo –y más desquiciado– doctor Frankestein. Seguramente no se equivocaban. De todos modos, nadie oponía resistencias al experimento. Por el contrario, los pocos sabedores del mismo esperaban el producto final con honda expectativa.

En el desarrollo del programa se había tenido contacto con numerosos expertos y asesores. Sin explicar exactamente cuál era el fin último de tamaña empresa, se buscaba conocer opiniones, sugerencias, aportes. Muchos (neurólogos fundamentalmente) desestimaban la idea por loca, por irrealizable en términos prácticos. Un connotado psicoanalista al que se había consultado –el Dr. David Kohan, de reconocida reputación– rió estruendoso cuando conoció la idea: “¿cómo programar el deseo humano, las luchas por el poder, las cosas más erráticas y contradictorias que existen en el universo?”, explotó entre sorprendido e hilarante.

El dispositivo, al menos en su apariencia y su manejo final, era bastante sencillo: tenía la forma de un arma larga, con una pequeña pantalla parabólica en su extremo final, la que debía apuntarse hacia la cabeza del enemigo. La parte esencial del ingenio estaba en los laboratorios (de momento, en una oficina de acceso restringido del Pentágono); era allí, en un banco de computadoras, donde se programaban los “nuevos comportamientos”. También estaba previsto “bombardear” poblaciones enteras fuera del país, para lo que se había trabajado sobre un modelo que podía ser cargado discretamente en un avión comercial estadounidense y que actuara en su “inocente” recorrido al pasar por el espacio aéreo de la nación en cuestión sin despertar la más mínima sospecha. Y si ello no era posible, se contemplaba también la posibilidad de atacar desde satélites geoestacionarios, haciendo llegar las ondas a todo un continente. Pero ahora venía la prueba de fuego: ante todo, había que constatar la efectividad en un contacto directo persona a persona con alguien a quien se le dispara.

El disparo, claro está, era de ondas electromagnéticas. No dejaba rastros físicos, no producía heridas ni dolor, no dañaba en términos anatómicos. Las consecuencias eran de otro tipo.

Se había experimentado con numerosos animales de laboratorio, siendo las pruebas siempre exitosas. Por lo pronto, había quedado evidenciado que era posible modificar la conducta instintiva de numerosos monos, perros, gatos, vacas y hasta incluso insectos. Ahora tocaba ver eso con seres humanos.

Si bien no era el principal problema, no obstante la elección de candidatos no estaba resultando fácil. Por un lado, porque no cualquiera estaría dispuesto a que le manipularan abiertamente su mentalidad (su razón, sus emociones) sin saber qué pasaría luego de la prueba; y por otro, porque había que manejar el asunto con total discreción, como verdadero secreto de Estado que era. Permitir que se supiera podía ser el fracaso total del proyecto.

De camino a su casa, manejando por una autopista y con el aparato (apodado X-80 por el pequeño equipo de científicos) desarmado en el baúl de su vehículo, tuvo la idea: su hijo Bob sería el blanco.

Con disimulo bajó las piezas del arma, las que no llamaron especialmente la atención de su familia. Eran las 8 de la noche, y como cosa inusual Bob se hallaba en casa. Homer demoró no más de media hora en terminar de programar lo que buscaba; básicamente, la conducta a alterar –eso lo había decidido mientras conducía de regreso a casa– era el consumo compulsivo de drogas ilegales por parte de su hijo.

Según la potencia con que se programara, los efectos deberían ser más o menos duraderos. En los animales de experimentación, esos efectos eran palpables, constatables a la vista. En seres humanos se abría la incógnita: ¿se podría programar de tal forma la vida de las personas? Bob sería el primero en dar la respuesta.

Mientras su hijo miraba televisión en su cuarto con la puerta abierta, con sumo disimulo Homer dirigió la antena parabólica hacia su nuca, casi como al pasar. Por lo pronto Bob ni siquiera se enteró. Eso sucedió como a las 10 hs. de la noche.

Al día siguiente, a media mañana el muchacho moría de la angustia por hablar con su padre. Tenía algo sumamente importante que contarle; incluso prefirió no decírselo a su madre, que aquel día se había quedado en la casa no yendo a su oficina de abogada. Alrededor de media mañana no aguantó más y por teléfono le comunicó a Homer la decisión tomada: dejaría las drogas, y además… quería abrazar la vida religiosa. Pero no sólo eso, sino que la sensación de pecado lo había inundado, tornándosele un suplicio su condición de –según dijo– “asqueroso macho pecador”, por lo que también quería cambiar de sexo.

Al mismo tiempo cumplió todo: se sometió a la operación, entró como novicia a un convento de monjas y, por supuesto, dejó las drogas. Ahora vive en una casa de retiro en las afueras de Santa Fe, Nuevo México. El invento de su padre debió ser sometido a nuevos desarrollos para hacerlo más efectivo.

Tomado de su libro “Cuentos filosóficos o El lupanar de París”, de próxima aparición.

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Calavera sonriente

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Los labios
disimulan
ondulan
encima
de los dientes

Es la risa
en que aparecen
o a veces
la sonrisa
donde están
algunos dientes
que serán parte
de la calavera.

Aquellos huesos
que mostrando
los dientes
ríen para siempre.

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Las cartas que nunca llegaron

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Si usted espera algún regalo del exterior, no confíe en el correo postal. Tampoco puede ser ignorada la pérdida o la demora de una carta de amor, suele producir desventuras, infelicidades, la muerte en vida. No excluya de la tragedia los medicamentos que no llegan oportunamente.

A fines de los años ochenta, el entonces director de los servicios de correos del Perú, solía encontrar, desde muy temprano, en la sede limeña de su institución, a un número creciente de personas conversando, alrededor del patio de la casa colonial, a menos de cien metros del Palacio de Gobierno.

El funcionario, amigo del entonces presidente de la República, preguntó, preocupado, a su secretaria el porqué el público tenía que esperar tanto para ser atendida. Y la respuesta no se dejó esperar: Señor Presidente del Directorio, las personas que usted observa son empleados de nuestra institución y no pueden ingresar a las oficinas porque ya no hay espacio ni para una silla ni un escritorio más.

Vino el siguiente gobierno y cambió la estructura administrativa. Se creó la empresa mixta compartida por el Estado y el sector privado. Desde entonces el servicio tampoco ha mejorado. Por el contrario.

Estamos casi en el 2015 y los trabajadores del Servicio Postal han levantado su paro, acatado desde el 15 de setiembre del 2014, para reclamar un bono anual de S/.2.500, que durante el año había sido omitido.

Según el vocero de los trabajadores, el Ministerio de Transportes pagará un bono de S/.2.200 y con este acuerdo volverán a brindar el servicio que nunca debió paralizar, por ser equivalente a un hospital, a una planta eléctrica, de agua y otros, filosofía que hoy en día se ha trastocado.

El paro ha permitido conocer el maltrato de la empresa a los trabajadores y el desprecio por los usuarios. Los trabajadores agremiados prometieron ponerse al día con sus obligaciones. Pero los más de 700 mil paquetes del país y el extranjero no acaban de llegar a su destino. ¿Se han extraviado?

¿Cuál es el destino de la correspondencia que nunca puede ser entregada? Esta pregunta ya la formuló Gabriel García Márquez, posiblemente, recordando los vaivenes del oficio de telegrafista que su padres desempeñó en Aracataca.

El afán de conquistar el espacio sideral, con vuelos a la Luna, Marte y otros planetas sigue siendo un misterio para los moradores de la tierra. Los satélites, drones, aviones no han reemplazado a los sistemas tradicionales de correos. La burocracia puede considerar como un disparate enteramente natural la autorización legal para abrir la correspondencia o evitar que llegue a su destino.

Una carta en un buzón, con los correspondientes sellos postales debe seguir el complejo mecanismo administrativo. Pero no toda carta llega a su destino. En el Perú el Servicio Postal no está cumpliendo sus funciones. Los trabajadores no tendrían por qué recurrir al paro si el Estado y el capital privado garantizaran el derecho universal a la comunicación.

La huelga del Servicio Postal perjudica más a los sectores populares que a los grandes negocios con capacidad para utilizar las agencias monopólicas como DHL o Fedex, pagando tarifas prohibitivas.

Cuando una persona reclama por la demora del servicio, desde el otro lado del mostrador el empleado culpa a otro. Sin embargo, la prueba del delito se ve en los depósitos de Serpost con montañas de cartas, esperando que una mano piadosa disponga el adecuado.

El complejo mecanismo administrativo ya no funciona. El cartero llega con noticias tardías, cuya falta queda impune. Qué hace el servicio postal con las cartas no enviadas. ¿Suele incinerarlas?, como ocurre anualmente en Bogotá con las misivas anónimas, enviadas a ese cementerio de las cartas perdidas. “El cementerio de las cartas se parece al cementerio de los hombres. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre en el cementerio de los hombres, en el cementerio de las cartas transcurre mucho tiempo antes de que se pierda la esperanza”, reflexionó el autor de Cien años de soledad.

No es verdad que el servicio postal tradicional sea obsoleto. Las estadísticas revelan que más de la mitad de la población del mundo aún no cuenta con internet, ni tiene computadora, ni teléfono. La indiferencia, la falta de cooperación del público es la principal causa para que una carta no llegue a su destino.

Cesar Vallejo escribió que “lo inventado no se puede desinventar”. Los servicios postales tal como se crearon con palomas mensajeras, caballos y canoas o por sufridos caminantes no podrán ser reemplazados aún por los circuitos electrónicos. Todavía se exige el papel escrito con tinta, con sobre lacrado y por valija. La pérdida o la demora de una carta de amor suele producir desventura, infelicidad, también la muerte en vida. Y en esta Navidad, muchos mensajes sin duda, seguirán durmiendo en alguna agencia de los servicios postales.

Imagen: Lienzo de July Balarezo

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Cosas de mi consorte

Elizabeth Oliver



Para no olvidarme de ninguna, debí haber recopilado las anécdotas de mi marido desde cuando todavía no lo era... Relataré las más salientes, ésas que me quedaron grabadas sin necesidad de anotarlas en una libreta.

Estábamos en la oficina, año 80, más o menos. Teníamos una nueva Jefa, una diplomática macanuda, más o menos de nuestra edad, solterísima y muy chapada a la antigua. Trabajaba con el despacho a puertas abiertas, por lo que se escuchaba clarito lo que pasara adentro.

Una tarde se la oyó despotricar y quejarse, pero como estaba sola y a veces hablaba en voz alta con sus propios pensamientos, nadie se inmutó. De repente salió y dijo bien fuerte: "¡Necesito un hombre!" Ni corto ni perezoso, el "profesional de la cosa" se levantó al instante y le respondió: "Acá tiene uno incondicional, señora, para lo que guste mandar"... y con lo dicho se le metió en el despacho.

Las risas de todos fueron un coro, y el rostro de la Jefa se convirtió en un tomate. Miguel, por supuesto –conservando esa expresión impertérrita que lo caracterizaba cuando había desatado alguna situación como ésa–, luego de abrir la vieja ventana corrediza de hierro oxidado, volvió a su escritorio como si nada. La Jefa no se vio por un buen rato, hasta que el fresco de afuera le disimuló el rubor y hasta que se animó a mostrarse entre nosotros, segura de que ya nos habíamos reído bastante.

No mucho después, viviendo el destierro en Buenos Aires ya como pareja, hubo varias que tampoco olvidaré.

El primer hotel en que estuvimos fue en Constitución, el Río de la Plata de la Avda. Juan de Garay. Muy lindo pero muy caro, por lo que a las pocas semanas salimos a buscar otro. De los que vimos en la zona, nos gustó El Rosedal. La encargada era una gallega de mediana edad, vestida a la antigua, peinada de peluquería, muy secota y con poquísimas luces.

Nos dijo el número de la habitación disponible y Miguel quiso verla, requerimiento que denotó clara sorpresa en el rostro de la encargada, pero accedió a mostrarnos la pieza de al lado, porque eran iguales y la otra todavía no estaba desocupada.

¡Mirá vos a quién le ofrecían contratar algo que no había visto! Cordialmente, como siempre fue su costumbre, intentó explicarle a la señora que no era correcto dejar una seña en esas condiciones... No tuvo suerte, ella no entendía y se estaba poniendo molesta. "Pues que son todas iguales", repetía, y no había forma de sacarla de ahí.

Yo me mentenía al margen, porque ciertas situaciones me sacan de quicio demasiado rápido, y estábamos frente a una oportunidad que no convenía perder aunque costara llegar a un acuerdo, el que sin duda lograría Miguel muchísimo mejor que yo. Pero claro, también él tiene sus límites y le asestó la frase matadora: "Señora, usted me quiere vender un servicio y yo lo compraré cuando lo vea".

¡Ay...! La gallega se enojó. "Lo que yo le ofrezco es una habitación, señor, no me falte el respeto". Fue tan evidente que conocía la palabra "servicio" sólo como sinónimo de "escupidera", que tuve que contener la risa. No pasó a mayores porque mi marido, siempre listo, aplicó el plan B. Se las arregló para inventar una disculpa caballeresca piropeando discretamente a la gallega, la llamó "dama", y en un ratito consiguió lo que quería: en dos horas estaría vacía la pieza y podríamos verla. Hecho, esa misma tarde nos mudamos.

Otro día, uno de ésos en que todo sale mal predisponiendo al mal humor, aumentado por una inminente amenaza de lluvia, caminábamos por Corrientes casi sin hablar. Entre el gentío, vimos venir de frente un grupo de jóvenes con aspecto de estudiantes, jugueteando entre ellos, ajenos al tráfico de la vereda.

No había más que hacer que esquivarlos, pero no... Miguel se paró en seco, piernas abiertas y paraguas cerrado apuntando "al enemigo" y así los esperó. Miré para otro lado pero igual vi... ¡uno de los muchachos recibió la punta del paraguas en el ombligo...! Y ¿qué pasó?, ¡lo insólito! El gurí le dijo "Disculpe, señor, no lo vi"... Me dio vergüenza ajena y le hice ver que por esas "uruguayeces" nos llamaban "indios" en muchos lados del exterior... pero él salió bien parado, como siempre.

Otra por el estilo, ocurrió cuando ya vivíamos en el departamento de la calle Humberto Primo. Era el momento culminante de la carrera laboral de Miguel en el cabaret Queen, cuando a las relaciones públicas se le habían sumado tareas de adicionista y el horario de trabajo se extendía desde el mediodía de un día hasta el amanecer del otro.

Yo me había quedado sin empleo por carencia de documentos, por el mismo motivo no encontraba nada y para colmo, prácticamente lo veía despierto solamente unos minutos diarios. Eso me hacía sentir terrible y muchas veces discutía con él por anteponer el laburo a mi persona.

Esa noche la bronca fue grave, me fui de boca, le reproché lo de siempre y, como ya teníamos programado ir a lo de la flaca Beta, que nos esperaba con la cena pronta, lo dejé atrás y salí a la calle antes que él, conteniendo las lágrimas de bronca, derecho a la parada del colectivo en Entre Ríos y San Juan.

Media cuadra antes de llegar a la esquina, me crucé con un tipo que se entreparó para piropearme y sin más que eso, me dejó seguir y ahí terminó la cosa. Segundos después, oí la voz de Miguel, increpando un "¡¿Qué hacés, qué te creés?!" y me di vuelta a ver qué pasaba. Allá atrás, en Entre Ríos y Humberto Primo, lo vi tomando al tipo de la solapa y sacudiéndolo varias veces hasta que lo dio contra el cartel que indica el nombre de las calles.

El pobre hombre ni reaccionó, sólo lo eludió como pudo y se rajó de apuro. Y bueno... esa vez la reacción "a la uruguaya" no me molestó para nada, sino que le di un beso, me sentí feliz y se me fue la bronca. Miguel no entendió mi reacción pero no me dijo nada. Cuando se lo contó a Beta, la flaca le hizo la "traducción": "Pelotudo, le demostraste que te importa, ¡por más bestia que hayas sido!"

A la vuelta del departamento, en Solís y Humberto Primo, había un pequeño almacén donde yo me abastecía de lo necesario para cocinar y de la infaltable leche, que nos gustaba tanto a los dos y consumíamos casi con exageración. Dos cajas apenas nos daban para un día y la mayoría de las veces, el dueño de la despensa no quería venderme más que una, para que no le faltara para el resto de los vecinos.

Ante un contratiempo como ése, Miguel tomó cartas en el asunto. Fue al almacén y le hizo al hombre el verso triste de que teníamos seis hijos chicos cuyo alimento básico era la leche, pidiéndole por favor que hiciera una excepción por el bien de los gurises. Volvió con tres cajas de La Serenísima y la promesa del comerciante de que las tendríamos aseguradas. Tanto fue así, que muchas veces en que volví al almacén de tardecita, ya habiendo hecho la compra habitual en la mañana, el dueño me susurraba al oído para que no escucharan otros clientes: "Señora, le pongo en la bolsa una caja de Las Tres Niñas que le guardé especialmente; es más nutritiva para los pibes".

Ya de vuelta en el Uruguay y superado el tiempo de las vacas flacas ocasionado por los casi dos años de espera antes de recobrar nuestro trabajo en la Cancillería, viviendo en paz con los sueldos seguros, las anécdotas reaparecieron.

Después de mucho insistir inútilmente para que sacara una tarjeta de crédito, conseguí algo parecido: aceptó tener una extensión de la mía. Eso lo habilitó a efectuar algunos trámites en la oficina central de la empresa, evitándome el traslado cuando todavía las comodidades on line no existían.

Allá fue a OCA munido de mi cédula de identidad, a cambiar la fecha de cierre... y la simpática jovencita que lo atendió le empezó a complicar la vida: "No lo puede hacer usted, ¿cómo sabemos que el cambio es voluntad de la titular?, tiene que venir ella". Le faltó decirle que podía ser un cualquiera que encontró mi documento en la calle... Entonces él atacó con la conversa acostumbrada que termina convenciendo a quien lo escucha, sí o sí.

Al fin de la disertación, ya la chica se había dado por vencida y había aceptado llamarme por teléfono, tal como él, con buen tino, le había sugerido. Pero la muchacha cometió el error de pedirle mi número de teléfono a él...

La pelota quedó a sus pies pidiendo red y como en sus mejores tiempos, de un puntapié certero le hizo el gol: "Mi querida señorita, usted, que ha estado desconfiando de mí y necesita la anuencia de mi señora... ¿me pide a mí su número de teléfono?, ¿cómo sabe que no le daré un número cualquiera para que hable con alguna mujer que no sea ella?, ¡Vamos, sea coherente!, busque el teléfono, que obviamente lo tiene, y entonces la llama, sabiendo bien con quién va a hablar".

Cuando la joven me llamó, se notaba en su voz que estaba nerviosa, como pisando huevo... "Acá está su esposo, señora, y quiere..." No la dejé seguir. Imaginando lo que habría pasado, con unas ganas insanísimas de decirle que si él estaba ahí pasaba a ser problema de ella, me contuve porque me dio pena, y le di mi consentimiento de cambiar la fecha de cierre.

Me quedaron en el tintero algunas anécdotas muy jugosas de su trabajo en el Queen y el contacto con la gente de la noche; otras de cuando se largó a la calle como taxista; y no pocas de su actividad como empleado "multiuso" cuando trabajamos, aunque muy bien pagos, a rigor y a dúo en la casa de los ingleses. Pero eso será parte de otro relato, al que sin duda tendré que agregarle las que aún no han ocurrido, porque conociéndolo, sé que nunca faltarán.

Ésas son las cosas de mi consorte que lo hacen tan diferente para mí, tan especial.

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Plástica: El Realismo socialista



La esencia del Realismo Socialista reside en las premisas de los escritos de Marx, Engels y Lenin. El arte debía ser accesible a las masas y tener un propósito social desde una óptica optimista e idealizada que proporcionara la imagen de un futuro glorioso de la URSS bajo la era comunista. Todo arte formalista y progresista fue censurado como capitalista y burgués, desprovisto de importancia para el proletariado. Su propósito era elevar al trabajador común presentando su vida y trabajo como admirable. Es decir, su objetivo era educar a la gente en las metas y el significado del comunismo.

El catálogo artístico impuesto abarcaba una serie de temas: la lucha contra el capitalismo y el fascismo, la glorificación del héroe de la clase trabajadora y el campesinado, la representación del crecimiento de la industria pesada, la agricultura colectiva, etc.

El Realismo Socialista no se creó para los museos, galerías, coleccionistas particulares, ni especialistas. La introducción de este arte coincidió con la abolición del mercado y el único consumidor existente fue el Estado Socialista. Éste quería que el arte fuera socialmente útil, atrayendo a las masas con función de educarlas y sobretodo dirigirlas. Por tanto se puede designar a la cultura estalinista de anticomercial.

Entre los artistas destacar a Alexander Deineka (1899-1969), el cual aportó escenas de trabajo, de la vida urbana, de deporte, etc., además de interesarse por los carteles. Entre sus obras más destacadas señalar: la defensa de Petrogrado (1928), Madre (1932), Pausa del mediodía en Donbass (1935), etc. Otro artista que se debe reseñar es Yuri Pimenov (1903-1977), éste realizó paisajes, bodegones, retratos, decoraciones teatrales y carteles pero siempre con la preocupación social que marca a los pintores del realismo socialista. Algunas de sus obras son:Modelo femenino rosa (1932), la nueva Moscú (1937), estación de ferrocarril en otoño (1945), etc. Además también formaron parte del realismo socialista B. Yoganson, Semyon Chuikov, Boris Kustodiev, Konstantin Yuon, Vladimir Serov, etc.

Stalin y el cartel político

- Primer Plan Quinquenal (1929-1933).

La fotografía fue el medio artístico por excelencia, demostró convincentemente que se trataba de un arte radical y técnicamente avanzado, muy adecuado para documentar la magnitud y la vitalidad del desarrollo económico y sociopolítico. Los logros contemporáneos del cine constituían un ejemplo de cómo convertir la imagen fotográfica en un lenguaje moderno visualmente efectivo. Producción artística basada en el “hecho verdaderamente experimentado de una participación auténtica”. Por ello los fotógrafos soviéticos viajaron a diversos lugares de producción en el proceso de reestructuración industrial. Principales representantes: Klutsis y Valentina Kuláguina.

- Segundo Plan Quinquenal (1933-1937).

Se inició una nueva fase de la imaginería de los medios de comunicación soviética. Se desestimaron los rasgos característicos de la fotografía y el fotomontaje de la vanguardia, como la fragmentación, la supresión radical del espacio y la anulación de las cadenas narrativas. El cartel político soviético enseña al universo los principios fundamentales del nuevo realismo: De todos los causales preciosos que existen en el mundo, el más precioso y decisivo es el hombre (Stalin). Y en efecto, a través del arte soviético el hombre es redescubierto. Artistas destacados: Varvara Stephanova, Lissitzky, Alezander Rodchenko y Natalia Pinus.

- Tercer Plan Quinquenal (1938-1941).

Solo duró tres años, hasta 1941 cuando la Alemania nazi invadió Rusia y esta entró en la Segunda Guerra Mundial. Como la guerra se acercaba, más recursos se pusieron en el desarrollo de armamentos, tanques y armas. No fueron años de desarrollo a gran escala del cartel. Durante estos años de guerra, los principales artistas productores de carteles fueron: Nikolay Dolgorukov, Deni, Kukriniksy, Dimitry Moor y Nina Vatolina.

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, el Realismo Socialista tomó un aspecto nacionalista y las influencias extranjeras fueron especialmente criticadas. Ejemplos de este estilo académico con énfasis en escenas históricas gloriosas son las obras de Vladimir Serov.

La URSS también impuso el Realismo Socialista al nuevo bloque de países del Este. Sin embargo con la muerte de Stalin en 1953 y el declive de su reputación, el Realismo Socialista se transformó en un estilo menos fuerte aunque permanecieran ecos de la estética oficial. Finalmente perdió casi por completo sus fronteras y se desintegró junto con el Estado Soviético.

Repercusión del realismo socialista en otros países

El Realismo Socialista fue un movimiento político-artístico llevado a cabo por el gobierno de la URSS, y que a su vez, tuvo lugar en varios países con el mismo tipo de régimen comunista que en dicho estado.

De esta forma, se puede observar este movimiento por ejemplo, en la República Popular de China, bajo el gobierno de Mao Zedong; en Corea del Norte durante el mandato de Kim II Sung, y que todavía persiste en la actualidad, o en Polonia, introducido por Włodzimierz Sokorski tras la Segunda Guerra Mundial, alrededor de 1949.

El Realismo Socialista en la República Popular de China, tuvo lugar desde 1950 a 1980, y se materializaba principalmente en literatura y en las pinturas que ensalzaban a los trabajadores y a la revolución, produciéndose, de la misma forma que en la URSS, una selectividad del arte por parte del gobierno. En 1956 el gobierno calmó el régimen debido a las críticas que se producían en el país en aquellos momentos, y se produjo un renacimiento en la pintura china tradicional. A su vez, hubo una proliferación del arte campesino que representaba la vida diaria en las áreas rurales. Algunos pintores chinos modernos notables son: Huang Binhong, Qi Baishi, Xu Beihong, Chang TA Chien, Cacerola Tianshou, Wu Changshi, Fu Baoshi, Wang Kangle y Zhang Chongren. También destaca en música las canciones revolucionarias promovidas por el estado.

En Corea del Norte, continúa hoy en día produciéndose el Realismo Socialista, ya que comenzó bajo el gobierno de Kim II-Sung, jefe de Estado y creador del país desde 1948 hasta su muerte en 1994, y que continuó su hijo Kim Jong-il , actual Líder Supremo del país.

Kim II define el Realismo Socialista como el instrumento más importante en la movilización de las masas; en su Tratado de Arte (Misullon, 1992) describe las cualidades de la pintura coreana como la claridad, compacidad, y la delicadeza; estas características se han convertido en la norma y se aplica a todo el arte producido en Corea del Norte. También constituyen la base y modelo para el arte del cartel que es la forma de propaganda cultural mayoritaria; con un mensaje claro, directo, informativo y explicativo. El artista de cartel produce una descripción entusiasta de las políticas e iniciativas del gobierno y estimula al pueblo a la acción.

El Realismo Socialista en Corea se reproduce a través de su repetición sin fin en banners, titulares de los periódicos y los informes de los medios de comunicación.

Por otra parte la música y la literatura también son imprescindibles en Corea del Norte; novelas históricas que representan el heroísmo del pueblo son habituales y “operas revolucionarias” o canciones “Del General Kim II Sung” son algunas de las referencias impuestas por el gobierno.

De otro modo, las películas son reconocidas como el "más poderoso medio para educar a las masas" y juegan un rol central en la educación social.

Finalmente en Polonia, desde 1949 a 1956, fue utilizado el Realismo Socialista como la Stalinizacion del estado, aunque nunca llegó a ser una tendencia dominante del todo, y tras la muerte de Stalin, los artistas polacos comenzaron a abandonar el movimiento alrededor de 1955.

En este Realismo Socialista Polaco, se vieron influidas todas las artes visuales y literarias, aunque los mayores logros se consiguieron en arquitectura, la cual fue declara un arma dominante en la creación de un nuevo orden social; fue pensada para ayudar a separar la ideología comunista del sentido de los ciudadanos con su perspectiva de vida. Se reflejaba así, una arquitectura “soviética” dando lugar a edificios que mezclaban el estilo renacentista venerado siempre en la vieja escuela Polaca de arquitectura, junto a las nuevas ideologías socialistas.

En general, cabe destacar el hecho de que el Realismo Socialista tuviera su propia forma de expresión tanto en la música, como en la literatura o el ballet, como hemos podido observar en China o Corea del Norte, además de en la pintura, escultura o arquitectura tradicionales. Uno de las muestras más claras de este factor en la URSS, es la obra literaria de Maximo Gorki, uno de los mayores representantes del movimiento revolucionario soviético.

Así pues, tras la imposición del gobierno Stalinista, toda obra artística pasó a estar controlada por el estado, y muchos trabajos fueron censurados, rechazados o ignorados; con ello, diversos artistas rusos que se encontraban en pleno auge artístico, teniendo en cuenta que las vanguardias en Europa eran una realidad, tuvieron que exiliarse del país, para así, poder llevar a cabo su visión del arte y de esta forma hacerla realidad; hablamos de artistas como Kazimir Malévich, Wassily Kandinski, Mihail Shemyakin o Marc Chagall, quienes difundieron principalmente la abstracción globalmente.

Otros artistas como Ilia Kabakov o Erik Bulatov, se vieron en su educación, condicionados por el gobierno socialista, y crearon obras sobretodo ilustrativas para la nueva generación de jóvenes, explicando los fundamentos generales de la URSS, pero gracias al momento en el que tuvieron la suerte de trabajar, se vieron menos condicionados por el estado ya que se encontraban en los últimos años del gobierno comunista.

Sandra Aguilella, Karen Gregorio, Paula Sebastian y Adrián Sánchez

Fuente: http://arterusouv.blogspot.es/1294587480/realismo-socialista/

Veamos pinturas de este estilo

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Manos de pianista y lengua non sanctas las del Arzobispo de Caracas, Urosa Savino

Guillermo Guzmán (Desde Barcelona, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Permítaseme una digresión previa; yo suelo tratar de abordar la realidad de este mundo en que vivimos todos, con mentalidad abierta, seguro de que el dogma no va estorbarme aunque a cada paso que doy, como todos, lo hallo de frente, entonces lo esquivo casi siempre haciéndome el loco, pero no es posible que un revolucionario se desentienda de problemas cruciales, tal el de la impenitente guerra psicológica montada por la contrarrevolución y puesta en marcha desde distintos frentes, contra el gran pueblo venezolano que lo que hace es trabajar. Uno de esos frente de guerra lo conforma el alto clero escuálido (valga la hipérbole).

Mientras nosotros estamos trabajando como burros, hay fariseos que se la pasan hablando necedades contra la patria, en vez de meter el hombro; yo no sé leer pero me escriben, de eso estoy muy agradecido, la gente humilde es maravillosa, te cuenta cosas que tú inadvertiste o no te percataste en la debida ocasión porque habías estado ocupado y no precisamente con el sastre o simplemente limándote las uñas.

Fui por ahí con la parroquia y nos zampamos unos cuantos palos de ron del bueno, cocuy de penca, y cuando uno anda en esos menesteres habla y oye de todo pero, luego de haber cumplido con el sagrado deber de trabajar, así supe que Monseñor Urosa Savino y cual fariseo -para variar- volvió a soltar la sinhueso y largó sapos y culebras contra Maduro, que sí trabaja.

¡Qué Lenguita la de ese señorón! Debería darle pena siendo que es tan alto prelado, Monseñor, Obispo, Arzobispo y Cardenal, y por supuesto papable, pero más bien él debería ir a estudiar catecismo; si yo fuera Su Santidad el Papa Francisco le pondría una buena plana en la que copie cien veces cien el Octavo Mandamiento.

¡Lengua Non Sancta es lo que´s!

Todo habría quedado ahí de no haber sido por la noticia fabulosa de que el Niño Jesús se adelantó y trajo un mocoso cuyos padres en busca de posada prefirieron traerlo a este pesebre tan bueno.

Pero, al hueso del asunto:

Nomás observar al mocosito, por su aspecto me pareció apuesto y de gran porte, más parece el nieto de un Marqués que de cierto Conde, y aunque un poquito narizón es guapo como su tal abuelo; el caso es que le pasé mis manos por el cachetico y más vale que no porque inició tamaño escándalo y todos protestaron, que si no fuera bruto y que si patatín y que si yo tuviera manos de pianista como Urosa, y ahí se me prendió el bombillo, interrogué al respecto y la Condesa, luego de celebrar el advenimiento, me echó el cuento completo: ella estuvo, como de costumbre, pendiente de ver a José Vicente, por lo que prendió la pantallita, sin mecha, y ahí estaba el sujeto en referencia, con sus manos impecables y ella se fijó en el detalle. No lo oyó pero lo vio.

Hay quienes comen sin trabajar y se la pasan vestidos bien bonitos y por añadidura perfumados, porque tocan piano al revés, holgazanes es lo que son; yo le pediría al Niño Jesús que les traiga un pico y una pala para ver si nos echan una mano en la construcción de la patria que es de todos.

Y, a propósito de manos, bien dice el pueblo que una mano lava la otra, unos oyeron y no vieron y otra vio y no oyó; pues, he complementado las versiones para hacer esta reflexión que ofrezco a mi pueblo.

No debemos fanatizarnos por una sola versión de la realidad, a menos que seamos presos de pensamientos cerrados por el dogma; es bueno asumir enfoques de pensamientos abiertos, sepamos que en el mundo las cosas no están en el orden ni en el sentido que uno quiere, por lo que de instante en instante tenemos que andar adaptándonos a las cosas y a los fenómenos, y es desde esta perspectiva desde la cual yo defiendo al Presidente Maduro.

Nadie es perfecto, cualquiera se equivoca, el que ande libre de pecado que lance una pedrada, pero mientras pongamos el acento en los errores en vez de en los aciertos, estaremos jodidos; mas, una cosa es cometer un error y otra bien distinta es que tú trabajes y luego que prosigas trabaja y trabaja venga otro a sabotear lo construido; el alto clero no sólo no trabaja sino que sabotea el trabajo de los demás. Lo que es peor, asociarse al terrorismo como lo ha hecho el alto clero, funesto; ¿precedente, se acuerdan de Monseñor Velasco, mejor conocido -durante el golpe de Estado de abril de 2002- con el remoquete de “Zamuro Negro” y quien lideró la sangrienta asonada?

Pero, el alto clero no rectifica porque está poseído por el dogma, rectificar es de inteligentes, la inteligencia flexibiliza la percepción de la realidad.

¿Un ejemplo concreto de flexibilidad de pensamiento? ¡Helo aquí mismo!: Anteriormente yo pensaba erróneamente que la cigüeña cabezapelá era la que traía a los mocositos pero ahora me percato de que el propio heraldo de la vida humana es el Niño Jesús.

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Arqueología: La ciudad subterránea de Derinkuyu

ARGENPRESS CULTURAL



Derinkuyu es una ciudad y distrito de la provincia de Nevşehir en Anatolia central, Turquía, situada a 40 km de Goreme (30 minutos en automóvil). Bajo ella se encuentra una ciudad subterránea, descubierta no hace mucho tiempo.

Hay alrededor de 600 puertas exteriores a la ciudad, escondidos en los patios de las viviendas de la superficie.

La ciudad subterránea es de aproximadamente 85 metros de profundidad. Contiene todas las habitaciones de costumbre en una ciudad subterránea (establos, bodegas, almacenes, comedores, iglesias, bodegas, etc.) Aparte de estos, una gran sala con un techo de bóveda de cañón, el segundo piso era una escuela de misioneros.

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Rondó de París

Lina Caffarello



París es una enorme metáfora.

Julio Cortázar. RAYUELA, Cap.26

París de la Cité profunda y celta,
de isla de Saint-Louis,
gótica de Notre-Dame y gárgolas perpetuas.

París, mapa de caracol,
de calles envueltas en llanto de caballos,
con casas coronadas de plomo y caravanas de conductos
que respiran tristes amarillos en la niebla.

París del Montparnasse que ahoga catacumbas.
Del albo Sacré-Coeur en lo alto de Montmartre.
De la Bastille de muros invisibles.
Del túrbido Saint-Jacques.
De Orsay, andén devenido impresionista.
Del arco iris que eriza el Pompidou.

París de la Étoile,
de Champs-Élysées enfilados hacia el Louvre,
a su glasé de humo y humedad.

París de torre Eiffel, hierro y laberinto,
candelabro hueco que enciende la fiesta noche a noche
para pintar de vida, al fin, la Ciudad Luz.

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Poesía gauchesca argentina: Consejos del Viejo Vizcacha

Miguel Hernández

Tomados de “Martín Fierro”, CANTO XV (Segunda Parte)



Siempre andaba retobao,
Con ninguno solía hablar-
Se divertía en escarbar
Y hacer marcas con el dedo
Y cuando se ponía en pedo
Me empezaba a aconsejar-

Me parece que lo veo
con su poncho calamaco-
después de echar un buen taco
Ansí principiaba a hablar:
"Jamás llegués a parar
Ande veas perros flacos".

"El primer cuidao del hombre
es defender el pellejo-
Llevate de mi consejo,
Fijate bien lo que hablo:
El diablo sabe por diablo
Pero más sabe por viejo".

"Hacete amigo del Juez
-No le dés de qué quejarse;-
Y cuando quiera enojarse
Vos te debés encojer,
Pues siempre es güeno tener
Palenque ande ir a rascarse".

"Nunca le llevés la contra
Porque él manda la gavilla-
Allí sentao en su silla
Ningün güey le sale bravo-
A uno le da con el clavo
y a otro con la cantramilla".

"El hombre, hasta el más soberbio,
Con más espinas que un tala,
Aflueja andando en la mala
Y es blando como manteca,
Hasta la hacienda baguala
Cai al jagüel con la seca".

"No andés cambiando de cueva,
Hacé las que hace el ratön-
Conservate en el rincón
En que empezó tu existencia-
Vaca que cambia querencia
Se atrasa en la parición".

Y menudiando los tragos
Aquel viejo como cerro-
"No olvidés, me decía, Fierro
Que el hombre no debe creer,
En lágrimas de mujer
Ni en la renguera del perro".

"No te debés afligir
Aunque el mundo se desplome-
Lo que más precisa el hombre,
Tener, según yo discurro,
Es la memoria del burro
Que nunca olvida ande come".

"Dejá que caliente el horno
El dueño del amasijo-
Lo que es yo, nunca me aflijo
Y a todito me hago el sordo-
El cerdo vive tan gordo
Y se come hasta los hijos".

"El zorro que ya es corrido
Dende lejos la olfatea-
No se apure quien desea
Hacer lo que le aproveche-
La vaca que más rumea
Es la que da mejor leche".

"El que gana su comida
Bueno es que en silencio coma
Ansina, vos ni por broma-
Quieras llamar la atención_
Nunca escapa el cimarrón
Si dispara por la loma".
"Yo voy donde me conviene
Y jamás me descarrío,
Llevate el ejemplo mío,
Y llenarás la barriga;
Aprendé de las hormigas,
No van a un noque vacío".

"A naides tengas envidia,
Es muy triste el envidiar,
Cuando veas a otro ganar
A estorbarlo no te metas-
Cada lechón en su teta
Es el modo de mamar".

"Ansí se alimentan muchos
Mientras los pobres lo pagan-
Como el cordero hay quien lo haga
En la puntita, no niego_
Pero otros como el borrego
Toda entera se la tragan".

"Si buscás vivir tranquilo
Dedicate a solteriar-
Mas si te querés casar,
Con esta alvertencia sea,
Que es muy difícil guardar
Prenda que otros codicean".

"Es un bicho la mujer
Que yo aquí no lo destapo,-
Siempre quiere al hombre guapo,
Mas fijate en la elección;
Porque tiene el corazón
Como barriga de sapo".

Y gangoso por la tranca
Me solía decir: "Potrillo,
Recién te apunta el colmillo,
Mas te lo dice un toruno,
No dejés que hombre ninguno
Te gane el lao del cuchillo".

"Las armas son necesarias
Pero naides sabe cuándo;
Ansina si andás pasiando,
Y de noche, sobre todo,
Debés llevarlo de modo
Que al salir, salga cortando".

"Los que no saben guardar
Son pobres aunque trabajen-
Nunca por más que se atajen
Se librarán del cimbrón.-
Al que nace barrigón
Es al ñudo que lo fajen".

"Donde los vientos me llevan
Allí estoy como en mi centro-
Cuando una tristeza encuentro
Tomo un trago pa alegrarme;
A mí me gusta mojarme
Por ajuera y por adentro".

"Vos sos pollo, y te convienen
Toditas estas razones,
Mis consejos y lecciones
No echés nunca en el olvido-
En las riñas he aprendido
A no peliar sin puyones".

Con estos consejos y otros
Que yo en mi memoria encierro,
Y que aquí no desentierro
Educándome seguía-
Hasta que al fin se dormía
Mesturao entre los perros.

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Música: Plácido Domingo, un tenor memorable



(Plácido Domingo Embil; Madrid, España, 1941) Cantante de ópera español, uno los más destacados tenores del panorama operístico del siglo XX. A los pocos años de nacer se trasladó con su familia a Latinoamérica, donde sus padres, cantantes de zarzuela, tenían que realizar una gira en la compañía de Moreno Torroba. Finalizada la gira, en 1950 decidieron quedarse en México, donde se formaría el futuro tenor.

El pequeño Plácido asistía a las funciones en que actuaban sus padres, por lo que el mundo de la música pronto se le hizo familiar. A los cinco años salió del teatro tarareando el intermedio de El caserío que acababa de escuchar. Mientras cursaba sus estudios primarios empezó a estudiar solfeo con el maestro Manuel Barajas y subió varias veces a interpretar papeles de niño en algunas obras. Aunque su voz todavía no estaba formada, comenzó a cantar zarzuelas como barítono.

Su temperamento le llevó, en los años siguientes, de una actividad a otra: fue jugador de fútbol, quiso ser torero, intervino en comedias musicales, acompañó a cantantes en salas de fiestas y recibió alguna que otra oferta para hacer cine. Su amigo Manuel Aguilar le sugirió que probase suerte en la ópera, y aunque pensaba que no tenía voz para ello, Plácido aprendió varias romanzas y dio una audición en la Academia de la Ópera de México.

Tras proseguir su formación en el Conservatorio de la capital azteca, en 1961 llegaría su debut como protagonista en Monterrey, en el papel de Alfredo en La Traviata; en ese momento comenzó una fulgurante carrera que le llevaría a los principales escenarios del mundo. El pianista hebreo mexicano José Cahan le informó que en el Teatro de la Ópera de Tel Aviv necesitaban un tenor, una soprano y un barítono; Plácido habló con su mujer, Marta Ornella (también cantante), y juntos marcharon a Israel el 21 de diciembre de 1962. Aunque el contrato era por seis meses, permanecieron dos años y medio. El tenor participó en 280 funciones y su esposa en 150, hasta que ella abandonó la carrera en favor de su marido y su familia. De la estancia de Plácido en Tel Aviv arranca su repertorio y su consolidación como tenor.

A partir de entonces recorrió las óperas de todas las capitales del mundo. Considerado como uno de los grandes tenores de su generación, ha interpretado más de ochenta y cinco papeles operísticos diferentes. Placido Domingo tiene el don de dar gran realismo a sus interpretaciones y su voz posee gran belleza y color. Zeffirelli dijo de él que "es un equilibrado artista dramático que canta". Ha destacado en los grandes roles de su cuerda del repertorio francés (Carmen, Sansón y Dalila, Werther) e italiano (Don Carlo, Otello, Tosca), cultivando con especial fortuna en la década de 1990 el drama wagneriano (Tannhäuser, Lohengrin, Parsifal). El poeta (1980), de Federico Moreno Torroba, Goya (1986), de Giancarlo Menotti, y Divinas palabras (1997), de Antón García Abril, son tres de las óperas que ha estrenado.

En asociación artística con Luciano Pavarotti y José Carreras, actuó en numerosas ocasiones en macroconciertos, bajo el epígrafe "Los Tres Tenores". A partir de 1973, y cada vez con mayor frecuencia, se dedicó también a la dirección de orquesta. Su formación musical es muy completa, y es maestro en todo aquello que tenga que ver con el mundo de la música: asesora teatros, organiza grandes eventos, interviene en películas, cultiva géneros ligeros. Ha protagonizado incluso la versión cinematográfica de algunas operas (La Traviata, Otello, Carmen). En el teatro de la Maestranza presentó en 1992 su versión de Un ballo in maschera, de Verdi; ese mismo año participó también en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Barcelona.

Escuchemos algunas de sus memorables interpretaciones:

Ay Jalisco, no te rajes


Granada, de Agustín Lara


Tú me haces falta


Brindis de La Traviata, en interpretación de “los tres”: Plácido Domingo, Luciano Pavarotti y José Carreras


Fuente: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/d/domingo_placido.htm

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Carta de despedida a Joaquín

René Franco (Desde El Salvador. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



17/11/2001

Latitud
13°41′22″N
Longitud
89°11′14″W

Joaquín, ¿Cómo se escribe una carta? Y ¿Una carta de despedida?

Por lo general, comenzás con un “Estimado”, “Apreciable”, “Querido”, o buscás alguno de estos saludos prefabricados que nos enseñan en la escuela o el trabajo. Es difícil escribirte, no porque siga sintiendo algo por vos, la dificultad radica en poner un inicio a este asunto.

Pero bien, necesito escribirte por última vez, lo hice muchas veces, lo sabés, y sabés que mis poemarios, alguna vez se apilaron en el armario de tu habitación, en el armario porque la sirvienta chismosa, de quien te vivías quejando diario, podría darse cuenta que el hijo de la renombrada asesora gubernamental, el intelectualito de las ciencias sociales estaba recibiendo poemas de UN HOMBRE, explicaciones largas e incómodas, de esas que no se dan todos los días, el escándalo sería digno de una novela de terror… Pero claro, al final había que guardar las apariencias.

Hace algún tiempo decidí expulsarte de mi vida, tus malos tratos terminaron de hacerme entender que no era sano tenerte cerca, ni siquiera como amigos, porque esto implicaba seguir resolviéndote la vida y a cambio, recibir tu indiferencia; también me pediste que me alejara de vos, dejé de llamarte, de responder tus llamadas, de frecuentar las amistades en común.

¿Joaquín qué nos pasó? ¿Habrá sido esa mujer que te arrebató de mi lado? ¿Esa con la que quisiste darle un mensaje al mundo y aparentar lo que no eres? Por cierto, me enteré que terminaron, no me alegró, pero me dio alguna satisfacción saber que ya no está más a tu lado... Pedro, Violeta, Ramón; ¿Con quién más te fue infiel esa mujer?

Joaquín… Joaquín, de verdad que fue duro, intenté ahogar tu recuerdo en la burbujeante espuma cervecera, en aquel bar donde nos amamos intensamente, pero no lo conseguí.

Joaquín, a veces te echo de menos y te pienso, te pienso mucho, extraño al tipo irreverente que solía gesticular apasionadamente al contarme cada aventura, también al tipo con el que hicimos planes, de viajar por el mundo.

Joaquín, no te deseo la muerte porque no te odio, y si te odiara, la muerte no sería suficiente deseo para vos, sería un mal privilegio del que no serías digno recibir.

A veces subo a la terraza, a ver el atardecer y tomar café, inútilmente creo que un día aparecerás en la puerta de mi casa, que tocarás insistentemente, y al abrir la puerta te lanzarás sobre mí, y en un cálido abrazo, me dirás al oído, que todo está bien.

Pero eso no sucederá…

Ojalá hayas aprendido algo,

Roberto,

P.S. Agradecería mucho, si pasás al banco a depositarme lo que me debes, también tengo cosas que pagar.

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Custodio

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Custodio guardaba con vigilancia y cuidado a su mujer Custodia “la Jerezana”, conocida así porque siempre se oía en su casa el Pasodoble “Custodia” cantado por Gracia de Triana. Ahora mismo se escucha. Oíd: “Era Custodia la Jerezana…”.

Ella dormita al frescor de un ventilador canicular, pensando él, que si moría, no la guardaría en depósito pues su tabernáculo era digno de la gusanera de la muerte.

En el dormitorio, y viéndola así echada sobre la cama, se sentía como el superior de una orden franciscana y a ella como cierta embarcación varada con velas al tercio y una cangreja en un palo chico hacia popa y varios foques en cruz.

Recordaba ahora más que nunca cuando con caricias y carantoñas le preguntaba:

-¿Siempre juntos, amada?

Y ella respondía:

-Sí, hasta que nos separe una puta.

Ella le llama a él “Algarrobo del Paraguay”; y él a ella “Lechuza del Perú”. Son dos cutrales, buey viejo y cansando Custodio, y vaca ya improductiva, Custodia. Viven en Curtis, en la provincia de la Coruña, ayuntamiento con tres parroquias.

Cuando fui a visitarles, lo primero que me dijo Custodio fue:

-¿Sabes? Cuando una mujer muere, el diablo mea.

Yo me quedé asombrado de tanta iconografía de la cruz., y de unos candiles de bronce que parecían de los primitivos cristianos por la suciedad que les envolvía, sobre la mesilla.

-Hay, me dice Custodio, una cruz de marfil dedicada por los reyes don Fernando I y Doña Sancha a la iglesia de san Juan Bautista de León, cristos de bronce esmaltados, de nácar, anagramas de Cristo esculpido en láminas, y en una piedra labrada, que dice que estaban en Santa Cruz de la Zarza, priorato premostratense en Toledo: Imágenes de Cristo de brazos caídos y medio en cueros de la época visigótica, que fueron de san Juan de la Cruz, carmelita y poeta erótico-místico.

-Ya será menos, le replico.

Un gesto raro envolvió el zoquete de su cabeza, haciéndome unas caricias o candongas como para engañarme, y dijo:

-Ya sé, amigo, la dignidad primero, y, después, el recto.

-Sí le respondí. Como me dijo una amiga argentina rascándose un ovario:

-Métete el orgullo en el medio del orto pelotud, majete.

Nos reímos como dos chiquillos con blancura extremada, sinceridad y pureza de intenciones

Con candor, voy y le digo:

-¿Tú crees que con todo este “cristolario” conseguirá tu esposa su parcelita en el cielo?

-De ningún modo, me responde. Y sigue: aunque se sabe el cristus, tan sólo congelará la orina por medio de la evaporación de su fe.

Ni el ¡Cuz, cuz!, interjección para llamar a su perro corriendo, llamado Cartago, dado por Custodio, despertó a “la Jerezana”, quien a mí me seguía pareciendo una mujer en caja o andas en que se llevan a enterrar a los difuntos.

-Vamos, dijo Custodio. Cada loco con su tema, que la gente no toma consciencia de su propio olor a chivo, y quieren que tomemos consciencia del calentamiento global.

Nos fuimos.



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Conversando con un vigilante del metro

Adán Salgado Andrade (Desde México DF, México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Su presentación es impecable: fino traje, elegante corbata, cara camisa, cabello bien arreglado y peinado, ni corto, ni largo. Excepto por su radio y su celular, que emplea alternativamente -responde el radio y luego llama por el celular-, parece más un gerente bancario que vigilante, puesto que desempeña en el Sistema de Transporte Colectivo de la ciudad de México, mejor conocido como Metro.

Desde que a principios del año que está por terminar (2014) se incrementó, muy arbitrariamente, el precio del boleto del metro de tres a cinco pesos (66.7%), lesivo para la mayoría de los usuarios, se justificó que se hizo para ir mejorando el servicio que presta ese masivo transporte colectivo, el más empleado en esta caótica ciudad. Sin embargo, las fallas no han cesado, como se prometió. Apenas hubo una descarrilamiento en la estación el Rosario, el cual, dijeron, se debió a que, en una maniobra de cambio de vías, el conductor no se detuvo a tiempo y el tren se salió de aquéllas, el que quedó, literalmente, “volando” (ver: http://www.informador.com.mx/mexico/2014/565954/6/tren-del-metro-en-el-df-descarrila-en-el-rosario.htm).

La mayor irregularidad, presentada a pocas semanas del arbitrario incremento, se dio en la Línea Doce (la mal llamada “Línea Dorada”), que por cuestiones de corrupción, diseño defectuoso, equipo férreo inadecuado y otras increíbles anomalías, debió cerrarse al público (ver: http://www.jornada.unam.mx/2014/09/09/capital/038n1cap). De haber seguido operando, habría provocado un accidente mayor, sobre todo en la parte elevada, que hubiera dejado muchos muertos.

Y a eso hay que sumar las frecuentes demoras e interrupciones en el servicio, sobre todo en las horas “pico”, que es cuando la gente lleva prisa por llegar.

Ni siquiera los vendedores ambulantes que operan tanto en pasillos de transbordo, como aquéllos que lo hacen en los vagones (conocidos ya como vagoneros), han desaparecido, como también se pretendió justificar que para eso serviría el arbitrario aumento (no es posible que, mientras se han comprado miles de nuevas patrullas, el presupuesto de ese importante transporte continúe prácticamente sin cambios), y siguen operando, sobre todo los últimos, casi en las “narices” de tanto policía bancario contratado para “vigilar” que no haya, precisamente, vagoneros y ambulantes trabajando en el Metro.

Los pasajeros del convoy en el que me encuentro muestran desesperadas, preocupadas caras ya, pues ha estado deteniéndose varios minutos en cada estación. Dos jovencitas uniformadas (de bachillerato, seguramente) comentan entre sí que ya llevan casi dos horas, de un trayecto que no toma más de cuarenta minutos. “¡Vamos a llegar bien tarde, mana!”, exclama una con resignada lamentación.

Justo el vigilante al que me refiero antes, quien acaba de subir al vagón, al escucharlas, les refiere que “una persona se bajó a las vías en Neza (estación Netzahualcóyotl) y por eso se está interrumpiendo la circulación de los trenes”. Y de allí, inicia una espontánea conversación.

“¿Cómo de que se bajó a las vías, se quería suicidar?”, pregunto. “No, parece que esa persona está mal de su cabeza, y se bajó y no se quería mover… nada más se quedó parado… y, pues tenemos que manejar con cuidado la situación, bajar y platicar con él… pero, mientras tanto, se detienen los trenes y por eso se interrumpe el servicio…”, nos explica, todos mirándolo atentamente. “¿Hombre o mujer?”, vuelvo a inquirir. “Un hombre… un indigente…”. Ya, hablando del tema de los suicidios, me platica que son comunes en el Metro, pues es seguro, al menos más que por otros métodos, quitarse allí la vida, aunque se arrepientan. “Mira, los trenes, aunque parece que están altos, tienen unas como láminas que les restan altura y quedan como a veinte centímetros del suelo, así que, aunque te acuestes, te aplasta”. Refiere que cuando llegan a mantenimiento los convoyes, los mecánicos encuentran restos humanos de los suicidas que han llegado al final de su vida lanzándose a las vías de los trenes. “¡Sí, encuentran cabello, pedazos de piel, de miembros… sí, muy grueso!”.

Pero si llegan a sobrevivir, que sí los hay, entonces, deben de enfrentar las consecuencias legales de su desesperada, precipitada acción. “Una vez un chavo se quiso aventar de un puente peatonal que da sobre la línea cinco (Pantitlán-Politécnico), pero calculó mal y cayó sobre el tren, no en las vías, y luego se rodó y pasó sobre el vidrio del conductor, que estaba bien espantado… hasta se enfermó de la impresión. Y ya fueron los rescatistas a ayudar al chavo. Allí hubiera sido mejor que se hubiera muerto, pues le salió carísimo, porque, ya que salió del hospital, lo demandó el gobierno, por daños a las vías de comunicación y al tren y a la integridad del conductor… ¡olvídate, le ha de haber salido carísimo! Me dice un licenciado que si te vas a aventar para suicidarte, mejor que te mueras”, agrega, con afirmativo gesto.

Y hay ciertos periodos en que tratan de reforzar la vigilancia, pues es cuando más se dan los suicidios. “Mira, cuando más se suicidan es cuando son las salidas de las escuelas, yo creo que por los que reprueban, me imagino. El catorce de febrero… a los que les rompen su corazoncito, ¿no? - plantea, irónico -, el diez de mayo… no sé por qué - me imagino que serán los que no tienen madre, en el buen sentido, o sufren los maternales desprecios, razono -, y en diciembre, sí, que es cuando, no sé, la gente se deprime porque no tiene dinero…”. En efecto, según las estadísticas, en la decembrina época, aumentan las depresiones y los suicidios, quizá porque muchos son incapaces de consumar el bombardeado consumismo, tanto por falta de dinero o porque están desempleados… y rezones por el estilo (ver: http://ferriz.com.mx/salud/14-de-mexicanos-se-deprime-en-temporada-navidena/).

Platica sobre otros problemas que enfrenta como vigilante, como el que debe de remitir a las autoridades a cualquier persona que haga algo indebido. “Por ejemplo, la otra vez, tuve que consignar a cinco personas que se metieron en la cabina del conductor. Eran dos hombres y tres mujeres… sí, fíjate, las mujeres son muy aventadas -precisa, viendo mi mirada de asombro-. Es que el tren iba hasta la madre -emplea esa popular expresión que denota demasía-, y como ya querían abordar, pues se les hizo fácil subirse a la cabina, porque luego los conductores no le echan llave y va abierta. Yo los hubiera dejado ir, pero como la cámara ya los había filmado, pues los tuve que consignar. Se les lleva a un juzgado civil y tienen que pagar una multa, porque son faltas administrativas”.

Otra situación es la de los vendedores ambulantes, que él comprende que es un problema social que va creciendo, por el desempleo, pero que debe evitar que laboren allí. “Los tienes que consignar, por violar el reglamento. No sé si has visto los operativos que se están haciendo en la línea uno (Pantitlán-Observatorio), que van dos policías en los vagones. Pues así vamos a hacer en esta línea (Ciudad Azteca-Garibaldi, que es en la que viajamos en ese momento)”. Sin embargo, le refiero que he visto como en las narices, literalmente, de los policías bancarios (contratados masivamente, luego de que se incrementó la tarifa), los llamados vagoneros siguen vendiendo su mercancía. Encoge los hombros y pone cara de qué-le-vamos-a-hacer. “Es que están muy organizados… luego, los tratas de quitar y se te van encima y te arriesgas a que te golpeen. A muchos compañeros los han golpeado muy feo… en serio”, justifica. De todos modos, es un problema que no se puede resolver prohibiéndolo, razono, si antes no se atacan las causas, como el creciente desempleo y los bajos salaros que ofrecen las pocas ocupaciones disponibles. La creciente informalidad es la única alternativa de vida para millones de personas, no sólo en México, sino en todo el planeta (ver: http://adansalgadoandrade.blogspot.mx/2012/12/economia-informal-la-verdadera.html).

Y los intentos por formalizar a los ambulantes que operan en el metro, han fracasado, pues pocos trataron de obtener una ocupación con la capacitación que se les dio, y los que no, adujeron que preferían seguir vendiendo en los vagones pues así ganaban más, que contando con un empleo formal (ver: http://www.jornada.unam.mx/2014/12/18/capital/041n2cap).

“La otra vez, un colombiano estaba pidiendo dinero y le pedí que se moviera, que no podía hacerlo y me dijo que por favor lo dejara, que no tenía dinero ni para comer, pero, con todo el dolor de mi corazón, le dije que no podía estar allí, que yo lo entendía, que no era por mí, pero que tenía que moverse de allí, que era el reglamento… y pues tuvo que moverse. Se me quedó mirando bien feo, pero, ni modo, es mi trabajo. También el otro día un hombre que parecía chino estaba tocando la guitarra y le dije que se moviera y se me sonreía, yo creo que no me entendía… te pones a pensar ¿cómo se puede mover esa gente aquí, sin hablar el idioma, no? Y también te encuentras muchos centroamericanos… y así. Y yo entiendo que es un problema social, sí…”, agrega, pensativo. Qué bueno que tenga la sensibilidad para comprender el problema, pienso.

“Luego, hay gente que se queda a dormir en los pasillos y pues también los debo de sacar. Y te sientes mal, porque a veces está lloviendo o hace frío, ¿no?”, agrega, resignado.

Son frecuentes también los problemas de los acosadores sexuales. “Sí, y tienes que enfrentar a ese cuate que manoseó a una chava o que se le repegó. Nada más se hacen los que no y lo niegan, pero ahí está la chava, diciéndote que la manosearon, y pues los debes de consignar”. Cuando le comento que he sabido de casos en que ciertas chicas se prestan con cómplices para extorsionar a algunos, responde que también se dan esos casos. “Pero es muy raro. Normalmente sí las acosan, a las chavas solas, sobre todo.”

“Cuando se para el tren en una estación, la gente empieza a chiflar y a gritar que se mueva, y dicen que es el conductor que está cotorreando o no sé, pero no, es que hay un sistema automatizado, el CC (Control Central), y es el que coordina todo el movimiento de los trenes. Y si hay una falla, pues te debes de esperar a que se ponga el semáforo en verde. En realidad el trabajo del conductor es muy fácil, sólo sube o baja una palanca, pues está automatizada la conducción, como te digo, pero la gente no sabe eso y se desesperan y empiezan a gritar y a insultarlo”, agrega.

Igualmente, enfrenta la intolerancia de los usuarios, sobre todo cuando, simplemente, debe de hacer su labor. “A veces jalan la palanca (mecanismo que se corre hacia abajo y desactiva al tren), que porque alguien los empujó o por cualquier cosa y pues ya, la desactivas, y no dices nada (se supone que si alguien la activa sin razón alguna, deba de ser remitido, ya que el tren no avanza hasta que no se desactive). O se enojan porque les dices que se pasen para la zona de hombres, en las horas pico. La otra vez le dije a un señor que se moviera, que ésa era área sólo para mujeres y que me mienta la madre… y ni modo que te les pongas al tú por tú, no, ¡imagínate!, te va peor a ti si golpeas a un usuario que si te golpean, porque, entonces, alegas que te insultó y te agredió y lo remiten. Pero si tú lo golpeas, ¡no te la acabas! Te corren y además te demanda el usuario, que le pegaste y ¡te quieren sacar hasta los ojos!”.

Dice que tolerancia y paciencia es lo que más se requiere para que puedas trabajar allí. “Sí, porque, si no, pues es fácil que caigas en provocaciones. En esta chamba, debes de ser muy cauto, porque, si no, te comen”, comenta finalmente, al despedirme de él, ya cuando, habiendo tomado una hora más el trayecto acostumbrado, llego, por fortuna, a mi destino.

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Ciencia y tecnología: ¿Es el triunfo de la inteligencia estadounidense o de la inteligencia de la Humanidad?



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La ignorancia es atrevida

Jesús Dapena Botero (Desde Villagarcía de Arousa, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Los seres humanos, según nos dice el psicoanalista argentino Rodolfo Moguillansky, condenan a los seres diferentes al espacio de la otredad, de lo deleznable y actúan en consecuencia, al convertirlos en seres desechables, sobre los que se proyecta todo lo malo, de tal forma que se los considera inmundos; es así que los albinos en una población negra llegan a convertirse en una tribu de fantasmas, dada la proyección de aquello que no coincide con la autoidealización y se coloca en el ser distinto, todo lo persecutorio, máxime para una población cuya piel no está destinada a las radiaciones solares de un trópico arrecho y ardiente, lo que los hace más propensos a lesiones precancerosas y al cáncer mismo de piel.

Me parece loable que la Iglesia Católica africana, con monseñor Paul Ruzoka, arzobispo de Tabora, en Tanzania haya denunciado esa injustísima discriminación, producto de la ignorancia, que convierte en mitología, las realidades enigmáticas, puesto que el rechazo de este tipo de negros de piel albina, ha producido todo un holocausto, a través de muchísimos años.

Ello llevó a que mi admirado papa, Francisco I, haya hecho que la situación se haya convertido en un objeto de investigación por parte de la Academia Pontificia de las Ciencias, lo que ha llevado que un funcionario de la ONU, Cristiano Gentili, haya escrito un libro que denuncia la tragedia de los albinos africanos, al parecer con una clara conciencia de que el ser humano es un ente biopsicosocial.

Este problema es endémico, en especial, en Tanzania, donde se ha convertido en toda una emergencia social, puesto que se han tenido que crear refugios para cientos de niños albinos e investigar los homicidios, que se cometen contra las víctimas del albinismo, al ser convertidos en auténticas piezas de cacería humana, para vender fragmentos de su cuerpo

Allí son tantos los albinos porque, en ese país, nace un albino entre cada mil cuatrocientos neonatos y son tantos, porque la discriminación hace que tengan que casarse entre ellos.

Otros creen que tener relaciones sexuales con un albino puede curar el SIDA, lo que aumenta el número de violaciones carnales.

Es preciso tener en cuenta que el albinismo es un grupo de condiciones heredadas, en las que se carece de melatonina, pigmento de piel, faneras y del iris ocular.

En los Estados Unidos de América hay un nacido por cada diecisiete mil habitantes, lo cual hace que sea un problema más diluido, sin la densidad, que tiene en Tanzania, donde hay una mayor morbilidad.

Las personas que padecen este síndrome genético tienen problemas visuales, con baja agudeza visual y muchos son ciegos, aunque la mayoría no tienen problemas de alteraciones visuales; pero, cuando se dan, ocurren por desarrollo anormal de la retina y anormalidades en las conexiones entre el ojo y la corteza occipital. Los problemas oculares incluyen:

• Nistagmus.
• Estrabismo.
• Hipersensibilidad a la luz clara o brillante, por falta de melanina en el iris, lo que puede solventarse con gafas oscuras.
• Miopía.

Los tipos más comunes de albinismo son:



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Los años duros

Miguel Ábalos



Estábamos en dictadura. Esa mañana de enero pronosticaba un día muy caluroso ya al entrar a la Cancillería, mi lugar de trabajo desde el año 66. Llegaba más tarde que de costumbre. Pasé por entre los veinte compañeros que trabajaban en el Departamento percibiendo la atmósfera cargada de un extraño silencio. Muchos me miraron pasar como con preocupación, pero le resté importancia y ocupé mi lugar de rutina. En menos de un minuto se acercó Mabel Barindelli, la Jefa, parándose frente a mí con nerviosismo.

-Miguel... lamento decirte... en mi despacho están dos oficiales de las Fuerzas Conjuntas que quieren hablar contigo... están molestos porque llevan casi dos horas esperándote...

Por supuesto que fue una desagradable sorpresa. Tenía total conciencia de lo que el país estaba viviendo y el hecho de que militares quisieran conversar conmigo no era nada divertido. Me dirigí con ella al despacho. Ahí estaban dos hombres de 30 a 40 años. Uno alto, morocho y otro más bajo, rubio y fornido.

-Él es Miguel Ábalos -dijo la Jefa-

-¿Nos acompaña al Comando? -dijo el rubio- queremos hablar con usted.

Obviamente dije que sí. Salí con ellos ante la mirada de curiosidad de todos mis compañeros. Subimos a la camioneta de la Fuerza Aérea que estaba estacionada frente a la puerta de la calle Cuareim. Rumbo al Comando -bastante lejos del centro de la ciudad- iba sumido en mis pensamientos, tratando de serenarme para encontrar alguna razón que me llevara a comprender el porqué de la situación, mientras ellos hablaban de fútbol y se reían de trivialidades. En ningún momento del trayecto de casi una hora me dirigieron la palabra. Yo no existía, no era nada... un bulto más que ocupaba un lugar en la camioneta.

Tenía conocimiento de muchas historias de personas que habían sido llevadas como lo hacían conmigo en ese momento, y nunca más habían aparecido. Lo había escuchado de familiares y en el Ministerio leía las denuncias de Amnistía Internacional sobre los desaparecidos en Uruguay. Mi mente trabajaba atropelladamente sin orden ni razonamiento. Cuando alguien está metido en cosas como la subversión no se sorprende si lo llevan, pero no era mi caso. Trataba de bajarle revoluciones a mi cerebro y no lo lograba. De pronto, el vehículo se detuvo frente a un enorme portón de hierro donde un soldado nos dio paso. Un trecho más adelante, bajamos ante un edificio de tres plantas. Entré con los dos milicos y al final de un largo pasillo, el rubio le dijo a un soldado que estaba de guardia fusil al hombro:

-Páselo al calabozo y vigílelo.

-Sí, señor.

Caminando delante del soldado que me guiaba, llegamos a una puerta de hierro que tenía una pequeña abertura redonda de 10cm. de diámetro a una altura de 1m70 del piso. Me hizo entrar y cerró por fuera con un pasador. Luego de unos minutos, cuando mis ojos se habituaron a la oscuridad, pude darme cuenta dónde estaba. Era un cubículo cuadrado de 2 x 2 con paredes de cemento rústico. En uno de los ángulos había un retrete en el piso y en el otro una especie de cama de cemento de pared a pared, de unos 60cm. de altura. Una tenue luz entraba por la rendija bajo la puerta y a través del orificio.

Haciendo un esfuerzo logré ver la hora, eran las 11:10 de la mañana. Ahí me di cuenta que no me habían quitado nada ni me habían revisado... ese detalle de alguna manera me tranquilizó... No soy muy importante -pensé-. Me senté en el camastro y traté una vez más de ordenar mis pensamientos. Hice un esfuerzo por recordar qué había hecho en las últimas semanas, con quién había salido, en qué lugares había estado, con qué desconocidos había conversado, qué había hecho, qué había dicho... algo que pudiera darme la pauta de entender mi situación. Mi memoria -contradiciendo a mis sentidos- no podía recordar lo cercano.

Sin saber por qué apareció en mi mente Belisario Carranza. Lo había conocido por el 69 en el boliche “Alhambra” de Sarandí y Juan Carlos Gómez. Era argentino y recién llegaba de Buenos Aires. Era alto, rubio, de barba y pelo largo, buena pinta. Vestía pantalón vaquero, botas y camisa colorida... un hippy. Nos hicimos muy compañeros a pesar que yo tenía doce años más que él. Solía visitarlo en su boulin, el taller de artesano donde hacía maravillas con la chapa: anillos, pulseras, portátiles y cualquier otra pieza, brotaban de sus manos como por arte de magia.

Era estudiante de Sicología, y como tal, un idealista. Soñaba con un mundo mejor donde los hombres que lo manejaran fueran más justos. Los políticos -decía- engendran violencia con sus injusticias y su corrupción, fabrican anarquistas. Ellos son los únicos culpables de que hoy estemos sufriendo una dictadura.

El político triunfa si no tiene corazón ni escrúpulos. Todo lo que tiene que hacer es conocer bien al ser humano para aprovechar sus debilidades y sus necesidades. Lo que cuenta es el éxito, a cualquier precio: traicionando, explotando, mintiendo. Si un político es honesto, ese grave defecto lo habrá de llevar al fracaso irremediable y a ganarse el odio de sus pares... y en algunos casos, hasta puede llegar a perder la vida misteriosamente.

Nos pide el voto para conseguir un empleo de abultadísimo sueldo. Ese simpático señor que sonríe permanentemente -nunca sabremos por qué- en las campañas políticas, se entrega en fuertes abrazos con todo quien se cruce en su camino sin importarle si es viejo o joven, negro o blanco, limpio o sucio, sano o enfermo, honesto o ladrón... todos son sus amigos, correligionarios o compañeros.

Una vez cada cinco años deja de lado su clacismo y su racismo para salir a la caza del poder, compitiendo con sus contrincantes de turno en la consabida batalla recíprocamente desleal... y el más hábil en su embuste, ganará. Una vez en el poder, quien prometiera ser honesto administrador de los bienes del contribuyente, se convierte en “dueño absoluto de la empresa” y comienza a repartir nuestro dinero de la forma más favorable a sus intereses... más o menos así funciona el sistema. A esa altura, a los pobres -impotentes y hambrientos- tanto les da vivir o morir. Las Naciones Unidas pregonan los derechos humanos y la mayoría de las personas en el mundo sólo tienen el derecho de ver, oír, callar... ¡y soñar...!

Hasta ese momento yo no sabía que Belisario formaba parte de un comando Tupamaro... fue mucho después, cuando una noche llegó hasta donde yo vivía:

"Mirá, veterano -me dijo- de ser posible quisiera quedarme esta noche en tu casa... hace dos días que no puedo ir a la mía porque está vigilada. A tres de mis compañeros los mataron... sé que es algo bastante pesado lo que te pido y tampoco voy a perder tu amistad si me decís que no, estás en tu derecho... lo voy a entender, el que está metido en esta bronca soy yo y vos nada tenés que ver. Recurro a vos porque hagas lo que hagas, sé que no me vas a traicionar".

Se quedó esa noche, y al día siguiente, después de darme un abrazo, me dijo:

“Gracias, veterano... no sé si nos volveremos a ver, espero que sí. Algún día, el sol saldrá para todos”, y se marchó. Cuatro años después me enteré que había muerto en Buenos Aires... tenía treinta años.

Después de memorizar la triste historia de Belisario comprendí que esa no era la causa de mi problema. Seguí buscando febrilmente en mi memoria, algo que me diera la razón de estar en ese calabozo. En ese entonces, otros compañeros del Ministerio y yo estábamos viajando como correo diplomático. Argentina, Brasil, Chile, Paraguay y Perú eran los países con que se había iniciado el sistema. Las sacas de cuero que transportábamos -de las que éramos responsables- además de la documentación de rutina de Cancillería, contenían información militar de las tres armas: material quemante para el momento que se vivía.

La semana anterior a mi detención me había tocado viajar a Buenos Aires. Al salir de nuestra Embajada en Las Heras y Ayacucho, me encontré sorpresivamente con una muy querida amiga. No sólo nos unía una gran amistad, sino que habíamos estado involucrados sentimentalmente. Ruth es una de esas personas que al distanciarse dejan un hermoso recuerdo difícil de olvidar.

Se alegró mucho de verme y la invité a tomar un café. Durante la conversación la noté nerviosa y quise saber... Haciendo confianza en mí, me contó que su hija estaba requerida por los milicos uruguayos y ahora estaba internada en un sanatorio de Lanús para someterse a una intervención de riesgo. Necesitaba urgentemente donantes de sangre y sin titubear me ofrecí. Tomamos un taxi y nos dirigimos al sanatorio.

Claro -pensé- ahí está la clave... haber dado sangre a una persona requerida por sedición debe ser mi delito. Las consecuencias que pudiera traer no me importaron, jamás me voy a arrepentir de haber ayudado a la hija de Ruth, pensaba sentado en la cama de cemento con la espalda recostada a la pared. Mis pensamientos giraban en círculos en torno a lo que estaba viviendo... quise pensar que estaba soñando, que era una pesadilla y sin duda iba a despertar en cualquier momento.

Pero no, irremediablemente era la cruda realidad y no podía siquiera imaginar cómo terminaría... Estaba a merced de los milicos que me veían como enemigo... toda mi falta consistía en haber dado un poco de sangre a alguien que podía morirse y no sabía si eran capaces de comprender esa actitud sin mezclarme con la subversión.

De pronto sentí el ruido del pasador, la puerta se abrió y el soldado que me custodiaba me dijo que lo acompañara. Me levanté. Al salir, la luz me lastimaba la vista y me obligaba a frotarme los ojos. Caminé otra vez a lo largo del pasillo, delante del soldado que me guiaba fusil en mano. Al final del corredor me hizo detener y golpeó una puerta a mi derecha. El oficial rubio me hizo entrar y se dirigió autoritariamente a mi custodio:

-Retírese, soldado.

-Sí, señor.

La habitación era grande. Cortinas muy gruesas tapaban las ventanas y la luz del día. Me ordenó pararme a dos metros de una pared. A mi izquierda había un escritorio con un grabador de cinta grande, algunos papeles y carpetas. A mi frente había seis milicos sentados -por sus uniformes, debían ser oficiales- que me miraban con firmeza. Muy cerca, delante de mí, el milico rubio me gritó:

-¡Párese firme y no me mire a los ojos! ¿Cuál es su nombre?
-Miguel Ábalos.
-¿Nacionalidad?
-Uruguayo.
-¿Estado civil?
-Divorciado.
-¿Tiene hijos?
-Dos hijos.
-¿Dónde viven?
-En Buenos Aires.
-¿Tiene propiedades?
-No.
-¡Conteste “no, señor”!
-No, señor.
-¿Tiene cuenta en algún banco?
-No, señor.
-¿Conoce a Zulema A...... ?
-Sí, señor.
-¿Qué relación tiene con ella?
-Somos amigos.
-¿Nada más que amistad?
-Fuimos amantes.
-¿Conoce a Mirtha V... ?
-Sí, señor.
-¿Qué tipo de relación tiene con ella?
-Vivimos juntos algunos años.
-¿Conoce a Ruth G..... ?
-Sí, señor.
-¿Dónde la conoció?
-Era funcionaria del Ministerio.
-¿Cuál fue su relación?
-Vivimos juntos un tiempo.
-Parece -dijo con una sonrisa burlona y mirando a los otros- que no ha perdido el tiempo con las mujeres. ¿Esta señora tiene hijos?
-Sí, señor, una hija.
-¿La conoce?
-Sí, señor.
-¿Cómo se llama?
-Ana.
-¿Dónde vive?
-En Buenos Aires.
-¿Hace mucho que no la ve?
-La vi la semana pasada.
-¿Por qué motivo?
-Encontré a la madre y me pidió que donara sangre, la iban a operar.
-¿Sabía que Ana está requerida por sedición?
-Sí, señor.
-¿Sabe que es un delito muy grave ayudar a un requerido?
-Sí, señor.
-Y aun así, lo hizo.
-Fue un acto humanitario.

Hubo una larga pausa, luego abrió la puerta y le ordenó al soldado que me llevara. De vuelta en el calabozo me senté en la cama de cemento. No tenía la menor idea de lo que iba a suceder conmigo, no podía hacer más nada que esperar, deseaba que lo que fuera, lo hicieran rápido. El calor era intenso en ese encierro, tenía la boca pastosa y los labios resecos.

Eran las 9 de la noche, me acerqué a la puerta y por la mirilla redonda le pedí al soldado un poco de agua. No hubo respuesta. Me senté en el piso, me quité los zapatos, las medias y los pantalones y estiré las piernas. El soldado entreabrió la puerta, deslizó una botella de plástico con agua y volvió a cerrar. Tomé sin descanso más de la mitad.

Se sentía el cemento húmedo. Los nervios me habían agotado y me quedé dormido con la espalda recostada a la pared. A las 2 de la mañana me desperté con frío, la humedad del ambiente había aumentado. Me puse las medias y los pantalones, bebí lo que quedaba de agua y me acosté. Despierto, me sentía mejor con los ojos abiertos en la oscuridad.

Ese encierro me recordaba mis seis ó siete años, cuando me encerraban en la miserable pieza de lata y piso de tierra durante horas en total soledad, y lloraba hasta quedarme dormido. Después de muchos encierros ya no lloraba, tal vez no tenía más lágrimas, o me había acostumbrado y ya no me importaba. De noche contaba las estrellas que alcanzaba a divisar entre las chircas que hacían de techo, de día jugaba con las hormigas y bichitos de la tierra.

Estaba -sin saber, como ahora- impotente ante la injusticia de los que tienen el poder y necesitan usarlo para sentirse bien. Sin saber que el mayor poder es perdonar, colmando el ego y sintiéndose superior.

Por los ruidos que me llegaban me di cuenta que había amanecido, eran las 6. Pocas esperanzas tenía de que la situación pudiera cambiar, me sentía una cosa inexistente. Para el único que importaba era para el soldado que custodiaba mi celda. Me entretuve tratando de reconocer los ruidos del exterior. Era una forma de ocupar la mente para no pensar en cosas negativas. Me paré en la mitad de la celda a hacer ejercicios para desentumecer mis músculos rígidos y hacer circular la sangre.

A las 2 de la tarde del día siguiente a mi detención oí el cerrojo y al soldado ordenándome salir. Me llevó a la misma habitación del interrogatorio, pero estaba sólo el rubio sentado frente al escritorio y su semblante parecía más humano.

-Sentate -me dijo con tono tranquilo-

Así lo hice. Me acercó una hoja de papel escrita a máquina y una lapicera.

-Leéla y después la firmás.

La firmé sin leer.

-¿No querés enterarte lo que estás firmando?
-No, señor, está bien así.
-Me doy cuenta que estás muy nervioso. Lo más importante de lo que firmaste, es que estás en libertad. Y que en siete días tenés que dejar el país definitivamente... si entrás al país te encerramos de por vida. Sabemos que lo que hiciste fue una gilada, por eso te damos la oportunidad de que te vayas, ¿está claro?
-Sí, señor.
-Voy a pasar cerca de tu casa, te llevo en la camioneta.
-No, señor, no se moleste, me voy en el ómnibus.
-Te digo que voy para ese lado, vení conmigo.
-Sí, señor.

Me hicieron subir atrás. Adelante iban los mismos que me habían sacado del Ministerio. Durante el trayecto se me ocurrió que me llevaban a algún otro lado, pero a los 40 minutos me di cuenta que se acercaban a mi barrio. Se detuvieron a tres cuadras de mi casa.

-Bajá -me dijo el rubio- te dejamos por acá.
-Gracias -dije- bajé y me alejé sin darme vuelta.

Alquilaba una modesta casita de un dormitorio en el barrio Palermo. Nunca me había sentido tan sucio. Me di una ducha bien caliente, que me hizo sentir mucho mejor. Me di cuenta que tenía hambre, lo que era un buen síntoma... empezaba a normalizarme... Abrí la vieja y querida heladera que me acompañaba desde hacía años buscando algo, y encontré con alegría los tallarines con estofado que me habían quedado del día anterior a mi detención. Puse la ollita sobre la mesa y me los devoré de allí mismo, sin calentarlos, con un trozo de pan ya duro, pero todo me pareció sabroso.

Encendí la radio y me quedé sentado frente a la mesa. Ángel Vargas cantaba “Caricias” con la orquesta de D’Agostino. La vecina del fondo le gritaba a su marido, como de costumbre. Los gurises en la calle armaban el conocido griterío jugando a la pelota. La vida estaba ahí, en las pequeñas grandes cosas de siempre. Me volví a sentir vivo, con ganas de seguir luchando.

Más de una vez los imponderables que me ha tocado vivir me habían puesto a prueba y varias veces había “salvado con buena nota”. Se le puede a la vida cuando se pone toda la fuerza interior... lo imposible cuesta un poco más... Lo triste es que ya no iba a poder luchar en mi medio, en esta querida ciudad.

Tendría que irme a Buenos Aires, porque más lejos no quería. Linda ciudad, pero no como la nuestra. Su gente tiene costumbres parecidas, pero somos distintos, es otra forma de vida. Creo que la diferencia es la cantidad de habitantes, ¡un millón y medio contra diez...! A las 8 de la noche, cansado y con sueño me tiré en la cama... ¡sentí que era la más cómoda del mundo!

La luz del día entraba por la ventana cuando me desperté. Me vestí, tomé un vaso de leche y salí para el Ministerio. Mis compañeros querían saber qué había pasado con curiosidad morbosa, pero no quise contar... dije que todo había quedado bien con los milicos y que el día anterior había faltado por motivos personales. La que realmente estaba preocupada era Eliza.

Había llegado hacía tres años al Departamento y en seguida nos hicimos compinches. Eso no era extraño para ella, es una mujer que tiene la virtud de hacer amigos con facilidad por su simpatía y su generosidad para ayudar al que tenga algún problema. Pero para mí, que mi desconfianza no solía permitirme más que un trato superficial, sobre todo con las mujeres... por supuesto que lo fue. Y fue una sorpresa para todos los que trabajaban en la oficina, por los “antecedentes” de los dos.

Ella tenía una silla al costado de su escritorio, y la llamaba “la silla de mis visitas”. Rara vez estaba vacía, dando la pauta de cuánto la estimaba la gente del Ministerio y sus amigos personales, que cuando iban al Centro por algo, no dejaban de entrar a saludarla. En su silla de visitas solía sentarme cuando el trabajo nos lo permitía. Conversábamos mucho, nos contábamos cosas de nuestra vida particular, no teníamos temas tabú. Casi sin darme cuenta, Eliza se había convertido en mucho más que una buena compañera, era una verdadera amiga... un amigo. Llevábamos más de dos años de buena amistad.

Unos meses antes de mi problema con los milicos, Eliza me había entregado un sobre con una carta... no cabía en mi sorpresa cuando la leí. Me decía que hacía tiempo que venía conteniendo un profundo amor por mí, que había intentado controlarlo, y al comprender que no podía se decidió a confesármelo, aunque fuera para poner fin a una carga que ya no podía llevar sola.

Tenía 40 años, ojos grandes y expresivos, hermosa boca, pelo corto a lo “pillete”, cintura fina y espléndidas piernas: una hermosa mujer. Hoy lo sigue siendo, dieciocho años después. Aunque parezca extraño, nunca la había mirado con el fin de una conquista, tal vez porque para mí era más importante, era mi amiga, y como tal la trataba y la quería.

La carta fue algo totalmente inesperado y me conmovió. Yo tenía 50 años, y hasta ese momento nadie me había escrito algo tan hermoso, no sólo su amor, sino lo que yo significaba como ser humano para ella... Intenté mirarme y no me pude encontrar los valores que ella me veía. ¿Estaría equivocada?, la sabía inteligente como para no ver méritos inexistentes a través de un sentimiento. Me tomé unos días para serenarme... trataba de descubrir qué había detrás del sentir de esa mujer y no encontraba nada diferente a lo que me había dicho.

El instinto me aconsejó no dejarla pasar... pero me llevó años darme cuenta que estaba frente a “la mujer”, la que nunca había conocido, que había sido un elegido del destino que la puso en mi vida sin que yo hubiera hecho nada más que -providencialmente- estar en su camino. Eliza no andaba por la vida pidiendo permiso ni por favor. Es una mujer que cuando quiere algo se la juega sin medir las consecuencias, si logra su objetivo lo disfruta y si pierde asume la derrota sin derramar una lágrima. Son muy pocos ejemplares así los que van quedando en el mundo, es de una especie en extinción.

A ella le dije toda la verdad sobre mi arresto. Cuando supo que en siete días tenía que irme del país quiso ayudarme a cargar la consecuencia de mi “acto subversivo” y acompañarme en mi exilio. Pidió seis meses de licencia sin goce de sueldo, y desaparecimos del Ministerio sin decir nada. El 14 de julio, volábamos a Buenos Aires en el avión de “Arco”.

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Nos hospedamos en el hotel Río de la Plata de la Avda. Juan de Garay, a dos cuadras de Plaza Constitución. A los quince días nos cambiamos al Rosedal, en el mismo barrio, de tarifa más en precio. Nuestros recursos económicos no eran muchos, pero yo tenía documentos argentinos y eso me iba a ayudar a encontrar trabajo.

Lilián Camps -en esa época Ministro de nuestra Embajada- movió sus contactos para ubicar a Eliza a la altura de sus conocimientos, consiguiéndole una entrevista en una empresa importante en el Centro -Industrias Metalúrgicas Pescarmona S. A.- donde entró como secretaria de uno de los Ingenieros, con la condición de tramitar urgentemente su documento de radicación.

El trabajo era exigente, sobre todo por las diferencias de terminología dentro del mismo idioma, pero se sobraba para adaptarse. Trabajaba de lunes a viernes, de las 8 de la mañana a las 7 de la tarde, con una hora a mediodía para almorzar. Mientras tanto, nuestro Cónsul de Distrito Carlos Trianón, se ocupaba personalmente de agilizarle la radicación.

Daniel Latorre -que trabajaba de maître en el cabaret Queen- me contactó con su gerente, que estaba necesitando alguien para relaciones públicas. Había que visitar hoteles, restaurantes, conversar con taxistas, remiseros y todas las personas que tienen contacto con turistas, y entregarles invitaciones para tomar una copa en el cabaret. De lo que el cliente pudiera llegar a consumir aparte de la invitación, había un 20% para quien lo hubiera mandado y un 5% para el promotor.

Germán -más conocido por “el ruso”- era el gerente del cabaret más bonito y prestigioso de la noche porteña. Era un judío rubio, de baja estatura, de unos 42 años. Al principio de la entrevista se mostró un poco reacio a contratarme por mi falta de experiencia en ese tipo de trabajo. Tenía que convencerlo, así que le dije que renunciaba al sueldo hasta que él creyera que yo estaba rindiendo lo suficiente, mientras tanto sólo tendría que pagarme la comisión por los clientes que llegaran por mi intermedio. Ese mismo día me largué a la calle a hacer mi trabajo.

Fue una lucha ardua y tenaz porque los conserjes, maîtres y demás, se resistían. Habían sido estafados por otros que hicieron ese trabajo antes que yo: mandaron clientes que gastaron bastante y nunca recibieron su comisión. Les pedí una oportunidad de probarles mi sinceridad, ellos representaban mi único capital y no los defraudaría. Tenía la imperiosa necesidad de que me enviaran clientes para demostrarles mi honestidad.

Los primeros días caminé mucho y conversé más. Todavía no llegaba nadie al boliche con mis tarjetas, pero sentía que no podía fracasar y seguía empecinado en mi siembra.

Eliza y yo nos veíamos poco, ella volvía del trabajo cuando yo me estaba yendo y se iba apenas dos horas después de mi regreso. La situación funcional se le estaba complicando, a pesar de los esfuerzos de los diplomáticos amigos no terminaba de concretarse su radicación y eso podía costarle el empleo.

Conseguimos una habitación en el hotel Odeón de la calle Esmeralda, entre Corrientes y Sarmiento (hoy Gral. Perón), el corazón del Centro. Viejo, pero a una cuadra y media del boliche.

El Queen estaba en Esmeralda, entre Lavalle y Tucumán. Tenía su entrada muy bien iluminada y custodiada por dos porteros con físico de luchador, elegantemente vestidos. Hacia abajo, había una escalera alfombrada, bordeada de tenues luces de colores (nunca sabré por qué en la mayoría de los cabarets la entrada es hacia abajo). Al final de la escalera, los maîtres de smoking recibían a los clientes y los ubicaban donde prefirieran.

El enorme salón estaba cubierto por una mullida moquette roja. En los dos extremos, largas barras de madera color caoba con posapiés de bronce. En el centro, el escenario circular hidráulico -de unos 12 metros de diámetro- se elevaba hasta unos 2 metros del piso. Menguadamente iluminado y decorado por expertos, todo estaba envuelto en música seleccionada, proporcionada por equipos de primera calidad.

Había un plantel de 80 “chicas” -todas con “nombre artístico” y ataviadas para su función- 20 de ellas muy bonitas, 30 no tanto, y las restantes -ayudadas por la penumbra multicolor, la música y el champagne- aceptables.

Se presentaba un excelente show con figuras de primera línea. Una orquesta estable acompañaba a los cantantes y al espectacular cuerpo de baile. Desde la gerencia, al fondo del salón, se controlaba por monitores de circuito cerrado la puerta y cada rincón del lugar.

A la semana, mi esfuerzo comenzó a dar frutos, llegaban los primeros clientes de mi cosecha, y en forma progresiva se fue incrementando. Cada semana entregaba rigurosamente su porcentaje a quienes habían enviado clientes con mis tarjetas, y me fui ganando su confianza.

En IMPSA se complicaron las cosas, el asedio de los inspectores rastreando empleados fuera de planilla era muy difícil de evadir, la radicación no salía, y Eliza perdió el empleo. Eso la preocupó muchísimo porque estaba acostumbrada a mantenerse sola.
Ella se sentía mal porque yo la mantenía, y yo me sentía feliz e importante por poder hacerlo. Por otra parte -para bien de los dos- el desencuentro de horarios de trabajo ya no existía y podíamos compartir un poco más de tiempo juntos.

La condición económica siguió mejorando, y por intermedio de Beatriz Durante (la flaca Beta) alquilamos un departamento amueblado que traspasaban en Humberto Primo, a dos cuadras de Entre Ríos y San Juan, nuevamente en Constitución.

Era un edificio de principios de siglo, que había sido convento de monjas. A pesar de sus años estaba muy bien conservado y ahora, subdividido en departamentos chicos pero confortables.

Tenía una habitación grande con baño. Ese ambiente daba a un pasillo techado de 4 x 2 que daba a la cocina. Un muro alto con puerta, comunicaba con el corredor del edificio y permitía la entrada de aire y luz.

La suerte nos acompañaba, habíamos conseguido en Buenos Aires un departamento con alquiler bajo y teléfono, lo que no era fácil. Teníamos colectivos y subte a dos cuadras para llegar al Centro en 10 minutos.

Nuestra vida estaba cambiando en toda su dimensión. Los dos -que jamás habíamos imaginado que podíamos vivir en otra ciudad que no fuera Montevideo- nos encontrábamos ya injertados en Buenos Aires, hermosa ciudad poblada de buena gente recibiendo a dos extraños... otra de las sorpresas que nos mostraba la vida.

Yo no me sentía tanto como extranjero, pero estaba en un mundo distinto al nuestro tratando de ganarme un lugar -la historia no habla de débiles ni de tímidos y es en la adversidad donde el hombre mejor se conoce- lejos del elogio y la adulonería, dependía de mí.

Estaba conociendo una ciudad en la que antes había estado sólo de paso, y ahora, viviendo en ella, descubría la realidad de su gente, esa gente que es la que hace lindo o feo un lugar.

El recelo de mis compañeros de trabajo de los primeros días, poco a poco se fue atenuando en la medida en que mi tarea avanzaba.

Si a mí me iba bien, ellos ganaban más dinero: más gente en el boliche es igual a más comisión y propinas, desde el que cuida los autos en el estacionamiento hasta el gerente.

Pero lo que a mí más me importaba era saber que podía. Aunque suene un poco ególatra, va respaldado por la voluntad de triunfar hasta en las cosas más sencillas que pudiera emprender.

Los primeros meses en un trabajo que jamás había realizado, tan distinto a todo lo que había hecho en mis 50 años, sumado a que ese no era mi lugar de origen, me hacía “dar exámenes” diariamente, para mí mismo. Entonces me exigía al máximo. No era cuestión de usar fuerza física ni de aplicar conocimientos de universidad. Se trataba de unir el sentido común al ingenio que se adquiere con los años vividos en distintos ambientes, si es que se han aprovechado.

Para persuadir a los que han sido engañados de que uno es distinto hay que esmerarse, actuar según el personaje que se tenga delante, y sobre todas las cosas, autoconvencerse de que se es el mejor... una nueva experiencia cada día. Después, logrado el objetivo, la mayor recompensa será la fidelidad de quienes apostaron a nuestra honestidad.

A los cuatro meses ya estábamos viviendo sin ningún apremio económico.

Germán -“el ruso”- ya estaba convencido que mi trabajo como promotor iba a más, y sabía que mis contactos crecían. Un día, en una de nuestras charlas diarias, me dijo:

-Miguel, quiero hablarle de algo que le puede interesar, porque me doy cuenta que se ha tomado su actividad muy en serio.

-En serio y con toda la voluntad puesta en eso, es el único camino para alcanzar el éxito y hacer un mango.

-Sí, sí. Los resultados lo confirman. Lo que quiero decirle -dijo sacando del cajón un mazo de boletas- es que tengo un montón de cuentas viejas de clientes que venían asiduamente, y que un día desaparecieron dejándome estos papeles firmados que nunca pude cobrar. Ya varios lo intentaron sin suerte... como verá, no es algo fácil... si quiere probar, la empresa le da el 20% de cada cuenta que cobre.

-Es buena plata, vale la pena intentarlo.

-Bueno, le voy a dar estas cinco -las eligió del montón con una sonrisa burlona- y le deseo suerte, que es lo que más va a necesitar.

Miré las cuentas detenidamente. En cada una estaba la fecha, el nombre y la dirección del cliente, el detalle de la consumición y la firma al pie.

-Dígame, Germán, ¿a usted le interesa conservar estos clientes o le da igual?
-¿Por qué me lo pregunta?
-Porque de su respuesta depende la forma en que puedo encarar la cobranza.
-Hágalo como quiera, esta gente dejó de venir hace mucho tiempo y no creo que vuelvan más, así que me da igual.
-Muy bien, eso me facilita las cosas -me miró como sorprendido pero no dijo nada- algo más, Germán... ¿estas direcciones de dónde son?, ¿no serán de sus casas? ¡las cuentas son de champagne con chicas de cabaret...!
-¡Claro que no!, son de sus lugares de trabajo... la mayoría son profesionales o ejecutivos de gran nivel económico.

Le agradecí y salí a la calle. Eran las 4 de la tarde y las direcciones de las boletas que tenía, estaban cerca del Queen. Saqué fotocopias de todas y me encaminé a la más próxima, en Suipacha y Córdoba. Estaba -como siempre que iba a trabajar- impecablemente vestido, creo que el buen aspecto es importante. Llegué a un elegante edificio de oficinas, consultorios médicos y demás. Busqué en los nombres del portero eléctrico, encontré “Dr. Lavisky, Cirujano Plástico” y llamé.

-Sí... ¿diga...?
-Tengo un documento para el doctor.
-Por favor -dijo la voz de mujer con total seguridad- déjelo en la portería.
-Perdón, señorita... tengo orden de entregarlo en el consultorio, es importante.
-Está bien, suba -me abrió- 4to. piso, puerta B.

Arriba me recibió una recepcionista y me hizo pasar a un despacho. Todo el ambiente era de un lujo asiático. Me atendió una hermosa y elegante mujer de unos 35 años.

-Sí, dígame.
-Señorita, tengo que entregarle un documento al Dr. Lavinky... personalmente.
-Imposible -dijo con arrogancia- el Dr. está muy ocupado. Yo soy su secretaria personal... entréguemelo y le firmo lo que sea.
-Es un documento confidencial...
-No se haga problema -sonrió con suficiencia- está bien.
-Bueno... si es así...

Saqué del bolsillo del saco la fotocopia de la cuenta y una tarjeta de presentación con mi nombre, “Queen, Relaciones Públicas” y mi teléfono, mirando fijamente a los ojos a la presuntuosa mujer.

-Por favor, entréguele al doctor esta fotocopia de la boleta original firmada por él. Es del Queen, el cabaret que está en Esmeralda y Lavalle... según el detalle, consumió varias botellas de champagne con una de las chicas y nunca pagó. Y si es tan amable, hágale saber de mi parte que lo esperamos a pagar esta semana, de lo contrario dejaré fotocopias como ésta en cada una de las oficinas de este edificio. Muchas gracias.

Mientras le hablé, ella fue cambiando la expresión de su rostro, y al retirarme, quedó parada en medio del hall, muda e inmóvil.

Con las cuatro boletas que me quedaban, las situaciones fueron muy similares. Profesionales y ejecutivos imposibles de contactar personalmente, con secretarias tan bonitas que hacía suponer que otras actividades mucho más personalizadas complementaban su labor... destinatarias excelentes para mis cuentas a cobrar.

Tenía conciencia que había dejado una bomba de tiempo en cada caso. Lo que no sabía era qué tanto podía alcanzarme la onda expansiva cuando explotaran.

La mejor forma que encontré para lograr mi objetivo fue cortar por lo sano, evitando cuentos y evasivas, en una actitud inconsciente que no medía consecuencias. Ahora tenía que esperar que la próxima ficha la movieran ellos.

Años atrás había muchos cabarets como el Queen. Estaba el King, el Pussy Cat, el Karin, el Play Boy. Todos trabajaban mejor los viernes, los sábados un poco menos, y los domingos cerraban, porque los clientes lo dedicaban a sus familias. De a poco, las casas de masajes los fueron haciendo desaparecer. Hoy, al final del siglo, son un recuerdo lleno de nostalgias y anécdotas ya poco creíbles... dentro de poco serán leyenda.

Mozos, adicionistas, maîtres, músicos, chicas y demás empleados, empezaban a llegar a partir de las 8 de la noche, a poner el “circo” a punto para las 11. Yo no tenía hora de llegada ni de salida porque mi trabajo se desarrollaba casi totalmente en la calle.

Ese viernes llegué a las 0:30. El boliche estaba casi lleno, la nube de humo de los cigarrillos colgaba entre el techo y el piso, cubriendo el salón. Esa espesa niebla y lo tenue de las luces no dejaba ver con claridad hasta después de varios minutos de adaptación. Una de las chicas, al pie de la escalera, me saludó.

-¿Qué te pasó, Miguel, que llegás tan tarde?
-Tuve problemas con mi marido -le dije muy serio- se puso un poco pesado y discutimos.
-al oír eso vinieron otras que estaban cerca-
-No sabíamos que tenías marido -dijo una muy sonriente- y bueno... tenés todo el derecho de vivir con quien se te cante.

Era una forma de mantener con ellas nada más que la amistad de compañeros. Yo había ido a Buenos Aires a otras cosas mucho más sólidas que la aventura con una minita de cabaret. Además, en casa tenía alguien que me importaba mucho, no sólo porque se la había jugado por mí, sino que me demostraba en todo momento cuánto me quería.

-Miguel -dijo Jorge, uno de los maîtres- “el ruso” preguntó por vos... creo que quiere hablar contigo.

Le agradecí y atravesé el salón. Todas las mesas con botellas de champagne pronosticaban una buena noche. Toqué timbre en la puerta de la gerencia y Germán -al verme por el monitor- me abrió.

-¿Qué tal, Germán?, Jorge me avisó que quería verme.
-Hola, Miguel, siéntese.

Lo noté distinto, como preocupado. Dejó lo que estaba haciendo, se tiró hacia atrás en su sillón como preguntando algo que yo no entendía... hubo un silencio que yo interrumpí.

-¿Qué pasa, Germán?, ¿hice algo mal?
-Estoy sorprendido... y a la vez preocupado... de las cinco boletas que le di esta tarde, cuatro ya fueron pagas. Dijeron que les dio las cuentas a las secretarias y amenazó con repartir fotocopias en las oficinas contiguas si no pagaban en una semana... estaban como locos... querían saber “quién era la bestia que les mandé”...
-No pude contener la risa... al “ruso” no le gustó.
-¿De qué se ríe?
-Lo que menos quiero es discutir con usted, pero... antes de salir a cobrar le pregunté si le importaba o no conservar los clientes... ¿no es así?
-Sí... es cierto... pero nunca me imaginé que iba a hacer algo así... -sacudiendo la cabeza esbozó una sonrisa- ustedes los uruguayos... ¡siempre con la “garra charrúa”...!
-Créame, Germán, era la única forma de cobrar... pagaron, ¿qué otra cosa importa?
-A esta gente no le gusta este tipo de quilombo porque todos están involucrados con sus secretarias...
-Lo lamento mucho pero es problema de ellos y no mío. Me está confirmando que acerté, les encontré el talón de Aquiles: vienen al cabaret a escondidas de la mujer y de la secretaria... ¿y pretenden hacerlo gratis? No, si yo tengo parte de esa plata... pero, si usted quiere, nos detenemos acá. Eso sí, yo salgo a cobrar sólo con mi sistema, de lo contrario es al santo botón.
-La verdad, Miguel, que no salgo de mi asombro... siempre lo he visto tan amable, con modales de caballero... cuando los clientes me contaban no lo podía creer...
-Sólo aplico el sentido común. Soy cordial y amable con usted, con las chicas y los empleados, con el cliente que llega con el mejor ánimo de pasarla bien y reparte propina cuando se va... ninguno me molesta sino que me ofrecen muy buen trato... pero a estos “notables” que tienen la guita loca, se divierten bien caro y se borran descaradamente, hay que hacerles sentir el rigor... ¡el sabroso 20% que me toca es más que estimulante!
-Sí, tiene razón.
-¿Entonces?... ¿seguimos o no?
-Vamos a seguir... a la empresa y a mí nos interesa cobrar... y es evidente que así se cobra.
-Muy bien, cuando quiera me da unas cuentas más. Hasta luego.

Salí de su oficina y me fui a la calle. Volvía a casa contento con los resultados del día, donde me esperaba Eliza, mi compañera, mi amiga, mi compinche -si dijera solamente “mi mujer” sería muy poco- la mujer “de ley” que me apoyaba incondicionalmente.

Yo tenía conciencia de su noble actitud. Por suerte, mis 50 años me habían enseñado a reconocer el valor que tenía a mi lado y a cuidarlo como tal. Ella también había vivido lo suficiente como para sacar provecho de experiencias anteriores. Vivíamos en pareja -pasada la fase de los encuentros como amantes en que cada minuto es aprovechable- afrontando el desafío de vivir juntos.

Es común al dar ese paso que el amor de muchos quede por el camino devorado por la convivencia, y se entreguen al hastío, que es la antesala del fin. Pero, aunque nos estábamos conociendo de una forma distinta y teníamos nuestras discrepancias, nuestro sentimiento tenía la fuerza de la madurez y estábamos llenos de sueños y esperanzas.

Yo estaba sumergido en mi trabajo, buscando nuevas actividades en el boliche para ganar más, sin darme cuenta que Eliza esperaba otra cosa de mí... deseaba estar conmigo el mayor tiempo posible. No era necesario para ella que yo “salvara exámenes” de superación económica. Había abandonado por mí cosas muy queridas, como su Montevideo, sus amigos. Añoraba su ciudad, las tertulias en algún boliche con su gente. Estaba conmigo porque en la balanza, yo había pesado más en el momento de decidir, pero no por eso dejó de extrañar sus cosas.

Le di la razón mucho después, cuando realmente lo comprendí... por suerte para mí, pudo esperar que yo me despertara. Hoy, después de muchos años, reconozco que fui un afortunado porque el amor que siempre sintió por mí, es de los que no mueren jamás.

No quiero decir que haya hecho algo importante para lastimar ese amor, ¡no!... ella tampoco me lo hubiera permitido, sin duda alguna se habría marchado llevándose su amor a cuestas. Nunca tuvimos de “esas” discrepancias fundamentales de las que las parejas no pueden salir. Compartimos todas nuestras inquietudes y el tiempo nunca fue suficiente para nuestras charlas. Jamás hicimos ese silencio que indica que una pareja ya está en el “C.T.I.”.

Algunas noches ella también salía a hacer promoción para el boliche visitando conserjes de hoteles. Otras, escribía invitaciones a máquina para empresas y Embajadas. Era una forma muy positiva de ayuda, muchos clientes llegaron por esa vía y Eliza recibió sus buenas comisiones.

Yo llegaba a las 4 o las 5 de la mañana con bizcochos calentitos de la panadería que estaba frente al Queen. Me esperaba despierta para cenar y conversar hasta que nos venciera el sueño... después dormíamos hasta las 2 o 3 de la tarde.

Otras veces, me iba a esperar al bar del uruguayo Polo, un lugar muy simpático en la calle Uruguay entre Corrientes y Lavalle. Nos tomábamos unos “Criadores” y luego íbamos a cenar a “Pepito”, en Montevideo y Corrientes. “Pepito” siempre fue la cita obligada de los trasnochadores, allí se podía cenar a la hora del desayuno y ver en las mesas grupos de cantantes, actores y todo aquél que formara parte de la farándula nocturna.

Una vez, mientras cenábamos, entró al restorán un grupo de compañeros del Queen y unas cuantas chicas. Uno de los muchachos me saludó con la mano desde la otra punta del salón y noté que hubo comentarios, las chicas miraron hacia nuestra mesa... ¡era de suponer que si yo estaba acompañado, tendría que ser con “mi marido”...!

Eliza estaba de espaldas a ellos, con su pelo cortito y su pantalón vaquero. Antes de irnos, se levantó y fue al baño, al fondo del salón todavía repleto. No había nadie adentro. De repente, oyó desde el box que había irrumpido un montón de mujeres en tremenda jarana, que al verla salir, la miraron sorprendidas e hicieron silencio... eran las chicas, que corrieron al baño a ver de cerca a “mi marido”... y comprobaron que no había sido más que una artimaña del veterano mañoso. Les dijo “hola!” y volvió a la mesa muerta de risa.

De allí, con las primeras luces, salíamos a la ciudad que lentamente se ponía en movimiento para su gente diurna. Comenzaba un nuevo día... para muchos, la esperanza de algo mejor, para otros, una jornada más.

A las 7 u 8 de la mañana, nosotros nos íbamos a dormir. Encontrábamos a la señora encargada de la limpieza del edificio en plena tarea, que nos saludaba con un “buenos días”, al que Eliza contestaba “buenas noches” mal disimulando la gracia que le causaba esa situación.

Vivir en la noche tiene su encanto, la bohemia de los noctámbulos está llena de romanticismo, la penumbra nos identifica. No en vano tanto artista ha creado su gran obra en la noche. Tal vez nos despoja de las mezquindades dando paso a otros valores que no exhibimos a la luz del sol.

En diciembre, Eliza viajó a Montevideo a ver a su madre. Al descender en la Plaza Libertad del coche de “ONDA” que la había traído desde Colonia, se le acercaron dos hombres con identificación militar, que la invitaron a subir a una camioneta parada al costado del ómnibus.

Sabían de dónde venía, a dónde iba y a qué. La llevarían a su destino para conversar algo importante en el viaje. Optó por acceder y subió al vehículo. El tema era que estaban por vencer los 6 meses de licencia que había tomado. Le advirtieron que si volvía, la iban a detener. El hecho de estar conmigo fue suficiente para que la consideraran involucrada.

Llegaron a Rivera y Simón Bolívar, la ayudaron a bajar, le entregaron su valija, se despidieron amablemente y le reiteraron mantenerse en Buenos Aires al regresar de su visita. De esa forma, cortaron el cordón umbilical que la unía fuertemente a su ciudad.

De vuelta en Buenos Aires, asumió con mucha calma la situación, creo que íntimamente complacida de seguir acompañándome en mi aventura obligada... quemadas las naves, sólo quedaba continuar sobreviviendo del otro lado del río.

El que se sentía mal era yo, me pesaba la culpa de que Eliza hubiera perdido su trabajo, y el contacto con todos sus afectos de Montevideo. Nada de eso impidió que continuáramos ensamblándonos como pareja. Más allá de nuestra formación tan distinta, nuestro vínculo se iba fortaleciendo en la adversidad, que es donde se solidifican los sentimientos verdaderos.

Mi actividad en el cabaret seguía en auge, cada día llegaban más clientes por mi intermedio y el 20% de las “cuentas especiales” incrementaba mis entradas.

De Alberto Contini tenía solamente un número de teléfono. Siempre atendía una mujer que me decía que Alberto estaba en el campo. Insistí, hasta que un día lo encontré.

-¿Está el señor Alberto Contini?
-Con él habla.
-Qué bien, hace 15 días que trato de comunicarme con usted. Tengo una cuenta del Queen que me dio Germán... ¿cuándo puedo pasar a cobrarle?
-¿Cuenta del Queen?...yo no le debo nada a Germán.
-Perdón... tengo en mi poder el original con su firma.
-Puede ser, pero por ahora no pienso pagar nada.
-Está bien, tiene una semana para pasar por el boliche a pagar. Si no lo hace, le voy a entregar la cuenta a su mujer.
-¿Vos estás loco? -me gritó- si hacés eso te puede ir muy mal, ¿sabés?

Colgó el teléfono de un tubazo. Era evidente que no tenía intención de pagar ni me creía capaz de cumplir mi amenaza. Tenía que conseguir la dirección de su casa. Como la guía telefónica bonaerense no me servía para eso, había que ingeniárselas...

Al día siguiente, Eliza llamó a lo de Contini. Hábilmente, se hizo pasar por funcionaria de la compañía telefónica, le dijo a la señora que había una conexión cruzada con otro abonado, que las llamadas de ambos se estaban acumulando en las dos facturas y que para corregirlo necesitaba el domicilio. Logró su cometido.

Dirección en mano, a los pocos días la fui a ver. Era un hermoso edificio en Barrio Norte, una de las zonas más elegantes de la capital. En la timbrera de bronce reluciente figuraba “Alberto Contini” en el piso 7. Una voz de mujer atendió mi llamado.

-Traigo un sobre para el señor Contini.
-Por favor -me dijo- déjelo en la portería.
-Perdón, señora, debo entregarlo en su casa.

Me hizo subir. Me estaba esperando al pie del ascensor. Le entregué un sobre abierto con la fotocopia de la cuenta y una de mis tarjetas, por si el señor Contini quería hablar conmigo a su regreso. Le agradecí y me retiré. Una semana después, a las 8 de la noche, sonó el teléfono en casa.

-Quiero hablar con Miguel Ábalos -dijo una voz de hombre con tono agresivo-
-Soy yo, ¿con quién tengo el gusto de hablar?
-Le dejaste la cuenta del Queen a mi mujer, nomás...
-Sí -opté por tutearlo también- te lo advertí si no ibas a pagar...
-Bueno, vas a “tener el gusto” de verme -dijo amenazante- te espero en casa, ¡ahora!
-Salgo para ahí.

La verdad es que nunca había sido “matón”... había defendido mis derechos “echando el resto”, pero esto era distinto. No me gustaba nada la situación, pero ya había ido muy lejos para volver atrás. Tenía que seguir hasta el final para que todo el respeto y el lugar logrado en el boliche no se me fuera por el caño.

Le conté la conversación a Eliza y me miró como diciendo “¿y ahora?” Me vestí lo más elegantemente posible y antes de irme le dije: “No sé lo que podrá pasar. Si no estoy de vuelta en 2 horas, buscame por las comisarías o los hospitales...”, le di un beso y me fui.

Todos los edificios de Barrio Norte estaban iluminados. Toqué timbre en el piso 7.

-Aquí Miguel Ábalos -me anuncié-
-Subí -dijo Contini haciendo sonar el timbre del portero eléctrico- te espero arriba.

Empujé la puerta, entré y llamé el ascensor. Esperé 3 ó 4 minutos, volví a apretar el botón, pero no bajaba. Volví a la timbrera de la puerta.

-Soy yo -dije-
-¿Qué? ¿tenés miedo de subir?
-¿De qué miedo me estás hablando? -retruqué con firmeza- ¡el ascensor está atascado!
-Está bien, bajo yo.

Me quedé contra la puerta, de espaldas a la calle. Sabía que no bajaría por el ascensor que no funcionaba, pero no tenía idea de dónde podía estar el de servicio.

En pocos minutos tuve a Alberto ante mi vista, no podía ser otro a pesar de que no lo conocía... su forma de mirarme no dejaba dudas. Era un hombre joven, muy alto y fornido, quemado del sol.

-No subí porque el ascensor no funciona, no por otra cosa -me adelanté a decirle mientras lo miraba fijo, tratando sicológicamente de darle impresión de seguridad, mientras pensaba que si ese tipo me empezaba a pegar no quedaría nada de mí-
-Se está trabando con frecuencia -me dijo- en cuanto a la cuenta, te voy a dar un cheque por el total, y decile a Germán que lo creía un amigo, que nunca me imaginé que le podía mandar la cuenta a mi mujer... que nunca más le piso el boliche.

Tomé el cheque, me despedí y salí lo más rápido que pude. Mientras caminaba a tomar el colectivo no podía creer que todo hubiera ocurrido de forma tan pacífica, no salía de mi asombro... esperaba otra reacción. En Montevideo nunca hubiera salido a cobrar ese tipo de cuentas, la respuesta del uruguayo podía ser cualquier cosa menos pacífica... más bien que me habrían roto los huesos.

Otro deudor fue Julio Larraín, un tipo pintoresco. Después de rastrearlo por varios lugares que solía frecuentar, fui a su casa en “La Lucila”, Provincia de Buenos Aires, a unos 35 Kms. de la Capital Federal. A mitad del camino se desató la fuerte tormenta que amenazaba desde temprano.

A las 9 de la noche, cuando llegué al coqueto y pequeño chalet adornado con un lindo jardín, la lluvia era torrencial y el viento bastante fuerte.

Llamé a la puerta totalmente empapado a pesar del paraguas. Se encendió la luz del porche y me abrió un hombre de unos 45 años, de estatura media, grueso, de cabeza grande y calvicie incipiente, de barba renegrida y espesa: Julio Larraín.

-Buenas noches -dijo- aunque no sean tan buenas...
-Buenas noches, mi nombre es Miguel Ábalos... vengo por la cuenta del Queen.
-Ah, sí... mi señora me habló de usted... pero, pase, que no está para conversar en la puerta.

Agradecí, cerré el paraguas y lo recosté a una de las paredes del porche. Adentro, la estufa a leña encendida daba al ambiente una tibieza acogedora. Dos chicos de entre 7 y 9 años jugaban sobre una alfombra con un enorme perro que se prestaba a sus travesuras.

-Tome asiento.
-Gracias, mejor no... estoy empapado y voy a mojar el sillón.
-Por favor, hombre, no se haga problema... ¡Marta! -llamó- él es Miguel, el que habló algunas veces contigo -dijo sonriendo a la mujer de unos 30 años, delgada, bastante bonita- por favor, traele una toalla para poner en el sofá, ¡si no, se va a quedar parado!

Le extendí la mano. Ella me saludó con una sonrisa, enseguida cubrió el sofá con una toalla y se llevó los chicos con el pretexto de darles de comer.

-Le agradezco la gentileza de hacerme pasar a su casa.

-¿Y por qué no?, el hecho de que me venga a cobrar una cuenta no quiere decir que sea mi enemigo... además, soy conciente de que le debo dinero a Germán... lo que pasa es que he tenido algunos problemas económicos.
-Yo sé que mi tarea es bastante ingrata -le dije- pero es una forma de ganarme la vida.
-¿Sabés una cosa? -dijo tuteándome- me caés bien. Me consta que hace tiempo que andás en mi busca... y además, te largaste desde la capital con esta lluvia de locos -sonrió- es evidente que estoy ante alguien muy persistente.
-Es verdad. Pongo toda mi voluntad y mis fuerzas en las cosas que hago... es una forma de estar conforme conmigo mismo.
-¿Sos de provincia?
-No, soy uruguayo.
-¡Ah!, ¡ahora tengo un panorama más claro!, son simpáticos los uruguayos, generalmente vehementes y con gran voluntad para vencer adversidades.
-Tal vez somos así porque un país tan chico nos obliga a superarnos...
-Miguel, ¿te tomás un whisky?
-Bueno, te agradezco.
-¿Tenés la cuenta ahí?, la verdad, no me acuerdo la última vez que fui al boliche.

Saqué del bolsillo el sobre con la fotocopia y se la entregué.

-¡Uy!, ¡son unos cuantos pesos!... en esa fecha estaba peleado con mi mujer y mi distracción era ir al Queen... por suerte superamos los problemas, ahora estoy haciendo una vida tranquila.
-Por lo que veo, acá se respira un ambiente muy agradable... una linda señora, dos hermosos hijos, todo ese conjunto se conjuga con felicidad.
-No te equivocás, somos felices. Si en algún momento estuvimos mal fue únicamente por mi culpa... pero es cosa del pasado. En cuanto a la cuenta, te la voy a ir pagando en la medida de mis posibilidades... hoy no te puedo dar nada, pero la semana que viene te entrego una parte.
-Está bien, Julio, el asunto es que estás dispuesto a pagar.
-Te voy a dar un teléfono donde me podés encontrar todas las tardes, ¿de acuerdo?
-Muy bien. Muchas gracias por tu atención, ahora me voy, dejo un saludo para tu señora.
-Chau, Miguel.

Me fui pensando en que Julio Larraín era totalmente distinto a todos los que había visitado por las deudas, a mí también me había caído bien.

Los primeros meses del año 84 ya se vislumbraba que iba a haber grandes cambios en el cabaret. Se comentaba que el propietario estaba pasando por un mal momento económico y quería vender la mitad del boliche. Se decía también que el posible comprador iba a traer a su propia gente.

Ante esa eventualidad, gestioné la libreta de conductor profesional, que me permitiera manejar cualquier tipo de vehículo.

Al poco tiempo, el rumor se hizo realidad. Sorpresivamente, fue cortada la cúpula que administraba el Queen: el gerente Germán y Fernández, el “segundo de a bordo”. También a los dos maîtres y a mí, nos llegó el telegrama colacionado con el cese.

A esa altura ya tenía total conocimiento de cómo funcionaba la cosa en ese tipo de lugares: llamé a Larraín para darle la noticia de que Germán no pertenecía más al Queen ni yo tampoco, así que... ¡el saldo de su deuda estaba cancelado!
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Tomamos mi despido con calma. Teníamos algún dinero ahorrado como para no enloquecerse mientras salía otro trabajo.

Disfrutamos unos días de total libertad y pude dedicarle a Eliza todo el tiempo que mucho se merecía y que tanto deseaba.

Diez días después, en Turismo, me ofrecieron la suplencia de un taxi por la semana. No era mucho lo que conocía de esa enorme ciudad pero me las arreglé para que el pasaje me indicara el camino, y a la vuelta, si me había alejado mucho del Centro, buscaba las avenidas importantes para orientarme.

No queríamos que el horario de trabajo volviera a separarnos, por lo que teníamos en mente emplearnos juntos. Con ese fin, fuimos a una de las tantas agencias de empleos.

La encargada quedó muy bien impresionada con nosotros por nuestra buena presencia, la forma de expresarnos, los conocimientos que teníamos. Le pareció excepcional que personas con nuestro nivel quisieran realizar ese tipo de tareas. Se informó de lo necesario y publicó un aviso en la prensa, un poco especial por la variedad de lo que ofrecía.

Al día siguiente lo vimos: “Se ofrece matrimonio para trabajar en casa de familia. Muy buena presencia y amplia cultura. Él para chofer, mayordomo, jardinero y mantenimiento. Ella para institutriz, cocinera y demás quehaceres.”

A los dos días la agencia nos comunicó que había interesados, a los que entrevistaría para elegir al más conveniente. Nos llamaría luego de finalizar los trámites.

Una semana más tarde, el 1ro. de mayo del 84, nos dirigíamos al 6to. piso de un lujoso edificio en Martínez, zona norte del Gran Buenos Aires, residencia de nuestros posibles empleadores. Eran ingleses que se decían escoceses por temor a las represalias, ya que estaba muy fresca la trágica guerra de las Malvinas.

Nos recibió el matrimonio, de aproximadamente 45 años. Hubo una charla de media hora, en la que el hombre se limitó a formular las preguntas de su interés. Dijo que de concretarse nuestro contrato, trabajaríamos en la casa que habían comprado en Vicente López (también en la zona norte pero más cerca del Centro) donde se estaban haciendo algunas reformas. El sueldo sería el equivalente a 600 dólares, más vivienda y alimentación.

Todo había quedado resuelto y ambas partes estábamos de acuerdo, entonces, al final de la entrevista le dije -en tono divertido- que ya que habían recabado información sobre la clase de personas que éramos, no estaría mal que tratáramos de buscar información similar sobre ellos. “Nunca sabemos qué clase de personas son nuestros empleadores -dije- sería bueno hacerlo aunque no se estila ya que se corre el mismo riesgo de ambas partes”.

El hombre sonrió y miró a su esposa, tomando mi discurso como una simpática broma. Cuál no habrá sido nuestra sorpresa -a muchos años ya de estar viviendo en Montevideo- cuando nos enteramos por unos amigos porteños que el inglés ¡estaba preso por tráfico de armas...!

La familia estaba integrada por el matrimonio y sus cuatro hijos -dos mujeres y dos varones- entre los 20 y los 12 años.

Poseían miles de hectáreas de campo en Córdoba, una empresa de importación y exportación y acciones en varias compañías; dos coches alemanes, uno nacional para los chicos y una avioneta en Don Torcuato para sus viajes a Córdoba.

Los 600 dólares pagaban nuestro trabajo ininterrumpido de 16 horas como mínimo, con los domingos libres para descansar y recuperar energías para comenzar el lunes en condiciones razonables. De todas formas era buen dinero que se ahorraba todo porque no disponíamos de tiempo para gastarlo.

Al comenzar nuestro trabajo en esa mansión, acordamos con Eliza que nos quedaríamos 8 ó 9 meses, hasta ahorrar una suma suficiente para movernos en Montevideo conforme pudiéramos volver.

La situación política en Uruguay mejoraba. Los milicos habían liquidado la sedición. Los que no estaban bajo tierra estaban presos, por lo tanto, habían llegado órdenes del exterior de llamar a elecciones.

Los políticos afilaban sus uñas para entrar con todo, ya que habían estado más de 10 años fuera del poder y así mermado sus patrimonios. Estaba todo dispuesto para que en noviembre del 84 hubiera elecciones.

Nos levantábamos a las 6 de la mañana y tomábamos mate en una habitación contigua a nuestro dormitorio. Eliza comenzaba con el desayuno de la familia para luego, mientras yo llevaba a dos de los hijos al colegio, ocuparse de los 5 baños de la casona antes de preparar el almuerzo.

A mi regreso, yo pasaba la aspiradora por las dos plantas. Al mediodía servía el almuerzo que Eliza había preparado para los comensales anunciados por la dueña de casa, levantaba la mesa y comíamos... siempre que no hubieran traído uno o más “convidados de piedra”. En ese caso, como las fuentes volvían vacías, tomábamos leche y galletas, no podía pretender que Eliza cocinara otra cosa para nosotros atrasando sus siguientes tareas en la casa.

Por la tarde trabajaba en el parque: el césped, las flores, los árboles. A las 6 iba a traer los chicos del colegio, me daba un baño y me preparaba para servir la cena.

A todo esto, Eliza había terminado con la limpieza y la ropa, horneado algo dulce para el té de la familia y encaminado el menú de la noche. En días comunes, nos íbamos a dormir después de las 11.

A una de las tantas reuniones acostumbradas, una noche concurrieron 20 invitados. Era una cena de altos ejecutivos y políticos de los que venden influencias. Preparé dos enormes mesas en el comedor grande y conduje los 25 Kms. hasta el Centro en busca de un invitado que se alojaba en el hotel Plaza, de Florida y Santa Fe. Era un profesor canadiense muy amable y simpático que hablaba correctamente el castellano.

En el viaje de regreso a Vicente López conversamos cordialmente de historia, de filosofía, de fútbol. Le llamó la atención por el nivel de mis conocimientos que trabajara de chofer. Lo dejé en la puerta principal, donde lo esperaban los anfitriones y se despidió de mí con un apretón de manos.

Entré el coche y fui al dormitorio corriendo, quitándome por el camino el uniforme de chofer para disfrazarme de mozo, la hora de la cena estaba muy próxima. Pantalón, zapatos y moñita negros, camisa y saco blancos, me ponían en condiciones de entrar al comedor a dar los últimos toques a las dos mesas finamente tendidas.

A todo esto, Eliza había horneado un enorme pavo relleno, cocinado una variedad de platos para guarnición y preparado dos postres diferentes, ayudada únicamente por sus conocimientos de matemáticas que le permitían cocinar para 6, para 20 o los que fueran sin que sobre y sin que falte, jactándose orgullosa con un “sólo es cuestión de regla de tres”. Ya estaba maquillada y había cambiado su indumentaria de cocina por el “traje de sierva fina” -como le llamaba al uniforme negro con ribetes y delantal de broderie blanco- para ayudarme a servir.

En pocos minutos, convoqué a los dueños de casa y sus invitados a cenar. La señora con una seña me ordenó servir. Mientras lo hacía, el profesor me observaba con curiosidad y sorpresa, con expresión algo interrogante. Me di cuenta que el canadiense me veía cara conocida y no lograba admitir que el chofer y el mozo fueran el mismo hombre. Ya al final de la cena, cuando todos pasaban al living, nos acercamos a ofrecerle café.

-Gracias -me dijo- ¿nos conocemos de algún lugar?
-Sí -le sonreí- lo traje desde el hotel Plaza hace unas horas.
-Claro... su cara me era familiar... su ropa en este momento me confundió -parecía contento de haber resuelto el gran dilema- ¡el chofer...!

En ese momento pensé en decirle que la señora que me asistía competentemente con la bandeja del azúcar y la crema era la misma que había preparado la cena que tanto habían ponderado... pero opté por no complicarle más la vida.

La gente del primer mundo ha calificado a través de la historia a los latinoamericanos como de muy baja categoría. Para ellos seguimos siendo los indígenas que sometieron en tiempos pasados. La mayoría sigue siendo racista y clasista ante cualquier hombre de tez morocha, nos subestiman en la creencia de que nacimos para ser sus sirvientes.

Esa situación sicológica más de una vez creó inconvenientes en el tratamiento empleado-empleador. En cada oportunidad que se hizo necesario -ante una orden dada con cierta agresividad despreciativa- les dejábamos muy en claro que les estábamos vendiendo nuestro trabajo. Cuando decidieran dejar de comprarlo, todo lo que debían hacer era decírnoslo, y contrato concluido. Esa transacción de compra-venta de servicios no incluía malos tratos ni implicaba el servilismo de la esclavitud.

Esa forma de enfrentamiento osado no era de su agrado, pero era la manera de mantenerlos en su lugar de empleadores, sin pasarse a propietarios de nuestras vidas. Si bien aceptaban nuestro argumento, era más fuerte que ellos, estaban habituados de toda la vida a tratar a sus empleados de esa forma, y de tanto en tanto, reincidían.

Un día, una actitud similar tuvo la hija mayor, e inmediatamente juntamos nuestras pertenencias y nos marchamos sin explicaciones inútiles, dejando atrás a la familia de los ingleses.

Por ese motivo volvimos a casa antes de lo previsto, fue en los primeros días de noviembre del 84. Sabíamos por la prensa argentina que Uruguay se estaba tranquilizando y muchos exiliados como nosotros estaban regresando al país.

El corto viaje de vuelta se hizo interminable, no veíamos la hora de pisar el suelo de nuestra querida Montevideo.
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De vuelta en casa, empezamos los trámites para nuestro reingreso a la Cancillería, amparados en la recién votada “Ley de destituidos”.

Con el rótulo de “Renuncia compulsiva” se inició el expediente que, con las declaraciones de los testigos citados -especialmente la del Consejero Mabel Barindelli -la Jefa cuando mi detención- culminó satisfactoriamente sin salir del Ministerio.

El tiempo que duró el papeleo, vivimos -de lo ahorrado en Buenos Aires y alguna changa- en la casita de la Barra de Carrasco, que don Julio Oliver había comprado hacía muchos años “p’a la gurisa”.

Los primeros días de febrero del 86, ya estábamos trabajando.

Aquí siguió nuestra vida, en esta casa que la memoria de don Julio -a quien lamentablemente no alcancé a conocer- ilumina todos los días.

17 años después, con el aval de todo lo vivido, los proyectos de futuro y el sentimiento que nos une, somos felices.
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Mi más profundo agradecimiento a la gente de la hermosa ciudad de Buenos Aires, que me brindó su solidaridad y amistad en un momento muy difícil de mi vida, sin importarle que no fuera de los suyos.

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