jueves, 8 de enero de 2015

Chúpame una T

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Fui a pedir prestada una galga para cazar una liebre muy grande y con pelos que había visto, y la mujer del galguero me dijo:

-Chúpame una T…

Ante tal repuesta me fui a cazar mariposas, y en el ala de una dibujé un fragmento del panteón de Canovas, que quiero mandar al Museo de Miniaturas en Mijas, Málaga.

También, traigo dos mariposas monarcas, cuyas cabezas se me parecen las dos al busto de Pedro Ruiz de Minguijuán, un piadoso mercader amariconado casado con Julia, con busto de Helena de Troya, telefonista en el Archivo Municipal “Conde de Castilfalé” en Burgos, frente a la puerta catedralicia de la Coronería, e hija de lujuria de un ermitaño de san Agustín.

Voy acompañado de un caminante peregrino del Camino de Santiago, que come ahora, en un banco del Paseo del Espolón, su pan con morcilla de Moradillo de Aranda y huevo de codorniz, que él llama “Cojonuda”.

Vamos a la Catedral de Burgos, sitio obligado para cualquier caballero andante que come al olor de los santos y al sabor de los muertos. Nuestro primer deseo es visitar la capilla del Cristo de los Huevos. Al entrar en la Catedral, han volado las dos mariposas monarca hacia el Papamoscas, payaso autómata que a todas las horas en punto abre la boca al tiempo que mueve su brazo derecho para accionar el badajo de una campana, y todos los visitantes, al mirarle, abren su boca.

-Ay, el badajo, dice el peregrino.

Yo le pido que me hable sobre el Cristo de los Huevos. El me dice:

-Yo transcribo lo que dejó escrito el ermitaño de san Agustín, que me regaló el escrito a cambio de un palomino:

“El Cristo es de madera recubierta con piel de búfalo traída por un templario del tiempo de las Cruzadas. Tiene las barbas y el pelo nacientes en la misma tabla de madera. La cabeza se mueve como en alto relieve esperando una corona de honor, que no sea de espinas. Los brazos si se desclavan, caen como desfallecidos en un vencido de hoy. En sus manos hay unas uñas incrustadas en los dedos donde Quevedo escribió algunos versos picarescos, hoy borrados a propósito por el clero. Sus pies reposan en cinco huevos de avestruz traídos por el jansenista y teólogo escritor francés Pasquier Quesnel que hacía el Camino de Santiago, y a quien se le apareció un Querubín del primer coito angélico, en su camino francés, séptima etapa, Torres del Río-Logroño, quien les examinó para ver si estaban arreglados a la medida o proporción de los suyos, llorando al ver que no y entregándoselos no sin antes haberles fechado con el sello del rey y, en su contorno, la firma de un prelado, que se lee san de bas privat, teniendo general aceptación y primer lugar en la gracia y risotada del rey, que les daba vueltas de uno a otro en las manos para producir reflexión, retracción y descomposición de la fe.

Propiedad de un mercader, Prisciliano, natural de Galicia, agnóstico y maniqueo, les ató físicamente a los pies, por una promesa dada a su esposa, quien le ordenó donarles al Cristo, instándole y obligándole a que obrara con prontitud o, en caso contrario no alcanzaría la gracia del Sexo, cortándole ella a él los suyos y poniéndoles a los pies del Cristo.

El esposo marchó a escape, a la carrera, no olvidando la encomienda, colocándoles a los pies del Cristo. Volviendo a casa con alegría y contento, abrazó a su esposa, haciéndose dos en uno, hasta que él la levantó y la asió por el culo, y ella levantó el grito diciendo:

-Amado, ahora tienes dos huevos fuera, y un pájaro dentro; echándose de pechos al amor para besar y matar su sed.”

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