miércoles, 21 de enero de 2015

Consumismo contra comunismo

Julio Herrera (Desde Montreal, Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Desde hace dos años se adelantan las negociaciones de paz entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, tendientes a poner fin al conflicto armado que desde hace medio siglo ha diezmado la población y la economía del país. Por su parte, el presidente Santos ha afirmado que ni el orden social ni el sacrosanto sistema económico que dieron origen al conflicto, -reforma agraria y mejor distribución de la riqueza-, serán materia de discusión en las negociaciones. Es decir, pretende erradicar el problema sin cambiar las causas del mismo.

De igual manera, recientemente el presidente de los EE.UU, Barak Obama, decidió restablecer las relaciones diplomáticas con Cuba, pero sin terminar el embargo económico que es el punto clave del conflicto cubano-americano. Y aunque se argumenta que el origen del conflicto es a causa de que “Cuba es una dictadura comunista”, es fácil comprobar esa falsedad, puesto que el gobierno de los EE.UU tiene relaciones diplomáticas y comerciales con países comunistas como China y Viet Nam, e incluso son relativamente “buenos amigos”.

Pero vale recordar que históricamente el Tío Sam ha demostrado que no tiene amigos sino intereses, y por eso, cuando ahora dice “obrar sin ningún interés”, hay que investigar qué interés tiene en obrar sin interés. ¿Es quizás un intento de Obama por merecer el premio Nobel de paz que usurpa? ¿Es acaso una decisión altruista, un sincero Mea culpa de este sucesor de la política hegemonista de los precedentes Nixon, Clinton, Bush, padre e hijo, Reagan, etc.?

Es evidente que, al igual que todos los césares imperiales que lo han precedido, es sólo la implantación en Cuba de la “democracia” Made in USA lo que busca el carismático Barak Obama. La historia latinoamericana nos enseña que las relaciones comerciales con el agiotista Big Brother yanqui no han sido relaciones fraternales: han sido, y siguen siendo, relaciones incestuosas. Por eso, confiar imprudentemente en su repentina fraternidad sería tan insensato como confiar en un barbero ebrio y con Parkinson.

“Los gobiernos se controlan con el dinero y los pueblos con la alimentación”, dijo en 1970 el consejero presidencial Henry Kissinger, el mismo genocida que sin pudor alguno afirmaba que “para tomar las decisiones apropiadas es indispensable renunciar a los escrúpulos morales”. Y ésa ha sido la estrategia socio-económica de todos los jerarcas de la Casa Blanca desde el inicio de la revolución cubana.

Todo permite prever que el embargo yanqui será desmantelado y que esa presunta “democratización” del gobierno cubano será una funesta “modernización” que implicará un retroceso a los tiempos de Batista en que Cuba era el casino y el burdel de los yanquis. Sería un “progreso” (léase retroceso) hacia un pasado de ignominia que borraría las grandes reivindicaciones sociales de la Revolución. A propósito vale recordar que en la ex Unión Soviética los más acérrimos opositores al sistema socialista se convirtieron en sus mejores apologistas, cuando el consumismo capitalista invadió la sociedad tras la llegada de la Perestroika que solo trajo anarquía económica, caos social, corrupción y la más aberrante batalla por el “sálvese quien pueda”, contrario al noble sentimiento de solidaridad que había predominado en el sistema socialista.

Por eso, si el pueblo cubano está feliz por el pronto alivio de sus angustiosas penurias impuestas con el embargo, lo están aún más las hienas depredadoras de las corporaciones multinacionales que ven en esa isla un filón de oro para aferrarse como un oportuno salvavidas en tiempos en que sus finanzas están en vertiginosa decadencia tras el desplazamiento del imperio americano como primera potencia económica mundial, por parte de China.

Olvidando la tradicional conciencia insobornable del pueblo cubano sueñan los Shylocks de las multinacionales yanquis seducirlo con el sofisma del “libre mercado”, con el ficticio paraíso del consumismo irracional, de las cartas de crédito, que son a sus usuarios lo que el FMI es al tercer mundo: una deuda eterna, una hipoteca vitalicia. Más posibilidades tendrían los prisioneros de Guantánamo de salir libres que los cubanos de ser liberados de esa forma sutil de autobloqueo económico que son las cartas de crédito.

¿Es tal vez ése el verdadero propósito de la repentina fraternidad de la Casa Blanca? ¿Creen ingenuamente los mercaderes yanquis que después de haber resistido estoicamente por más de medio siglo ante el verdugo, el pueblo cubano sucumbirá mansamente ante el mendrugo? ¿Creen acaso que ese estoico pueblo renunciará a su soberanía y su derecho de autodeterminación, tan heroicamente conquistado, a cambio no ya del legendario plato de lentejas sino de una hamburguesa con Coca-cola? ¿Sueñan acaso los magnates que será fácil imponerle un golpe de Estado bancario a esa grandiosa revolución popular, a ese pueblo que supo derrotar a los invasores en la Bahía de Cochinos?

Todo parece indicar que ese es el nuevo “américan dream”, pues ya la gusanera anticubana de Miami especula con el mito de que “la revolución se derrumbó como en la ex Unión Soviética, y que ahora “se reintegrará al mundo libre, al mundo democrático”, e inclusive algunos seudo izquierdistas afirman que “la revolución traicionó sus ideales, sus principios y la esperanza del pueblo cubano”.

Pero no es así. Raúl no es Yeltsin ni Gorbachov. Es Castro. Y aunque admite que son necesarios algunos cambios en las relaciones Cuba-USA, advierte que los principios sociales de la revolución no son negociables, que no basta con que el Big Brother haya liberado de la prisión injusta a Los Cinco antiterroristas cubanos, que debe liberar del terrorismo económico al pueblo cubano reconociéndole su derecho de autodeterminación sociopolítica, de soberanía nacional y de su libertad inalienable, y que el levantamiento del infame bloqueo yanqui debe ser incondicional por ser una flagrante violación del derecho internacional y de los derechos humanos que son la base de la democracia.

Por 20 años consecutivos la asamblea general de la ONU, -185 países, con la excepción de los EE.UU y el gobierno sionista de Israel,- ha condenado el infame embargo yanqui contra el pueblo cubano. Por eso, al admitir que el embargo ha fracasado como medida coercitiva para derrotar la revolución cubana, Obama reconoce tácitamente su propia derrota ante la insobornable dignidad del pueblo cubano. Cuba ha triunfado con el solo hecho de resistir. Los Cinco héroes antiterroristas, como todo el pueblo cubano, han dado prueba de ello.

Una vez más David venció a Goliat. Todo el poderío económico y militar del imperio yanqui, todo el terrorismo encubierto de los mercenarios del Pentágono y la CIA fueron estériles ante ese pueblo armado de heroísmo, fiel a su designo de ¡Patria o muerte!

No. El socialismo cubano no ha muerto ni está agonizante: por más de medio siglo su dignidad y su resistencia han sido más poderosas que el poderío del imperio... ¡y seguirá resistiendo!

¡Pueblos como el cubano consuelan y redimen la humanidad de toda su historia de abyecciones y bajezas!

¿Capitular ante el capitalismo? ¡Jamás!

Por eso, en respuesta a Obama, cuando dice hipócritamente: “Todos somos americanos” la respuesta del mundo entero debe ser: ¡TODOS SOMOS CUBANOS!

¡Viva el glorioso pueblo cubano! ¡Patria o muerte! ¡Hasta la victoria siempre!

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