miércoles, 14 de enero de 2015

Las huelgas (Burgos)

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Voy con un amigo de pelo muy corto, pero velludo, Pablo Francisco, bastante jesuita él, ex misionero en California hacia las postrimerías del período colonial. Tiene una cabeza como un tomo de la Historia de Francia escrita por Villaret y Garnier. Agotadas sus venas por el azúcar y por, como dice él, por tenerlas de vena cava, achampañadas. Ya le han dado dos amagos al corazón. Echa vena a todo y lanza exclamaciones de cólera y enojo, porque se siente joven y tiene una huerta limonera en Valencia, que dice fue propiedad de la Iglesia, como todo, que para él es un sitio de vencía, como el venadero de los venados, oso, jabalí o ciervo. Le gusta la pesca más que la caza. Pospone a él su interés por la huerta.

Me dice:

-Antes tenía que vencer el deseo; ahora tengo que vencer el miedo.

Le respondo:

-Debes superar las dificultades y no obrar contra el corazón. No debes ir de vencido.

Ahora, caminando, me habla de su esposa Wenceslea, que trajo de California, como las nueces, hacia la que tiene una inclinación que no puede refrenar.

Me dice:

-Ayer, como el que cumple el plazo de una letra, fui tras ella, le agarré de la braga, rasgándola. Cogiéndola por detrás, me enfundó el miembro sin querer, como una tira ancha y larga de lienzo, no pudiendo hacer contra su sexo distintivo de soberanía, pues, al querer introducirme en el amor, le puse la venda en los ojos, siendo impedimento al acto sexual, influyendo en su ánimo de jumenta de tal modo que, volviéndose contra mí, me dio una sonora bofetada muy recia y violenta.

Hace una pausa y sigue:

-Yo me quedé como “el abuelo de los nabos”, a quien llamaban “Zutano vende nabos” quien, aparejando su burro, como canta la copla, se fue a vender nabos y, al rodear una esquina, le salieron cuatro gitanos que le quitaron el borrico y le dejaron los nabos, marchando a un convento, el de las Huelgas, monasterio cisterciense, llamando para ver si le compraban los nabos. Salió la madre abadesa, Wenda, constituida en prelacía y dignidad, quien le llevó ante el sepulcro de Alonso el del Salado, y de doña Leonor de Inglaterra, su mujer, fundadores ambos del monasterio, preguntando “¿a cómo da usted los nabos? Respondiendo el abuelo: a euro el medio kilo, pero a la madre abadesa, si mes les compra, le regalaré otro más largo.

Al oírle, dejando sus rezos, salieron las hermanas y novicias, y le cogieron del nabo con violencia a injusticia, dejando al abuelo capado y sin su nabo, con el cual había maleficiado o hechizado por cuadras y caminos vendiendo sus nabos, mientras las novicias cantaban en gregoriano “san mateo, la vendimia arreo”, colocando su nabo en el extremo de una vara larga como el canuto que se usa para sacar vino de las cubas o botas para probarlo.

Reímos los dos como venáticos.

-Vaya buena venganza, le dije. Siguiendo: el odio al miembro viril es mortal en seminarios o conventos. Odio transmitido de generación en generación, pero muy venerado, sin embargo, por meapilas y enviudadas beatas de meato santo.

El replicó:

-Con lo que dijo se vendió el abuelo. Siguiendo: la madre abadesa acabó con “el abuelo de los nabos” poniendo su concha cuatrivalva en su boca, cual concha vivalva que se coloca en las esclavinas de los peregrinos romeros a Santiago, ocasionándole la muerte por su venosidad, no siendo menoscabo su decoro por ello.

Para el abuelo, Venus fue, venero, raya o línea horaria de muerte en el reloj carnal del as de oros del culo de la madre abadesa en su boca.

-Entonces, le pregunto, yo: el abuelo de los nabos murió en olor de santidad, ¿no?

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