miércoles, 21 de enero de 2015

Más obstinado que el río

Miguel Ábalos (Desde Canelones, Uruguay. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Un día, la única fábrica que había en el pueblo amaneció cerrada. Sus dueños se habían marchado dejando a la gente sin trabajo, y lo que es peor, ni siquiera les habían pagado los pocos pesos que les debían.

Ramón y Juana quedaron desocupados. Tuvieron que dejar la casa que alquilaban, para irse a vivir con sus dos hijos a orillas del río, en esa tierra de todos y de nadie donde habitan los más pobres, esos que la política engendra con sus injusticias.

Ramón había nacido muy cerca de ese lugar, lo conocía bien. Desde gurí solía ir con sus amigos a bañarse. Buscó la parte más alta para escapar a las crecientes y construyó su choza con troncos cortados de un monte cercano y chapas viejas.

Al comienzo del otoño vinieron las lluvias. Después de una semana el río empezó a crecer. Ese mismo río generoso, que muchas veces les regalaba bagres y tarariras, se había enfurecido y amenazaba con expulsar a la gente de su orilla. A medida que avanzaban las horas, lentamente, iba cercando uno a uno todos los ranchos. Hombres, mujeres y gurises trataban de escapar llevando las pocas cosas que podían.

Ramón sacó a Juana y a sus hijos y volvió al rancho, él no pensaba abandonarlo. Por momentos la lluvia cesaba, pero un cielo gris plomizo indicaba que la situación iba a seguir igual. En el silencio de noche, los ladridos de perros lejanos quebraban el murmullo de las ranas.

Noche larga, interminable. Las aguas bordeando la choza, sin apurarse a entrar. Una enorme y brillante luna llena, asomando entre las densas nubes, iluminaba las sucias y turbias aguas. Ramón miraba a través de la ventana cómo la corriente arrastraba todo a su paso: tablas, chapas, latas, junto a los pobres y miserables sueños y esperanzas de los mansos moradores.

Ya de mañana los helicópteros sobrevolaban evaluando la situación. Una lancha con los infaltables enviados especiales de la prensa, se desplazaba para cubrir lo que allí acontecía. Al ver a Ramón, el único que aún no había abandonado su casa, se le acercaron para entrevistarlo.

La morbosidad del periodismo no tiene límite en el mundo. Algunos son tan insensibles como una piedra. Y otros son simplemente tan torpes que jamás aplicarán el sentido común… el menos común de los sentidos. Aunque serán éstos, sin embargo, los que recibirán el galardón por "la mejor nota periodística", ganado a costa de aquella resignada gente que ingenuamente ha relatado ante sus cámaras –desnudando su dolor, su soledad y su angustia– la muerte de familiares o amigos presenciada con impotencia.

Al ver a Ramón frente a la única miserable choza que quedaba en pie, la lancha se detuvo. Uno de los ocupantes –micrófono en mano– le preguntó:

–¿Por qué construyó su casa acá? ¿No sabe que el río crece cada vez que llueve y arrastra todo a su paso?

Ramón, un hombre de pueblo, simple, humilde, tal vez un poco ignorante, pero nunca burro y mucho menos estúpido; al oír la pregunta hizo una mueca que mucho se parecía a una sonrisa irónica, y contestó:

–Le voy a explicar, señor, aunque no sé si me va a entender. Yo tengo una linda casa en Montevideo, está en el barrio de Carrasco, con cinco habitaciones, un parque y piscina. Pero a mi Juana le gusta mucho vivir a orillas de este río, en esta choza que está aquí –señalando su casa– esa es la razón.

Fue la única pregunta que le hicieron, marchándose de inmediato.

Al llegar la noche, Ramón tuvo que dejar su choza. Había comenzado a llover nuevamente y tenía la seguridad que se iba a inundar irremediablemente. No fue mucho lo que pudo sacar. Envolvió en una frazada lo que le pareció más útil, se lo alzó a la espalda y con el agua por la cintura comenzó a caminar lentamente mientras la luna se asomaba para despedirse.

Cuando llegó a tierra firme, miró por última vez al río, que aumentando su caudal seguía arrastrando todo en su loca carrera. En ese momento, Ramón alcanzó a ver su casa, pasándole muy cerca… la última en sucumbir. Sintió deseos de gritar su rabia, su impotencia hacia tanta adversidad.

Respiró profundo y profirió un grito que resonó en la corriente de aguas turbias y se perdió en el silencio de la noche: ¡Esta vez me corriste, río de mierda!, ¡Pero con eso no me vas a amedrentar!, ¡Volveré y levantaré mi casa en el mismo lugar en que estaba! No me importa cuántas veces que se te ocurra crecer… ¡terminarás volviendo a tu cauce!

¿Con quién más iba a pelear? ¿A quién más podía reprocharle? ¿A los responsables de que exista la injusticia...? De saber dónde están, tal vez… Pero ahí, el único que "daba la cara" era el río.

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