miércoles, 21 de enero de 2015

Monolito

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Hoy estamos de monos.

Sentados en un banco que da a la fachada de la catedral de Cuenca, como dos priorales de las órdenes militares de Ciudad Real sentados en silla presidencial del Maestre de Santiago, contemplamos unos monjes o chispillas y centellas pequeñas que quedan en el papel que estamos quemando, que van poco a poco apagándose, como las que se dedicaban al dios Airón, en Uclés, cual ave parecida a la garza junto a un pozo hondísimo que se supone tragarse para no volver a ser vistas las cosas que en él caen.

En una pared, detrás de nosotros, hemos leído un escrito en letras negras y grandes a medio borrar que dice “La religión, Lacra Social”, y una A en círculo como firma.

-Estas ciudades y pueblos de las dos Castillas tienen costumbres monjiles, escrúpulos monjiles, dice mi amigo “Cabeza de Griego”, como le llaman.

Hace una pausa y sigue:

-Son ciudades y pueblos perdidos en sus propios paisajes en el cuadro pictórico sobre varios puentecillos y aguas estancadas o movibles, con iglesias reñidas o enojadas unas con otras por su silencio que las delata. Sus campanas musitan con negación o tocan a muerto.

-Castilla, le replico yo, aseverando, es monocordio, de una sola cuerda, donde especies de cuadrumanos tienen por caracteres esenciales cierta semejanza con el mono en los gestos, ademanes y en el instinto de imitación.

En este instante, y a seguido, mi amigo se levanta y, golpeándose con los puños el pecho, hace visajes y ademanes parecidos a los del mono. El es una persona de poco seso y mucho sexo, por eso es afectado en sus modales; pero sumiso, pues me acompaña como subalterno para recordarme los nombres de las calles que vamos pasando.

Calla un momento, y, a continuación, dice llevándose las manos al bajo vientre:

-Yo soy un monocerote, más tú, amigo Navas, que llevas esculpido en la frente el arco de herradura, no eres más que un pelele. Tu instrumento es de una sola cuerda tendida en la caja escrotal sobre dos huevecillos fijos y poco movibles a distancia, cada uno de los cuales corresponde con una nota musical de la escala del Requiem de Mozart.

Me hizo gracia y le aplaudí. Y le respondí con ironía:

-Pues tú, majete, vaya si vas bien armado que, con tu espolón, sólo puedes embestir barcos de papel sobre los mares y ríos de tu culo.

Hacía poco que le habían operado de la próstata y, según él mismo me dijo, se corría hacia dentro.

Pasamos por delante de la fachada de la catedral y nos fuimos a coger el coche que nos llevaría a la Ciudad Encantada, paraje natural de rocas calcáreas o calizas formadas a lo largo de miles de años, cerca de Valdecabras, que nos gustaba más que las Casas Colgantes, Voladas o del Rey; un guiño de cornisa en la roca de la hoz del río Huécar.

Nuestra ilusión, desde que estuvimos en el seminario diocesano, era volver y, en el Tormo Alto, dejar nuestro monolito de modelado Kakárstico. A su pie, y mirándonos el uno al otro, hicimos de vientre, fraguando la argamasa, fabricando una obra en miniatura de albañilería en fachada o delantera de pared de juego de pelotas en teoría filosófica que considera el alma y el arte como mera función del sistema digestivo.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.