martes, 27 de enero de 2015

Pedro Lemebel. El artista de la diferencia

Juan Francisco Coloane (Desde Chile. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



En la madrugada del día viernes 23 de enero falleció en Santiago de Chile Pedro Lemebel, una de las voces literarias más originales y creativas en cuanto a lenguaje por su informalidad irreverente, y contenido, por la denuncia con humor sin resentimiento, del inconformismo acumulado en una sociedad, como la chilena, dominada por la oligarquía desde su origen.

Una primera versión de esta entrevista fue realizada por el periodista Osciel Moya el 26 de octubre de 2011, para que fuera incluida en el libro “Vidas de Izquierda”, de la editorial Navegación e Ideas, publicado en octubre de 2014. Esta es la versión corregida de esa entrevista original, que el propio Pedro metió mano y me la envío para reemplazar la que está publicada. En su correo del 10 de enero de 2012 me decía: “Pancho aquí va la entrevista, uffff me costó harto trabajo, ojala vaya completa...”

Por el desorden de una empresa chica y pobre, la versión corregida por Pedro no llegó a la etapa de la impresión del libro. No hubo nada más que eso. Pedro reclamó diciendo, “me censuraron la parte en donde criticaba al estalinismo”. No alcancé a decirle que en la segunda edición, revisada, de este libro, su entrevista corregida con sus respuestas reescritas por él mismo será incluida.

Conocí a Pedro hace casi 30 años cuando visité por primera vez Chile con autorización especial del gobierno, en pleno apogeo del colectivo cultural “Las Yeguas del Apocalipsis”. Claudia Donoso la periodista y escritora me presentó a Pedro y a Pancho Casas los líderes del colectivo y así como a otros artistas sin par, con visión de futuro y con un planteamiento artístico y cultural para un Chile más culto y creativo, verdaderamente cosmopolita y socialmente menos dividido.

Venir a Chile, insular y remoto, ubicado entre una inmensa cordillera y el Pacífico, después de 15 años sin pisar América Latina porque el exilio me tiró lejos por allá en el Asia profunda, y encontrarse con proyectos como los que encabezaba Pedro y su grupo, era un shock positivo. De lo único que se sabía fuera de Chile es que había una dictadura atroz. Pedro fue un símbolo de un período de rica creatividad y que ha dejado su huella en el Chile de hoy. Después, en los años 90, fuimos colegas en ese maravilloso proyecto que era Radio Tierra. Sus crónicas radiales eran quizás el programa más escuchado del momento y cortaban las divisiones de todo tipo haciendo trizas el ABC1 y otras tipologías odiosas. Esta es una entrevista indispensable en el registro de Pedro, y me hago eco de una iniciativa de Francisca Lobo, una de sus más fervientes admiradoras que me llamó para decirme: “Hay que rescatar esas crónicas de Pedro Lemebel en Radio Tierra y distribuirlas en formatos reproducibles”.

La versión corregida de la entrevista por el propio Pedro Lemebel

¿Quién es Pedro Lemebel?

Soy escritor y un artista visual que he vivido en Chile, el país donde nací, especialmente en un territorio marginal que me marcó y fue fundamental en mi biografía y en mi quehacer cultural. La comuna de San Miguel, una comuna brava y el Zanjón de la Aguada, que fue un lugar de la pobreza chilena que ahora se puede mirar como arqueología. Quizás porque ya no existe esa pobreza tan demacrada. Ahora existe otra, disfrazada con electrodomésticos y ropa usada norteamericana. En ese tipo de pobreza me crié y por primera vez tuve alguna relación con el Partido, ahí en el Zanjón de la Aguada, cultive mi conciencia de clase.

Qué edad tenías cuando conoces al Partido Comunista

Uno no conoce por edad, conoce por afectos y contagios, por influencias, por memorias familiares y populares que de alguna manera se traspasan, se permean de piel a piel, de canto a canto, de falta en falta, de rabia a rabia, de impulso a impulso, de batalla en batalla. Debo haber sido muy pequeño, no sé, yo nací en la casa, mi madre me tuvo ahí en ese nido proletario. Te digo casa, pero era solo una bambalina que parecía casa por fuera, pero por dentro habían cuatro palos con un techo donde anidamos esa cálida vida familiar, pero muy digna, muy esforzada y de la cual me siento digno.

Con cuantos hermanos…

Somos dos hermanos yo era el menor. Mi padre era del sur y toda su vida trabajó de panadero, y a través del sindicato de panificadores, él se hizo socialista y allendista. En el caso de mi madre y de mi abuela, siempre las rondó la amistad con el Partido. Tenían una amiga comunista muy querida, dirigente política, y mi madre cada vez que mi abuela se perdía, comentaba: debe estar donde la Anita. Creo que a ellas les encantaba el discurso. Las mujeres con discurso, con oratoria, las mujeres con posturas frente a lo social, más que lo doméstico. También lo doméstico y la receta de cocina pobladora. Pero más que nada era la fuerza de los postulados éticos y sociales, reivindicativos, justicieros, eso creo que a ellas y a mi familia nos hizo estar siempre en la izquierda. Los pobres entonces éramos todos de izquierda. También, en el Zanjón de la Aguada, teníamos vecinos pelados, que eran los delincuentes de ese tiempo que los rapaban para identificarlos, pero eran delincuentes más románticos que robaban a los ricos. Y el Zanjón estaba conectado con La Legua cuando llegaban los “ratis” de investigaciones a llevarse detenidos a los pelados en los allanamientos, nosotros los dejábamos pasar por el patio, y saltaban la muralla y se arrancaban a La Legua. Era una complicidad barrial con esa delincuencia guerrillera.

Qué estudiaste…

El año 1973, entre a la Universidad de Chile a diseño teatral. En mi población, era el único que había entrado a la Universidad. Ya no vivíamos en el Zanjón de la Aguada. Nosotros éramos un poco gitanos. Mi madre tenía ese espíritu errante. Y de la miseria del Zanjón de la Aguada pasamos a la población San Gregorio que ya era un terreno y de aquel sitio a la Población Roosevelt que ya era una casita, con su baño. De ahí saltamos a la población de Molineros y Panificadores, a un departamento, a un bloque y ahí teníamos gas y baño de tina y parquet, éramos casi cuicos. Eran los años 70, de la UP, que para mi tubo una carga cultural tremenda. No fue ni un caos, ni una situación de temor como la pintan. Para mí fue una fiesta en todo sentido, fiesta cultural, fiesta de arte y también de liberación de deseos, de todos los deseos, culturales, sexuales, políticos. Por fin teníamos un espacio los pobres, los castigados de siempre teníamos una voz en este país. Entonces de un día para otro a mi papá le subieron el sueldo en un cien por ciento, como panadero, y por primera vez tuvimos living. Y también tuvimos refrigerador y hacíamos cubitos de hielo de color rojo. Fue una alegría muy grande para nosotros el período de la Unidad Popular y para mi formación cultural, porque tuve buenos profesores, sobretodo de castellano, lenguaje como se dice ahora. Me llevaron al teatro, a ver “Los que van quedando en el camino” de Isidora Aguirre en el teatro Antonio Varas, para mí fue como que alguien me hubiera descorrido un telón cultural. También mis profesores de la UP me hicieron leer filosofía, Sartre, el boom latinoamericano, a García Márquez y Cortázar, y se me abrió la cabeza. Postule a la universidad y quedé en diseño teatral y me duro tan poco como duro la UP porque en septiembre del 73, se cerró la carrera. Al año siguiente volví a postular y quedé en Pedagogía en Artes Plásticas, me titule e hice clases cuatro años. En Maipú tuve de alumno a Ronald Wood, que era de la jota y que lo mataron los milicos en mayo de 1986. Mi vida, mi desenvolvimiento entre lo laboral y lo artístico se ha ido formando en una mezcla de discursos, porque yo era proletario, un poco artista y homosexual, en un tiempo donde no estaba de moda la homosexualidad.

Reprimido incluso por la izquierda…

Más que reprimido, más bien, invisibilizado, recuerdo que en los 80 en plena dictadura, yo participaba en el colectivo de escritores jóvenes, y también en el coordinador cultural, que eran instancias de movilización política, disfrazadas de chapas culturales. Ahí el partido estaba muy presente, y tuve gente y escritores amigos que nunca me reprimieron, pero tampoco me tomaban en brazos, ni me pasaban la bandera con la hoz. Pero recuerdo que hubo un gran acto en homenaje a Neruda en el Teatro Caupolicán. Entonces, la sociedad de escritores me puso de guardia con un brazalete con el pescado de Neruda. Para mí era muy divertido estar en la seguridad nerudiana, en el teatro me encontré con vecinos de la población que me veían como el mariconcito de la esquina. Y ahí me vieron como autoridad. Casi de la Stasi… (se ríe).

Qué produce el cambio de la docencia a la literatura…

A mí me fue muy bien como profesor de artes plásticas. Mis alumnos hacían maravillas, nos ganamos varios premios, por eso me permitían licencias de vestir, de llegar atrasado y medio copeteado, hasta fumaba pitos con mis alumnos. Tampoco iba a ninguna manifestación, de apoyo a la dictadura. El profesor de artes plásticas tenía más ventajas, como el profesor de música también. Mi madre fue la persona que me instó a que yo estudiara pedagogía. Porque como ya me veía homosexuado, ella quería que yo ejerciera algún oficio respetado, y el profesor era considerado una autoridad. Si yo era profesor, iba a pasar más piola que si fuera peluquero o decorador de modas. Entonces ya escribía cuentos, pero un día me aburrí de la docencia y tire a la mierda la educación. Pero la literatura la tome en serio cuando me pagaron por un texto. Así se fue armando el devenir político y sobreviviente de mi escritura.

Se te considera un cronista

Yo diría escritor más que nada, a la crónica llego por contingencia. Entonces escribía cuentos, pero en el país estaban pasando cosas horrorosas que no las contenía el formato cuento. Yo necesitaba escribir algo político, más próximo. En ese momento escribí un manifiesto, “Hablo por mi diferencia”.

Año 1986, cómo surge eso.

Escribí ese manifiesto, a raíz de una carta de admisión que le mande al partido diciendo que yo era homosexual de izquierda y proletario. Pero era un chiste, en ese momento nadie mandaba cartas. Era el año 86 fue el año del atentado, el año decisivo. El glorioso, el sublime, pasional, fallido atentado a la bestia, pero no fue fallido. Ahí se encendió el futuro, era posible derrumbar a la bestia o por lo menos, hacerle una zancadilla. Como no me respondieron aquella carta para ser admitido en el partido me fui al frente.

La idea era entrar el Partido.

Entrar a una participación política un poco más organizada, menos clandestina. Claro había otros homosexuales que giraban en torno a la izquierda, pero yo quería algún tipo de autorización más digna.

Un referente.

No, también que se me reconociera la homosexualidad como un rasgo mas del activismo. Quizás por eso, un día me pidieron que participara en algunas cosas para el Frente Patriótico y acepte.

Pero tú sabías en qué estabas metido…

Todos sabíamos pero había que fingir inocencia, era peligroso saber demasiado. En la novela “Tengo miedo Torero” eso lo hago narrativa, no hago ficción pero lo teatralizo. Me preguntas lo sabías y te digo: No, no lo sabía. Pero era ser idiota no saber en lo uno estaba. En mi casa del Frente, tuve parte de ese coctel explosivo. En ese momento nadie imaginaba que se podía atentar contra Pinochet. Era una gran epopeya, en la que hubo muchas mujeres y que nunca se reconocen. No sé si hubo más locas o gays, pero yo estuve en eso, y me siento orgulloso.

El Manifiesto habla de eso

El Manifiesto del 86 cambio mi escritura, ya nunca más escribí cuentos. Me cambié a la crónica de un día para otro. Ese manifiesto es un texto punzante que advierte a los compañeros del Partido sobre algunas segregaciones a los homosexuales que ocurrían dentro, que no eran para tanto. Tampoco en la dictadura los milicos hicieron una persecución tan grande a los homosexuales en Chile como fue en Brasil y Argentina. A Pinochet no le interesaban. Es más, se me ocurre que decía; si el paseo Ahumada está lleno de maricones y topless, de qué dictadura me hablan.

Este manifiesto tuvo alguna respuesta.

Este manifiesto lo publicaron en la revista Página Abierta con una foto que ahora es emblemática, con la hoz y el martillo tatuada en la cara. Lo publiqué en esa revista, y luego lo publicaron en Cuba. Más que conmoción hay una voz denunciante, claro a la distancia en el tiempo uno la puede ver, un poco llorosa.

Y que te atraía del Partido.

A mí nunca me atrajo ningún partido, ningún movimiento, ninguna agrupación ni asociación y ninguna religión, he sido más anárquico, mas incomodo con cualquier institución.

Pero querías ingresar…

Aun sin estar en el partido, yo trabajé mucho por derrocar a la dictadura. No es que haya tenido una fijación especial con el partido. Lo traía desde el Zanjón de la Aguada, el partido lo tuve siempre en mi casa. Pero yo era más volante, más anarco, siempre lo fui. Ni siquiera al movimiento homosexual pertenecí. Éramos las Yeguas del Apocalipsis, solo dos locas que impulsamos que se creara el Movimiento Homosexual, Movilh, pero nunca pertenecimos como militantes, solo activistas. Yo al partido me acerqué más cuando conocí a la Gladys Marín, ahí tuve la experiencia de descubrir esa ternura rebelde de ella. Un día le dije: ¿Gladys tú quieres que ingrese al partido? Ella me miró con esos ojos cargados de inteligencia tremenda que tenía y me dijo No, estás bien así porque así puedes ser crítico. Mi amiga era irrepetible y maravillosa.

En qué momento conoces a Gladys.

La conocí en una marcha del informe Rettig. Era una de las primeras marchas de derechos humanos, y junto a Pancho Casas éramos Las Yeguas del Apocalipsis, íbamos vestidos con ternos negros, descalzos, con los tacos altos en las manos, y en nuestras espaldas teníamos escritas dos N (NN). Entonces miro hacia atrás y venía la Gladys en un lienzo y me hace un gesto con el pulgar hacia arriba. Después ya de candidata presidencial, la invite a mi programa en Radio Tierra. Ese era nuestro primer encuentro y fue un milagro como lo dice ella. “Solo una vez platicamos, tú y yo, y enamorados quedamos” (tararea) porque fue como un enamoramiento mutuo. Ella fue lo más directa, lo más franca, lo más asertiva, lo más brillante. Y al final cuando terminó el programa, la Gladys me dice: Pedro supongo que me vas a apoyar en la candidatura… off course le conteste. Y ahí empezó todo ese peregrinaje político, cultural, afectivo junto a Gladys Marín. En el tren de la victoria a Temuco, por los tierrales de Lumaco donde la ungieron las machis, fue precioso. Toda esa aventura viví con Gladys y otras personas. Ella me decía que le gustaría tener más tiempo para leer porque la contingencia la había privado de leer otros discursos. En ese tiempo se le cuestionó en el partido mi amistad.

Tú sentías desde el partido un rechazo hacia ti.

Una que otra mirada de recelo, pero en general y sobre todo, muchos afectos y mucho cariño sobre todo en Nancy Marin, en Manuel Hernández, en Lautaro Carmona, en toda la gente que rodeaba a Gladys que éramos una inmensa patota como decía ella. Pero supe que existió reprobación porque se juntaba conmigo. Y Gladys les paró el carro. No lo iba a permitir, que se le cuestionara mi amistad. Les dijo: que cómo se pretendía cambiar el mundo si se tenía ese tipo de aprehensiones mezquinas. Y fue maravilloso saber que ella se las había jugado por mí. Como no la iba a querer.

Muere ella y qué pasa con tu relación con el Partido Comunista.

Fue algo brutal, demasiado inesperado. Claro yo venía de la muerte de mi madre, y Gladys estuvo junto a mí hasta el final. Después murió mi padre y muchos amigos. Fue un tiempo de muertes de gente querida, pero lo de Gladys, fue una bofetada tremenda, un dolor sin límite. Entiendo que para un militante los acontecimientos políticos y las causas sociales deben seguir latiendo, yo entiendo que en la vida militante somos todos reemplazables. Pero a mi se me murió la flor. Pienso que la muerte de Gladys me desactivó políticamente, de alguna manera, las cosas quedaron estancadas como las veía cuando Gladys estaba viva. Y aunque sigo teniendo cariño por la gente que he querido en el partido, y sigo defendiendo la letra de la internacional como el himno más bello de todos los tiempos, me falta una nota musical para cantarla con alegría.

Cómo ves el aporte del PC a la cultura general del país.

Es indudable que por aquí pasó la cultura más profunda, critica y aguda que tuvo este país. Y esto ocurrió en el mundo entero, era una época en que ser intelectual, artista, humanista, y comunista era ser coherente con el progresismo. Estaban los mejores porque había una sensibilidad de cambio del mundo, de justicia, de liberación, de transformación a la que adhiere la inteligencia internacional. La representación cultural del partido ha sido la más productiva que ha tenido este país. Su influencia creo que le hizo muy bien a mi escritura, a mi discurso, a mi sentir político social. Aunque pienso que el partido comunista chileno en lo cultural, ha sido menos apegado a Moscú, mas latinoamericano. Eso le hizo muy bien.

¿Alguna crítica?

A veces pienso que muchos intelectuales y artistas que participamos de esta causa, acá tan lejos, en Latinoamérica, nunca supimos de los horrores de Stalin o quizás nunca quisimos creerlo. No era posible que el rojo amanecer fuera sangriento.

En algún momento dije que a Reynaldo Arenas lo había matado el sida y no la revolución, y recibí agresiones. Hoy creo que los exilios son más complejos, fue un decir liviano y condeno la humillación y el mal trato que sufrió Arenas, Virgilio Piñera y los homosexuales en el tiempo de la UMAP, solo por ser homosexuales. No es justificable de ninguna forma, menos con el discurso del corazón rojo refugio de los débiles. Por el mismo motivo yo fui un cuerpo castigado, proletario, homosexual, latinoamericano, mapuche…no puedo avalar ese proceder. Ahora y desde hace unas décadas, cambiaron las cosas en Cuba. Las Yeguas del Apocalipsis fuimos invitados gentilmente a la Bienal de arte de La Habana donde tuvimos un gran reconocimiento a nuestro trabajo plástico. A mí, como escritor, me han tratado siempre con mucho respeto y le tengo un gran amor a la isla, a su gente. Me dedicaron una semana de autor en Casa de Las Américas, me celebraron mi cumpleaños, y tengo un cariño inmenso a Roberto Fernández Retamar y la gente de Casa de las Américas. Amo ese lugar y su proceso, pero ocurrieron injusticias…y hay que decirlo.

En el actual escenario, para donde crees que va el país.

No me gusta ser bruja de pronósticos. Pero yo me quedo en este momento con el clamor encendido de la movilización estudiantil. Me quedo con el remezón que le han hecho los estudiantes a este gobierno. Me quedo con este despertar, y a partir de eso y otras cosas, puede generarse un amanecer político.

Un amanecer, ¿Cómo fue la apertura de la UP?

No. Nada vuelve a ser y nada es posible resucitar de la misma manera. Porque el mundo cambió y cambiamos nosotros también. Esta el auge y el desarrollo cibernético que sintetizo y transformo el discurso de las movilizaciones, porque las marchas estudiantiles se arman por Internet. Y es impredecible saber a dónde vamos a llegar en el futuro con el vaivén cambiante de las estrategias político virtuales. Pero creo en la insistencia de la rabia, creo en la insistencia de la duda y creo en la insistencia de la molestia, como una mosca en la pantalla computarizada de la memoria.

En este sentido, tú has roto con todos esos prejuicios, te sientes solo o acompañado en esta lucha.

Creo que ni solo ni acompañado, me siento parte, en una parte diferenciada de ese todo. Defiendo el derecho a la diversidad. Hace mucho tiempo deje atrás el concepto de igualdad. ¿Igual a qué? Yo peleo por la diferencia y así lo expresé en mi manifiesto del año 86.

¿Y la sociedad está preparada para eso?

En este país pacato y de misa dominical, le queda perfecto el tipo de homosexualidad del buen vestir y del bien vivir y del buen pasar, domesticada, asustada, formateada por el poder. Esta homosexualidad simétrica al varón, claro que hay un mundo preparado para eso, no es que esta homosexualidad se haya ganado un lugar dignamente; el neoliberalismo le ha hecho un cuartito rosa a esta situación gay cómoda y conservadora, que se quieren casar de blanco en la catedral.

No son concesiones deseadas.

¿En qué sentido?

A los grupos de minorías sexuales que piden matrimonio y otras reivindicaciones.

Que se casen con el gato si quieren, pero yo nunca luche por el casamiento gay. Vengo de otro tiempo que cuestionaba la burguesa postal familiar. Éramos locas feministas, anarcas que peleábamos por la liberación de ese tipo de instituciones. Ya había pasado la política del emparejamiento de iguales. Por eso sospecho de este destape con portaligas.

Pero como ves ahora el matrimonio homosexual.

Se pueden enamorar, convivir, amancebar y pueden adoptar hijos o mascotas, pero más que repetir la ceremonia nauseabunda de la boda, debe existir un universo cambiante, múltiple, trans, libertario y diferenciado, más progresista, más arriesgado, locas políticas que se casen con la revolución del deseo, de todos los deseos sociales de los oprimidos.

No es una contradicción ser homosexual y de derecha.

Debiera serlo, pero ya no me clausuro en los paradigmas de la homosexualidad ideal. También hay homosexuales de derecha por moda, por oportunismo, por farándula. Como en dictadura se protegían diciendo que tenían un tío general, almirante o coronel. Era una frivolidad, un juego con el poder a falta de biografía política. Aunque esta homosexualidad neoliberal que se apropia ahora de nuestras marchas históricas, es más perversa, porque está infectada con el mercado y hay que oponer resistencia.

¿Tú te sientes comunista?

En alguna parte de mi aporreado corazón. ¿Por qué me lo preguntas?

Por la forma como te expresas.

¿Porque digo nuestra?, ¿Porque digo sueltamente el partido… sin apellido? ¿Debe ser que el cariño familiar se me nota?

Pedro Lemebel.

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