martes, 27 de enero de 2015

Pospornografía

Carlos Alberto Barzani



El término “pornográfico” es uno de esos que hablan más del sujeto clasificador que de los objetos o sujetos que son clasificados. La socióloga Raquel Osborne (La construcción sexual de la realidad, Cátedra, Madrid, 1993) señala que existen tantas definiciones de pornografía como personas deseen proponer una: “Se habla de obscenidad, erotismo, pornografía o indecencia para referirse a las mismas cosas, dependiendo de quién use estos términos”. Algunas definiciones apuntan al contenido del material: “Toda representación –texto, imagen– de sexo explícito no simulado, destinada a ser consumida por el público”. Otras lo plantean en términos más funcionales: “El material que apunta a estimular la fantasía con el fin de provocar reacciones corporales y emocionales de placer sexual”. Y hay también fórmulas que develan el carácter polisémico y moralizante del término, como la del escritor francés Alain Robbe-Grillet: “La pornografía es el erotismo de los otros”. Desde una perspectiva psicoanalítica, la condición de pornografía o erotismo no depende del contenido en cuestión, sino del sujeto que lo consume. Las mismas imágenes pueden ser utilizadas como parte de los juegos eróticos de un sujeto o una pareja, como motor del deseo –y a esto podríamos llamarlo erotismo– o bien referirse a un consumo compulsivo y repetitivo propio de la pulsión de muerte; es decir, angustia automática que se libera bajo una forma de descarga sexual. En la historia del cine, el intento de distinguir entre “erotismo” y “pornografía” ha sido una tarea controvertida. Dependiendo del censor o el ente calificador, determinado film ha sido permitido, prohibido, censurado o calificado como “X”. ¿Las películas El imperio de los sentidos (dirigida por Nagisa Oshima), Calígula (Tinto Brass) y Emanuelle (Just Jaeckin) son eróticas o pornográficas? Hoy, la respuesta puede parecer obvia, pero ¿qué habrían respondido distintos sectores sociales en la década de 1970, cuando fueron estrenadas? La respuesta nos lleva a la irónica frase según la cual la pornografía de hoy no es más que el erotismo de mañana. Pierre Bourdieu (La distinción. Criterio y bases sociales del gusto) tilda de “hipocresía esencial” la oposición entre pornografía y erotismo, ya que “enmascara, gracias a la primacía concedida a la forma, el interés otorgado a la función, y lleva a hacer lo que se hace como si no se hiciera”. La operación de distinguir estos dos campos legitima ciertas expresiones socioculturales sobre otras, siguiendo la lógica de la jerarquización de las diferencias (“la distinción”), con el objetivo de mantener y lograr cierto capital cultural y social. La misma lógica de jerarquización se observa en la idealización de la sexualidad heterosexual genital en detrimento de las diversas formas de sexualidad y de erotismo no heterosexuales y/o no genitales, históricamente expulsadas a las tinieblas de las “perversiones”. El sociólogo brasileño Jorge Leite Jr. advierte que lo importante no es si algo es erótico o pornográfico, sino más bien la representación de la sexualidad como un negocio: tanto cuando pertenece a la elite culturalmente valorada (“arte erótico”) como cuando proviene de sectores populares, y éstas suelen considerase inferiores, vulgares u obscenas (pornografía). Leite propone una definición de pornografía centrada en la sexualidad como producto de consumo: “Toda clase de producción escrita, musical, audiovisual o plástica orientada a un mercado específico y que tiene como principal objetivo el logro de beneficios económicos mediante la excitación de sus consumidores” (Labirintos conceituais científicos, nativos e mercadológicos: pornografía com pessoas que transitam entre os géneros”, Cadernos Pagu, Nº 38, Campinas, enero 2012). Los investigadores (por ejemplo, García Rodríguez, Amaury, “Desentrañando ‘lo pornográfico’”, Revista Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas, México, UNAM, 2001) coinciden en fechar el surgimiento de la pornografía en el Renacimiento: gran parte de la producción de obras pornográficas en esa época tenía como finalidad el cuestionamiento y la crítica a las autoridades políticas, militares y religiosas y la burla a los valores morales de la burguesía. Entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX, la dimensión crítica político-social decrece, al tiempo que, con el afianzamiento del capitalismo y el desarrollo de la cultura de masas y la industria del entretenimiento, se acrecienta el valor del sexo como un producto en el mercado del placer. No fue la primera vez en la historia, ni la última, en que un movimiento crítico instituyente fue agenciado por el poder instituido.

“Cosas que no te cuentan”

El origen y la evolución de la pornografía están en estrecha relación con la satisfacción de los deseos sexuales de los varones heterosexuales. Una investigación sobre sexualidades adolescentes (Jones, Daniel: Sexualidades adolescentes: amor, placer y control en la Argentina contemporánea, Buenos Aires, Ciccus-Clacso, 2010) señala que ver pornografía grupalmente es frecuente entre varones de 12 a 15 años; no así en las mujeres, a quienes no les interesa, la rechazan, y si la ven lo ocultan por el rechazo social que implica. Parte de los varones entrevistados afirma que lo hace por curiosidad y para divertirse; algunos valoran la pornografía como fuente de conocimientos, ya que se aprenden “cosas que no te cuentan” en la familia o en la escuela: “el cuerpo completamente desnudo de una mujer (en una actitud erótica), el sexo oral y el sexo anal, las diferentes posiciones para tener relaciones y otros asuntos relativos al placer”, precisa Jones. ¿Qué tipo de sexualidad se “aprende” al ver una película porno tradicional? En primer lugar: sistemas de valores de género. Como lo denuncian autoras y agrupaciones feministas, las actividades sexuales que expone y difunde este género de películas degradan, someten y cosifican a las mujeres. Sus contenidos, pensados por y para varones heterosexuales, responden a una lógica de erotismo masculino que reproduce valores de género tradicionales. Imágenes femeninas estereotipadas, con grandes pechos y en actitudes de sumisión, docilidad y admiración de la conquista y la agresividad masculinas. Centralización de la escena y de los planos en el pene –siempre en erección–, la eyaculación –sobre el cuerpo, la cara o la boca de la mujer–, la performance masculina y los rostros siempre en éxtasis. Si bien la pornografía hegemónica no inventa estos valores, los reproduce y los refuerza, interviniendo en la construcción de sistemas de valoración sexual y de género de los varones que la consumen. A éstos –como muestra la investigación de Jones– lo que más les gusta en las relaciones sexuales “coincide con cuestiones que conocieron a través de estas películas, como recibir sexo oral y experimentar diversas posiciones”. Como observa Lynn Hunt (The Invention of Pornography: Obscenity and the Origins of Modernity, 1500-1800, New York, Zone, 1996), la pornografía es una “categoría de pensamiento, de representación y de regulación” que constituye uno de los engranajes del dispositivo de producción de sexualidades descripto por Foucault. Se trata de un dispositivo sexo-político-social que –al igual que la medicina o las instituciones familiares– opera sobre la construcción del género, portando una ideología y un discurso sobre el sexo que actúa pedagógicamente, modelando prácticas sexuales; nos dice qué tipo de sexo es gozoso y nos enseña cómo y con quién tener sexo.

“Sexualidades divergentes”

La pospornografía irrumpe como posible forma de resistencia a la pornografía hegemónica, a través de la subversión de los estereotipos sexuales y de género, y se propone trabajar en la desgenitalización del placer. Películas en las que se experimenta con nuevas formas de placer a partir de objetos o partes del cuerpo en situaciones no convencionales, intentando desplazar lo genital como único lugar posible del placer sexual; sexualidades y placeres polimorfos. Para Beatriz Preciado (Testo yonqui, ed. Paidós), el antídoto frente a la pornografía hegemónica no es la censura, sino la producción y circulación de propuestas alternativas, desterritorializando el cuerpo sexuado. Annie Sprinkle fue quien, en 1990, por primera vez utilizó la expresión “pospornografía” en una de sus performances, The Public Cervix Announcement (“El anuncio del cuello uterino público”), en la que invitaba al público a explorar el interior de su vagina con la ayuda de un espéculo, llevando a niveles disparatados el imperativo de ver más y más de los genitales femeninos en el porno tradicional. El término “pospornografía” remite a un tipo de producción audiovisual que contiene elementos pornográficos, no sólo con el fin masturbatorio de la pornografía hegemónica, sino también con fines políticos, humorísticos o críticos. La pospornografía se propone conquistar la función pedagógica que ha cumplido el porno durante años, explorando representaciones de sexualidades divergentes que subviertan los estereotipos sexuales y de género. Con este objetivo se organizó, por ejemplo, la Maratón Posporno, en 2003, en Barcelona, cuyo programa –disponible en www.hartza.com/pospor no.html– afirma que la sexualidad es siempre representación, siempre performance. Se trata entonces de evitar el monopolio de la representación, de resistir al discurso normativo de la pornografía que se hace pasar por la verdad natural de la sexualidad. La pospornografía registra prácticas sexuales que no queden atrapadas en la genitalidad ni que tengan sólo como hilo conductor el inicio, desarrollo y desenlace de la eyaculación masculina. Esto se refiere al porno tradicional, tanto hétero como gay, donde el circuito es erección-penetración-eyaculación y el eje narrativo es el pene. La pospornografía puede centrarse, por ejemplo, en escenas sadomasoquistas (S & M), sin exhibición de genitales y destacando el carácter consensuado, cooperativo y gratificador de estas prácticas. Javier Sáez (“El macho vulnerable: pornografía y sadomasoquismo”) diferencia entre el sadomasoquismo y la “cultura S & M”. El primero alude a la violencia, a la tortura, y está en referencia a una sexualidad sostenida en el sometimiento y la destrucción del otro. En la segunda, “se abandona lo genital como lugar esencial o principal de la sexualidad, y ésta se ve desplazada a todo el cuerpo como lugar posible de experimentación de placer.” Estas propuestas des-naturalizan las representaciones y prácticas hegemónicas de producción de sexo y género en el campo mismo de la pornografía, subvirtiéndolo. Pero corren el riesgo de convertirse en otro mandato, jerarquizando ciertas prácticas al señalarlas como subversivas y por eso más deseables. Y, por último, la pospornografía ya ha entrado en el circuito comercial: muchas de las productoras principales comercializan películas consideradas hard o “bizarras”; crean sellos o marcas especiales, diferentes de los que utilizan para su filmografía tradicional, a fin de no perjudicar la imagen de la empresa (Díaz-Benítez, María E., “Sexo que vende: economía de la producción de películas porno”, en Sexualidade e política na América Latina: histórias, interseçoes e paradoxos, Río de Janeiro, ABIA, 2011). Judith Butler (El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad) advierte que “las prácticas subversivas corren siempre el riesgo de convertirse en clichés adormecedores a base de repetirlas y, sobre todo, al repetirlas en una cultura en la que todo se considera mercancía y en la que la ‘subversión’ tiene un valor de mercado”. La llamada pospornografía ya está siendo penetrada y fagocitada por el mercado; ya es partícipe de la orgía de consumo.

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