martes, 27 de enero de 2015

Un judío argentino

Rodolfo Bassarsky (Desde Cataluña, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Los parientes que frecuentaban mi casa durante mi infancia eran dos tíos, hermanos de mi vieja, con sus esposas e hijos, mis primos, todos menores que yo y mi abuelo materno ruso. Con la muy escasa familia de papá, apenas nos veíamos.

Tanto mamá como papá nunca hablaron en idish y sólo entendían lo básico, igual que mis tíos. Mi abuelo lo hablaba ocasionalmente con amigos, algunos de ellos socios de una cooperativa barrial de judíos no creyentes y de la cual llegó a ser presidente. Mi abuelo (que me regaló a los 8 años mi primer reloj pulsera, un Omega de oro que aún conservo) (1), decía que él era "progresista", una excusa para no confesar que se sentía comunista, cosa que podía ser vergonzante o peligrosa. Un comunista ateo que sentado a horcajadas en una silla puesta al revés en la puerta de su casa de Floresta (2), desplegaba la sábana de La Prensa que leía con sumo interés, inquieto por los acontecimientos nacionales e internacionales. Su cultura era muy básica, solamente primaria; un autodidacta como tantos otros inmigrantes. Un tipo emprendedor, vidriero que supo hacer crecer su vidriería a base de trabajo y sacrificio. Su pensamiento elemental le sirvió para criar a 3 hijos: un farmacéutico, un ingeniero agrónomo y mi vieja, un ama de casa, casada a los 19 años, al uso de la época.

Mis tíos también apenas chapurreaban el idish y lo entendían poco. Mis primitos ni lo hablaban ni lo entendían.

Es decir que mi judaísmo era agnóstico y carente del signo identitario más importante que es el idioma, en este caso un dialecto. Por supuesto que casi ignorábamos que existiera el hebreo, que por otra parte en aquellos tiempos era un idioma muerto. Recién había nacido el Estado de Israel que lo adoptó como lengua oficial. Mi judaísmo se limitaba entonces, a algunos rasgos fisonómicos (cuello más bien largo, labios gruesos {3}) y también al gusto por ciertos platos tradicionales, importados en su mayoría por mi abuela -una judía rumana- y aprendidos por mi vieja (4).

Nunca fui a una sinagoga (shil). Lo más parecido a una sinagoga que conozco por dentro es Santa María la Blanca, en Toledo (5).

Tuve y tengo amigos de origen judío, en general de mis mismas características étnico-no religiosas. A casi todos ellos los conocí en la Asociación Cristiana de Jóvenes. Mi relación con esta institución de cultura integral y educación física, comenzó a los 9 años de edad y duró de manera muy intensa unos 15 años. A pesar de que luego me alejé, conservo un núcleo de amistades que se fraguaron muy fuertemente allí. La ACJ es una institución de origen protestante fundada en Londres en 1840, que pronto se difundió en EE.UU. y desde allí a América Latina. La ACJ argentina se fundó en 1902 y fue adquiriendo progresivamente un carácter ecuménico, en un país que se perfilaba a principios del s. XX como uno de los más cosmopolitas del mundo.

Durante mi adolescencia y juventud, la Asociación me hizo tomar contacto con cierta intelectualidad evangélica que me introdujo someramente en el pensamiento y la teología que sustentaban sus creencias. La idea del existencialismo cristiano, Kierkegaard, el concepto del libre pensamiento, el humanismo, el individualismo, la responsabilidad. Una cultura con fuerte influencia anglo-sajona, impregnada del sentido de independencia y autosuficiencia. La idea de que existen otros ámbitos más allá de la razón, espacios del pensamiento y del alma relacionados con el Dios-Amor. La gran diferencia entre la fastuosidad de los altares católicos y la austeridad de las iglesias evangélicas desprovistas de santos y vírgenes. Los valores de la Verdad y la Naturaleza, exaltados a niveles casi sagrados. Todo esto caló profundamente en mi espíritu juvenil ávido de experiencias y conocimientos. Nunca comprendí cabalmente el rol de Jesucristo y la biblia me pareció siempre una colección de relatos, preceptos y ficciones más propios de la literatura de época que de textos sagrados. De tal manera que nunca fui cristiano. Sin embargo llegué a sentirme creyente en Dios, un sentimiento muy cercano al deísmo. Comprendía la fe, más de lo que la sentía o la vivía. Fui un firme y convencido adepto de la ética cristiana en su vertiente reformista. Escuché con interés y respeto a pastores metodistas y predicadores laicos cuyos discursos me parecieron siempre mucho más próximos a mi manera de concebir el universo y la humanidad que, por ejemplo, el discurso católico. Tuve muy escasa relación con pensadores o teólogos judíos y ninguna relación con pensadores de otras religiones. Fueron unos años de fe acotada, de vehementes sentimientos espirituales y de carencia de una pertenencia clara y definida a algún espacio francamente religioso.

Hasta aquí mi “mundo religioso” atravesó una primera etapa, la de los varenikes, el borsch y mi abuelo judío y “progresista”, el zeide Shulem. Y una segunda etapa, la del Dios-Amor y del amor a Dios, la Verdad y el libre pensamiento.

La tercera etapa comenzó súbitamente frente a un cadáver. Disecábamos cadáveres en los trabajos prácticos de Anatomía durante el primer año de mi carrera. Nunca pude desvelar en profundidad el motivo de por qué esos fríos y grises cadáveres humanos me alejaron de la fe o, más bien, me la hicieron perder casi sin darme cuenta. Seguramente se trataba de una fe endeble muy adherida al espíritu del hombre. Un espíritu ausente de aquellos continentes tiesos que me miraban sin ver y que con sus bocas entreabiertas parecían querer pronunciar palabras que no podían emitir. El hombre vivo que había aprendido a conocer y amar hasta los 20 años, era en verdad solamente esa pieza de carne y huesos. Lo demás ya no existía, era efímero. Creo que estas vivencias, obviamente poco racionales y demasiado simples, fueron sin embargo, el desencadenante de mi ingreso a la tercera etapa, la del agnosticismo (6) respetuoso, curioso e indagador, la etapa del pensamiento científico. Un tiempo que ya está envejeciendo el alma, después de más de 50 años. A pesar del transcurso de ese medio siglo, nada está anquilosado. Persisten sin ansiedad algunos interrogantes cuyas respuestas intuyo que quedarán para mi posteridad.

Notas:
1) además me regaló un juego de ajedrez, por la misma época, que también conservo y con el que siendo adolescente le empecé a ganar sin compasión.
2) en 2014 fui a ver en el pasaje Lobería, a mitad de cuadra de Rivadavia, las ruinas de esa casa abandonada ya hace bastante tiempo.
3) mi nariz carece totalmente de características semitas, lo mismo que las narices de mis viejos y la de mi hermano. Por suerte.
4) Mamá cocinaba algo de la cocina judía tradicional pero no frecuentemente. Lo nuestro era bien nacional: churrasco, puchero, estofados. Huevos con panceta, milanesas, papas fritas. Colchón de tomates, bifes ¡a caballo!. Etc.,etc.
Leikaj: torta de miel. Muy tradicional:
https://www.google.es/?gws_rd=ssl#q=leikaj
Gefilte fish: pescado relleno. ¡Buenísimo!
https://www.google.es/?gws_rd=ssl#q=gefilte+fish
Varenikes: especie de capelletis rellenos de puré de papa y cebollita, típicos de Europa oriental. Mi vieja los hace riquísimos.
https://www.google.es/?gws_rd=ssl#q=varenikes
Borsch: sopa de remolacha, fría o caliente. Con crema de leche queda espectacular. También le pido a mamá que me la haga como cuando éramos chicos. ¡Y me la hace cuando la visito, aproximadamente 1 vez por año! Tiene 94 años.
https://www.google.es/?gws_rd=ssl#q=borsch
Todos estas recetas son tradicionales en general de Europa del este y algunas no son solamente patrimonio de la comunidad judía. Todas ellas (estas 4 y muchas más) sufren variantes regionales. Algunas variantes son muy diferentes. Algo parecido a lo que ocurre con la empanada salteña, jujeña, santiagueña, etc.
5) Santa María la Blanca es un templo ubicado en la ciudad española de Toledo. Construida en el 1180 como sinagoga y, habiendo funcionando como tal durante 211 años, fue expropiada y transformada en iglesia como consecuencia del pogromo de 1391. En la actualidad el edificio pertenece a la Iglesia católica, pero no se realiza culto en él. Se encuentra abierto al público y funciona como museo.
6) agnosticismo no tiene una connotación beligerante como ateísmo

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