miércoles, 14 de enero de 2015

Yo tampoco soy Charlie Hebdo

José González (Desde La Antigua, Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Como cualquier evento que provoca la muerte violenta de un ser humano, el saldo que dejó el atentado terrorista perpetrado en las oficinas de Charlie Hebdo, es desafortunado y muy lamentable; igual que las 15 a 17 muertes diarias que ocurren por hechos violentos en Guatemala, aunque posiblemente esto pasa desapercibido en el mal llamado primer mundo. Sin embargo, como aquél hecho sucedió contra periodistas en la capital de una República que, como dicen muchos, se distingue por su cultura, democracia y tradición de respeto a la libertad de prensa, de expresión y opinión, a nivel global se condena y se repudia sin atenuantes la barbarie cometida y el “mundo entero” se solidariza con el pueblo francés, sin que sepamos ni comprendamos las causas de fondo; pues no sólo se dio muerte a unos periodistas, también se vulneró la libertad de expresión.

Pero ¿quién nos explica lo sucedido? Hundir las manos en la tierra para buscar las raíces profundas que causaron el lamentable atentado, es incómodo y es molesto, además, porque atrás de los innombrables terroristas, hay otros responsables. Además, un análisis objetivo, necesariamente debe poner en cuestión los límites de la libertad de expresión, cuyo valor “indiscutible”, producto de un ciego etnocentrismo, se ha elevado a la categoría de “universal”. Es decir que, además del fanatismo religioso, hay otros factores determinantes en el singular y concreto acto de terrorismo. La geopolítica podría dar una luz y también un análisis a la etnocentrista libertad de expresión.

Como dice Atilio A. Boron (1), el objetivo global de la política estadounidense y, por extensión, de sus clientes europeos, ha sido el saqueo petrolero, cuyas ocupaciones e invasiones en países de Medio Oriente las han disimulado con la promoción de la democracia, los derechos humanos, la libertad, la tolerancia; pero toda injusticia, tarde o temprano, cosecha venganzas, y haber atacado “el eje del mal” promoviendo una guerra sin fin contra el terrorismo ha fomentado fanatismos y ha provocado que a Occidente se le pague con su propia medicina. ¿Cuántos civiles inocentes han muerto en Irak, en Afganistán, en Siria, en Arabia Saudita, en Palestina, en Libia, en Egipto a consecuencia de las ocupaciones de Estados Unidos y de los países “civilizados” de Europa? ¿Será que hay alguna conexión con el acto terrorista que puso fin a la vida de unos periodistas que se burlaban con su sátira de otras culturas? ¿Quiénes, entonces, son los responsables de ese lamentable suceso?

Charlie Hebdo es un semanario satírico que, con fundamento en el derecho “universal” de la libertad de expresión, interpretan la realidad mediante ilustraciones caricaturizadas. Su crítica humorística mordaz ha provocado, inclusive, que algunos se hayan preguntado: “¿Cómo solidarizarse con una revista basura? ¿Se puede celebrar la falta de respeto a otras culturas?” ¿Es válido reírse de una matanza en Egipto con una portada de ese periódico que diga “El Corán es una mierda: no detiene las balas”? Y ahora, como dice Haroldo Shetemul: “¿Qué pasaría si ahora en el mundo musulmán un periódico se riera de la masacre ocurrida en París?”. (2)

Pensar la libertad de expresión como un valor universal, sólo se explica si tenemos en mente el concepto de etnocentrismo que, a decir de Tzvetan Todorov, consiste justamente en el hecho de elevar, indebidamente, a la categoría de universales los valores de la sociedad a la que yo pertenezco. Según esta idea hegemónica, no hay contextos de tiempo y espacio que valgan, los pensamientos trascienden su lugar de origen. Esas ideas universales que los pensadores europeos produjeron durante el período que va desde el Renacimiento hasta la Ilustración y que, desde entonces, han influenciado los proyectos de modernidad y modernización en todo el mundo, nunca pueden ser conceptos completamente universales y puros. El propio lenguaje y las circunstancias de su formulación deben de haber importado elementos de historias preexistentes singulares y únicas.

Por ello, como lo planteó el genial Dipesh Chakraberty (3), es necesario “provincializar” Europa, lo que equivale a descentrar las ideas y cuestionar profundamente los juicios etnocéntricos. La libertad de expresión es un derecho válido, sí, pero sus límites, su interpretación y su aplicación depende de sus contextos históricos. Un ciudadano francés, en su contexto, podría reírse de una religión como el Islam y de una masacre en Egipto si la caricaturiza un medio de comunicación; pero posiblemente desataría la ira de un egipcio o de un musulmán. El marcado etnocentrismo colocaría al francés como un ser civilizado, libre, tolerante y culto; y al otro, como un salvaje, un fanático religioso, un ignorante e intolerante.

De esta cuenta, por la hipocresía mostrada por los bienpensantes y civilizados, que se rasgan las vestiduras por la defensa del sagrado derecho a la libertad de expresión, pero no dicen nada, por ejemplo, del genocidio cometido contra los pueblos indígenas en Guatemala en los años ochentas del siglo pasado o el que perpetró Israel hace pocos meses en Gaza y por la visión hegemónica etnocentrista y racista, yo tampoco soy Charlie Hebdo.

Notas:
1) Ver “El terror en París: raíces profundas y lejanas”: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=194101
2) http://www.prensalibre.com/opinion/Je_suis_Charlie-Haroldo_Shetemul_0_1282072190.html
3) Chakrabarty, Dipesh. “Al margen de Europa. Pensamiento poscolonial y diferencia histórica”. 1ª Edición de 2008. Princeton University Press.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.