domingo, 8 de febrero de 2015

Beto y mi tía Élida

Miguel Ábalos (Desde Canelones, Uruguay. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Hoy mi memoria recoge una imagen clara, nítida, de hace un montón de años atrás. Tengo frente a mí aquel suburbio de la capital riverense de mi niñez como si todo estuviera ocurriendo ahora.

Yo tenía 5 ó 6 años. Era una mañana muy clara, sin duda, verano. Desde unos huecos de las paredes del rancho de paja y terrón donde había nacido, veía a un hombre muy alto, desgarbado, a la sombra de un árbol. Muchos años después lo comparé con alguno de los personajes del notable escritor Panait Istrati. Hoy se me ocurre que debería de medir posiblemente 1m90.

Me le acerqué. Su edad me resulta difícil de imaginar. Tenía el rostro surcado por arrugas, sin duda más obra del trabajo y las necesidades que de la edad. Su saludo fue una sonrisa y su mano acarició mi cabeza en señal de cariño.

Frente a él, una carretilla ancha y larga (enorme para mí), toda de madera salvo las ruedas que eran de hierro. En la parte de arriba tenía varios compartimientos donde cuidadosamente iba colocando la mercadería que iba a salir a vender: lechugas, tomates, repollos, zanahorias, papas y demás, que sacaba de un enorme latón que tenía a su costado.

Mientras trabajaba silbaba y me miraba esbozando una sonrisa. Después, con una regadera con agua, regó toda su mercadería y colocó sobre ella una arpillera humedecida. Su trabajo había terminado y Beto, que así se llamaba, estaba pronto para salir.

Se sentó en un banco largo a mi lado y en ese momento, desde la puerta del rancho apareció su compañera, mi querida tía Élida, que tantas veces me salvó de los golpes de mi amargada abuela. Traía un mate en las manos. Se lo entregó a Beto, que lo tomó en silencio, y después se calzó sus gastadas alpargatas y se despidió con un "hasta luego".

Yo lo acompañé hasta la salida a la calle toda de tierra. Me acarició la cabeza una vez más y se marchó calle abajo en dirección a Livramento, Brasil, que estaba a cuatro cuadras. Después lo vi ascender un repecho y al superarlo, su silueta comenzó a desaparecer lentamente. Me llevé mis dos manos a la cabeza como señal de agradecimiento por esas caricias de Beto que me hacían muy feliz.

En aquel mismo escenario, surge ahora la imagen de mi querida tía Élida (no sé llamarla de otra manera) lavando la ropa en un piletón con su infaltable pucho de tabaco negro adherido a su labio inferior. Tenía la rara habilidad de conversar y cantar canciones de Gardel, su ídolo, sin que ese pedazo de cigarro se cayera de su boca.

Yo sabía cuando Beto iba a llegar. No tenía reloj ni tampoco los conocía, pero sabía cuando se acercaba el momento de su llegada. Después, con los años, califiqué ese presentimiento como instinto animal. Me acercaba a la calle y miraba el camino hasta que de pronto aparecía en la pendiente y yo salía a su encuentro. Detenía la carretilla, me acariciaba la cabeza, me regalaba una sonrisa y un palito con un caramelo en la punta que sacaba de la carretilla, que volvía tan cargada como había salido, pero no de verdura sino de lo que había comprado para la casa con su venta: pan, harina, porotos, yerba y otras cosas. Yo caminaba feliz a su lado, me sentía contento sin saber por qué. Mientras saboreaba ese rico chupetín muy despacio para que me durara más.

En esos años de mi recuerdo, mi querida tía Élida tenía 45 años y yo era un niño chico. Pude, sin embargo, a medida que crecí, recomponer su historia gracias a las largas charlas con su hijo Emiliano, bastante mayor que yo, quien me fue contando muchas cosas de la vida de ella y de otras personas de la familia, cosas ocurridas mucho antes de mi nacimiento.

Mi tía había sido muy bonita en su juventud y a pesar de haber tenido una vida muy dura, aun conservaba mucho de aquellos atractivos que seducían a los hombres y que hacía que las mujeres la envidiaran. Bastante morocha, enormes ojos verdes, pelo renegrido y crespo y un bonito cuerpo.

Era la mayor de sus seis hermanas, nacidas en una estancia que había heredado su madre en Minas de Corrales. A la muerte de su padre, su madre se volvió a casar con un jugador y delincuente y a los pocos años la estancia había desaparecido. Élida y sus hermanas fueron a trabajar de sirvientas. La mayoría de ellas vinieron a Montevideo, pero ella se quedó en Rivera, trabajando en la casa de Alfredo Lepro, un político batllista dueño del único diario del Departamento, "La Palabra".

Élida tenía en ese entonces 20 años y en sus días libres, frecuentaba aquellos bailes o piringundines que había en la frontera con el Brasil a principios del siglo XX. Tiempos en que los guapos varones se enfrentaban para disputarse una mujer a punta de cuchillo.

Esta es una de las historias que escuché algunos años después: Uno de esos varones se le acercó una noche y le dijo: "Tenés que venir conmigo, yo soy tu hombre". Ella, que estaba bailando, se detuvo y le gritó fuerte, para que todos escucharan: "Yo no soy de nadie, soy mía, y cuando quiera salir con un hombre, lo voy a elegir yo". Ya nadie bailaba, los músicos hicieron silencio. Era la primera vez que una mujer se rebelaba de esa forma. "¿Y desde cuándo una mujer va a elegir con quién salir?" -le contestó el hombre tomándola de un brazo-.

Según decían, mi tía sacó un cuchillo común, de esos que se usan para comer pero de punta fina, y se lo enterró en la barriga, a la vez que le gritaba: "¡Desde ahora!". Hubo corridas y gritos de mujeres, la policía se la llevó y al día siguiente Alfredo Lepro la liberó aduciendo que el herido era un conocido delincuente. Según se dijo después, el hombre se recuperó pero nunca más se lo vio por esos lugares. Ese incidente corrió de boca en boca en un lugar chico, como algo que nadie podía creer. ¡Ésa era mi tía, carajo!

A partir de ahí las mujeres la admiraban y los hombres la respetaban. Pocos meses después, en el casamiento de una amiga, conoció a Emiliano Mora -alto, fornido, bien morocho, de buena pinta- y se enamoró locamente. Había elegido a su hombre. Emiliano Mora era conocido en ese ambiente como jugador y contrabandista, y respetado como guapo y hombre de ley, término usado en esos tiempos como "buena persona, derecho". Según comentaban, fue el único hombre que le había movido el piso a mi tía. Ella lo adoraba.

Él también se había enamorado, Emiliano decía que con mi tía era lindo vivir, porque era una mujer guapa que no había necesidad de cuidar. Construyeron su casa en terrenos fiscales y él le dio todo lo que se podía dar en esos tiempos; de las cosas necesarias para vivir, nada le faltaba. De esa unión nacieron dos hijos: Genoveva y Emiliano. Cuando Genoveva tenía 16 años se enamoró y cuando su novio la dejó, tomó cianuro. Muchos años después vi una foto de Genoveva, era hermosa, tal vez más que su madre. Poco tiempo después de la muerte de Genoveva, un día cualquiera, el amado compañero de mi tía Élida montó a caballo y se fue como todos los días. Pasaron días, pasaron meses, pasaron años, pero Emiliano nunca más volvió. Mi querida tía se quedó sin lágrimas de tanto llorar la ausencia de su hija y de su querido compañero. La gente del lugar aseguraba que Emiliano tenía que haber muerto en una pelea del otro lado de la frontera.

Pasaron algunos años y un día mi querida tía conoció a Beto, el verdulero, y lentamente volvió a la vida. Beto era un hombre totalmente distinto a Emiliano Mora, tranquilo, manso, trabajador como buey, y quería mucho a mi tía, a la que colmaba de atenciones. Siempre estaba pronto para complacerla en las más mínimas cosas. Mi tía lo llamaba "mi peor es nada".

Con el recuerdo de Beto con que inicié este relato me quedé, porque mi abuela me trajo a Montevideo y no supe más de aquella querida pareja por mucho tiempo. Yo ya tenía 20 años cuando trajeron a mi tía Élida a la capital, con un cáncer que se la llevó en 30 días. Hace de esto 60 y pico de años y aún está nítido el momento en que me dijeron que ella me quería ver. Yo no la veía todos los días porque no podía contener las lágrimas al verla sufrir. Me acerqué a su cama, me nombró, me tomó las manos y pocos minutos después, mi querida tía Élida se moría. Esa fue la primera vez que sentí la muerte tan cerca.

Beto la había acompañado en todo momento, había alquilado una pieza cerca del Estadio para estar cerca de la casa de mi abuela, donde Élida pasó sus últimos momentos. Pocos días después vino a verme, quería conversar conmigo. Fuimos al viejo boliche "Granada" de Ramón Anador y Julio César y pedimos dos grapas con Jerezano. Tomé un sorbo y por unos segundos o tal vez más, no sé, me quedé en silencio, pensando.

Ese hombre que tenía frente a mí y mi querida tía que ya no estaba, era el único recuerdo familiar lindo que me había dejado la niñez: Beto siempre con una sonrisa y su mano acariciándome la cabeza. Mi querida tía Élida corriendo a rescatarme de los golpes de mi abuela y llevarme a su casa. Si bien a los 5 años era poco lo que comprendía, creo que a partir de ahí comencé a darme cuenta lo que Beto y mi tía, sin decirlo, me demostraban con muy poco: todo era mejor sin la presencia de mi abuela.

Mis pensamientos se cortaron cuando Beto me habló:

-¿Qué te pasa, Hugo?, te quedaste pensativo.

-Lo miraba y pensaba en cuando tenía 5 años y lo esperaba en la puerta que regresara de vender la verdura y me regalaba un chupetín. Usted y mi tía fueron muy buenos conmigo y me sentía muy feliz cuando estaba con ustedes.

-¿Sabés una cosa, Hugo? Yo te veía como al hijo que nunca tuve. Vos eras un buen gurí, un poco maltratado por tu abuela, que peleaba con todos. Tu tía te quería mucho y muchas veces tuve que tranquilizarla para que no golpeara a tu abuela. Vos eras muy chico, no sé si te acordás, tu tía cuando se enojaba era brava, pero tenía un corazón que no le cabía en el pecho.

-A usted y a mi tía, los voy a recordar como lo mejor que tuve en mi niñez. Beto, ¿se toma otra grapita?

Aceptó, metió la mano en el bolsillo de la campera y sacó una foto.

-Te voy a dar una foto que tengo de tu padre, para que la tengas vos. Tu padre era un hombre de ley y muy buen amigo. Cuando se daba cuenta que mis cosas no andaban bien, él me ayudaba sin que yo le pidiera. Él estaba en otras cosas y casi nunca le faltaba plata. Ojo, nada feo, contrabando, y esas cosas. Fuimos muy amigos.

Miré la foto de mi padre, que estaba muy joven, tendría 20 años, la edad mía en ese momento.

-¿Y usted que va a hacer ahora, Beto?

-Ya hice todo, no me queda nada más por hacer. Tengo 60 años, hace un año murió mi madre y ahora se me fue lo que más quería en este mundo, ¿para qué me sirve la vida? Con tu tía a mi lado siempre tuve fuerzas para todo, una gran compañera, en las buenas y en las malas, nunca se achicaba. Vos tenés toda una vida por delante, ojalá te encuentres en algún momento a una mujer parecida a tu tía.

Yo lo escuchaba atento y en silencio... Beto quiso decir algo más y sus ojos se humedecieron. Se quedó mirándome y después dijo:

-Hacía muchos años que no te veía, pero sabía que eras un buen gurí. Tu padre estaría orgulloso de vos, de cara sos igual a él y como persona, también. Ahora me voy, Hugo, gracias por escucharme.

Salimos, nos dimos un fuerte abrazo y me quedé mirándolo caminar por Ramón Anador hacia el Estadio. Esa fue la última vez que lo vi. Una semana después me enteré que había muerto.

Yo los tengo vivos en mi mente, Beto y mi querida tía Élida, morirán recién cuando yo no esté. Son imágenes que me acompañan desde mi niñez y seguirán conmigo hasta el fin de mis días.

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