martes, 24 de febrero de 2015

Celina… el ángel de la guajira

Antonio Prada Fortul (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuando el 14 de diciembre de 2014 atravesé el umbral de la casa de Celina González en el 181 entre Fomento y Lindero, municipio de Cerro en La Habana, Cuba, me remonté al año 1962 cuando yo vivía en el barrio de Bruselas de Cartagena de Indias. Allí los amaneceres dominicales nos llevaban la cadencia rítmica de las canciones de Celina y Reutilio arrullándonos y a la vez despertándonos con la diana musical de esas inolvidables y alegres guajiras. La música provenía de la tienda de la Seño gordita, una educadora que cambió la tiza y el tablero, por un Pick Up, un mostrador, un estante y una nevera artesanal de madera luego reemplazada por un enfriador de color verde. Las melodías de esas guarachas se filtraban a través del follaje de los tamarindos, guácimos y matarratones del patio acompañados del golpe de cajones, tambores y guitarra con su armonioso vaivén de espesura que alegraba esas inolvidables y bucólicas mañanas cartageneras.

El jardín de la entrada de la casa de Celina estaba sembrado de rosas encarnadas, matas de bonche, geranios, astromelias y una colorida vegetación donde predominaban las flores rojas y blancas alusivas a Changó, Orisha dueño de los rayos, los tambores y la justicia, a quien esta cantante veneraba y atendía con mucho respeto a pesar de no ser esa deidad del panteón yoruba su ángel de la Guarda. ¡Kabio sile Cabo E!

Llegué acompañado de Oshé Omolú (Lázaro Otero), un reconocido babalao del Ilé Ibú de La Palma, templo yoruba de La Habana al cual pertenezco.

En la puerta nos esperaba Reutilio Domínguez González, el hijo de esta grandiosa cantante, un músico destacado que ha asumido el reto de mantener incólume el legado musical de sus padres, y ahora guardián de su madre, considerada como el patrimonio musical viviente más importante de Cuba y yo le agregaría: No solo de Cuba sino de América y del mundo.



Reutilio es babalawo, consagrado desde hace treinta y cinco años. Tiene numerosos ahijados en diferentes partes del mundo y un vasto conocimiento religioso reconocido en todas partes. Es hijo de Elegguá, el Orisha dueño de todos los caminos, que abre y cierra las puertas y las encrucijadas, es el primero en el orden de todo por licencia de Olofin, deidad suprema de esta expresión religiosa yoruba.

Esta condición de músico y babalawo ha contribuido a ampliar y enriquecer el repertorio musical que se alimenta con la infinidad rítmica de la armonía de las moyugbas y cantos de santería. Desde la muerte de Reutilio padre asumió la responsabilidad de dirigir el conjunto y las presentaciones locales e internacionales.

Entregué a Reutilio un ejemplar de mi libro Benkos…las alas de un cimarrón, mientras me contaba que Celina sufrió un accidente cardiovascular ACV (trombosis) en el mes de Agosto y está completamente paralizada. "Los médicos aseguraron en ese entonces, que solo viviría una semana y llevamos cuatro meses cuidándola con esmero, tratando que su calidad de vida a pesar de las circunstancias, sea óptima. Por esa razón es que me he quedado en la Habana para acompañarla hasta su último día de vida", dice su hijo.

Llamó a Georgina, una matrona alta, otoñal, de sigilosos desplazamientos que parecían hacerla flotar, rostro risueño y noble, cuyas facciones indicaban su incuestionable oriundez arará. Al percatarse de mi consagración como babalawo, me saludó con el acostumbrado uso ceremonioso y ritual, su risa se hizo amistosa, amplia y desapareció de su rostro toda prevención. La saludamos como hija de Yemayá mientras decía a Reutilio con voz gruesa y reposada como cancerbera del cielo: “La habitación está lista, ya pueden entrar”.

Antes de hacernos seguir al aposento, nos dijo Reutilio: “Solo por la condición de babalawos que ostentan es que les permito acceder al aposento de mi madre”. Seguimos por un corto pasillo y llegamos a la puerta de la habitación de la cantante. Era una puerta muy grande y alta, pintada de color escandinavo, parecía un portón colonial de alargados tableros como los de las antiguas casas españolas del barrio Getsemaní en Cartagena de Indias, replicado en la Habana. Al entrar alegría, afecto, amor, respeto, agradecimiento y algo muy indefinible en mi interior rayano entre lo divino y lo sensorial.

La imponencia de su presencia, aun yacente en ese lecho, cohibía. Era un ángel en reposo, la placidez y solemnidad de su rostro impávido conmovía, tuve la intención de arrodillarme ante este ser, pero me incliné con respeto y respondiendo a un impulso, la saludé en lengua yoruba. Estaba en presencia de una cantante que había marcado un hito en la historia musical de América. Una cantautora de calidad, reconocimiento mundial y estilo que además de alegrarnos y ponernos a gozar, nos mostraba en sus letras y en la sabrosura natural de sus interpretaciones, una incuestionable cotidianidad y condición pastoril llena de encanto y aché.

Sus canciones hablaban del campo, de la siembra de la oriundez africana en sus cantos lucumíes y arará en el marco de una expresión religiosa varias veces milenaria cuyas oraciones y moyugbas convirtió en canciones abigarrándolas en una policromada simbiosis de etnias, idiosincrasia y tambores que en su conjunto dibujaban una estampa criolla, una acuarela musical que irrigó a todo el caribe y al mundo, una ritmación mágica y embrujadora que se expresaba en armoniosos bailes que cautivaron a América y se manifestaba en una involuntaria teofanía que poseía al bailador en un acaballamiento sacral hasta que terminaban esas hechizantes melodías.

Aún en la impavidez de su rostro, en su pétrea serenidad sin retorno, se asomaba el triste relámpago de un fugaz brillo en su mirada que iluminó su rostro cuando le dije que había llegado de Cartagena de Indias solo para brindarle mis respetos y amoroso saludo. Le dije que sus canciones alegraron mi niñez y juventud, las disfruté en mi fiesta matrimonial y aun en mi condición de hombre otoñal, las sigo disfrutando cuando los accesos de alegría me invaden. Le dije que en los palmares susurrantes de la ciudad costera y reducto de bucaneros donde vivo, amé muchas mujeres en la alargada claridad de las palmas que dejaban pasar la agonizante claridad de los rosados atardeceres de Cartagena de Indias; afirmé con certeza ante su lecho, radiante en esos instantes, que por la hermosura y el mensaje de sus canciones me convertí en santero y luego en babalawo.

Al recitar una moyugba en lengua yoruba a Yemayá su Angel de la Guarda, su iluminación áurica se hizo nítida y ostensible, la rigidez facial no le permitió esbozar la sonrisa que hubiera deseado ver, pero el hecho de entreabrir los labios y dulcificar su mirada sin hablar fue suficiente para equilibrar mi conmocionado estado emocional.



Desde el sábado anterior no abría los ojos me dijo Reutilio, hoy, cinco días después, lo ha hecho con una mirada esperanzadora. “Esta tarde vienen los médicos a visitarla y siempre que llegan se asombran por su resistencia, fortaleza y su inmenso deseo de vivir”.

Celina es hija de Yemayá y de Obatalá y se hizo Santo en Matanzas. Se crio en una familia religiosa en la práctica de la espiritualidad yoruba, su padre era babalawo y santera su madre. El hecho de haber nacido en el barracón de una plantación de caña de azúcar en Jovellanos, el de haber sido recibida en parto y criada por una mujer africana de nación perteneciente a la etnia arará, incrementó la influencia diaspórica en sus usos y costumbres e influyó mucho en su formación religiosa ya que desde su nacimiento y su más tierna infancia, sus sueños fueron arrullados por las canciones alusivas a los Orishas, dulcificadas con esa ritmación melosa de los cantos a Oggún el guerrero, a Changó, Yemayá, Oyá, Babalú Ayé y Ochún.

El barracón donde nació Celina, perteneció a una plantación cuyos propietarios peninsulares, entregaron a los esclavizados para que lo diseccionaran y vivieran en este después de la declaración de la libertad de los africanos de nación a sus hijos y nietos en Cuba. Ese ambiente pastoril, religioso y pletórico de canciones de melodías congas, yorubas, bambaras y lucumíes, donde la espiritualidad africana en sus diferentes manifestaciones sacrales se expresaba sin ninguna restricción, moldeó su inclinación religiosa y la musicalidad de sus cantos, fue el escenario de su niñez, parte de su juventud y la inspiración en sus composiciones musicales.

Ninguna expresión religiosa africana le era extraña. Celina vivió en medio de ritos, ceremoniales y consagraciones de las diferentes manifestaciones cultuales que nos legaron nuestros ancestros de ese amado y verdadero continente gestor tan ligado a nuestras raíces.

Correteaba por el inmenso solar de la antigua plantación donde el sol abdicaba al final de los cañaverales dándole una tonalidad verde negruzca con los colores emblemáticos del guerrero Oggún escuchando la percusión de los cajones y los batá consagrados a Añá, los rezos corales y melodiosos de los tatas y ganguleros de palo mayombe en sus herméticos ceremoniales de rayamiento y las moyugbas mántricas e impenetrables de los babalawos en una sincronizada coralidad cuando cantaban a Changó, Yemayá, Ochún o Babalú Ayé en los milenarios ceremoniales iniciáticos cuyos cantos y toques de Iyá, Okóncolo e Itoteyé indicaban la presencia del Orisha que bajaba.

Desde muy niña Celina González sintió el llamado y la atracción hacia la religión afrocubana llamada Regla de Ocha o Santería. De acuerdo con lo manifestado por Reutilio y algunas notas bibliográficas de la escritora Mireya Reyes que escribió su biografía, además de lo que el imaginario colectivo de Matanzas y Cuba en general ha afirmado desde hace seis décadas, la noche del 6 de Diciembre de 1948, se le apareció Santa Bárbara en unos palmares cercanos al bajío del barracón donde vivía, esta santa de la iglesia católica a la que todos sincretizamos con el Orisha y gran guerrero Changó, el dueño del fuego, del trueno, los rayos y de la percusión, le habló a la cantante. La sobrenatural aparición le aseguró en ese encuentro enmarcado en un ambiente seráfico y divino a Celina un inmenso triunfo musical y artístico si le dedicaba un canto de alabanza y amor a este orisha (Changó) y a esta santa con la que se le sincretiza en América, (Santa Bárbara).

De acuerdo a la versión de esta maravillosa cantante y reafirmada por su hijo Reutilio, surgió el famoso “Canto a Santa Bárbara” o “Que viva Changó”, canción esta que hizo bailar a Colombia y al mundo. Canción cuya letra y musicalización tuvo lista al día siguiente en la tarde. A pesar de su brillantez interpretativa, afirmó que “jamás había estado tan inspirada como ese día y cuando le tocaba cantar esa canción que la transportaba a dimensiones divinales, “parecía que no estaba en el escenario, me veía a mi misma desde los aires cuando cantaba esa canción”.



A pesar de haberse criado en medio de esa espiritualidad de los paleros congos y los babalawos yoruba, de escuchar desde su infancia los cantos, rezos, tambores lucumíes y arará, las moyugbas melodiosas de los babalawos, iyalochas, santeros, tatas y ganguleros, Celina no se había iniciado en ninguna de las religiones de africana oriundez practicadas por gran parte de sus familiares incluyendo sus progenitores y esposo. En 1958 queriendo saber cuál era el verdadero santo de cabecera o Angel de la Guarda posado sobre su Orí, (cabeza), como futura Iyawó o (santera), en su ceremonia de Kari Ocha o de Santo, le salió en la consulta del babalawo con la atefada en el tablero de Ifá su condición de hija de Yemayá sincretizada con la Virgen de Regla dueña del mar y todo lo que existe en su fondo y donde vive Olokun, una deidad andrógina de mucho poder al que se le hace un ceremonial especial para ser recibido por los santeros y santeras.

A partir de ese momento su relación entre la música y la religión se acentuó en una simbiosis que enriqueció de manera ostensible su trabajo musical divulgando con éxito las mejores guarachas y guajiras de su repertorio en especial la canción que le compuso a Babalú Ayé (San Lázaro) la que escribió una mañana al despertarse. “Soñé con esa canción”.

Babalú ayé mi mozo Babalú ayé ekua Eh, eh ekua Babalú ayé ekua Ekua baba ekua Babalú ayé ekua Ekua viejo ekua Babalú ayé ekua Ekua baba ekua Babalú aye ekua.

Le dimos la vuelta al mundo dijo Reutilio, nuestras canciones fueron aplaudidas y coreadas en Europa, especialmente en Alemania, Francia y España que son países con muy buen gusto musical, presentaciones programadas por una semana, se prolongaban hasta por dos o tres meses.

La gente en esos países nos reconocía en la calle y nos saludaban con afecto, pero la experiencia más grata, emotiva y bonita que vivimos, fue en el Perú y en Colombia donde nuestra música causó furor, a pesar del tiempo tiene una vigencia incuestionable.

En Colombia nunca nos sentimos extraños, estábamos como en casa, tengo hermosos recuerdos de Cali donde tengo ahijados y muchos amigos.

En esa ciudad permanecimos un buen tiempo, tenemos unos deseos inmensos de ir a Medellín con nuestra música y disfrutar de esa hospitalidad, este año tenemos algunas presentaciones internacionales y un gran compromiso, el más grande, el de reivindicar nuestra música guajira.

Vamos a rescatar todas nuestras canciones y hacer que los jóvenes cubanos y la juventud de América y el mundo bailen y escuchen nuestra música, para eso…A la guajira le vamos a poner un frac.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.