domingo, 8 de febrero de 2015

César Vallejo no escampa todavía

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Hoy tengo ganas de vallejar; de hundirme en las palabras del poeta del desgarramiento interior, del hombre que asumió -en beneficio de la poesía- la cultura del sufrimiento. Siempre me ha parecido que alguien que escribe debe poseer (¿padecer?) soledades, una especial dosis de angustia, alguna melancolía. Debe tener lluvias en sus adentros. Tempestades. Y, en contraste, fuegos. Que le quemen las entrañas. Que lo obliguen a decir. A granizar palabras. Hielo y llama arden. Bien lo decían los guaraníes: “las estrellas son fuegos helados”.

César Vallejo, el que nació “un día en que Dios estuvo enfermo” (16 de marzo de 1892), en Santiago de Chuco, sierra peruana, es un poeta múltiple: de la desesperación y el sosiego; de la luz y la ausencia de sol; del ser y la nada. Del despojo. Origen modesto el suyo, sin abundancias. Con ancestros indígenas y sacerdotales. El menor de una familia de once hijos. ¿Tienen estos datos alguna importancia? No sé. Era indeciso en sus gustos académicos: le gustaba la medicina, pero se licenció en Letras con una tesis sobre el romanticismo en la poesía castellana. Empezó Derecho y terminó como maestro de escuela. Tal vez los poetas son así: frágiles en sus determinaciones.

Es fama que si Vallejo solo hubiera publicado su primer libro (Los heraldos negros), este le habría bastado para ganar la esquiva inmortalidad. En él, ya su voz es cascada, música. Modernidad. Y, sobre todo, ya es dueño de esa precisión enconada, que él siempre buscó, obstinado.

Son las ocho de una mañana en crema brujo…
Hay frío… Un perro pasa royendo el hueso de otro
perro que fue… Y empieza a llorar en mis nervios
un fósforo que en cápsulas de silencio apagué!

Hoy tengo ganas de cesarvallejar. De decir algo (así sea lo mismo) sobre ese enorme poeta de América, a veces tan extraño, siempre tan humano. Tan lleno de simas y altitudes. Hondo y elevado. Decir, por ejemplo, que colaboró en la revista Nuestra Época, de Carlos Mariátegui, marxista peruano, no es nada nuevo. Escribir, digamos, que fue encarcelado durante ciento doce días, acusado de robo e incendio en una revuelta popular en Trujillo, podría servir para una tarea escolar. Recordar que murió en la miseria sería insistir sobre lo mismo cuando, además, ese es el destino de casi todos los poetas, ¿o no?

Podría, interpretando el vano papel de erudito, citar los versos de Gerardo Diego sobre Vallejo. Aquí están: “Naciste en un cementerio de palabras / una noche en que los esqueletos de todos los verbos intransitivos / proclamaban la huelga del te quiero para siempre siempre…”. Podría, también, con inutilidad, traer las palabras de algún crítico, cuyo nombre no puedo recordar, pero que, alguna vez, anoté en un cuaderno de tareas: “No hay en toda América una voz lírica como la de Vallejo, henchida de ese sufrimiento humano, de esa pasión amarga, de esa hondura telúrica y metafísica que es el trasfondo del ser americano”. Quizá nada de lo anterior me sirva para conjugar el verbo vallejar.

La voz de Vallejo, arcana, esencial, sigue perteneciendo al futuro. Tiempo póstumo el suyo. Destinado por los dioses a perdurar. Viaja a lo venidero. A esa situación descomún la llaman inmortalidad. La voz del poeta comenzó a resonar tras la posguerra, cuando ya él había muerto “en París con aguacero”. Y sucede, para regocijo de los espíritus, que cada vez se está oyendo en todas partes. Desacralizándolo un poco, uno puede leerlo en el bus, en una acera, tendido en la gramilla con la cara al cielo, en una esquina. En la cama.

Hoy quiero vallejar. Tal vez porque “hay ganas de… no tener ganas, Señor”, o porque se cumple algún aniversario vallejuno, o porque simplemente me da la gana, señor poeta. ¿Y por qué no hablar de aquel hombre cuyo lenguaje, como alguien inteligentemente expresó, siempre es naciente como niños en vientre de plazo cumplido?

Hoy, por ejemplo, quiero hablar un poco de Trilce, el libro más revolucionario del poeta, en el cual rebasó a todas las vanguardias. Escrito casi todo cuando Vallejo se hospedaba obligatoriamente en la cárcel. Trilce (palabra que no significa nada, es puro sonido, música) renovó, en 1922, la forma de decir poesía. En rigor, no estoy diciendo nada distinto -ni distante- a lo antes anunciado por otros. Roberto Fernández Retamar señaló alguna vez que esa creación “es sin la menor duda el libro mayor de la vanguardia poética en nuestro idioma”.

Vallejo bautizó así su alucinador libro porque, según dijo, no encontró en el idioma ninguna palabra “con dignidad de título”, entonces tuvo que inventarla. Y en Trilce hay, si así puede denominarse, una serie de invenciones verbales necesarias. Solo de tal modo el poeta podía expresar con exactitud su pensamiento, sus sentires. Hay, para ilustración, versos de este tenor: “El establo está divinamente meado / y excrementido por la vaca inocente”. “Ese hombre mostachoso…” “Y a la ternurosa avestruz”. “Gallos cancionan escarbando en vano”.

Asimismo, en Trilce (ninguno de sus setenta y siete poemas está titulado, solo nomenclados con números romanos), uno encuentra combinaciones de maravilla, insólitas metáforas, sugestivas oposiciones. Y todo sin excesos verbales. “Estoy cribando mis cariños más puros / estoy ejeando ¿no oyes jadear la sonda?”. “Amanece lloviendo. Bien peinada / la mañana chorrea el pelo fino”. A Vallejo, en una búsqueda intensa, se le ocurre decir, por ejemplo, “el grillo del tedio”, “pegando grittttos”, “ciliado archipiélago, te desilas a fondo”.

En Trilce también sorprende la obsesión del poeta por la precisa adjetivación, por desechar lo que no es imprescindible. La lucha contra el ripio. Sobre tal particularidad, Vallejo dijo, en 1931, en una entrevista en el periódico Heraldo de Madrid, que “la precisión me interesa hasta la obsesión. Si usted me preguntara cuál es mi mayor aspiración en estos momentos, no podría decirle más que esto: la eliminación de toda palabra de existencia accesoria, la expresión pura, que hoy mejor que nunca habría que buscarla en los sustantivos y en los verbos… ¡ya que no se puede renunciar a las palabras!”.

En el comienzo del poema VII (podría ser también en cualquier otro), se nota, con creces, la milimetría de las palabras. La suficiencia de las mismas:

Rumbé sin novedad por la veteada calle
que yo me sé. Todo sin novedad,
de veras. Y fondeé hacia cosas así,
y fui pasado.

Con Trilce, Vallejo superó a los llamados vanguardistas de entonces, que utilizaban en sus creaciones elementos (palabras) de los avances tecnológicos, pero, en síntesis, sin decir nada. En 1926, el peruano sentó su posición sobre lo que él creía debía ser la poesía de vanguardia: “Poesía nueva ha dado en llamarse a los versos cuyo léxico está formado de las palabras cinema, motor, caballo de fuerza, avión, radio, jazzband, telegrafía sin hilos, y, en general, de todas las voces de las ciencias e industrias contemporáneas… Pero no hay que olvidarse que esto no es poesía nueva ni antigua, ni nada. Los materiales artísticos que ofrece la vida moderna, han de ser asimilados por el espíritu y convertidos en sensibilidad. El telégrafo sin hilos, por ejemplo, está destinado más que a hacernos decir telégrafo sin hilos, a despertar nuevos temples nerviosos, profundas perspicacias sentimentales, ampliando vivencias y comprensiones y densificando el amor…”.

En esa explosión de palabras, con fondos sinfónicos, llamada Trilce a Vallejo le preocupan (como en sus demás libros) el tiempo y la infancia y la cárcel y la melancolía, pero la forma de decirlos es, fuera de revolucionaria, más honda, según me parece. Por ejemplo, “Canta el verano y en aquellas paredes / endulzadas de marzo, / lloriquea, gusanea la arácnida acuarela / de la melancolía”.

Por otra parte, asombra en Vallejo su capacidad profética. Su querer morir, según lo vaticina en su “poema humano” Piedra negra sobre una piedra blanca, un jueves de aguacero en París, la ciudad de la cual una vez lo habían expulsado por asuntos políticos. “Jueves será, porque hoy, jueves, que proso / estos versos, los húmeros me he puesto / a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto, / con todo mi camino, a verme solo”.

La agonía del poeta comenzó, en efecto, un jueves de lluviosa melancolía, en París. César Vallejo murió el 15 de abril de 1938. ¿Hasta dónde me alcanzará esta lluvia?, se preguntaba el universal peruano en el último poema de Trilce. La lluvia vallejiana, como su poesía, es perpetua. Dejemos que nos moje a todos.

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