miércoles, 4 de febrero de 2015

De cómo el fuego llegó al corazón de Juan

Miriam Jeann (Desde Managua, Nicaragua. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Juan comenzó a convertirse en alcohólico siendo aún un niño. Se casó, pero su matrimonio fracasó porque su mujer no estuvo dispuesta a soportar abrir la puerta y ver caer a sus pies un húmedo fardo hediondo a alcohol y a orines. Así que Juan quedó completamente solo en su casa, cuya puerta de entrada estaba carcomida por la lluvia, el comején y la ausencia de vida y de alegría. Tenía un juego de muebles de sala que alguien le regaló porque le faltaba una pata a cada sillón, y las patas que aún tenían, estaban podridas o astilladas y la tapicería estaba rota por todas partes. Tenía una cocina a gas en buen estado, pero Juan había vendido el tanque para comprar más licor, por lo tanto no cocinaba y le tocaba comprar comida en el mercado. Tenía, además, un estante repleto de libros que leía con cierta regularidad, ya fuera que estuviese borracho o no. Era músico del conjunto de planta en un hotel de la localidad, y con lo que ganaba, luego de pagar sus recibos de agua y luz, le sobraba para seguir tomando hasta perder el sentido.

No obstante, Juan no era un simple borrachín. Era un hombre de pensamiento profundo, había leído a los clásicos, era aficionado a las biografías, versado en la historia de su país -Nicaragua- y en la obra dariana, lo cual le confería un horizonte político bastante claro. Pero en el fondo de su corazón, Juan experimentaba una soledad abismal. Sabía que por encima de todo su bagaje cultural, por encima de toda su visión del mundo, flotaba una espantosa nube oscura: la certeza de que su vida estaba vacía sin amar y sin ser amado.

Algunas veces había visto pasar cerca de su casa a una mujer, iba siempre sola, Juan no sabía dónde vivía y mucho menos su nombre. Un día que la vio venir a cierta distancia, se dijo: Hoy es el día, le digo ¡adiós! y ya está. Pero cuando se cruzaron, ella lo miró a los ojos y le sostuvo unos segundos la mirada, con lo cual Juan sintió que se congelaba y no logró articular palabra, así que pasó de largo, odiándose por ser cobarde. Así, durante cuatro meses, cuando se encontraban, ella lo veía directamente a los ojos, y él no lograba decirle absolutamente nada.

Pero sucedió, que una noche que caía una lluvia pertinaz, Juan volvía a su casa y a poco menos de 100 mts. antes de llegar, se topó con la mujer, que también iba en la misma dirección. Fue ella quien inició el diálogo diciendo: ¡¡Qué lluvia!! Juan no tuvo otra ocurrencia que decir: ¡¡Qué hermosa lluvia!! Tal vez sin darse cuenta, o tal vez sí se dieron cuenta, pero siguieron caminando juntos, rápido, hasta llegar a la puerta podrida de la casa de Juan. Él abrió y entraron. Ella sacó de una bolsa de plástico un sobrecito de sopa de preparación rápida y unos fósforos. Pidió a Juan si tenía algún calderito para preparar la sopa pero en aquella casa no había caldero, así que le llevó una lata de galletas vacía. Ella dijo: -Se necesita algo de agua para la sopa. Entonces Juan fue a buscar agua y cuando volvió, ella había quitado una pata podrida a cada sillón y las había astillado, las puso en un montoncito y les estaba acercando un fósforo. Como era madera podrida prendió fuego rápido. Luego salió y tomó de junto a la puerta de la casa tres piedras de regular tamaño, entró nuevamente y las acomodó para poner encima la lata con agua. Al poco rato, el agua hervía y ella agregó el contenido del sobrecito.

Juan la veía cuidar el fuego, acomodar las astillas y sonreír viendo cómo bullía el caldo. Entonces, se sentó en uno de los sillones inclinados por falta de patas, la contemplaba mientras en su corazón, surgía una llama, tímida al principio, pero a medida que la lluvia arreciaba, la llama de su corazón se agigantaba también. Aquella mujer, misteriosa y callada estaba ahí, bajo su mismo techo, preparando no sólo una sopa para tomar algo caliente que se antojaba por el fuerte chubasco, sino avivando un fuego que era más que fuego, era Vida. Ella estaba ahí, como si hubiera vivido siempre en esa casa, como si solamente se hubiese ausentado por unos días y había vuelto para preparar la cena a su marido. Juan callaba, pero su corazón gritaba y su grito subía al último confín del Universo: Gracias. ¡¡Gracias!! El Amor ha llegado para mí. ¡¡No más soledad!! ¡¡No más tristeza!! ¡No más abandono en el alcohol! ¡Ella es! ¡¡Ella es mi Alma Gemela!!

Así, aquella mujer venida nunca se supo de dónde, se quedó para siempre al lado de Juan, que por primera vez sintió cómo llegaba el fuego del Amor Verdadero a su corazón.

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