miércoles, 4 de febrero de 2015

Dogmas y paradigmas de la era moderna

Julio Herrera (Desde Montreal, Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



En 1920 los ingenieros mecánicos de la incipiente Ford afirmaban que no se preveían innovaciones en la mecánica automotriz, por haber ya alcanzado la perfección absoluta.

Y es evidente que ahora, 95 años después, no sólo se han logrado asombrosos progresos en la industria automotriz, sino que el alcance futuro del progreso de la tecnología moderna es insospechable.

De igual manera, en 1998, los economistas norteamericanos afirmaban (y se obstinan aún en afirmar) que "el neoliberalismo es la perfección absoluta de la ciencia socio-económica".

Pero la realidad de las actuales crisis económicas a lo ancho y largo del planeta demuestra no sólo el fracaso absoluto del neoliberalismo depredador, sino la necesidad urgente de un nuevo y justo orden económico mundial. Las cíclicas crisis económicas, y en especial la actual en Grecia, Portugal, España, e incluso el propio Estados Unidos, demuestran que el capitalismo no ha alcanzado ni alcanzará jamás la perfección absoluta, al menos en sentido democrático.

Asimismo, en Brasil el Papa Benedicto II desmintió el viejo dogma católico de "la infalibilidad del Santo Padre" al manifestar públicamente el absurdo de que "el uso de condones agrava la epidemia del sida".

Por eso, la razón natural nos dice que hay que ser prudentes y analíticos al observar ciertos paradigmas o verdades dogmáticas manifestadas por los jerarcas de la sociedad a través de los medios de información, especialmente cuando éstos protegen o encubren los intereses personales, económicos, políticos o religiosos de quienes las difunden.

La incesante evolución de la sociedad y la tecnología demuestran que la ciencia y la política socio-económica son, y serán siempre, sólo un proyecto de perfección de las condiciones de vida de la humanidad, que deben marchar siempre hacia el progreso y jamás en retroceso de las reivindicaciones sociales de la humanidad.

Aferrarse a un dogma o a una verdad convencional o de moda por temor a caer en el error, es ya caer en el más grande de los errores: la certidumbre. Porque la verdad no es una verdad cuando la ciega certidumbre la hace estéril, y el error no es error cuando la indagación o el análisis lo hacen fecundo. Es sólo a través de los errores que se adquiere la experiencia. El error corrige, el dogma se obstina.

La fe, por ser ciega, es creadora de fanatismos porque ella es hermética, y la verdad que adoptamos como definitiva es creadora de conflictos porque ella es intransigente. La duda, por el contrario, es indulgente porque ella es libre, ella indaga, ella explora y prueba que toda verdad de ayer es la mentira de hoy, y toda verdad de hoy es la mentira de mañana. Por eso la duda nos evita los desengaños de hoy que nos ocasionan las "verdades" de ayer. Por otra parte, toda fe y toda verdad convencional son intolerantes, porque ellas consideran adversarios o enemigos a quienes no las comparten. La fe, por ser ciega, nos cierra los ojos hacia nuevos horizontes y nos condena a la resignación del statu quo. La duda, en contraste, nos libera y nos redime porque nos humaniza al enseñarnos que el error y la duda no sólo son humanos sino que son el estímulo y el motor para la evolución social, a través de la corrección constante, tendiente a la perfección. Puede incluso decirse que la duda y el error son la gestación perpetua de la verdad, y que la verdad convencional o transitoria, adoptada como veredicto final, es el aborto de la razón.

Por lo anterior se deduce entonces que no es la verdad, -como afirma la Biblia-, la que nos hace libres: es la razón, es decir, la capacidad analítica del raciocinio, independiente de credos políticos o religiosos. Porque colocar el dogma de una verdad convencional, religiosa, política o de moda, o peor aún, la fe ciega sobre la razón, es no haber alcanzado aún el uso de la razón.

Sólo la duda prudente y analítica nos hace libres, libres de la servidumbre que ocasiona el sectarismo de los dogmas y paradigmas, o de lo que, a ciegas o a priori hemos adoptado como "la verdad."

De ahí que, para evitarnos mañana desengaños, admitamos entonces la verdad de hoy sólo como una verdad pasajera; admitamos que lo único cierto es que sólo existe una sola verdad, una verdad eterna, y es... ¡que la verdad no existe! ¡...y menos aún las verdades eternas!

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