domingo, 8 de febrero de 2015

El lector mexicano: Una especie en peligro de extinción

Walter Ego (SPUTNIK NOVOSTI, especial para ARGENPRESS CULTURAL)



De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. […]. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación.
Jorge Luis Borges

Alguien debiera avisar a los dirigentes del Partido Verde Ecologista de México acerca de una especie en peligro de extinción: el lector mexicano (“homo lectori mexicanæ”, según la taxonomía de Linneo). Cada vez se reportan menos avistamientos del mismo en sus nichos ecológicos por excelencia: librerías y bibliotecas.

Las evidencias son abrumadoras. Un estudio realizado por la UNESCO reveló que en México existe una biblioteca pública por casa 15 mil habitantes y una librería por cada 200 mil. En un hábitat tan paupérrimo el “homo lectori mexicanæ” está condenado a desaparecer como especie.

El mismo estudió arrojó otro resultado aún más descorazonador: en materia de “hábitos de lectura”, el país azteca -ese inmenso ecosistema en que el “homo lectori mexicanæ” es fagocitado- se ubicó en el lugar 107, un puesto de por sí bastante malo dentro de una organización que a la fecha cuenta con 195 países miembros y terriblemente vergonzoso cuando se sabe que el estudio abarcó sólo 108 naciones.

Otra investigación ofrece algunas pistas para entender esta amarga realidad. Según la Encuesta Nacional de Lectura realizada en el año 2012, el 41% de la población mexicana se dedica a ver televisión en su tiempo libre mientras que apenas el 12% echa mano a un libro en momentos de ocio. Si a ello sumamos la evidencia de que esa numeralia incluye hombres y mujeres con estudios universitarios la amargura se convierte en pena. Puede que la pobreza aleje de los libros a quienes batallan diariamente para alimentarse y vestirse, y sufren para acceder a servicios elementales de salud o a una vivienda digna; nada exculpa a quienes alegan falta de tiempo y desmotivación para justificar su rechazo a la lectura.

Si en alguna lejana ocasión el término “letrado” designó a quienes tenían acceso a las letras, ergo, al conocimiento -vale precisar que con el tiempo la voz fue esquinada al ámbito jurídico-, en México, de no variar las cifras referidas, se acabará por tener una élite de ilustres iletrados. Si ello puede parecer una fantasía delirante, el recuerdo de los dislates literarios de un ex presidente mexicano y de otro aún en funciones la convierte en una visión con tintes proféticos. Y lo de menos son los meros dislates: lo terrible es que son consecuencias de una incultura matriz que se desborda incontenible en otros ámbitos.

En apego a la verdad, el “homo lectori mexicanæ” más bien se ha transformado. Puede incluso que lea más de lo que revelan los resultados de las encuestas, las cuales toman el libro impreso como único referente para establecer los índices de lecturas, en franco olvido de que el mundo binario en el que vivimos obliga a la lectura. Sin embargo, este “lector 2.0”, por darle un nombre ad hoc, dista mucho del tradicional, cuya imaginación y memoria el libro expande.

Este lector mutante, desapegado del texto impreso y al que seducen el brillo de las pantallas de las computadoras personales o de alguna otra plataforma digital, suele naufragar en las borrascosas aguas de tanta (y tonta) información intrascendente. El lector 2.0 no elige, no toma decisiones. Los textos retwitteados son su brújula; los “me gusta”, una solitaria tabla de salvación a la que se aferra con desespero. Es un lector que, como el otro, consume ideas, pero está incapacitado para procesarlas, menos aún para crearlas. De ahí su rechazo a los disconformes, para quienes la palabra (del latín “parábola”) conserva su raíz etimológica de “comparación” y el libro que las fija es un atavismo cultural que ayuda a distinguir lo espurio de lo genuino. De ahí que la quema de libros, el subyugar las mentes, sean acciones inherentes a los totalitarismos.

En su distopía “Fahrenheit 451”, el escritor Ray Bradbury recreó una sociedad donde los bomberos quemaban libros por órdenes de un gobierno para el cual leer hacía diferentes a las personas cuando el proyecto social procuraba su igualdad. Por el camino que recorre México en materia de hábitos de lectura la fabulación de Bradbury terminará por cobrar vida de un modo grotesco: será la mexicana una sociedad de iguales -parejamente disciplinados por los medios, parejamente ayunos de conciencia crítica, parejamente ajenos a cualquier preocupación intelectual- donde leer sea tal vez una extravagancia y, en caso extremo, de venir acompañado del alevoso acto de pensar, el peor de los delitos.

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