martes, 3 de febrero de 2015

El Panóptico

Macario Coarite Quispe (Desde Bolivia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



A veces, para Manuel, sus recuerdos de infancia lo llevan a revivir episodios entrecortados de su gobierno frágil, de su inocencia y de su familia.

Entre aquellos recuerdos, el del primer día en el “Lugar del suplicio” había despejado la cortina de color oscuro que rodeaba su mundo...

Ocurrió a mediados de los ochentas. Eran los primeros días de abril. Manuel y Crispín, de cinco y siete años respectivamente, caminaban rumbo al “Lugar del suplicio” que se situaba a media hora de caminata desde su hogar.

Para Manuel, el menor, era muy extraño ir allá.

Con rostros tostados por el Tata Inti, con guardapolvos blancos que se sobreponían a los pies rajados y empolvados por el frio del altiplano, cubiertos a su vez por ojotas de goma, los niños caminaban cargando unas precarias mochilas de saquillo, y tenían una confusión de sentimientos: sentían pena y nostalgia, pero también esperanzas sobre su porvenir.

Crispín, el mayor, ya había vivido la experiencia de sentirse rechazado por los otros compañeros, pero no le había contado nada a Manuel.

Manuel, por su parte, con tuvo que acercarse mucho temor por vez primera a aquella casona colonial que fungía de “lugar de suplicio” para él, pero que para los demás se denominaba: “kínder”.

Visualizó dos enormes puertas de madera antigua. Con gran esfuerzo subió las enormes gradas que llevaban a la gran puerta entreabierta. En su minúscula existencia se preguntó: “¿Cómo sería la profesora?”, o “¿Cómo sería ese gran cuarto oscuro, empolvado y al parecer con objetos muy antiguos que los demás llamaban “aula”?”. Una parte de aquellas dudas se reflejó en sus ojos.

De un sobresalto, una mano enorme separó la puerta. Todos ingresaron como pájaros al interior de la jaula. Pronto aparecieron todos sentados ante la maestra. Ella, con un sobrero negro de alas anchas que tapaban su rostro, se situaba sobre una silla frente a un escritorio al lado de una pizarra corroída por el tiempo, y justo a unos pasos y debajo de la enorme ventana, aparecía un horno de ladrillo, impregnado de hollín.

Manuel presintió que allí iban a ser carbonizados los niños desobedientes.

Ese día la maestra había dibujado con lápiz rojo en su cuaderno una línea punteada horizontalmente y le había dicho: “Realiza estos puntos en todo el cuaderno”.

Manuel debía obedecer.

La maño izquierda del niño agarró lánguidamente el lápiz de color amarillo, marca Elephant. A lo que la maestra corrigió rápidamente: “El Lápiz no se agarra con esa mano, ¡burro!. Traiga la mano”.

Los dedos de las manos de Manuel se prepararon para recibir el “gran premio mayor”, llamado “Kimsacharani”. La maestra le dio tres chicotazos que le quebrantaron el alma; Manuel rompió en llanto. De ahí dedujo que era poco útil e ingenuo. Sus compañeritos no dijeron nada, como alejándose de él.

Solamente una niña llamada María se apiadó de él. Tenía un rostro delicado y amarillento como flor de amapola. Tomó la mano de Manuel y trató de calmar su dolor, acariciándole los dedos. Él sintió su compañía como la de un ser especial, que más tarde se esfumaría, sin razón alguna, de su existencia.

El primer día de clases acababa de finalizar. La víctima se retiró lentamente. Se dirigió hacia la precaria cancha escolar amurallada de adobe y a la salida, una esquina fangosa, que daba al camino. Era difícil cruzar el trecho. Esperó a que los demás pasaran por ahí.

No se dio cuenta que Velásquez, un bribón del mismo curso, el más alto y fornido, que el pasado año había reprobado del curso, le había seguido. El inocente lo miró. Velásquez se acercó y le dijo: “Sabes que eres un sonso, un cojudo”. Le tumbó de un puñetazo. “No le dirás nada a tus padres: son unos pobres y unos infelices evangélicos”.

Y Velásquez se lanzó sobre el apenado niño, golpeándole el rostro hasta sangrarle la nariz.

Manuel no pudo resistir la bravura del marrullero y desistió. Como en un sueño su existencia agonizó. La sangre corrió maratónicamente a través de sus fosas nasales. El abusivo seguía propinándole trompadas y pateaduras. Manuel enfrentó su mundo y al mundo al que había venido. Alguien se asomó para ver lo que pasaba: era Crispín, el hermano imprescindible, que como gran héroe hizo justicia.

Ahora, Manuel tiene la conciencia de que el “lugar del suplicio” es como un panóptico: un lugar que oprime a los seres frágiles como él y perturba la inocencia de los niños; además, aquel “lugar del suplicio” despliega la división y diferenciación entre los que tienen dinero de los que no.

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