martes, 3 de febrero de 2015

El reencuentro

Jaime Bergamín Leighton (Desde Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Después la perdí y me perdió, como se pierde todo
Juan Abreu

La exploración de mi nuevo destino en la ciudad toda por descubrir. Una parada más en este deambular de años que enreda recuerdos, afinca los dientes en el desarraigo y te responde recíproca en el bostezo indiferente del que llega y se va sin nostalgias. Es parte del destino que he elegido, el que decide por mí.

Contemplo, con desconcierto recurrente, esas vidas sedentarias arraigadas a un mismo lugar, viendo siempre la misma gente, subiendo y bajando en el carrusel de una época como ésta, hecha de pocas satisfacciones -las materiales en abrumadora mayoría- y muchos sobresaltos a pesar de la seguridad que brinda el estado protector y la riqueza de un país proverbialmente rico.

Y aquí estoy, en una ciudad cualquiera, de esas que, aunque aparecen en los mapas, nunca se eligen como destino. Burgo medieval a la orilla de una antigua ruta, con una sola industria importante a la cual se vinculan, directa o indirectamente, las economías lugareñas y a donde me ha llevado mi condición de embajador itinerante de intereses transnacionales en el seguimiento y la supervisión de un producto hijo de la globalización. Mañana normal de domingo sin amigos. La invitación de compromiso -cuyo educado rechazo provocó un no menos educado oh!, dommage!, acompañado de un imperceptible suspiro de alivio- me otorga el respiro de un día completo que podré manejar a mi antojo. Siguiendo la norma, no aceptaré invitación alguna mientras duren las negociaciones. Me aventuro fuera del hotel en tanteos de orientación y, guía en mano, me lanzo a explorar aprovechando el suave sol otoñal.

Las ciudades, sobre todo aquellas acostumbradas a recibir visitantes de todas partes, mantienen un mundo paralelo cuyas claves se pueden desentrañar con relativa facilidad si uno aprende a leer la escritura de sus calles, la caligrafía de sus fachadas, el paso de sus habitantes, las rutas invisibles trazadas a lo largo de años, décadas y, en países como éste, de siglos. No tardo mucho en descifrar los códigos y me enrumbo hacia un desayuno que, no solo me nutra sino me acerque al alma de la ciudad a través de sus espacios y su gente.

Desecho la turística terraza, tentadora en el clima aún benigno, para adentrarme en el bistrot de rincones y penumbras, en el devenir cotidiano del pastis en bowl a dos manos, del café humeante y los croissants. Más tarde, los vinos gruesos en jarras de condumios y trasnochadas. Me siento al azar intentando enterarme de lo que la pequeña ciudad me ofrece en el escueto periódico local, la espartana lista de los museos, parques, espectáculos domingueros, la inevitable retreta en el kiosko de la plaza luego de la misa y el guignol, hasta un vernissage en la única galería de arte, establecida seguramente para atrapar turistas con aspiraciones artísticas y las ganas de gastar en algo más que reproducciones de edificios medievales y gastronomía provinciana.

Mi elección al azar provoca un pequeño revuelo entre los habitués a quienes he usurpado la mesa, desconcertados al encontrarse con un intruso -y extranjero por añadidura- ocupando su puesto ganado a lo largo de quien sabe cuántos años en el rito del desayuno, algo más tardío hoy en los sueños estirados del domingo. Supe que di en el clavo. Opto por una amable retirada que me granjea someras sonrisas cruzando por unos instantes los rostros malhumorados de mis contendores. Resignado, aterrizo en las mesas exteriores tratando de resolver un sencillo crucigrama, difícil en el idioma ajeno y los localismos correspondientes. Rodeo con un círculo museo e inauguración a la espera del mediodía.

Los cafés franceses, más aún los de provincia, se caracterizan por su comida basada en ingredientes locales siempre frescos, la estrechez de sus espacios, lo reducido de sus mesas y lo incómodo de sus sillas. Adolorido emprendo la caminata con el paso errático del perro basculando entre el instinto y la costumbre, la intuición y el hastío. Las mañanas domingueras pueden ser muy largas cuando se viene de una semana de trajines intensos y las expectativas de la semana que definirá negociaciones y partidas. A las once en punto estoy en el museo cuyo fuerte son ánforas y joyas extraídas de las sucesivas capas dejadas por los pueblos que ocuparan la zona, incluyendo interesantes frescos romanos con motivos domésticos que entregan valiosa información de cómo se adaptaban los conquistadores al clima y las costumbres locales. He obviado la modesta pero hermosa iglesia románica por respeto a los feligreses, hoy, decido, toda para ellos. Algunas excavaciones adyacentes completan la espera del vernissage que se animará hacia la una de la tarde siguiendo la pauta universal de las inauguraciones. Acierto.

Me encuentro con un espacio sorprendentemente amplio, bien resuelto, iluminación correcta y una curaduría eficaz que delata compromiso y profesionalismo. La muestra, obras de mediano formato reflejando el paso por alguna academia abandonada a mitad de pensum, el hijo de un notable de la comarca, seguramente, mostrando sus gracias en telas que serían apreciables si no fuera por las ganas de comerse el mundo, de saltarse etapas, brochazos provocadores del que pretende hacerse paso a codazos en el estrecho ambiente provinciano, azuzando el escándalo en la esperanza de que los ecos retumben en el lejano París y suceda lo inesperado. Medito sobre lo parecidas que son las burguesías, las provincianas en particular, de todas partes. Bellezas anodinas y trajes algo pasados de moda junto a jóvenes que intentan emular lo que manda la metrópoli, miradas de reojo y los notables pavoneándose en derivas de plaza mayor después de misa. Me paseo por las fisonomías olvidado por completo del provocador y su pequeño círculo, degustación con añoranzas y algo de chovinismo por el contundente vino de mi tierra, su regusto de taninos y sotobosques tan lejano a este delgado exponente de los mejores terroirs del mundo. Les connaisseurs dixit.

Percibo un algo que altera el ritual y su zumbido bajo de programa bien aceitado. Algo que no cuadra en el juego de sombras de público y mesoneros derivando según las leyes de la socialización. Un cambio de ritmo casi imperceptible, una pieza que resalta dentro del desorden organizado, sombra persistente que destaca hasta despegarse de la masa: una hermosa mujer de formas maduras y un algo entre maternal y mundano realiza lo que pareciera ser una maniobra de aproximación, sutil pero persistente, a este náufrago que intenta pasar desapercibido. Se acerca inexorable, sorteando invitados y mozos entre exclamaciones grupales y palmoteos de amigos. Le petit monde que se ha desplazado desde la plaza de la retreta hasta aquí para felicitar al exótico de cabellos en technicolor y piercings reluciendo entre paisajes tatuados. Como siempre, las obras expuestas hace mucho que pasaron a segundo plano.

Sigue la misma ruta que yo en mi deambular pegado a los paneles, "profundamente interesado" en las telas, treta pueril e inútil intentando disimular mi aislamiento. Devuelve amablemente los saludos de los conocidos para, sutil pero implacable, continuar su periplo hasta darme alcance. Un algo familiar se desprende de su rostro, un algo que no logro precisar y que las miradas a hurtadillas no contribuyen a resolver. Decido que, como sucede por toda Europa, las fisonomías se repiten hasta volverse un paisaje humano monótono y reiterativo, aunque su innegable atractivo no sea común. Se detiene tres cuadros más atrás para reanudar su deriva hasta quedar codo a codo. -¿Es usted extranjero?- Mirando fijamente a la tela. Por alguna razón no me sorprendo -Si- Entonces suelta un Mer Pacific apenas audible que me obliga a mirarla de frente. Ese algo vagamente familiar se va revelando, como fotografía en la cubeta, hasta volverse nítido en el agolparse de recuerdos de unos momentos y un rostro siempre presentes a pesar del tiempo. Tú.

Y aquí me tienes, recordando esos largos atardeceres del verano sobre el Pacífico o los escuetos pero no menos intensos del invierno. Esos atardeceres que no viviste hasta conocerme y que siempre recuerdo ligados a ti en la tarde dominguera de la vuelta a casa. J'habite proche de la Mediterranée, mais, en eté, le soleil brille sur nos épaules. Jamais je n´ai pu regarder le soleil coucher sur la mer… Y me hablaste de la calle Maruri, del Neruda reciente en la capital, deslizando su flacura famélica y recién llegada por los adoquines. Me preguntaste si la conocía y tuve confesarte que no, que, de cualquier modo, quedaba en Santiago, donde solo hay cordillera y playas de estacionamiento -río de mi chiste mientras tú te concentrabas en la respuesta midiendo con seriedad conmovedora la información suministrada-.

Mi pequeño balneario, unas cuantas playas y no mucho más. Tres universidades evitan que se duerma por completo en los largos meses entre dos temporadas.

Apareciste en uno de esos intercambios de estudiantes que se estilaban en esos años. La francesita. Visión y leyenda resumidas en una figura frágil y un rostro angelical cargando con el sino de tantas ideas preconcebidas. Conquistarla se convirtió en un desafío, quedarse con ella, una apuesta con pocas probabilidades, al menos para mí.

En una fiesta universitaria me arriesgo, entonado por unos tragos de más y unas calabazas recientes que me mantenían en estado de resentimiento extremo contra el género femenino. Relumbra esplendorosamente sola, odiada por el resto de las mujeres, accediendo gentilmente a cada solicitud de baile sin discriminar a nadie, como gringa en visita de buena voluntad siguiendo las instrucciones al uso de ser amable con los nativos. Mi turno, bailamos con el desapego de quien quiere aparentar indiferencia, y la gentileza razonada de quien, ignara de las costumbres locales, teme ofender al transgredir reglas desconocidas. Terminada la pieza arriesgo una invitación a la barra. Para mi sorpresa acepta. Luego, como sucede con los momentos únicos e irrepetibles, el tiempo se encoge hasta volverse una breve eternidad. Confuso, fluctuando entre la angustia y la inconsciencia, la incredulidad de ser protagonista y espectador de privilegio de ese momento mágico que se desvanece en la irrealidad. A la distancia, creo recordar que rechaza la invitación de una sombra que se le acerca apelando al orden establecido, luego otra y otra, hasta que el resto desaparece y me veo despidiéndola en la reja del jardín sin saber cómo llegamos hasta allí.

Los pequeños detalles que la fueron conquistando y que ellas nunca olvidan (¿Recuerdas mon ange?). La verdad, no lo recordaba, ensimismado en mi desconcierto, incrédulo ante ese golpe de suerte, me debatía entre el orgullo de lucirte ante los demás y esa obsesión tan chilensis que nos hace rehuir todo protagonismo. Largas cartas detalladas sobre tu vida en este lado del mundo, nuestro encuentro, nuestros encuentros… Entonces ese alguien decidió que serías tú, que viviría vicariamente ese trozo de vida que agitara su imaginación de exiliada provinciana y, como un discurso ensayado hasta el agotamiento, se preparó para ese momento que, siempre lo supo, jamás llegaría. Las fotos que le mandaste. Ninguna en que apareciera yo. Decidiste que era mejor que construyera mi imagen a partir de la idea que tenía de los hombres del sur. Solo supo de mi rostro cuando, de regreso, volviste a partir dejando tras de ti las huellas apresuradas de tu huida.

Y fue así como un día cualquiera, te fuiste. Sin pensar en los llantos, creyendo que el tiempo todo lo cura, incluso tu propia tristeza… Y no contaste con la de tu madre, a quien le arrebataste pasión y atardeceres por mampuesto, la mer pacific perdida para siempre. Ella volvió a la pequeña ciudad donde naciera.

Y se te ocurrió irte sin avisar, peor aún, te fuiste quedándote, dejando jirones de ti misma por todas partes hasta hacer tu ausencia intolerable. Quizás fue eso lo que decidió mi destino. Lo pienso mientras contemplo a un tú que no eres tú, que tiene alguno de tus rasgos pero que es tan otra.

Y allí me quedé, hundido en la rabia, la impotencia, contemplando absorto ese paso algo más pesado, pero sutil y rotundo que te lleva a esos lugares donde los demás no tienen acceso. Rabia conmigo mismo, rabia por no haber intentado siquiera descifrarte, rabia por descubrir, demasiado tarde, que una mujer es una mujer en cualquier idioma y que se puede enamorar incondicionalmente tal como yo lo hiciera… ¿o...no? Desde luego que no. Los hombres somos mezquinos por instinto de cazador, si se quiere, y, a menudo, sucumbimos a los prejuicios y los apriorismos, a las ideas preconcebidas que terminan por distorsionar una realidad que se presenta meridiana y transparente ante los ojos de todos, menos los nuestros. Demasiado transparente, quizás, hasta volverse invisible.

Te sorprendió su tristeza y su silencio cuando volviste. Pensabas que era la nostalgia acumulada. Nostalgia que se desanudaría, más temprano que tarde, hasta volverse sonrisa amplia a la hora de las confesiones. Tarde, mucho más tarde, descubriste la razón de su desesperanza (siempre pensé que volverías con un esposo a cuestas), cuando ya no había nada que hacer y habíamos tomado nuestros propios rumbos. Tu madre-amiga, compinche y camarada, siguió la ruta del désespoir hasta volverse una extraña de rostro triste y largos silencios.

Decidiste expiar tu culpa, olvidar por decreto los plácidos atardeceres sobre el mar para reemplazarlos por las ásperas penumbras del Norte, los fríos cortantes, las sombras largas, la soledad. Se casó con un lapón, me dice, y fue a sepultarse en las tundras para arrear renos y niños de ojos orientales con briznas doradas en sus pelos llovidos. Mis nietos… Entristece -No sabes cómo te añora, cómo te añoramos…- Y calla. Luego crecí, me hice profesional antes que hombre y, por esos avatares de la vida, terminé descubriendo mi vocación en un deambular por el mundo a cuenta de esa entelequia con alto rendimiento que se llama comercio internacional. Las promesas se hicieron rutina, sin estaciones ni desenfados veraniegos, aunque previsiblemente efímeras. Pero las rutas de los viajeros perennes terminan siendo siempre las mismas, invisibles como los corredores aéreos pero, por sobre todo, implacables.

Otro aeropuerto. Cualquiera. Desde lejos me llegan los ecos del burócrata pergeñando datos hasta completar la planilla. Todo en orden. Busca entre las páginas del saturado pasaporte un espacio donde sellar la visa. Todo en orden. Cierra el expediente con rúbrica de patarañas y enérgicos puntos rematando firmas. Me deja solo, rodeado de frialdad y olores definitivos, tú, que nunca oliste a nada que no fueras tú misma, ni siquiera en los momentos del sudor entreverado.

Y aparece ese alguien que solo supo de mí por referencias, desgranando despechos, apropiándose de mi sombra, construyendo en su imaginación ese país mío tan lejano, tan inimaginable, imágenes aferrada a tus explicaciones -tranquila madre, todo va bien- intentando adivinar lo que sentías, como vivías.

La atracción cautelosa (¿Tú también apostaste con tus amigos, mon chou?), deslizándose suavemente hasta zambullirnos en la luz declinante de esos largos atardeceres de sábanas enredadas y suspiros de mujer satisfecha. Si los demás supieran… comento luego de -A mi madre le cuento todo…- Me sorprendes en ese paso más hacia la intimidad plena. Una dualidad fraternal amalgamada en el vacío del esposo-padre desaparecido cuando más lo necesitábamos y (ahora), la lejanía. Fue ella quien me aconsejó que dejara mis temores y me entreverará contigo- (como dijeras no sé si en broma o en serio). Explora mi rostro como si, a meses de estar juntos, aun quisiera una respuesta que desenrede el enigma -Viuda apetecible, maman decidió vivir su vida a través de la mía. Me dormía tomada de su mano, ella me peinaba luego que yo la ayudara a elegir la ropa que luciría los domingos de guignol y de retreta. Me ama con devoción, yo quería ser como ella. Pasamos de las muñecas a los juegos de salón, mis primeros flirteos, las tomadas de mano y…- Entrecierras los ojos rememorando mientras un algo en la garganta atenaza mis celos. -Se volvió experta en saltos, carreras, lanzamientos y bálsamos para aliviar desgarros, complementando de manera admirable la labor del entrenador. Cuando me visitaban mis amigas, ella era una más y, cuando decidía que era mejor dejarnos a solas con nuestros secretos, muy pronto un coro nostálgico la reclamaba. Todas sentíamos que nos hacía falta.

Caminamos del brazo, como viejos camaradas, gozando de esas fachadas que, provincianas, sin embargo conservan esa elegancia de la arquitectura decantada reflejándose en los pulidos adoquines. Poco a poco nuestras edades se van acercando, su rostro rejuvenece, su voz se hace adolescente, su paso ligero, hasta descubrirnos rehaciendo antiguas rutas, viejas tardes de cafetín e irrepetibles noches de bohemia. El paseo se vuelve una deliciosa eternidad y soy yo el que se detiene de pronto ante una fachada que se distingue entre las demás por un algo familiar cuya natural aceptación no intento explicar.

La señal. Cielo transparente a la luz deslumbrante del mediodía, fachadas bajo noche cerrada donde alumbran algunas ventanas que reflejan su enigma en el plácido canal de paisaje magrittiano. Como fuera hace ya tiempo, uno de los dos apunta la llave hacia la cerradura, ¿ella o yo?, supongo que fue ella quien la extrajo de la cartera para entregármela para que fuera yo quien abriese. El entrar en esa casa tan reciente, tan familiar, tan vuestra que no puedo imaginarla habitada por nadie más…ni siquiera yo, viajero temporal repitiendo pasos lejanos, bajo una luz tan exótica como lo fuera para ella la de mi aún más lejano país (de a poco me voy apropiando de tus atardeceres mon amour, en la penumbra cómplice).

Un tono lívido se va colando hasta inundar la sala. El vino yace, rojo profundo de destellos apagados, vencido por una madrugada más afín al café y los croissants que al brindis au caffard. Más cercana a la boulangerie y el olor de amanecidas de hornos que a la bohemia pálida del amanecer. Tu figura, algo más gruesa que como la recuerdo, se recorta contra el ventanal de cortinas descorridas y visillos a crochet. Apoyas tu hermosa cabeza en su mano que, a su vez descansa, codo mediante, en el brazo del sofá. Eres ella, eres tú, con la edad marcada por el tiempo y la lejanía, sueñas o piensas, no lo sé ni intento averiguarlo y, por segunda vez, el abandono es el único recurso para una noche que, breve pero intensa, se agota a sí misma en la repetición de una historia de dos vidas y tres rostros sumergidos en el aura de la irrealidad, confundiendo recuerdos.

Como un sonámbulo me levanto y, sin hacer ruido, murmuro un apagado au revoir y salgo al encuentro de esas calles tan mías hasta hace unas horas y que, ahora ajenas e indiferentes, recuperan su anonimato. Vacilo, me vuelvo, y descubro que la puerta reciente que hace solo instantes dejara atrás, se ha confundido con el resto de las fachadas hasta hacer imposible cualquier posibilidad de regreso.

Haga click aquí para recibir gratis Argenpress en su correo electrónico.