miércoles, 18 de febrero de 2015

La marea

Toño Fraguas



¿Qué locura es ésta? Los niños se suben en el coche y ya piden el DVD. Se sientan a comer y quieren el móvil o la tableta de los padres. En cualquier momento y lugar exigen entretenimiento instantáneo. Si hay algún mayor desprevenido, el zagal vendrá a exigirle que juegue con él. ¿Desde cuándo empezó a ser problema de los adultos que los niños se aburran? De toda la vida de Dios, si los niños se aburrían, era su problema, pero de alguna manera (¿alguien sabe cómo?) han conseguido hacerlo nuestro.

“Cuando el Diablo se aburre mata moscas con el rabo”, dice el refrán (que viene a significar que incluso cuando no sabe qué hacer el Diablo hace el mal). Quizá es lo que deben de tener en mente muchos adultos cuando se desviven para que sus retoños no caigan en el aburrimiento. No vaya a ser que se les ocurra hacer algo. Pero eso es precisamente lo que tiene que pasar: tienen que aburrirse y poner en funcionamiento el magín.

Y si se les ocurre alguna trastada y la hacen… pues mejor. Si les pillamos, bronca y, si no, que les quiten lo bailao. ¿Acaso no queremos que los niños desarrollen su iniciativa y cultiven diversas destrezas? Es mejor un niño travieso que un niño que no sabe divertirse solo, creo. Y me pregunto con angustia si todavía queda en este mundo algún niño travieso (o sea, con la imaginación y la capacidad organizativa suficientes para pergeñar y ejecutar una trastada).

Quizá hemos hecho un flaco favor a los niños convirtiéndolos en el centro constante de atención. Porque, o bien los anulamos plantándoles una pantalla delante, o bien los anulamos por la vía de estar presentes en su juego, dirigiendo su ocio y modulando (cuando no coartando) su iniciativa. Y claro, ellos se toman la revancha: cualquier reflexión de un adulto, y cualquier discurso de éste ante otros adultos, se interrumpirá de inmediato si un retoño profiere algún sonido o hace alguna monería. Los niños merodean en las tertulias de adultos intentando llamar la atención. Y lo logran. Y si no lo logran, lloran. Y entonces lo logran. Son como esas llamadas de teléfono a las que el funcionario o el empleado del banco da prioridad, para desesperación y asombro de los desgraciados que hayan decidido acudir en persona a hacer los trámites.

“Niño, no interrumpas. Si te aburres, búscate la vida”. Qué gran favor suponen estas palabras para todos. Con ellas estamos invitando al retoño primero a escuchar y (si se aburre de la conversación de los mayores) también a crearse su propio mundo de entretenimiento. A buscar dentro de sí mismo. A jugar a solas o con los hermanos (si los tiene y aunque sean de otras edades) y los amigos. Por supuesto nadie dice que no haya que jugar con ellos. Hay que hacerlo, pero que no lo den por sentado. Que sea un premio. Que no cuenten con ello. Que su diversión no dependa de la mirada o la participación de un adulto.

La hiperdependencia lúdica de los niños tiene un efecto colateral del que aún desconocemos las consecuencias. Cada vez menos niños miran ya el paisaje en los largos viajes en coche. Antes del surgimiento del DVD portátil, del móvil y la tableta, los niños cantaban canciones que debían recordar de memoria (no estaban en el CD) o jugaban a juegos que requerían imaginación (Veo-Veo) o inventaban historias, o escuchaban la música de los mayores…

Además, a través de esa pantalla mágica que es la ventanilla del coche, cuando uno era pequeño, descubría montes, ovejas, ruinas, cuervos, tractores, riscos, choperas, colores y sombras de nubes que lamían los sembrados… y cuando el coche iba llegando a una ciudad, fábricas, desguaces, naves industriales, moteles… y luego, los arrabales: las casas donde vive gente pobre. Los tejados de uralita, los solares de columpios oxidados donde quizá nuestros ojos de niño se cruzaban con los de otro niño. Un niño de otro mundo. Y nos poníamos en su lugar. Ahora ya no. El niño del columpio oxidado mirará al del monovolumen. Y el del monovolumen estará viendo cualquier cosa en el DVD portátil. Y no sabrá qué es un rebaño de ovejas (aunque se esté convirtiendo en una).

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