martes, 24 de febrero de 2015

La rebelión de las ideas

José González (Desde Santiago de los Caballeros de La Antigua Guatemala, Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Las ideas nunca son inocentes ni gratuitas. Son, desde luego, entes abstractos que se nos presentan como objetos irreales y como meros pensamientos, en apariencia inocuos, que se agotan en sí mismos; pero no nos precipitemos, las apariencias engañan y las ideas son más que eso. Son objetos ideales que trascienden y que guardan una necesaria correlación —supeditada— con los objetos reales y materiales del mundo concreto; estos últimos son los ejes rectores a cuyo derredor gravitan los conceptos como aves nocturnas que acechan el sueño de la razón.

Así, los actos humanos concretos los explicamos, los justificamos y los legitimamos por medio de las ideas, de donde se infiere que el poder material determina al poder ideal. Como decía Marx, las ideas dominantes en cada época son las ideas de la clase social dominante, de la clase que ejerce el poder material y a ello obedece que esta clase también ejerza un poder espiritual, igualmente dominante. En otras palabras, quien tiene los medios necesarios materiales para ejercer el poder, somete a quienes carecen de ellos, no solo materialmente, también espiritualmente.

Las ideas dominantes para legitimar conductas y sistemas, penetran de tal forma en la cultura popular, que terminan formando parte del «sentido común» de las masas. Por esa razón, Gramsci enfatizaba que a la cultura popular o folclor no debía considerársele como algo simplemente pintoresco, sino como «algo muy serio», porque las grandes mayorías a la postre se explican la vida de acuerdo a la concepción oficial impuesta por el sector hegemónico. De ahí que el «sentido común» lo definiera este pensador italiano, como la «concepción del mundo absorbida acríticamente por los distintos ambientes sociales y culturales en que se desarrolla la individualidad moral del hombre medio.»

En cada período histórico los sectores hegemónicos han conformado a grupos de intelectuales orgánicos que, en opinión de Gramsci, cumplen cuatro funciones: 1) Organizan la estructura económica y son portavoces de la ideología de su grupo; 2) Hacen corresponder la concepción del mundo de la clase dominante con el conjunto de la sociedad; 3) Establecen alianzas y 4) Crean mecanismos para establecer la legitimación y el consenso de la sociedad en su conjunto. En suma, ejercen la dirección ideológica y política de su grupo y representan casi siempre los intereses de sus redes.

Es entonces a través del poder intelectual, que el bloque de poder consolida su hegemonía, y la mantiene vigente. El dominio material, como decía Salvador Borrego, es una tenaza que, mediante la infiltración Física, repta y golpea en el ámbito de la materia, pues ésta es dominable por la fuerza; en tanto que la otra tenaza, la infiltración Mental, invade sagazmente el ámbito del espíritu. A éste no se le domina con la fuerza —afirmaba Borrego— se le domina cambiándole su contenido: le vacían sus anteriores valores y le depositan nuevos. Las dos tenazas del poder —la física y la mental— tienen por objeto, pues, lograr el dominio total del ser humano. Dominio del cuerpo y del espíritu.

En tal sentido, el acto de obrar sobre «el otro» de una manera intencional y calculada, sin recurrir a la fuerza abiertamente ni a la coacción directa, es sutilmente factible mediante la persuasión y el uso adecuado de las estratagemas. La dominación intelectual hace uso de la sugestión y la psicología social, y para difundir las ideas emplea, como vehículo efectivo, los medios de comunicación, las religiones institucionalizadas (iglesias), los editoriales de prensa, las columnas de opinión, los analistas de coyuntura, los tanques de pensamientos —«think tank»—, y, especialmente, los recursos culturales, artísticos y de «inocente» entretenimiento, vale decir: cine, literatura, radio y televisión, entre otros. Ya lo decía Edward Bernays: «La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento de importancia en la sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo oculto de la sociedad constituyen el gobierno invisible que detenta el verdadero poder que rige el destino de nuestro país.» Con la Propaganda, quienes detentan el poder y nos gobiernan, moldean nuestras mentes, definen nuestros gustos o nos sugieren nuestras ideas sin que podamos advertirlo.

En Guatemala, que es un país con configuraciones culturales heterogéneas y completamente plurales, los intelectuales orgánicos del sector dominante han creado y legitimado la historia oficial; han elaborado discursos sobre la identidad histórica nacional y, a través de los sistemas educativos y programas culturales, han difundido y reproducido por décadas las interpretaciones, explicaciones, valores e imágenes para consolidar una identidad de Estado-Nación que subsuma todas las diferencias y procure una homogeneidad cultural. Por supuesto, bajo el paradigma colonialista y eurocentrista que mantenga a los diversos pueblos nativos-americanos, que también son parte de Guatemala, en condición de subalternos. Los estereotipos y prejuicios raciales que desde la Colonia los criollos dominantes de la oligarquía vetusta les atribuyeron a los indígenas, para tenerlos supeditados y oprimidos económicamente, fueron efectivamente difundidos al extremo de que a la fecha actual el rasero con que se mide a un ladino y a un indígena, es excluyente respecto a este último y, en su tratamiento, se le ningunea, se le subestima y se le trata de invisibilizar.

En ese orden de ideas, es válido preguntarse: ¿quién habla por los subalternos? ¿Podrán hacerlo? como en su momento indagara Gayatri Spivak. A mi juicio, se manifiestan por medio de intelectuales que se identifican con el bien común, que se erigen como los portavoces de los más necesitados y que están éticamente comprometidos con los pensamientos antihegemónicos. Acaso estos intelectuales sean disminuidos por el aparato difusor de la propaganda hegemónica y, eventualmente, engullidos por la maquinaria atroz de la oligarquía fascista; no obstante, desde sus trincheras pueden promover «amotinamientos» intelectuales y asestar golpes críticos contundentes, encaminados a una verdadera rebelión de ideas.

Los intelectuales subalternos deben situarse en posiciones estratégicas y, como sugería Edward Said, deben constituirse en francotiradores, en críticos y desmitificadores, aunque condenados a la soledad y al exilio interior. Siempre alertas a la manipulación del poder y guardar celosamente su independencia. Desde sus escondites, tendrán que disparar pensamientos que descolonicen modelos y paradigmas eurocentristas; que descentren las ideas dominantes, que las contextualicen y que las sometan al rigor del crisol del criticismo e historicismo. Desde luego, no se trata sólo de negar totalmente la cultura y filosofías europeas ni las ideas económicas y sociales nacidas en otros contextos históricos, para descifrar nuestros misterios los intelectuales rebeldes deben penetrar en la Latinoamérica Profunda, en las civilizaciones prehispánicas que subyacen en la Latinoamérica Imaginaria, conquistadora y colonialista, parafraseando de esta forma el ideal que propuso acertadamente Guillermo Bonfil Batalla con su «México Profundo».

La rebelión de las ideas, en suma, es un intento de crítica histórica como resultado de una disposición natural de todo ser pensante que rechaza la infamia del poder opresor y de una resistencia intelectual permanente en contra de la mistificación de las ideas y de su trastocamiento a favor de intereses espurios.

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