martes, 3 de febrero de 2015

Teurgia

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Voy caminando con mi tía Ra desde el Cabo de Creux al Finisterre, diciéndome que dejaremos la caminata de Cantabria a Punta Umbría para más tarde.

Desde la ventana de una taberna a pie de carretera nos llegan voces. Nos acercamos y escuchamos a unos señores mayores que hablan como Rebuznando. Están con la baraja preparada para comenzar a jugar al Mus. Hablan y hablan, más bien Rebuznan, y dicen que los ecos Rebuznantes para los próximos comicios ya se escuchan en la “tele” y anima a toda esa caterva de gente de la plebe que en Rebuznos es muy facultativa y muy experta por el voto.

Ahora, en este instante, me viene a la memoria que mis abuelos colgaban los chorizos en la cuadra donde pesebrean los Asnos, recordando que me decían que se decía en tiempos de elecciones “que si los políticos desean aprender, vengan y aprendan de nuestros Asnos, que no son chorizos ni matones, y que su amor y solidaridad es grande y una de sus muchas prendas, que por eso el Asno tuvo estatua en Roma y allí se empezó a comulgar de su carne”.

Mi tía lleva un perrito, “Ticino”, que va chupando y mordiendo, sin hincarle el diente, la cresta de una tibia en la que se ven perfectamente por un lado la cavidad articular para el astrágalo, la cisura para el peroné, por el otro, así como el cóndilo interno y el externo.

-Pero, tía, le pregunto ¿va a poder con él?

Ella me responde.

-Pero, si es de plástico. ¿No lo ves? Pareces tonto, como si fueras de “Carabobo de Arriba”.

Reímos.

Tía Ra ha vuelto hace poco de un viaje al Tíbet, cubierto de monasterios budhistas. Dice que no salió casi de Lhassa, la capital, pero que hizo dos viajes maravillosos al río Sangpo y al Brahmaputra, “y no te rías”, me espetó.

Dice que allí el tiempo no tiene medida de duración, que no es ni largo ni corto, aunque los tiempos de la conjugación de la Vida sean como en todas partes el pretérito, el presente, y el futuro. Que tuvieron buen tiempo, aunque casi siempre lluvioso. Que el despertar en el Tíbet es abrir o levantar el tiempo, pues allí se cumple el refrán deque ª”las cosas a su tiempo y los nabos en adviento”, “y no te rías”, me advirtió; respondiéndole yo:

-No tía.

Ticino, el perro, ha dejado caer el hueso de plástico. Juega con él y le ladra. Su ladrido es muy especial. Mi tía dice que es como el del Dalai Lema pontificando. Este perro se me parece a un “Tideo”, cierto ácaro parásito del hombre. Mi tía fue al Tibet con mi tío Tiburcio, “un santo mártir del culo”, como le nombra ella, flojo, desaliñado, poeta callejero y de taberna, que ha escrito cuatro libros de “Elegías” y le ha dado dos hijos que no son suyos. El me contó, en su día, que se encontró con mi tía al pie de los muros de Roma, en una visita programada, donde se hicieron manitas, gustando él de su tostada empapada en aceite, que, por eso, desde ese día él le nombra a ella “Tiborna”, tostón. Dice de ella, por el grado de su cuerpo, que es menos gruesa que la Parangona y más que la Atanasia, y que siempre le es difícil, por poco susceptible, de reducirla a hilos y tejidos.

Tía Ra dice que yo me parezco a Thuiller, notable galán cómico malagueño, y que le gustó mucho cuando en una performance, teatrillo de calle, me vio representando a Tethys, la primera de las divinidades marinas, hija del cielo y la tierra; y en otra performance, representando a Thetis, la nereida madre de Aquiles.

En un silencio, voy y le pregunto:

-Tía, ¿cómo es mi tío?

-Tu tío, me responde directamente, tiene un miembro parecido al lagarto americano, el Teyú. Hace una pausa y sigue:

-Tú, hijo, en lo tocante al Amor debes actuar conforme a Sexo o propio de él. Debes hacerlo con “Texón”, tejón.

Reí con voz alta y el perro me ladró, haciéndome recordar, yo no sé por qué, la primera paja que me hice, y mi madre me descubrió, diciéndome maternalmente:

-No te asustes, hijo, lo hiciste porque te urgía, Teurgía.

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