martes, 3 de marzo de 2015

Cine: González Iñárritu. “Birdman”, el Oscar y el cine latinoamericano global

Jorge Zavaleta Balarezo (Desde Nueva York, Estados Unidos. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



No es de algún modo gratuito lo que puedo escribir ahora sobre Alejandro González Iñárritu (AGI), cuyo debut en el año 2000 con “Amores perros”, me marcó profundamente, y menos oportunista considerando que la Academia Norteamericana acaba de consagrarlo con cuatro premios Oscar para “Birdman”: mejor película, director, guión y fotografía.

Conozco de cerca el trabajo de González Iñárritu, y me comenzó a interesar desde esa película limítrofe y desbordante en que se alternaban tres historias dolorosas, oscuras y sufrientes, alrededor de las cuales rondaba el incesto, la envidia, el poder, y tantas frustraciones como en las vidas más miserables. Sí, “Amores perros” fue todo eso y fue también un genial punto de partida para un cineasta que se tomaría su tiempo para rodar un filme. No le interesaba ser como muchos nuevos directores hollywoodenses apresurados en realizar una película por año. Al contrario, en el caso de AGI podían transcurrir tres o cuatro años, pero él y su obra mantenían su vigencia y cada película que seguía a otra confirmaba que el tono no variaba demasiado, que las historias continuaban siendo densas, profundas, oscuras, que la muerte rondaba a los personajes de esas puestas en escena de este heredero y admirador de Buñuel quien ya había mostrado, en sus raíces y en su violencia, al México D.F. en “Amores perros”.

Ahora todos saben que, antes del cine, AGI fue publicista y también conductor de un programa de radio. Y un día, como ocurrió con Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro, no solo sus compatriotas sino los igualmente talentosos realizadores con quienes se le compara como miembros de una nueva generación de avanzada, González Iñárritu se dedicó a trabajar con un reparto internacional: Naomi Watts, que en realidad es australiana, Sean Penn y Benicio del Toro. Otra vez se trataba de historias entrecruzadas, con un montaje alterno y complicado, que cruzaba límites narrativos, y donde se recuperaban temas de “Amores perros” como la culpa o el infierno de la existencia. Sí, de eso trataba “21 gramos”, cuyo título aludía a la levedad del ser cuando deja este mundo. AGI era, además de un profundo conocedor del manejo de la cámara y la dirección de actores, un existencialista a carta cabal, que no dejaba que se le escapase un solo detalle.

Ya eran dos películas y en ellas nunca había ganadores ni finales felices. Su cine era otro, distinto, retaba al espectador, se basaba en una estética que recuperaba aquello que no pocas veces pasamos por alto. Seres irredentos, conciencias culposas, ese es el mundo de AGI, un universo que puede parecerse a una sala de espera al infierno. El temor en la lucha diaria por sobrevivir no se produce a partir de trucos ni de imaginería sino de un cine que bebe del documental y homenajea al neorrealismo. La paleta de colores, como suele ocurrir en las últimas películas de Terrence Malick, muta de un tono a otro, y se vuelve gris, como el filme mismo.

“Babel”, que cierra la “trilogía del dolor” en la obra de AGI y a la vez la colaboración del guionista Guillermo Arriaga, es un tomarle el pulso a la globalización, en el sentido más extenso y sensible que este concepto y realidad supone. Nuevamente, las historias se entrecruzan y los escenarios son la frontera entre México y Estados Unidos, Japón o un innominado país árabe. La película nos demuestra que, a pesar de razas, credos, ideologías o seudolibertades, similares problemas afectan y a veces hasta azotan a hombres y mujeres.

Un guión correctamente llevado a la pantalla enlaza la historia de la pareja formada por Brad Pitt y Cate Blanchett, cuya tragedia es causada casi por una imposibilidad, en pleno mundo musulmán, ese que ahora Occidente tanto recusa. O el rol de Gael García Bernal, protagonista del segmento inicial de “Amores perros” y hoy un actor internacional, quien hace de un buscavidas cuya madre termina viviendo, igualmente, su propio via crucis. O la chica japonesa, tan “diferente” y “peculiar”, y quien, sin embargo, compone un personaje rico en matices, con un ánimo y un temperamento decididamente intimistas. Ella, tímida y desinhibida a un tiempo, protagoniza una de las escenas fundamentales de “Babel”, aquella de la discoteca, donde se deja escuchar libremente una potente música de ritmos y tonos electrónicos, hipermodernos, mientras se registran los brillos, filtros e iluminaciones de este espacio para la diversión, síntoma global, lugar de placer. La discoteca, como signo de incursión de lo global en lo local, pero también de la penetración del postcapitalismo en casi todo el mundo, reaparecerá como escenario en “Biutiful”, la última crónica de dolor y angustia rodada por González Iñárritu.

En ella, Javier Bardem da vida a un personaje conflictivo, con problemas éticos, enfermo de cáncer, padre de dos hijos y con una esposa bipolar. Bardem, como en “Mar adentro” de Alejandro Amenábar, y “No Country For Old Men”, por la cual los hermanos Coen se llevaron el Oscar, hace uno de sus mejores papeles. El trazo de su existencia es tan gris como el de todos los otros personajes de la trilogía anterior firmada y filmada por González Iñárritu.

Pero “Biutiful” no solo es un examen personal, individual, sino que otra vez examina las carencias y desgracias de este mundo que nos toca vivir en el siglo supuestamente más moderno de la historia. Así, el grave problema de la migración es representado por una persecución a ciudadanos africanos en una plaza de Barcelona, ciudad que sirve de centro y referencia al filme y que se muestra opaca, triste, no con su tradicional belleza sino todo lo contrario.

“Biutiful” confirmaba un cambio de tono en AGI, además de abandonar el modelo del tríptico, y Bardem representaba el último héroe herido de muerte en esta secuencia de películas que el ahora oscarizado director mexicano presentó como un retrato duro, cáustico, nuevamente veraz, que roza un realismo extremo.

Y llegó el momento de “Birdman”. Las primeras noticias sobre el quinto largo de AGI no dejaban de sorprender porque se referían, sobre todo, a una “tragicomedia” o a una “amarga comedia”. Y desde ya, esto marcaba una diferencia. “Birdman” abrió el Festival de Venecia el año pasado e inició su camino hacia el éxito, cuya parada final ha sido la última ceremonia de los Oscar, donde se alzó con cuatro premios, incluidos el de mejor película y director.

En efecto, “Birdman” marca una división respecto a la obra anterior de su realizador y se inmiscuye en la conciencia de un actor conflictuado, depresivo, preocupado, en problemas consigo mismo y es que, tras haber encarnado a un superhéroe en el cine, y transcurrido su momento de fama, se prepara a debutar en Broadway y tiene que pasar no solo el examen de un público exigente sino el de una crítica que amenaza destruirlo sin más.

Además, este actor, al que da vida un notable Michael Keaton, quien recibió un Globo de Oro por su papel, es un permanente cuestionador. La puesta en escena que se ensaya ante el público, anuncia el estreno de “De qué hablamos cuando hablamos de amor”, uno de los relatos claves de Raymond Carver, aquel escritor norteamericano de los años 80 tan valorado entonces y ahora y representante del llamado “realismo sucio”. Keaton es un fenómeno de la actuación en “Birdman”, pero su personaje es casi totalmente incapaz de reírse de sí mismo. Su problemática interior es lo que emparenta a esta triunfal película de González Iñárritu con las cuatro anteriores.

Hay tiempo para la risa y para la poesía, también. Como cuando, casualmente, Keaton recorre, semidesnudo, Times Square, ese otro centro global del postcapitalismo, o cuando las escenas del filme reproducen las de un blockbuster en una céntrica calle de Nueva York invadida de aves gigantes, helicópteros, explosiones, y todos esos elementos que, hoy por hoy, capturan audiencias mundiales. Al contrario, la poética de “Birdman” es intimista, personal, dialoga con un público más reducido, es una película de “festival” antes que el producto empaquetado y masivo.

Se ha hablado mucho de la fotografía del mexicano Emmanuel Lubezki, ya ganador del Oscar en 2014 por “Gravity”, no solo por su excelencia y calidad, sino por crear la ilusión de la toma única, del uso del plano secuencia como si “Birdman” fuera un continuo desarrollo de hechos, sin cortes ni añadidos. Lubezki es un virtuoso, y se ha hecho justicia otorgándole un nuevo Oscar. El reparto, tan variado y eficiente, tiene en Naomi Watts, Edward Norton, Emma Stone o Zach Galifianakis, una tarea dura pero la acepta y la hace muy bien. Casi toda la acción de “Birdman” ocurre al interior de un teatro en Broadway, y los espacios son el camerino de Keaton, el escenario, o incluso la azotea del edificio, que se presta para los flirteos entre E.Norton y E. Stone.

Esta condición de una “vida” en el teatro nos recuerda dos películas muy valiosas que se sirven de similar escenario para narrar sus historias, “Ser o no ser” (1942) de Ernst Lubitsch, y “El último metro” (1980) de Francois Truffaut. Aunque la temática de “Birdman” dista de aquellas obras, se mantiene la idea de la “representación” de la vida o de las vidas, pues, al final, Alejandro González Iñárritu, aún en una película que marca distancia y diferencia en su obra, no se desentiende del todo de esa obsesión artística y personal por la existencia, sus misterios y sus retos de cada día. “Birdman” vuela alto ahora y con él, el trabajo de una nueva generación de cineastas mexicanos (nombremos también al peculiar y muy talentoso Carlos Reygadas), y por ende el de los latinoamericanos (la argentina “Relatos salvajes” estuvo nominada a Mejor Película Extranjera) que mantiene su entusiasmo y mira el futuro con optimismo.

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