miércoles, 11 de marzo de 2015

Cuento infantil

Miriam (Desde Managua, Nicaragua. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)


Esta historia es un tributo a mis grandes maestros: los niños. He trabajado con niños durante casi toda mi vida. Inicié sin proponérmelo, cuando ayudaba a mis compañeras de la secundaria con las horribles clases de matemáticas financieras y física elemental. Por alguna razón que hasta hoy desconozco, mis compañeras se sentían más a gusto conmigo para que les explicara los enrevesamientos de esas espantosas materias, que con el profesor. De manera que comencé a experimentar una especie de compromiso tácito con ellas, de entender todo lo impartido en el salón de clase, porque durante todos los espacios libres incluyendo el recreo, yo estaría explicándoles la caída libre y el tiro vertical, las sumatorias y las funciones trigonométricas y todo ese rollo. La vida se encargó de regarnos a todas por el mundo y yo fui a parar a España, trabajaba medio tiempo en un colegio. Casi de inmediato algunos chiquillos y chiquillas se me acercaron para pedirme les explicara algunas cosas de álgebra. Luego en México, sucedió igual, en Colombia lo mismo y en Panamá también. Ahora, que he aterrizado, literalmente, en mi país, la experiencia de trabajar con niños sigue enriqueciéndome y por lo tanto, mi gratitud hacia mis niños no tiene límites. Carolina representará, pues, a toditos los niños y niñas con quienes he trabajado.

Carolina es una niña de 9 años, vive aquí, en Managua y cursa el 3er grado de la primaria. Es una niña vivaz de cabello lacio, negro y corto. Lee muy bien y con excelente entonación, escribe bastante rápido pero se come algunas letras, de manera que me toca estar pendiente siempre. Aquí, en Nicaragua, a la materia de literatura y gramática se le llama “Lengua y Literatura”. Ayer lunes, Carolina vino contándome que al entrar del recreo, la profesora les indicó que sacaran el cuaderno de Lengua y Literatura pero les dijo: “niños, saquen lenguaaaa” y Carolina y todos los chiquillos sacaron la lengua al mismo tiempo. La profesora comprendió que el error era suyo, de manera que, luego de reírse lo suficiente, les pidió que sacaran su cuaderno para Lengua y Literatura. Una muy buena lección para la profe, me dije yo.

El otro día, la profesora dejó como tarea que cada niño llevara el plano de la casa donde vive. Luego de mis explicaciones de qué es un plano de una casa, Carolina comenzó a hacer trazos: aquí, la sala, aquí mi habitación, aquí el baño, aquí el patio, aquí la habitación de la “mimi” -la abuela-, y aquí mi tío. Como carolina vio que le quedó bonito su dibujo, comenzó a pintarlo, la habitación de su mamá, en color morado, su habitación, amarilla, la cocina, verde y celeste el patio; pero al tocarle el turno a la habitación de su tío, tomó el color negro y comenzó a pintarlo con el mismo cuidado que había pintado las otras áreas del dibujo. Como me sorprendiera la aplicación del color negro, de inmediato le dije: hija, ¿de negro? una habitación pintada de negro, ¿por qué? a lo que ella respondió con mucha sencillez: mire, profe, es que este es el color que tiene que pintar mi tío su habitación, ¿no ve ud. que él es muy cochino? tiene calcetines regados por todas partes y ¡¡todos apestan!! Además hay cucarachas que se salen por la noche y hasta de día y mi “mimi” las mata con una pantufla y siempre dice: “¡aaaay, éste fulano que no limpia ese chiquero!” entonces, ¿cómo le voy a dar un color bonito a una habitación que está siempre tan, pero tan cochina?” y diciendo eso, siguió resueltamente pintando de negro el área correspondiente a la habitación de ese tío cochino.

Evidentemente, reventé de la risa por la franqueza de aquella niña tan espontánea y tan libre, que como todo niño, dice las cosas tal como las ve, sin prejuicios y sin ambages.

Cierto día, su tarea consistía en dibujar a su familia. Dibujó con mucho cuidado a su mamá, se dibujó a sí misma con su mochila escolar a la espalda, su abuela sentada frente a una televisión, pero a su papá lo dibujó solamente con los clásicos trazos de alambre. Evidentemente “el papá” desentonaba con el resto de los personajes del dibujo, así que le pregunté ¿por qué su papá es apenas un muñequito de alambre mientras que ella y su madre y su abuela son hermosas muñecas? a lo que me respondió: “¡aaah, es que ud. no sabe que yo no tengo papá!” Le dije: pues, no. no lo sabía. Lo siento, ¿él se murió? y su respuesta fue: “no, profe. Solamente embarazó a mi mamá y la abandonó, así que yo no tengo papá y como no lo conozco, esta es la idea que tengo de él, quizás tiene cabeza, brazos y piernas pero no sé cómo son.” Realmente no supe qué decir. Estaba ante una verdad del tamaño de un templo. Carolina me dejó callada, hurgando en todo el tiempo que he vivido, pues quizás me las salté y no vi las razones del machismo, las razones de la irresponsabilidad, las razones por las cuales la humanidad ha llegado hasta este momento en donde está justo ahorita que esto escribo. Carolina me ha expresado que quiere estudiar “medicina para curar viejitos” cuando ya le toque asistir a la universidad.

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