martes, 3 de marzo de 2015

Doscientos años

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Todos me dan entre cuarenta y cincuenta años. Yo acepto. Pero cada vez tengo más cuidado en decir mi verdadera edad: doscientos años.

Nadie me creería o pensarían que estoy loco.

Cuando tengo que hacer algún trámite invento mi fecha de nacimiento, mintiendo que se me había perdido la que tenía. Así que saqué una nueva cédula de identidad donde puse una nueva fecha de nacimiento que me hacía tener cuarenta años.

Soy de la época en que la gente solamente volaba en avión. No como ahora, en que habiéndose controlado la fuerza de gravedad, la gente vuela también con una mochila de vuelo en la espalda y una pequeña hélice.

El espacio está lleno de gente que va y viene. Cosa ininmaginable doscientos años atrás.

Cómo y porqué llegué a ésta edad, no sé. Pienso que lo más probable es porque siempre me cuidé con la alimentación. Nada de grasa, poca carne, muchas verduras.

Pero el problema, lo que me jode, lo que me hace sentir mal son mis recuerdos.

Mis padres, mis hijos, mis nietos, mis bisnietos, mis amigos, mis mujeres, todos muertos. Y yo el único sobreviviente.

Con el tiempo me fui dando cuenta que, a partir de cierta edad, cuando se dice “feliz cumpleaños” es una forma de decir “felicitaciones por estar vivo todavía”.

Y también cuando iba diciendo la edad que tenía todos me miraban sorprendidos, con cara de “¡cómo es que todavía no se murió…!”

Entonces me pregunto ¿por qué, para qué me cuidé y me sigo cuidando tanto?

Hasta que me di cuenta, reconocí una cosa: siempre me gustaron mucho los helados de frutilla (sin crema) con chocolate amargo. Que además de hacer bien a la salud, son riquísimos.

Debo reconocer, entonces, que quise y quiero seguir viviendo mucho para seguir saboreando esos helados que tanto me gustan.

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