miércoles, 11 de marzo de 2015

El boliche “El Poroto”

Ricardo San Esteban (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Habíamos ido con mi padre a lo del Duro Pfleiderer a comprar unas ovejas.

-El Duro, pa’ tratar el precio, es áspero como pata e’langosta. Tuve que pagarle cinco pesos lo que pisa –comentó don Elpidio, o sea mi padre, como para sí mismo.

Pasamos por lo del Manosanta, quien tenía una chacrita cerca del boliche del Empalme. Mi padre había adquirido una chata marca Rugby modelo 1927 y al llegar al Empalme, el Gaucho Alambre ataba su caballo en el palenque.

-Buenas y santas, don Elpidio- saludó y mirando nuestro vehículo, agregó - Cómo le anda la chata.

-Muy bien –dijo mi padre- levanta cien kilómetros por hora.

-¿No se habrá equivocao y serán cien de temperatura? -. El Gaucho Alambre maneaba su yegua “Mariposa”. –Tengo que manearla porque de nó, se espanta de cualquier cosa.

-¿Y si en lugar de manearla le ofrece un balde de ginebra? –añadió mi padre, medio picado por el comentario despectivo hacia su “nuevo” vehículo.

-Para la navidad pasada, el gringo Vergili ¿vio? Que tiene una verdulería en el pueblo, hizo un clericó con toda la fruta que le había sobrado, y con las cinco damajuanas de blanco que le echó, casi llenaba un tambor de doscientos litros.

-¡Ajá!

-A mí me había invitado porque soy entenado de la cuñada y como la noche iba a ser larga, solté a la Mariposa en el corral, sin darme cuenta que justo al lao del alambrado estaba el tambor de clericó. No va que la Mariposa –agregó el gaucho Alambre- habrá tenido sé y se tomó todo.

-Le habrá caído mal –dijo mi padre.

-Se agarró un pedo como pa quiniento’, relinchaba y quería hacer el cuatro y lo pior de todo fue que tuve que quedarme dos días en el pueblo hasta que se le pasó.

Aquel boliche, como las pulperías de antaño, era una especie de universidad pampa y siempre se hallaba concurrido por obreros rurales, troperos, linyeras que pasaban o por miembros de la colonia, con sus dichos y su gracejo. Tenía cancha de bochas y se jugaba al chinchón y al codillo y nunca faltaban los duelos criollos. De vez en cuando llegaba algún cantor o recitador, los cuenteros abundaban porque nuestro hombre de campo solía ser exagerado y mentiroso. Como siempre, nos deteníamos y yo me apeaba de un salto obviando el estribo y entonces él pedía una cerveza y para mí una chinchibira.

Boliche y bolichero apodábanse “El Poroto” por su apellido Fasoli, y cuando alguien pedía una bebida, su mujer, la Miselfra, elevaba un balde desde el fondo del pozo de agua con la bebida fresca, no había heladera ni cosa que se le parezca. Chirriaban las botellas en el estaño y al servir gritaba: volete la salute, probate una birra freda dei Porroto.

Uno de los asiduos, contador de cuentos, guitarrero, cantor y bravo para el cuchillo era el Cocho Pedraza que justo en ese momento había dejado de cantar y relató que la noche anterior llegaron desde Venado Tuerto –distante unas dos leguas del boliche- el Artemio Irazoqui y el Rodolfo Ladasoro, para concurrir al baile que el Club Juventud Unida realizaba en un galpón situado enfrente del Poroto.

-Al Artemio –agregó el Cocho- le habían regalado unos tiradores vistosos para el día de su santo y esa noche los estrenaba, por lo cual se había venido en mangas de camisa a pesar un viento sur que partía las muelas.

-¿Tiradores? – Preguntó el Gaucho Alambre en tono burlón.

-¿Nunca viste tiradores? –respondió el Cocho- son esos de elástico que se abotonan en los pantalones pa’ sostenerlos, no como vos que usás chiripá e’ bolsa atao con hilo sisal. Bueno –continuó el Cocho- en lo mejor del baile al Artemio se le aflojaron las tripas y buscó unas biznagas para desahogarse, de manera que abajó sus pantalones e hizo las necesidades olvidándose de los famosos tiradores.

Apuró un trago de caña El Globo, compuso la garganta y siguió:

-Bueno, resulta que no tenía papel para limpiarse, de manera que, atribulado, tuvo que sacrificar su pañuelo de cuello y en eso estaba cuando la orquesta de Mori arrancó con una ranchera.

-Tiene un pianista, el Caín Vetromile, que es sordo –añadió el Ramón Lezcano- y cuando la orquesta se detiene, él sigue tocando, de manera que Mori le da un planazo pa’ que pare.

-No me interrumpas, bueno como les contaba, sonó la ranchera Las Margaritas y el Artemio, aficionao como era sacó a bailar a una morocha y en los giros se olvidó que sus tiradores repartían caca, de manera que al instante la pista quedó vacía y los demás bailarines se alejaron prudentemente.

-¿y de ay?- preguntó el Gaucho Alambre.

-El Artemio creyó que le hacían rueda pa´verlo bailar –siguió narrando el Cocho- de manera que se envalentonó. El Rodolfo Ladasoro, cuando terminó la pieza le dijo: nos cagaste a todos, Artemio.

-Y eso que bailo sencillito.

A todo esto, Lindor Ferreyra que era tropero, trabajo duro en aquellas épocas en las que no había camiones para transportar la hacienda; llegaba con equipo de cuatro o cinco peones más algunos perros, con los que llevaban arreos de vacunos.

En esa oportunidad arreaban unas cincuenta vaquillonas preñadas, desde Remates y Ferias Ganaderas Boyle Hermanos, hasta la estancia Ancalú. A la oración llegaron al boliche y solicitaron permiso para hacer noche y encerraron la tropa en el corral del embarcadero.
Un linyera también hacia noche en uno de esos corrales, esperando el tren carguero que pasaba a primeras horas de la mañana, había encendido un fueguito con leña y bosta de vaca, que era lo que abundaba, y tomaba mate mientras asaba un churrasquito. Lindor Ferreyra y su gente se sumaron, pese a que el hombre era huraño y desconfiado.

En dos caballos cargueros llevaban ponchos encerados para la lluvia, algunas mantas santiagueñas, una parrilla de tres patas, carne, galleta bocha y todo lo necesario para tomar mate. Pidieron permiso y agregaron carne al fueguito del linyera. La bebida se adquiría en lo del Poroto, eso era ley. Ya entrada la noche y luego del asado, la reunión se animó por obra y milagro del vino, de algunos tragos de ginebra y de una guitarra. El Gaucho Alambre entonaba una de esas milongas camperas interminables.

-Tiene la voz como de zorro atorao con sebo –Dijo Ramón Serrano.

 Hubo una conversación previa, medio filosófica, parecía que el linyera era hombre léido.
-Usté no piensa en el futuro –señaló Lindor Ferreyra.

-Yo no pienso en el futuro –dijo el linyera- y ya ni siquiera pienso. Y dígame ¿Qué es el futuro?

Don Lindor miró sus botas de potro, sacudió una basura que tenía en su corralera y se quedó pensativo.

-Y bueno- señaló Ramón Serrano- el futuro vendría a ser los litros de vino que me voy a tomar desde aquí hasta que me muera.

-Yo vivo el hoy –añadió el linyera- porque como dijo el poeta, “carpe diem” o sea que hay que vivir el momento.

Al Ramón le habían picado estos y otros dichos del linyera, a él no le gustaban los hombres léidos, la vida le había enseñado a desconfiar de las muchas palabras.

Repentinamente, él, que era amigo de las bromas pesadas, sacó un revólver calibre 32 y le dijo al linyera que si no bailaba un malambo le iba a pegar un balazo en una pierna.

Mientras aquel pobre hombre asustado zapateaba, Don Lindor visiblemente ofuscado le dijo a su peón que se dejara de molestar y más a una persona al que no conocía. Serrano, riendo a carcajadas le dijo al linyera:

- Era una broma, mire mi amigo, este revólver todo oxidado lo encontré en la casa de mi suegro, le faltaba el tambor y yo le fabriqué uno de madera.

- ¿No funciona?- preguntó el aludido.

- Nooo, que va a funcionar, si con un trozo del cabo de un rastrillo le hice el tanque.

El linyera sacó de su “mono”, que es así como llaman al equipaje, un revólver calibre 44 y le dijo a Ramón:

-Este funciona perfectamente- y acto seguido le disparó un tiro con un gran estruendo -andá a zapatearle a San Pedro- concluyó, ató el mono y se fue.

A todo esto, el ”Sapo e’ Bronce” Zingarelli llegó borracho, era una tarde en que el Sur tenía cara de pocos amigos, la tormenta parecía de las bravas.

-Me encontré una guayaca con quinientos patacones y me dije ¿qué haría Jesús?
-¿Y vos qué hiciste? –inquirió mi padre.

Y… los convertí en vino.

En el boliche había mucha preocupación, la mujer del Poroto rezaba ante un improvisado altar que armaron en la mesita de luz del dormitorio, con una estampita de Santa Bárbara, un rosario y una vela. Previamente tapó los espejos con toallas, guardó los cuchillos y tenedores en un cajón del aparador y algunas herramientas que estaban en el patio.

El Poroto, al ver la escena se largó a reír a carcajadas y dijo:

-“¡Dónde cazzo stá l´hacha y alcáncenme la sal gruesa que voy a cortare cuesta tempesta.!

El Poroto con el hacha y un frasco de sal salió hacia los fondos para realizar el conjuro, que consistía en clavar el hacha en el suelo, hacer una cruz con sal y pedirle a Santa Bárbara.

Sonó un potente trueno y comenzó a caer piedra en seco, granizos pequeños pero de tanto en tanto se podían observar algunos del tamaño de un huevo de gallina. Luego de tres o cuatro minutos cesó la granizada que fue reemplazada por una lluvia torrencial.

-“¿Qué pasará que el vecchio non torna?” dijo la esposa afligida.

Uno de sus muchachos salió corriendo bajo el aguacero y al regresar comentó:

-El papi está acostado panza pa´ abajo cerca del gallinero, debe estar rezándole a la bárbara esa.

Cuando paró la lluvia entre todos ayudaron al cortador de tormentas a ponerse de pie y al caérsele la gorra pudieron ver que tenía varios chichones. Bajaba santos y dioses.

-La piedra le hizo perder la fe –dijo Ramón Lezcano.

Este Ramón Lezcano contó que él también tuvo un accidente en una gran pedrea. Él y Mauricio “Maucho” López era mensuales y puesteros de la estancia “La Magdalena”. Una tarde, al finalizar la jornada, salieron rumbo a sus respectivas casas, el puesto de López estaba en el extremo oeste de este gran campo de 11000 hectáreas, el de Lezcano quedaba hacia el Norte. Cuando dejaron atrás el tupido monte del casco del establecimiento y salieron a campo abierto, observaron que desde el Sur avanzaba una tormenta oscura. En la tranquera verde del lote de los toros, antes de separarse, “Maucho” comentó:

-“Vamos a tener que galopiar a rienda suelta, la tormenta ya está encima”.

Lezcano que nunca tenía apuros, siempre marchaba al tranco de su caballo, miró la tormenta cruzando las riendas sobre la clinera de su zaino oscuro y con el rebenque colgado de la muñeca, comenzó a armar un cigarrillo parsimoniosamente.

Al día siguiente, en la matera de la estancia “Maucho” López conto que había tenido el tiempo justo para llegar a todo galope, desensillar su caballo y al entrar a su casa comenzó a caer una granizada de enormes dimensiones.

La esposa de Ramón llegó en sulqui para avisarle a don Miguel Silberio González, el capataz, que su marido no iba a venir a trabajar:

-“La tormenta de ayer le destrozó las manos, ni tan siquiera las riendas del caballo puede agarrar, hasta le tengo que cortar la comida y armar sus benditos cigarrillos”.

Pasado unos días Ramón Lezcano contó lo ocurrido:

-“En el medio del potrero J6, cerca del monte de Panizza, me agarró la tormenta, desmonté y alcancé a desatar el pegual para sacar el cojinillo, me senté en el suelo dando la espalda al Sur y con el cojinillo me cubrí la cabeza y parte de las paletas.

-“¿Y por qué tiene las manos de esa manera?” preguntó don Asicandro Rodríguez.

-Como el Pampero era muy fuerte yo debía sostener el cuero y me peló los dedos.

-¿Muchas piedras?- preguntó José Sckuza, un yugoslavo que era el jardinero de los patrones, alcanzándole un mate.

-Algunas caiban -dijo Lezcano con el cigarrillo en la boca, recién armado.

En el boliche decían maliciosamente que la mujer había estado embarazada y tuvo un bebé payo, por lo que Lezcano se la agarró con el yugoeslavo.

-Esplicame, gringo. Mi mujer y yo somos negros…

-Venti boga. Cuando venido yo a conchabarme, hace ya año –dijo en su media lengua el José Sckuza- en la majada no había ninguna oveja negra y ahora ¿viendo? aquel corderito, es negro. Por ay, sale la cruza cambiada.

-Está bueno –dijo Lezcano- vos no digás nada del corderito negro y yo no digo nada de mi hijo payo.

La gente que concurría a lo del Manosanta hacía una estación a la ida o a la vuelta en lo del Poroto y contaba que supo llevar algún enfermo o para curar algún daño.

Lindor Ferreyra estacionó su jardinera y, dejando a su mujer y al bebé, se bajó a remojar el garguero.

-Ahí lo llevé al chico a lo del Manosanta porque me lo han ojeado.

-Abájese comadre –dijo la Miselfra viendo que la mujer permanecía en el rodado- ¿quiere un tecito e yuyo o leche pal chico? La leche con apio cimarrón es buena pa las ojeaduras.

-El Manosanta, una barbaridá, a mí me curó el mal de costado con muña muña y unos chuncacos de la laguna de San Eduardo.

El viejo Luis Guzmán contó que una vez le habían hecho un daño en un mate con gualicho fuertazo. Otra vez su caballo se había vuelto neurótico y el conjuro del Manosanta fue infalible. A más le hizo dar vuelta la pisada cuando había carbunclo y tuvo que enterrar una vaca en la tranquera.

El Manosanta se había puesto hasta las muelas al revés, es decir, soltaron los Siempre venía en su sulqui, y unos muchachones, entonces, desataron su caballo y lo ataron tiros del balancín y lo enfilaron para el lado del sulqui, pasaron la riendas por el yuguillo y lo dejaron con la cabeza mirando para el lado del conductor.

El Manosanta, gaucho como era, tenía mal vino y se había peleado porque su compañero, el Gaucho Alambre, le hizo mal el guiño y perdieron la partida ¡Una guayaca e¨plata! Cuando subió a su vehículo, amoscado y con un océano de vino encima, azuzó a su caballo pero éste empujaba para lado del pescante. E caballo se tiraba unos pedos y se sacudía pero el sulqui no avanzaba.

-Y vos que me mirás –dijo- mientras lo castigaba.

A todo esto, Luis Guzmán apoyado en el mostrador y mirando hacia el Norte comentó:

-Está lloviendo lindo en Santiago del Estero.

Decía que su agudeza visual se debía a la costumbre de tomar infusiones de yerba meona.

-Gracias al té de yerba meona puedo ver a 500 metros cómo parpadea un tero.

Los amigos, haciéndole una broma le preguntaron:

-¿Todavía podés ver hasta Europa?

-“No, estoy muy viejo, ahora veo solamente hasta Brasil.

El Linos Rosales, entre tanto, contaba que andando por las serranías de San Luis montado en una mula zaina, notó que poco a poco el recado se le inclinaba para el lado del lazo; al llegar a una posta donde hacían noche varios arrieros, desmontó y pudo observar que el estribo de ese lado estaba inexplicablemente hinchado, era un estribo de los que llaman cabeza de chancho hecho con madera de algarrobo, el que había adquirido el tamaño de una cabeza de toro. Un paisano puntano conocedor de la zona le aclaró la duda:

-Es seguro que una yarará le erró el tiro a su pie y picó el estribo, son muy ponzoñosas por estos pagos.

El Lisandro Amaya, a su vez, contaba que preparaba el caballo para viajar desde Huanchilla hacia La Carlota, cuando se percató que una de sus botas de potro se había descosido en la puntera y como no tenía un tiento a mano, en el apuro le hizo una reparación de emergencia con un alambre de cobre. Llegando a El Rastreador, ya era de noche, escuchó muy extrañado “El Glostora Tango Club”, un reconocido programa que emitía Radio El Mundo de Buenos Aires.

-¿Saben qué era? El alambrito de cobre de la bota rota hacía de antena. Recuerdo clarito que estaba tocando la orquesta de Osvaldo Pugliese.

Don Gregorio Fonseca, entretanto, hacía alardes de sus condiciones y mano para lograr buenos resultados tanto sea en el gallinero como en la huerta.

Contaba que se tuvo que comprar una incubadora en el almacén de ramos generales del Lulo Alija, tenía unas gallinas tan grandes y gordas que no las podía hacer empollar, por el excesivo peso rompían los huevos de la nidada.

Había llegado con un nieto y contaba que en una oportunidad compró unos huevos en La Cesira para echar a una gallina clueca y nacieron unos pollitos hermosos, pero una mañana se levantó y no vio a la gallina y ni a sus pollitos.

-Los alcancé en el cruce –comentó- se volvían para la querencia.

Contó también que una mañana le dijo a su nieto:

-Cachito, andá corriendo hasta la quinta que se ha metido el caballo de Amengual y ese desgraciado me va a pisotear todos los almácigos.

-No es el moro de Amengual abuelo, es el zapallo que usted dejó para semilla.

El Berto Capittanelli no pocía ser menos y contó que se compró una de las primeras heladeras a kerosene, en la chacra no tenían electricidad.

-¡Qué heladera que resultó buena! Una noche la vieja se olvidó la puerta abierta y se me helaron 70 hectáreas de trigo que pensaba trillar antes de Navidad.-Ustedes han de saber que hay una audición por LV3 donde un veterinario contesta las consultas de sus oyentes y una vez le habló un gringo por demás afligido -agregó el Berto- diciendo que tenía un gato que comía tierra.

-¿Come tierra?... ¿mucha come? – preguntó el doctor.

-Ya me comió como cien hectáreas –comentó sollozando el gringo.

-Cuando mi abuelo llegó a estos pagos –continuó- vino a caballo y se pobló con su rancho, diciendo que a pesar de que Juan Manuel de Rosas prohibía que nadie se pueble, salvo que él en persona venga y lo pueble, a un Capittanelli no lo iba a desalojar nadie. Había oído que Hernán Cortés quemó las naves, de manera que él quemó su caballo. Un tiempo supo montar un ñandú grandote.

En ese torneo, don Pedro Cadelago contó que en un partido de bochas en San Severo
discutieron por un tanto con Hugo Moreno, éste era un famoso matón y cuchillero de la zona, al que le pegó una puñalada en el estómago. La herida no era grave, sólo un puntazo, pero escapo en una bicicleta porque sabía que la policía lo iba a detener, ya que Moreno estaba apañado por el doctor Zarazaga y por el Mota Capdevila, dos caudillos del Partido Demócrata.

Hacía mucho que no llovía y la calle estaba tan guadalosa por lo que la bicicleta no desarrollaba velocidad, de un tajo le sacó las cubiertas a las ruedas y puso las dos llantas en uno de los rieles de las vías del ferrocarril y huyó pedaleando. Según dijo, pudo desarrollar una velocidad de ciento cincuenta kilómetros por hora, y como pusieran en duda su afirmación agregó que iba viento en contra.

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