miércoles, 11 de marzo de 2015

El cartucho y el bazuko

Jesús Dapena Botero (Desde Vilagarcía de Arousa, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Podría empezar esta charla con un había una vez, cuando desear todavía servía para algo y recordar un día, que iba de Vilagarcía de Arousa a Vigo en el tren, donde leía el libro de mis amigos Anacleto Ferrer, Bernardo Lerma, Xavier García y Cándido Polo, Psiquiatras de celuloide, sobre la presencia de la locura y la psiquiatría en el cine, en el que leía cómo John Huston se había asesorado de gente de mi especialidad, para hacer una película, que le había encargado el gobierno de los Estados Unidos de América, sobre la medida de internamiento psiquiátrico de los soldados que volvían de la Segunda Guerra Mundial, antes de retornarlos a la vida civil, donde recibirían tratamientos individuales y grupales para superar los traumas psíquicos que había dejado el conflicto bélico. Entonces, pensé:

¡Qué bueno sería que me ocurriera algo así!

Y como por arte de magia, ese mismo día, se contacta conmigo, el hasta ese momento desconocido, antropólogo y director de cine, Germán Piffano, para decirme que uno de los grandes directores de cine colombiano, le había sugerido comunicarse conmigo, para que le respondiera a unas inquietudes que tenía respecto a la intervención con drogadictos, dado que estaba dando los últimos toques a su filme Infierno o Paraíso, cuyo protagonista es el mismo del libro que Fernando Salgado Varela, nos presenta en esta noche.

De ahí surgió una fructífera relación, que hizo que el director me presentara a su personaje y su actor, que, en realidad son el mismo, dado el carácter documental de la cinta.

Este hombre, del que Fernando nos hablará largo y tendido, tuvo una serie de conversaciones conmigo por Skype para que le ayudara a pensar algunas cosas relativos a su segundo retorno a España y un día se me apareció a la puerta de mi casa, donde el autor del libro lo conoció y de ese encuentro surgió este libro, que sin duda, será de un gran aprendizaje, para lectores de todo tipo.

Pero no hablaré de él, que ya lo hará el periodista, con mayor autoridad que yo, porque fue quien indagó en su historia más profunda, sino que hablaré del escenario y el instrumento de su viaje al infierno, desde el cual regresó no en tres días, sino tras muchos años de entre los muertos.

Ubiquémonos, entonces, en la capital colombiana, Santafé de Bogotá, donde había un barrio denominado El Cartucho, el cual devino en un espacio para la otredad, un espacio, en el que la sociedad bien pensante, entre comillas, pone lo segregado, lo deleznable, lo inmundo, para salvar su narcisismo de supuestas buenas gentes, un no lugar, para emplear el concepto del antropólogo francés Marc Augé, como un espacio ostensiblemente público, mas no civil, que desalienta todo ideal de permanencia, lo que imposibilita su colonización o domesticación, concedido de una forma casi inconsciente, por la “buena sociedad”, para arrinconar a esos otros, que repudia, de alguna manera vulnerables, como seres, que consideramos distintos; ese lugar de lo negativo está destinado a esos seres, que se considera que llevan unas vidas infames, a los que ataca sin piedad, incluso hasta llegar a una exterminadora cacería humana, ya porque afean la ciudad, ya porque practican el mal, porque atentan contra la moral y las buenas costumbres; con ello se escribe un capítulo más de la historia universal de la infamia; ese espacio, habitado por vidas desperdiciadas, por supuestos residuos humanos o parias, que no son otra cosa que una consecuencia de la modernización y de un pretendido progreso, que considera a estos sujetos como una suerte de población superflua, que sobra, que está de más, compuesta por seres privados de medios adecuados de subsistencia, sin un lugar en el que se puedan ubicar, siempre nómadas, con puntos de la ciudad, que les sirven de centro de actividades en su eterno deambular por la metrópoli, condenados al mundo de la marginalidad, sobre la que tendríamos que pensar permanentemente, sin juicios de valor, como el producto de un sistema económico dominante, marcado por la desigualdad y que lleva muchas veces, en América Latina a la “limpieza social”, al sacrificio mortal de estas personas, con el fin de mantener el orden y la decencia, sin atender a las verdaderas causas del problema, sean éstas, psicológicas o sociopolíticas, en un universo cargado de complejidad, en el contexto de una sociedad, que no tiene lugar para todos, como si estuviera basada en una darwiniana selección natural de las especies, donde el pez grande se come al chico, sin ningún escrúpulo y se condena a lo sobrante a un ostracismo social o a un desplazamiento interno, sin piedad alguna, una vez que esos seres humanos han sido convertido en piezas de caza, en un mundo, que valora a los triunfadores y abomina a los perdedores, sin plantearse que estamos frente a un verdadero problema de salud pública o individual.

Este no lugar bogotano, se ubicaba geográficamente, en el antiguo y aristocrático barrio de Santa Inés, bastante cerca de la casa presidencial, abandonado por sus viejos habitantes, poco a poco, para pasar a ser la calle de El Cartucho, que el alcalde Enrique Peñalosa Londoño, concebía como un sitio problemático, que había que descuajar del todo, para convertirlo en un insípido parque, con la calma de los modernos cementerios o campos de paz, para lo cual, había que recurrir al desalojo forzoso de esos seres inmundos y la demolición de viejas y hermosas casonas, que se habían convertido en verdaderos antros, sitios de mal aspecto y de mala reputación. Por lo que enviaría a la policía, lo que desencadenaría una verdadera batalla, con armas de fuego y algunos muertos, lo que haría que el edil tuviera que reconsiderar la estrategia y pasar a otra, en la que mediante una Razón dialogada, con personal de las ciencias humanas, psiquiatras, psicólogos, antropólogos y sociólogos, se llegara a una salida negociada.

Resulta muy difícil la rehabilitación social de esta gente, habitante de esos no lugares, y muchas veces, lo único que se logra simplemente es que el paciente renuncie a un determinado síntoma adictivo, el consumo de una droga, sin que se transforme su estructura de su personalidad, con la caída en nuevas adicciones, como la dependencia al alcohol, o quedan rasgos impulsivos, psicopáticos o sociopáticos, en sujeto con una gran inestabilidad laboral, porque para caer en una olla de esas, como llaman en Colombia, a estos habitáculos humanos, se precisa tener una historia determinada, como la que nos muestra Fernando Salgado Varela, en su relato, tomado directamente de la voz viva del protagonista del Humo del diablo, para referirse al producido por la bicha, al basuco, en términos más científicos o al bazuko, para representar con otra metáfora a esos lanzacohetes portátiles, que se usaron en la Segunda Guerra Mundial.

Y al emplear esas metáforas, a lo que, su referente real, es una peligrosísima droga de muy bajo costo, elaborada con residuos de cocaína, ácido sulfúrico, queroseno, mezclada con otras substancias como el cloroformo, el éter, el carbonato de potasio, cafeína, manitol, bicarbonato de sodio y acetona, entre otras substancias, con un enorme poder adictivo, dada la excitación del sistema nervioso central, cuando es fumado.

https://www.youtube.com/watch?v=LwAlP-bYFjk

Su efecto es tan fugaz, que genera la necesidad, casi inmediata de volver a consumir con gran frecuencia, incluso varias decenas de dosis diarias, aún con el riesgo de pérdida del conocimiento, convulsiones, hipertensión arterial y arritmias cardíacas, que pueden conducir a la muerte.

Recuerdo que, a principios de la década de 1980, hacia 1983, cuando comenzó su consumo en Colombia, colegas médicos, quienes trabajaban en servicios hospitalarios de urgencias, estaban extrañadísimos frente a personas, hombres, en su mayoría, que llegaban premortem y morían sin que se supiera qué hacer al encontrar tantos venenos en los exámenes toxicológicos, con una gran incomprensión médica de lo que estaba sucediendo; se estaba frente a un verdadero enigma, que, al fin pudo clarificarse.

En los sobrevivientes, se iba dando un deterioro neurológico e intelectual, que desarrollaban enfermedades cardiopulmonares crónicas, con una marcada pérdida de peso y un estado de gran abandono personal, además de politraumatismos o lesiones por accidentes y peleas, que muchas veces terminaban en la muerte, de tal forma que bajo esa especie de parque cementerio, que ordenara hacer el alcalde de Santafé de Bogotá, realmente en ese espacio ocurrieron muertes horripilantes, donde los cadáveres humanos eran, incluso vueltos picadillo y tirados en los contenedores de basura.

Poco a poco se dio una verdadera epidemia de consumidores de esa base sucia de coca o basuco, que lanzaba al sujeto a un estado de excitación tal, que era como si por dentro se les hubiera puesto un verdadero petardo, que hacía estallar su mente, ya que esa mezcla psicotóxica no es la cocaína depurada, que se exporta al primer mundo, sino que se queda en el fondo de las ollas de los laboratorios, donde se produce la droga, la cual, al principio genera un estado de euforia, con desinhibición, sensación de placer, de poder, aceleración del ritmo cardíaco, con latidos más fuertes; para luego dar lugar a una disforia, un sentimiento de angustia, depresión o inseguridad, con la necesidad imperiosa de volver a fumar para evitar ese malestar, lo que lleva a la adicción o dependencia, en un consumo sin interrupciones, que puede conducir a psicosis con alucinaciones, a la locura, en los consumidores compulsivos, que llevan mucho tiempo consumiendo, con lo cual se pierde el contacto con la realidad, el sujeto puede agitarse, presentar delirios, agresividad y violencia, mientras conduce a la ejecución de delitos o a la prostitución.

Pero, también es como una bomba para el organismo, que produce problemas cardiovasculares y cardiopulmonares.

La droga iba a parar por su bajo costo a los barrios marginales latinoamericanos, donde puede haber una gran población vulnerable, por motivos biopsicosociales, lo que genera un círculo vicioso entre el consumo y la lumpenización, ya que la dependencia hacer que el consumidor acuda a cualquier medio para conseguirla, como robos y atracos, a la par que deteriora la capacidad intelectual, el rendimiento académico o laboral, con una agresividad incontenible, lo que puede hacer de que del día a la noche, los sujetos, que la usan puedan convertirse en delincuentes, lo que podría llevarlos de inmediato a la cárcel, verdaderas escuelas del crimen, antes de que se pensara como un problema de salud pública, que requería intervenciones terapéuticas; por eso la adicción al basuco, se llamó el vicio del diablo.

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