miércoles, 18 de marzo de 2015

Mito fundante y colonización cultural

Ricardo Plaul (Desde Remedios de Escalada, Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)


“En la República Argentina, se ven a un tiempo, dos civilizaciones distintas en un mismo suelo: una naciente, que sin conocimiento de lo que tiene sobre su cabeza, está remedando los esfuerzos ingenuos y populares de la Edad Media; otra que, sin cuidarse de lo que tiene a sus pies, intenta realizar los últimos resultados de la civilización europea. El siglo XIX y el siglo XII viven juntos: el uno, dentro de las ciudades; el otro en las campañas”

Sarmiento, Facundo, Civilización y barbarie (1845).

Karl Marx utiliza el término de superestructura para referirse al conjunto de ideas políticas, filosóficas, estéticas, jurídicas, religiosas y morales por las que se rige una sociedad, así como las instituciones que la componen. Si bien los elementos de la superestructura están ligados a los cambios en la infraestructura (estructura económica), tiene también su autonomía relativa y sus propias leyes de funcionamiento.

En términos de Arturo Jauretche, la superestructura es el “aparato cultural” a través del cual la oligarquía, como sector dominante, impone al conjunto de la sociedad el ideario liberal y sus valores culturales fundamentales.

Dicho aparato, conformado por el control ideológico de la educación (concebida como instrucción), los medios masivos de comunicación y los ámbitos académicos y culturales de consagración y prestigio intelectual o científico, determina los modos y el instrumental que opera en la formación de la “intelligenzia”. Este es un grupo social caracterizado por una cultura libresca y elitista que tiene un fuerte desdén por la cultura popular.

Desde sus orígenes cierto grupo de intelectuales liberales identificó con cultura los “valores universales” consagrados por los centros de poder, excluyendo toda otra definición de la realidad. Este fenómeno reconoce en el antagonismo “civilización y barbarie” el núcleo de sentido y prisma cultural a través del cual nos educamos generaciones de argentinos. Esta es, según Jauretche “la zoncera madre”.

“Se intentó crear Europa en América trasplantando el árbol y destruyendo lo indígena que podía ser obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa y no según América”.

“La incomprensión de lo nuestro preexistente como hecho cultural o mejor dicho, entenderlo como hecho anti-cultural, llevó al inevitable dilema: todo hecho propio, por serlo, era bárbaro, y todo hecho ajeno, importado, por serlo, era civilizado. Civilizar, pues, consistió en desnacionalizar.” Arturo Jauretche, Manual de zonceras argentinas.1968

Este es el mito fundante del Estado Argentino nacido después de la batalla de Caseros. Es la matriz cultural desde la cual se constituyó nuestra “colonización pedagógica”. Está fundado en el irreconciliable antagonismo entre el mundo letrado, intelectual, y el mundo popular violento, bárbaro, “inculto”. Es la mirada liberal de la llamada “generación del 37” la que busca reconstruir un país a partir de la idea de que aquí hay un país desierto y bárbaro y entonces hay que refundarlo a partir de las “luces” europeas.

“Hay que tener un ojo puesto en las entrañas de la Patria y otro en la inteligencia europea” Esteban Echeverría.

“Su idea no es realizar un país sino fabricarlo, conforme a planos y planes, y son éstos los que se tienen en cuenta y no el país al que sustituyen y derogan, porque como es, es obstáculo.” Arturo Jauretche

La pasión por un país que no existía, exigía la desaparición del país real, eliminando o disciplinando por la fuerza a aquellos sujetos sociales cuyos intereses colisionaran con este imaginario eurocéntrico civilizador.

Este mito burgués fundante, explica quiénes somos, de dónde venimos, el pecado étnico original. Explica también el fundamento liberal que abomina de los Movimientos Populares que, en su visión maniqueísta y clasista del mundo, serían los responsables de empujarnos a la barbarie, al abismo de la historia.

Esta “verdad” del sujeto burgués se convierte una frase -mito, una fórmula que circula en los aparatos de hegemonía o en la superestructura cultural de la oligarquía como esencia, como realidad inmutable, petrificada, despojada de politicidad e historicidad. Así se vuelve esencial, universal y eterna.

Esta “verdad” vuelve a resurgir cada vez que, como en nuestros días, aparece con fuerza un sujeto político contra-hegemónico diferente al ilustrado, que represente un obstáculo y/o una amenaza para la restauración conservadora a la que aspiran. Todo el andamiaje discursivo, potenciado por las repetidoras mediáticas del establishment, nacional y extranjero, se descarga entonces contra los “violentos, corruptos, incultos, inmigrantes de baja calidad, negrada pobre con líderes autoritarios de países bananeros que se oponen al progreso y la civilización”.

Las sensaciones de peligro, de inseguridad, de rechazo cultural, de miedo, son alimentadas contra ese “otro” (que ahora pretende ser la Patria), que amenaza nuestra propiedad privada, nuestro territorio cercado, nuestra subjetividad cultural superior, que altera el orden social natural. La resultante lógica es la reacción de “mano dura”, para “civilizar” a esas hordas, a ese “aluvión zoológico”, que pretenden subvertir la forma tradicional de vida.

Acabar con este mito cultural fundante constituye, a mi entender, el núcleo de la batalla cultural, de la batalla de ideas que debemos dar.

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