martes, 3 de marzo de 2015

Música: Oblivion o del sereno olvido

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTUAL)

La primera vez que escuché Oblivion, de Astor Piazzolla, la sensación era la del tiempo que se paraliza, que no anda, que deja de existir. El violín, creo que era el de Suárez Paz, me condujo a esferas inesperadas, a un tiempo sin tiempo, a la eternidad. No sé si en aquellos momentos de hace muchos años tenía alguna pena de amor, o si me había sumergido en alguno de los cantos de La Divina Comedia, no sé, no hay recuerdo, y en este punto es cuando el olvido (en rigor, ese es el significado de oblivion) parece jugar su rol de catalizador. O de mortal destructor del pasado. En el futuro, el olvido no es, está muerto. No es su territorio.

Después, en otro instante de soledad, la composición del argentino me llegó como un rumor, como algo indefinido que venía de muy lejos, suave, sin estropicios. Sin anuncios. Y me envolvió en su atmósfera neblinosa, en su textura de hierba húmeda, en un aleteo muy leve de mariposa que agoniza. Y qué paradoja esta: oblivion, el olvido que hace recordar. Ahora está aquí, de nuevo, y es el bandoneón el dulce, en una introducción a un mundo que está más allá de los sueños. Y de pronto, es otra la grabación, suena el violín de Arabella Steinbacher y entramos a lo desconocido, nos montamos en la barca de Caronte para imaginar cómo es el clima de los que ya no están en la tierra.

Dante supo que el olvido, el que se logra al beber las herméticas aguas del Leteo, no es un castigo. Puede ser un premio. Quien olvida, deja de saber, de padecer. Se hunde en la nada y navega en ella, en el vacío. ¿Se puede tener memoria del olvido? También lo resuelve Dante, gracias a Virgilio. Ciertos griegos antiguos, creían que, al morir, el líquido del Leteo les hacía perder la memoria, y así, al renacer, no tendrían huellas de vidas pasadas. Y de ese modo, como existe el flujo del olvido, también está el de la memoria (otro río), aquel del cual si uno bebe sus aguas puede recordarlo todo. Se cree que es una forma de alcanzar la omnisciencia. Puede ser otra manera de la tragedia.

¿A qué saben las aguas del Leteo? se preguntaba un poeta, tal vez en medio del desespero de no poder alcanzar la inmortalidad. En la Oda a la melancolía, de Keats, se advierte: “No, no vayas hasta el Leteo, ni exprimas, de las fuertes raíces de la árnica, su venenoso vino”. ¿A qué sabe el olvido, a qué huele, cómo abraza (y abrasa), cómo besa? Cuando caemos bajo su narcótico influjo, la nada es la reina. El olvido, lo dijo Borges, es la única venganza y el único perdón. Puede ser doloroso recordarlo todo, como el caso del borgiano Funes, o como lo lamenta Baudelaire en su esplín parisino: “Tengo más recuerdos que si tuviera mil años”. A veces, duelen los inventarios, los cajones con cartas apolilladas, los álbumes, un grillo de la infancia, la primera visión de la teta materna. La vida.

A veces, vuelvo a Oblivion -o él vuelve a mí- (también a Escualo, a Adiós Nonino, aTristezas de un doble A, en fin), quizá con el violín de Antonio Agri, y hay una sumersión en la corriente del mítico río inventado por hombres antiguos de los cuales sí hay memoria, y me parece que esa música, leve y serena, suena como suenan los colores del crepúsculo o la melancolía de una tarde sin arreboles.



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