martes, 3 de marzo de 2015

Para José, un amigo

Miguel Abalos (Desde Canelones, Uruguay. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Expresar lo que siento me resulta saludable, me hace sentir bien, y si lo hago por escrito, el beneficio es mayor. Me gusta decir mis verdades sin creerlas absolutas, simplemente porque son mías y están apoyadas sobre las bases de mi formación -mi niñez y adolescencia- que las fue marcando como un tatuaje en el alma, moldeando mi personalidad, mi forma de ser.

Los sinsabores que me ha tocado vivir en el correr de los años -mucho más que los momentos de felicidad- fueron definiendo mi filosofía frente a la vida, que a pesar de todos los pesares es hermosa, cuando se descubren las cosas lindas que tiene, para aferrarnos a ellas y lograr la paz interior.

No es simple encontrar la forma de despertar cada día y disfrutar de lo que está al alcance, que siempre es más de lo que aparentemente se ve. Porque muchas veces se lucha contra el "otro yo", que nos contradice las decisiones que vamos a tomar aunque sean sencillas. Pero esos son los riesgos, sólo el tiempo inexorablemente nos dirá si decidimos un acierto o un error.

Al nacer no elegimos a nuestros padres, ni tampoco ellos nos eligen a nosotros. Muchas veces se sorprenden cuando se dan cuenta que estamos en gestación. Tampoco elegimos a nuestros hermanos -en caso que tengamos- simplemente convivimos con ellos. Con padres y hermanos el amor puede estar ausente, existiendo únicamente el hábito de vivir juntos. Se hace una costumbre de la vida en familia desde que venimos al mundo.

Los afectos van floreciendo en la medida de nuestro relacionamiento con el otro. Se van forjando en las adversidades más que en los momentos placenteros y felices que cada uno de los protagonistas tengan en el correr del tiempo. Así podemos elegir la pareja y los amigos; y hecha la elección compartiremos con ellos los avatares que nos depare el vivir.

Cuando esos hechos se dan con una pareja, tendremos la total certeza que estamos ante la persona que nos acompañará para el resto de nuestros días. Cuando se trata de amistad, también sabremos que es verdadera y para siempre. Como sé de las dos elecciones, contaré de la amistad.

José Dos Santos Macedo es un amigo. Lo conocí allá por 1951 cuando yo tenía diecinueve y él dieciocho años. Fue en Rincón del Pino, Departamento de San José, en una fiesta campera en la que había más de cincuenta personas. Era en ese entonces estudiante de Facultad, y también músico y cantante melódico. Jovial, alegre, bromista, siempre con una sonrisa en los labios.

Hijo de inmigrantes portugueses, había tenido una niñez y adolescencia llena de cariño y sin ningún apremio económico. Su vida era totalmente opuesta a lo que había sido la mía hasta entonces, pero teníamos muchas cosas en común. Éramos dos líricos conquistadores, nos gustaba frecuentar los bailes, y los boliches de aquel hermoso Montevideo en que el país vivía sin apremios económicos haciendo que fuéramos un pueblo feliz.

Desde el primer momento compartimos una linda y sincera amistad. Tal vez en otra oportunidad sienta deseos de relatar algunas de las muchas anécdotas que protagonizamos juntos en aquella lejana juventud que se nos fue escapando en el correr de los años y que vivimos con mucha intensidad.

Para muchos de sus amigos, José Dos Santos Macedo se marchó de este mundo hace casi dos años. Para mí no. Por eso al comenzar a escribir de él dije "es" un amigo. Para mí, sigue viviendo en Baurú, una ciudad del Estado de San Pablo.

Hace algunos meses, estando parado al costado del kiosco de revistas en Rivera y Larrañaga (hoy Luis Alberto de Herrera), la esquina donde nos encontrábamos principalmente los sábados para nuestra recorrida, lo vi llegar desde Presidente Oribe en un coche descapotado, con su figura inconfundible, su amplia sonrisa y su alegría de vivir, tal como fue toda su existencia.

A la persona que estaba a mi lado le dije: "Ahí viene Josecito, con el coche lleno de amigos". El hombre me preguntó: "Pero ¿cómo?, ¿José no murió?". "Sí -le contesté- pero cada tanto viene a verme, lo que me alegra mucho, aunque nunca sepa en qué momento va a llegar".

En ese momento me desperté. Hubiera deseado que el sueño continuara un poco más, para darle un fuerte abrazo a mi amigo tan querido.

A donde estés, José Dos Santos Macedo, Manrique, El Negro José, Pepe, Josecito... Te mando un ¡MUCHAS GRACIAS! bien grande por tu visita. Aquí te estaré esperando, como siempre, cada vez que sientas deseos de verme. Hasta pronto, amigo.

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