martes, 3 de marzo de 2015

Piropos

Eliza Oliver (Desde Canelones, Uruguay. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



La calidad del piropo siempre ha dependido del perfil del piropeador, lo que no garantiza para nada que todos ellos expresen agradables galanterías. De todos modos, muchos varones de todos los tiempos se han convertido en verdaderos artistas en la materia, adecuando su decir a lo que llame su atención en cada una de las destinatarias.

Nosotras -por ese código sociocostumbrista que convierte en ley inamovible un sinnúmero de actitudes- estamos privadas de exteriorizar nuestras opiniones espontáneas hacia el sexo opuesto… Pero en cambio, tenemos la exclusividad absoluta de ser las nominadas para recibirlos ¡desde siempre!

Como cualquier mujer (creo que no existe una que no haya sido piropeada), siempre tuve mis preferencias al respecto. Si bien he suspirado ante las frases finas y delicadas que por un instante me hicieron sentir como la Roxana del Cyrano, y también he presumido al escuchar expresiones referidas a mi apariencia; mis piropos predilectos son aquellos que apuntan a mis condiciones, aptitudes o actitudes.

Allá por mis veinte años, mi transporte bi-rodado cambió la "tracción a sangre" por un motorcito. El resultado de la Velosolex había puesto de moda los ciclomotores, y aparecieron varias marcas en plaza compitiendo con modelos más estilizados. Todos me atraían mucho pero como lo novedoso siempre es caro, no estaban a mi alcance.

Una noche, una vecina y yo mirábamos TV en mi casa. A ella le gustó mucho mi televisor; tanto, que me ofreció comprármelo. Pero esa tele me la había regalado mi viejo cuando se compró una más chica y ¡no estaba en venta!

Mi vecina estaba empecinada y usó el arma más artera y convincente para lograr su cometido: se fue a buscar a su marido y al ratito estaban los dos en mi puerta, con una Ducati roja nuevita que me ofrecían como pago por el televisor. ¡Quise morir!

Los dejé esperando y crucé corriendo a lo de mi viejo, que fumaba su pipa mirando "El Malevo" en su pequeño Motorola nuevo. Ni bolilla que le dio a mis incoherentes balbuceos que intentaban pedir permiso, disculparme, descargar mi conciencia y conseguir su aprobación. Sólo puso su índice sobre los labios y siguió en lo suyo. Yo hice silencio pero no dejé de moverme de un lado a otro como rabiosa.

Cuando vino la tanda arremetí de nuevo para explicarle todo, pero él me ganó de mano y dijo: "¿Y cuál es el problema? Si la moto está nueva como usté dice, pierden plata. Tíreles el Philips por la cabeza antes que se arrepientan". Y con esas nomás me mandó a cerrar el negocio y se quedó mirando su teleteatro favorito tan tranquilo como antes de mi visita.

Así me hice de la Ducati 48 cm³ sin invertir un peso, y con la total anuencia de papá, que a los pocos días se me apareció con su Motorola bajo el brazo y me la dio diciendo: "Tiene la pantalla muy chica y no la veo bien, así que me compré uno más grande"… lo que yo "leí" como "Para no dejarla sin TV, m'hijuela".

Como una tromba, en la Intendencia montevideana actualicé la transferencia y obtuve mi permiso de conducir, "autorizado hasta 50 cm³". Así de poco porque al amigo que me acompañó al examen práctico -que me había dado un curso acelerado de media hora como para dar la vueltita del Parque Batlle disimuladamente en segunda-, se le descompuso la hermosa Horex 350. Tuvimos que ir los dos en mi Ducati y no me quedó otro remedio que dar el examen con ella.

Se arrancaba pedaleando, o también -después de acostumbrarse- ubicando los pedales en la posición correcta para pararse sobre el de arriba y darle una "patada" estilo arranque de moto en serio. Por lo menos, así le di arranque ante el examinador y me sentí una motociclista avezada.

Yo me las arreglaba para ajustar frenos, cadena y manubrio, desarmar las ruedas para poner un parche y mantener limpia y aceitada mi bicicleta… Pero de motores… ¡nada! Sin embargo, como la necesidad obliga, en la época de la Ducati me convertí en "mecánica autodidacta" con la ayuda -no lo niego- de los consejos prácticos que me brindaban en la estación de servicio, cada vez que iba a "llenar el tanque" con nafta común y Esso 2T hasta completar el litro y medio a punto de desborde.

La mezcla empastaba la bujía, y cuando andaba muchas horas tenía que detenerme a limpiarla… o acceder a esa tarea súbitamente, si ella se me anticipaba declarándose en rebeldía en reclamo de su higiene personal.

Mi bicimoto no tenía maleta, y bajo el asiento sólo había espacio para un manojo de estopa. Pero mi cartera contenía lo necesario para sacarme de apuro. Me la cruzaba en bandolera, no sólo para facilitar mis movimientos, sino también para soportar un peso poco habitual en estos accesorios femeninos: Una llave francesa, una pinza, una pequeña llave de tubo, una bujía de repuesto, un rollito de alambre fino, un frasquito con DISAN (disolvente ANCAP) y también los usuales documentos, espejo, peine, pañuelo y cigarrillos… conformaban mi equipo diario.

Usaba el pelo muy largo y como en esa época todavía no era obligatorio el casco, me hacía una cola de caballo que enroscaba como un nudo bien apretadito sujeto con un montón de horquillas y ondulines.

Uno de tantos días, tuve que frenar de golpe y la Ducati decidió apagarse y no volver a arrancar porque se le empastó la bujía... Simplemente me bajé, la subí al cantero de Bulevar Artigas y Rivera -no había carril para doblar a la izquierda como ahora-, puse a mano la estopa, saqué la bujía con la llavecita de tubo, me quité una horquilla y empecé a sacar el pegote negro soplando de vez en cuando hasta dejarla limpia.

Terminaba mi faena -engrasada hasta los codos y estopa embebida en DISAN en mano- cuando pasó por Rivera un auto que tuvo que aminorar para cruzar Bulevar donde tampoco había semáforos. Desde adentro, unos cuantos muchachones me gritaron a coro: ¡Guacha tuerca!

Me sentí tan elogiada que no sólo les sonreí, sino que ¡los saludé con la mano abanicando la estopa mugrienta como si fuera un pañuelo...!

Así era yo en la época de la Ducati y así soy ahora, sólo que las motos para mí "ya fueron" y hace mucho tiempo que ando en auto, pero... ¡Ésos siguen siendo los piropos que me gustan!

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