miércoles, 18 de marzo de 2015

Primos

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)


Eran primos, pero como se criaron indisolublemente juntos, en todo caso parecían hermanos. La gente habitualmente los veía así. Los recuerdos de la infancia los unían de por vida; las complicidades de la adolescencia habían sellado un pacto de lealtad indestructible. No eran hermanos biológicos sino de alma.

Cuando jóvenes sus vidas comenzaron a tomar rumbos distintos, pero eso no significó en lo más mínimo distanciamientos a nivel personal. Hugo entró a la Academia militar; Rigoberto comenzó a estudiar Derecho. Por ese entonces la situación política del país se tornaba compleja; el movimiento revolucionario armado crecía impetuoso, y el Estado, a través del Ejército, preparaba la respuesta. La misma, como no podía ser de otra manera en un gobierno militar -ocupaba la presidencia el general P., luego de una sucesión de varios cuartelazos- estaba marcada por la violencia.

Como en cualquier país de la región, el presidente de turno era un administrador de los grandes finqueros que dominaban la escena, y un empleado dócil de la Embajada gringa. El embajador de Estados Unidos, con cierta formalidad diplomática, o a veces ni siquiera con eso, era el principal tomador de las decisiones políticas importantes. El tema de la guerrilla creciente preocupaba a Washington, de ahí que cada vez tuviera mayor injerencia en los asuntos nacionales del país.

Hugo era muy buen estudiante: disciplinado, metódico, en poco tiempo se había ganado el respeto de sus superiores. Una beca para especializare en tácticas contrainsurgentes en la Escuela de las Américas en Georgia no tardó en aparecer. Y se fue por tres meses.

Rigoberto, por su parte, avanzaba en la carrera de Leyes. Igual que su primo, era sumamente estudioso, aplicado. La diferencia estaba en que él era irreverente, crítico, nunca se callaba. El inconformismo le brotaba por los poros, mientras que Hugo era todo lo contrario, en parte por su formación militar, pero básicamente por una cuestión de personalidad: las ideas de honor y respeto a la autoridad le habían calado hondo.

De jóvenes veinteañeros, tenían muchas cosas en común. La parranda seguía siendo una de ellas, quizá la más fuerte. Dada la situación del país que forzaba definiciones, y dado lo fogoso de sus estilos, no podían quedarse impávidos ante lo que sucedía. Uno justificaba en un todo la represión gubernamental; de hecho, la ejercía. El otro era su acérrimo crítico.

Paulatinamente eran cada vez menos las cosas en común; fuera de la parranda -ahora más evocada como recuerdo de tiempos idos que como acción concreta- iban quedando muy pocas cosas que los unieran. De todos modos, había un pacto tácito de silencio sobre esas diferencias, progresivamente más infranqueables. Sus vidas se iban distanciando (uno militar, el otro un dirigente estudiantil de izquierda), aunque el enorme amor fraterno que los unía no desaparecía. El hecho de haber levantado ese silencio sepulcral respecto a sus posiciones en la vida era una forma de preservar el cariño de antaño. Mejor no preguntar, no hablar, no decir nada sobre las actuales formas de pensar. Las mujeres, el fútbol y el licor podían seguir siendo temas neutros que no implicaban discusiones. Ambos lo entendieron rápidamente, y sin mencionarlo, así lo pusieron en práctica.

De todos modos, la situación general del país ahí estaba, y se quisiera o no, nadie podía escapar a ella; las definiciones caían por su propio peso, se imponían. La lógica del gobierno militar era muy simple y brutal: o se estaba en un todo contra los “apátridas delincuentes subversivos”, o se era parte de ellos. No quedaba opción.

Con sabia pericia los dos primos, sabiendo que estaban en posiciones irreconciliables, habían construido una situación de equilibrio bastante sólida: de esas cosas no se hablaba, y asunto arreglado. Era un respeto especial a sus historias, a su amor filial, a las verdaderas raíces que los acercaban.

Los vaivenes de la vida los había ido distanciando; ahora, como jóvenes muy comprometidos con sus respectivos proyectos, casi no tenían tiempo de verse. Rigoberto estaba enfrascado en su militancia política, a punto de pasar a la clandestinidad. La situación lo imponía. Hugo tenía tropa a su mando, y tanto sus convicciones como su talento lo habían llevado a escalar meteóricamente posiciones en la jerarquía militar, cosa que provocaba la envidia de muchos. Los dos eran pieza importante en sus organizaciones.

La represión generalizada por parte del Ejército arreciaba. La militarización de la vida cotidiana era un hecho, y los cadáveres se sumaban a diario. Ya iban siendo montañas. Cualquier lugar descampado era propicio para dejar abandonados varios cada noche. Se había decretado estado de sitio, y se hablaba de la implantación del toque de queda.

Dos días antes que Rigoberto pasara a la clandestinidad -seguramente por alguna filtración de información dentro de la organización- fue capturado. Como primera medida, tal como pasaba con todos los presos políticos, era sometido a una brutal paliza y a interminables interrogatorios. Luego se decidía qué suerte correrían. Para el caso, no le fue tan mal.

Fue mantenido como ilegal, como secuestrado por alguna fuerza de tareas -lo cual podía ser letal, porque legalmente nadie sabía nada sobre su paradero, era un paria en el mundo, un “esfumado” de la vida-. Pero para la ocasión, eso le facilitó las cosas, pues fue trasladado a la guarnición donde casualmente Hugo era el jefe a cargo.

Cuando supo que el nuevo detenido era su primo, el joven militar prefirió no verlo. Eso complicaría las cosas. Además, prefería guardar la imagen jovial de Rigoberto como muchacho fortachón, risueño, tal como lo había tratado toda su vida hasta ese entonces, y no verlo desfigurado luego de las sesiones de tortura. Podía ser un “asqueroso comunista”, pero antes que nada era su adorado primo, con el que había compartido los mejores momentos de su vida. Esas raíces no se olvidan nunca.

Sin embargo, puede decirse que estar como detenido ilegal (“invisible” en la jerga castrense clandestina) fue una bendición, pues así no había que rendir cuentas ante nadie: había desaparecido de la faz del planeta, y por tanto nadie se podía hacer responsable de su persona, ni el Ejército, ni el gobierno, ni algún hospital ni, eventualmente, la morgue. Por tanto, entonces, así como había salido de circulación, así también podía volver a aparecer. Todo eso fue lo que elucubró rápidamente Hugo cuando supo de quién se trataba.

Por un momento había pensado ir a verlo en su celda y darle un sermón moralista, mostrándole que había equivocado el camino. Pero rápidamente vio que eso no valía la pena: su primo no cambiaría las convicciones, sin dudas muy arraigadas. Y lo único que eso traería sería un mal sabor para ambos, porque no estarían en un pie de absoluta igualdad, tal como siempre había sido su relación. Decidió actuar de otro modo.

Llamó a su subordinado inmediato, el sub-teniente J. -con quien tenía una pésima relación personal, pues ambos se desconfiaban mutuamente, siendo que el sub-teniente sentía una profunda envidia por el cargo de Hugo y no desaprovechaba ocasión para intentar desprestigiarlo-. Hugo lo pensó mucho, le dio interminables vueltas al asunto, y al final optó por tomar la decisión. Con voz de mando más enérgica de lo habitual ordenó a J., explicando haber recibido órdenes de la superioridad -lo cual, por supuesto, no era cierto- preparar las condiciones para que el reo pudiera salir de la instalación, haciendo pasar el hecho como una fuga.

El sub-teniente J., fiel a su formación militar donde las órdenes jamás se discuten sino que se acatan ciegamente, cumplió con lo indicado. Aunque, en realidad, simuló cumplir. Por el contrario, vio ahí la posibilidad de ensuciar a su superior. Con subordinación, aparentó que iba a dejar escapar a Rigoberto, pero ni bien este dio algunos pasos, en el muro perimetral de la base fue ejecutado de un certero disparo en la cabeza que el mismo sub-teniente se encargó de hacer.

Cuando redactó su informe, apeló a la figura que indica que ningún elemento del cuerpo castrense está obligado a cumplir una orden ilegal o contraria a la ética, que ponga en tela de juicio la honorabilidad del Ejército. Esa fue su justificación, con lo que dejó por el piso a su enemigo en el orden jerárquico.

Tan por el piso, que fue deshonrado y dado de baja de la institución militar, debiendo pasar cuatro años en prisión por “alta traición a la patria”. Se salvó del fusilamiento porque algún psicólogo militar, buen amigo de Hugo en otros tiempos, insistió en la relación afectiva con el familiar muerto como un atenuante.

Salido de la prisión, -donde leyó mucho y fue modificando muchos puntos de vista- expulsado del Ejército, con los caminos bastante cerrados para su reincorporación y el sub-teniente J. ascendido ya a capitán, no lo pensó dos veces. La ira le obnubilaba la razón. El mismo día en que estuvo libre, en vez de juntarse con su familia se las ingenió para conseguir un arma y ubicar telefónicamente a J. Increpándolo con los más soeces insultos, lo citó -más bien lo desafió “como hombre”- para verse cara a cara.

La guerra interna ya había terminado, con el exterminio casi total del movimiento guerrillero y los militares siempre en el gobierno, con beneplácito de los reales factores de poder. El clima de paranoia social de otras épocas ya no se vivía; no había estado de sitio y mucho menos toque de queda. De todos modos, el capitán J. siempre se movía con algún escolta, o dos. Pero para el caso, tocado en su amor propio -eso de “como hombre” lo había pellizcado en lo más íntimo- decidió ir solo; con su arma reglamentaria, por supuesto -una pistola automática 9 mm., bala en boca- pero solo. Le llamó la atención el lugar donde fue citado: el Cementerio de M. No sabía que ahí estaba enterrado Rigoberto, a quien matara vez pasada y lo que le había valido un ascenso.

También le llamó la atención que lo citara un cuarto de hora antes que cerrara el cementerio, a las 17:45 hs. Pero un buen militar -un “macho”- no le teme a nada, se dijo para sí.

De civil, a la hora citada, fumando para tranquilizarse, estaba el capitán J. esperando a Hugo. Las primeras sombras de la noche comenzaban a ganar la escena. El silencio era casi total, interrumpido sólo por esporádicos ladridos de algún perro de la cercanía.

Herido de bala en su pierna derecha (Hugo usó silenciador para evitar complicaciones), y oportunamente desarmado, J. fue obligado a arrastrarse hasta la tumba donde yacía Rigoberto (Hugo también se las había ingeniado por medio de su familia para saber exactamente dónde se encontraba). El personal del cementerio ya se había ido, y la oscuridad reinante no permitía ver nada. Para evitar que gritara, una tremenda patada en la boca -que le partió el labio superior y le voló cuatro dientes- fue suficiente disuasivo. Además de verse encañonado por quien algunos años atrás era su superior, lo que cerraba el círculo. Tuteándolo, cosa que jamás habido hecho antes, Hugo ordenó al capitán con perentoria voz de mando que abriera la tumba. Sólo le alcanzó una cuchara de albañil para realizar el trabajo.

Desangrándose, exhausto por el esfuerzo, temblando -de frío, quizá también de miedo (porque los militares, a veces, también lo sienten)- J. completó su encargo. El cuerpo del joven estudiante ya mostraba signos de avanzada descomposición, siendo más esqueleto que cadáver. Con la pistola en la cabeza se vio forzado a pedirle perdón al muerto.

Todo esto lo contó con profundas muestras de emoción, y abundante licor para animarse, el Coronel J., algunos años después de sucedido. Me consta, porque yo lo escuché en una cena privada donde no éramos más de diez personas. Hugo, según pudo saberse por terceros, aunque no está confirmado, parece que está en la Sierra de X. organizando un nuevo movimiento revolucionario de vía armada. Su pseudónimo es “Comandante Rigo”.

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