miércoles, 18 de marzo de 2015

Susana

Elizabeth Oliver


El 8 de marzo fue el Día Internacional de la Mujer y sentí la necesidad de homenajear a una de ellas. Mi elegida es Susana Ma. Ferreiro Jewkes, simplemente, una mujer. Pero una mujer que reúne, como muy pocas, los más preciados valores. Y tengo el orgullo de que sea mi amiga, desde que éramos niñas... y hasta siempre.

Nunca la vi llorar… aunque muchas veces lloré por ella. Detrás del conocido entrecerrar de sus ojos y ese tono en la voz presumiblemente despreocupado… estaba oculto -estuvo, está- un sufrimiento viejo, eterno… para mí tan conocido.

A ninguna de las dos, la vida nos fue fácil… cierto. Pero los golpes recibidos fueron distintos, tan diferentes como nuestro entorno, como nuestros destinos.

Yo me defendía, en aquella impotencia de la juventud -y aún lo hago- exteriorizando una irascible bronca… o ahogando penas en lágrimas, tan saladas como auténticas.

Tal vez pretendí -no sé- que al llorar sus penas podría mitigárselas un poco.

La vida continuó y la subsistimos. Las dos fuertes… pero ella estoica.

El destino, como niño malcriado, se entretuvo con el juego caprichoso de unirnos y separarnos una y mil veces… sin conseguir más que eso… jugar con ella y conmigo.

Entonces hoy -cuando la oportunidad de vernos se hizo realidad- hoy que fuimos capaces de lograrlo ganándole la partida a las estúpidas responsabilidades autoimpuestas que tantas veces nos detuvieron… ella me regala otras lágrimas. Éstas que brotan de lo más profundo de la emoción y caen sin que me dé cuenta, sin que pueda evitarlo, sobre la pequeña hoja de papel donde está plasmada, en unas pocas líneas manuscritas, la inmensa sensibilidad tantas veces escondida, la que siempre percibí, la que ha marcado a fuego la grandeza de nuestra amistad:

“Las hojas en blanco son un llamador. La tarde tan gris hace sombras y la radio recuerda una ausencia: Alfredo (1) nació en este mes de Piscis. Todo invita a ese espacio de ternura creado por los recuerdos.

El parque fue coreografía de nuestros paseos, aquellos lejanos del Parque Rodó, otros más acá del Parque de los Aliados. El barrio nos dejaba hacer; tanto allá como acá nos miraba pasar creando historias y viviendo nuestros tiempos, cada una a su manera, pero las dos precisando la vivencia contigua. Tan necesitadas de vernos y hablarnos cada día.

Al llegar de clase o del cine los fines de semana levantábamos el tubo y dale a la charla. O corríamos a la puerta porque hasta el sonido del timbre era reconocido.

Siempre había que negociar la salida y realmente eran brillantes los argumentos: ‘es necesario sacar apuntes’; ‘la mamá está enferma y ella no puede venir’; ‘sólo un ratito, ya hice los deberes’. Brillantes, porque si no, hubieran desaparecido y hasta el día de hoy los usan todos los amigos del mundo a cargo de sus mayores; había que ir al encuentro del otro. Juntarse era todo. El costo no importaba, ya se vería el pago.

Juntarse era enterarse con lujo de detalles de todo lo que pasaba a nuestro alrededor, aunque geográficamente pequeño, el mundo estaba abarrotado de cosas interesantes, hechos notables y amores inconmensurables. Odios totales y de rápido pasaje. Amistades fuertes que iban a sobrevivir períodos largos y duros de lejanía.

El barrio no sabía, en su tranquilo andar, todo lo que pasaría en esas pequeñas vidas, cómo cambiaría casi totalmente el sonido, el tiempo, las voces; cómo las miradas se iban a endurecer y los odios no serían olvidados; juntarse sería una palabra difícil de hacer realidad.

Aunque en los barrios, y en los corazones quedaría siempre, el deseo de volver a ser felices como antes”.

Al pie de la hojita no hay firma… no es necesario. Ella “es” cada una de esas palabras… Susana… mi amiga.

1) Alfredo Mario Ferreiro (1/3/1889 - 24/6/1959). Uruguayo, escritor, poeta, periodista, conferencista radial... y padre de mi amiga.

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