jueves, 8 de enero de 2015

Música. Un clásico del folclore ruso: Kalynka maya



Hoy día, para nosotros que no somos rusos, hablar de la música de Rusia, o de la extinta Unión Soviética, es hablar, en buena medida, de ciertas canciones que ya se nos hicieron un lugar común, con balalaikas, acordeones, cantantes que mantienen los finales por interminables segundos, cosacos bailando frenéticamente o muchachas rubias como el sol haciendo rondas.

De entre estas canciones populares hay una que ya se convirtió en un símbolo, ampliamente conocida en lo que podríamos llamar Occidente. Nos referimos a “Kalynka maya”.

Escuchemos esta hermosa pieza en varias versiones:

Marina Devyatova:
https://www.youtube.com/watch?v=i9srwBpjLkk&list=RDi9srwBpjLkk&index=1

Iván Rebbrof: https://www.youtube.com/watch?v=j0vhzpAVfxc

Coro del Ejército Rojo: https://www.youtube.com/watch?v=C_A7Hu0uKNw

Versión instrumental: https://www.youtube.com/watch?v=4QDnH1pCC20

Otra versión instrumental: https://www.youtube.com/watch?v=ClG2IIh4I3c

Ballet Bolshoi bailándola: https://www.youtube.com/watch?v=OANzLIuxhNo

Versión con coros: https://www.youtube.com/watch?v=yLUsTY-ze1k

Versión electrónica: https://www.youtube.com/watch?v=4xJoVCjBUco

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Kalynka maya

Marcelo Colussi



No era la primera vez que viajaba a Gran Bretaña, aunque sí la primera que lo hacía para esta nueva compañía petrolera. Su inglés era excelente, sin dudas. Pero además, y fundamentalmente, era su preparación gerencial la que lo había llevado a ocupar ese puesto: director de relaciones comerciales internacionales. No era común que alguien a los 35 años pudiera llegar allí.

Piotr Petróvich siempre había destacado en todo lo que hacía. Ser el nieto de uno de los soldados más famosos de la Gran Guerra Patria no era cualquier cosa: en los años de la Unión Soviética le había deportado muchas satisfacciones. Ahora, en la Rusia capitalista, también había sabido aprovecharlo. Su abuelo había sido uno de los muchachos –veinteañeros en aquel entonces, acompañando a Melitón Varlámovich Kantaria y Mijaíl Yegórov– que aparecían en la hoy día ya mítica foto de los soldados soviéticos colocando la bandera roja en lo alto del Reichstag, en Berlín, marcando así el final de la aventura nazi y el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Años atrás, Piotr Petróvich había sido un activo militante de la Juventud del Partido Comunista. Comprometido, estudioso, siempre listo para cualquier actividad, era un ejemplo para todos sus compañeros. La imagen de su abuelo, Gavrilovich Mishe, que le relatara una y mil veces anécdotas de la guerra y de la granja colectiva donde luego trabajara, continuaba aún hoy siendo uno de sus principales guías, más aún que la de su padre.

Con la caída del socialismo Piotr Petróvich había entrado en shock. No podía entender cómo una potencia tan sólida, con principios tan arraigados, heroicamente vencedora de la monstruosa guerra que se había librado en su contra, podía caer casi sin pena ni gloria. Él se sentía hondamente un militante comunista. En el momento de la desintegración, cuando el presidente Yeltsin lo anunciaba, por más de una semana no le dirigió la palabra a nadie, absolutamente a nadie. Se encerró en un cuarto de su casa y bebió vodka como nunca antes lo había hecho ni nunca jamás lo volvería a hacer.

En un momento de esa crisis incluso llegó a pensar en suicidarse. Pero desde que, al año siguiente de la caída, conoció la obra de ese mezquino pensador estadounidense de origen japonés que preconizaba el fin de la historia, algo se disparó en él dotándolo de una nueva fuerza, infinitamente más arraigada que las anteriores convicciones. “¿Cómo «el fin de la historia»? ¡Está loco! La historia nunca termina”, se decía con fiereza.

Con motivo de los enormes cambios que sufría el país para esos momentos, Piotr Petróvich perdió su trabajo como administrador de una fábrica de botas en Moscú. Desesperanzado de todo, tuvo que hacer increíbles esfuerzos para no dejarse arrastrar por la tentación de beber. Su primer hijo, en ese momento el único, Vassily, sufrió grandes penurias por la desocupación de su padre. El salario de su madre –profesora de escuela media– de pronto cayó a menos de la mitad, por lo que toda la familia muy magramente pudo sobrevivir con ese único ingreso. Debieron pasar casi diez años para que Piotr encontrara un buen puesto. Fue ahí cuando llegó la hija: Lidochka.

Su indiscutida capacidad le permitió afrontar el temporal en los peores momentos. Haciendo tremendos sacrificios, tanto él como su compañera Stasia, pudieron mantener vivo a Vassily, y pese a lo tormentoso que se había vuelto todo, sobrevivir ellos de algún modo. Por absoluta capacidad personal, sin apelar a ningún contacto ni recomendación –Piotr Petróvich siempre había sido mortal enemigo de esos favoritismos dentro del Partido, de aquí que fuera un acérrimo crítico de la Nomenklatura– logró entrar en esta nueva empresa petrolera privada.

Era una compañía pequeña, fundada por ex funcionarios soviéticos de segunda línea. No disponían de enormes capitales, pero sí tenían muchas relaciones, tanto en Rusia como en el extranjero, lo que les permitía moverse con soltura. Ahora habían seleccionado muy cuidadosamente a ciertos cuadros para intentar relaciones con inversionistas extranjeros. El primer disparo era hacia Gran Bretaña.

Dado que Piotr Petróvich era un maestro para el arte diplomático, se había confiado en él para este primer acercamiento: viajaba a Londres para verse con funcionarios de primera línea de la Royal Dutch Shell. Iba acompañado por su asistente, el joven Rishim Fedyenka. Había fuertes expectativas sobre lo que se podía lograr; la carta que ofrecían los empresarios rusos era conseguir de Moscú derechos de prospección para nuevos campos petroleros en Siberia que, de ser rentables, explotarían conjuntamente el gigante anglo-holandés con esta nueva empresa rusa. El porcentaje que había que dejar al gobierno ruso ya se había negociado en un 7,5% de las ganancias de los diez primeros años.

A Piotr Petróvich le dolía muy profundamente en lo más recóndito de su alma ser parte de estos negociados; se sentía un traidor a la patria, a sus ideales, a las enseñanzas de quien para él seguía siendo un héroe, su abuelo Gavrilovich Mishe. Un comunista no podía hacer eso. Pero… “había que vivir”, se convencía a sí mismo. Más aún ahora que había llegado la pequeña Lidochka. Ante la crisis, antes que Piotr entrara a esta empresa, su esposa Stasia había ofrecido, muy honestamente, viajar a Europa occidental para prostituirse. Al menos, sólo por un tiempo, para salir de la crisis. Aún estaba joven y bonita, y eran numerosas las mujeres rusas que lo hacían, a punto que ya se había perdido el pudor. Piotr lo desestimó de un tajo. “¡No podemos caer tan bajo, con todo el respeto por las trabajadores sexuales!”… La oferta de su compañera más la petulancia del grito triunfal de ese intelectual estadounidense lo llenaron de tal odio, de tal consternación, que dentro suyo le fue naciendo un inconmensurable, monumental deseo de venganza. “¿Quién dijo que el odio no es bueno? A veces puede ser el mejor, quizá el único medio para ponernos en marcha” reflexionaba amargado.

Según se había pactado entre los ex jerarcas de gobierno –ahora jerarcas empresariales– y los funcionarios británicos y holandeses, sería una sorpresa quién recibiría al enviado ruso. Piotr Petróvich no se lo imaginaba. Con su asistente dedicaron buena parte de las horas del viaje en el avión a intentar descifrar la sorpresa, pero no se atrevieron a formular un vaticinio cierto. Se dejarían sorprender entonces.

La cita fue en el lujoso Great Northern Hotel. Luego de dormir la primera noche y descansar y aclimatarse toda la mañana siguiente, después del almuerzo, un día martes se dio el encuentro. Quien representaba a la petrolera británico-holandesa llegó con su pequeño séquito –seis asistentes– exactamente a la hora pactada, vestido con una elegancia que parecía más de un noble que de un ejecutivo de empresa. Era mayor que Piotr Petróvich; cincuentón, atlético y mirada penetrante, peinaba canas. El broche en la solapa del saco era de oro puro del más alto quilate.

Los rusos estaban vestidos para la ocasión, pero había una diferencia en el porte con sus anfitriones que se percibía a simple vista. Piotr Petróvich nunca se había esmerado especialmente por su indumentaria. Cuando estaba por estrechar las manos de sus colegas extranjeros se dio cuenta que llevaba puesto un calcetín de distinto color en cada pie. “Bueno…, pero yo no vengo a modelar”, se dijo convenciéndose.

La sorpresa fue grande, pero el recibimiento fue solo un tímido inicio. La sorpresa iría paulatinamente en aumento. No se esperaba ser recibido por un hablante de perfecto ruso, ni tampoco con un buen vaso de vodka. Como la conversación inmediatamente se redujo a un diálogo entre ellos dos –Piotr Petróvich y su canoso y elegante interlocutor–, el visitante moscovita no tuvo empacho en continuar hablando en ruso, olvidándose del resto del grupo. O, al menos, de los acompañantes del funcionario de la compañía Shell, de quienes no sabía si también hablarían esa lengua. A su asistente no le dio el más mínimo chance de participar en la conversación.

“Me sorprende su admirable manejo del idioma ruso; no parece usted extranjero”, dijo como cumplido Piotr tratando de ser amable mientras se despachaba su primer vaso de vodka.

“Es que…en realidad no lo soy. Y a mí, mi estimado representante, me complace muy gratamente tenerlo aquí, en esta capital occidental, porque eso quiere decir que las cosas están cambiando mucho en mi país, y están cambiando para bien, lo cual me alegra sobremanera”.

Había algo en la expresión, en la actitud general de ese impecable rusohablante que a Piotr Petróvich le desagradaba. No podía decir qué era, pero sabía que algo lo molestaba muy profundamente. Tal vez sus modales tan refinados, sus uñas tan cuidadas, su camisa tan perfectamente planchada. Por otro lado, esta muestra de efusividad por los cambios en el país no la podía digerir (como tampoco podía digerir los cambios en curso, aunque ahora representara a una empresa privada).

“Entonces… ¿usted es ruso?”, preguntó con cierta timidez.

“¡Por supuesto! Ruso de todas las Rusias, ¡y no soviético!, tal como se debe ser correctamente”, espetó altivo el anfitrión. Sus acompañantes parecían no entender el idioma en que se desarrollaba la conversación, por lo que permanecían distantes. Rishim Fedyenka, el ayudante de Piotr, a quien nunca se dirigía este elegante ruso de quien no se sabía aún la identidad, también mostraba desinterés por lo que se hablaba.

Lo que sí era evidente es que el anfitrión no comulgaba con la Unión Soviética; su expresión de alegría cuando habló del quiebre del primer Estado obrero fue inocultable.

“Esperemos que ahora vengan tiempos mejores en mi querida madre patria. ¿Para qué le voy a mentir?”, expresó de pronto con aire sombrío el funcionario petrolero. “Sigo albergando la esperanza de volver a ser lo que mi tío-abuelo Nicolás nunca debería haber dejado de ser”. El rostro de Piotr Petróvich se contrajo amargamente.

“¿Su tío-abuelo, dice?... ¿Nicolás?”. Por un instante quedó mudo y sintió la necesidad de otro vaso de vodka. Pero no se atrevió a pedirlo. “¿Su tío-abuelo? Entonces, por casualidad… ¿usted es Romanov?”, preguntó Piotr sin poder creerlo, buscando la mirada cómplice de Rishim Fedyenka, pero éste parecía absorto en cualquier otra cosa menos en la conversación que estaba desarrollándose frente a sus narices.

“¡Así es!, mi querido amigo Piotr Petróvich Ivánovich: está usted ante el Príncipe heredero Fyodor Gennadi Romanov. Seguramente ahora, con los cambios que están teniendo lugar, en un día quizá nada lejano volveré a ser Su Excelencia, y ustedes dos –lo dijo sin dirigirle la mirada a Rishim Fedyenka– serán nuevamente súbditos de su Alteza el Zar”. Conforme iba hablando, se le iba encendiendo el rostro y alzaba más y más la voz.

Piotr Petróvich sintió que le hervía la sangre. No sabía bien cómo actuar, si responder con una sonrisa benevolente, si insultarlo y defender la Gran Revolución Socialista de Octubre –que, estaba seguro, no había terminado sino sólo sufrido un golpe y que regresaría tarde o temprano– o simplemente pasar al tema comercial que los traía. Optó por este último.

“Sí, puede ser. ¿Y qué tal si hablamos de los negocios del petróleo, Romanov?”, se apuró a intervenir Piotr, bajándole totalmente el perfil a lo recién expuesto por el descendiente de la familia real.

Como si nada hubiera dicho Piotr Petróvich, Romanov continuó en la misma sintonía. “¿Y cómo ve usted todo lo que está sucediendo ahora en nuestra amada Rusia?”

“Mire, para serle franco, yo no conozco nada de política. Simplemente soy un administrador de empresas, y ahora vengo como enviado para negociar algunos puntos comerciales con su compañía”, dijo con modestia Piotr Petróvich. Buscaba evitar a toda costa una profundización del tema político, eso sobre lo que inquiría insistente Romanov.

Pero el presunto noble no tenía la más mínima intención de hablar de otra cosa que no fuera la situación de Rusia. No estaba claro si la transacción comercial en torno al petróleo entraría en la agenda. Por su insistencia, parecía que no.

Sin dignarse siquiera a mirar a Rishim Fedyenka, hablándole solo a Piotr Petróvich, con tono enérgico volvió a preguntar.

“Pero, ¡¿cómo?!, camarada Ivánovich: ¿todo un cuadro del desintegrado Partido Comunista de la ex Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas que no quiera hablar de política? ¡No se lo puedo creer!”

Dicho esto, cuatro de los asistentes de Romanov se levantaron de sus sillas, y profiriendo un ruido que podría haberse interpretado como una disculpa, se retiraron. Rishim Fedyenka, confundido, buscó la mirada de Piotr buscando alguna indicación de qué hacer. Piotr, con un movimiento de su mano, le indicó que se retirara.

“Bueno, no sé de qué se tratará exactamente todo esto, Romanov, pero dígame cómo es el juego. ¿Hablamos de negocios o no?”, preguntó exigente el joven enviado.

“Todo a su debido tiempo, mi amigo. Todo a su debido tiempo”, dijo con serenidad pasmosa Romanov. “Por supuesto que hablaremos del petróleo, de los negocios, de nuestras inversiones. Pero antes quiero saber de primera mano, de alguien como usted que fue un comunista y ahora trabaja para la iniciativa privada, ¿cómo están las cosas? ¿Otro vodka?”

Piotr Petróvich se encontraba confundido. No sabía si esto era un montaje, un chiste de mal gusto, una forma de obligarlo a negociar bajo presión y ceder demasiado a la Shell…, o la locura de un chiflado que se sentía descendiente del Zar. ¿O era realmente el heredero del Zar y estaba preparando su regreso? No quería reaccionar intempestivo, porque eso ponía en peligro todo: la transacción, su puesto en la empresa rusa, quizá su vida. ¿Por qué se habrían retirado cuatro de los seis acompañantes?

“Vea, Romanov: si quiere que hablemos de todo eso… Bueno, con gusto: pero le pediría que se retire toda su gente y conversemos sólo nosotros dos, ¿sí?”

“Concedido”, asintió Romanov. Con un leve gesto de su cabeza indicó a los dos asistentes que aún permanecían en ese reservado del lobby del hotel que se retiraran, cosa que hicieron al momento.

“Pues bien: ¿qué es lo que quiere saber exactamente, Romanov?”. Piotr sentía que los músculos de la cara se le tensaban no pudiendo disimular su malestar. Él solo, sin mediar palabra, se sirvió un nuevo vaso de vodka, más lleno que el anterior.

“Lo que acabo de decirle: ¿cómo ve usted la situación por allá? ¡Y por favor, sea sincero!”

“¿Cómo la veo? Mmmm…, está difícil decir eso en pocas palabras.”

“¿Quién dijo que tienen que ser pocas palabras? ¡Tómese todo el tiempo que desee! No tengo apuro”

“Pues bien: la verdad… está complicado”. Era evidente que Piotr Petróvich no quería hablar con franqueza. Estaba desconcertado: en lo más íntimo de sí repudiaba todo lo que estaba pasando en su país. Más aún: desde cierta clandestinidad trabajaba para revertir la situación, para el retorno del socialismo, pero la fuerza de los acontecimientos se imponía con tal magnitud que no podía escapar a la lógica que marcaba el mercado, ahora nuevo dios dominador. Haber tenido que formar parte de una empresa privada compuesta por ex cuadros del Partido Comunista y tener que estar ahora hablando cara a cara con un descendiente del Zar no le parecía posible. En todo caso, le resultaba una pesadilla agobiante de la que no sabía cuándo iba a salir. Pero la pesadilla estaba ahí, bien vestida, con un vaso de vodka en la mano y preguntándole con cara glaciar sobre aspectos que Piotr prefería evitar, que no se atrevía a nombrar en voz alta en un lujoso hotel de Londres.

“¿Complicado? Y… ¿por qué?”, dijo Romanov con aparatosa indolencia.

“Bueno…, esteee, es que se van perdiendo los logros de la Revolución”.

Romanov reaccionó airado, dando un furioso golpe sobre la mesa. “¿¡Logros!? ¿Qué logros?”

Llegado a este punto, Piotr Petróvich ya no pudo controlarse más. Con fuego en la mirada, amenazante, casi gritando respondió con vehemencia:

“¿Qué logros? ¿Y todavía puede tener el descaro de preguntarlo, pedazo de parásito? Todo un día no nos alcanzaría para que le cuente todos los logros que tuvo la Revolución luego que los sacaron a ustedes del poder. ¿No se enteró que la Unión Soviética era una potencia mundial? Lo que su familia, cuando gobernaba el país, no pudo ni quiso hacer, la heroica Revolución Socialista de Octubre de 1917 sí lo consiguió. Las 15 repúblicas que conformaban la Unión Soviética terminaron con el hambre, con la pobreza, con el analfabetismo y el atraso de millones y millones de trabajadores. ¡¿O no se enteró de eso, prospecto de Zar?! La Unión Soviética tuvo no sé cuántos Premios Nobel, desarrolló la ciencia, avanzó, fue un ejemplo para la Humanidad, fue pionera en investigación espacial, desarrolló la energía nuclear, trató a su población como seres humanos y no como bestias, tal como hacían ustedes los llamados nobles. ¿Quiere que continúe con los logros? En el primer Estado obrero del mundo ya nadie pasó penurias, nadie se quedó sin techo, nadie pasó frío y durante 70 años el pasaje del metro no aumentó un céntimo. Tuvo los mejores atletas del mundo, grandes científicos, grandes artistas. El arte dejó de ser un lujo y cualquier trabajador podía apreciar el Bolshoi o la Filarmónica de Moscú, esas glorias de la cultura universal. ¡Y le digo más, Romanov! Con el esfuerzo maravilloso de toda una población y veinte millones de camaradas muertos, ¡veinte millones!, ¿me escuchó?, con ese supremo, heroico, inmortal esfuerzo, se detuvo el avance del fascismo por la faz del planeta en la Gran Guerra Patria. ¿No se había enterado de todo eso, camarada?”

Por un instante se hizo un silencio sepulcral. Muchas personas cercanas al reservado del salón donde se encontraban, aunque sin entender el ruso en que hablaban, tornaron sus miradas y oídos hacia los dos hombres por lo impetuoso de la discusión. Algunos de los asistentes de Romanov, al escuchar que las palabras de Piotr Petróvich se encendían cada vez más, se acercaron rápidamente intuyendo algún peligro.

“Sí, todo lo que usted quiera, mi querido amigo”, preguntó Romanov con tono burlesco. “Pero ¿por qué cayó entonces esa “maravilla”, tal como usted la llama?”

“¿Quién dijo que cayó? En todo caso, como nuestra canción Kalynka maya, ya famosa en todo el mundo hoy día, y que me imagino aquí en Inglaterra conocen bien dado que uno de nuestros nuevos magnates rusos, que compró un equipo de fútbol de este país, gusta ponerla antes de cada partido; bueno, como Kalynka maya, la revolución tiene momentos lentos y momentos rápidos. Ahora estamos pasando por uno de esos momentos lentos, donde pareciera que nos detuvimos. Pero ya agarraremos velocidad, Romanov, como en la canción. ¡Ya lo va a ver!”

“¡Qué poético!”, volvió a burlarse Romanov.

“Búrlese, si quiere. Pero parásitos como ustedes ya no volverán nunca jamás a mi patria. Y si vuelven… ¡tendrán que trabajar para comer!”.

“¿Y por qué está haciendo negocios ahora con una gran empresa capitalista para la que yo trabajo, de momento, hasta regresar a San Petersburgo como dios manda cuando vuelva a reinar? ¿No era que se había terminado el capitalismo en Rusia?”, preguntó el descendiente del Zar, ahora con tono sombrío.

“No se haga ilusiones, Romanov. La gente no es estúpida. Los primeros años de la restauración quedamos boquiabiertas con los espejitos de colores que nos llegaron; pero ya pasó eso. Ahora, cuando el hambre y el frío aprietan, ya vimos lo que pueden ser ustedes, lo que puede ofrecernos la empresa privada, la Shell o la Coca-Cola. El socialismo, como el pasaje lento de Kalynka maya, de momento está dormido, pero ya va a tomar velocidad de nuevo. Créame que ya en varias encuestas, tres terceras partes de la población se manifestó por la vuelta a lo que perdió, lo añora, lo espera de nuevo. Estamos en el momento lento, señor Zar.., pero ya Kalynka maya va a volver a tomar impulso”, arengó Piotr Petróvich con su dedo índice admonitorio. Romanov enrojecía cuando lo escuchaba.

El joven Rishim Fedyenka nunca pudo explicar exactamente qué pasó. Esa noche, luego de la acalorada discusión entre su jefe Piotr Petróvich y el Príncipe heredero –al menos quien con ese nobiliario título se había presentado– subieron juntos al piso donde tenían sus respectivas habitaciones, él y el delegado de la petrolera rusa. Cuando Rishim le preguntó cómo había terminado la que parecía una acalorada discusión con Romanov, Piotr Petróvich se fue por la tangente y no le contestó. Escuetamente se limitó a decirle que al día siguiente a las 9 horas se reunirían nuevamente ambas partes en el lobby del hotel, por lo que le rogaba estar puntual en esa cita, ya desayunado.

Sin preguntar más nada esa noche, visto que la situación no lo permitía, Rishim cumplió con lo que se le pedía. Media hora antes de las nueve ya estaba preparado, esperando a su jefe y a la gente de la petrolera anglo-holandesa. Con unos minutos de antelación a la hora pactada comenzó a percibir el movimiento. Piotr aún no llegaba, y los acompañantes de Romanov se mostraban especialmente alterados. Con discreción al principio, crecientemente alarmados luego, todos hicieron pública su desesperación. Los agentes de seguridad del hotel se movilizaron, creándose un clima de zozobra general. Ya no era posible ocultarlo: habían desaparecido Piotr Petróvich y Fyodor Gennadi Romanov, que también se hospedaba en el Great Northern, sin dejar el más mínimo rastro. En unos minutos más, ya todo el hotel estaba conmocionado.

Como suele suceder en casos similares, la prensa llega a la escena de la noticia antes que la policía. Efectivamente, cuando apareció el primer vehículo policial ya había personal de dos canales televisivos, de una radio y de dos periódicos cubriendo la nota: habían desaparecido como por arte de magia sendos funcionarios de dos petroleras, el ciudadano ruso Piotr Petróvich Ivánovich, de Petróleos de Rusia S.A., y el ciudadano británico de origen ruso Fyodor Gennadi Romanov, de la Royal Dutch Shell, descendiente directo del último Zar de Rusia, Nicolás II. El personal subalterno de ambos cuadros gerenciales no se explicaba qué había pasado.

Luego de una semana de infructuosa búsqueda en todo Londres y zonas aledañas por parte de la policía y fuerzas especiales, Rishim Fedyenka fue llamado por sus superiores para que regresara a Moscú. Sin dejar de haber pasado por un par de interrogatorios con Scotland Yard, el joven ruso marchó de regreso a su país. Nunca fue realmente sospechoso para la policía británica, pero las reglas de procedimiento indicaban que también debía ser interrogado, tal como se hizo.

Ya en Moscú, juró y perjuró que no tenía la más remota idea de qué podía haber sucedido. Contó la discusión que había tenido lugar aquella tarde, sin que pudiera aportar mayores detalles puesto que se había movido del lugar donde la misma se había desarrollado. Indicó que sospechaba que algo andaba mal, pues su superior inmediato, Piotr Petróvich, había sido inusualmente parco y no le había dado ningún detalle de lo acontecido, cosa que le llamó la atención, pues era evidente que la reunión no había sido serena, y mucho menos, de negocios. Pero más que eso no podía decir. Por supuesto, fue puesto bajo discreta observación de los servicios de inteligencia rusos, sin que se le informara nada, obviamente. Pero luego de pormenorizados seguimientos, nada pudo comprobarse respecto a su participación en esas misteriosas desapariciones.

Tres semanas después de la “pérdida” de ambos hombres, llegó el primer comunicado simultáneamente en Londres, Moscú, Nueva York y Pekín, escondidos con discreción en distintos lugares públicos: un grupo revolucionario de acción armada no musulmán –Retorno del Socialismo– se reivindicaba autor del hecho y pedía diez millones de euros como rescate por el funcionario ruso-británico. Finalmente la empresa pagó ocho.

En Washington causó mucho malestar que el monto solicitado se hubiera pedido en euros y no en dólares; eso evidenciaba una pérdida de poder. Romanov finalmente apareció, barbudo y bastante demacrado, en un suburbio de Nápoles, Italia. De Piotr Petróvich no se supo más nada. Stasia se considera viuda aunque, en verdad, nunca volvió a formar pareja, y nunca le faltaron recursos para seguir criando a sus dos hijos. Esporádicamente hace viajes cortos, sin Vassily ni Lidochka, y desaparece de la ciudad por un par de días. La policía y los servicios de espionaje, que siempre la mantienen bajo control, han dicho que en reiteradas ocasiones habla del retorno del socialismo, y días pasados dio una charla en un sindicato en San Petersburgo que tituló “Kalynka maya: metáfora de nuestras luchas”.

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Cuento anónimo africano: El señor Wolo y el señor Kuta



Esta es la historia del señor Wolo y el señor Kuta. El señor Wolo es un pájaro y el señor Kuta es una tortuga. El señor Wolo tenía hambre. ¡Papapapapaap! ¡Tenía mucha hambre! ¡El señor Wolo siempre tenía hambre! Acostumbraba a coger algunas semillas de los campos. Pero ese año había pocas semillas. Las lluvias habían llegado tarde y se fueron pronto. Los granjeros estaban preocupados porque no podían llenar sus graneros. Lo hicieron todo para proteger sus cosechas. Uno de los granjeros se había construido una pequeña cabaña en su campo. Se sentaba allí todo el día para mirar su campo. Estaba muy preocupado. Cada tarde inspeccionaba su campo. Cada tarde algunas semillas se perdían.

-Debe de ser ese pájaro -se decía-. Durante todo el día lo veo sentado en el árbol. Estoy seguro que ese pájaro se come mis semillas. ¡Pero espera, ave! Te cogeré.

En efecto, ese pájaro era el señor Wolo. Miraba con cuidado al granjero. Cuando este se marchaba, el señor Wolo se apresuraba a coger algunas semillas.

Un día el granjero no vio al señor Wolo. Pensó:

-Ese pájaro no osa volver. Tiene miedo, la cogeré.

El granjero estaba muy contento.

¿Qué pasó? ¿Por qué el granjero no vio al señor Wolo? Esa mañana, de camino hacia el campo, el señor Wolo se encontró al señor Kuta.

-Buenos días, señor Kuta. ¿Cómo va la mañana? ¿Y cómo va usted?

-La mañana está aquí, señor Wolo, y yo estoy bien. Pero la vida está difícil en estos días. No hay mucha comida -dijo el señor Kuta.

-Tienes razón -dijo el señor Wolo- pero, ¿por qué no te unes a mí? Conozco un lugar donde podemos recoger un montón de semillas.

-Ea, conozco el campo de donde sacas las semillas. Es ése de ahí. El granjero mira su campo cada día. Tiene un arco y flechas. Tiene un cuchillo. Es muy peligroso sacar semillas de ahí.

-No te preocupes, señor Kuta. Te ayudaré.

-¿Cómo puedes ayudarme? ¿No ves mis piernas? Son demasiado cortas. Si el granjero viene detrás de mí, no podré escapar. Soy demasiado lento.

-Te ayudaré a escapar -dijo el señor Wolo.

-No puedes ayudarme. Tú tienes alas y puedes volar muy lejos, pero yo no tengo alas. El granjero me cogería.

-Sí, señor Kuta, tengo alas. Tienes razón. Puedo volar si veo que se acerca el granjero. Así es como voy a ayudarte. Te llevaré conmigo. Volaremos muy lejos juntos.

El señor Wolo pensó para sus adentros: "Debo persuadir a este estúpido para que se una a mí. El granjero le verá y pensará que es el único que coge sus semillas".

-Pienso, señor Kuta, que te preocupas demasiado. Juntos podemos coger más semillas que si estamos solos. Tú tienes hambre y yo tengo hambre. Prometo ayudarte. Si no nos apresuramos, otros cogerán las semillas. Vayamos al campo.

-De acuerdo -dijo el señor Kuta- confío en ti. Vayamos.

Llegaron al campo. El granjero no estaba.

-¿Lo ves, señor Kuta? El granjero no está. Podemos comer todas las semillas que queramos.

Entonces empezaron a escarbar para coger las semillas. Escarbaron y escarbaron. El señor Kuta escarbaba y el señor Wolo recogía los granos. De vez en cuando se comían algunos.

-Voy a descansar un rato -dijo el señor Wolo, y se puso a volar hacia la cima de un árbol.

-¡Eh! ¿Qué estás haciendo? -gritó el señor Kuta, asustado.

-Quiero descansar. He comido mucho. No te preocupes -contestó el señor Wolo.

¡Tap, tap tap! ¡Bang, bang! El señor Kuta oyó que alguien se acercaba.

-¡Malditos ladrones! -oyó.

Al señor Kuta le entró el pánico. "El granjero viene, el granjero viene. ¿Dónde está el señor Wolo?" Se apresuró a esconderse debajo de un montón de ramas. El granjero ya estaba allí..

-¿Qué es esto? -gritó-. ¿ Dónde están mis semillas? ¿Dónde está el ladrón?

Miró a su alrededor. No había nadie.

-Has desaparecido, ladrón, pero sé que volverás.

El granjero volvió a su cabaña. El señor Kuta salió de su escondite.

-¡Uf! -dijo-. El granjero se ha ido, pero... ¿dónde está el señor Wolo?

-Estoy aquí -dijo el señor Wolo-. Te he estado observando todo el rato. Estaba aquí para protegerte. No perdamos más tiempo. Tenemos que acabarnos las semillas antes de la puesta del sol.

Los dos continuaron escarbando y comiendo semillas. ¿Qué hizo el granjero? Se quedó en su cabaña espiando a través de un agujero.

-¡Ajá! -dijo-. El ladrón ha vuelto. Veo movimiento allí detrás. Ahora lo cogeré.

Esta vez el granjero no se acercó andando, se deslizó como una serpiente. El señor Wolo y el señor Kuta estaban es ese momento trabajando duro, por eso no lo oyeron llegar.

"Hoy es mi día de suerte" pensó el señor Wolo. "Este señor Kuta es un poco estúpido, pero es muy trabajador. Lo voy a dejar trabajando un rato mientras yo me tomo un descanso".

-Lo estás haciendo bien, señor Kuta -le dijo-. ¿Sabes? Voy a ir volando a buscar a mi hijo para que nos ayude.

-De acuerdo, señor Wolo. Tu hijo puede ayudarnos. Estoy cansado. Pero asegúrate de volver pronto.

El señor Kuta estaba solo y cansado.

¡Bang, bang! ¿Qué estaba pasando?

-¡El ladrón! ¡El ladrón! ¡He cogido al ladrón! Mira a esa tortuga, ahora no puede escapar.

El granjero bailaba y gritaba.

"El granjero me ha cogido. ¿Qué puedo hacer?", se decía el señor Kuta.

-Buenas tardes, señor granjero -dijo-. Soy el señor Kuta y he venido a ver sus semillas.

-¡Oh sí! Tú has venido a ver mis semillas. ¡Has venido a comértelas! No me mientas. Tú eres el ladrón y voy a matarte. Vas a venirte conmigo. Mi mujer va a cocinarte y voy a comer una estupenda sopa.

El señor Kuta estaba asustado.

-Se trata de un malentendido, señor granjero. Déjeme que le cuente algo antes de matarme.

-No me hagas perder el tiempo. He estado esperando durante días para cogerte, ladrón. Ahora tengo hambre. Aquí está mi cuchillo. Voy a matarte.

-Espere, espere, señor granjero. No debería matarme así. Voy a cantar una canción para usted. Déjeme que le cante una canción.

-De acuerdo, tortuga. Puedes cantar una canción mientras afilo mi cuchillo.

El señor Kuta había ganado algún tiempo. Debía hacer cualquier cosa para escapar. Pero ese señor Wolo lo había decepcionado, no tenía el corazón limpio.

El señor Kuta cantó su canción:

El ave me decepcionó

El ave me decepcionó

En el campo del granjero

Me dijo que fuéramos a robar semillas

Pero yo le dije que no tenía pico

Me dijo que fuéramos a robar semillas

Pero yo le dije que no tenía piernas

Aún así me dijo que fuéramos a robar semillas

Y yo le dije que no tenía alas

El ave me decepcionó

El ave me decepcionó

En el campo del granjero

Al principio el granjero casi no lo oyó. No estaba interesado. Aún estaba enfadado por las semillas que había perdido. Estaba hambriento y su mente sólo pensaba en comida. Pero como el señor Kuta continuó cantando, algo extraño le sucedió al granjero. Le empezó a gustar la canción. Era tan dulce. El granjero notó cómo sus piernas se movían. Estaba bailando.

La canción terminó.

Señor granjero -dijo el señor Kuta- si quiere que sus esposas oigan la canción, podemos ir al lavadero y voy a cantar para ellas.

-Tortuga, eres un ladrón y estoy decidido a matarte. Pero mis mujeres deben oír tu canción. Les va a gustar. Vamos.

Se marcharon hacia el lavadero.

-Mujeres, les he traído al ladrón que robaba mis semillas. Lo vamos a matar para hacer sopa. Pero primero va cantar una canción para nosotros. El señor Kuta cantó su canción:

El ave me decepcionó

El ave me decepcionó

En el campo del granjero

Me dijo que fuéramos a robar semillas

Pero yo le dije que no tenía pico

Me dijo que fuéramos a robar semillas

Pero yo le dije que no tenía piernas

Aún así me dijo que fuéramos a robar semillas

Y yo le dije que no tenía alas

El ave me decepcionó

El ave me decepcionó

En el campo del granjero

Las mujeres lo escucharon y les gustó la canción. Eran felices. Todo el mundo bailó.

-Veo que les gusta mi canción -dijo el señor Kuta-. Si quieren disfrutar más, puedo cantarla otra vez. Pero hace mucho calor aquí. Déjanos ir a la orilla del río, hay árboles y se está más fresco.

Todos estuvieron de acuerdo. Todos siguieron al señor Kuta hasta la orilla del río. El señor Kuta cantó su canción. La cantó dos veces. Cantó, cantó y cantó. La gente escuchaba y bailaba.

El señor Kuta también bailaba. Se movía lentamente hacia todos los lados. Se acercó al agua. Nadie se dio cuenta de los movimientos del señor Kuta. Se acercó más y más al agua.

La gente bailaba. No se dieron cuenta de que allí no había nadie cantando la canción. No habían visto al señor Kuta deslizarse hasta el agua. Se había marchado. El señor Kuta había desaparecido. Era afortunado por haber escapado del peligro.

El señor Kuta llegó a la otra orilla del río. Dio gracias a Dios.

-La gente todavía está bailando. Mi canción les ha hecho felices, pero ahora se ha acabado. Es hora de marcharme y descansar.

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Canción del serafín de la guarda

Edgar Poe Restrepo (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Bajo la noche dulce de mosto y bayaderas
y sobre la esmeralda de la grama que invita,
voy a dormir el sueño de Jacob. ¡Oh! montañas,
¡oh! cielo y mar, ¡bañadme con vuestro azul y brisas!

Aquí voy a dormirme con párpados de bronce,
y a unir mi corazón con aquel firmamento
de la que si besóme, nunca la tuve mía.
Con estrellas llorosas y pájaros y nubes
he de tejer la escala, sendero de los ángeles:

Bajarán siete, lentos como agua estancada,
con ansiados presentes de la belleza tuya;
transidos por el viento, que rizará sus alas,
para con ese arrullo dar pábulo a mi angustia.

Vestirá uno de rojo, que así te sonrojabas
cuando empapó tus labios el vapor de mi beso;
otro en verde las alas teñirá, con la túnica,
color de las dos joyas que guarda tu mirada.

Traerá aquél antorchas que encendió en tus cabellos,
y servirá de guía del más pequeño y tímido
que candorosamente te acarició las manos.
Y el que rozó tus muslos llevará traje lívido.

Otro tendrá el reflejo de un arco-iris cálido,
pues descendió glorioso desde tus senos rectos.

Cada uno traerá presentes de tu gracia:
besos, ojos, cabellos, manos, muslos y senos.

Pero aquel serafín que se apostó en tu vientre
desde el curvo peldaño me negará sus dones,
y con rostro severo montará férrea guardia:
¡jamás ha de ser mía la embriaguez de tus goces!

Pues aunque tú, rendida, me ofreciste tu copa
de vinos silenciosos, paraíso y nirvana,
nunca podré escanciarla: si me acerco a sus bordes,
el serafín pondrá en mi pecho
¡la fría punta de su espada!...

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Crítica literaria: El lado salvaje de la literatura

Edgar Borges (Desde España. Especial para ARGENRESS CULTURAL)

Salvador Moreno Valencia (Cádiz, 1961) escribe literatura como si fuese Lou Reed caminando por el lado salvaje del rock (o de la vida subterránea que busca luz). No en vano, en su nueva novela “En el lado salvaje”, emula el título de la producción del cantautor estadounidense para invitar al lector a recorrer una ruta cargada de sensaciones.



Decía Virginia Woolf que una buena novela era aquella cuyas palabras transmitían vida. Si nos guiamos por el criterio de la creadora de “Orlando”, Moreno Valencia ha logrado una obra que sacude la existencia. “En el lado salvaje” (Editorial Seleer, 2014) parece una novela autopista. El lector, como si fuese el piloto de un coche cargado de palabras, irremediablemente tiene que conducir a una velocidad diferente (nunca igual) a la que la realidad engañosa impone. Salvador Moreno Valencia, cortazariano confeso, deja pistas en el camino para que el lector arme su propio juego, su propia salida. El autor no juega a la misma velocidad uniforme que entrega la trama del afuera. Él apuesta por una velocidad que a su vez pretende construir una autopista acorde con su tempo. El tempo original de los personajes que se juegan la vida.

La bella Anita, el inquietante Rov o la imposible Silvina, son algunas de las creaturas a las que Moreno Valencia ubica en la ruta para articular la carrera. Liberación, Prisión y Huida operan como fórmulas (capítulos) que desprenden secuencias (o laberintos) de la historia para que el lector decida una salida. Asesino o inocente, esa será la diatriba a la que el lector tendrá que enfrentarse.



En el actual escenario de las corporaciones editoriales, la literatura ha sido escondida. Eso lo sabe Salvador Moreno Valencia. La superficialidad ha secuestrado la palabra pública para convertirla en ruido. La industria ha impuesto el libro como entretenimiento sin dejar espacio a los bordes por donde germina la literatura. Sin embargo, la literatura, como superviviente de todos los tiempos, aún se sostiene en los límites del abismo. Y se sostendrá mientras lo humano no se rinda a lo monstruoso.

La novela de Moreno Valencia me ha llevado a releer el ensayo “Un pistoletazo en medio de un concierto” de Belén Gopegui. La escritora, como una detective que investiga el uso de la ficción como fuerza demoledora, acude a la declaración de principios que Stendhal dejara en “La cartuja de Parma”: “La política en una obra literaria es un pistoletazo en medio de un concierto, una cosa grosera y a la que, sin embargo, no se puede negar cierta atención… Vamos a hablar de cosas fuertes y vulgares que, por más de una razón, quisiéramos callar; pero nos vemos obligados a abordar acontecimientos que entran en nuestro terreno, puesto que tienen por teatro el corazón de los personajes”.

En cada una de sus novelas, Salvador Moreno Valencia invita al lector a realizar un viaje a la profundidad de la existencia humana. Sólo ocurre que, en lugar de turismo, estamos hablando de un viaje en donde el caminante tendrá que enfrentarse al hermano más incómodo de la realidad: la ficción.

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Más doctores para el desarrollo sostenible

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Para lograr un buen desempeño de la economía en el largo plazo y mejores indicadores sociales de pobreza y mortalidad infantil, es indispensable que los países, como el Perú, deben invertir recursos suficientes en investigación y desarrollo (I+D).



El Centro Nacional de Planeamiento Estratégico (CEPLAN) fija metas al Bicentenario Nacional 2021 como tasas de crecimiento y acumulación de capital que permitan garantizar un PBI per cápita de US$ 16 500 (Paridad de Poder de Compra) y un nivel de inversión del 25% del PBI. Estos cálculos requerirán de un aumento importante en la masa crítica de investigadores.

Publicaciones de Concytec destacan la escasez de profesionales con doctorados y su distribución por áreas de trabajo en comparación con los países de similar patrón de crecimiento al que busca alcanzar el Perú. Y considera como principales logros del 2014, el financiamiento de becas de doctorado para jóvenes en universidades de mayor prestigio. El ofrecimiento gubernamental de aumentar el incentivo tributario para la inversión en ciencia y tecnología. Capacitación y formación Práctica para Investigadores.

Los programas relacionados a investigación y desarrollo requerirían aproximadamente 22 mil doctorados adicionales, de los cuales 17 mil deberían concentrarse en las especialidades de ingeniería y tecnología, ciencias naturales, ciencias médicas y de la salud y ciencias agrícolas. Los datos muestran que las empresas con importante inversión en I+D crecen más rápido y alcanzan una mayor productividad.

Los países de la OCDE que a la fecha tienen un nivel de PBI per cápita similar al que espera alcanzar Perú como meta Bicentenario 2021 (Chile, Hungría, México, Polonia y Turquía) muestran un promedio de alrededor de 1600 investigadores por millón de habitantes, cifra muy superior a los 182 que estima el Perú.

En las estructuras productivas de diferentes países exportadores de materias primas, se observa que la participación del sector agricultura en relación al PBI es relativamente estable y en la mayoría de casos inferior al 5%. El Perú bien puede alcanzar las metas de Plan Bicentenario sin eliminar la totalidad de la brecha de recursos humanos altamente calificados. Pero garantizar a largo plazo los logros dependerán del aumento de productividad por inversiones sustanciales en I+D, que demanden, a su vez, reducir la brecha de profesionales con doctorado.

Entrevista

El doctor Manuel Luis Sánchez, director del Fondo Nacional de Desarrollo Científico, Tecnológico y de Innovación Tecnológica, en la siguiente entrevista, permite conocer los alcances de este Fondo, como el ente encargado de captar, gestionar, administrar y canalizar recursos de fuente nacional y extranjera, destinados a las actividades del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (SINACYT)



Dicho Fondo fue creado en setiembre de 2013. Posee recursos intangibles y su creación no afecta la existencia de otros fondos públicos orientados a promover la CyT. Opera en el marco de la Ley Marco de Ciencia, Tecnología e Innovación Tecnológica.

-Adiós a la caligrafía. Finlandia anuncia que se acabó la era de educar para la escritura a mano, porque la niñez ahora solo escribe en computadoras y tabletas electrónicas. ¿Qué comentario le suscita esta reflexión o realidad?

-Hay que tener en cuenta el índice de evolución, de desarrollo de los distintos países. El embajador inglés, presente en la reciente entrega de las Becas de Doctorado a 17 jóvenes peruanos incidió, precisamente, en este tema.

El Perú ha pasado a ser un país de renta media y falta dar pasos para ocupar la condición de país desarrollado. Es allí es donde debemos ubicar el anuncio de Finlandia.

Finlandia tiene una filosofía propia, que otro país no la tiene: “Lo inevitable es inevitable”, pues “ya que es inevitable, prefiero acelerar lo inevitable”

Nuestra cultura más latina, es distinta y es difícil considerar si algún día la escritura a mano desparecerá. Eso no significa que se deje de acelerar el impulso de los medios electrónicos. La presidenta de la Región Arequipa anuncia que en el próximo año 2015 se incorporará al sistema educativo a unos dos mil profesores con su respectiva computadora.

-¿Acaso en el Perú no somos solo manipuladores de computadoras y no producimos un microchip?

-Lo importante no es si solo producimos chips. Tenemos también que producir aplicaciones y soluciones. Por ejemplo, soluciones de medicina que se aplican en otras latitudes tienen mayor valor que el chip, si se encuentra la solución para erradicar la enfermedad.

El Perú está dando pasos positivos. Hemos dado premios a soluciones audaces logradas por científicos peruanos, soluciones para áreas de bajos recursos. Están adaptando tecnologías que con los medios que contamos no se podrían conseguir en Finlandia o EEUU. No compensaría económicamente.

-Hay déficits de científicos. Si entendemos que el conocimiento es complejo y supone un manejo multidisciplinario las humanidades son también vitales. ¿Por qué abandonarlas?

-Es cierto que hay un déficit de científicos. Hay muchos abogados, muchos letrados. Las sociedades tienen que ser completas. Se necesita abogados, filósofos, escritores, científicos, tecnólogos. Hay que promover lo que falta. Si uno tiene muchos economistas y se necesitan ingenieros, se tendrá que incentivar a los segundos.

-La presidenta de Concytec, Dra. Gisella Orjeda afirma que el Perú no elabora todos los productos y procesos que necesita sino los que puede. La gran diferencia con otros países estriba en la diversificación de esos productos, en la cantidad de conocimiento contenido y en los procesos económicos y sociales que implican. ¿Cuáles son las proyecciones del Fondo de Ciencia y Tecnología?

-El gobierno creó un Fondo para financiar la Ciencia y Tecnología y la Innovación. En el Perú se está creciendo enormemente con la dirección de la Dra. Gisella Orjeda, desde la presidencia del CONCYTEC y desde la presidencia de este gobierno. En realidad el Fondo es una herramienta para dar un salto cualitativo.

-¿Cuál es el nexo de Concytec con la Universidad. Su nueva Ley otorga a doce universidades públicas a disponer de presupuestos para proyectos de Investigación Científica. ¿Este financiamiento dependerá del Concytec?

-Es un derecho independiente del Fondo. Nosotros estamos abiertos, los fondos son concursables. Los que tengan los mayores méritos se beneficiarán de la correspondiente beca, de la respectiva investigación o de la infraestructura. El MEF asignó primero 30 millones de soles. Estamos atrayendo también capital extranjero. En este momento gestionamos diez veces más de subvenciones que hace trece años.

-¿En el 2015 cuál será la cifra destinada al Fondo?

-Estamos esperando la parte de recursos ya previstos, subvenciones por 40 millones de soles. Hay que tener en cuenta que en el 2012 los recursos llegaban a cinco millones de soles. Esta vez son veinte veces más.

¿Se anuncia incentivos tributarios para la inversión y así beneficiar a la Investigación?

-Concytec viene trabajando intensamente una serie de normativas para facilitar al país su mejor ubicación, a la altura de la regulación de otros estados más avanzados, sobre todo en investigación. Este es uno de los elementos en los cuales estamos trabajando en concordancia con diferentes ministerios.

La organización de una economía basada en el conocimiento requiere institucionalidad para orientar, recursos humanos calificados que contengan el conocimiento, cantidad y calidad de investigación científica e innovación tecnológica que permia la resolución de problemas y el aprovechamiento de oportunidades.

37 Primeras becas para doctorado

Un segundo grupo de 17 profesionales logran obtener más de 5 millones de soles para seguir estudios en el extranjero con el financiamiento de CONCYTEC para seguir estudios de doctorado en las principales universidades del mundo.

La presidente del CONCYTEC, precisa que después de dos años de trabajo, se está colocando a la Ciencia, Tecnología e Innovación sobre la palestra, pues ahora el país está analizando temas de diversificación productiva y competitividad.

A mediados de este año la misma institución entregó una primera subvención de más de 14 millones de soles para 20 ganadores del primer concurso Generación Científica.

Los principales centros de estudios que han acogido a los becarios son la Universidad de Manchester, la Universidad de Kyoto, The Royal Institute Of Technology, Goethe University Frankfurt Am Main, Universidad de París Sur y la Universidad de Grenoble.

Los beneficiados en esta segunda convocatoria provienen de las Universidades Nacional Mayor de San Marcos, Privada Cayetano Heredia, Nacional de Ingeniería, San Antonio Abad del Cuzco, Nacional Agraria La Molina, Pontificia Universidad Católica del Perú, Católica Santa María y la University Of North Carolina Wilmington.

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Chúpame una T

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Fui a pedir prestada una galga para cazar una liebre muy grande y con pelos que había visto, y la mujer del galguero me dijo:

-Chúpame una T…

Ante tal repuesta me fui a cazar mariposas, y en el ala de una dibujé un fragmento del panteón de Canovas, que quiero mandar al Museo de Miniaturas en Mijas, Málaga.

También, traigo dos mariposas monarcas, cuyas cabezas se me parecen las dos al busto de Pedro Ruiz de Minguijuán, un piadoso mercader amariconado casado con Julia, con busto de Helena de Troya, telefonista en el Archivo Municipal “Conde de Castilfalé” en Burgos, frente a la puerta catedralicia de la Coronería, e hija de lujuria de un ermitaño de san Agustín.

Voy acompañado de un caminante peregrino del Camino de Santiago, que come ahora, en un banco del Paseo del Espolón, su pan con morcilla de Moradillo de Aranda y huevo de codorniz, que él llama “Cojonuda”.

Vamos a la Catedral de Burgos, sitio obligado para cualquier caballero andante que come al olor de los santos y al sabor de los muertos. Nuestro primer deseo es visitar la capilla del Cristo de los Huevos. Al entrar en la Catedral, han volado las dos mariposas monarca hacia el Papamoscas, payaso autómata que a todas las horas en punto abre la boca al tiempo que mueve su brazo derecho para accionar el badajo de una campana, y todos los visitantes, al mirarle, abren su boca.

-Ay, el badajo, dice el peregrino.

Yo le pido que me hable sobre el Cristo de los Huevos. El me dice:

-Yo transcribo lo que dejó escrito el ermitaño de san Agustín, que me regaló el escrito a cambio de un palomino:

“El Cristo es de madera recubierta con piel de búfalo traída por un templario del tiempo de las Cruzadas. Tiene las barbas y el pelo nacientes en la misma tabla de madera. La cabeza se mueve como en alto relieve esperando una corona de honor, que no sea de espinas. Los brazos si se desclavan, caen como desfallecidos en un vencido de hoy. En sus manos hay unas uñas incrustadas en los dedos donde Quevedo escribió algunos versos picarescos, hoy borrados a propósito por el clero. Sus pies reposan en cinco huevos de avestruz traídos por el jansenista y teólogo escritor francés Pasquier Quesnel que hacía el Camino de Santiago, y a quien se le apareció un Querubín del primer coito angélico, en su camino francés, séptima etapa, Torres del Río-Logroño, quien les examinó para ver si estaban arreglados a la medida o proporción de los suyos, llorando al ver que no y entregándoselos no sin antes haberles fechado con el sello del rey y, en su contorno, la firma de un prelado, que se lee san de bas privat, teniendo general aceptación y primer lugar en la gracia y risotada del rey, que les daba vueltas de uno a otro en las manos para producir reflexión, retracción y descomposición de la fe.

Propiedad de un mercader, Prisciliano, natural de Galicia, agnóstico y maniqueo, les ató físicamente a los pies, por una promesa dada a su esposa, quien le ordenó donarles al Cristo, instándole y obligándole a que obrara con prontitud o, en caso contrario no alcanzaría la gracia del Sexo, cortándole ella a él los suyos y poniéndoles a los pies del Cristo.

El esposo marchó a escape, a la carrera, no olvidando la encomienda, colocándoles a los pies del Cristo. Volviendo a casa con alegría y contento, abrazó a su esposa, haciéndose dos en uno, hasta que él la levantó y la asió por el culo, y ella levantó el grito diciendo:

-Amado, ahora tienes dos huevos fuera, y un pájaro dentro; echándose de pechos al amor para besar y matar su sed.”

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El Alto de rodillas

Macario Coarite Quispe (Desde Bolivia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



El cielo ha caído;
Dios está llorando;
en El Alto, gimotea.

¡Llanto de Dios!
No me ahogues
en el estrecho sendero.
Por qué lapidas mí espíritu.
Por qué renunciaste a nosotros,
los de piel metal ¡Dios!

Mis dos esferas sensoriales
Comienzan a llover.
El Alto de rodillas,
El Alto lloriquea.
Yo de pie,
estoy lloviendo…

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Video: Marx y las Ciencias Sociales

Atilio Borón, Miguel Vedda, Néstor Kohan



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Inclán 3090

Ernesto Martinchuk (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Entre todos los misterios de la vida humana,
el grande, el cruel tormento de nuestra existencia proviene de que estamos
eternamente solos y todos nuestros esfuerzos, todos nuestros actos
tienden a huir de esa soledad en que vivimos.
Esa noche vi deslizarse armoniosamente dos sombras a lo largo de un andamio,
Cuyas negras siluetas, por momentos, se confundían en una sola.

Algunas veces, al pasar, oigo ruidos, voces, chamuyos,
Marcho a tientas hacia esos rumores confusos,
Pero jamás logro saber de donde parten.
Poblada de fantasmas, de sueños, de ilusiones,
Yo te arrastro esta noche a este paseo,
Donde desde hace algún tiempo sufro el abominable suplicio
De haber comprendido, haber descubierto a
“Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver,
No habrá más penas, ni olvido”
Hoy trazada por la mano de Luiz Zorz

Informes trozos de miles de azulejos, mayólicas y cerámicas
Dan forma, en una paleta multicromática,
a centenares de zorzales que revolotean
con estrellas del tango, guiadas por el zorzal mayor.
Manos de inocentes chicos, jóvenes y curtidos adultos
Dieron forma a cada forma única de estos emisarios de un pasado
Cada vez más presente
Tita, Azucena, Nely, Rosita, Ada, Mercedes, Libertad y Eladia
Arrojadas como bolas de fuego a través del espacio
De Inclán 3090, perdidas en lo infinito,
Están tan próximos unas de otros
Que forman parte de un todo,
como las moléculas de un cuerpo.

Una brisa fresca azota mi rostro y allá arriba
El frente ya cubierto, parece sembrado por un polvo de estrellas.
Y allá voy, sin nadie a mí alrededor, sin ningún ser viviente que me acompañe
Sólo esos eternos enamorados de la vida, tratan como nosotros, como todas las criaturas
Cualesquiera que sean los impulsos de sus corazones,
el grito de nuestros labios, el abrazo fraterno de nuestros cuerpos.

Por deseos y aspiraciones se ha logrado descender hasta lo más profundo del alma
Una palabra, un gesto, una figura, a veces nos sirven de revelación, mostrándonos,
como un relámpago en la noche, el negro abismo que separa las cosas.
Hay momentos en que siento, al mirar este mural, esa especie de luz
Que hace creer, durante un segundo, que podemos descubrir,
El divino secreto de la vida…

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Esos seres...tan conocidos

Elizabeth Oliver (Desde Canelones, Uruguay. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Hoy quiero hablar de unos seres, habitantes de nuestro planeta, de nuestro continente, y más específicamente de nuestro país, que conforman un grupo con puntos en común: condiciones, preferencias, aspiraciones, proyectos, ganas… No sé ni me importa qué porcentaje le asignen las estadísticas, lo que sí sé y me importa mucho, es que existen.

Me refiero a los jóvenes de ayer. A ese grupo al que hoy, a los puntos en común que los han unido siempre, añaden el aval de su experiencia. Jóvenes que estuvieron bien preparados para enfrentar al futuro -desconocido y temible enemigo- con armas que suponían suficientes para vencerlo. Felices jóvenes, dueños del orgullo de saberse aptos, que produce -ayer, hoy y siempre- una de las sensaciones más lindas que se puedan sentir.

Pero era entonces -así de temprano- que el futuro comenzaba a atacar. Lo hacía suavemente, sin intervenciones demasiado drásticas o frustrantes… ¡se presentaba como futuro mediato! Soslayadamente atacaba y ganaba sin que sus víctimas pudieran ofrecerle resistencia, porque se sabían carentes de la única arma capaz de vencerlo: la decisión exclusivamente propia. Sabían que sus metas estaban condicionadas a los demás… lo que era cosa asumida que no se podía discutir.

"Los demás" influían de formas diferentes. Tomaban las determinaciones que por supuesto les competían, omitían información, negaban autorizaciones, inculcaban -o imponían- cambios que supuestamente eran perfectos para sustituir los tontos ideales del referido grupo… En una palabra: comenzaban a diluir ilusiones tan tiernas como ajenas.

Pero los jóvenes de ayer no se amedrentaban por eso ni bajaban los brazos… sólo obedecían y optaban por alcanzar el objetivo que más se asemejara al que habían deseado, dentro de los que pudieran encontrar. Era así -por dar un ejemplo- que un liceal que estaba a punto de orientar su vocación, trataba de informarse sobre la carrera que reuniera la mayor parte de sus asignaturas favoritas, para estar en condiciones de elegir el Bachillerato adecuado. Y buscaba en el lugar indicado: entre sus profesores.

Entonces, si al alumno le gustaban las matemáticas, se le sugería hacer Preparatorios de Arquitectura o Ingeniería. Cabe aclarar que Ciencias Económicas quedaba excluida, por algún criterio no muy grato de aquellos docentes hacia los Contadores, a los cuales -a la hora de orientar- tildaban de "Tenedores de Libros que se pasan la vida encerrados haciendo Asientos"... ¡¡¡Valiente explicación para quien no estaba en condiciones de rebatirla!!!

Completado el aporte informativo por parte de sus educadores, el indeciso muchacho debía poner la elección de su futuro título en manos de la determinación familiar. Por ese lado, recibía una inesperada "dosis de ánimo" resumida en alguna frase tajante, como "¡Esa carrera es demasiado costosa!". A eso se le sumaba el riesgo de que no fueran culminadas, que pesaba más que cualquier optimismo juvenil sobre sus propias aptitudes para llegar al final. Y como broche de oro, no faltaba un "consejito práctico": "Hacé Medicina, ¡que enfermos va a haber siempre!".

Muchos de esos jóvenes de ayer, ante la cruda realidad actual que incluye a todas las edades, hoy se hacen dos preguntas:

Una: "¿Por qué no tendrá uno la experiencia que da la vida, en el momento que la precisa?" Para esa… no encuentran una respuesta valedera.

Otra: "¿Por qué me recibí de Médico si quería ser Arquitecto?" Ésta se la contestan enseguida… la experiencia que tienen ahora se los permite: "No me saqué el gusto... ¡de gil...! ¡Cualquiera de los dos diplomas me servía para trillar las calles manejando un taxi intentando hacer un mango…!

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Manifiesto de la libertad de conciencia

León Moraria (Desde Caracas, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



El 1º de enero es el Día Internacional del Ateísmo. Con tal motivo es importante destacar las luchas que las asociaciones o uniones de ateos libran en los países donde se han organizado.

La lucha permanente es por el conocimiento científico, por el laicismo y por la libertad de conciencia. Sin laicismo no puede haber libertad ni democracia. El Estado laico se caracteriza por la separación del Estado y las religiones. El Estado laico garantiza la libertad de conciencia. ¿Venezuela es Estado laico? En teoría sí, en la práctica ¡No!

En el Congreso Mundial de Librepensadores, reunido en Oslo el 10 de agosto del 2011, se discutió el Manifiesto de la libertad de conciencia y se creó la Asociación Internacional del Libre Pensamiento. Muchos países en sus constituciones proclaman el Estado laico. En Francia, el 9 de noviembre de 1905, la Ley proclamó la separación del Estado de las religiones. El 9 de diciembre de 1931, la II República española proclamó el Estado laico. La Constitución Nacional de Venezuela (1999), en el Artículo 59, de manera muy nimia e imprecisa declara el Estado laico, violado permanentemente por las autoridades nacionales, regionales y municipales. Para corroborar lo dicho, veamos cuales son los principios del libre pensamiento, cuya garantía es el Estado laico.

El “manifiesto de la libertad de conciencia”, lo define de la siguiente manera:

«El libre pensamiento es un método, es decir, una manera de conducir el pensamiento y luego las acciones en todos los ámbitos de la vida individual y social. No es una doctrina. Este método se caracteriza por el compromiso de buscar la Verdad de cualquier manera que sea y únicamente con los recursos naturales del espíritu humano y con las únicas luces de la razón y de la experiencia. No busca por tanto la afirmación de verdades particulares. El Libre Pensamiento se puede enfocar desde un punto teórico, en lo intelectual, o práctico en lo social. Una de las propiedades del Libre Pensamiento es facilitar una regla de vida tanto a los individuos como a las sociedades, sin apoyar opiniones especulativas que interesarían solamente al pensamiento individual. También propone a la sociedad organizarse por medio de las leyes de la razón.

«El primer deber de una sociedad que se inspira de este método es eliminar de todos los servicios públicos (administración, justicia, enseñanza, asistencia social y otros), todo aspecto confesional. Ello significa estar ajenos a la influencia religiosa, excluyendo rigurosamente todo dogmatismo implícito o explícito. El Laicismo integral del Estado es la aplicación del Libre Pensamiento en la vida colectiva de la sociedad. Exige la separación de las iglesias del Estado, sin que esto sea un reparto de poderes entre dos potencias, garantizando las opiniones religiosas con libertad pero a la vez negándoles todo derecho de intervención en los asuntos públicos.

«El Libre Pensamiento no puede cumplir su meta si no se propone realizar socialmente el ideal humano. Tiene que encaminarse, hacia la institución de un régimen político en el cual ningún ser humano podrá ser sacrificado o desatendido por la sociedad. En consecuencia nadie será excluido, directa o indirectamente, de la posibilidad de ejercer todos sus derechos y cumplir todos sus deberes de hombre. Luego, el Libre Pensamiento genera una ciencia, una moral y una ética sociales que, perfeccionándose por el mismo progreso de la conciencia pública constituirá un régimen de justicia. La justicia social es la base dada por la humanidad a su propio gobierno.

«En otros términos, el Libre Pensamiento es laico, democrático y social, es decir que, en nombre de la dignidad de la persona humana, no acepta el poder abusivo de la autoridad en materia religiosa, el privilegio en materia política y el capital en materia económica. La sociedad, basada en el libre pensamiento, debe rechazar a toda autoridad que pretenda imponer sus creencias basadas en revelaciones, milagros, tradiciones, infabilidad de un hombre o de un libro, que ordenen el sometimiento a dogmas o verdades a priori de una religión o de una filosofía.

«No pudiendo limitarse a una manifestación negativa respecto a los dogmas y a los credos, el Libre Pensamiento pide a los hombres un esfuerzo valioso para hacer efectivo sus ideales con medios humanos. Se rehúsa a dar a su concepción de ideal el carácter absoluto e inmutable que se atribuyen abusivamente las religiones. Cree en la ciencia y la conciencia humana que le obligan a moverse en lo relativo y a someterse a las leyes del progreso.

«Lejos de caer en la tentación de construir prematuramente un sistema definitivo, el Libre Pensamiento propone a la humanidad, buscar sin cesar la verdad en la ciencia, el bien en la moral y lo hermoso en el arte. También deberá estar dispuesta a informar del resultado de sus investigaciones, para complementarlas, corregirlas y modificar sus descubrimientos».

Sin Laicismo no puede haber libertad ni democracia. ¿Cómo formar el «hombre nuevo» sin libertad de conciencia?

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Muñeca bravita

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Frágil muñequita
sobreviviente
desde ella
hasta el interior de su cara
hay una larga
larga distancia.

Ella
nena muñequita
no entiende nada
pero sabe
que al llegar
a esa parte
interior de su cara
tiene un poder.

Y lo despliega
centellante
con fulgor
tintineante
porque todas
las miradas
hacen más corto
ese recorrido
hacia la parte
interior de su cara.

Espera confiada
pero algo desesperada
que la vejez
se rinda a sus poderes
y su belleza poderosa
tenga siempre el calor
el flamígero barniz
de las trepidantes miradas
apuntaladoras
de alguien que la adora.

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Fútbol color domingo

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



¿Sabe por qué el domingo es el día más bello de la semana? No, no señor, no es por el vuelo de las campanas, ni porque las muchachas, como Lucía y Susana, salgan a montar en bicicleta, ni siquiera por esa música que anda suelta por las calles. No. Es porque lo adornan los colores del fútbol. El domingo amanece más temprano, murmullo de pájaros, canción de hojas, lejanos voceadores de prensa… Se anuncia con olor a café caliente, con buenos días que suenan distinto, con voz reposada y sonriente. La luz matinal del domingo es otra, diríase más luminosa, y tiene que ser así porque es un día dedicado al sol, para honrarlo, para festejarlo.

Cuando el domingo avanza en la ciudad, hay voces de niños en las aceras y comienza a percibirse el rodar de la pelota, su rebotar-correr en el asfalto, y en algunas canchas ya hay pelados con uniformes, están vestidos de ilusión, de pasión. De ganas de jugar. Acarician el esférico, hacen piruetas, ríen, gritan. También hay, en baldíos y otras mangas, adultos, sí, señor, hombres viejos que no quieren dejar atrás su juventud y buscan en el balón sus años de antes. Son hombres-memoria que vuelven a ser niños ante el conjuro redondo. Es lindo mirarlos porque uno sabe que es domingo y que en ellos, en esos veteranos panzudos, rodillones, el fútbol es fraternidad, es recobrar el aliento perdido, es, incluso, el intento para transpirar alcoholes acumulados. La promesa de un infarto.

Uno pudiera decir que el domingo es un color. Sí, suena bien: color domingo, con el que se pintan las calles en las que ya están puestas las porterías. A veces, son dos piedras y el resto, imaginación. En otras, son de metal con redes de costal, y listo. Es una manera rápida, práctica, de construir un estadio. El domingo lo tienen puesto los que ahora están en el pavimento moviendo un balón. Oiga nomás sus gritos de alegría, la algarabía, observe que tienen la risa en todo el cuerpo, ya sudan, ya sienten la intensidad del “picadito”. Hay señoras en las ventanas, una que otra hace un gesto de fastidio. Las más, se resignan a ver como el domingo se derrama por su calle.

Qué curioso. El domingo huele a estadio. Y a algodón de azúcar. Pero, más que todo, a papel picado, a bandera recién desempacada, a camiseta. El atardecer tiene el color del fútbol, en los buses, en los viandantes, en las palabras del revendedor de boletos. La ciudad se pinta de rojo y azul, también de verde y blanco. Y el domingo entonces se arrellana porque él también quiere estar en las tribunas para hacerse querer de los espectadores. Todos saben que él es el obrador del milagro: el fútbol tiene el color del domingo.

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El abuelo

Mario Vargas Llosa



Cada vez que crujía una ramita, o croaba una rana, o vibraban los vidrios de la cocina que estaba al fondo de la huerta, el viejecito saltaba con agilidad de su asiento improvisado, que era una piedra chata, y espiaba ansiosamente entre el follaje. Pero el niño aún no aparecía. A través de las ventanas del comedor, abiertas a la pérgola, veía en cambio las luces de la araña, encendida hacía rato, y bajo ellas, sombras movedizas y esbeltas, que se deslizaban de un lado a otro con las cortinas, lentamente. Había sido corto de vista desde joven, de modo que eran inútiles sus esfuerzos por comprobar si ya cenaban, o si aquellas sombras inquietas provenían de los árboles más altos.

Regresó a su asiento y esperó. La noche pasada había llovido y la tierra y las flores despedían un agradable olor a humedad. Pero los insectos pululaban, y los manoteos desesperados de don Eulogio en torno del rostro, no conseguían evitarlos: a su barbilla trémula, a su frente, y hasta las cavidades de sus párpados llegaban cada momento lancetas invisibles a punzarle la carne. El entusiasmo y la excitación que mantuvieron su cuerpo dispuesto y febril durante el día habían decaído y sentía ahora cansancio y algo de tristeza. Tenía frío, le molestaba la oscuridad del vasto jardín y lo atormentaba la imagen, persistente, humillante, de alguien, quizá la cocinera o el mayordomo, que de pronto lo sorprendía en su escondrijo. “¿Qué hace usted en la huerta a estas horas, don Eulogio?” Y vendrían su hijo y su hija política, convencidos de que estaba loco. Sacudido por un temblor nervioso, volvió la cabeza y adivinó entre los bloques de crisantemos, de nardos y de rosales, el diminuto sendero que llegaba a la puerta falsa esquivando el palomar. Se tranquilizó apenas, al recordar haber comprobado tres veces que la puerta estaba junta, con el pestillo corrido, y que en unos segundos podía escurrirse hacia la calle sin ser visto.

“¿Si hubiera venido ya?”, pensó, intranquilo. Porque hubo un instante, a los pocos minutos de haber ingresado cautelosamente en su casa por la entrada casi olvidada de la huerta, en que perdió la noción del tiempo y permaneció como dormido. Sólo reaccionó cuando el objeto que ahora acariciaba sin saberlo, se desprendió de sus manos, y le golpeó el muslo. Pero era imposible. El niño no podía haber cruzado la huerta todavía, porque sus pasos asustados lo habrían despertado, o el pequeño, al distinguir a su abuelo, encogido y dormitando justamente al borde del sendero que debía conducirlo a la cocina, habría gritado.

Esta reflexión lo animó. El soplido del viento era menor, su cuerpo se adaptaba al ambiente, había dejado de temblar. Tentando los bolsillos de su saco, encontró el cuerpo duro y cilíndrico de la vela que compró esa tarde en el almacén de la esquina. Regocijado, el viejecito sonrió en la penumbra: rememoraba el gesto de sorpresa de la vendedora. Él permaneció muy serio, taconeando con elegancia, batiendo levemente y en círculo su largo bastón enchapado en metal, mientras la mujer pasaba bajo sus ojos cirios y velas de sebo de diversos tamaños. “Esta”, dijo él, con un ademán rápido que quería significar molestia por el quehacer desagradable que cumplía. La vendedora insistió en envolverla, pero don Eulogio se negó y abandonó la tienda con premura. El resto de la tarde estuvo en el Club, encerrado en el pequeño salón de rocambor donde nunca había nadie. Sin embargo, extremando las precauciones para evitar la solicitud de los mozos, echó llave a la puerta. Luego, cómodamente hundido en el confortable de insólito color escarlata, abrió el maletín que traía consigo, y extrajo el precioso paquete. La tenía envuelta en su hermosa bufanda de seda blanca, precisamente la que llevaba puesta la tarde del hallazgo.

A la hora más cenicienta del crepúsculo había tomado un taxi, indicando al chófer que circulara por las afueras de la ciudad: corría una deliciosa brisa tibia, y la visión entre grisácea y rojiza del cielo sería más enigmática en medio del campo. Mientras el automóvil flotaba con suavidad por el asfalto, los ojitos vivaces del anciano, única señal ágil en su rostro fláccido, descolgado en bolsas, iban deslizándose distraídamente sobre el borde del canal paralelo a la carretera, cuando de pronto, casi por intuición, le pareció distinguirla.

— “¡Deténgase!”— dijo, pero el chófer no le oyó—. “¡Deténgase! ¡Pare!” Cuando el auto se detuvo y en retroceso llegó al montículo de piedras, don Eulogio comprobó que se trataba, efectivamente, de una calavera. Teniéndola entre las manos, olvidó la brisa y el paisaje, y estudió minuciosamente, con creciente ansiedad, esa dura, terca y hostil forma impenetrable, despojada de carne y de piel, sin nariz, sin ojos, sin lengua. Era pequeña, y se sintió inclinado a creer que era de un niño. Estaba sucia, polvorienta, y hería su cráneo pelado una abertura del tamaño de una moneda, con los bordes astillados. El orificio de la nariz era un perfecto triángulo, separado de la boca por un puente delgado y menos amarillo que el mentón. Se entretuvo pasando un dedo por las cuencas vacías, cubriendo el cráneo con la mano en forma de bonete, o hundiendo su puño por la cavidad baja, hasta tenerlo apoyado en el interior: entonces, sacando un nudillo por el triángulo, y otro por la boca a manera de una larga e incisiva lengüeta, imprimía a su mano movimientos sucesivos, y se divertía enormemente imaginando que aquello estaba vivo.

Dos días la tuvo oculta en el cajón de la cómoda, abultando el maletín de cuero, envuelta cuidadosamente, sin revelar a nadie su hallazgo. La tarde siguiente a la del encuentro se mantuvo en su habitación, paseando nerviosamente entre los muebles opulentos y lujosos de sus antepasados. Casi no levantaba la cabeza: se diría que examinaba con devoción profunda los complicados dibujos, entre sangrientos y mágicos, del círculo central de la alfombra, pero ni siquiera los veía. Al principio, estuvo indeciso, preocupado: podrían ocurrir imprevistas complicaciones de familia, tal vez se reirían de él. Esta idea lo indignó y tuvo angustia y deseo de llorar. A partir de ese instante, el proyecto se apartó sólo una vez de su mente: fue cuando de pie ante la ventana, vio el palomar oscuro, lleno de agujeros, y recordó que en una época cercana aquella casita de madera con innumerables puertas no estaba vacía, sin vida, sino habitada por animalitos pardos y blancos que picoteaban con insistencia cruzando la madera de surcos y que a veces revoloteaban sobre los árboles y las flores de la huerta. Pensó con nostalgia en lo débiles y cariñosos que eran: confiadamente venían a posarse en su mano, donde siempre les llevaba algunos granos, y cuando hacía presión entornaban los ojos y los sacudía un débil y brevísimo temblor. Luego no pensó más en ello. Cuando el mayordomo vino a anunciarle que estaba lista la cena, ya lo tenía decidido. Esa noche durmió bien. A la mañana siguiente olvidó haber soñado que una perversa fila de grandes hormigas rojas invadía sorpresivamente el palomar y causaba desasosiego entre los animalitos, mientras él, en su ventana, miraba la escena con un catalejo.

Había imaginado que limpiar la calavera sería un acto sencillo y rápido, pero se equivocó. El polvo, lo que había creído que era polvo y tal vez era excremento por su aliento picante, se mantenía soldado a las paredes internas y brillaba como una lámina de metal en la parte posterior del cráneo. A medida que la seda blanca de la bufanda se cubría de lamparones grises, sin que disminuyera la capa de suciedad, iba creciendo la excitación de don Eulogio. En un momento, indignado, arrojó la calavera, pero antes de que ésta dejara de rodar, se había arrepentido y estaba fuera de su asiento, gateando por el suelo hasta alcanzarla y levantarla con precaución. Supuso entonces que la limpieza sería posible utilizando alguna sustancia grasienta. Por teléfono encargó a la cocina una lata de aceite y esperó en la puerta al mozo, a quien arrancó con violencia la lata de las manos, sin prestar atención a la mirada inquieta con que aquél intentó recorrer la habitación por sobre su hombro. Lleno de zozobra, empapó la bufanda en aceite y, al comienzo con suavidad, después acelerando el ritmo, raspó hasta exasperarse. Pronto comprobó entusiasmado que el remedio era eficaz: una tenue lluvia de polvo cayó a sus pies durante unos minutos, mientras él ni siquiera notaba que se humedecían sus dedos y el borde de los puños. De pronto, puesto en pie de un brinco, admiró la calavera que sostenía sobre su cabeza, limpia, resplandeciente, inmóvil, con unos puntitos como de sudor sobre la ondulante superficie de los pómulos. La envolvió de nuevo, amorosamente; cerró su maletín y salió del Club. El automóvil que ocupó en la puerta lo dejó a la espalda de su casa. Había anochecido. En la fría semioscuridad de la calle se detuvo un momento, temeroso de que la puerta estuviese clausurada. Enervado, estiró su brazo y dio un respingo de felicidad al notar que giraba la manija y la puerta cedía con un corto chirrido.

En ese momento escuchó voces en la pérgola. Estaba tan ensimismado, que incluso había olvidado el motivo de ese trajín febril. Las voces, el movimiento, fueron tan imprevistos que su corazón parecía el balón de oxígeno conectado a un moribundo. Su primer impulso fue agacharse, pero lo hizo con torpeza, resbaló de la piedra y se cayó de bruces. Sintió un dolor agudo en la frente y en la boca un sabor desagradable de tierra mojada, pero no hizo ningún esfuerzo por incorporarse y continuó allí, medio sepultado en las hierbas, respirando fatigosamente, temblando. En la caída había tenido tiempo de elevar la mano que conservaba la calavera, de modo que ésta se mantuvo en el aire, a escasos centímetros del suelo, todavía limpia.

La pérgola estaba a unos cincuenta metros de su escondite, y don Eulogio oía las voces como un delicado murmullo, sin distinguir lo que decían. Se incorporó trabajosamente. Espiando, vio entonces en medio del arco de los grandes manzanos cuyas raíces tocaban el zócalo del comedor, una silueta clara y esbelta y comprendió que era su hijo. Junto a él había otra, más nítida y pequeña, reclinada con cierto abandono. Era la mujer. Pestañeando, frotando sus ojos trató angus-tiosamente, pero en vano, de distinguir al niño. Entonces lo oyó reír: una risa cristalina de niño, espontánea, integral, que cruzaba el jardín como un animalito. No esperó más: extrajo la vela de su saco, a tientas juntó ramas, terrones y piedre-citas y trabajó rápidamente hasta asegurar la vela sobre la piedra y colocar a ésta, como un obstáculo, en el sendero. Luego, con extrema delicadeza para evitar que la vela perdiera el equilibrio, colocó encima la calavera. Presa de gran excitación, uniendo sus pestañas al macizo cuerpo aceitado, se alegró: la medida era justa; por el orificio del cráneo asomaba el puntito blanco de la vela, como un nardo. No pudo continuar observando. El padre había elevado la voz y aunque sus palabras eran todavía incomprensibles supo que se dirigía al niño. Hubo como un cambio de palabras entre las tres personas: la voz gruesa del padre, cada vez más enérgica; el rumor melodioso de la mujer, los cortos grititos destemplados del nieto. El ruido cesó de pronto. El silencio fue brevísimo: lo fulminó el nieto, chillando: “Pero conste: hoy acaba el castigo. Dijiste siete días y hoy se acaba. Mañana ya no voy.” Con las últimas palabras escuchó pasos precipitados.

¿Venía corriendo? Era el momento decisivo. Don Eulogio venció el ahogo que lo estrangulaba y concluyó su plan. El primer fósforo dio sólo un fugaz hilito azul. El segundo prendió bien. Quemándose las uñas, pero sin sentir dolor, lo mantuvo junto a la calavera, aún segundos después de que la vela estuviera encendida. Dudaba, porque lo que veía no era exactamente la imagen que supuso, cuando una llamarada sorpresiva creció entre sus manos con brusco crujido, como de un pisotón en la hojarasca, y entonces quedó la calavera iluminada del todo, echando fuego por las cuencas, por el cráneo, por la nariz y por la boca. “Se ha prendido toda”, exclamó maravillado. Había quedado inmóvil, repitiendo como un disco: “Fue el aceite, fue el aceite”, estupefacto, embrujado, ante la fascinante calavera enrollada por las llamas.

Justamente en ese instante escuchó el grito. Un grito salvaje, un alarido de animal recién atravesado por muchísimos venablos. El niño estaba delante de él, con las manos alargadas frente al cuerpo y los dedos crispados. Lívido, estremecido, tenía los ojos y la boca muy abiertos y estaba ahora mudo y rígido pero su garganta, independiente, hacía unos extraños ruidos, roncaba. “Me ha visto, me ha visto”, se decía don Eulogio, con pánico. Pero al mirarlo supo de inmediato que no lo había visto, que su nieto no podía ver otra cosa que aquel llameante rostro de huesos. Sus ojos estaban inmovilizados, con un terror profundo y eterno retratado en ellos, firmemente prendidos al fuego. Todo había sido simultáneo: la llamarada, el aullido espantoso, la visión de esa figura de pantalón corto súbitamente poseída de horror. Pensaba, entusiasmado, que los hechos habían sido más perfectos incluso que su plan, cuando sintió cerca voces y pasos que avanzaban y entonces, ya sin cuidarse del ruido, dio media vuelta y a saltos, apartándose del sendero, destrozando con sus pisadas los macizos de crisantemos y rosales que entreveía en la carrera a medida que lo alcanzaban los reflejos de la llama, cruzó el espacio que lo separaba de la puerta. La atravesó junto con el grito de la mujer, estruendoso también, pero menos puro que el de su nieto. No se detuvo, no volvió la cabeza. En la calle, un viento frío hendió su frente y sus escasos cabellos, pero no lo notó y siguió caminando despacio, rozando con el hombro el muro de la huerta, sonriendo satisfecho, respirando mejor y más tranquilo.

Mario Vargas Llosa (Arequipa, Perú, 1936) es uno de los escritores de lengua española vivo más conocido y prestigioso. A lo largo de su carrera como cuentista y novelista recibió numerosos premios, obteniendo el Nobel de Literatura en el 2010. Políticamente fue girando cada vez más hacia la derecha, siendo candidato presidencial en su país en el año 1990 por una coalición de centro-derecha, abrazando luego posiciones abiertamente conservadoras y retrógradas. Más allá de su visión derechista, su literatura es de vanguardia, siendo sin ningún lugar a dudas un maestro de indudable talla internacional.

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Vientos del pueblo me llevan

Miguel Hernández



Vientos del pueblo me llevan,
Vientos del pueblo me arrastran,
Me esparcen el corazón
Y me avientan la garganta.
Los bueyes doblan la frente,
Impotentemente mansa,
Delante de los castigos:
Los leones la levantan
Y al mismo tiempo castigan
Con su clamorosa zarpa.
No soy de un pueblo de bueyes
Que soy de un pueblo que embargan
Yacimiento de leones,
Desfiladeros de águilas
Y cordillera de toros
Con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
En los páramos de España.
¿Quién habló de echar un yugo
Sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
Jamás ni yugos ni trabas,
Ni quién el rayo detuvo
Prisionero en una jaula?
Asturianos de braveza,
Vascos de piedra blindada,
Valencianos de alegría
Y castellanos de alma,
Labrados como la tierra
Y airosos como las alas;
Andaluces de relámpago,
Nacidos entre guitarras
Y forjados en los yunques
Torrenciales de las lágrimas;
Extremeños de centeno,
Gallegos de lluvia y calma,
Catalanes de firmeza
Aragoneses de casta,
Murcianos de dinamita
Frutalmente propagada,
Leoneses, navarros, dueños
Del hambre, el sudor y el hacha,
Reyes de la minería,
Señores de la labranza,
Hambre que entre las raíces,
Como raíces gallardas,
Vais de la vida a la muerte,
Vais de la nada a la nada:
Yugos os quieren poner
Gente de la hierba mala,
Yugos que habéis de dejar
Rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
Está despuntando el alba.
Los bueyes mueren vestidos
De humildad y olor de cuadra:
Las águilas, los leones
Y los toros, de arrogancia,
Y detrás de ellos, el cielo
Ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
Tiene pequeña la cara,
La del animal varón
Toda la creación agranda.
Si me muero, que me muera
Con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
La boca contra la grama,
Tendré apretados los dientes
Y decidida la barba.
Cantando espero a la muerte,
Que hay ruiseñores que cantan
Encima de los fusiles
Y en medio de las batallas.

Miguel Hernández (1910-1942) es uno de los grandes poetas españoles y de la historia universal de las letras. Tomó parte activa en la Guerra Civil de España de parte de los republicanos, siendo detenido y condenado a muerte por el falangismo del dictador Francisco Franco. No llegó a ejecutarse esa pena, pues se le conmutó por 30 años de cárcel, que no llegó a cumplir dado que murió en prisión, joven aún, de tuberculosis. Su obra es un ejemplo de calidad poética y de compromiso ideológico.

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Y para terminar… “La Telesita”, chacarera santiagueña, clásico del folclore musical argentino

Canta Eduardo Ávila



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