martes, 24 de febrero de 2015

Un amor ejemplar

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Antonella muy ocasionalmente fumaba un cigarro de marihuana. En realidad, las pocas veces que lo hacía era para acompañar a su novio, Michele. Era él quien consumía más (y lo hacía ocasionalmente también; no era un adicto). Aquella noche tuvieron mala suerte.

Los escándalos de corrupción con la policía en Milán se habían transformado en un asunto de interés nacional. Era sabido que el cuerpo policial muchas veces miraba para otro lado cuando de drogas ilegales se trataba. Pero en este caso, dadas las circunstancias políticas en que había transcurrido todo, las cosas no podían quedar impunes. Por eso las denuncias le costaron el puesto al Jefe de Carabineros y al Ministro del Interior, quedando el Ministro de la Defensa en una situación sumamente delicada. De ahí el endurecimiento en sus acciones en los últimos días. Había que mostrar que “se estaba luchando denodadamente contra el tráfico de drogas ilegales”. Por eso el operativo donde, casi de casualidad, agarraron a Antonella y Michele.

Ella se desesperó, perdió el control. No se sentía adicta, ni siquiera consumidora, por eso la desequilibró tanto la detención. No le gustaba andar con marihuana por la calle, y lo que más le preocupó fue cómo podría influir esto en su reputación profesional. Trabajaba como psicóloga en un centro de salud de la ciudad, y muchos de sus pacientes eran justamente jóvenes adictos. Michele no pasaba de ser un ocasional usuario; los pocos gramos de marihuana que llevaba en un bolsillo del pantalón no lo transformaban en un narcotraficante. Pero para la coyuntura del caso, los Carabineros necesitaban detenciones, hechos fuertes, propaganda que les lavara la cara. Una pareja de 28 años cada uno pescada en un elegante bar de Milán junto a más de 20 jovencitos era un golpe mediático importante.

Antonella fue a parar a la cárcel San Vittore, en Milán. El muchacho fue llevado a otro centro fuera de la ciudad. Perdieron totalmente el contacto entre sí. Lo que se buscaba no era, en absoluto, golpear sobre las redes reales del narcotráfico. Eso se haría luego… si se podía. O según lo que se negociara. Ahora había que hacer algo grande que mostrara ante los medios una importante preocupación del gobierno por ocuparse del tema. Nuestra joven psicóloga sirvió como excusa.

Antonella, rubia y de hermosos ojos verdes, jamás había entrado a un centro de detención en su vida. Criada con cierta opulencia como hija de medianos empresarios de Milán, no tenía mayor idea de lo que eran los mundos marginales como el de las drogas, o mucho menos el del hampa. Su consumo de marihuana era bastante circunstancial, y si de más joven no había pasado a otras drogas más fuertes, menos aún lo haría ahora, ya toda una profesional y cursando un doctorado. A su novio lo quería, pero había cosas que no terminaba de digerir, como el hecho que, sin obligarla en concreto, la indujera a fumar. La relación se mantenía estable. No iba a romperse seguramente, pero tampoco había una pasión desbordante.

Llegar a una prisión en esas condiciones, sin un juicio previo –después supo que eso era una ilegalidad, pero ya era demasiado tarde– la conmocionó. Para ella eso constituía un inframundo, un universo que jamás imaginó que podía existir. Por sus estudios sabía lo que era la marginalidad, la población excluida. Vivirlo en carne propia era otra cosa.

“Bienvenida al infierno” fueron las primeras palabras que escuchó en la cárcel. Antonella jamás pensó que eso fuera también Italia. Criada como hija de una familia acomodada de una pujante ciudad, acostumbrada a viajar por Europa, dueña de una muy cuidada educación, para ella su país era una preciosura que atesoraba algunos de los más importantes monumentos artístico-culturales de la Humanidad. La marginalidad, la brutalidad de esas cosas que a veces se veían por televisión, la fealdad sin límites, todo eso no se lo podía imaginar. Era algo lejano, nebuloso. La gente no podía ser mala. O ¡tan mala!, como empezó a descubrir en el penal.

“Pero, ¿no se recuperan entonces? ¿No piensan que alguna vez pueden volver a ser ciudadanas de bien allá afuera?”, preguntó sin fingida ingenuidad a sus compañeras de celda. Por toda respuesta recibió tremendo puñetazo que le partió la ceja izquierda. Y además, una interminable andanada de risas burlonas.

La única persona que se acercó cuando estaba tendida en el suelo, sangrando y tiritando de miedo, fue la que parecía la jefa del grupo. En verdad: lo era. Una mujerona enorme, de 1.80 metro de altura y poderosa musculatura. Pese a lo monumental de su cuerpo, estaba perfectamente proporcionada. Era un cuerpo de bailarina clásica, por lo bien moldeado, en un empaque de jugadora de fútbol americano. Era negra como el carbón.

Lo primero que le llamó la atención a Antonella, lo primero y quizá lo más importante, fueron sus tremendos ojazos verdes, iguales a los suyos.

“Pero si somos de la misma familia, nena”, vociferó la mujerona sosteniendo a la frágil psicóloga por el cabello. La miró de arriba abajo, la escudriñó con atención, cada centímetro de su humanidad, cada detalle de su piel. Le acarició tiernamente el cuello, y con una sonrisa satánica en sus labios ordenó: “¡hay que violarla!”.

En un santiamén, quién sabe de dónde, aparecieron varios vibromasajeadores en la celda, así como un palo de escoba encerado. El grupo era numeroso, de por lo menos veinte mujeres. Muchas comenzaron a proferir palabras obscenas, atentatorias contra la dignidad de Antonella. De un par de empujones la desnudaron completamente, y cuando entre las que parecían más excitadas se disponían a comenzar la violación, la jefa negra volvió a gritar, esta vez con más fuerza y cara de pocos amigos: “¡déjenla! A esta me la como yo solita”.

Antonella no sabía si eso era mejor o peor; se salvó de la violación masiva, pero ahora estaba en manos de la que parecía la más criminal. Trató de serenarse, de no hacer más dramática la situación. Recordó aquello de “ante violación inminente, ¡relájate y goza!”. Le parecía un chiste de mal gusto eso…, pero quizá valía la pena tomárselo en serio ahora.

El grupo se retiró, y la negrona quedó sola con ella. Hacía calor, por lo que estaba vestida con una provocativa pantaloneta que dejaba ver la mitad de sus nalgas, mientras que sus prominentes pechos parecían querer salirse de su apretada camiseta. No llevaba ropa interior.

“Así que sos nuevita aquí, bella rubia de ojos verdes…”, pronunció con parsimonia, sacando un cigarrillo que prendió casi con desdén, ofreciéndolo otro a Antonella, quien aceptó.

“¿Cómo te llamás y por qué estás aquí?”, preguntó con una voz tan cortante que, en todo caso, parecía una orden perentoria.

“Me llamo Antonella, señora”, comenzó a articular su respuesta nuestra psicóloga, ante lo que la interrogadora soltó una estentórea risotada. “¡¿Señora?! ¡No me hagas reír, muchachita! Aquí no hay ninguna “señora”. Aquí somos todas asesinas, putas, ladronas, o esposas de asesinos y criminales. ¿Me entendés? ¡Aquí no hay señoras! Y mucho menos… ¡señoritas!”

Antonella quedó muda, aterrorizada, estupefacta. Todo la asustaba: el contexto, esa mujer con cara de asesina –así se le representaba a ella al menos–, las palabrotas a las que no estaba acostumbrada. Pensó que lo mejor sería hacerse pasar también por una igual. Adoptando su mejor cara de enojada, de criminal –pensó en el “criminal nato” de Lombroso… “¿cómo era la cara de asesino?”– contestó casi desafiante:

“¡Estoy aquí por narcotraficante!”

“¿Vos narcotraficante? ¡No te lo creo!”

Inmediatamente, dado que era tuteada, Antonella también pasó al tuteo para con su interrogadora.

“Te guste o no, ¡vas a tener que creerlo!”

La respuesta sorprendió a la jefa de oscura piel. En realidad, quedó sorprendida, golpeada.

“¿Y desde cuándo me tuteás, nenita?” Dicho eso, no encontró mejor respuesta que agarrar nuevamente a Antonella por el cabello con una mano, y sin soltar el cigarrillo que sostenía con la otra, le estampó un peliculesco beso en la boca.

Antonella respondió de un modo que le sorprendió a ella misma, pero más aún a su interlocutora: soltó el cigarrillo, y con las dos manos asió fuertemente a la negrona atrayéndola hacia sí, correspondiendo el beso con mayor ardor. Su lengua fue la que marcó el ritmo. Ambas se excitaron mucho, y la negra, desvistiéndose a empellones, dejó que la psicóloga le hiciera el amor con una fiereza que la asombró. De hecho tuvo un orgasmo como –según se lo confesó– hacía mucho no tenía. Se orinó encima.

“¡Dios mío! ¿Dónde aprendiste a hacer eso?”, preguntó luego, sudorosa, aún sin haber recuperado del todo el ritmo respiratorio.

“En la vida, nena… Me parece que vos no sabés con quién te estás metiendo”, dijo desafiante Antonella. “¡Dame otro cigarro!”, ordenó.

Paola –así se llamaba la negra mujerona– quedó impresionada. Antonella también. Quizá más aún que Paola. No sabía de dónde había sacado esas agallas; no sabía que le podía gustar una mujer –más que su novio, se decía mientras le hacía el amor con pasión desbordante– y mucho menos se imaginaba que podía darle una orden a una presidiaria con un pasado criminal que podía asustarla. Curiosamente, no sólo no la intimidaba esa mole que tenía delante suyo –ahora, en realidad, a sus pies, aun temblando de placer– sino que la miraba con superioridad. Y más aún: la excitaba. Sin saber por qué, con un tono imponente, le ordenó a Paola: “¡besame los pies!”. Paola lo hizo sin pestañar.

Como Paola tenía una importante cuota de poder dentro de la cárcel, incluso con las cuidadoras, consiguió que le dieran un cuartito privado para las dos, para ella y para Antonella. Cuando ésta se enteró, no supo cómo reaccionar. Se sintió algo ofendida, porque habían tomado una decisión por ella sin consultarla. Aunque también le gustó la situación: podría estar con alguien con quien, si bien había una sideral distancia social, se podía sentir muy bien. También Antonella había alcanzado un orgasmo que nunca había logrado con su novio.

Los padres de Michele y Antonella se movieron rápidamente cuando supieron del encarcelamiento de sus respectivos hijos. Gente bien ubicada en términos sociales, en forma rápida consiguieron que los jóvenes salieran en libertad. En el caso de Michele –su padre tenía importantes conexiones políticas– hasta incluso hubo un pedido de disculpas por escrito de parte de un Ministerio. Por su lado, Antonella también fue puesta en libertad rápidamente. Pero curiosamente, la joven psicóloga no quería irse de la prisión. Se había enamorado de Paola. Fueron necesarios los ruegos angustiantes de su madre –que no entendía qué podía estar pasando– para que, finalmente, la psicóloga aceptara salir en libertad.

Ese hecho a sus padres se les perfiló como trágico. No era posible entender el porqué profundo de una decisión tan “descabellada” como la que ahora estaba tomando Antonella. “Tanto trabajar con loquitos que ella misma se volvió loca”, fue la rápida conclusión de su padre. “¿O se habrá hecho delincuente?”, razonó angustiada su madre.

Para sorpresa de ambos, y también de sus futuros suegros, la rubia psicóloga no se interesó en lo más mínimo por su novio. Cuando le dijeron que ya estaba todo listo para que Michele abandonara la prisión –un día y medio después que ella–, no se le movió un pelo. No preguntó detalles al respecto, no se interesó por cómo estaba el muchacho. Al contrario: el más sepulcral silencio la invadió.

Para sorpresa de Michele luego, no quiso recibir su llamada telefónica. Cuando éste se abalanzó sobre su casa para saludarla, armado de un monumental ramo de rosas rojas, Antonella mostró una frialdad que sorprendió. Nadie entendía qué le estaba pasando.

Las cosas no volvieron a ser iguales, en absoluto. Nadie dejaba de percibir el cambio. Para el joven todo esto comenzó a tener ribetes siniestros. Vinieron entonces las especulaciones: ¿qué le habría sucedido a Antonella? ¿Estaba drogada? ¿Qué le habían hecho en la cárcel? No faltó quien hablara de brujería.

Ella pidió unos días de permiso en su trabajo, un par de semanas. Dadas las circunstancias, eso no llamó la atención en lo más mínimo. Al contrario: hasta parecía lo más atinado, para tomar distancia de la tragedia vivida. Claro que… nunca contó a nadie el apasionamiento para con Paola. Eso, para ella, más que tragedia, había sido el episodio más fabuloso de su vida. Pero no podía contárselo a nadie. Y a su novio, quizá menos que a nadie. ¿Cómo confesarle que se había enamorado de una mujer con la que tenía los mejores orgasmos del mundo? Y más aún: ¿cómo hacerle saber que era un amor infinitamente más grande que el que sentía por él? A lo que habría que agregar todavía –pues un joven de clase media alta, racista y homofóbico como todos los de su sector jamás podría entender, mucho menos aceptar– el hecho que Paola era una delincuente… ¡y negra!

Prefirió mostrarse ida, trastornada si se quiere, como efecto del “trauma” vivido. Esa lejanía para con todos, incluido Michele, podía entenderse y justificarse. Nadie osaría molestarla en su dolor; había que esperar que se “reestableciera”.

Pero el proyecto de Antonella iba muy por otro lado.

A escondidas de todos se había comunicado por teléfono con Paola varias veces. Ella seguía en la misma prisión, y ahí seguiría, en principio por varios años más (su condena era por robo agravado y lesiones graves). En realidad, lo que siguió fue una decisión absolutamente de la rubia psicóloga. A todos sorprendió, y quizá más que nadie a la misma Paola.

Averiguó hasta el más mínimo detalle; lo consultó con un par de amigos abogados, lo buscó en internet. Se asesoró como lo haría el mejor planificador antes de lanzar una ofensiva vital en la guerra. Cuatro días después de haber salido de la prisión, en un acto que dejó estupefactos a todos, robó el arma reglamentaria de un policía en plena calle de Milán, en hora pico y con infinidad de testigos, y le disparó en una pierna, entregándose luego. Eso alcanzaría para que la detuvieran, la juzgaran y la condenaran con no menos de cinco años de prisión.

Efectivamente, así sucedió. Ambas mujeres volvieron a encontrarse en el penal de San Vittore. Paola casi muere de emoción ante la sorpresa. Nunca jamás se hubiera esperado algo así. Antonella, aún sin proponérselo, la dominaba bastante sádicamente. Es curioso ver a tamaña mujerona arrodillada ante la etérea psicóloga, a veces llorando, pidiendo perdón y soportando las más increíbles humillaciones sexuales (que, por lo que se ve, pueden resultarle tremendamente placenteras a ambas).

Aunque pueda parecer algo bizarro, ahora están haciendo planes para el momento de su salida. Tienen en mente adoptar un niño, probablemente africano.

Tomado de su libro “Cuentos filosóficos. O El lupanar de París”. Guatemala, 2015.

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La Candelaria en Puno y el carnaval de Oruro

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En Perú y Bolivia, sus milenarias culturas quechua y aymara viven un continuo proceso de fusión, enriquecido por el evangelio traído de ultramar como parte de la colonización española de América en el siglo XV.



Corresponde a las autoridades de ambos países tomar en cuenta que los cultos a las divinidades primigenias como el sol, la luna, el agua, se sumaron a las divinidades del cristianismo de ultramar, según profusas investigaciones como la de Guaman Poma de Ayala.

La Fiesta de la Virgen de la Candelaria ha sido declarada este 2015 por la Unesco patrimonio de la humanidad. Esta festividad, en febrero de cada año, no solo es religiosa, mezcla elementos del catolicismo con el mundo andino y no puede entenderse como patrimonio exclusivo de Puno.

La procesión de la imagen de la Virgen de la Candelaria, que recorre las calles de la ciudad de Puno, constituye uno de los actos más simbólicos del programa festivo, al ser acompañado, especialmente, por quienes retornan a su terruño para participar en esta festividad.

Recientes publicaciones como la de Juan Ossio sobre Ideología mesiánica del mundo andino y “El Tahuantinsuyo Bíblico, indican, por ejemplo, que la figura mítica del Inca se hace presente una y otra vez en la historia aunque con diversos nombres y rostros:

En el movimiento nativista del Taki Onqoy del siglo XVI que anunciaba la “resurrección” de los antiguos dioses incas (huacas). En la teología política imperial del cronista indígena Guaman Poma de Ayala (siglo XVII). En las rebeliones de Juan Santos Atahualpa y Tupac Amaru (siglo XVIII). En los ciclos míticos republicanos del Inca Rey (Inkarri), quien pese haber sido “decapitado” por los españoles, retornaría triunfante tras reunir su cabeza con su cuerpo.

Uno de los más recientes eslabones de esa tradición mesiánica andina es considerado el movimiento de Ezequiel Ataucusi, en siglo XX.



Dentro de la tradición apocalíptica medieval, también se menciona los “retratos anticipados” de San Francisco de Asís y de Santo Domingo de Guzmán que Joaquín de Fiore mandó colocar en la puerta de la Catedral de Venecia, para que estos reformadores del mundo cristiano fuesen rápidamente identificados.

La inscripción de la Candelaria como valor de Patrimonio Cultural e Inmaterial, significa el sincretismo cultural en Latinoamérica. La condecoración es un fruto de una gestión en la que han participado instituciones públicas y privadas de Puno, en atención a las expectativas de la comunidad y que expresan su identidad cultural y social.

La Fiesta de la Candelaria podrá convertirse en un referente más amplio con claros beneficios para el turismo y el desarrollo de otras actividades económicas en tanto Puno sea un punto de inclusión de toda la Región del Altiplano.

En este proceso del regionalismo cultural no cabe “el plagio sistemático” que aduce la Organización Boliviana de Defensa y Difusión del Folclore (Obdefo). Ni tampoco Puno podría afirmar que la Festividad de La Candelaria es excluyente para Bolivia, en el mejor sentido del término.

Acertada la opinión del presidente regional de Puno, Mauricio Rodríguez, cuando dice que no hay por qué pelear entre pueblos hermanos, porque las manifestaciones en base a las cuales se sustentó la postulación, son de las culturas quechuas y aimaras. “Somos pueblos hermanos. Los quechuas y aimaras estamos en todas partes”.

La historia escrita precisa que los orígenes de la Fiesta de la Candelaria se remonta a 1791, año en que el templo San Juan Bautista de Puno recibió a esta imagen católica, luego de la revolución tupacamarista.



Al compás de la música orquestada con múltiples instrumentos de viento y percusión, de procedencia pre-inca y republicana, el pueblo danza. Los danzantes autóctonos expresan un culto al florecimiento de sus cultivos porque la imagen de la Virgen es una representación de la Pachamama.

En suma, quienes conducen la política internacional de ambos países no pueden utilizar las manifestaciones culturales, como el de la patrona de Puno, como un valor cultural excluyente, que sin duda no es intención de la Unesco al precisar que la festividad de la Virgen de la Candelaria es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Mal harían las autoridades bolivianas de sostener que la Fiesta de Oruro, es pura, cerrada y exclusiva de esa importante región del Altiplano. El carnaval de Oruro es reconocido como Capital del Folklore de Bolivia. La UNESCO declaró al Carnaval de Oruro en el 2001 como la “Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad”, que incluye una variedad de danzas como la diablada, morenada, kullaguada, los caporales y llameros entre otros.

La diablada es una de las danzas más representativas, mezcla de tradiciones andinas y católicas, que presenta vistosos disfraces y máscaras de diablos tanto para los hombres como para las mujeres, que liderados por el arcángel Gabriel, simbolizan con sus pasos y saltos la salida desde el averno rumbo al juicio.

La Morenada, se origina a orillas del Lago Titicaca y que hace referencia al sufrimiento de los indígenas esclavizados en la Mita durante el periodo de la colonia.

Está presente en la memoria de los pobladores del Altiplano los esfuerzos de Bolivia para promover la música. Fue un acierto la participación de la Sinfónica de Londres en la década de los ochenta, con la grabación de la música del Altiplano, iniciativa que contribuyó a un mayor conocimiento y admiración de la música en el mundo, como expresión de Latinoamérica.

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Crítica literaria: Aquella bohemia existencialista (Una mirada a la novela “En el café de la juventud perdida”)

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Un café de barrio, donde en un tiempo se reunían poetas, aspirantes a escritor, bohemios y otra suerte de vagos y angustiados existenciales, se convierte en una marroquinería. Las ciudades cambian, a veces borran toda huella de pasado, a veces son refugio de fantasmas y recuerdos nebulosos. Pero en medio de las transformaciones urbanas, permanecen algunas memorias, que luchan por sobrevivir ante el torrente de novedades, ante un presente que parece nuevo, pero, que en muchos casos, es la expresión del Eterno Retorno.

La mayoría de habitués del parisino café Le Condé eran jóvenes entre los diecinueve y veinticinco años, aunque había uno que otro veterano. Una logia disímil, unida por mesas y conversaciones, por el hambre de ser alguien, por las ganas de compartir una copa. Quizá por la alegría “loca y gris” de un tiempo sin tiempo, que es el de la juventud. Tal vez Patrick Modiano, autor de En el café de la juventud perdida, se pudo haber preguntado cómo afectó la presencia de una muchacha, misteriosa, atractiva, sombría, la vida cotidiana de un cafetín, pero, más que ello, el deseo y la visión del mundo de algunos parroquianos.

La novela, a varias voces, con narradores en primera persona, nos va descubriendo, casi que a cuenta gotas, un mundo subterráneo de sentimientos y apreciaciones sobre Louki, una muchacha que un día apareció en el café, se volvió cotidiana, al principio no hablaba con nadie, pero luego se torna fundamental para la concurrencia y parece impregnar el ambiente con su perfume indefinible. Y con su presencia. Con técnicas propias de la novela policíaca, Modiano reconstruye un mundo perdido, de jóvenes de los sesenta, y de un París espectral, en el que, unidos ambos entornos, crece la figura de una muchacha sin aparentes raíces, con una madre que trabaja en el Moulin Rouge, y que cambia, para bien o para mal, la vida de varios de los personajes de la novela. Y de otros que no están conectados directamente con Le Condé.

En la obra aparecen seres extraños, como Bowing, que se pasó varios años apuntando en una libreta los nombres de los clientes del café, a medida que iban llegando, y la fecha y la hora. Para él, en la vorágine de las grandes ciudades (en el maelstrom), era clave encontrar puntos fijos, quizá como un modo de atrapamiento de la memoria, una lucha contra la fugacidad. En Le Condé, todos leen. Unos tienen Los cantos de Maldoror; otros, las Iluminaciones, y alguno, Las barricadas misteriosas. La muchacha que es el centro del relato novelesco lee Horizontes perdidos, del inglés James Hilton, sobre la llegada de un grupo de extranjeros al utópico monasterio tibetano de Shangri-La.

Otro personaje, Roland, quiere escribir sobre las zonas neutras, que tienen la ventaja de ser solo un punto de partida “y antes o después nos vamos de ellas”. La novela es una especie de rompecabezas, con piezas que van encajando con lentitud y precisión, hasta llegar un final desconcertante, aunque de algún modo previsible. Se suceden pensiones, calles y callejones, otros cafetines, estaciones del metro, cuartos, y todo para crear una atmósfera fantasmagórica, en la que el espectro de Jacqueline, más conocida como Louki, una mujer que a los quince años “aparentaba diecinueve. E incluso veinte”, que da mucho que hacer a su madre, que abandona a su marido y se vuelve imprescindible en la vida de otros hombres, que después van a sentir el vacío que ella les deja en su existencia, en una pieza de hotel, en un vagón de metro, o en una reunión poética. La figura de Jacqueline lo llena todo.

En el café de la juventud perdida, el lector se topa con una librería que abre de madrugada, con una chaqueta príncipe de Gales, con un libro de Nietzsche, con un perro que se mete a un iglesia, con un detective privado que deja a su cliente sin saber qué pasó y con la nostalgia de un tiempo que ya no es. Se puede encontrar, también, con el deseo imposible de que el tiempo se detenga en un mediodía, en el corazón del verano. Y con el desamparo sentido cuando se sabe de seres y cosas que ya no están.

Modiano, como en otras de sus novelas, integra otra vez París a las categorías de identidad y memoria, tan caras en sus ficciones. Es la ciudad de sus invenciones y desasosiegos. Una ciudad que hace suya, a su manera, con panaderías que no cierran de noche, con calles y esquinas que tienen su propio espíritu y sentir. Y con personajes que en muchas ocasiones lindan con lo fantasmal. La novela, que bien pudo titularse Louki, transita por un tiempo que a veces da la impresión de detenerse. O de estar volviendo. Una obra breve, intensa y con caminos de sombra, que en algún momento interrumpe la “luz cruda de una lámpara”.

Al finalizar su lectura, no sobra ir al tornamesa y poner el tango Volver. Puede ser una adecuada banda musical para esta novela de Modiano. Y no me pregunten por qué.

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Siestas de verano

Eliza Oliver (Desde Canelones, Uruguay. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



A Marito no le gustaba dormir la siesta; aunque lo obligaran, no dormía. Despierto en su pieza casi en penumbra, se acercaba al pequeño hoyo en el postigo que anulaba la ventana y rescataba un pedacito de vereda. No era mucho entretenimiento, sólo unas cuantas baldosas grises que, abrasadas por el intenso sol de verano, a esa hora nadie pisaba.

Tenía nueve años, era el más chico de los gurises de su pandilla y todavía no lo dejaban ir con ellos a la playa, donde seguro estarían ahora, jugando a la pelota y bañándose hasta el atardecer, orgullosos de haber superado la edad de las siestas veraniegas.

Más tarde lo llamarían a tomar la leche y después sí, podría salir y jugar con sus amigos en esa misma vereda que ahora lo atormentaba. Cuando el resplandor de afuera le hacía arder la vista, cambiaba de posición acercando el otro ojo al minúsculo huequito. Cansado y aburrido por el esfuerzo inútil de querer ver algo que nunca ocurría, a veces se adormecía unos minutos y al notarlo, volvía empecinadamente a la hendija como un vigilante obsesionado.

Los días de lluvia eran más divertidos, el golpetear de las gotas le sonaba a música y hasta podía ver bailotear alguna hoja seca en el charquito que se formaba en una baldosa hundida justo frente a su menudo mirador. Duraban poco las lluvias de verano y aprovechaba el momento, hasta que el sol arrasara de nuevo evaporando su improvisado juego.

Pero esa tarde, cuando empezó a disiparse el vapor de la vereda, mientras la hojita, seca otra vez, retomaba su camino, vio brillar algo sobre la baldosa hundida. Sopló por la ranura, como queriendo hacer desaparecer más rápido el vapor, se restregó los ojos y le pidió al sol que picara fuerte... Tenía que asegurarse si lo que estaba viendo... era una moneda.

El brillo lo encandiló. Parecía una moneda de las grandes, de diez pesos... Estaba tan cerca, pero no podía salir a recogerla hasta que terminara la siesta. ¿Y si pasaba alguien y se la llevaba? Marito se estremeció. Tenía que hacer algo para no perderla, podría comprar con ella el maní con chocolate que tanto le gustaba, esconder la cajita en su cuarto y comer un poco en cada siesta sin que su madre se enterara y lo rezongara porque "las golosinas no se comen entre horas".

Cuando lo llamaron, tomó la leche de un sorbo y corrió hacia la puerta, ya estaba en tiempo de salir a jugar. Un trueno estrepitoso hizo cimbrar los vidrios y la madre lo detuvo: "Se largó a llover a cántaros otra vez, Marito, hoy vas a tener que jugar adentro"... No hubo forma de convencerla. No le sirvió ni el argumento de que en época de clases tenía que ir a la escuela ataviado con botas y capa aunque lloviera. "A jugar adentro, dije", y la expresión de su madre lo hizo desistir.

Volvió a su cuarto, pero no a jugar. Abrió el postigo y se quedó frente a la ventana, cuidando la moneda, aun sabiendo que si alguien la tomaba no podría evitarlo. Por suerte, el aguacero sacudía la superficie del charco impidiendo ver el fondo. Él sabía que estaba ahí y que no la vería nadie más: seguía siendo suya.

Ya era muy de noche cuando cesó la tormenta y amainó la lluvia. Se fue a dormir decidido a madrugar para correr a la calle antes que nadie le quitara aquel trofeo, aquel premio por sus obligatorias siestas desveladas. Soñó que los coquitos verdes de los paraísos de toda la cuadra eran de maní con chocolate...

Amaneció. Antes que nadie despertara en la casa, Marito estaba vestido. Salió del cuarto en puntas de pie, abrió la puerta con cuidado y de un salto estuvo frente a la baldosa que albergaba su tesoro. Todavía no le daba el sol, y sin embargo, brillaba.

Le brotaron las lágrimas antes de recoger... el pequeño espejito circular que, seguramente, se había desprendido de la pandereta de Jorge, el integrante de la banda caribeña que vivía en la casa de al lado.

Lo tomó, tocó el timbre de su vecino, se lo entregó sin decir nada y volvió a su casa sin que nadie advirtiera su salida temprana. Enojado con la grieta tramposa, por unas cuantas siestas no se le volvió a acercar.

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El acompañante terapéutico

Jesús María Dapena Botero (Desde Villagarcía de Arousa, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La primera vez que oí hablar del acompañante terapéutico en Medellín, Colombia, fue a mi supervisor psicoanalítico, Juan Nieva, psicoanalista argentino, con quien miraba el caso de un esquizofrénico hebefrénico, en un momento, en el que motivado por la lectura de Los estados psicóticos del gran clínico inglés Herbert Rosenfeld, me interesé por investigar las posibilidades de un tratamiento psicoanalítico para los esquizofrénicos crónicos.

El supervisor me dijo que lo ideal era que el acompañante fuera un estudiante de psicología, que estuviera en análisis personal, lo que resultaría benéfico para ambos, para el paciente, quien se beneficiaría de ese tipo de ayuda y para el estudiante, quien tendría una experiencia clínica diferente y novedosa para el medio.

Comenté la situación al psiquiatra jefe del departamento, un hombre, para mi gusto, bastante mediocre y no quiso autorizarme para la nueva aventura que proponía y el asunto quedó así entre el tintero; por lo que para que el paciente tuviera lazo social y entrara en un proceso de rehabilitación, hubo que hospitalizarse durante un año en hospital de día, en unos talleres con materiales bastante precarios, para desarrollar cualquier trabajo digno, muy diferente a la magnífica Unidad de Día, que tenemos en el Servicio de Prevención Asistencial a las Drogodependencias, aquí en Vilagarcía de Arousa, en la provincia gallega de Pontevedra, donde yo trabajo, en un amplio e iluminado salón, donde los pacientes cuentan con la dirección terapéutica de dos maestras especializadas, un verdadero artista de la cerámica, varios ordenadores, donde se hacen bellísimos objetos.

Aquí, en España, recién llegado me apunté al voluntariado de Vigo, en Galicia y un día me llegó una invitación a practicar el acompañamiento terapéutico, con un grupo coordinado por una entusiasta mujer, quien quería luchar por un mejor tratamiento para los pacientes psiquiátricos, a quienes sentía que muchas veces quedaban bastante abandonados, inmersos en una infinita soledad, una vez eran dados de alta.

https://www.youtube.com/watch?v=JfqPsXHcfnM

Dado mis horarios de trabajo, no me podía dedicar a hacer el acompañamiento de un paciente; pero, dado mi conocimiento teórico sobre el asunto, me resultaba que ahora como médico y psicoanalista, podía servirles de supervisor en su práctica y se llevaron a cabo varios acompañamientos con una persona con una discapacidad cognitiva, que debía permanecer en Vigo durante un tiempo, mientras su familia vivía en otra ciudad y fue un caso bastante satisfactorio hasta el momento, en el que ya el paciente pudo viajar a reunirse con su familia, otro caso bastante bueno, fue el de una señora depresiva, con grandes conflictos familiares, en la que la acompañante, una trabajadora social, pudo incidir incluso en la conflictiva familiar, que generaba y reforzaba la patología de una mujer en la cincuentena.

Pero la poca oferta de nuevos posibles acompañantes y la poca demanda por parte de los pacientes, hizo que en el grupo cundiera el desánimo, que traté de manejar en el grupo operativo, pero éste terminó, lamentablemente por deshacerse, lo que no me ha impedido seguir teniendo interés teórico por el tema, que para mí, continúa siendo un interesante contenido para la reflexión, porque considero que es un instrumento útil, pero que puede ser muy resistido, por falta de información a la comunidad de su utilidad y por los dilemas, que puede generar, que no se resolverán mientras no devengan problemas.

Y pienso que es preciso abordar como un problema, con grandes enigmas por resolver, ya que puede ser un instrumento muy útil en la clínica cotidiana, en la actualidad, siempre teniendo en cuenta sus límites, sus obstáculos, en el abordaje de pacientes con perturbaciones psíquicas severas o en situaciones críticas, una herramienta de trabajo que puede, a su vez, ampliar las perspectivas del tratamiento psiquiátrico, psicológico o psicoanalítico, al hacer uso del acompañamiento como un dispositivo para un tratamiento posible, que ha de tener en cuenta el ambiente socio-familiar del paciente, más allá del consultorio y de la asistencia institucional, para el cual no basta la aplicación de ciertos tecnicismos, fundamental en las propuestas de desmanicomialización y ayudar al establecimiento de un lazo social, la prevención de la cronificación y de un deterioro mayor de los pacientes, en la medida que evita la segregación del “loco” en la sociedad contemporánea, con toda una lucha contra la estigmatización del sujeto.

Recuerdo, que cuando trabajaba en una entidad estatal colombiana, me partía el alma, un joven de unos treinta y cinco años, nacido en otra ciudad colombiana, diferente al área metropolitana medellinense, quien había emigrado con sus padres a nuestra; sin embargo los padres murieron poco tiempo después de haber llegado a la capital antioqueña y le dejaron de herencia a su hijo esquizofrénico, un pequeño apartamento, donde el hombre pasaba solo todo el día, con un contacto humano que se restringía a ir al barbero para cortarse el pelo, hacer la compra, o cuando, urgido por sus necesidades sexuales se iba en busca, muy de vez en vez, de los servicios de una prostituta, con la que no se relacionaba y lo cual terminaba siendo una masturbación acompañada por un cuerpo femenino. De resto, volvía a su apartamento, donde alucinaba, que entraban personas, quizás más como una realización alucinatoria del deseo, dado su mínimo contacto humano, porque aquellas alucinaciones no le eran aterrorizantes y, más bien, bienvenidas eran.

Luego otro contacto humano significativo era cuando iba donde mí, supuestamente para que le aplicara el antipsicótico de depósito, que se le aplicaba cada tres meses, ya que no tenía derecho más que a cuatro sesiones al año, si no había una descompensación, que obligara a hospitalizarlo; pero, que yo procuraba que le diera algo más que el aceite inyectado en el glúteo, por la enfermera, e interesarme por él, con un nombre propio, para que habláramos un poquito tan siquiera de sus cosas, asunto que el paciente agradecía, porque me sentía distinto a los maquinales psiquiatras, que lo atendían antes, que le estiraban la fórmula, desde el escritorio, sin siquiera permitirle entrar al consultorio o que hablaban por el móvil, sobre negocios particulares, mientras estaban con el paciente.

No había en la institución, ningún otro dispositivo, que ofrecerle del tipo de una Unidad de Día, de una psicoterapia grupal, con una frecuencia importante, porque la institución misma andaba en un estado de desmantelamiento, por culpa de la privatización de la medicina, que imponía la Ley 100, impulsada por el ex presidente Álvaro Uribe Vélez, que pienso que fue un desastre para la salud en Colombia, pero no para las arcas de los intermediarios en el negocio de la Salud, pues pareciera ser que una de esas Empresas Prestadoras de Servicio colombianas, cometió el desfalco al país, más grande de toda la historia de la patria.

De pronto, a pesar de haber participado en la búsqueda de una reforma psiquiátrica, en nuestro país, del tipo de la propuesta por los Basaglia, en Italia, hasta llegué añorar el manicomio, para este hombre, no como lugar de opresión a la sinrazón por la Razón, como lo planteara Foucault, en su Historia de la locura en la época clásica, sino en el sentido de un medio terapéutico, como se da en la comunidades terapéuticas, que al menos lo liberara de la soledad fáctica de su vida cotidiana, en un piso que llenaba de fantasmas, a pesar de la medicación antipsicótica típica.



El recurso del acompañante terapéutico, que aún a finales de la década de 1970, no había oído nunca mencionar en Colombia, sino hasta que llegara este profesor argentino, al que aludí al principio, ya tenía, por lo menos, diez años de haber surgido en el mundo, a raíz de los interesantes movimientos político-sociales, que se dieron en aquella época, con los antipsiquiatras ingleses e italinos, los Laing, los Cooper, los Basaglia y psicoanalistas sin diván como Paul-Claude Racamier, entre otros, quienes se propusieron tumbar las tapias del manicomio, para curar la vida, como bien nos lo demostrara Roger Gentis.

Este dispositivo puede ser muy útil en el sistema de Salud Mental, en la Educación Especial, en los trastornos del desarrollo intelectual, trastornos deficitarios o en psicogeriatría.

El acompañante terapéutico siempre ha de estar en permanente diálogo con los psicólogos, psiquiatras y psicoanalistas tratantes, como recursos clínicos y comunitarios, para llevar a cabo los posibles tratamientos y ojalá fuesen incluidos en el Sistema de Salud, para dar continuidad a los proyectos terapéuticos y lograr abordajes interdisciplinarios.

La labor del acompañante terapéutico tendría un encuadre particular, cuando está indicada su intervención, la cual tiene una situación específica, siempre con el debido cuidado del paciente y sus circunstancias, de su entorno familiar.

El terapeuta acompañante en un equipo de trabajo, debe hacer una labor coordinada con los otros miembros de ese grupo de trabajo, con la debida supervisión de los casos, en un trabajo integrado y cohesivo, para nada fusional, de tal forma que haya unas tácticas, unas estrategias y unas metas políticas, como objetivos finales, que determinen los límites del acompañamiento terapéutico, que responda a una demanda desde la conceptualización psicoanalíticas, de tal forma que el terapeuta acompañante, también aprenda a escuchar con un tercer oído, como diría Theodor Reik.

En la relación con el paciente, el acompañante terapéutico con una orientación psicoanalítica ha de tener en cuenta que los sujetos no sólo somos el producto de un momento histórico y social, sino de una historia individual y única, que nos atraviesa y que, en parte, desconocemos.

El terapeuta acompañante puede construir con el paciente un plan de tratamiento, de acuerdo con los intereses y deseos del sujeto, en busca de su restablecimiento, de la rehabilitación de sus capacidades, de su rendimiento y del disfrute de otras cosas distintas, a las determinadas por su goce psicótico.

Así, la calle deviene en el campo donde se desarrolla el proceso terapéutico; por ejemplo, en un paciente psicótico que se ha aislado del mundanal ruido, puede, por ejemplo, elegirse una actividad deportiva, en actividades como correr por el parque, salir a caminar, desde que el paciente lo tolere.

En el caso descrito por Juan Carlos Rojas, en Santiago de Cali, - en un libro próximo a ser publicado en Colombia para el que escribí un capítulo - quien funcionó de terapeuta acompañante fue una pintora, amiga del psiquiatra, quien cuando el paciente lo demandó, empezó a darle clases de artes plásticas en su taller, lo cual implicaba que el enfermo saliera de su casa, donde había permanecido encerrado durante muchísimos años.

Entonces, el acompañante terapéutico va a su casa por el paciente, iniciar algún diálogo con la familia y observar el ambiente del hogar del sujeto y salir a realizar la actividad deportiva, mientras el acompañante aguza su atención flotante, sin poner el énfasis en ningún foco especial, así el paciente no hable demasiado; pero, en lo poco que lo haga, se pueden observar los temas que compulsan a la repetición, el tipo de mecanismos de defensa, que el sujeto emplea, por más que el paciente pretenda dar una apariencia de normalidad y más allá del semblante que ofrezca, tratar de captar su angustia y su miedo, o los conflictos que se ocultan tras los fenómenos psicopatológicos, signos y síntomas.

Y la actividad que se lleve a cabo con el paciente, debe ser modulada por el terapeuta, para que no se den excesos, que puedan resultar lesivos, ya que el cuerpo impone sus límites. No hay que olvidar lo que escribía Severo Sarduy, cuando expresaba:

El cuerpo, ese ignorado de nuestra cultura, vuelve con toda la violencia al escenario de su exclusión.

El cuerpo no debe pagar tampoco, con el agotamiento, las exigencias de un psiquismo; de ahí, que las actividades deportivas deben ser programadas, con ejercicios de calistenia, realizar el ejercicio y poner límites al goce, que pueda conducir a excesos, así el paciente manifieste su descontento; ello le permitirá al paciente con fantasías omnipotentes, pasar por las horcas caudinas de la castración y hacer un pasaje del goce al deseo.

Pero hay que ir más allá de la actividad e ir ganando, poco a poco, una mayor profundidad en la experiencia, en la medida que se vaya afianzando la relación transferencial y puedan ir realizándose otros eventos, por ejemplo, aprovechar la caminata por la ciudad, para acercarlo a una apreciación estética de ella, o hablar de la belleza del paisaje, en caminatas por el campo, de tal manera, que la actividad no devenga en una suerte de ritual obsesivo y mecánico.

También pueden facilitarse los contactos sociales, el reencuentro con viejas amistades o el establecimiento de algunas nuevas y crear un marco, que permita cada vez, la expresión de representaciones de palabra, a través de relatos autobiográficos o de la historia familiar, en una conversación corriente, donde pueda hablarse de eventos angustiosos en la vida, como duelos, preocupaciones, proyectos futuros, etcétera.

Los psicoanalistas bien sabemos que el recurso de la palabra, permite la circulación de aquello, que genera malestar y sufrimiento, a través de síntomas, estados de angustia, de pánico, de tensión, estados depresivos, reacciones ante conflictos familiares, problemas psicosomáticos, que ocultan situaciones, que es preciso desenmascarar y elaborar en busca de una mejor calidad de vida, al permitir el volver a pensar, comprender y superar las problemáticas que nos atraviesan.

Cuando se dan interferencias familiares, como las llamadas continuas de una madre sobreprotectora, hay que escuchar con amabilidad, con clama, pero poniendo suaves límites a la intrusión en el vínculo terapéutico, en pro del logro de una mayor autonomía del paciente, como el nativo que pone un palo en las fauces de una madre-cocodrilo.

Los progresos, que generan satisfacción, pueden conducir a nuevas demandas, de parte del paciente, como incluir otras actividades diferentes, lo cual puede hacer que se vayan cambiando escenarios, pasar del parque, donde se corre, a una cancha de tenis de la ciudad, con lo cual de una actividad semi solitaria, pasar a un juego de agón, de competencia, para usar las categorías de Roger Caillois, que implica además la aceptación de unas reglas del juego, tolerar pérdidas y celebrar éxitos y aciertos, lo que puede motivar al sujeto, a perfeccionar su modo de jugar, a la par que se descarga energía psíquica, con sus quanta de afecto, casi bajo el lema de mens sana in corpore sano, como en la Antigua Roma, lo expresara Juvenal.

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Alí 30

Andrés Eloy Hernández (Desde Caracas, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Tiempo después de su vuelo

“Pero cabalgando en el potro
hermoso de la esperanza
y esa no me la quitarán
porque esa tiene sangre de Mara
y de Bolívar la libertad
porque esa tiene sangre de Mara
y de Bolívar la libertad”

Tía Juana
Ali



Soplos de viento de agua. Aliento, levantarse del reposo. Disparo del espíritu. Todo su canto es echar los espasmos y las inercias. Totalidad y síntesis eran letra, eran canto con visión de siembra, presagio seguro de conciencia. Sabíamos en los actos de calle, de plaza, en el vuelo de las mariposas con mensaje que volaban desde lo alto de los edificios convocando esperanza. Comprendíamos nuestra confusión. Lo más difícil nos es la traducción de lo comprensible. Si no la indiferencia de quienes se resisten a aceptar el llamado. Es la dura tarea del pionero. El vuelo de la fantasía forma parte del conjuro. La lanza es símbolo de rectitud, pero tiene una ley perversa: el símbolo no garantiza la victoria ni la lanza en reposo tampoco. Sin embargo, y para descargo de agitamientos muertos en quimeras, fueron los años donde se ofrendó la vida a pesar de que supimos la ley de oro de las revoluciones: No hay aseguradora que acepte a ningún precio pagar el fracaso ni la victoria de un proceso. Ninguna aseguradora inserta en sus archivos a ningún revolucionario en ejercicio, por razones obvias. Este fue una idea latente en el cantor, poco, casi nunca lo conversábamos. Solo decía en su canción: “Que si el pueblo está dormido, nunca ganará la gloria”.

Es difícil que haya existido una década del sesenta como la venezolana. Terminamos nuestra niñez en enfrentamiento frontal y sin reposo. Sembrábamos gente que todavía no se habían hecho adultos sin saberlo. No fue en vano. Tampoco los que decidieron entregar su juventud a nuestro pueblo. Fue el gesto más heroico, las Batallas de la Victoria anónimas y casi cotidianas. Esa fue la época de Ali. Nadie, absolutamente nadie reclamó reconocimientos ni condecoraciones. Y quienes sobreviven mantienen la rectitud del deber cumplido. Nadie ejercitaba sobre el nacimiento y el relevo de soles. Cumplir con el deber era la luz. Ali fue un Militante de la Luz. Sentíamos en nuestra piel los mapas que la poblaban: nos habitaba Viet Nam, El Salvador, Cuba, Nicaragua, Argentina, Uruguay, Colombia, México. Bolivia, Perú, Ecuador. Y Venezuela, centro de sueños y amor de utopía preferida y amada. Todos se hicieron solidaridad y propósito revolucionario. En sus canciones está cada rincón de la geografía de la alegría de su lucha. Con Alí, creo es un derecho rendir un homenaje a tantos caídos. Es motivo especial de reconocimiento y estoy orgulloso de haber dirigido en Caracas a los mejores caraqueños de la época. Tiempo después, lo supe por unos amigos, que después de levantar su vuelo les confesó, cuando le preguntaron cuál consideraba su mejor canción y dijo: “Abrebrecha”. Pero también dijo, cuando se le preguntó sobre su muerte: “Si, fui asesinado, pero eso no tiene importancia. Alguna vez todo se sabrá y se hará justica.”

Por mi parte la canción que más me gusta es “Échale bola Ruperto, lucha Ruperto, que en la lucha te liberarás”.

Tiempo después de su Vuelo…ALI, mi gran pana de lucha.





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Pezón de señora

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Están reunidos unos trashogueros, perezosos que se quedan arrimados al fuego del hogar cuando los demás salen a trabajar. Están hablando de esta guisa:

Pejerón: Acabo de ver un episodio de la serie televisiva “La que se avecina”, que me ha hecho reír, y que me gusta, pues es de lo mejorcito que se puede ver en televisión de humor, además de que todo su sentido gira en la alegría y emoción de la “mandanga vecinal y puterío comunitario”, en especial el de Estela, cuya frase emocionante “Fernando Esteso me chupó un pezón” es de culto, pues da vida y ser a toda la serie.

Morrión: Pues a mí me ha hecho recordar a Raquel Welch, salvando las distancias, con Rex Redd en la comedia “Myra Breckinridge” de 1970, sobre una historia de Gore Vidal acerca del cambio de sexo, en la que Raquel es un transexual decidido a escandalizar a Hollywood, atacando el machismo americano. Película provocadora y polémica adorada por los fanáticos del camp y de los años sesenta, cuando los desnudos y los temas sexuales florecían por su ser y el pezón incurría en pecado según los puercos silvestres americanos.

Motete: A mí que no peco, me encanta aprovechar una ocasión propicia para tentar, aunque sea impunemente, un pezón. Me siento como el pezón en la leche, muy a su gusto.

-Tú, le dice Pejerón, salga pezón o salga rana labiada, como Luis XIII de Francia, fantoche tartamudo y maricona de Richelieu, llamado el Justo cruel y sanguinario, amigo de la guillotina, que fue rey de Navarra y copríncipe de Andorra y a quien su madre despreciaba del todo, que chupaba un pezón, y no de su esposa Ana de Austria “una humillación de mi madre pues no es más que una simple española”, como él decía, cuando había victoria en sus batallas, adoras los pezones.



Nada más hermoso, le responde Motete, que la superficie superior del arco pectoral femenino con los pezones sobresalientes en sus dos mamellas, mucho más bonito que las puertas traseras que van al éxtasis místico coital del culo siempre mal estibado, que por eso tienden a doblar la carnal vara.

Hace una pausa y sigue:

-Posaderas, asentaderas son repicando el sentido de una voz a que signifique figuradamente otra distinta. La voz del pedo hecho amor.

-Es verdad, dice Ovidio. Que el amor es una sinfonía de pedos, lo sabemos, y yo me lo creo a pies juntillas, pues ya lo dice el refrán: “por san Valentín pedos y polvos mil”.

-Sí, dice Morrión, transfigurarse uno transfigurando el trasfijo por el instrumento puntiagudo de amor glande, o transfixionando como los dolores de una puta haciendo el amor al trasluz y trasflorando al animal que llevamos dentro, que padece de trasfollos, alifafes que salen en la parte posterior del corvejón, como en los gallos y otras aves.

-O trasfregando, replica Ovidio, estregando, frotando un sexo con otro, estando los dos del lado de allá de un brazo de amar. Trasgo, duende, vestigio quebrantando o violando la regla, su regla, como Woody Allen.



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Celina… el ángel de la guajira

Antonio Prada Fortul (Desde Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cuando el 14 de diciembre de 2014 atravesé el umbral de la casa de Celina González en el 181 entre Fomento y Lindero, municipio de Cerro en La Habana, Cuba, me remonté al año 1962 cuando yo vivía en el barrio de Bruselas de Cartagena de Indias. Allí los amaneceres dominicales nos llevaban la cadencia rítmica de las canciones de Celina y Reutilio arrullándonos y a la vez despertándonos con la diana musical de esas inolvidables y alegres guajiras. La música provenía de la tienda de la Seño gordita, una educadora que cambió la tiza y el tablero, por un Pick Up, un mostrador, un estante y una nevera artesanal de madera luego reemplazada por un enfriador de color verde. Las melodías de esas guarachas se filtraban a través del follaje de los tamarindos, guácimos y matarratones del patio acompañados del golpe de cajones, tambores y guitarra con su armonioso vaivén de espesura que alegraba esas inolvidables y bucólicas mañanas cartageneras.

El jardín de la entrada de la casa de Celina estaba sembrado de rosas encarnadas, matas de bonche, geranios, astromelias y una colorida vegetación donde predominaban las flores rojas y blancas alusivas a Changó, Orisha dueño de los rayos, los tambores y la justicia, a quien esta cantante veneraba y atendía con mucho respeto a pesar de no ser esa deidad del panteón yoruba su ángel de la Guarda. ¡Kabio sile Cabo E!

Llegué acompañado de Oshé Omolú (Lázaro Otero), un reconocido babalao del Ilé Ibú de La Palma, templo yoruba de La Habana al cual pertenezco.

En la puerta nos esperaba Reutilio Domínguez González, el hijo de esta grandiosa cantante, un músico destacado que ha asumido el reto de mantener incólume el legado musical de sus padres, y ahora guardián de su madre, considerada como el patrimonio musical viviente más importante de Cuba y yo le agregaría: No solo de Cuba sino de América y del mundo.



Reutilio es babalawo, consagrado desde hace treinta y cinco años. Tiene numerosos ahijados en diferentes partes del mundo y un vasto conocimiento religioso reconocido en todas partes. Es hijo de Elegguá, el Orisha dueño de todos los caminos, que abre y cierra las puertas y las encrucijadas, es el primero en el orden de todo por licencia de Olofin, deidad suprema de esta expresión religiosa yoruba.

Esta condición de músico y babalawo ha contribuido a ampliar y enriquecer el repertorio musical que se alimenta con la infinidad rítmica de la armonía de las moyugbas y cantos de santería. Desde la muerte de Reutilio padre asumió la responsabilidad de dirigir el conjunto y las presentaciones locales e internacionales.

Entregué a Reutilio un ejemplar de mi libro Benkos…las alas de un cimarrón, mientras me contaba que Celina sufrió un accidente cardiovascular ACV (trombosis) en el mes de Agosto y está completamente paralizada. "Los médicos aseguraron en ese entonces, que solo viviría una semana y llevamos cuatro meses cuidándola con esmero, tratando que su calidad de vida a pesar de las circunstancias, sea óptima. Por esa razón es que me he quedado en la Habana para acompañarla hasta su último día de vida", dice su hijo.

Llamó a Georgina, una matrona alta, otoñal, de sigilosos desplazamientos que parecían hacerla flotar, rostro risueño y noble, cuyas facciones indicaban su incuestionable oriundez arará. Al percatarse de mi consagración como babalawo, me saludó con el acostumbrado uso ceremonioso y ritual, su risa se hizo amistosa, amplia y desapareció de su rostro toda prevención. La saludamos como hija de Yemayá mientras decía a Reutilio con voz gruesa y reposada como cancerbera del cielo: “La habitación está lista, ya pueden entrar”.

Antes de hacernos seguir al aposento, nos dijo Reutilio: “Solo por la condición de babalawos que ostentan es que les permito acceder al aposento de mi madre”. Seguimos por un corto pasillo y llegamos a la puerta de la habitación de la cantante. Era una puerta muy grande y alta, pintada de color escandinavo, parecía un portón colonial de alargados tableros como los de las antiguas casas españolas del barrio Getsemaní en Cartagena de Indias, replicado en la Habana. Al entrar alegría, afecto, amor, respeto, agradecimiento y algo muy indefinible en mi interior rayano entre lo divino y lo sensorial.

La imponencia de su presencia, aun yacente en ese lecho, cohibía. Era un ángel en reposo, la placidez y solemnidad de su rostro impávido conmovía, tuve la intención de arrodillarme ante este ser, pero me incliné con respeto y respondiendo a un impulso, la saludé en lengua yoruba. Estaba en presencia de una cantante que había marcado un hito en la historia musical de América. Una cantautora de calidad, reconocimiento mundial y estilo que además de alegrarnos y ponernos a gozar, nos mostraba en sus letras y en la sabrosura natural de sus interpretaciones, una incuestionable cotidianidad y condición pastoril llena de encanto y aché.

Sus canciones hablaban del campo, de la siembra de la oriundez africana en sus cantos lucumíes y arará en el marco de una expresión religiosa varias veces milenaria cuyas oraciones y moyugbas convirtió en canciones abigarrándolas en una policromada simbiosis de etnias, idiosincrasia y tambores que en su conjunto dibujaban una estampa criolla, una acuarela musical que irrigó a todo el caribe y al mundo, una ritmación mágica y embrujadora que se expresaba en armoniosos bailes que cautivaron a América y se manifestaba en una involuntaria teofanía que poseía al bailador en un acaballamiento sacral hasta que terminaban esas hechizantes melodías.

Aún en la impavidez de su rostro, en su pétrea serenidad sin retorno, se asomaba el triste relámpago de un fugaz brillo en su mirada que iluminó su rostro cuando le dije que había llegado de Cartagena de Indias solo para brindarle mis respetos y amoroso saludo. Le dije que sus canciones alegraron mi niñez y juventud, las disfruté en mi fiesta matrimonial y aun en mi condición de hombre otoñal, las sigo disfrutando cuando los accesos de alegría me invaden. Le dije que en los palmares susurrantes de la ciudad costera y reducto de bucaneros donde vivo, amé muchas mujeres en la alargada claridad de las palmas que dejaban pasar la agonizante claridad de los rosados atardeceres de Cartagena de Indias; afirmé con certeza ante su lecho, radiante en esos instantes, que por la hermosura y el mensaje de sus canciones me convertí en santero y luego en babalawo.

Al recitar una moyugba en lengua yoruba a Yemayá su Angel de la Guarda, su iluminación áurica se hizo nítida y ostensible, la rigidez facial no le permitió esbozar la sonrisa que hubiera deseado ver, pero el hecho de entreabrir los labios y dulcificar su mirada sin hablar fue suficiente para equilibrar mi conmocionado estado emocional.



Desde el sábado anterior no abría los ojos me dijo Reutilio, hoy, cinco días después, lo ha hecho con una mirada esperanzadora. “Esta tarde vienen los médicos a visitarla y siempre que llegan se asombran por su resistencia, fortaleza y su inmenso deseo de vivir”.

Celina es hija de Yemayá y de Obatalá y se hizo Santo en Matanzas. Se crio en una familia religiosa en la práctica de la espiritualidad yoruba, su padre era babalawo y santera su madre. El hecho de haber nacido en el barracón de una plantación de caña de azúcar en Jovellanos, el de haber sido recibida en parto y criada por una mujer africana de nación perteneciente a la etnia arará, incrementó la influencia diaspórica en sus usos y costumbres e influyó mucho en su formación religiosa ya que desde su nacimiento y su más tierna infancia, sus sueños fueron arrullados por las canciones alusivas a los Orishas, dulcificadas con esa ritmación melosa de los cantos a Oggún el guerrero, a Changó, Yemayá, Oyá, Babalú Ayé y Ochún.

El barracón donde nació Celina, perteneció a una plantación cuyos propietarios peninsulares, entregaron a los esclavizados para que lo diseccionaran y vivieran en este después de la declaración de la libertad de los africanos de nación a sus hijos y nietos en Cuba. Ese ambiente pastoril, religioso y pletórico de canciones de melodías congas, yorubas, bambaras y lucumíes, donde la espiritualidad africana en sus diferentes manifestaciones sacrales se expresaba sin ninguna restricción, moldeó su inclinación religiosa y la musicalidad de sus cantos, fue el escenario de su niñez, parte de su juventud y la inspiración en sus composiciones musicales.

Ninguna expresión religiosa africana le era extraña. Celina vivió en medio de ritos, ceremoniales y consagraciones de las diferentes manifestaciones cultuales que nos legaron nuestros ancestros de ese amado y verdadero continente gestor tan ligado a nuestras raíces.

Correteaba por el inmenso solar de la antigua plantación donde el sol abdicaba al final de los cañaverales dándole una tonalidad verde negruzca con los colores emblemáticos del guerrero Oggún escuchando la percusión de los cajones y los batá consagrados a Añá, los rezos corales y melodiosos de los tatas y ganguleros de palo mayombe en sus herméticos ceremoniales de rayamiento y las moyugbas mántricas e impenetrables de los babalawos en una sincronizada coralidad cuando cantaban a Changó, Yemayá, Ochún o Babalú Ayé en los milenarios ceremoniales iniciáticos cuyos cantos y toques de Iyá, Okóncolo e Itoteyé indicaban la presencia del Orisha que bajaba.

Desde muy niña Celina González sintió el llamado y la atracción hacia la religión afrocubana llamada Regla de Ocha o Santería. De acuerdo con lo manifestado por Reutilio y algunas notas bibliográficas de la escritora Mireya Reyes que escribió su biografía, además de lo que el imaginario colectivo de Matanzas y Cuba en general ha afirmado desde hace seis décadas, la noche del 6 de Diciembre de 1948, se le apareció Santa Bárbara en unos palmares cercanos al bajío del barracón donde vivía, esta santa de la iglesia católica a la que todos sincretizamos con el Orisha y gran guerrero Changó, el dueño del fuego, del trueno, los rayos y de la percusión, le habló a la cantante. La sobrenatural aparición le aseguró en ese encuentro enmarcado en un ambiente seráfico y divino a Celina un inmenso triunfo musical y artístico si le dedicaba un canto de alabanza y amor a este orisha (Changó) y a esta santa con la que se le sincretiza en América, (Santa Bárbara).

De acuerdo a la versión de esta maravillosa cantante y reafirmada por su hijo Reutilio, surgió el famoso “Canto a Santa Bárbara” o “Que viva Changó”, canción esta que hizo bailar a Colombia y al mundo. Canción cuya letra y musicalización tuvo lista al día siguiente en la tarde. A pesar de su brillantez interpretativa, afirmó que “jamás había estado tan inspirada como ese día y cuando le tocaba cantar esa canción que la transportaba a dimensiones divinales, “parecía que no estaba en el escenario, me veía a mi misma desde los aires cuando cantaba esa canción”.



A pesar de haberse criado en medio de esa espiritualidad de los paleros congos y los babalawos yoruba, de escuchar desde su infancia los cantos, rezos, tambores lucumíes y arará, las moyugbas melodiosas de los babalawos, iyalochas, santeros, tatas y ganguleros, Celina no se había iniciado en ninguna de las religiones de africana oriundez practicadas por gran parte de sus familiares incluyendo sus progenitores y esposo. En 1958 queriendo saber cuál era el verdadero santo de cabecera o Angel de la Guarda posado sobre su Orí, (cabeza), como futura Iyawó o (santera), en su ceremonia de Kari Ocha o de Santo, le salió en la consulta del babalawo con la atefada en el tablero de Ifá su condición de hija de Yemayá sincretizada con la Virgen de Regla dueña del mar y todo lo que existe en su fondo y donde vive Olokun, una deidad andrógina de mucho poder al que se le hace un ceremonial especial para ser recibido por los santeros y santeras.

A partir de ese momento su relación entre la música y la religión se acentuó en una simbiosis que enriqueció de manera ostensible su trabajo musical divulgando con éxito las mejores guarachas y guajiras de su repertorio en especial la canción que le compuso a Babalú Ayé (San Lázaro) la que escribió una mañana al despertarse. “Soñé con esa canción”.

Babalú ayé mi mozo Babalú ayé ekua Eh, eh ekua Babalú ayé ekua Ekua baba ekua Babalú ayé ekua Ekua viejo ekua Babalú ayé ekua Ekua baba ekua Babalú aye ekua.

Le dimos la vuelta al mundo dijo Reutilio, nuestras canciones fueron aplaudidas y coreadas en Europa, especialmente en Alemania, Francia y España que son países con muy buen gusto musical, presentaciones programadas por una semana, se prolongaban hasta por dos o tres meses.

La gente en esos países nos reconocía en la calle y nos saludaban con afecto, pero la experiencia más grata, emotiva y bonita que vivimos, fue en el Perú y en Colombia donde nuestra música causó furor, a pesar del tiempo tiene una vigencia incuestionable.

En Colombia nunca nos sentimos extraños, estábamos como en casa, tengo hermosos recuerdos de Cali donde tengo ahijados y muchos amigos.

En esa ciudad permanecimos un buen tiempo, tenemos unos deseos inmensos de ir a Medellín con nuestra música y disfrutar de esa hospitalidad, este año tenemos algunas presentaciones internacionales y un gran compromiso, el más grande, el de reivindicar nuestra música guajira.

Vamos a rescatar todas nuestras canciones y hacer que los jóvenes cubanos y la juventud de América y el mundo bailen y escuchen nuestra música, para eso…A la guajira le vamos a poner un frac.

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La rebelión de las ideas

José González (Desde Santiago de los Caballeros de La Antigua Guatemala, Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Las ideas nunca son inocentes ni gratuitas. Son, desde luego, entes abstractos que se nos presentan como objetos irreales y como meros pensamientos, en apariencia inocuos, que se agotan en sí mismos; pero no nos precipitemos, las apariencias engañan y las ideas son más que eso. Son objetos ideales que trascienden y que guardan una necesaria correlación —supeditada— con los objetos reales y materiales del mundo concreto; estos últimos son los ejes rectores a cuyo derredor gravitan los conceptos como aves nocturnas que acechan el sueño de la razón.

Así, los actos humanos concretos los explicamos, los justificamos y los legitimamos por medio de las ideas, de donde se infiere que el poder material determina al poder ideal. Como decía Marx, las ideas dominantes en cada época son las ideas de la clase social dominante, de la clase que ejerce el poder material y a ello obedece que esta clase también ejerza un poder espiritual, igualmente dominante. En otras palabras, quien tiene los medios necesarios materiales para ejercer el poder, somete a quienes carecen de ellos, no solo materialmente, también espiritualmente.

Las ideas dominantes para legitimar conductas y sistemas, penetran de tal forma en la cultura popular, que terminan formando parte del «sentido común» de las masas. Por esa razón, Gramsci enfatizaba que a la cultura popular o folclor no debía considerársele como algo simplemente pintoresco, sino como «algo muy serio», porque las grandes mayorías a la postre se explican la vida de acuerdo a la concepción oficial impuesta por el sector hegemónico. De ahí que el «sentido común» lo definiera este pensador italiano, como la «concepción del mundo absorbida acríticamente por los distintos ambientes sociales y culturales en que se desarrolla la individualidad moral del hombre medio.»

En cada período histórico los sectores hegemónicos han conformado a grupos de intelectuales orgánicos que, en opinión de Gramsci, cumplen cuatro funciones: 1) Organizan la estructura económica y son portavoces de la ideología de su grupo; 2) Hacen corresponder la concepción del mundo de la clase dominante con el conjunto de la sociedad; 3) Establecen alianzas y 4) Crean mecanismos para establecer la legitimación y el consenso de la sociedad en su conjunto. En suma, ejercen la dirección ideológica y política de su grupo y representan casi siempre los intereses de sus redes.

Es entonces a través del poder intelectual, que el bloque de poder consolida su hegemonía, y la mantiene vigente. El dominio material, como decía Salvador Borrego, es una tenaza que, mediante la infiltración Física, repta y golpea en el ámbito de la materia, pues ésta es dominable por la fuerza; en tanto que la otra tenaza, la infiltración Mental, invade sagazmente el ámbito del espíritu. A éste no se le domina con la fuerza —afirmaba Borrego— se le domina cambiándole su contenido: le vacían sus anteriores valores y le depositan nuevos. Las dos tenazas del poder —la física y la mental— tienen por objeto, pues, lograr el dominio total del ser humano. Dominio del cuerpo y del espíritu.

En tal sentido, el acto de obrar sobre «el otro» de una manera intencional y calculada, sin recurrir a la fuerza abiertamente ni a la coacción directa, es sutilmente factible mediante la persuasión y el uso adecuado de las estratagemas. La dominación intelectual hace uso de la sugestión y la psicología social, y para difundir las ideas emplea, como vehículo efectivo, los medios de comunicación, las religiones institucionalizadas (iglesias), los editoriales de prensa, las columnas de opinión, los analistas de coyuntura, los tanques de pensamientos —«think tank»—, y, especialmente, los recursos culturales, artísticos y de «inocente» entretenimiento, vale decir: cine, literatura, radio y televisión, entre otros. Ya lo decía Edward Bernays: «La manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones organizados de las masas es un elemento de importancia en la sociedad democrática. Quienes manipulan este mecanismo oculto de la sociedad constituyen el gobierno invisible que detenta el verdadero poder que rige el destino de nuestro país.» Con la Propaganda, quienes detentan el poder y nos gobiernan, moldean nuestras mentes, definen nuestros gustos o nos sugieren nuestras ideas sin que podamos advertirlo.

En Guatemala, que es un país con configuraciones culturales heterogéneas y completamente plurales, los intelectuales orgánicos del sector dominante han creado y legitimado la historia oficial; han elaborado discursos sobre la identidad histórica nacional y, a través de los sistemas educativos y programas culturales, han difundido y reproducido por décadas las interpretaciones, explicaciones, valores e imágenes para consolidar una identidad de Estado-Nación que subsuma todas las diferencias y procure una homogeneidad cultural. Por supuesto, bajo el paradigma colonialista y eurocentrista que mantenga a los diversos pueblos nativos-americanos, que también son parte de Guatemala, en condición de subalternos. Los estereotipos y prejuicios raciales que desde la Colonia los criollos dominantes de la oligarquía vetusta les atribuyeron a los indígenas, para tenerlos supeditados y oprimidos económicamente, fueron efectivamente difundidos al extremo de que a la fecha actual el rasero con que se mide a un ladino y a un indígena, es excluyente respecto a este último y, en su tratamiento, se le ningunea, se le subestima y se le trata de invisibilizar.

En ese orden de ideas, es válido preguntarse: ¿quién habla por los subalternos? ¿Podrán hacerlo? como en su momento indagara Gayatri Spivak. A mi juicio, se manifiestan por medio de intelectuales que se identifican con el bien común, que se erigen como los portavoces de los más necesitados y que están éticamente comprometidos con los pensamientos antihegemónicos. Acaso estos intelectuales sean disminuidos por el aparato difusor de la propaganda hegemónica y, eventualmente, engullidos por la maquinaria atroz de la oligarquía fascista; no obstante, desde sus trincheras pueden promover «amotinamientos» intelectuales y asestar golpes críticos contundentes, encaminados a una verdadera rebelión de ideas.

Los intelectuales subalternos deben situarse en posiciones estratégicas y, como sugería Edward Said, deben constituirse en francotiradores, en críticos y desmitificadores, aunque condenados a la soledad y al exilio interior. Siempre alertas a la manipulación del poder y guardar celosamente su independencia. Desde sus escondites, tendrán que disparar pensamientos que descolonicen modelos y paradigmas eurocentristas; que descentren las ideas dominantes, que las contextualicen y que las sometan al rigor del crisol del criticismo e historicismo. Desde luego, no se trata sólo de negar totalmente la cultura y filosofías europeas ni las ideas económicas y sociales nacidas en otros contextos históricos, para descifrar nuestros misterios los intelectuales rebeldes deben penetrar en la Latinoamérica Profunda, en las civilizaciones prehispánicas que subyacen en la Latinoamérica Imaginaria, conquistadora y colonialista, parafraseando de esta forma el ideal que propuso acertadamente Guillermo Bonfil Batalla con su «México Profundo».

La rebelión de las ideas, en suma, es un intento de crítica histórica como resultado de una disposición natural de todo ser pensante que rechaza la infamia del poder opresor y de una resistencia intelectual permanente en contra de la mistificación de las ideas y de su trastocamiento a favor de intereses espurios.

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Avatares de una usuaria en transmilenio

Luis Carlos Muñoz Sarmiento (Desde Bogotá, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Señor periodista: Le voy a contar mis avatares como usuaria en Transmilenio. Le ruego el favor de contarlos tal cual, sin censuras previas ni auto-censuras. Espero esté de acuerdo que sólo hable yo, mujer ya mayor, en un medio tremendamente machista como el que tenemos. Todavía me acuerdo cuando por primera vez vi las vallas con el anuncio del sistema para Bogotá y el proyecto de desarrollar 12 o 13 etapas, de las cuales hasta ahora, entiendo, sólo dos se han construido y apenas está empezando la tercera. Al ver esos pulmones limpios, rojos, vitales, se me llenó el alma de esperanza porque, como no tengo carro para no contaminar, me parecía genial ese medio de transporte que iba a eliminar la polución: con ellos se anunciaba un cambio, esa palabra tan mencionada por los políticos, que transformaría la vida a los habitantes de Bogotá y les permitiría respirar un aire puro. Además, otros países del área, e incluso de Europa, se deslumbraron con este que consideraron un modelo a seguir.

Soy una asidua usuaria de Transmilenio y tomo el sistema entre dos y siete veces al día pues debo desplazarme a diferentes y lejanos puntos de la ciudad, a distintas horas valle o pico, durante toda la semana, es decir, de lunes a domingo. Esto, debido a mi trabajo como profesora. De antemano, advierto que no deseo dar a conocer mi identidad ya que todo aquél que se queja es considerado un revoltoso, un terrorista, un criminal. En un comienzo todo era maravilloso. Los desplazamientos eran rápidos y efectivos. Al pasar el tiempo, todos vimos cómo aumentaba el flujo de personas pero aún no sé el porqué. Al principio se usaba los domingos como medio de turismo, para visitar los centros comerciales, hacer compras, visitas y hoy en día es tan peligroso e intimidante que ya no es nada agradable para la gente. En las horas pico, es cuando surgen los problemas. Voy a citar una experiencia personal del viacrucis que me toca vivir los días viernes. Salgo faltando diez para las cuatro, de la estación Alcalá, para desplazarme a la de Eldorado. Sólo basta que me retrase diez minutos para que esté en medio de un tumulto gigantesco. Soy una persona de 56 años y tengo una hernia en el estómago, lo que quizás baste para señalar que no puedo hacer fuerza alguna. Por eso, a veces es mejor ser llevado por la corriente y eso hago cuando voy a entrar a una ruta que necesito. En este caso el K-16 para ir a la calle 75 y hacer un trasbordo para tomar el G-22 que me deja en la estación de destino. Hago esto porque si tomo un “lechero” (el que para en toda estación) demoro en llegar dos horas y media, debido al embotellamiento en cada parada. Hubo un día en especial en el que sentí mucho miedo o más bien, pánico, que pensé, sin querer, en el fin de mis días. Tomé, como ya dije, el K-16 y la avalancha de gente me arrastró al interior del bus. No hay necesidad de tenerse de nada, de ninguna varilla pues todos vamos como las reses, sosteniéndonos, involuntariamente, entre sí. Y en dicho apretujamiento, empieza uno a pensar cómo salir de allí cuando toque. Sólo negociar con quienes están al lado, convencerlos de cambiar de puesto para llegar a la puerta, es ya una odisea. Cuando se tiene suerte, es fantástico y si no tocar ir detrás del que se vea más fuerte, para poder salir. O si no otro por detrás lo empuja a uno y el que va adelante lo mira con recelo, si no con bronca, como si uno fuera la causa de la situación.

Finalmente llegué a la calle 75 y en medio del zaperoco logré acceder a la puerta. Una barrera infranqueable se presentó ante mis ojos: un ejército de hombres al frente, no me dejaba entrar a la estación. Opté por calmarme, ya que enfurecerse resulta peor porque lo golpean a uno y así se termina llena de moretones (uno de ellos me dijo: “Vamos a ver si puede entrar”), por lo que recurrí a mi lado más tierno, dulce, femenino, rogando por un espacio para poder entrar. O sea, hay que recurrir a los encantos de mujer, de lo contrario se corre el riesgo de morir en el intento. Apenas logré entrar, me hice detrás de la invencible barrera masculina. Comencé a conversar con una señora que estaba allí y le dije: “Creo que no puedo avanzar más, tengo una hernia y eso significaría exponerme a hacer mucha fuerza”. Y la señora sonrió y dijo: “Ahora viene lo bueno”. Y con conocimiento de causa, agregó: “Todos se van a correr a la siguiente puerta”. Sólo sonreí y me quedé pensando: “¿Qué habrá querido decir?” En efecto, llegó una ruta F que paró en la siguiente puerta y como la gente no cabe en ella al hacer la fila, pareciera que todos estuvieran haciéndola en la que yo estaba y no en la otra, como en realidad era. Yo estaba muy entusiasmada porque me encontraba en segunda fila, pero todo era apenas una ilusión. Comenzó esa masa de personas, principalmente de hombres, a moverse con toda su descomunal fuerza hacia la puerta. Nunca en mi vida había hecho tanto esfuerzo para mantenerme de pie y en el mismo lugar. Hubo momentos en que giraba y giraba y sentía que me iban a arrastrar; creí que era inútil permanecer ahí. Perdí de vista a la señora que me había sonreído: la corriente se la llevó. Mi lucha era únicamente por salvarme. Las piernas eran mi único consuelo pues han sido entrenadas toda mi vida en largas caminatas. Como aquellas que hay que hacer para, simplemente, llegar desde la entrada hasta la taquilla del sistema. Las piernas son una bendición, porque en esos vehículos ellas me sostienen al no tener de dónde agarrarse. Traté de asirme de un pasamanos, pero por los empujones sentí cómo me lo clavaba en el estómago. Así que decidí hacer un giro para volver a mi antigua posición. Creí que no lo lograría. En ese momento escuché que los vidrios empezaron a crujir. Pensé en mi familia, en todo el mundo: “Vamos a salir disparados por las puertas y ventanas de Transmilenio”. Caer al asfalto sería el fin. Sólo unos segundos, parecieron una eternidad. Confiaba plenamente en no sucumbir: caer en la estampida, sería sellar mi muerte. Finalmente, la tempestad se calmó. Nunca había sentido tanto pánico. Llegó el G-22 y había dos señores frente a mí. Yo era la única que abordaría el bus. Pedí permiso para hacerlo y la respuesta fue: “Y, ¿por dónde, señora?” Tuve que acudir a mis recuerdos infantiles, diciendo en broma: “Por un huequito”, ya que ambos me impedían el paso. Fue una suerte que accedieran a mi ruego.

Ese día no pude dormir, en toda la noche, por el dolor. Sólo lloraba en silencio. Aquí acudieron en tropel imágenes como la de una señora a la que le partieron un brazo; otra a la que le tocó ir a la EPS con un insufrible dolor de cabeza (por el golpe con una puerta de Transmilenio) que tampoco a ella la dejaba dormir: fue despachada cuando le dijeron que “eso no es una urgencia”; una más a la que Transmilenio la ha perseguido por denunciar, en una entrevista divulgada por Internet, irregularidades en la Empresa y “falta de cojones de los hombres” para incorporarse al sindicato de la misma.

Hoy, y la verdad siento mucho tener que decirlo, sólo me habita la decepción. El asunto Transmilenio nunca pasó de ser una valla con pulmones rosaditos, una estrategia publicitaria digna de Goebbels, una jugada del más sucio de los políticos. Los usuarios, ya no apenas yo, fuimos traicionados. El sistema en particular no va para ninguna parte, igual que el Sistema en general. Ahora recuerdo al escritor checo Franz Kafka, quien decía que a partir de cierto punto, ya no hay retorno posible. Y, en este momento, esto es una verdad que no se puede refutar. Claro, salvo si hay una fuerte presión social que poco a poco ayude a desmontar las trampas del sistema Transmilenio y empiece a reorientarse en función de la comunidad, mucho más allá del simple negocio, de las terribles consecuencias que ha traído para los ciudadanos, de los torturantes avatares que debemos atravesar las mujeres en “Trasmilleno”, como ahora en justicia lo llaman, sin distingos de ninguna clase, los habitantes de la metrópoli. Lo anterior no constituye ninguna exageración, como quiera que el sistema ya colapsó, así esto, como es obvio, resulte inaceptable para los políticos, para los medios, para los funcionarios.

Para terminar, quiero hacer una cordial invitación a que el Presidente o sus hijos o los funcionarios del Estado y de Transmilenio se suban a un bus del sistema para que sepan, de primera mano, sin chismes ni rumores malintencionados, lo que es hacer parte del “nuevo aire para Bogotá”, uno ya irrespirable pese a tanta campaña de “publicidad creativa”, como se llama ahora a esos gobiernos que arreglan todo a punta de estadísticas, a punta de prensa, a punta de especulación. Algo comprensible, como sea que a eso nos tienen acostumbrados pero, en todo caso, inaceptable, como quiera que ya no les creemos, debido a que estamos cansados, indignados, en fin, “emputados”, como dice el título del libro de una reconocida periodista bogotana, la que quién sabe lo que agregaría de tener que subirse, como yo, a narrar los locos y nada divertidos (por el contrario, trágicos) avatares de una usuaria en Transmilenio. Y no se molesten conmigo, les pido de todo corazón: moléstense con los políticos y dueños del transporte masivo que nos han traído hasta este punto de no retorno salvo si, como ya dije… le hacemos entre todos un cambio de sangre a Transmilenio, antes de que los desangrados seamos nosotros, los sospechosos de siempre, con los pulmones ya negros. Mientras ellos, los responsables de nunca, siguen amparándose en sus disculpas, en sus números, en sus ardides. Como quien no sabe nada, no ha visto nada, no puede decir nada, como en los comienzos de la mafia. Y como sigue pasando entre ciertas huestes políticas… Hecho que no podemos seguir permitiendo, si queremos volver a tener los pulmones rosaditos. Y, ante todo, recuperar una vida digna, la de cualquier ser humano.

Luis Carlos Muñoz Sarmiento (Bogotá, Colombia, 1957) Padre de Santiago & Valentina. Escritor, periodista, crítico de cine y de jazz, catedrático, conferencista, corrector de estilo y, por encima de todo, lector. Realizador y locutor de Una mirada al jazz y La Fábrica de Sueños: Radiodifusora Nacional, Javeriana Estéreo y U. N. Radio (1990-2004). Fundador y director del Cine Club Andrés Caicedo desde 1984. Colaborador de El Magazín de El Espectador. Escribe en Agulha Revista de Cultura, de Brasil, Matérika, de Costa Rica, en www.milinviernos.com www.fronterad.com www.auroraboreal.net y espera la publicación de sus libros La Fábrica de Sueños (Ensayos sobre Cine), El crimen consumado a plena luz (Ensayos sobre Literatura), Ocho minutos y otros cuentos, Músicos del Brasil, La larga primavera de la anarquía - Vida y muerte de Valentina (Novela). En la XXVII Feria Internacional del Libro de Bogotá presentó su libro Cine & Literatura: el matrimonio de la posible convivencia, bajo el sello editorial de la U. Los Libertadores (6.V.14). Invitado al Encuentro Universal de Escritores Vuelven los Comuneros, de Santander, Colombia (28.IX-5.X.14). Invitado por la Universidad Federal del Espíritu Santo, en Vitória, Brasil, al I Congreso Internacional Modernismo y Marxismo en época de Pos-autonomía Literaria, en el que, además, hizo parte del Comité Científico (26-28.XI.14). Hoy, Director del Cine-Club & Tertulias Culturales de la F. U. Los Libertadores, docente en la Transversalidad Humanidades-Bienestar de la misma Institución, traductor, primero, y ahora traductor y coautor, con Luís Eustáquio Soares, de ensayos para Rebelión y corresponsal en Colombia de la revista Matérika, de Costa Rica. 

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Dos chilenos en la Corte del Rey Gino de Longchamps

Eladio González (Desde Buenos Aires, Argentina. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Dedicado a los despreciables periodistas argentinos que (como hienas suenan un Clarín en vez de reír) produjeron obscenos programas sobre la supuesta (y anhelada por sus jefes) muerte de Fidel Castro Ruz, quien goza de excelente salud, vive, crea, ayuda y ama en un asentamiento de Longchamps.



Sábado 7 de febrero de 2015. Bajé a la estación Primera Junta del tren subterráneo y estaba desierta salvo un joven sentado en un banco en el andén. Sobre la falda tenía un violín y un arco. Colgado en la espalda el estuche del instrumento. Cruzamos las miradas y saluda con un ¡Hola Toto! Pensé rápido…. “el violinista en el tejado no es, (porque estamos bajo tierra) pero pudiera ser puesto por el Mossad para seguirme. Debería seguirme la SIDE la anterior o la actual, pero como Irene Rosa mi pareja actual es judía (de Damasco sirio libanesa) pudiera ser un control internacionalista. No lo reconocí por vecino o conocido y como entraba el tren al andén se levantó diciendo “bueno Toto, comienzo a trabajar” ahí entendí y le retruqué, ah, mi hijo Manuel Emiliano canta tangos en los vagones también.

Nos separamos, el de pié comenzó en el primer vagón a seducir oídos y yo sentado disfruté. Cuando terminó y pasó esperando de todos un aporte, le di algo, ahí sospeche que pudiera ser una forma de irme vaciando de fondos para hacer mi tarea política inoperante casi. Bajé en Plaza Congreso caminé 3 cuadras y me encontré como habíamos acordado el día anterior con Juan y Fernando Catipillan, chilenos, padre e hijo respectivamente creo que en Chile dejaron al Espíritu Santo. Los tres retomamos hasta el subterráneo y nos dirigimos hasta Estación de Trenes Constitución. El tren nos llevó hasta Longchamps en unos 45 minutos. Allí nos esperaba Gino Strafforini un chileno internacionalista y Facundo un joven voluntario del grupo Tatú (nombre que usó Che Guevara en campaña contra el apartheid en el Congo). Tomamos el colectivo junto con una agraciada joven de piel y bata blanca, peinado rasta, doctora en medicina. En 15 minutos llegamos al barrio “Ernesto Che Guevara”. Allí comenzó la emoción y en las 3 cuadras hasta el consultorio “Miguel Henriquez” (héroe chileno del M.I.R.) recibieron la doctora, Gino, Facundo y compartimos nosotros decenas de cálidos saludos de niños, jóvenes, adultos y ancianos.

Humildes casas muchas de madera, algunas de cemento, flanqueaban calles de tierra en las que vienen y seguirán volcando escombro, para hacerlas más transitables con las lluvias. Gino como un loro, sin gesticular porque permanentemente fuma (demasiado) hablaba, describía, comentaba, daba datos explicaba y fuimos entonces captando el espíritu de esa Colmena de poco más de 4 años de vida y es un maravilloso ejemplo de lo comunitario, una UNIVERSIDAD CARENCIADA donde todos son simultáneamente profesores, alumnos y personal de maestranza. Como debe ser o debería ser en cualquier barrio.

Pero los Ginos no fueron clonados lo suficiente y él mismo confesó haber intentado en su Chile y fracasado.



Aquí el ordenado barrio en Longchamps demostraba como dice un poema de Pablo Neruda sobre Fidel Castro que: “el hombre modifica lo que existe, y si lleva al combate la pureza, se abre en su honor la Primavera insigne”. Pero el Febrero tórrido de Buenos Aires nos abrumaba aún a la sombra del techo de chapa del consultorio, donde media docena de mujeres con sus bebés o niños aguardaban que la médica rastafari de TATU las atendiera, tras la cortina donde 3 camillas y multitud de elementos enmarcados por láminas infantiles aguardaban a los enfermitos.

Los pacientes reciben medicamentos GRATIS.

Al ingresar al consultorio el poster de Miguel Henriquez te da la bienvenida y te encuadra en la importancia de la labor, a la derecha gran cartel rojo con el negro rostro de Ernesto Che Guevara completa la iconografía. Pared lateral con estantes repletos de libros, biblioteca.

Juguetes y juegos didácticos en todo el ámbito, unos en manos de los pequeños pacientes que aguardan, otros yacen dispersos esperan dedos infantiles que al empuñarlos pierdan el miedo al doctor. En el consultorio, en el recorrido por la gran Plaza (gran cancha de futbol, otra más pequeña, juegos infantiles pintados de celeste y blanco, (colores patrios) un pozo de 45 mts. de profundidad donde los vecinos van a buscar el agua, en terrenos donde vecinas y visitantes de otros asentamientos sureños competían revocando, mientras varones cavaban instalando desagües me sentí fusilado de amor por la mirada ¡que miradas! de cada uno de los 70 niñas o niños con los que hicimos contacto. Y allí están ellos cuidados como se debe cuidar el futuro, juguetes, juegos, libros, amor, control de la salud, afabilidad docente en el trato. Todas las manitos de los preadolescentes tocando a Gino y él constituido en una especie de molino derivador solucionador de situaciones, mujeres, hombres y niños lo consultaban y el resolvía todo. Luego recomenzaba explicándonos, ampliándonos. Permanentemente interrumpido por vecinos de toda edad y nacionalidad que lo consultaban. Uno de ellos delgado con cara y barba de místico (parecía haber sobrevivido al Coliseo Romano con leones incluidos) resultó no ser cristiano sino judío. Ahí volvió mi temor a la Mossad y me sentí vigilado, pero la posibilidad de sufrir un golpe de calor hizo que aceptara beber un refresco de naranja que le compramos al judío en su casa -despensa a través de la reja de la ventana.

Confesó que no estaban muy frías las gaseosas por un corte de luz. Ahora que escribo esto me doy cuenta que no inquirí si las gaseosas eran “Kosher”, o sea aptas para creyentes. Gino comentó que el hombre está construyendo su Sinagoga. En nuestra peregrinación nos cruzamos “como en Cuba” con un grupo de 4 Evangelistas que parados al sol planteaban su mensaje. Imaginé cuanto más calor me espera a mí en el infierno. Un paraguayo de la tercera edad, maza en mano, como maestro mayor de obras orientaba y dirigía voluntarias y voluntarios llegados de lejanos barrios (hasta con bebés prendidos a la teta) para que la Minga (trabajo voluntario y comunitario) se concretara y entre todos como debe ser, siga alzándose el Centro Cultural vecino al Consultorio de TATU.



Estreché la mano del paraguayo, se la retuve y mirándolo fijamente le declamé: “Llora, llora Urutaú…. En las ramas del Yatay….. ya no existe el Paraguay, donde nací como tú……… Llora, llora Urutaú”. Le gustó al hombre y expresó de viva voz ante el grupo que Gino para él era un gran hombre y gran amigo.. “hasta el día de hoy” enfatizó. Quería marcar territorio aprovechando tener 6 años más que Gino pero interrumpí ostentando orgulloso mis recién cumplidos 72 años y exigí respeto especial a mi persona. Juan y Fernando Catipillan habían traído para TATU una botella de pisco chileno (con forma de ídolo de la Isla de Pascua Rapa Nui), un DVD que muestra en La Habana a los canjeados por el derrotado Obama. Los 5 Héroes cubanos en un recital con el telonero Silvio Rodríguez. Agregué un paquete de yerba, folletos del Museo Che Guevara y posters del INCUCAI sobre el tema de células madre. Otros sobre la trata de personas, mapas de nuestra Argentina y unas humildes gentilezas más. Rehusamos quedarnos a almorzar como proponía Gino. No nos sentíamos merecedores de alimento, al no haber participado en el trabajo voluntario. Y nos fuimos en silencio atragantados de emoción. Al llegar a casa Irene Rosa quiso saber y el minuto de silencio al que me obligó el nudo en la garganta y las lágrimas fueron emocionado prólogo a la experiencia que seguramente volveré a visitar con ella y ya estoy decidido a ayudar de alguna o muchas formas.

¡Gracias por el gran ejemplo! jóvenes y no tan de TATU. Gracias Gino.

¡Hasta la victoria siempre!

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No basta

Mariano Sierra (Desde Bogotá, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Son comunes las soluciones y alcances para lograr niveles de vida cómo también reflexiones de todo tipo de personas e instituciones donde cada una plantean visiones diversas de acuerdo a sus intereses personales, colectivos o según lo demande cada situación y es allí donde decimos no basta y veámoslo ´porque..

Toda la nación con sus instituciones a bordo debe ir más allá de los enunciados y las cacofonías abundantes. No más condolencias y o sentimientos de pesar o aptitudes lastimeras. O imputaciones a gobiernos anteriores de los males que nos aquejan. El pasado es historia y servirá para revisar los errores, pero el presente hay que asirlo con lo que tenemos, con firmeza, decisión y espíritu democrático de gobernabilidad donde prime el bien común y esta es una tarea de todos.

No basta con medir los logros de las responsabilidades del estado con índices, con comparaciones, con predicciones, con estadísticas. Se requieren hechos prácticos, eficientes, efectivos dirigidos a que esas responsabilidades sociales se materialicen y sepulten los sofismas de distracciones a que nos tienen acostumbrados. Se requiere acción pura que revolucione el estado y la gestión de gobernabilidad en todas las instituciones públicas y privadas. Hay que ir inclusive más allá como llamar y conformar grupos sociales que construyan alternativas de trabajo urbano y rural para generar empleo, para ser veedores de las gestiones de gobierno planeando proyectos conjuntamente con el estado donde todo se haga con total transparencia.

No basta con seguir oyendo la misma palabrería pública solicitando apoyo pero por el otro lado se está sometiendo al pueblo con más impuestos y cargas administrativas creándole al usuario una odisea interminable que a veces lo obliga a claudicar su gestión La pasividad no puede seguir ante el drama del hambre, la falta de trabajo disfrazada con índices de desempleo de un digito sin contar la existencia de esa gran masa de trabajo informal. Basta de tanta corrupción que ahoga con una justicia que hace apología a la impunidad, basta ante la educación desorientadora y alienada, basta ante la salud en estado terminal donde el débil tiene que soportar los rigores de una administración inclemente, donde el paciente desde tempranas horas soporta los rigores de filas para que le den una ficha y pueda ser atendido no se sabe cuándo, basta ante la inseguridad y la violencia donde niños y mujeres son masacrados impunemente, basta ante tantos agujeros negros producto de la debilidad de la gobernabilidad.

No basta que se profieran leyes existan códigos para para toda transgresión y tantas reformas a la justicia si existen muchos funcionaros judiciales y actores del derecho que se niegan a defender con probidad los derechos humanos valiéndose de artimañas legales y de no tener en cuenta en su ejercicio el saber mirar, el saber escuchar, fundamento para una justicia transparente y ágil. Pero también mediante leyes y de un plumazo se modifican los delitos para favorecer a los privilegiados como se está viendo con la ley de tierras baldías-, y los delitos políticos. Entonces justicia para quien… Como dicen para los ruanetas que no tienen quien los defienda.

No basta que ante tantos conflictos sociales se lleven a cabo análisis e investigaciones sin la participación ciudadana y sin planteamiento de acciones que verdaderamente contrarresten los desórdenes suscitados y que den con los responsables pertinentes. No basta pues tomar conciencia de los hechos si no se materializan gestiones que detengan la irracionalidad y el incremento de las desigualdades por parte de los barbaros actores que se oponen al ejercicio de la democracia. No basta con proclamar retos sociales, económicos o políticos si no contamos con el recurso humano idóneo porque el existente son los paracaidista de las elecciones, tampoco con los recursos financieros o mejor el recurso si lo hay pero está en los bolsillos equivocados y tampoco con gestión administrativa eficientes y la debida proyección que asegure unos resultados pues la tramitología, las dadivas y la pereza hacen presencia activa en la cadena.

No basta que el Papa profiera grandes cambios dejando ver en sus homilías verdaderas gestiones de cambio primero en sus colaboradores mayores y menores haciéndoles invitación a que vivan su ministerio de la forma como Jesús lo proclamo en su evangelio, con humildad, entrega, amor. Pero sus consideraciones no han tenido el eco esperado porque se atienden con simpleza sin el ánimo que busque alinear una iglesia desviada por la altivez clerical, salvo las mínimas excepciones y la indiferencia de muchos creyentes. No basta hacer peticiones para que se nos perdonen los pecados o toda trasgresión si no nos reconciliamos con quien o quienes hemos ofendido o dejado de amar, o dejado de apoyar, o siendo indiferentes con el débil.

Pero ante los creyentes digamos que no bastan oraciones, prácticas religiosas, exclamaciones de fe, si en el corazón de cada uno habita el odio, el rencor, la envidia, la indiferencia, si en su corazón falta amor unido a la ignorancia religiosa y al alejamiento de Dios.

Pero sigamos. No bastan medidas económicas, índices, estándares financieros, proyecciones de mejoramiento de la calidad de vida cuando el hambre golpea sin piedad y las desigualdades sociales aumentan cada día. No basta tanta ciencia, tanta tecnología, tanto progreso cuando estamos destruyendo la naturaleza esencia de la vida y de la ciencia que se da por sí misma para la vida humana.

No basta pedir paz si la conciencia del hombre construye violencia, ni basta aclamar la democracia si cada día perdemos participación, sentido de sociedad y falta de identidad política. No basta que la sociedad se alce en voces de malestar por el estado de cosas reinantes, por programas políticos que van a favorecer determinadas elites mediante imposición de candidaturas que no corresponden al espíritu de un gobierno social , si seguimos votando por los candidatos de siempre sin hacer uso del voto que manifieste el inconformismo.

No basta que ante los diversos problemas que aquejan al país siempre se está diciendo que todo está en orden y controlado, y que se están llevando planes y campañas de soluciones. Pero no es así pues son comunes las reclamaciones de la comunidad urbana y rural con paros por carencia de puestos de salud, de vías, de escuelas, de servicios públicos. Tanto engaño no puede disfrazarse con declaraciones y promesas y acuerdos que no se cumplen. Los hechos a diario son evidentes y es imposible siempre tapar el sol con las manos. Los compromisos y proyectos siempre surgen cuando la comunidad se alza. Porqué ‘? Por la tanta politiquería , mentirosa y farsante tan latente en las elites y el poder que seguimos apoyando con los votos. No basta con saber lo correcto. Hay que hacerlo. Jesús nos señaló que si hacemos lo correcto, eso es servir con amor.

No basta con tener, y tener si no sabemos saber tener y ser, porque lo social que está en el tener se funda en la utilidad común. No basta que se combata la corrupción mientras subsistan sistemas económicos y políticos que hacen de las personas una mercancía sometiéndolas a su voluntad. No basta que se anuncie transparencia en todos los órdenes sociales y públicos con sus proclamas de valores y principios si no existen controles, rendiciones de cuentas de actividades y una debida justicia que actúe cuando se comprueben acciones dolosas. Fraudulentas y corruptas.

No basta con que tengamos derechos tutelados por la ley si cuando son exigidos se sufre todo tipos de vejámenes administrativos y legales por parte de las autoridades y las instituciones públicas y privadas. No bastan tantas discusiones para una reforma tributaria o para incrementar el salario mínimo o para incrementar otros aranceles con implicaciones sociales sin que existan unas formas de equidad sostenibles. No basta que existan valores si ejercemos violencia física, psicológica, espiritual, si no nos despojamos de ser verdaderos gladiadores depredadores de la dignidad humana generadores de corrupción producto del capitalismo perverso sin control.

No basta con predicar justicia social, democracia y no a la violencia si no se erradica la pobreza, sino se aseguran actividades que promuevan el desarrollo social y humano, si no se trabaja por la igualdad de géneros, si no se defienden los derechos sin discriminación alguna, sino se trabaja porque los jóvenes pueden tener aspiraciones laborales y de empresa, sino se da seguridad a las instituciones democráticas y se brinde transparencia en todas las gestiones de gobierno, si no se da atención a los derechos de los indígenas y las comunidades afrodescendientes, y a los campesinos , sino se respeta la naturaleza , la vida y la dignidad humana mediante instituciones democráticas justas. Participativas y sostenibles.

No basta la existencia constitucional de un estado, si este se estructura sobre la ilegalidad, donde lo ilegal está por encima de lo legal, donde aún vivimos los paradigmas que se vienen tejiendo desde los albores de la independencia. No se trata pues de pregonar resentimientos, sino de llevar una voz de esperanza mediante la denuncia critica diciendo, Si podemos ofrecer argumentos sólidos para que gobierno y sociedad combatan frontalmente el flagelo de las desigualdades a través de políticas, participaciones y distribución de riquezas que moderen la disparidad social generadora de violencia para lo cual no hay acuerdos de paz.

No basta tanta pregonar justicia si pulula la impunidad, tanto ocultamiento de hechos usando también la violencia en sus distintas formas, o el acallar las injusticias, o el acallar la historia, o el silenciarla, o el hacer esguinces para ocultar tantas facetas llenas de insinceridad, deslealtad y falsedad, o el hacer acopio del engaño disfrazando situaciones cuando sabemos que el tiempo desnuda la realidad y con la verdad nada quedara oculto.

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