jueves, 11 de diciembre de 2014

Un clásico. Desde Puerto Rico: La viuda del manto prieto

Emilio S. Belaval



Por la noche, la viuda del manto prieto arropaba el cañaveral del barrio con sus tocas harapientas. ¡Condená! Tenía los ojos llenos de ceniza, la boca llagada y unas manos huesudas que no se acababan de morir:

- Voy a largalme pa no velle más la cara tiñosa.

- Tiés mieo?

- Tanto como tú. Ya me la he llevao tres noches enjolqueá en la anca. Anoche se me brincó de un guamá y me rodeó con sus güesos la centura. Casi estoy pol dejal el asuntito de la gualdarraya, na más que pa no paseal más a ese espelpento.

- ¿Tú no crees que esté muelta? - preguntó el otro con canillera.

- Pa mí que está en la desandá.

- ¿Y aonde le llevaste, mano?

- A su rancho pelao. En la única pulgaíta que no se ha tragao la caña.

- ¿Estará muelta, helmano?

- ¡Njú!

Los capataces del ingenio norteamericano estaban intrigados con aquel rancho maléfico. Veinte veces lo tumbaron, le prendieron fuego a las yaguas, le pasaron filo a los terrones y al otro día el terreno liso y las yaguas juntas. Había que sacar a la vieja antes de que echara su milagrito por el barrio. En verdad era un poco pesado ver aquella mai, acurrucada en la puerta de su rancho pelado, tan flaca como una guajana y con los ojos llenos de cenizas. El gerente buscó al guapo de la central y le encomendó que la desalojara.

Se llamaba Flor Colón y era un hombre de pelo en pata. El ingenio le soplaba un chequecito para que se estuviera quieto en el barrio, al servicio de la gerencia. Usaba una lengua de vaca más larga que un espadón; tenía cuatro tajos largos en el cuero y su famita bien ganada en reyerta contra parientes. El guapo se amarró la cintura y subió:

- Tié que ilse, mai.

- No pueo.

- Ande, mai, que no quieo asuntos con mujeres. Miste que tengo que estiralla. La central no quié agregaos.

- No pueo.

- Ni mueltesita, mai?

- No pueo.

- Pues le voy a jacel el favolcito ligero, pa que se vaya usté pa arriba y se siente con su marío aonde quepan. ¿Se va usté, o no se va?

- No pueo.

Le largó un tajo capaz de tirar al suelo a cuatro primos bien avenidos. ¡Ná! La lengua de vaca le viró el brazo y lamió al guapo encima de la rodilla. Flor Colón se arrastró despavorido hasta el cafetín:

- Mañana arrenuncio lo de la central. Esa vieja no la mata naide.

- ¿Pero la macheteaste?

- Pa dos chichas, hombre. No le entró el golpe. Pa mí que está muelta. Me arrenuncio, y si el americano me suelta una guasita, pos le saco la manteca de un tajo.

El soplo corrió por el barrio como un rabojunco en tierra verde. ¡La vieja del rancho estaba muerta! ¡Ni Flor Colón había podido untarle su lengua de vaca! Todos volvieron los ojos desorbitados hacia el rancho. ¿Se habría muerto la mai sin darse cuenta? Poco a poco cada cual trajo su brasa; uno dijo que no abría la boca para que no se le vieran los alveolos sin caries; otro, que tenía una tela de cebolla por nariz; otro que los ojos los llevaba por dentro y se los viraba por la noche No comía nunca, chupaba unas raíces que no la dejaban podrirse y ella misma se remendaba con alambre, cuando se le desajustaban las canillas Sentadita a la puerta del rancho, esperaba la voz de su muerto, para largarse con él al cielo. Flor Colón decía que la vieja no podía irse del rancho. ¿Por qué andaba de noche solamente, crujiendo su manto prieto por entre los cañaverales? Siempre había alguno que sabia más: la vieja enterré los muertos del cólera sin un solo vómito; en la bubónica cogía los ratones y se los echaba en el se
no para calentarlos, pasó por los guajanales sin sufrir nunca la ceguera. ¡Tenía que estar muerta! Si alguien se lo dijera tal vez se reconocería. No era la primera comadre que se extraviaba en el camino del purgatorio. Con decírselo estaba todo arreglado. Hubo junta de los bragados de la vecindad, para arreglar la entrevista con la viuda de las tocas harapientas. Flor Colón fue el único que llegó con voz al rancho:

- Mai, se nos ha ocurrido que usté pué estal muelta. Lleva usté muchos años asina ¿Pol qué no se larga usté pa onde su defunto?

- No pueo.

- Miste, mai, que los chicos están asustaos y los hombres con malos pensamientos. Váyase usté pal cementerio, que yo la acompaño.

- No pueo.

- Pol lo menos no salga usté de noche jasta que le resemos las orasiones y se reconosca.

- No pueo.

- Miste que se va a despoblal este barrio por culpa suya.

- No pueo.

Flor Colón se cuchicheó con la escolta; ¡mejor era que aquella condená vieja andara a la vista! Podría darle por echarle a la gente un bufido caliente en la oscuridad y aquello sí que podía ser una cosa de susto. Mientras tuviera cuerpo, al menos se la podía ver y echarle mano en tiempo oportuno:

- Pos nos demos salvao. ¿Qué diache podrá jacelse pa que se largue?

Al guapo del barrio le entró una pesadumbre, que trancaba las puertas con solo echarse un suspiro. Le hormigueaba en el pecho su responsabilidad de hombre trascendente. ¡Era él quien tenía que resolver el problema de la vieja!; por algo le había encomendado el americano aquel desalojo. Todas las tardes iba Flor Colón a hablar con la viuda:

- Miste, mai, que usté me está comprometiendo seriamente. ¡Que pueo peldel mi prestigio si usté no se larga! Váyase pa el otro barrio. Yo le múo el rancho.

- No pueo.

- Si tó arresulta en un paseíto entre amigos. Yo le cierro los sojos y le prendo un velorio como nunca se jace pol aquí.

- No pueo - remataba la voz fanática, fatídica, fantasmal.

El guapo bajaba desesperado de los breñales de la vieja. ¡También era una porquería del destino que le tocara a él tamaño lío con una muerta, después de haberse fajado honorablemente con tantos vivos.

- Tié que ilse; tié que ilse, manque se me monde la otra roílla - murmuraba el guapo, desesperado.

Pero la vieja permanecía en el rancho. Acurrucada todo el día en la puerta roída, con los ojos llenos de ceniza y la boca llagada por un dolor que no la dejaba morir, caminando casi toda la noche por los cañaverales, con el manto prieto al desgaire, sorda a todos los ruegos y las encomiendas, hilandera tiñosa de la conseja agreste, vivía aquella estoica alma en espera de una voz que la juntara con su marido. Niño que la mirara de lejos, por la noche le daba cagalera; jíbaro que rondara en busca de amores por gualdarrayas abruptas, la tenía de jineta al regreso, con sus brazos huesudos apretando la cintura del galán. Flor Colón lloraba como un niño, mirando su flor de hombre pisoteada, impotente ante aquel guiño de la fatalidad:

- Ganas teño de machetealme yo mesmo pa dalle una emburujá de muelto a muelto a esa condená. Si alguien me lo asegurara, esta noche la diba a buscal defunto.

Aquella noche fue la última noche en vela de Flor Colón; a la madrugada, con los cascos alucinados, se le ocurrió; ¿por qué no buscar la historia del marido, para averiguar el secreto de la vieja? En algún rincón del barrio tenía que estar. La pregunta cayó en el cafetín como flor de malva para una calentura.

Corrieron a tumbarle la puerta a las cuatro viejas más viejas del conuco, unas greñas miserables que tenían casa embarrancada y manutención de gorgojo, de puerta en puerta. Aquellas cuatro viejas ya estaban en el último callejón de la inmortalidad, No les hacía daño ni el maíz podrido de la limosna y las pulgas las habían dejado quietas, como carne que tiene derecho a descansar de toda rasquiña terrena. El guapo entró renqueando hasta las viejas, en saltitos anquilosados, en medio de un coro de jíbaros con amores en medianerías abruptas:

- Miren, doñas, que la cosa es de cuidado y es pa jasel mimoría de seguío - advirtió Flor Colón, en tonito como para vivas.

- Di, hombre, di - contestó una conocida por Paula, un tanto despertada por el tono.

- Se nos ha colgao en el barrio una condená alma que no deja enterral y jay que disponel algo pa que se nos acabe la flojera.

- ¿Y qué te cuesta la condená, Flol? Con los mueltos jace bien la pacencia, mijijo.

- A mí me cuesta una roílla, se va usté enterando; a los chicos de estos le va a paltil los dientes la alferesía y a aquellos dos, unas chamacas que tién más allá de los pajuíles. Con que ná de pedil chavos pa velas, que nojotros sabemos la manera de vivil de ca quien, y a resolvel de seguío.

- ¿Cómo se ñama?

- Ni nombre tié. Es la viua que vive acurrucá en el rancho.

- Pero esa es viva, mijijo.

- Íselo a mi lengua de vaca, doña. Le tiré un tajo pa jacel dos y desde aquello ando cojo.

La más vieja de las cuatro viejas más viejas del barrio, plegó los ojos y se puso a tumbar cien años atrás.

- Mía, mijijo, que me voy a arrecoldando cómo queó viua esa probe Al marío se lo fuñeron en el cañaveral.

- Siga, doña.

- Se casaron más que mosos y pelaron mucha tierra pa vivil en la finca dél. Ella era muy bonitinga pero la tierra la estiró Mala revirá tuvieron los probes Sembraron yuca y les salio brava y los grandules secos Se murieron las crías y el último pollo se lo comieron con moquillo. En eso se encaramó pa acá el cañaveral y no dieron paso ni pa la bestia. Tuvió que entregal la finca el marío pa que le dieran trabajo. Al capatá le entró ojerisa contra el probe y un día polque se saltó un arao, le abrió la cabesa con una coa, frente al rancho mesmo Lo trujeron con un trapo ajuntándole la sesera. Yo estuví en el velorio, mijijo. La viua no soltó una lágrima. Tenia la boca apretá, asina, con el labio pegao y el lloro pol dentro. Asina se pasó jasta que se lo llevaron.

- Eso es un caso de justisia, doña.

- Pos yo no vide llegal a naide arriba con el comisario.

- Se la hadremos nojotros. ¿Y cuenta usté que esa vieja chumba alguna ve fue bonita?

- Lo mesmo que una calambreña, mijijo. Bonitina y pulposa. Tenia una narisilla ñata de mujel suspiraora que le jacía muy grasioso el palabreo. Pero se enjumió con su hombre pa salval la finca De ná le silvio.

- ¿Y el capatá, aonde se largó?

- No sé, oye. El último hijo que yo supiera se mató con una espantá de caballo. ¿Sería la viua?

- Es un caso complicao. Si algún allegao del capatá estuviera vivo, se podría desquital a la vieja. ¿Y qué jace esa condená metía en el cañaveral?

- Cosa de mueltos, mijijo. A lo mejol un día de estos le pega fuego a la caña.

- ¿Será eso lo que espera la vieja? - preguntó el guapo recelosamente, pensando en su chequecito.

- No sé entoavía, mijijo. Quisá prendiendo una vela pa vel de qué lao se enclina...

- Miste, doña, que aquí naide se quié metel en lío con la central. El fósforo le deja a uno siempre un poco de ollín en la mano.

- Pos allá tú que eres el encargao.

- Muchas grasias, doña, y a callarse, ¿eh? Esto no se jabla con naide Y cuidiao con quearse de velona cuando se estire, ¿sabe? La viua es la última muelta que aguanto yo aquí y eso polque es un caso de justisia. Usté la desandá se la dá pol la playa, que allí no se asustan los conglios.

- Ta bien, hombre Yo de aquí salto pal cielo.

Volvieron al barrio, con las cejas alborotadas por la calentura. El guapo no se podía matar el remordimiento de haber atacado a la viudita dolorosa, que se había destripado junto a su hombre, para que no se los tragara la revirá:

- Isen que tenía narisilla ñata de mujel suspiraora - rumió un jíbaro sensual, como mascullando un romance.

- Y se pasó toa su mosera velando cogollos de yuca brava.

- ¡Y acabaron con ella y con su hombre! ¡Qué poca velgüensa!

Llegaron al cafetín, cuando ya la noche estaba trotando hacia el amanecer. El quinqué tenia la mecha más viva que una culebrilla de fuego y los jíbaros empezaron a mirar la llamita con una aprehensión singular:

- ¿Qué le pasa a esa condená lú esta noche, mano?

- Que el cuentesito de la viua me la trai endemoniá, sonso.

- A lo mejol esa viua pensará que en este barrio no jay machos.

Un rato largo:

- ¿Me quiés creel que siento el condenado quinqué ese bailándome en la cocotera?

La mecha rabiosa, escrutaba el corazón de los hombres, moviendo sus pestañas diabólicas. Flor Colón se puso a estirar entre dos dedos una mala idea que se le había enredado en la conciencia: ¿Por qué no sacarle la manteca que tenía en la barriga el gerente y llevársela arriba a la vieja para que se friera unos buñuelos en su calderito de ánima en pena? Aquello tal vez fuera más fácil que darle frente al ingenio con un incendio malicioso. Los jíbaros no se atrevían a mirar al quinqué, temerosos de que la llamita se doblara hasta el cañaveral. El guapo se asomó a la ventana que abría frente al rancho pelado, como si quisiera solicitar un misterioso permiso de aquellos ojos, que de tanto llorar por dentro, se habían cubierto de cenizas. Allí estaba acurrucada la viejecita, con sus huesitos amarrados bajo una toca harapienta, con los labios llagados por un dolor que no la dejaba morir, en espera de una voz que luchó junto a ella, para que no se los tragara la revirá. De pronto, la llama señaló hacia el cañaveral.
Saltaron cuatro o cinco de la mesa del embrisque, a buscar refugio en el guapo:

- ¡Miste, compai; la llamita se pone imprudente!

- No se pué agualdal más. Tié que sel agora mesmo.

- ¿Y la polesía?

- La polesía viene andando, presioso, pero los mueltos se cuelan por la cumblera.

- Yo voy si tú lo desides.

- ¿Quiés que a tu hijo no le chillen más los dientes?

- ¿Qué falta?

- Gas, mucho gas. Hay que pegal el fueguito pol las cuatro puntas.

- Y la vieja dentro, Flor. ¿No será más malo?

- ¡Bah!, pol la vieja vela el defunto.

- Pos vamos.

Se desparramaron por el cañaveral con el lomo erizado y las manos llenas de candela, sabiendo que las llamas aventarían el maleficio que amenazaba con despoblar el barrio. Media hora más tarde, el cañaveral empezó a arder por las cuatro esquinas; el humo escaloneaba hacia el cielo, como si quisiera prender por sobre toda la tierra desposeída una siniestra toca de viuda; corrían las voces soplando tizones, esperando que de la noche tormentosa, llena de chasquidos voraces, saliera una voz que esperaba la viuda sentada en la puerta de su rancho pelado.

- Agora sí que la viua se larga con su defunto, compai.

- No se apure, mi vieja, que allá en el sielo tié que habel un rinconsito pa usté y su defunto.

- Y pué sel que allá me le pongan otra vé, su narisilla ñata pa que le haga grasioso el palabreo.

Con su nuevo manto de llamas la viuda subió al cielo: el guapo la enterró entre volutas de leyenda, prendiendo su toca postrera con la risa del niño aterrorizado que prestó sus alfileres de leche. Nunca más la viuda del manto prieto ha arropado los cañaverales de Puerto Rico y nuestra noche colonial perdió su última jineta.

Emilio S. Belaval (1903- 1972): narrador, ensayista y dramaturgo portorriqueño. Maestro en el género de la narrativa breve, sentó las bases de la moderna prosa cuentística de la región caribeña, abriendo las puertas a la creación de una nueva estética para varias generaciones de narradores de la región.

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El neóptero, el perro resignado y los ixodoideos

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



O para decirlo claramente y sin rebusques: El perro y los Chupa Sangre. En una casita pobre en un barrio marginado donde la vida hostiga fuerte y los sueños se apoltronan acovachados al costado de las zanjas, esperando que alguna idea humanitaria fuera capaz de mejorar las condiciones de precariedad, vivía una familia compuesta por una pareja joven y sus seis hijos pequeños. Al verlos salir, en las mañanas, uno pensaba estar frente a los peldaños de una escalerita de carne envuelta en racimos de risas y travesuras. Aunque generalmente parecían invisibles.

Un perro flaco, hiperactivo y gruñón, pasaba sus días un poco echado, otro poco saltando por los contenedores donde se arrojaban los residuos, buscando lo que en la casa no podían proveerle. El animalito nunca andaba solo, una corte de pulgas y garrapatas lo obligaba a realizar contorsiones espasmódicas, capaces de provocar envidia a los mejores acróbatas circenses que a veces andaban por ahí.

Cómo donde reina la desigualdad social suelen aglutinarse seres diferentes, con necesidades idénticas, las pulgas convivían respetuosamente con garrapatas infladas, tanto, que parecían a punto de explotar en cualquier momento. Los chupa sangre logran saciar sus requerimientos con más facilidad que los que no lo son y lo más triste es que se reproducen con una rapidez increíble.

 Ambas especies, formadas en batallón demasiado molesto similar a un ejército muy bien organizado, sobrevivían sobre la famélica anatomía canina que dejaba las costillas a la vista, dando la impresión de que el animalito tuviera incorporada un arpa ososa, aunque átona, sosteniendo su morfología perruna.

Era impresionante la unidad de acción existente entre neópteros e ixodoideos; contemplando la imagen desde afuera de la pelambre canina, alguien pensante notaría qué tremenda coexistencia alcanzaron ciertas especies parasitarias, capaces de adueñarse de los recursos naturales, en este caso, del pobre perro que andaba por la vida gesticulando de una manera tal, que los dedos de quien pasara cerca suyo comenzaban, instantánea e involuntariamente, el baile de la rascada.

Además de ese despliegue de arte corporal, el animalito lograba que uno se mantuviera alerta, dado que las vértebras del pobre parecían querer escapar de la osamenta haciéndome “flashear” la idea de que en cualquier momento alguna pieza ósea podría salir disparada como certera piedra de Intifada, para terminar incrustada en algún lugar de mi propia anatomía.

Es ahora y mientras les cuento esta historia, que no me alcanzan las manos para rascarme y hasta tal vez logre que algún lector aburrido, que se detenga en este texto como para pasar un rato, se enganche en esa misma danza de manos y uñas incrustándose, sobre todo, en el cuero cabelludo.

Tanto bicho molesto que pululaba por entre esa madeja de rastas, también invadía a las personas que andaban cerca, lo que me hacía pensar que al menos algunos seres animados, aunque repugnantes, se atrevían a visitar aquella geografía olvidada por otros bichos erróneamente llamados humanos.

Los niños jugaban con el animalito despojados de prejuicios. Cuántas veces pensé, al recordarlos, en la pureza de aquella imagen adyacente entre latas oxidadas, botellas rotas sin capacidad de reciclaje o comida en estado de putrefacción. (Los días mueren resignados por entre tanta mugre).

Mientras el perrito se rascaba, siendo ya el suyo un movimiento comparable a un tic nervioso, los niños crecían con sus tripas trenzadas por la ausencia de alimentos y los grandes juntaban entre los deshechos algo rescatables como para ubicar en ollas casi desfondadas. El ejército de neópteros e ixodoideos, cerraba filas coordinando acciones futuras en las que tendrían la victoria asegurada. Matemáticamente ordenados seguían buscando perros y gente donde depositar nuevos huevos, logrando conformar nuevos batallones de parásitos adoctrinados para picar otros pedazos de carne en estado de negligencia absoluta.

Pasó el tiempo, los niños crecieron a tropezones, el perrito alzó vuelo hacia una nube tal vez mucho más aséptica. La pequeña población aumentó su densidad trenzando más tripas.

Creció, sobre todo, la conformada por aquellos ectoparásitos hematófagos que tan ordenadamente, como cuando los vi por primera vez, extremaban tareas para mantener sus nidos. Y lo hacían dando el mismo, aunque lamentable, ejemplo de coordinación para nutrirse de la sangre débil de quienes conformaban el espectro social de aquel lugar, que bien puede ser el sitio donde se encuentren aquellos que estén leyendo estas líneas, si los hay.

Seguirá el baile de la rascada por tiempo indeterminado porque realmente, no creo que sean tantos los que puedan resistir la alergia que produce la impunidad de esos parásitos multiplicados por miles, año a año.

Ilustración: “Parásitos” de Beatriz Palmieri, artista visual argentina,

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El juguetón

Gustavo Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Era un día transparente de Mayo. Fresco a la sombra, pero al solcito calentaba. En la plaza, los viejitos. Viejitos jubilados, sentados, fumando negros, leyendo el diario, hablando entre ellos, todos juntitos, con grandes relojes digitales o de bolsillo con cadena gruesa, con zapatones de suela agujereada. Pero todos bien vestiditos, eso sí. Con sus gorras, sus corbatas. Algunos hasta con chaleco, bien arreglados ellos.

Por ahí de pronto se ponían colorados y se amenazaban con el dedo. Después cada uno se metía en su diario hasta que se alborotaban otra vez, pero más despacio. Entonces llegaba un momento en que cambiaban de tema haciendo una broma algo triste, parecía.

Todo empezaba siempre por una palabra para otro, que entonces apuntaba con el dedo y gritaban: que Evita, que la UES, que las Malvinas, que los milicos, que los políticos, todo lo que pasó, que como está el mundo, que hoy en día, que la globalización, que los shoppings, que hoy con la internet, que todo es distinto, que hoy, porque en éste siglo, y hoy en día.

Ah, los viejitos. Van llegando de a uno, se saludan con la gorra y hablan de las mujeres, de las hemorroides y las várices y el reuma y el colesterol y las comidas naturales y saludables.

Son gnomitos gruñones pero buenos que a uno lo comprenden porque ellos, que han vivido mucho y con la sabiduría que dan los años conocen el fondo de la gente y saben que uno también es bueno.

A mí, por ejemplo, me gusta jugar de pronto con las personas, así nos damos cuenta que aunque parecíamos desconocidos nos conocemos desde mucho antes: todos una gran familia que se sorprenden y se asustan y después se ríen y dicen -”pero éste chico” haciéndose los enojados pero palmeándome la espalda y guiñando el ojo. Y así todos contentos.

Por eso me acerqué cuando vi otra vez a los viejitos, aquella linda mañanita de Mayo. Estaban juntitos y arregladitos como siempre, muy compuestos ellos, hablando lo de siempre.

Me senté al lado de unos que leían el diario. Enfrente otros fumaban los negros y hablaban. Me moví un poco, refregué los zapatos en el pedregullo, ras, ras, tosí, me soné fuerte la nariz. Debían ser medio sordos, por la edad. Los del banco de enfrente seguían hablando, todos al mismo tiempo, pero ya se empezaban a congestionar: uno decía que a la noche no iba a llover porque lo vio en la televisión. El otro le decía que si, que iba a llover porque le dolía la pierna, y la pierna del reuma era segura y los del Servicio Meteorológico siempre se equivocaban que esos satélites ni ellos los entienden.

Entonces yo les grité -”pero se levantó vientito, eh” (porque en realidad había empezado a soplar un poco de brisa).

Los de al lado dejaron de leer y se miraron en silencio. Los de enfrente se callaron y me miraron con cara de yestededondesalió. Yo les sonreí, pero todos seguían mirándome hasta que cada uno volvió a lo suyo.

No puedo aguantar las ganas de hacer bromas y que la gente se ría. Así que primero me quedé quietito, me hice el distraído, que miraba como los nenitos corrían por el pasto y las mamas y las niñeras los cuidaban, y las plantas y el solcito, y de todo un poco, miraba por todas partes, hasta que saqué despacito el encendedor del bolsillo y moviendo apenitas la mano lo encendí debajo del diario que leía el viejito, que no le podía ver ni la cara tan concentrado estaba.

Ah, los viejitos. El diario se empezó a quemar por la punta, primero una llamita chiquita, casi nada. El seguía leyendo. De pronto la llama le apareció por el medio de la página. Entonces pasó lo de siempre, el viejito pegó un salto, tiró el diario, los otros dejaron de hablar, pero nadie se rió. El viejito se puso a gritar asesino, delincuente, degenerado, los demás se acercaron a pegarme, uno me dio un bastonazo que esquivé (en ese momento siempre aparece uno con un bastón o un paraguas mal cerrado) y empezaron todos a gritar policía, policía.

Y otra vez igual. Quise acercarme, sonreírles, tirarles un montoncito de pedregullo, pero nada, seguían gritando y me amenazaban con el bastón. Así que cuando vi a los policías me fui corriendo.

Yo corro muy ligero. Sobre todo cuando quiero evitar malos entendidos. Yo no soy ningún asesino, ni delincuente ni degenerado. Solamente me gustan las bromitas.

Me puse a espiar el revuelo. Estaba toda la plaza alborotada: los viejitos hablaban al mismo tiempo, movían los brazos y se congestionaban más que nunca. Las niñeras y las mamás apretaban fuerte a sus nenitos. Pero a mí no me importaba. Yo los quiero y les voy a hacer muchas bromas.

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Paisajística. La ciudad de Granda, España: una belleza sin par



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Los extraterrestres que nos habitan

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Siempre vamos tras de lo incierto, ingenuo e inseguro. La mayoría de la gente piensa en el más allá olvidando el más acá, mirando el espacio sideral no dándose cuenta de esa caca que está pisando y de todas esas toneladas de mierda con que inundamos los océanos y la tierra con miles de onzas de basura y cientos de barriles de contaminación mortal.

Nos encanta mirar al cielo a través del pico del pájaro o del espolón del barco. Otros, atolondrados, miran las columnas que sostienen las catedrales y palacios que tienen el fuste adornado con rostros o espolones y, también, la corona real que se da al primer pirata porque saltó a bordo de la nave pirata enemiga.

“Hay como un rostrillo, adorno de cara que se pone a las imágenes, en el espacio sideral” dicen que dijo J.B. Rossi, profesor de lenguas orientales en Burgos, siglo XVIII.

Un espacio sideral, que es el trasero del Planisferio en banco de arena en el fondo del mar, cual masa carnosa del feto astral a que está unida la semilla de la Vida en pizzicato o trozo musical que se ejecuta pellizcando las nalgas a uno u a otra en terreno de aluvión donde se hallan pajuelas o pepitas de oro.

El Universo todo es una rueca de cinco o seis mazorcas hiladas junto a si, para que parezca terrenal. El cielo toma la postura del gimnasta teniendo el aire en sentido horizontal, siendo su único apoyo el que le dan las estrellas o uno de los cualquiera planetas que cual madero redondo en rollo de tres a ocho varas de largo y nueve o quince pulgadas de grueso le sostienen en andamio que se cuelga del costado de Luna para que se sitúen las constelaciones en cada uno de los peldaños cuando tienen que trabajar para el arreglo de la Tierra.

“Los extraterrestres nos habitan” que ya lo dijo estando en Toledo el infante don Alfonso, huido de su hermano el rey don Sancho, que saliendo una vez a caballo con el rey moro Alimaimón, uno de los moros que siempre le iba detrás, hablando de la gentileza y buena postura del infante, le vio una guedeja levantada en la cabeza y agarrándole del pene erecto dijo al que iba a su lado:

-Este ha de ser un gran rey extraterrestre, pues quien tuviere remolino en la testa y la picha tiesa siempre irá y vendrá de la guerra de fiesta.

Y así lo fue, pues ganó Toledo días después.

Sin embargo, los extraterrestres son eternos aburridos y sus mujeres siempre hablan para casar una hija. A los extraterrestres, en el baile, siempre les falta pareja, y planchan el cielo haciendo alarde de valientes o de aventajados en algo. Por eso, y debido a nuestras carencias, pensamos que los extraterrestres son más guapos y más listos que nosotros que no tenemos luz propia, pero ellos sí pues la reciben de la Banca, las Cámaras o los templos, cagándose en el Sol.

Un abad, que tenía amores con la mujer de un cencerro, dice que los extraterrestres viven en Júpiter, en Saturno o Neptuno, en Urano, Venus, Marte o Mercurio, Y es mentira, pues en la noche, cuando salía a los trigos el cencerro, que era agricultor y ganadero, siempre veía como dos culos que sonaban como bueyes haciendo el amor y, oyéndoles, se decía a sí mismo:

-Esos son extraterrestres, no hay duda.

Y se volvía a casa contento, pareciéndole el trigal como el plano de una iglesia cantando de plano, atravesando él su atrio, la puerta de la fachada, la nave principal, el crucero y las capillas absidiales donde los dos extraterrestres en siete vaciaban una barreña y en siete la hinchaban por la noche hasta el amanecer del día.

-La traza o diseño de los extraterrestres yo me lo sé, me dijo en París y en su Barrio Latino visitando librerías de español traspuestas que como las plantas ni crecen ni medran, un amigo hijo de exiliado.

-¿Cómo es eso?, le pregunté yo.

Me respondió:

-Cuando las aguas turbulentas del levantamiento nazi-o- naa volvieron a su cauce,, volví a casa de mis padres en Ontiñena, un pueblecito de Huesca, en Aragón. Cuando entré en el zaguán, primera pieza de la casa en que está la puerta que da a la calle o al campo, un palomo que tenía el buche pequeño y alto voló desde una vasija Neolítica de arcilla, ejemplar muy curioso, rodeada de fragmentos de loza ornamentados con grabados o incisiones de líneas y puntos, restos, sin duda, de otras tinajas, vasijas y tazas rotas adrede.

Hizo una pausa, y siguió:

-Miré por dentro la vasija y cual fue mi sorpresa que vi una mierda enchorizada hilada de días de guerra en cruzada y cagada de meses. Debajo estaban los chorizos y costillas aceitados de la última matanza descolorida. Ni el rey de Inglaterra, ni el duque de Normandía, ni el conde de Beane, ni el mismo Napoleón hubieran hecho esto, pero sí el rey Alfonso de Castilla y todos sus secuaces, como los generales asesinos postreros, que lo hicieron por humillar aún más al pueblo, pues me cuentan que lo hicieron igualmente en otras muchas casas de otros pueblos.

-También, prosigue, me encontré en un papel de estraza unas letrillas que cantan:

“Soy Caca nazi-o-naa, cual cerco o uña de solípedo extraterrestre que circula entre fluidos orgánicos vegetales o animales que nos habitan, y podéis probarlo pasándole la lengua de nuestras comunidades que ya lo hicieron Vasco de Gama, Vasco Núñez de Balboa, Vasco Pérez de Meira, Vasco de Quiroga, primer obispo de Michoacán, Prim y el General Esparteros, y muchos otros más”.

-Entonces, le pregunto yo, ¿Quiénes son, dónde están los extraterrestres?

-Los extraterrestres, responde, están en este cuerpo, el tuyo y el mío, que nos habita.

Se atusó el remolino de la testa, pero yo no le agarré del rabo, ¡no faltaría más!

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Música: La música académica europea (mal llamada “clásica”) en versión “tropical”

ARGENPRESS CULTURAL

Experimento musical que puede resultar interesante (o, quizá, desagradable para algunos).

Escuchémoslo:







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Periodismo verde y TV chatarra

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La historia económica del mundo desarrollado encuentra su mayor pasivo en el uso irresponsable de los recursos naturales del sur del planeta, cuya ciencia y tecnología no concuerda con el discurso diplomático que casi siempre es elusivo para las organizaciones internacionales.

El Fondo de Cultura Económica, ha publicado recientemente Mito de Desarrollo y la Crisis de la Civilización, del peruano Oswaldo Rivero, quien plantea “un pacto de supervivencia” para lograr un “equilibrio físico social entre la creciente población urbana y los recursos vitales que serán seriamente afectados por el cambio climático”.



En el año 1992, la Conferencia de la Tierra, en Río de Janeiro, acuñó “el desarrollo sostenible”, con la firma del Programa 21, por 108 jefes de Estado, con el fin de orientar la planificación de largo plazo. Pero el balance real indica el incumplimiento de sus acuerdos, empezando por la mayoría de firmantes, y las empresas comerciales más importantes, suscritas en el Consejo empresarial mundial de desarrollo sostenible.

Desde la otra orilla, para los pueblos indígenas que representan el cambio climático o los cambios que ellos perciben año tras año, no es novedad y están preparados a cualquier variación brusca que se da en la Cuenca Amazónica, zona reconocida como la mayor reserva de agua y bosque del planeta. Van más de dos décadas de la cita de Río y la deforestación y la contaminación se agudizan.

En un Taller de Periodistas, organizado en víspera de la COP20 en Lima, por Page – Partnership for Action on Green economy - iniciativa de cuatro agencias de la ONU y del Estado peruano, un corresponsal holandés preguntó a los panelistas sus puntos de vista sobre la “TV chatarra”, como un elemento nocivo para la educación ambiental.

La taxativa respuesta de una de las representantes del canal 5TV de Lima fue: “…existe la tv chatarra porque existe población chatarra”.

Gran sorpresa causó al centenar de comunicadores invitados sobre esa irresponsable “tesis”, alejada de la ética, solidaridad y del “libre mercado”. Al respecto, la UNESCO en el Día Internacional de la Libertad de Prensa 2014, incide en la práctica de la participación. “Las nuevas tecnologías no sólo están modificando la dinámica de los medios de comunicación en relación con los contenidos, sino que contribuyen también significativamente a crear nuevas formas de que los medios interactúen con su público”.

La gestión de los flujos de información se está convirtiendo en una cuestión cada vez más crítica para el futuro de la industria de medios de comunicación. Por lo tanto, “alentar la participación es clave para la supervivencia de los medios de comunicación en un mercado competitivo, al tiempo que constituye una oportunidad para trabajar con el público”.

En cambio, la experimentada comunicadora Mávila Huertas, afirmó que el consumo no ha significado el bienestar, sino una alienación permanente, con trabajos cada vez más alejados de la realización de las personas. El caso peruano es patético por el creciente centralismo, agudizado por crisis del agro, terrorismo y narcotráfico, cambios ambientales como: recalentamiento de la atmósfera, deterioro de la capa de ozono, sequía, catástrofes, efectos en la biomasa marina, etc.



Una economía verde supone el crecimiento del ingreso, el empleo y el bienestar humano a través de inversiones públicas y privadas que mejoran la eficiencia energética, el uso de recursos y previene la pérdida de biodiversidad y degradación de los servicios ecosistémicos, reduciendo la contaminación y las emisiones de carbono.

Jason Deputy, del Instituto Global Green Growth de Londres, se pregunta: ¿Por qué es importante el crecimiento verde?:

Por la existencia de beneficios a través de las tres dimensiones del desarrollo en el corto plazo: Por reducción en los daños causados por emisiones y contaminantes. Uso eficiente de los RRNN, particularmente Energía, Agua y Tierra. Mejoramiento de los activos naturales y de los bienes y servicios derivados.

Una economía verde facilita los cambios que reducen los riesgos de catástrofes en el largo plazo, y crea las nuevas fronteras del crecimiento a través de la innovación. Inclusión social amplia y reducción en la vulnerabilidad. Crecimiento de negocios y oportunidades laborales en sectores emergentes. Infraestructura eficiente, accesible y resistente.

A manera de conclusión, puedo afirmar que una acción en pro de la conservación del mundo debe identificarse con todos, ser intensa, innovadora y ejercitar la capacidad de indignarse frente a la indiferencia o la anomia. Concluyo, volviendo a las páginas de The Myth of Development and Crisis of Civilization: “Estamos frente a una crisis de civilización. Las colonias del ayer nos han superado porque no invertimos en educación”. El conocimiento es integral, multidimensional. Las humanidades son muy importantes, pero sin descuidar la ciencia y tecnología.

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Prefirió guardar las apariencias

René Franco (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Julio, 1997, sábado, el bar de siempre, 19:15, es invierno y la fuerte lluvia matiza el estridente ruido que sale de la rockola, Joaquín se encuentra un tanto intranquilo, su mirada no compagina con aquel ambiente estrambótico, se siente incómodo, hay algo que no deja disfrutar de su noche; Orlando, Eddie, Fernando, lo notan, pero el silencio -que les ha sido impuesto- les obliga a no pronunciar una palabra, Roberto sentado frente a Joaquín, no ha hecho otra cosa más, que lanzar miradas furtivas a éste, mientras Joaquín escribe incesantemente, sonrojado, evita mirarle a los ojos, a Roberto le resulta todo un espectáculo ceño fruncido, ojos saltones resaltados por el color cobrizo de sus grandes anteojos, observan detenidamente cómo el viejo lapicero se desliza y va dejando ideas mal puestas en la libreta de taquigrafía.

23:27, hora de marcharse, el bar está casi vacío, Orlando es el último en irse -además de Roberto y Joaquín- Roberto sabe que Joaquín vive lejos, le ofrece su casa -a pocos metros del bar- mientras su hermano Renato, pasa recogiéndole, Roberto siempre le ha visto como un hermano menor, juguetón, inmaduro, reflexivo, tan apasionado por las letras como él; esa noche Joaquín entendería el amor, o una aproximación a éste, al llegar a casa Roberto cerró la puerta, acto seguido Joaquín se lanzó sobre Roberto y posó sus labios sobre los de este, se besaron con locura, sus bocas destilaban poesía. Joaquín descubrió, que después de todo, esa sensación de intranquilidad, no es otra cosa más que la realidad misma: Joaquín ama a Roberto, tanto como Roberto ama a Joaquín. Esa noche, sería la más intranquila de todas para Joaquín, no puede ocultarlo, como -pasados un par de meses- tampoco puede ocultar que los incesantes poemas, las continuas muestras de afecto por parte de Roberto, simplemente lo tienen enamorado.

Joaquín vive luchando día a día con sus demonios internos, no puede sobrellevar la frustración que le causa el 'qué dirán':

¿Qué dirá su padre? Reconocido cardiólogo en el gremio médico.

¿Qué dirá su madre? Asesora gubernamental, y catedrática universitaria.

¿Qué dirá su hermano? El reconocido barista, cuyos premios y reconocimientos internacionales no caben en su habitación.

¿Qué dirá su medio hermano? El aventurero que abandonó su puesto como tecnócrata, para fundar su empresa.

¿Qué dirá su hermana? Chiquilla adolescente, quien ve a Joaquín como su ejemplo a seguir.

¿Qué dirá su cuñada? Que está por convertirse en madre, y acaba de recibir un ascenso la aerolínea donde trabaja.

¿Qué dirán sus amigos? ¿Qué dirán sus camaradas? Esos que ven como ejemplo incorruptible, activo y luchador, a Joaquín.

Probablemente, estos cuestionamientos son demasiado escandalosos para sobrellevar, pero Joaquín debe tomar una decisión: amar a Roberto, sin importarle nada o responder con hechos a los eternos cuestionamientos de sus padres, '¿Y tu novia? ¿Cuándo nos presentás a su traida?'

Joaquín debe decidir, lo sabe… Repentinamente consigue novia. Glenda, regordeta, de estatura baja, cabello largo, sonriente, de buena familia, la tipa ideal para callar a quienes le cuestionan, a sus padres, sus amigos, sus camaradas. Joaquín debe actuar rápido, besos escandalosos en público, muestras sobreactuadas de afecto a quien ama, no debe dejar margen de error.

Roberto ha perdido la batalla, lo sabe; se rinde y no insiste más... A Joaquín no le queda más, que seguir actuando, debe guardar las apariencias, sus padres no pueden enterarse que 'es hueco'... Todo sea para que no le cuestionen, verse cuestionado se traduciría en la condena familiar y la vergüenza de su generación.

Algunos años más tarde, las infidelidades -con hombres y mujeres- por parte de Glenda, acabarían con la relación, la excusa ideal para 'salir del closet', finalmente ya es independiente, vive en apartamento de soltero, y no le falta nada… Y del mismo modo, para buscar a Roberto, por quien ha gastado mil formas para olvidarle y aun no lo ha logrado.

Para entonces, Roberto se encuentra a 235 km de Joaquín, Latitud 13°41′22″N, Longitud 89°11′14″W, ha encontrado refugio en otros brazos, de momento es el 'hombre más feliz del mundo' y Joaquín no le significa otra cosa más que un agridulce recuerdo, de 'su primer amor', del tipo al que amó con locura, le escribió en versos, le lloró en estribillos, le encontró en cada novela. No es más que un escueto recuerdo, de quien no supo amarle y prefirió guardar las apariencias.

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La primera impresión

José González (Desde Santiago de los Caballeros de La Antigua, Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



El día tan esperado, finalmente había llegado. Impartir clases en la Universidad Nacional -¡y nada menos que en la escuela de Posgrado!-, había sido siempre mi deseo. El sueño de mi padre, quien había ejercido la docencia por muchos años, parecía que se materializaba, y mi familia, en general, sentía honda satisfacción por el indudable éxito académico que suponía que su ilustre hijo ocupara el cargo de catedrático universitario. Luego del posgrado, que había culminado en una universidad en el extranjero, tenía la convicción de que la reciente designación para tan alta investidura en el ámbito de los estudios formales, era francamente merecida y sentía un inmenso placer cuando leía -y lo hice innumerables veces en privado- mi nombre en la resolución administrativa que me nombraba como Profesor Titular, así como en la circular que para hoy me convocaba para dar inicio al ciclo lectivo.

Salí, pues, de mi casa con el mejor de los ánimos y con suficiente tiempo de antelación para evitar retrasos. Vestía, impecable, la indumentaria formal que mi grave condición de docente exigía y me encaminé a la Casa de Estudios Superiores. Al llegar, aparqué mi vehículo en el estacionamiento de la ciudad universitaria y sólo cuando me hube apeado, advertí un leve temblor en mis manos y que estaba transpirando profusamente. Me sentía nervioso. “¡Maldita sea! -pensé- parezco un escolar; de modo entonces -me reprendí con severidad- que esa es la impresión que querés causar”. Cerré los ojos, respiré profundamente y, recobrando como pude la calma, me sequé el sudor de las manos con mi pantalón, engallé el pecho y me enfilé con determinación a mi edificio.

En el tercer piso encontré a algunos de mis colegas reunidos en la entrada de la oficina del Director; pasé frente a ellos sin detener la marcha y los saludé con una mueca que parecía el amago de una sonrisa. Cuando entré al aula percibí que el pulso lo tenía acelerado y una vez sentado en la cátedra caí en la cuenta de que la camisa la tenía mojada de sudor; sin darme tiempo para pensar, saqué los libros de texto de mi portafolios, mis marcadores, los coloqué sobre mi escritorio y una vez instalado, levanté la cabeza y vi que estaban sentados, de lo más relajados, cinco alumnos, quienes apenas si percibieron mi ingreso al salón de clases, pues se reían de cualquier cosa por la conversación informal de amigos que entre ellos mantenían. Verifiqué la hora, con los primeros latidos de pánico, y vi que faltaban diez minutos para el inicio de la clase.

Como siempre había sido muy puntual, a la hora indicada me puse de pie. -Buenos días -dije con la voz temblorosa- ante la mirada de desconcierto de los alumnos. -Estimados compañeros -comencé mi alocución sin mediar más palabras- me siento muy complacido y muy honrado porque he sido llamado a este Templo Sagrado del Saber para retribuir con mis conocimientos el favor que recibí cuando, al igual que ustedes, fui estudiante de esta que es nuestra Alma Mater. Estoy dispuesto -dije sin mirar a mi audiencia y con la vista fija a la pared del fondo como me habían sugerido para no perder el control- a liderarlos para que juntos salgamos de la caverna en donde la ignorancia nos ha mantenido sumidos. Estoy seguro -seguí diciendo de memoria el discurso que tantas veces había practicado días anteriores- que sus mentes ávidas de conocimiento recibirán con beneplácito las enseñanzas que les traigo, pues sepan ustedes… -y en ese momento abruptamente fui interrumpido por el Director de la Escuela de Posgrado, quien entró al aula sin anunciarse-.

-Licenciado -me dijo el Director con tono severo- lo he estado esperando en mi oficina desde la hora indicada en la circular, para llevarlo a su aula en el segundo nivel y presentarlo ante sus alumnos. -Haga el favor de acompañarme -expresó imperativamente, sin darme tiempo a responder, mientras salía del salón-.

Me quedé de una sola pieza, ante la mirada apenada de mi escasa concurrencia. Tragué saliva y mientras recogía mis cosas, pensando que acaso no necesariamente la primera impresión es la que cuenta, les agradecí por haberme prestado deferentemente su atención.

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Amigos... son los Amigos

Elizabeth Óliver (Desde Canelones, Uruguay. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Alrededor de la mesa del simpático café de barrio que solían frecuentar, un grupo de amigos pasaba la mayor parte de sus horas libres entre amenas charlas, cervezas, algo simple de comer y mucho café. Desde chicos, asistiendo al mismo club deportivo, se habían hecho inseparables. Independientemente, cada uno cumplía lo suyo con efectividad. En grupo, sin tendencia política, les importaba lo social, buscando formas eficaces de solucionar problemas a corto plazo y aportando también su tiempo para lograrlas. Eran tres muchachos y una chica: Diego, Matías, Dante y Sara.

- Cómo demora Diego - dijo Dante- , mirá si este gil no le arregló las luces al auto y lo pararon los zorros grises, porque en casa de herrero...

- De gil no tiene nada; le cambió los fusibles esta mañana - aseguró Matías- . Debe estar atendiendo a algún cliente apurado. Miren, ahí viene la camioneta.

- Vamos pidiendo las pizzas - dijo Sara- , tengo hambre.

- ¡Hola, gente! - saludó Diego- , me apareció un trabajito urgente y lo pude cobrar bien, así que hoy invito yo... ¿pidieron algo?

- Sí, ya vienen las pizzas - respondió Dante- , Sara vive a dieta pero acá en el bar se olvida y no hay demora que la contenga...

- ¿Y vos cómo sabés que Sara vive a dieta? - preguntó Matías- . Vamos, che... ¿ustedes tienen algo para contarnos? No me mires así, Sarita... ¿qué tiene de malo si cayeron en desgracia? Lo que no se puede es ocultarlo, ¿ta?

Todos rieron y cuando vino el mozo Dante le pidió una botella de vino blanco.

- Ésta va por mi cuenta. Ya que nos descubrieron, brindemos por Sara y por mí. Ya van a caer en desgracia ustedes también y después de las bromas obligatorias de las que tampoco se van a salvar, tendrán que pagar un vinito como hago yo ahora.

Al final de la tertulia, Dante y Sara se fueron juntos, como tantas otras veces... aunque esa tarde - ya no había por qué ocultarlo- , subieron al auto de él, tomados de la mano.

Diego y Matías caminaron hasta la camioneta. En el trayecto no se dio el diálogo acostumbrado, comentando cualquier cosa de las dichas frente a grupo.

- ¿Que te pasa? - preguntó Matías- . Entraste contento, compartiendo tu platita recién cobrada... y después te quedaste como "en otra"... ¿me querés contar?

- Estoy cansado, me gusta mi trabajo y sobre todo cómo rinde, pero a veces me paso de rosca y después se me viene el día encima.

- No, loco; a mí, no. Todo eso es muy cierto pero es la historia de tu vida y nunca te privó de parlotear toda la tarde... Si no querés decirme, está bien y no me meto, pero versos, no.

- Disculpame. Vos y yo siempre fuimos confidentes y algunas cosas no las hablamos con el grupo... Nunca me imaginé que Sara y Dante...

- Así que fui yo el que te jodió la tarde... porque fue mi pregunta lo que dio pie a que se sinceraran... Ni sospechaba que te gustaba Sara... Lo de ellos se iba a saber de todos modos, pero yo tuve que ser el disparador... justo, yo, hermano...

- No me jodiste nada, fui yo que me jodí la oportunidad, y eso no es de ahora. Si le hubiera hablado cuando empecé a sentir algo por ella, tal vez en ese tiempo ni Dante ni ella se habían fijado uno en el otro. Pero no, Sara nos trataba a todos por igual y pensé que si la abordaba podía oscurecer esa amistad asexuada que siempre exisitó entre nosotros. Ni siquiera se me ocurrió nunca ofrecerme a llevarla... cuando salía del bar contigo, Dante ya le estaba abriendo la puerta de su auto. Y eso tampoco me sugirió nada, a él le queda de paso llevarla, y a mí llevarte a vos. Me faltó todo lo que a Dante le sobra... es posible que sea mejor así... por ella, digo. Se merece un tipo decidido y yo... soy demasiado reticente. Viéndolos felices lo voy a superar, los quiero a los dos.

- Sos un gran tipo - dijo Matías- , y esa forma tan tuya de enfocar las cosas te va ayudar a pasar el trance... Me alegro de haberte empujado a que dieras el primer paso: te desahogaste conmigo; es un buen comienzo.

Las reuniones en el café del barrio continuaron, los novios - sin alardes frente a los amigos- , seguían juntos, las charlas de siempre se sucedían y Diego... volvió a su comportamiento acostumbrado. Su sentimiento hacia Sara permanecía dentro de él, enquistado y sin atormentarlo. Ella estaba feliz y eso lo conformaba.

Unos meses después, Dante menguó la frecuencia de sus visitas al bar. Sara asistía, justificando la ausencia de su novio ante sus amigos. Trataba de variar: o eran horas extra en el trabajo, o reuniones con clientes, o alguna otra excusa más o menos creíble. Una tarde lluviosa de invierno entró sola - una vez más- , y se veía preocupada.

- ¡Lindo día para que tu media naranja te deje a pata! - dijo irónico Matías- . ¿Qué le pasó esta vez? ¿Tuvo que ir a descular hormigas?

- ¿Por qué no me llamaste? - le reprochó Diego- , sabés que te hubiera ido a buscar...

- Fue a repartir comida caliente a la gente en situación de calle - explicó Sara- , son tantos que los del club le pidieron ayuda.

- ¿Y eso desde cuándo? - preguntó Diego- , siempre me llamaron a mí... mi camioneta carga mucho más que el auto de él y la entrega se hace más rápido...

- ¿Servicio, solidaridad...? - no pudo aguantarse Matías- , mirá vos cuánta sensibilidad que no le conocíamos. El Dante que yo conozco decía: "dejad que los pobres vengan a mí... es más cómodo que tener que ir a buscarlos". ¿Te olvidaste de su frase matadora?

- No me des manija, ¿querés?, no estoy de humor. Mejor pedime un café... tengo frío.

Las dos tardes siguientes sólo Diego y Matías estuvieron en el café. De Dante no se sabía nada y Sara no contestaba el teléfono. Preocupados por ella, al salir fueron a su casa. Los recibió de salto de cama y lentes oscuros.

- ¡Qué sol hay aquí adentro, Sarita! - dijo Matías riendo- , seguro que te dio fotofobia...

- ¿Qué te pasa, Sara? - preguntó seriamente Diego- .

- Estoy muy resfriada, tengo los ojos inflamados.

Fueron a la cocina, se sentaron los tres y ella les sirvió café. Tenía el pelo desordenado sobre la cara y su aspecto era extraño. Le preguntaron por Dante y ella desvió la conversación. Entonces Diego, con un impulso instintivo... le quitó los lentes.

- ¡Hijo de puta! - gritaron los dos amigos al unísono- .

- Por favor, déjenme sola - pidió Sara entre sollozos- .

- No. De acá no nos vamos hasta que nos digas toda la verdad - dijo Diego- . Esto está bien claro, pero queremos escucharte.

- Y después de oírte - aseguró Matías- , sola no te quedás. O te venís con nosotros o uno de los dos se queda contigo... y el otro va a arreglar cuentas con el "valiente".

Sara les contó... lo usual. Dante había ido perdiendo el interés y estaba saliendo con cualquier otra, sin siquiera inventar disculpas mentirosas. Cuando ella le reprochaba discutían y esta última vez... ... ...

- Por favor, no me pidan que lo denuncie...

- No. No va a ser necesario que te expongas ni que te rebajes - dijo Diego- .

- Ni te va a levantar la mano ni se te va a acercar nunca más - dijo Matías- , dalo por hecho.

Se fue con ellos. La madre de Matías la adoraba, la abrazó y le ofreció esa contención de madre que le prodigaba a los amigos de su hijo cada vez que era necesario. Ellos salieron en busca de Dante. Lo encontraron en su casa y cuando abrió, entraron sin preguntar si podían. Estaba con una mujer.

- Vos vestite y mandate a mudar - le dijo Matías a la mujer- .

- Y vos vestite también - dijo Diego- , un hombre desnudo está en inferioridad de condiciones.

- ¿Qué van a hacer? - preguntó Dante con tono provocativo- , ¿son patoteros ahora?, ¿me van a reventar entre los dos?

- No; ya quisieras, para después dar vuelta la torta a tu favor - respondió Diego- . Vas a pelear sólo conmigo, a ver si me podés dejar un ojo negro...

- Yo sólo voy a ser testigo, hijo de puta - dijo Matías- , y me voy a ocupar de que entiendas bien clarito que si te volvés a acercar a Sara... no te salvan ni los años de cana que me pueda comer por boletearte. Me conocés bien, sabés que no digo estas cosas por joder y cuando me la juego por alguien que lo merece me importan una mierda las consecuencias.

Diego y Dante se enfrentaron. Se dieron unas cuántas y ambos rostros denotaban una pelea pareja. Matías - como un árbitro- , miraba y esperaba... cuando al fin Diego le acertó al ojo de Dante con un buen golpe... dio por terminada la pelea:

- Vamos, hermano - dijo- , ya fue suficiente.

- Y vos ya sabés, cobarde - advirtió Diego- , ¡lejos de Sara, lejos del bar y lejos de nosotros dos!, ¿entendiste? Mirá que a mí tampoco me importaría pagarte por bueno... y ganas de hacerte desaparecer del todo, no me van a faltar nunca.

Esa noche comprendieron que Dante no era como ellos. Lo habían tratado muchos años sin que se diera una situación crítica que evidenciara el lado oscuro escondido en su personalidad. Para Diego y Matías, que siempre habían sido auténticos, una prueba de fuego no hizo más que afianzar su afecto y su lealtad.

Y sí, Dante era mal tipo... pero no era gil. No volvió a aparecerse nunca más. Sara superó el trance, apoyada siempre por sus dos fieles amigos. Y Matías, viendo que Diego seguía durmiéndose en los laureles, un buen día, en la tertulia del bar, no aguantó más:

- Sarita: con el derecho que me otorga la amistad verdadera que tenemos los tres, y viendo que Diego no se va a animar nunca... te declaro su amor, fidelidad y todo eso que tiene que tener un tipo - y que a él le sobra- , para pretender que vos lo aceptes como novio. Y después, ¡quiero ser el padrino del casorio!

Diego se tapó la cara con una mano y miró a Sara de reojo... ella estaba sonrojada, pero tragó saliva y dijo:

- Gracias Matías, ¡acepto!, yo también lo quiero.

Esa declaratoria tan inusual también tuvo un broche final poco corriente: los tres amigos se dieron un fuerte abrazo antes de que la pareja se besara.

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El Síndrome de Esquilo

Vicente Alfonso



Sentado en una mesa del café Mamma Roma, releo el arranque de uno de los cuentos más célebres de Borges: "La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita".

Estas frases, que captan la angustia y la impotencia que sentimos al perder a un ser querido, vienen al caso porque estamos aquí para evocar al escritor, al maestro, al amigo Federico Campbell. Como le ocurre al protagonista de El Aleph, nos duele comprobar que el mundo cambia, que a cada instante ocurren cosas que quisiéramos comentar con el amigo que se ha ido. Nos duele ver que, en el fondo, la muerte es una cuestión de tiempos y distancias. Para remediar esa verdad atroz, Borges imaginó que en un sótano de la Calle Garay, en Buenos Aires, existía un punto que permitía observar, al mismo tiempo, todos los puntos del universo.

No es casualidad que relea el cuento de Borges en una mesa del Mamma Roma, como tampoco lo es que en la invitación al homenaje que hoy le rendimos en la FIL de Guadalajara Campbell aparezca en un café, pues era tan asiduo a esos establecimientos que en más de una ocasión se definió como un "camarada de café". Más todavía: el 13 de noviembre de 2011 publicó en su columna La hora del lobo que "no hay más libertad de expresión que en el ámbito del café".

Ahora entiendo que no por azar nos conocimos en La Parroquia, en Veracruz; ni que la última vez que conversamos, hace once meses, bebiéramos un espresso en el Jekemir y en el Rococó. Pero desde hace años tengo claro que, entre tantos, su café favorito fue siempre este: el Mamma Roma. Solía mencionarlo en su columna, precisando que se trataba de uno de los mentideros políticos de la Condesa.

Leyendo la columna de Federico Campbell podía uno darse cuenta de que muchas cosas interesantes pasaban aquí, en el Mamma Roma. Por ejemplo, en un artículo publicado en diciembre de 2010, Campbell recordaba una conversación que tuvo con Juan Rulfo en una de estas mesas: el autor de Pedro Páramo le confió una terrible historia ocurrida en Jalisco, concretamente por el rumbo de Los Magueyes. Le habló de una familia de charros que se dedicaban a matar homosexuales. En otro artículo publicado en febrero de 2011 menciona que entonces el tema de moda entre los clientes era el caso Florence Cassez, y en mayo de 2012 escribió que por acá circulaban toda clase de rumores sobre las campañas por la presidencia. Una tarde, mientras escuchábamos a Mitsuko Uchida en su estudio, Campbell me preguntó si conocía este sitio. "Me suena", respondí. "Apuesto a que no has ido", dijo él.

Tan pronto admití que tenía razón, me reveló el secreto: el Mamma Roma no existía, al menos no en un plano físico. Era una invención suya. "El nombre te suena porque así se llama una película de Pasolini" dijo.

Si en El Aleph Borges propuso una solución fantástica al tema de la muerte, Campbell ideó un antídoto mucho más cotidiano: un café ajeno a la tiranía del tiempo y el espacio. Un café donde convergieran todos los cafés. Un sitio donde pudiese recrear sus conversaciones con Rulfo, sus debates con Leonardo Sciascia, donde pudiera incluso polemizar con el joven que él mismo había sido. Con esto no estoy diciendo que las conversaciones nunca ocurrieron. (Como se sabe, Rulfo y Campbell solían charlar en un café de Insurgentes). Quiero decir más bien que, al ubicar muchos de los sucesos importantes en su vida en el mismo contexto, Campbell abrió un espacio siempre disponible para los amigos, del mismo modo que él podía sentarse a conversar con Rulfo, con Arreola, con Sciascia. Desde entonces, y por invitación suya, yo también me hice cliente del Mamma Roma. Es decir, comencé a citar en mi columna mis versiones de algunas de nuestras charlas.

Hoy el Mamma Roma está aquí, en una pensión de Buenos Aires donde me senté a redactar estas líneas que comparto con ustedes y por qué no, con el maestro, a quien ya veo acercarse, sacándose su gorra de los Yankees, mientras murmura que no hay más libertad de expresión que en el ámbito del café.

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Fotografía: La ciudad de Kyoto, Japón, en otoño



Hermosas fotografías de la ciudad japonesa de Kyoto durante el otoño.

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Música: ¿Cómo escucharla?

Interesante comentario del pianista y director de orquesta argentino-israelí Daniel Barenboim.



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Siempre se puede

Miguel Ábalos (Desde Canelones, Uruguay. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Corrían bajo una lluvia persistente que no daba tregua, chapoteando en el agua que se escurría calle abajo. Ester vestía un impermeable un poco gastado, su pelo largo mojado caía verticalmente sobre sus hombros empapados. Fabio la sujetaba de la mano para evitar que resbalara, se había hecho de noche y la calle estaba oscura.

Al llegar a la casita tan bonita que habían alquilado en Malvín, a dos cuadras de la playa, comenzaría para los dos una nueva vida. Ya no eran jóvenes, él tenía cuarenta y dos y ella cuarenta. Habían acordado vivir juntos, una de las más antiguas aventuras del hombre en busca de la felicidad.

A partir de esa noche se amaron sin egoísmo, como si el mundo estuviera cerca del final. Cuando se vive así, con la alegría que da el único sentimiento que es capaz de sostener este mundo tan duro, inexorablemente el tiempo va pasando más rápido.

Pero el hombre es depredador por naturaleza, y poco a poco, con el correr del tiempo, de aquellos sueños y esperanzas fueron quedando jirones. Y la responsable no fue la convivencia... cuando el amor es auténtico, el paso de los años no puede matarlo.

Disfrutar de lo que hay en común, ser complaciente en lo antagónico, y por sobre todas las cosas mantener el equilibrio, todo debe darse de ambos lados. No es bueno esperar mucho del otro dándole menos de lo que se es capaz.

Ester lo amaba mucho, pero no de la forma más sana sino con celos enfermizos, producto de su inseguridad, y buena dosis de egoísmo. Fabio se sentía ahogado. Ella estaba convencida que Fabio era parte de su patrimonio, lo quería como al auto, a la ropa u otro objeto propio. Como lo sabía muy enamorado, daba por descontado que jamás la abandonaría.

Él, al pretender evitar discusiones, a veces daba muestras de sumisión y estaba creando en Ester el convencimiento de su dominio absoluto, de su control total.

A esa altura, Fabio había perdido la autonomía de sus actos y hasta el más importante de los valores que tiene el hombre: la libertad mental. Se sentía preso, y sin duda, los grilletes que sujetaban su cuerpo y su mente, no eran más que el amor que sentía por ella. Sólo él podía romper sus cadenas, pero empujaba los días con la esperanza de que las cosas cambiaran y volvieran a ser como al comienzo... mutilados sueños de enamorado.

Cuando el amor se equivoca y toma rumbos inadecuados para un sentimiento tan puro, ya está a punto de morir. Y el momento de su muerte depende únicamente de cuánto el otro se aprecie para lograr su salvación.

A Fabio le quedaba algo de resto, y de ahí se aferró para salir a la superficie. Lentamente se fue autoconvenciendo de que estaba en el camino equivocado, que el destino le jugaba una mala pasada y lo estaba poniendo a prueba. Su instinto de conservación le decía que debía escapar de esa trampa y salvar el poco vestigio de dignidad que aún le quedaba.

-Qué temprano te levantaste -dijo Ester- y ya estás pronto para salir.

-No tenía sueño -contestó Fabio-.

-Sí, noté que dormiste poco, ¿se puede saber en qué andás?

-Está todo bien.

-¿Eso es todo?... algo te está pasando, contame, soy tu mujer y tengo que saber... ayer te llamé por teléfono al trabajo y no estabas, ¿dónde te habías metido?

-Habría ido al baño, no sé... estaría en otra oficina...

-Siempre el mismo pretexto, ¿vos pensás que soy idiota?, vos tenés otra mujer, pero cuando lo descubra... lo vas a pasar muy mal, vos no sabés con quién te metés.

-¿Qué pasó con la mujer que conocí hace diez años?, la que lloraba de amor en mis brazos, ¿era todo una farsa?

-¿A qué viene eso?

-Viene a que en estos últimos años ¡te has convertido en un ser insoportable...!

-Si vos creés que te vas a separar de mí estás muy equivocado.

-Qué, ¿me compraste?, ¿soy de tu propiedad?

-No te compré, pero me pertenecés.

-¿Estás segura?

-Por supuesto, te conozco muy bien, me querés mucho y jamás te irías de mi lado.

-Lo que yo creo es que me subestimaste porque sabés que te quiero.

Fabio la miró muy fijo a los ojos con una mirada que Ester no reconoció.

-Pero te equivocaste, esto se termina hoy -prosiguió- no es posible que me sigas acechando, vigilando, controlando. Tampoco que me reproches lo que hago y lo que no hago. O me acuses injustamente de cosas que soy incapaz de hacer. Estoy cansado de tu desconfianza enfermiza. Andá a tratarte si querés, o quedate con tu locura... pero no quiero enloquecer contigo, ya esperé más que suficiente para que te dieras cuenta que así no quiero vivir. Quedate con tu obsesión, es toda tuya, no voy a participar más de ella.

Ester no podía creer lo que escuchaba, sintió que Fabio se había transformado en un hombre totalmente desconocido para ella. Pero él continuaba.

-Renuncio a vos porque ya no es posible vivir a tu lado. Me estoy desprendiendo de sueños y fantasías que jamás se harán realidad. Renuncio a vos como un niño pobre a un juguete. Renuncio a vos porque en algún momento de la vida renunciamos a lo que queremos. Estoy en paz conmigo, he ganado mi autoestima y he recobrado mi libertad total. Viví más preso que los condenados a cadena perpetua, porque ellos están presos sólo físicamente y yo lo estuve mentalmente también. Ahora, cuando me vaya, ya no tendrás paz. Vas a llorar el juguete perdido, aquél que sentías más tuyo que vos misma. Me vas a ver revoloteando a tu alrededor sin tenerme. Posiblemente llorarás sin saber por qué. Te sentirás vacía, impotente ante tanta soledad. Buscarás mi silueta en la ciudad. Me verás en cualquier hombre y sólo al acercarte te convencerás que no soy yo -se levantó y abrió la puerta-. ¡Hasta nunca!

-Y... tus… cosas -preguntó Ester desconcertada-, ¿no te las llevás?

-Me llevo lo más maravilloso que tiene el hombre en este mundo y que nadie le puede quitar sin matarlo: la libertad mental.

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Plástica. Desde Irak: Dia al-Azzawi

Sarah

Dia al-Azzawi: 1939 Bagdad – Irak. Artista de clase mundial, consultor de arte.

Escribió varios artículos sobre arte contemporáneo.

En 1969 formó el grupo de arte de Nueva Visión, junto con otros artistas como Rafa al-Nasiri, Muhriddin Mohammed, Fattah Ismail, Hachem al Samarchi, y Saleh al-Jumaie.

Al-Azzawi se unió al grupo Dimension One que Shakir al-Said Hassan inició, pero se mantuvo dentro del redil de la nueva visión hasta 1972. Más allá de la pintura, el trabajo de Al-Azzawi incluye esculturas, grabados y dibujos, así como los libros a través del cual el arte visual interactúa con la prosa y la poesía. Ha realizado numerosas exposiciones en Medio Oriente, África del Norte, Estados Unidos, India, Brasil y Europa, incluyendo una exposición de un retroceso, “Dia Azzawi,” en el Instituto del Mundo Árabe (IMA) en París en 2002. En 1976, Al-Azzawi se trasladó a Londres para trabajar como consultor de arte en el Centro Cultural Iraquí.



Al-Azzawi nació en Bagdad, Irak en 1939. Siete años antes de su nacimiento, Irak era ya un centro de estudios de arte eminente intelectual con la creación de la Escuela Británica de Arqueología en 1932. La escuela fue establecida como un monumento a la vida y a la obra del explorador británico y diplomático Gertrude Bell. La escuela de fomentar, apoyar, realizó una investigación en la arqueología de Irak y otros países árabes desde los primeros tiempos hasta 1700. Antes de la Segunda Guerra Mundial, la Escuela lleva a cabo excavaciones en Irak. Después de la Segunda Guerra Mundial, la escuela funcionó hasta 1990, cuando la problemática política que siguió a la invasión iraquí de Kuwait obtuvo como resultado el cierre de la escuela.

Hasta que fue saqueado en abril de 2003 a raíz de la invasión estadounidense de Irak, el Museo de Iraq en Bagdad era rica por sus famosas obras monumentales de la Mesopotamia y el arte islámico. Tales obras incluyen el Vaso de Uruk de 3300 a.C. que aparece en cada libro de texto de estudio de arte y en las obras de la narrativa del arte. La cabeza de mármol tallada de mujer, representa a la diosa sumeria Inanna, obra del recinto sagrado de Uruk en el sur de Irak.

Este enorme patrimonio cultural, junto a monumentos, objetos históricos y obras de arte como agentes de la memoria y de la identidad influyó significativamente en la carrera al-Azzawi. Sus pinturas y otras obras de arte se conectaron, crearon un vínculo.

Cursó estudios de arte y arqueología en la Universidad de Bagdad, donde se graduó en 1962. En 1964 se graduó en el Instituto de Bellas Artes de Bagdad. Al-Azzawi llevó a cabo varias exposiciones individuales en Bagdad, Kuwait, Beirut, Frankfurt, Libia y Casablanca.

Después de su graduación (1964) Al-Azzawi contribuyó al desarrollo intelectual de la pintura y las artes en Medio Oriente.

Desde su participación en el One Man Show Al-Wasiti Galería en Bagdad en 1965 sus colecciones se llevan a cabo en varios centros de arte y museos de prestigio, como Viena colección pública; Museo Británico de Londres, Victoria and Albert Museum, Londres; Colección Gulbenkian, Barcelona, El Banco Mundial, Washington DC, la Biblioteca del Congreso, Washington DC; Instituto du Monde Arabe, París, Museo de Arte Moderno, París; Bibilotheque Nationale, París; Pier Gardin Collection, París, Museo de Arte Moderno de Bagdad, Museo de Arte Moderno, Damasco, Museo de Arte Moderno, de Túnez; Museo Arabe de Arte Moderno , Doha, Adel Mandil colección, Riyadh, Arabia Saudita, el Banco de Londres, el Aeropuerto Internacional de Jeddah, Arabia Saudí, Riad, el Aeropuerto Internacional, Arabia Saudita, el Banco Unido de Kuwait, Londres, el Fondo de Desarrollo, Kuwait, Una Fundación, Marruecos, Jordania National Gallery de Bellas Artes de Amman, y British Airways Collection, de Londres. Como pintor y participación intelectual.

Al-Azzawi tiene más de catorce publicaciones. Sus libros y artículos en revistas y publicaciones periódicas constituyen un importante recurso en todos los niveles de la educación. Sus trabajos son igualmente importantes para el turismo y los medios de comunicación. Su dirección editorial de revistas internacionales ha promovido la cultura árabe en el Reino Unido y los Estados Unidos.

Ver su pintura desde aquí

http://saramir28.wordpress.com/2011/11/13/pintura-iraqui/

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Confesión

Marcelo Colussi (especial para ARGENPRESS CULTURAL)



¿Nombre y edad?

Matilde Ramírez, 65 años.

¿Por qué lo hizo?

Por amor… Lo quería muchísimo, pero me engañó. Él fue el enfermero de mi esposo durante su agonía. Tenía cáncer, y estuvo los últimos meses en la casa, cuando ya no había nada que hacer. Venía todos los días a atenderlo. Jovencito como estaba -22, creo- era muy bueno en su trabajo. Y tanto vernos que finalmente terminamos enamorándonos. Cuando murió Esteban, empezamos a salir. Quería dejarle algo de mi fortuna, pero me engañó. No me había dicho que era casado… con un varón. Por eso, lo maté.

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Y para terminar… Calle 13: “El aguante”



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