miércoles, 21 de enero de 2015

Carta de una lectora: “Se avecina un genocidio sin precedentes”

Argenpress Cultural



Recibimos esta carta de una lectora, y como nos pareció fabulosa, hoy queremos compartirla abriendo con ella la presente edición. A pedido de nuestra amiga, no ponemos sus datos personales. Simplemente podemos decir de ella que es una mujer de tantas que se ganan la vida vendiendo comida en paradas de buses de alguna ciudad latinoamericana; de todos modos, y aunque no fuera lo que uno espera de una “mujer del pueblo” -permítasenos decirlo así-, su nivel de análisis es realmente muy alto. Nos pareció un texto excelente, tanto por la profundidad crítica como por la forma en que está escrito. Prácticamente no hubo que hacer trabajo de edición, salvo alguna pequeña corrección ortográfica mínima. La presentamos aquí, sumamente orgullos de tener lectoras así.
__________

Estos eventos de París están colocando a la población a nivel mundial en una situación en que odien indiscriminadamente al mundo musulmán de manera que aplaudan cuando las familias enteras despidan en los aeropuertos de todo el mundo, a los bombarderos con rumbo a Medio Oriente.

Se avecina un genocidio sin precedentes, Todos, nosotros que intentamos analizar esto y esa masa humana que no analiza las cosas, todos asistiremos a ese genocidio y le daremos seguimiento a través de las pantallas chicas. Los megamedios de desinformación masiva nos irán diciendo cómo van los avances de los "justicieros" y de cuántas bajas se les ha ocasionado a los malos, y cómo, por no dejar, también nos irán diciendo acerca de los "daños colaterales", o sea cuántos niños habrán muerto bajo los bombardeos, cuántos camiones de refugiados estarán cruzando fronteras huyendo del oprobioso genocidio con el cual estarán ofendiendo la inteligencia de quienes percibimos los hechos y les damos otra óptica distinta.

¡Aaaay! Tengo mucho dolor en mi corazón. Esto que ha sucedido en París se enmarca en un macabro mega-plan en donde la élite dirigirá las baterías mediáticas como la avanzada ideológica, dirigirá las baterías bélicas como la avanzada mortal sobre una masa inocente.

SON INOCENTES. ¡¡¡POR DIOS SANTOOOO!!!

Se sabe de sobra que el tal ejército islámico es un hijo de la CIA. Así como se sabe de sobra que Al Qaeda es hija de la CIA también. Como se sabe de sobra que bin Laden era el hombre fuerte de la CIA contra los rusos en Afganistán cuando a la CIA le convino que bin Laden fuera un tipo "bueno". Luego lo convirtieron en cabeza de turco para justificar la masacre en Afganistán y la invasión de Irak.

¿Qué es lo que la gente común no entiende de eso? Yo soy gente común y lo entiendo, no tengo nada diferente, pero cuando hablo con personas, con vecinos, las gentes me salen con unas cosas que me decepcionan.

Digo: ¿están realmente tan absortos en sus telenovelas, en sus celulares, en su fútbol, como para no pensar que esto es el mismo cuadro que el 11 de septiembre? No sé, pero confieso que a veces quisiera darle la espalda al mundo, irme a vivir como ermitaña. Pero no tengo adónde ir. Eso es una de mis mayores tristezas.

A pesar del optimismo en que muchos no se han tragado esos cuentos, yo hablo cada día con mucha gente, escucho lo que conversan y me doy cuenta que la gente tiene como una tremenda pereza mental para discernir.

Ya que los ciudadanos de a pié no somos periodistas, todos los que vemos que hay cosas que no encajan, deberíamos ser agentes informativos, hablar con personas, hacerles la reflexión de que esto es otro 11 de septiembre, que noten que los gobiernos que se sienten ofendidos han tomado las decisiones con una velocidad asombrosa, dando más bien la impresión de que ya tenían todo listo para cuando ocurriera semejante evento en París. La hipocresía de esos gobernantes es suma y debemos recordar que cuando las torturas a los prisioneros de Abu Ghraib, no protestaron, no lo vieron mal. ¡¡No hubo escarmiento para aquellos marines!! Han planteado un enfrentamiento entre dos bandos: los buenos y los malos. Eso ya lo hizo Bush, cuando afirmó: “o estás con nosotros o eres terrorista”.

Vendo café desde las 4.45am hasta media mañana. Luego vengo a atender mi casa, preparar la comida del mediodía y descansar un rato, y a preparar la mesa en donde atiendo a mis niños y sus tareas. Soy profesora de…, pero mi profesión real, graduada por la Universidad de los Porrazos, es servidora de mi prójimo, ayudadora de quienes necesitan ayuda, escuchadora de quienes necesitan y me buscan para que los escuche, y especialista en Amar a la Naturaleza toda. Me gustaría, si ello fuese posible, que me orientaran si mis observaciones pudieran tener un soporte lógico, o si por el contrario, son cosas que yo he creído ver, debido y es lo más probable, a mis prejuicios por mi sentimiento de indignación contra tanta mentira que ya se ha visto en los medios de desinformación masiva.

Es que según yo veo que se están desencadenando los eventos, esto es comparable a la botadura de las Torres Gemelas: con ello justificaron la invasión a Afganistán, encima de que el modo en que las torres se derrumbaron fue muy cuestionado por gente entendida en demoliciones controladas, y lo del otro edificio que se cayó a dos cuadras detrás de las torres, jamás fue explicado ni mencionado en ningún informe oficial ni por ninguna de las autoridades que dieron la cara en aquél momento.

Ante estos recientes eventos, igual se ha desatado toda una maquinaria gigantesca que apunta hacia el Medio Oriente únicamente partiendo de la base de las palabras de los que presenciaron a los tipos entrando al periódico y ya.

Veo que la gente no está comparando esto que hicieron esos tres asaltabancos en el periódico con lo que hicieron las tropas marines en Irak en Abu Ghraib y otros sitios, o digamos, con el saqueo de los museos iraquíes. ¿Cómo es que la UNESCO no saltó ante semejante atrocidad que lesionó la cultura universal y la historia universal? No lo entiendo. Y digo la UNESCO entre otras instancias que defienden la cultura y la Vida, tantas fundaciones que tiene el sr. Rockefeller, ¿cómo es que no se pronunciaron exigiendo un desagravio?

Esos y otros puntos son los que me gustaría, qué sé yo, que alguien inteligente como ustedes me pudieran ayudar a enfocar sin fanatismos y sin apasionamientos, pero sí, con mucho rigor de análisis y cuestionamiento crítico. No cuento más que con mi pobre día a día; soy una pobre vieja que vendo café y pan con mantequilla en las paradas de buses para medio sobrevivir. Pero me gusta leer, observar y analizar las noticias y siempre he tenido un espíritu crítico. No creo significar ningún peligro para este sistema cuyo engranaje y cuyo poder es tan inmenso que rebasa el imaginario de los más pintados en críticas al mismo. Solamente me pregunto cosas lógicas.

En relación a lo de París, me pregunto:

Los tipos que entraron en el periódico más parecían asaltantes de un banco que musulmanes ávidos de hacerle justicia a Mahoma. Ese ataque, de haber sido perpetrado desde la ideología musulmana, no habrían sido tres tipos con fusiles, sino un solo individuo con 15 bombas pegadas con cinta adhesiva a la cintura y habría entrado, se habría parado en la mitad de la sala de recibidor y habría gritado su consigna, habría halado el cordel o lo que sea que active ese tipo de bombas y habría volado junto con la gente y su objetivo principal habrían sido las instalaciones del centro de ofensas a Mahoma. Eso pienso yo. Por otra parte, en el video se mira claramente que los dos fulanos le disparan al mismo tiempo al tipo que cae en la calle. ¡¡¡No hay charco de sangre, amigos!!! ¿Vieron eso? Y cuando el tipo le dispara a la cabeza, desde esa cortísima distancia, la masa encefálica se habría diseminado al menos en unos 30 cms. alrededor del cadáver. ¡¡¡No hubo ni charco de sangre en ese momento tampoco!!! Y lo más importante: no se mira que le tiembla la cámara en las manos a la persona que filmaba en ese momento, siendo que ya había habido disparos en el interior del edificio, esa persona debió estar muy nerviosa, ¿me comprenden?

Pero lo que más me llamó la atención fue que el que filmaba NO SABÍA que el tipo le iba a disparar tan de cerca al del suelo, ¿CÓMO NO LE TEMBLÓ LA CÁMARA EN LAS MANOS ni en ese instante, SI ESA PERSONA NO SABÍA QUE VERÍA SEMEJANTE COSA QUE NO SE MIRA TODOS LOS DÍAS Y QUE QUIZÁS AQUELLA IBA A SER LA ÚNICA OCASIÓN EN QUE IBA A PRESENCIAR SEMEJANTE ATROCIDAD? Yo estaba sentada viendo el video y cuando vi que el tipo lo mira y simplemente hala el gatillo y suena el disparo ¡¡¡di tremendo salto en mi asiento!!! Les aseguro que semejante acto tan sin escrúpulos hace pegar un salto a cualquiera que lo presencie....a menos que....YA SEPA QUE ESO VA A SUCEDER.

¿Hacia dónde quiero llegar con todo esto?

Hasta el punto de pensar que, o el que filmó es un cómplice de los asesinos, o a que se trata de un montaje lo de la calle, y sólo fue para darle más efectividad a la maquinaria propagandística para manipular la mente colectiva y enfilarla hacia el mundo musulmán, y enfilar el odio del público hacia el mundo musulmán. Adicional a que en la manifestación a la que asistieron los presidentes, primeros ministros y demás parafernalias elitistas, ellos iban aparte, la muchedumbre manipulada iba a una distancia bastante considerable detrás de ellos. O sea ¡¡¡que ni en ese momento se hicieron gente común esas personas!!!

Quedándose a parte para manifestar algo que se supone que es un sentimiento colectivo, ¿acaso no habla de su extracción y de su esencia elitista?, ¿acaso no significa semejante actitud, que ellos tienen su trompo bien enrollado? Bueno, hasta aquí lo dejaré, estimados amigos de Argenpress Cultural, para no quitarles tanto tiempo y para no abundar en más detalles porque en verdad, si se pone uno a analizar esas cosas, puede ver cosas que a "ellos" no les conviene que vea.

Les agradezco soportarme, por lo tanto les envío un sincero saludo,

A.

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Nadie lloró por nosotros

Marta Manriquez Morales (Desde Chile. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



Nadie lloró por nosotros
ni vino la televisión
ni hablaron los mandatarios
nadie organizó marchas
nadie condenó al sionismo
nos dejaron tirados en el suelo
como si no fuéramos nada
nadie lloró nuestra muerte
y no éramos doce
sino seiscientos
y nos dejaron solos
tirados sobre el pavimento

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Desde Japón, un clásico: Un brazo

Yasunari Kawabata



Puedo dejarte uno de mis brazos para esta noche -dijo la muchacha. Se quitó el brazo derecho desde el hombro y, con la mano izquierda, lo colocó sobre mi rodilla.

-Gracias -me miré la rodilla. El calor del brazo la penetraba.

-Pondré el anillo. Para recordarte que es mío -sonrió y levantó el brazo izquierdo a la altura de mi pecho-. Por favor -con un solo brazo era difícil para ella quitarse el anillo.

-¿Es un anillo de compromiso?

-No, un regalo. De mi madre.

Era de plata, con pequeños diamantes engarzados.

-Tal vez se parezca a un anillo de compromiso, pero no me importa. Lo llevo, y cuando me lo quito es como si estuviera abandonando a mi madre.

Levanté el brazo que tenía sobre la rodilla, saqué el anillo y lo deslicé en el anular.

-¿En éste?

-Sí -asintió ella-. Parecería artificial si no se doblan los dedos y el codo. No te gustaría. Deja que los doble por ti.

Tomó el brazo de mi rodilla y, suavemente, apretó los labios contra él. Entonces los posó en las articulaciones de los dedos.

-Ahora se moverán.

-Gracias -recuperé el brazo-. ¿Crees que me hablará? ¿Me dirigirá la palabra?

-Sólo hace lo que hacen los brazos. Si habla, me dará miedo tenerlo de nuevo. Pero inténtalo, de todos modos. Al menos debería escuchar lo que digas, si eres bueno con él.

-Seré bueno con él.

-Hasta la vista -dijo, tocando el brazo derecho con la mano izquierda, como para infundirle un espíritu propio-. Eres suyo, pero sólo por esta noche.

Cuando me miró, parecía contener las lágrimas.

-Supongo que no intentarás cambiarlo con tu propio brazo -dijo-. Pero no importa. Adelante, hazlo.

-Gracias.

Puse el brazo dentro de mi gabardina y salí a las calles envueltas por la bruma. Temía ser objeto de extrañeza si tomaba un taxi o un tranvía. Habría una escena si el brazo, ahora separado del cuerpo de la muchacha, lloraba o profería una exclamación.

Lo sostenía contra mi pecho, hacia el lado, con la mano derecha sobre la redondez del hombro. Estaba oculto bajo la gabardina, y yo tenía que tocarla de vez en cuando con la mano izquierda para asegurarme de que el brazo seguía allí. Probablemente no me estaba asegurando de la presencia del brazo sino de mi propia felicidad.

Ella se había quitado el brazo en el punto que más me gustaba. Era carnoso y redondo; ¿estaría en el comienzo del hombro o en la parte superior del brazo? La redondez era la de una hermosa muchacha occidental, rara en una japonesa. Se encontraba en la propia muchacha, una redondez limpia y elegante como una esfera resplandeciente de una luz fresca y tenue. Cuando la muchacha ya no fuese pura, aquella gentil redondez se marchitaría, se volvería fláccida. Al ser algo que duraba un breve momento en la vida de una muchacha hermosa, la redondez del brazo me hizo sentir la de su cuerpo. Sus pechos no serían grandes. Tímidos, sólo lo bastante grandes para llenar las manos, tendrían una suavidad y una fuerza persistentes. Y en la redondez del brazo yo podía sentir sus piernas mientras caminaba. Las movería grácilmente, como un pájaro pequeño o una mariposa trasladándose de flor en flor. Habría la misma melodía sutil en la punta de su lengua cuando besara.

Era la estación para llevar vestidos sin manga. El hombro de la muchacha, recién destapado, tenía el color de la piel poco habituada al rudo contacto del aire. Tenía el resplandor de un capullo humedecido al amparo de la primavera y no deteriorado todavía por el verano. Aquella mañana yo había comprado un capullo de magnolia yahora estaba en un búcaro de cristal; y la redondez del brazo de la muchacha era como el gran capullo blanco. Su vestido tenía un corte más radical que la mayoría de vestidos sin mangas. La articulación del hombro quedaba al descubierto, así como el propio hombro. El vestido, de seda verde oscuro, casi negro, tenía un brillo suave. La muchacha estaba en la delicada inclinación de los hombros, que formaban una dulce curva con la turgencia de la espalda. Vista oblicuamente desde atrás, la carne de los hombros redondos hasta el cuello largo y esbelto se detenía bruscamente en la base de sus cabellos peinados hacia arriba, y la cabellera negra parecía proyectar una sombra brillante sobre la redondez de los hombros.

Ella había intuido que la consideraba hermosa, y me había prestado el brazo por esta redondez del hombro.

Cuidadosamente oculto debajo de mi gabardina, el brazo de la muchacha estaba más frío que mi mano. Mi corazón desbocado me causaba vértigo, y sabía que tendría la mano caliente. Quería que el calor permaneciera así, pues era el calor de la propia muchacha. Y la fresca sensación que había en mi mano me comunicaba el placer del brazo. Era como sus pechos, aún no tocados por un hombre.

La niebla se espesó todavía más, la noche amenazaba lluvia y mi cabello descubierto estaba húmedo. Oí una radio que hablaba desde la trastienda de una farmacia cerrada. Anunciaba que tres aviones cuyo aterrizaje era impedido por la niebla estaban sobrevolando el aeropuerto desde hacía media hora. Llamó la atención de los radioescuchas hacia el hecho de que en las noches de niebla los relojes podían estropearse, y que en tales noches los muelles tenían tendencia a romperse si se tensaban demasiado. Busqué las luces de los aviones, pero no pude verlas. No había cielo. La presión de la humedad invadía mis oídos, emitiendo un sonido húmedo como el retorcerse de millares de lombrices distantes. Me quedé frente a la farmacia, esperando ulteriores advertencias. Me enteré de que en noches semejantes los animales salvajes del zoológico, leones, tigres, leopardos y demás, rugían su malestar por la humedad, y que no tardaríamos en oírlos. Hubo un bramido como si bramara la tierra. Y entonces supe que las mujeres embarazadas y las personas melancólicas debían acostarse temprano en tales noches, y que las mujeres que perfumaban directamente su piel tendrían dificultades en eliminar después el perfume.

Al oír el rugido de los animales empecé a andar, y la advertencia sobre el perfume me persiguió. Aquel airado rugido me había puesto nervioso, y seguí andando para que mi inquietud no se transmitiera al brazo de la muchacha. Esta no estaba embarazada ni era melancólica, pero me pareció que esta noche en que tenía un solo brazo debía tener en cuenta el consejo de la radio y acostarse temprano. Esperé que durmiera plácidamente.

Mientras cruzaba la calle apreté mi mano izquierda contra la gabardina. Sonó un claxon. Algo me rozó por el lado y tuve que escabullirme. Tal vez la bocina había asustado el brazo. Los dedos estaban crispados.

-No te preocupes -dije-. Estaba muy lejos, no podía vernos. Por eso hizo sonar la bocina.

Como sostenía algo importante para mí, había mirado en ambas direcciones. El sonido del claxon fue tan lejano que pensé que iba dirigido a otra persona. Miré hacia la dirección de donde procedía, pero no pude ver a nadie. Solamente vi los faros, que se convirtieron en una mancha de color violeta pálido. Un color extraño para unos faros. Me detuve en la acera y lo vi pasar. Conducía el coche una mujer vestida de rojo. Me pareció que se volvía hacia mí y me saludaba con la mano. Sentí el deseo de echar a correr, temiendo que la muchacha hubiera venido a recuperar el brazo. Entonces recordé que no podía conducir con uno solo. Pero, ¿acaso la mujer del coche no había visto lo que yo llevaba? ¿No lo habría adivinado con su intuición femenina? Tendría que ser muy cauteloso para no enfrentarme a otra de su sexo antes de llegar a mi apartamento. Las luces de detrás eran también de un color violeta pálido. No distinguí el coche. Bajo la niebla cenicienta, una mancha color de espliego surgió de pronto y desapareció.

«Conduce sin ninguna razón, sin otra razón que la de conducir. Y mientras lo hace, desaparecerá –murmuré para mí mismo-. ¿Y qué era lo que iba sentado en el asiento trasero?»

Nada, al parecer. ¿Sería porque me paseaba llevando brazos de muchachas por lo que me sentía tan nervioso por la vaciedad? El coche conducido por aquella mujer llevaba consigo la pegajosa niebla nocturna. Y algo que había en ella había prestado a los faros un tono ligeramente violeta. Si no era de su propio cuerpo, ¿de dónde procedía aquella luz purpúrea? ¿Podía el brazo que yo ocultaba envolver en vaciedad a una mujer que conducía sola en una noche semejante? ¿Habría hecho ésta una seña al brazo de la muchacha desde su coche? En una noche así podía haber ángeles y fantasmas por la calle, protegiendo a las mujeres. Tal vez aquélla no iba en un coche, sino en una luz violeta. Su paseo no había sido en vano. Había espiado mi secreto.

Llegué al apartamento sin encuentros ulteriores. Me quedé escuchando ante la puerta. La luz de una luciérnaga pasó sobre mi cabeza y desapareció. Era demasiado grande y demasiado intensa para una luciérnaga. Retrocedí. Pasaron varias luces semejantes a luciérnagas, que desaparecieron incluso antes de que la espesa niebla pudiera absorberlas. ¿Se me habría adelantado un fuego fatuo, una especie de fuego mortífero, para esperar mi regreso? Pero entonces vi que se trataba de un enjambre de pequeñas polillas. Al pasar frente a la luz de la puerta, las alas de las polillas brillaban como luciérnagas. Demasiado grandes para ser luciérnagas, y sin embargo, tan pequeñas, como polillas, que invitaban al error.

Evitando el ascensor automático, me escabullí por las estrechas escaleras hasta el tercer piso. Como no soy zurdo, tuve cierta dificultad en abrir la puerta. Cuanto más lo intentaba, más temblaba mi mano, como si estuviera dominada por el terror que sigue a un crimen. Algo estaría esperándome dentro de la habitación, una habitación donde vivía solo; ¿y no era la soledad una presencia? Con el brazo de la muchacha ya no estaba solo. Y por eso, tal vez, mi propia soledad me esperaba allí para intimidarme.

-Adelante -dije, descubriendo el brazo de la muchacha cuando por fin abrí la puerta-. Bienvenido a mi habitación. Voy a encender la luz.

-¿Tienes miedo de algo? -pareció decir el brazo-. ¿Hay algo aquí dentro?

-¿Crees que puede haberlo?

-Percibo cierto olor.

-¿Olor? Debe ser el tuyo. ¿No ves rastros de mi sombra allí arriba, en la oscuridad? Mira con atención. Quizá mi sombra esperara mi regreso.

-Es un olor dulce.

-¡Ah!, la magnolia -contesté con alivio.

Me alegró que no fuera el olor mohoso de mi soledad. Un capullo de magnolia era digno de mi atractivo huésped. Me estaba acostumbrando a la oscuridad; incluso en plenas tinieblas sabía dónde se encontraba todo.

-Permíteme que encienda la luz -una extraña observación, viniendo del brazo-. Aún no conocía tu habitación.

-Gracias. Me causará una gran satisfacción. Hasta ahora nadie más que yo ha encendido las luces aquí.

Acerqué el brazo al interruptor que hay junto a la puerta. Las cinco luces se encendieron inmediatamente: en el techo, sobre la mesa, junto a la cama, en la cocina y en el cuarto de baño. No me había imaginado que pudieran ser tan brillantes.

La magnolia había florecido enormemente. Por la mañana era un capullo. Podía haberse limitado a florecer, pero había estambres sobre la mesa. Curioso, me fijé más en los estambres que en la flor blanca. Mientras recogía uno o dos y los contemplaba, el brazo de la muchacha, que estaba sobre la mesa, empezó a moverse, con los dedos como orugas, y a recoger los estambres en la mano. Fui a tirarlos a la papelera.

-Qué olor tan fuerte. Me penetra la piel. Ayúdame.

-Debes estar cansado. No ha sido un paseo fácil. ¿Y si descansaras un poco?

Puse el brazo sobre la cama y me senté a su lado. Lo acaricié suavemente.

-Qué bonita. Me gusta -el brazo debía referirse a la colcha, que tenía flores estampadas de tres colores sobre un fondo azul. Algo animado para un hombre que vivía solo-. De modo que aquí es donde pasaremos la noche. Estaré muy quieto.

-¿Ah, sí?

-Permaneceré a tu lado y no a tu lado.

La mano cogió la mía, suavemente. Las uñas, lacadas con minuciosidad, eran de un rosa pálido. Los extremos sobrepasaban con mucho los dedos.

Junto a mis propias uñas, cortas y gruesas, las suyas poseían una belleza extraña, como si no pertenecieran a un ser humano. Con tales yemas de los dedos, quizás una mujer trascendiera la mera humanidad. ¿O acaso perseguía la feminidad en sí? Una concha luminosa por el diseño de su interior, un pétalo bañado en rocío, pensé en los símiles obvios. Sin embargo, no recordé ningún pétalo o concha cuyo color y forma fuesen parecidos. Eran las uñas de los dedos de la muchacha, incomparables con otra cosa. Más traslúcidos que una concha delicada, que un fino pétalo, parecían contener un rocío de tragedia. Cada día y cada noche las energías de la muchacha se dedicaban a dar brillo a esta belleza trágica. Penetraba mi soledad. Tal vez mi soledad, mi anhelo, la transformaba en rocío.

Posé su dedo meñique en el índice de mi mano libre, contemplando la uña larga y estrecha mientras la frotaba con mi pulgar. Mi dedo tocaba el extremo del suyo, protegido por la uña. El dedo se dobló, y el codo también.

-¿Sientes cosquillas? -pregunté-. Seguro que sí.

Había hablado imprudentemente. Sabía que las yemas de los dedos de una mujer son sensibles cuando las uñas son largas. Y así había dicho al brazo de la muchacha que había conocido a otras mujeres.

Una de ellas, no mucho mayor que la muchacha que me había prestado el brazo, pero mucho más madura en su experiencia de los hombres, me había dicho que las yemas de los dedos, ocultas de este modo bajo las uñas, eran a menudo extremadamente sensibles. Se adquiría la costumbre de tocar las cosas con las uñas y no con las yemas, y por lo tanto éstas sentían un cosquilleo cuando algo las rozaba.

Yo había demostrado asombro ante este descubrimiento, y ella continuó:

-Si, por ejemplo, estás cocinando, o comiendo, y algo te toca las yemas de los dedos y das un respingo, parece tan sucio...

¿Era la comida lo que parecía impuro, o la punta de la uña? Cualquier cosa que tocara sus dedos le repugnaba por su suciedad. Su propia pureza dejaba una gota de trágico rocío bajo la sombra larga de la uña. No cabía suponer que hubiera una gota de rocío para cada uno de los diez dedos.

Era natural que por esta razón yo deseara aún más tocar las yemas de sus dedos, pero me contuve. Mi soledad me contuvo. Era una mujer en cuyo cuerpo no se podía esperar que quedasen muchos lugares sensibles.

En cambio, en el cuerpo de la muchacha que me había prestado el brazo serían innumerables. Tal vez, al jugar con las yemas de los dedos de semejante muchacha, ya no sentiría culpa, sino afecto. Pero ella no me había prestado el brazo para tales desmanes. No debía hacer una comedia de su gesto.

-La ventana -no advertí que la ventana estaba abierta, sino que la cortina estaba descorrida.

-¿Habrá algo que mire hacia adentro? -preguntó el brazo de la muchacha.

-Un hombre o una mujer, nada más.

-Nada humano me vería. Si acaso sería un ser. El tuyo.

-¿Un ser? ¿Qué es eso? ¿Dónde está?

-Muy lejos -dijo el brazo, como cantando para consolarme-. La gente va por ahí buscando seres, muy lejos.

-¿Y llegan a encontrarlos?

-Muy lejos -repitió el brazo.

Se me antojó que el brazo y la propia muchacha se hallaban a una distancia infinita uno de otra. ¿Podría el brazo volver a la muchacha, tan lejos? ¿Podría yo devolverlo, tan lejos? El brazo reposaba tranquilamente, confiando en mí; ¿dormiría la muchacha con la misma confianza tranquila? ¿No habría dureza, una pesadilla? ¿Acaso no había dado la impresión de contener las lágrimas cuando se separó de él? Ahora, el brazo estaba en mi habitación, que la propia muchacha aún no había visitado.

La humedad nublaba la ventana, como el vientre de un sapo extendido sobre ella. La niebla parecía retener la lluvia en el aire, y la noche, al otro lado de la ventana, perdía distancia, pese a estar envuelta en una lejanía ilimitada. No se veían tejados, no se oía ninguna bocina.

-Cerraré la ventana -dije, asiendo la cortina.

También ella estaba húmeda. Mi rostro apareció en la ventana, más joven que mis treinta y tres años. Sin embargo, no vacilé en correr la cortina. Mi rostro desapareció.

De pronto, el recuerdo de una ventana. En el noveno piso de un hotel, dos niñas vestidas con faldas amplias y rojas jugaban ante la ventana. Niñas muy parecidas con ropas similares, occidentales, tal vez mellizas. Golpeaban el cristal, empujándolo con los hombros y empujándose mutuamente. Su madre tejía, de espaldas a la ventana. Si la gran hoja de cristal se hubiera roto o desprendido de su marco, habrían caído desde el piso noveno. Sólo yo pensé en el peligro. Su madre estaba totalmente distraída. De hecho, el cristal era tan sólido que no existía el menor peligro.

-Es hermosa -dijo el brazo desde la cama, cuando me aparté de la ventana. Quizás hablara de la cortina, cuyo estampado era el mismo que el de la colcha.

-¡Oh! Pero el sol la ha descolorido y casi habría que tirarla -me senté en la cama y coloqué el brazo sobre mi rodilla-. Eso sí que es hermoso. Más hermoso que todo.

Tomando la palma de la mano en mi propia palma derecha, y el hombro en mi mano izquierda, doblé el codo y lo volví a doblar.

-Pórtate bien -dijo el brazo, como sonriendo suavemente-. ¿Te diviertes?

-Nada en absoluto.

Una sonrisa apareció efectivamente en el brazo, cruzándolo como una luz. Era la misma sonrisa fresca de la mejilla de la muchacha.

Yo conocía esta sonrisa. Con los codos en la mesa, ella solía enlazar las manos con soltura y apoyar en ellas el mentón o la mejilla. La posición hubiera debido ser poco elegante en una muchacha; pero había en ella una cualidad sutilmente seductora que hacía parecer inadecuadas expresiones como «los codos en la mesa». La redondez de los hombros, los dedos, el mentón, las mejillas, las orejas, el cuello largo y esbelto, el cabello, todo se juntaba en un único movimiento armonioso. Al usar hábilmente el cuchillo y el tenedor, con el primer dedo y el meñique doblados, los levantaba de modo casi imperceptible de vez en cuando. La comida pasaba por los pequeños labios y ella tragaba; yo tenía ante mí menos a una persona cenando que a una música incitante de manos, rostro y garganta. La luz de su sonrisa fluyó a través de la piel de su brazo.

El brazo parecía sonreír porque, mientras yo lo doblaba, olas muy suaves pasaron sobre los músculos firmes y delicados para enviar ondas de luz y sombra sobre la piel tersa. Antes, cuando había tocado las yemas de los dedos bajó las largas uñas, la luz que pasaba por el brazo al doblarse el codo había atraído mi mirada. Fue aquello, y no un impulso cualquiera de causar daño, lo que me incitó a doblar y desdoblar el brazo. Me detuve, y lo contemplé estirado sobre mi rodilla. Luces y sombras frescas seguían pasando por él.

-Me preguntas si me divierto. ¿Te das cuenta de que tengo permiso para cambiarte por mi propio brazo?

-Sí.

-En cierto modo, me asusta hacerlo.

-¿Ah, sí?

-¿Puedo?

-Por favor.

Oí el permiso concedido y me pregunté si lo aceptaría.

-Dilo otra vez. Di «por favor».

-Por favor, por favor.

Me acordé. Era como la voz de una mujer que había decidido entregarse a mí, no tan hermosa como la muchacha que me había prestado el brazo. Tal vez existía algo extraño en ella.

-Por favor -me había dicho, mirándome. Yo puse los dedos sobre sus párpados y los cerré. Su voz temblaba-. «Jesús lloró. Entonces dijeron los judíos: "¡Miren cuánto la amaba!»

Era un error decir «la» en vez de «le». Se trataba de la historia del difunto Lázaro. Quizá, siendo ella una mujer, lo recordaba mal, o quizá la sustitución era intencionada.

Las palabras, tan inadecuadas a la escena, me trastornaron. La miré con fijeza, preguntándome si brotarían lágrimas en los ojos cerrados.

Los abrió y levantó los hombros. Yo la empujé hacia abajo con el brazo.

-¡Me haces daño! -se llevó la mano a la nuca.

Había una pequeña gota de sangre en la almohada blanca. Apartando sus cabellos, posé los labios en el punto de sangre que se iba hinchando en su cabeza.

-No importa -se quitó todas las horquillas-. Sangro con facilidad. Al menor contacto.

Una horquilla le había pinchado la piel. Un estremecimiento pareció sacudir sus hombros, pero se controló.

Aunque creo comprender lo que siente una mujer cuando se entrega a un hombre, sigue habiendo en el acto algo inexplicable. ¿Qué es para ella? ¿Por qué ha de desearlo, por qué ha de tomar la iniciativa? Jamás pude aceptar realmente la entrega, aun sabiendo que el cuerpo de toda mujer está hecho para ella. Incluso ahora, que soy viejo, me parece extraño. Y las actitudes adoptadas por diversas mujeres: diferentes, si se quiere, o tal vez similares, o incluso idénticas. ¿Acaso no es extraño? Quizá la extrañeza que encuentro en todo ello es la curiosidad de un hombre más joven, o la desesperación de uno de edad avanzada. O tal vez una debilidad espiritual que padezco.

Su angustia no era común a todas las mujeres en el acto de la entrega. Y con ella ocurrió solamente aquella única vez. El hilo de plata estaba cortado, la taza de oro, destruida.

«Por favor», había dicho el brazo, recordándome así a la otra muchacha; pero ¿eran realmente iguales ambas voces? ¿No habrían sonado parecidas porque las palabras eran las mismas? ¿Hasta este punto se habría independizado el brazo del cuerpo del que estaba separado? ¿Y no eran las palabras el acto de entregarse, de estar dispuesto a todo, sin reservas, responsabilidad o remordimiento?

Me pareció que si aceptaba la invitación y cambiaba el brazo con el mío, causaría a la muchacha un dolor infinito.

Miré el brazo que tenía sobre la rodilla. Había una sombra en la parte interior del codo. Me dio la impresión de que podría absorberla. Apreté mis labios contra el codo, para sorber la sombra.

-Me haces cosquillas. Pórtate bien -el brazo estaba en torno a mi cuello, rehuyendo mis labios.

-Precisamente cuando bebía algo bueno.

-¿Y qué bebías?

No contesté.

-¿Qué bebías?

-El olor de la luz. De la piel.

La niebla parecía más espesa; incluso las hojas de la magnolia se antojaban húmedas. ¿Qué otras advertencias emitiría la radio? Caminé hacia mi radio de sobremesa y me detuve. Escucharla con el brazo alrededor de mi cuello parecía excesivo. Pero sospechaba que oiría algo similar a esto: a causa de las ramas mojadas, y de sus propias alas y patas mojadas, muchos pájaros pequeños han caído al suelo y no pueden volar. Los coches que estén cruzando un parque deben tomar precauciones para no atropellarlos. Y si se levanta un viento cálido, es probable que la niebla cambie de color. Las nieblas de color extrañó son nocivas. Por consiguiente, los radioescuchas deben cerrar con llave sus puertas si la niebla adquiere un tono rosa o violeta.

-¿Cambiar de color? -murmuré-. ¿Volverse rosa o violeta?

Aparté la cortina y miré hacia fuera. La niebla parecía condensarse con un peso vacío. ¿Acaso se debía al viento que hubiera en el aire una oscuridad sutil, diferente de la habitual negrura de la noche? El espesor de la niebla parecía infinito, y no obstante, más allá de ella se retorcía y enroscaba algo terrorífico.

Recordé que antes, mientras me dirigía a casa con el brazo prestado, los faros delanteros y traseros del coche conducido por la mujer vestida de rojo aparecían indistintos en la niebla. Una esfera grande y borrosa de tono violeta parecía aproximarse ahora a mí. Me apresuré a retirarme de la ventana.

-Vámonos a la cama. Nosotros también.

Daba la impresión de que nadie más en el mundo estaba levantado. Estar levantado era el terror.

Después de quitarme el brazo del cuello y colocarlo sobre la mesa, me puse un kimono de noche limpio, de algodón estampado. El brazo me observó mientras me cambiaba. Me avergonzaba ser observado. Ninguna mujer me había visto desnudándome en mi habitación.

Con el brazo en el mío, me metí en la cama. Me acosté a su lado y lo atraje suavemente hacia mi pecho. Se quedó inmóvil.

Con intermitencias podía oír un leve sonido, como de lluvia, un sonido muy ligero, como si la niebla no se hubiera convertido en lluvia, sino que ella misma estuviera formando gotas. Los dedos entrelazados con los míos bajo la manta adquirieron más calor; y el hecho de que no se hubieran calentado a mi propia temperatura me comunicó la más serena de las sensaciones.

-¿Estás dormido?

-No -replicó el brazo.

-Estabas tan quieto que pensé que te habrías dormido.

-¿Qué quieres que haga?

Abriendo mi kimono, llevé el brazo a mi pecho. La diferencia de calor me penetró. En la noche algo sofocante, algo fría, la suavidad de la piel era agradable.

Las luces seguían encendidas. Había olvidado apagarlas al meterme en la cama.

-Las luces -me levanté, y el brazo se cayó de mi pecho.

Me apresuré a recogerlo.

-¿Quieres apagar las luces? -me dirigí hacia la puerta-. ¿Duermes a oscuras o con las luces encendidas?

El brazo no respondió. Tenía que saberlo. ¿Por qué no contestaba? Yo no conocía las costumbres nocturnas de la muchacha. Comparé las dos imágenes: dormida a oscuras y con la luz encendida. Decidí que esta noche, sin el brazo, dormiría con luz. En cierto modo, yo también prefería tenerla encendida. Quería contemplar el brazo. Quería mantenerme despierto y mirar el brazo cuando estuviera dormido. Pero los dedos se estiraron y apretaron el interruptor.

Volví a la cama y me acosté en la oscuridad, con el brazo junto a mi pecho. Guardé silencio, esperando que se durmiera. Ya fuese porque estaba insatisfecho o temeroso de la oscuridad, la mano permanecía abierta a mi lado, y poco después los cinco dedos empezaron a recorrer mi pecho. El codo se dobló por propia iniciativa, y el brazo me abrazó.

En la muñeca de la muchacha había un pulso delicado. Reposaba sobre mi corazón, de forma que los dos pulsos sonaban uno contra otro. El suyo era al principio un poco más lento que el mío, y al poco rato coincidieron. Y algo después ya sólo podía sentir el mío. Ignoraba cuál era más rápido y cuál más lento.

Tal vez esta identidad de pulso y latido fuera para un breve período en el que yo podía intentar cambiar el brazo con el mío. ¿O acaso estaría durmiendo? Una vez oí decir a una muchacha que las mujeres eran menos felices en las angustias del éxtasis que durmiendo pacíficamente junto a sus hombres; pero jamás una mujer había dormido tan pacíficamente junto a mí como este brazo.

Yo era consciente del latido de mi corazón gracias al pulso que latía sobre él. Entre un latido y el siguiente, algo se alejaba muy de prisa y, también muy de prisa, volvía.

Mientras yo escuchaba los latidos, la distancia pareció aumentar, y por mucho que este algo se alejara, por muy infinitamente lejos que se fuera, no encontraba nada en su destino. El próximo latido lo hacía volver. Yo debía haber tenido miedo, pero no lo tenía. No obstante, busqué el interruptor que estaba junto a la almohada.

Antes de oprimirlo, enrollé la manta hacia abajo. El brazo continuaba dormido, ignorante de lo que ocurría. Una dulce franja del más pálido blanco rodeaba mi pecho desnudo, y parecía surgir de la misma carne, como el resplandor que antecede a la salida de un sol caliente y diminuto.

Encendí la luz. Puse mis manos sobre los dedos y el hombro, y estiré el brazo. Le di unas vueltas en silencio, contemplando el juego de luces y sombras desde la redondez del hombro hasta la finura y turgencia del antebrazo, el estrechamiento de la suave curva del codo, la sutil depresión en el interior del codo, la redondez de la muñeca, la palma y el dorso de la mano, y después los dedos.

«Me lo quedaré.» No tuve conciencia de haber murmurado las palabras. En un trance, me quité el brazo derecho y lo sustituí por el de la muchacha.

Hubo un ligero sonido entrecortado -no pude saber si mío o del brazo- y un espasmo en mi hombro. Así fue como me enteré del cambio.

El brazo de la muchacha, ahora mío, temblaba y se movía en el aire. Lo doblé y lo acerqué a mi boca.

-¿Duele? ¿Te duele?

-No. Nada, nada -las palabras eran vacilantes.

Un estremecimiento me recorrió como un relámpago.

Tenía los dedos en la boca.

De algún modo proferí mi felicidad, pero los dedos de la muchacha estaban sobre mi lengua, y dijera lo que dijese, no formé ninguna palabra.

-Por favor. Todo va bien -replicó el brazo. El temblor cesó-. Me dijeron que podías hacerlo. Y no obstante...

Me di cuenta de algo. Podía sentir los dedos de la muchacha en la boca, pero los dedos de su mano derecha, que ahora eran los de mi propia mano derecha, no podían sentir mis labios o mis dientes. Presa del pánico, sacudí mi mano derecha y no pude sentir las sacudidas. Había una interrupción, un paro, entre el brazo y el hombro.

-La sangre no fluye -prorrumpí-. ¿Verdad que no?

Por primera vez, el miedo me atenazó. Me incorporé en la cama. Mi propio brazo había caído junto a mí. Separado de mí, era un objeto repelente. Pero más importante, ¿se habría detenido el pulso? El brazo de la muchacha estaba caliente y palpitaba; el mío parecía estar quedándose frío y rígido. Con el brazo de la muchacha, tomé mi propio brazo derecho. Lo tomé, pero no hubo sensación.

-¿Hay pulso? -pregunté al brazo-. ¿Está frío?

-Un poco. Algo más frío que yo. Yo estoy muy caliente.

Había algo especialmente femenino en la cadencia. Ahora que el brazo estaba sujeto a mi hombro y se había convertido en mío, parecía más femenino que antes.

-¿El pulso no se ha detenido?

-Deberías ser más confiado.

-¿Por qué?

-Has cambiado tu brazo por el mío, ¿verdad?

-¿Fluye la sangre?

-«Mujer, ¿a quién buscas? ¿Conoces el pasaje?»

-«Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?»»

-Muy a menudo, cuando estoy soñando y me despierto en plena noche, me lo susurro a mí mismo.

Esta vez, naturalmente, quien hablaba debía ser la propietaria del atractivo brazo unido a mi hombro. Las palabras de la Biblia parecían pronunciadas por una voz eterna, en un lugar eterno.

-¿Le resultará difícil dormir? -yo también hablaba de la propia muchacha-. ¿Tendrá una pesadilla? Esta niebla invita a perderse en miles de pesadillas. Pero la humedad hará toser hasta a los demonios.

-Para que no puedas oírles -el brazo de la muchacha, con el mío todavía en su mano, cubrió mi oreja derecha.

Ahora era mi propio brazo derecho, pero el movimiento no parecía haber procedido de mi voluntad sino de la suya, de su corazón. Pese a ello, la separación distaba de ser tan completa.

-El pulso. El sonido del pulso.

Escuché el pulso de mi propio brazo derecho. El brazo de la muchacha se había acercado a mi oreja con mi propio brazo en su mano, y tenía mi propia muñeca junto al oído. Mi brazo estaba caliente; como el brazo de la muchacha había dicho, sólo perceptiblemente más frío que sus dedos y mi oreja.

-Mantendré alejados a los demonios -traviesamente, con suavidad, la uña larga y delicada de su dedo meñique se movió en mi oreja. Yo meneé la cabeza. Mi mano izquierda, la mía desde el principio, tomó mi muñeca derecha, que era la de la muchacha. Cuando eché atrás la cabeza, advertí el meñique de la muchacha.

Cuatro dedos de su mano asían el brazo que yo había separado de mi hombro derecho. Solamente el meñique -¿diremos que sólo él podía jugar libremente?- estaba doblado hacia el dorso de la mano. La punta de la uña apenas tocaba mi brazo derecho. El dedo estaba doblado en una posición posible únicamente para la mano flexible de una muchacha, descartada para un hombre de articulaciones duras como yo. Se elevaba en ángulos rectos desde la base. En la primera articulación se doblaba en otro ángulo recto, y en la siguiente, en otro. De este modo trazaba un cuadrado, cuyo lado izquierdo estaba formado por el dedo anular.

Formaba una ventana rectangular al nivel de mis ojos. O más bien una mirilla, o un anteojo, demasiado pequeño para ser una ventana; pero por alguna razón pensé en una ventana. La clase de ventana por la que podría mirar una violeta. Esta ventana del dedo meñique, este anteojo formado por los dedos, tan blanco que despedía un débil resplandor, lo acerqué lo más posible a uno de mis ojos, y cerré el otro.

-¿Un mundo nuevo? -preguntó el brazo-. ¿Y qué ves?

-Mi oscura habitación. Sus cinco luces -antes de terminar la frase, casi grité-. ¡No, no! ¡Ya lo veo!

-¿Y qué ves?

-Ha desaparecido.

-¿Y qué has visto?

-Un color. Una mancha púrpura. Y en su interior, pequeños círculos, pequeñas cuentas rojas y doradas, describiendo círculos una y otra vez.

-Estás cansado -el brazo de la muchacha dejó mi brazo derecho, y sus dedos me acariciaron suavemente los párpados.

-¿Giraban las cuentas rojas y doradas en una enorme rueda dentada? ¿He visto algo en la rueda dentada, algo que iba y venía?

Yo ignoraba si realmente había visto algo en ella o sólo me lo había parecido: una ilusión efímera, que no permanecía en la memoria. No podía recordar qué había sido.

-¿Era una ilusión que querías enseñarme?

-No. Al final la he borrado.

-De días que ya pasaron. De nostalgia y tristeza. Sus dedos dejaron de moverse sobre mis párpados. Formulé una pregunta inesperada.

-Cuando te sueltas el cabello, ¿te cubre los hombros?

-Sí. Lo lavo con agua caliente, pero después, tal vez una manía mía, lo mojo con agua fría. Me gusta sentir el cabello frío sobre mis hombros y brazos, y también contra los pechos.

Naturalmente, volvía a hablar la muchacha. Sus pechos nunca habían sido tocados por un hombre, y sin duda le hubiera resultado difícil describir la sensación del cabello frío y mojado sobre ellos. ¿Acaso el brazo, separado del cuerpo, se había separado también de la timidez y la reserva?

En silencio posé la mano izquierda sobre la suave redondez de su hombro, que ahora era mío. Se me antojó que tenía en la mano la redondez, aún pequeña, de sus pechos. La redondez de los hombros se convirtió en la suave redondez de los pechos.

Su mano se posó suavemente sobre mis párpados. Los dedos y la mano permanecieron así, impregnándose, y la parte interior de los párpados pareció calentarse a su tacto. El calor penetró en mis ojos.

-Ahora la sangre está fluyendo -dije en voz baja-. Está fluyendo.

No fue un grito de sorpresa, como cuando advertí que había cambiado mi brazo por el suyo. No hubo estremecimiento ni espasmo, ni en el brazo de la muchacha ni en mi hombro. ¿Cuándo había empezado mi sangre a fluir por el brazo, y su sangre, en mi interior? ¿Cuándo había desaparecido la interrupción del hombro? La sangre pura de la muchacha estaba fluyendo, en este preciso momento, a través de mí; pero, ¿no habría algo desagradable cuando el brazo fuera devuelto a la muchacha, con esta sangre masculina y sucia fluyendo por él? ¿Qué pasaría si no se adaptaba a su hombro?

-No semejante traición -murmuré.

-Todo irá bien -susurró el brazo.

No se produjo la conciencia dramática de que la sangre iba y venía entre el brazo y mi hombro. Mi mano izquierda, envolviendo mi hombro derecho, y el propio hombro, ahora mío, tenían una comprensión natural del hecho. Habían llegado a conocerlo. Este conocimiento los adormeció.

Me quedé dormido.

Flotaba sobre una enorme ola. Era la niebla envolvente cuyo color se había tornado violeta pálido, y había rizos de un verde pálido en el lugar donde yo flotaba, y sólo allí. La húmeda soledad de mi habitación había desaparecido. Mi mano izquierda parecía reposar ligeramente sobre el brazo derecho de la muchacha; Parecía como si sus dedos sostuvieran estambres de magnolia. Yo no podía verlos, pero sí olerlos. Los habíamos tirado, ¿y cuándo y cómo los recogió ella? Los pétalos blancos, de un solo día, aún no habían caído; ¿por qué, pues, los estambres? El coche de la mujer vestida de rojo pasó muy cerca, dibujando un gran círculo conmigo en el centro. Parecía vigilar nuestro sueño, el de la muchacha y el mío.

Nuestro sueño fue probablemente ligero, pero nunca había conocido un sueño tan cálido y dulce. Dormía siempre con inquietud, y aún no había sido bendecido con el sueño profundo de un niño.

La uña larga, estrecha y delicada arañó suavemente la palma de mi mano, y el tenue contacto hizo más profundo mi sueño. Desaparecí.

Me desperté gritando. Casi me caí de la cama, y caminé tambaleándome tres o cuatro pasos.

Me había despertado el contacto de algo repulsivo. Era mi brazo derecho.

Mientras recobraba el equilibrio, contemplé el brazo que estaba sobre la cama. Contuve el aliento, mi corazón se disparó y todo mi cuerpo fue recorrido por un estremecimiento. Vi el brazo en un instante, y al siguiente ya había arrancado de mi hombro el brazo de la muchacha y colocado nuevamente el mío propio. El acto fue como un asesinato provocado por un impulso repentino y diabólico.

Me arrodillé junto a la cama, apoyé el pecho contra ella y froté mi corazón demerite con la mano recobrada. A medida que los latidos se calmaban, cierta tristeza brotó desde una profundidad mayor que lo más profundo de mi ser.

-¿Dónde está su brazo? -levanté la cabeza.

Yacía a los pies de la cama, con la palma hacia arriba sobre el ovillo de la manta. Los dedos estirados no se movían. El brazo era débilmente blanco bajo la luz opaca.

Con una exclamación de alarma lo recogí y apreté con fuerza contra mi pecho. Lo abracé como se abraza a un niño pequeño a quien la vida está abandonando. Llevé los dedos a mis labios. ¡Ojalá el rocío de la mujer manara de entre las largas uñas y las yemas de los dedos!

Yasunari Kawabata (1899-1972) fue un escritor-novelista, primer japonés en ganar el premio Nobel de Literatura en 1968. Nació en Osaka. La soledad en que pasó su infancia tras la muerte de sus seres más queridos marcó profundamente su personalidad y su literatura.

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El periodismo científico

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“El universo es el más sublime de los poemas”

Edgar Alan Poe



En1975, más de un centenar de profesionales interesados en difundir ciencia, tecnología, salud y medio ambiente formaron en Madrid la primera Asociación Española de Periodismo Científico.

La iniciativa fue alentada por el periodista Manuel Calvo Hernando, quien en los años ochenta recorrió el Perú y otros países de América Latina tratando de extender raíces de esa Asociación sin mayor éxito, porque en estas comarcas persiste la idea monocal que entre la ciencia y el arte hay abismos infranqueables.

La mencionada Asociación Española hoy es parte de la European Union of Science Journalists´ Associaciations (EUSJA), de la Asociación Iberoamericana de Periodismo Científico (AIPC) y de la World Federation Science Journalist (WFSJ), entre otras instituciones afines, y mantiene gran receptividad y sostén en las políticas públicas de la educación.

En el Perú, el CONCYTEC ahora en el 2015 declara públicamente que necesita de la prensa para conseguir los grandes objetivos de la institución, que es el momento de alentar la institucionalidad de este periodismo, junto con las principales Universidades, para que la comunicación cumpla su función social en bien del mayor conocimiento de la ciencia y la investigación.

Uno de los aspectos centrales del periodismo especializado es la formación de comunicadores para hacer de la ciencia en un mensaje preciso, legible, bello, para todas las personas, sin distinción de edad, sexo, cultura o región geográfica de origen.

El Periodismo Científico no siempre ha encontrado terreno fértil. En el Perú la iniciativa Ibérica no se ha multiplicado porque en los programas de la educación se sigue insistiendo en la absurda separación entre el conocimiento de ciencias como un universo separado del mundo de la poesía y de las humanidades.

Poe, en su humanizada, al servicio de la creación y el disfrute del lenguaje poético o de cualquier otro campo artístico. “Creo que hay que hacer todo lo posible para que la imparable revolución cibernética pueda estar al servicio de las artes”, escribe Carlos Germán Belli (Lima, 1927), en ‘Vivir en el poema’.

Poesía y ciencia son dos herramientas más para explicarnos el mundo. Métodos distintos contra la incertidumbre. La ciencia busca respuestas firmes mientras que la poesía se mueve en el terreno del interrogante, en la frontera del enigma como sentido. No es posible construir el mundo manteniendo el conocimiento en departamentos estancos, sino en una creativa interrelación dependiente. El Periodismo Científico es una necesidad académica y comunicacional.

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La música va a la calle

ARGENPRESS CULTURAL

En la calle se puede escuchar excelente música. ¿No lo creen?

Rock


Música andina


Opera


Reggae


Baterista


Cumbia


Rap


Jazz


Clásica


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Esmeralda y Lavalle

Elizabeth Óliver de Ábalos (Desde Canelones, Uruguay. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Un hotel triste y barato, donde los exiliados sin documentos encontraban refugio sin demasiado asedio por parte de Migración...

El vano intento de adaptación, cuando el alma se resiste...

El bullicio arrogante de las noches porteñas, interminables, desgastantes...

La dictadura uruguaya, obligado motivo de haber cruzado el charco...

El sabor a nunca más, al pensar en la vuelta...

El estar donde no se quiere, pero con quien se quiere...

Todo ese ambiente era propicio -en esos años- para que una uruguaya expatriada, viviera en Buenos Aires una noche así:

Son las 00:30. Laura está en un boliche, sola. No sabe cómo se llama... ni le importa. Hace veinte minutos que se despidió de Mauro en Esmeralda y Lavalle, y unos diez que ella se vino a esconder acá. Había buscado un cine -evocando las noches de viernes en Montevideo- pero no encontró función de trasnoche. Le duele la mano. La de escribir, claro. La misma con que le escrachó la trompa al idiota que la agarró de un brazo.

Todo lo que pudo hacer en diez minutos fue dar una vuelta manzana... ¡un infierno!, era evidente que a los hombres, la primavera los ponía pesados... ¡un "cargue" por cuadra!, hasta que al último se le fue la mano.

El primero la siguió unos pasos. Como ella no le dio pelota... se aburrió. El otro le ofrecía una tarjeta "sin compromiso" para hacer fotografía publicitaria. La segunda vez que le dijo que no, el tipo se fue. El tercero quería invitarla con algo, un café, un trago... algo. Pero Laura ya tenía expresión de bronca... y el galán no insistió más. Y en Corrientes, ese imbécil la agarró del brazo. Se lo sacudió y le ofreció la trompada. Él la dejó seguir unos pasos y lo hizo de nuevo... entonces... se la ganó.

Le sigue doliendo la mano. No supo qué hizo el tipo además de tocarse la cara... no miró. Dobló en Esmeralda y caminó hasta que encontró el boliche. Tenía ganas de llorar... hizo fuerza y se aguantó.

Es viernes de noche, no quiere volver al hotel... Mauro no está ahí. Pide un café largo... ¡no saben qué es! Dice "doble"... y entonces sí. Prende un cigarrillo, toma el café... se serena un poco. Después piensa qué hacer ahí adentro para estirar un poco la noche y dejar de mirar la calle, la gente, las parejas. Entonces le vienen ganas de escribir... eso la ayuda siempre, es un escape. Mira el servilletero lleno y se decide.

Levanta la vista y lee la cartelera frente a ella: "café doble, 8"; "whisky nacional, 15"; "importado, 23". Llama al mozo: Criadores, sin hielo -le pide-, así le había enseñado Mauro.

Linda medida: ¡un balde!, desbordado generosamente dentro del vaso. Hace mucho que no toma, le pica la lengua, pero no frunce la cara. Esto la va a entonar un poco, como para irse a dormir cuando se le vaya la "depre". Estira una servilleta, mira a su alrededor y se dispone a escribir "su noche".

Entran tres parejas. Unos comen como forajidos. Los otros se pudren. Los últimos discuten... "Ninguno se parece a nosotros" -piensa-.

La parejita joven sigue comiendo como si fuera la última vez. No hablan, sólo mastican y tragan. El otro tipo tiene bastante pinta, y un "mascarón de proa" enfrente, que le lleva por lo menos diez años. Laura no sabe qué hacen ahí, el aburrimiento se les desparrama... toman café, fuman, cada cual pensando en lo suyo.

Los únicos que hablan son los otros, son jóvenes pero no demasiado; hablan con la cara y con las manos, discrepan, discuten, se ahogan con el café... siguen peleando.

El asunto es pasar la noche: comiendo, aburriéndose, discutiendo, tomando whisky nacional, fumando, escribiendo.

Ya es la 1:30. La calle sigue igual, densa: taxis, coches particulares, colectivos, parejas, mujeres, tipos... montones de tipos. Algunos le hacen señas a través de la pared de vidrio. No se altera, ella adentro está a salvo... y ellos afuera también. Que no entre ninguno porque ¡es capaz de dar vuelta el boliche! Ya tiene cuatro puchos en el cenicero y siente ganas de fumar otro.

Entra una mujer sola, alta, gorda, canosa, vestida de vieja, más pintada de lo que debería. Debe tener la edad de Laura, pero así, tiene cien años... Pide un café y empieza a fumar... ¡no!, a gastar cigarrillos: no lo sabe hacer. Sólo espanta el humo igual que todos los que no saben: pita, hace un buche con la bocanada y la expulsa despacito, sin placer.

Le sigue doliendo la mano. Piensa si Mauro tendrá una buena noche, porque la de ella es un desastre.

Los pibes largan justo a tiempo de no reventar. Se les nota la panza a los dos. Los aburridos bostezan. Los otros siguen discutiendo inútilmente entre gestos y ademanes, como si recién hubieran empezado. La mujer sigue gastando puchos.

A Laura se le terminó el whisky. Buen promedio: una hora y tres cuartos. Pero no tiene sueño, todavía no. Recuerda los ojos de Mauro, que la acariciaron al despedirse tanto y tan lindo como sus manos. Repasa las cosas que él le dice, reflexiona cómo se rompe el alma trabajando para los dos, para ella.

"Es el primer tipo que hace eso por mí, hasta en eso es distinto -piensa-. Me habrán querido mucho, sí, hasta hacerme sentir una muñeca malcriada, no lo niego... pero ninguno se reventó laburando para mantenerme. Y Mauro sí. Y no le molesta, hasta diría que se siente bien al hacerlo. Aún en la peor de las broncas, nunca me lo reprochó".

Laura sonríe. Está segura que no hay otro como él. Y sabe que Mauro tiene razón, que si no fuera terco y obcecado no sería tan interesante y que tal vez, ella lo quiere porque lejos de aburrirla, le da guerra. Entonces se pregunta qué está haciendo ahí, sola en un boliche porteño a las dos de la mañana...

Llama al mozo, paga y se va. La calle está despejada, la madrugada fresca apaciguó su bullicio y -a esa hora- el movimiento se mantiene sólo por Lavalle. Camina por Esmeralda, cruza Corrientes y entra al Odeón. Descuelga la llave sin molestar al conserje, que duerme sentado en su butaca.

Al abrir la puerta se mira la mano, ya casi no le duele. Pensando en Mauro, se desviste y se mete en la cama. "No fue el whisky lo que me bajó las revoluciones -piensa- fue pensar en vos... todo está bien, acá te espero hasta que llegues".

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Cerdos y hombres

Ho Chi Minh



En nuestro mismo camino van unos guardias que llevan cerdos.
Los cerdos, cargados a las espaldas de los guardias, los hombres, arrastrados con cadenas.
Cuando el hombre pierde su libertad
Vale aún menos que un cerdo.

Ho Chi Minh (1890-1969), poeta y político comunista vietnamita, figura principal en la guerra contra Estados Unidos, presidente de la República Democrática de Vietnam, uno de los “imprescindibles” que reclamaba B. Brecht.

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Y entonces: ¿La suerte ya está echada?

José González (Desde La Antigua, Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Si el existencialismo es el signo y resultado de una crisis (1) en el pensamiento tradicional y una desorientación, a veces dolorosa, que sufre cualquier persona que detiene, aunque sea por instantes, la marcha incesante de su vida, que abre los ojos, que contempla y que toma conciencia de su existencia, entonces muchos somos de alguna forma existencialistas, aun si se afirma que esta corriente filosófica sólo estuvo en boga durante un período determinado y es cosa del pasado.

La melancolía invade el espíritu de quienes están en constante vigilia y que consideran la posibilidad de ser el resultado fortuito de un conjunto de accidentes naturales, históricos y sociales, con un futuro indeterminado e incierto; que advierten, además, que somos pequeñas partículas en la inmensidad infinita del universo y que nuestras vidas, como dijera Thomas Nagel, son simples instantes en una escala geológica del tiempo, y no se diga en una escala cósmica (2). Así, reflexionar sobre nuestra pequeñez y fugacidad, en un insignificante rincón del espacio y del tiempo, rodeados por el infinito y la muerte, equivale a pensar (y sentir) la angustia subjetiva a que hacía referencia Kierkegaard: «La angustia -decía este filósofo- puede compararse muy bien con el vértigo. A quien se pone a mirar con los ojos fijos en una profundidad abismal le entran vértigos. Pero ¿dónde está la causa de tales vértigos? La causa está tanto en sus ojos como en el abismo.» ()

Para un existencialista radical, que se siente como si lo hubiesen arrojado en un lugar y tiempo determinados, sin motivos claros, para enfrentarse a diversas situaciones, a sabiendas de que su presencia es importante pero no necesaria, pues en todo momento es absolutamente prescindible, hallarle sentido a la vida resulta poco menos que un sinsentido. Ya lo decía Sábato: «A veces creo que nada tiene sentido. En un planeta minúsculo, que corre hacia la nada desde millones de años, nacemos en medio de dolores, crecemos, luchamos, nos enfermamos, sufrimos, hacemos sufrir, gritamos, morimos, mueren y otros están naciendo para volver a empezar la comedia inútil. ¿Toda nuestra vida sería una serie de gritos anónimos en un desierto de astros indiferentes?» (4)

Y para problematizar aún más estas ideas, el humano no sólo se enfrenta al abismo que se percibe en la escala del macrocosmos, también debe asumir su existencia frente a los misterios del microcosmos: los átomos, las moléculas y las células. Como afirmaba Salvador Borrego: «La complejidad de una galaxia, compuesta de 400,000 millones de estrellas es asombrosa. Y sin embargo, un ‘simple’ ser humano es todavía más complejo.» (5) No nos explicamos muchas cosas que ocurren en nuestro interior, ni a nivel fisiológico ni emocional, ni mental ni espiritual. Inclusive, no sabemos a ciencia cierta si todo, en el universo, está sujeto a una ley inflexible de causa y efecto, en forma mecánica. ¿Estará trazado desde el inicio un destino predeterminado? Arthur Koestler decía que «el modelo del universo como un mecanismo de relojería, típico del siglo XIX, se ha derrumbado. Con el advenimiento de la teoría cuántica y de la relatividad, el mismo concepto de materia ha perdido toda solidez, de forma que el materialismo ya no tiene derecho a proclamarse una filosofía científica.» (6)

Claro, a muchos les podría causar antipatía el pesimismo y la incertidumbre que expresan las palabras anteriores. Seguro que sí. Pues una cosa es que al universo no se le halle ningún sentido, pero otra es que a alguien individualmente se le cuestione su propio sentido en la vida. Así de paradójicos somos. Cioran sentenciaba en ese sentido que: «Uno puede decir con toda tranquilidad que el universo no tiene ningún sentido. Nadie se enfadará. Pero si se afirma lo mismo de un sujeto cualquiera, éste protestará e incluso hará todo lo posible para que quien hizo esa afirmación no quede impune. Así somos todos: nos exoneramos de toda culpa cuando se trata de un principio general y no nos avergonzamos de quedarnos reducidos a una excepción. Si el universo no tiene ningún sentido, ¿habremos librado a alguien de la maldición de ese castigo? Todo el secreto de la vida se reduce a esto: no tiene sentido; pero todos y cada uno de nosotros le encontramos uno.»

Bueno, está bien. No tiene sentido pensar tan en grande, como el macrocosmos, ni tan en pequeño, como el microcosmos, si sabemos de antemano que el entorno nos supera con creces. Rodeados del infinito, siendo finitos, quedamos reducidos a la insignificancia; pero, y si le logramos hallar algún sentido a nuestra breve vida individual, tal vez es porque algo, aunque sea mínimo, podemos hacer. ¿O ya está echada la suerte? ¿Y el libre albedrío? ¿Habrá algún espacio en el que podamos elegir y ejercer nuestra libertad de acción? ¿Es posible ser autónomos frente a las circunstancias históricas ya dadas?

Según Jean-Paul Sartre, citado por Fernando Savater (7), lo primordial en el hombre es el hecho de que existe y que debe inventarse a sí mismo, sin estar predeterminado por ningún tipo de esencia o carácter inmutable. Dice él que siempre estamos abiertos a transformarnos o a cambiar de camino. Pero, pregunta: «¿y las determinaciones que provienen de nuestra situación histórica, de nuestra clase social, de nuestra situación económica, familiar, laboral o de nuestras condiciones físicas o psíquicas, será que condicionan y limitan el libre albedrío? ¿Y los obstáculos que la realidad opone a nuestros proyectos.» Para este filósofo, tampoco nada de esto impide el ejercicio de la libertad. Es uno quien elije resignarse a su situación o rebelarse contra ella y transformarla. Es uno quien descubre las adversidades de su cuerpo o de su realidad al proponerse objetivos que las desafían.

También Karl Marx, sobre este particular, decía: «Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen simplemente como a ellos les place; no la hacen bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo circunstancias directamente encontradas, dadas y transmitidas desde el pasado» (8). Aunque debemos ser cuidadosos, pues este aserto nos confronta a dos falacias: la de suponer que como sujetos sociales estamos (pre) determinados como autómatas por estructuras de cualquier tipo; y la de irnos al extremo opuesto de pensar que nuestra libertad de acción no conoce límites.

Respecto a la cuestión de la autonomía, la frase de Marx es una ecuación. Cuanto más se hace efectiva la historia personal menos peso tienen las circunstancias no elegidas. Sin embargo, a veces estas últimas son tan abrumadoras que no parece quedar espacio alguno para hacer la propia historia. La autonomía, a decir del antropólogo Alejandro Grimson, «es la ampliación del espacio para hacer la propia historia; el trabajo para restringir el peso de las circunstancias ‘objetivas’. Así, empoderarse implicaría hacer nuestra propia autonomía, en tensión con las objetividades que nos rodean.» (9) En medio, pues, del infinito y de las circunstancias ya dadas, el humano en permanente rebelión consigo mismo y con el entorno es capaz de ser autónomo, y eso, estimados lectores, es un misterio por el cual la vida merece ser vivida. Hay grandeza, aunque no se vea, en la aparente insignificancia.

Notas:
1) Crisis en el sentido de ruptura y cambio de derrotero en el planteamiento y solución de problemas fundamentales (el problema del ser, de la verdad, del tiempo, de la trascendencia).
2) Nagel, Thomas. ENSAYOS SOBRE LA VIDA HUMANA. FCE. 2ª Edición, 2000. El Absurdo. Pág. 35
3) Kierkegaard, Sören. EL CONCEPTO DE LA ANGUSTIA. Filosofía. Alianza Editorial. 1ª. Edición, 2007. Pág. 118.
4) Sábato, Ernesto. EL TÚNEL. Lo mejor de Ernesto Sábato. Seix Barral. 2011. Pág. 26.
5) Borrego, Salvador. DOGMAS POLÍTICOS Y CRISIS. 4ª Edición, 2003. Pág. 47.
6) Koestler, Arthur. FÍSICA, FILOSOFÍA Y MISTICISMO, citado por Salvador Borrego, Idem.
7) Savater, Fernando. LAS PREGUNTAS DE LA VIDA. Ariel. 1ª Edición. 1999. Págs. 153 y 154.
8) Marx, Karl. EL DIECIOCHO BRUMARIO DE LUIS BONAPARTE (1852), en The Marx-Engels Reader. R. Tucker (ed). New York, 1978. Pág. 594.
9) Grimson, Alejandro. Seminario Virtual. Alteridades, Configuraciones Culturales y Política. CLACSO.

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Cine. ‘Amanecer rojo’: cuando Cuba daba miedo

ELDIARIO.ES

El cine estadounidense de los años 80 suele asociarse con el escapismo aparentemente apolítico de ficciones como Regreso al futuro. A pesar de eso, productoras independientes como Cannon (impulsora de Cobra y Delta Force, entre otros títulos) desplegaron en esa época una notable furia propagandística, a la altura del Hollywood de la II Guerra Mundial.

Harry el Sucio o El justiciero de la ciudad habían iniciado, ya durante la presidencia de Nixon, la reacción conservadora a la década de los 60. Se proponían respuestas radicales a la inseguridad ciudadana, como la brutalidad policial e incluso el justicierismo, teñidas de un evidente recelo hacia las garantías constitucionales. En las salas cinematográficas, pistoleros de toda índole pacificaban a tiros unas urbes vistas como junglas de asfalto. Mientras se azuzaban los demonios de la política interior, diversas películas también trataron asuntos internacionales con gran fiereza, caldeando el tramo final de la Guerra Fría a golpe de revisionismo y paranoia.

Adolescentes en la III Guerra Mundial

La casualidad ha querido que se tiendan puentes diplomáticos entre Estados Unidos y Cuba treinta años después del estreno español de Amanecer rojo, uno de los mayores delirios del Hollywood reaganista. El filme fantasea sobre una imposible invasión cubano-soviética de los Estados Unidos, con uso combinado de infiltrados, paracaidistas y bombas nucleares. Mediante un texto introductorio, se intenta dotar de credibilidad a esa agresión inverosímil: Europa se ha distanciado de la OTAN y el Gobierno de Washington se encuentra aislado frente al bloque comunista.

La representación de la amenaza es desconcertante: los soldados irrumpen ametrallando a los alumnos de la escuela local, manifiestamente inofensivos, pero intentan adoctrinar a la población adulta en campos de reeducación. Entre órdenes de “no llorar más” y padres severos que exigen que se les vengue, se explica la brutal maduración de diversos jóvenes de un pueblo cualquiera de la América interior que deben dejar atrás a sus mayores, huir… y tomar las armas.

Los protagonistas, en definitiva, son uno de esos grupos de chicos y chicas tan característicos del cine de la época, recordados con nostalgia en títulos como Héroes o Super 8. Amanecer rojo es el reverso militarista de las comedias de adolescentes de John Hughes o de las historias de adolescentes en largos veranos: aquí no se trata de descubrir el amor o la camaradería, sino la muerte y la vida de guerrilla. Los chicos acaban convirtiéndose en un grupo de resistencia armada que mata a centenares de comunistas.

Entre pinceladas antipolíticas (el alcalde del pueblo es colaboracionista; su hijo, un informante), banderas ondeando al viento y heroísmo suicida, la propuesta también escenifica un cambio de ciclo. A diferencia de lo sucedido en la era hippie, se ensayaba una identificación entre la derecha política y la modernidad. La juventud podía ver en esa toma de posición una manera de distanciarse de sus progenitores, como hacía el joven protagonista de la telecomedia Enredos de familia. Años después, Ciudadano Bob Roberts llevaría al terreno de la sátira política esta figura paradójica: el rebelde conservador.

Una película para los nuevos republicanos

El director y coguionista de Amanecer rojo fue John Milius, futuro director de Conan el Bárbaro y representante derechista del Nuevo Hollywood de Francis Ford Coppola y compañía. De pensamiento anarcoliberal, construyó el filme a partir de elementos propios del ideario republicano, como el miedo a la inmigración latina (parte de los soldados cubanos llegan a suelo estadounidense a través de la frontera mexicana) o al armamento nuclear soviético (los soviéticos realizan ataques atómicos).

Su idealización inicial de una América auténtica, lejos de los grandes núcleos urbanos, con espacio para la caza y los juegos de supervivencia, también remitía al imaginario de lo que actualmente puede representar el Tea Party. Y conectaba con unos jóvenes republicanos que quemaban muñecos de Leonid Brézhnev y otros líderes soviéticos en los campus universitarios.

Algunos de estos estudiantes acabaron confluyendo con el militar Oliver North (condenado por financiar a la Contra nicaragüense vendiendo armas a Irán) en organizaciones como Ciudadanos por América. Quizá la iniciativa más surrealista de estos grupos fue la celebración de un estrambótico mitin Democrático Internacional en Angola. Entre líderes de guerrillas anticomunistas y muyahidines aparecía el presidente de una organización juvenil republicana, Jack Abramoff, futuro lobista encarcelado por soborno a funcionarios públicos y evasión fiscal. Abramoff también sería productor cinematográfico de un díptico de ‘macho movies’ antisoviéticas, Red Scorpion, antes de convertirse él mismo en tema de títulos como Corrupción en el poder.

Otro contubernio cubano-soviético

Este era el clima de crispación y admiración hacia los “luchadores por la libertad”, fuesen estos talibanes afganos o adolescentes de unos imaginarios EEUU en guerra, que predominaba en algunos sectores de la sociedad norteamericana. Suficiente como para que una producción como Amanecer rojo formase a la juventud en la asignatura del sacrificio patriótico. En este contexto, incluso la extravagante Che! estrenada en 1969 podía verse, retrospectivamente, como un biopic casi equidistante.

Con todo, la mirada asilvestrada de Milius llega a desbordar un planteamiento general que sí coincide con las posiciones del reaganismo. A diferencia de la propaganda que dibuja enemigos sin rostro, monolíticos, el realizador distingue entre un mando soviético y un mando cubano, observando a este último con una cierta simpatía. Estos guiños, unidos a un elogio de la autogestión y de la vida de milicia, llevan la narración a territorios que, en una ficción menos fantasiosa, podrían incomodar a la derecha gubernamental.

El establishment se sintió seguramente más cómodo con otra ficción paranoica sobre incursiones comunistas en suelo nacional, Invasión USA (1985). Protagonizada por Chuck Norris, estrenada apenas unos meses después de Amanecer rojo, la película presentaría a un antiguo agente de la CIA encargado de eliminar a un numeroso grupo que comienza a atentar violentamente en los barrios latinos de Miami. Su desembarco masivo, cual balseros armados, puede asociarse de nuevo con el miedo a la inmigración latina.

Llena de casualidades inverosímiles y exageraciones delirantes, Invasión USA proyecta más desprecio que consideración hacia Cuba. El grupo terrorista se dibuja como una turba militarizada multinacional, inoperante sin la psicopática (y tampoco demasiado eficaz) dirección soviética. Aun con la consabida fórmula del héroe solitario, el filme de Norris acaba promoviendo una cierta confianza en las instituciones: de la construcción de mártires anónimos propuesta por Milius se pasa a la fascinación por la eficacia militar… aunque sea en forma de ejército de un solo hombre.



Epílogo: un ‘remake’ gafado

Amanecer rojo ha tenido su remake reciente y maldito, Red Dawn. Su estreno se aplazó por la bancarrota de la productora Metro-Goldwyn-Mayer. Después surgió otro contratiempo: al fabular sobre una invasión china de los Estados Unidos, la película corría el riesgo de ver bloqueado su acceso al enorme mercado del gigante asiático. Gracias a la magia digital y a unas pocas escenas añadidas, el adversario pasó a ser la República Popular Democrática de Corea. Enemistarse con Kim Jong-un resulta más cómodo para las multinacionales y sus cuentas de resultados.

Donde Amanecer rojo era enigmática, Red Dawn es sencillamente confusa. Nunca queda muy claro qué está pasando, quizá en un efecto indeseado de alterar una obra ya rodada. Sea como sea, parece claro que el argumento censurado era bastante más sugerente: China invade territorio como cobro de préstamos impagados, materializando así las peores pesadillas de los partidarios del equilibrio presupuestario. Y es que, en la realidad, el Tesoro chino posee cantidades ingentes de deuda pública estadounidense. El filme resultante hubiese sido un complemento pulp a los recurrentes debates sobre endeudamiento que han desgastado a la Administración de Obama.

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La tentadora Anita Ekberg

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Ya había pasado la adolescencia cuando vi a Anita Ekberg, una suerte de belleza inverosímil, con aires vikingos, la auténtica “hiperbórea rubia”, y para entonces ya me había enamorado de otras mujeres de celuloide, que alentaron las noches de estío de los años del deseo y de las pasiones turbulentas en que todos escribimos versos y cartas de amor a muchachas inexistentes. La primera visión me llenó de frenesí: la dama aparecía acostada de lado, la mano derecha sosteniendo su cabeza de soles fríos, oscuro el traje, sugerente el escote, en una valla publicitaria enorme, delante de la cual un tipo de sombrero y vestido oscuro clavaba sus ojos, quizá de pervertido embeleso.

Después (o antes), como a muchos, su figura que parecía salirse de la pantalla, cuando en la romana Fontana de Trevi se dejaba acariciar por las aguas, tras haber ella acariciado un minino callejero, mientras advertía con su voz de conquistadora “Marcello, come here”, nos dejó perplejos para siempre. Ya no había duda: se trataba de la mujer más bella (bueno, y ¿qué es la belleza?) jamás vista, con sus ojos desmesurados, sus pechos escondidos como un botín bien resguardado, Anita, Anita, decíamos, pronunciábamos su nombre para asirla, para que el filme jamás terminara, porque entonces qué sería de nosotros sin poder tener en casa una valla como la diseñada por Fellini en Las tentaciones del doctor Antonio, ni una fuente en la que pudiéramos al menos poner un afiche de la diva-diosa, carne y ensueño, con perfumes de humedad.

Con Anita pasaba como con la Lujanera del cuento de Borges: “verla, no daba sueño”. O sí, sueños de piel, de recorridos por los mapas de la voluptuosidad, por unas geografías carnales, en la que poco importaba si era una actriz talentosa, solo su presencia múltiple era lo atractivo, lo incontenible. Me parece ahora que una mujer como Anita nunca debió envejecer, porque era dar al traste con aquella imágenes increíbles de los años cincuenta y sesenta, cuando daba la impresión de ser de otro mundo, de pertenecer al universo intangible de las divinas divinidades, diosa descomunal que al volverse cuerpo todo lo alteraba. Aquella muchacha que había sido designada como Miss Suecia en 1950 y que no ganó la corona en Miss Universo, no podía pasar sin notoriedades.

Y entonces, claro, la fábrica de sueños y de estrellas, esa máquina de hacer dinero, no podía dejarla sin obnubilaciones y brillos. Hollywood le otorgó fastos y la mostró como una reina deseada, inevitable y propicia para aquello que los curitas llamaban “malos pensamientos”. En 1953, apareció como una venusiana en un filme de Abott y Costello sobre un viaje a Marte. En ese mismo año, la escandinava rutilante participó en otras dos películas, que nunca he visto: La espada de Damasco y El caballero del Misisipi, como tampoco vi las dos comedias en las que Anita es una atracción de locos para Dean Martin y Jerry Lewis. Tampoco la pude ver en Guerra y paz, en la que personifica a Elena Vasilevna Kuragina. Hubo que esperar a que llegara a los cines de la post-adolescencia La dolce vita (1960) de Fellini, que en rigor nunca supe porque aparecía en la “clasificación moral de las películas” como no apta para católicos. L’Osservatore Romano la catalogó como obscena, y tal vez por esas calificaciones se tornó más llamativa, aparte de que en ella actuaba el ejemplar femenino más provocativo y convocador de pecados.

Anita estaba ahí y pasaba a engrosar el fichero personal de adoraciones de pantalla grande, de fotogramas y fotos de revista, de advocación virginal que se invoca en horas de concupiscencia fetichista. Ahí estaba la Sylvia de la Fontana romana, la actriz de Bocaccio 70, la que modeló para Play Boy, una revista que a veces papá llevaba a casa con el pretexto que era para leer las grandes entrevistas allí publicadas. Y digo que una mujer como esa catarata rubicunda no debía envejecer jamás, porque muchos años después de haberme enamorado de aquella explosión de belleza, vi una fotografía de Anita de mil años, con sus ojazos desdibujados y su cara que en nada, pero en nada, recordaba a la despampanante muchacha que muy bien vestida se bañó en la mítica fuente para hacer una de las escenas más memorables del cine. Ah, cómo ansiaba uno que el traje oscuro, de cola, se deslizara para dejar al descubierto el corazón exacerbado de la ocurrente bañista. Cosas de las aspiraciones frustradas.

Anita se murió hoy en Roma (11 de enero de 2015), a los ochenta y tres años, mucho tiempo después de que algunos de sus presuntos amantes (Gary Cooper, Frank Sinatra, Errol Flyn y Tyrone Power), estaban bajo tierra y cuando ya la vida había dejado de ser dulce. Se quedó en la memoria colectiva su imagen de rubia que llegó del frío para provocar incandescencias en los que hubiéramos querido acompañarla a bañarse en la fuente de los deseos. O tener muy cerca sus “atributos maternales” en la gigantesca valla felliniana que anunciaba “beba más leche”.

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Cine: Más sobre “Cinema Paradiso” (1988)

Jesús Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



DIRECTOR: Giuseppe Tornatore
PRODUCCIÓN: Franco Cristaldi, Giovanna Romagnoli
PROTAGONISTAS Philippe Noiret como Alfredo
Salvatore Cascio como Totó de niño
Marco Leonardi como el joven Totó
Jacques Perrin como Salvatore adulto
Antonella Attili como madre joven
Agnesa Nano como Elena Mendola
Puppela Maggio como madre vieja
Leopoldo Trieste como Padre Adelfio
Nicola Di Pinto como el loco del pueblo
Leo Gullotta como el ujier
GUIÓN: Giuseppe Tornatore, Vanna Paoli
FOTOGRAFÍA: Blasco Giurato
ESCENOGRAFÍA: Andrea Crisanti
VESTUARIO: Beatrice Bordone
MÚSICA: Ennio Morricone
PRODUCTORA: Laurenfilm, S.A.
DURACIÓN: 123 minutos
COLOR: Color

Si quieres un amigo, ¡domestícame!… Hay que ser paciente. Te sentarás al principio un poco lejos de mí… Te miraré de reojo y no dirás nada. La palabra es fuente de malos entendidos. Pero, cada día, podrás sentarte un poco más cerca… Los ritos son necesarios.

Antoine de Saint-Exupéry

Definitivamente Cinema Paradiso es cine de verdad. Yo la pondría dentro de las diez mejores películas que he visto a lo largo de mi vida. Es cine de veras pues si tratáramos de hacer un resumen del argumento nos resultaría una frase simplona: Remembranzas de infancia y juventud de un director de cine; pues la película es una cinta que, para comprenderla hay que mirarla una y mil veces, una experiencia que nunca resultará fatigante, ya que es todo un placer verla para introducirnos en el mundo de Giancaldo, una aldea humilde, de gentes sencillas, evocadora del Anacapri de Axel Munthe en su Historia de San Michele, que hace de la película casi un documento fílmico y humano, con una extraordinaria simplicidad, que la hace casi el atributo de un genio, quien logra realizar una obra maestra, un poco, también, a la manera de la filmografía de Ermanno Olmi con su sensibilidad hacia la gente humilde, con su enorme empatía por el mundo campesino, que le permite hacer una descripción muy respetuosa de los valores de esa gente del pueblo, así la película no esté articulada por grandes peripecias y más bien sea un canto a la sobriedad, llena de lirismo, de una manera sublime, de una aldea, que ocupa en la historia, una zona transicional entre la tradición y el progreso, donde lo más avanzado es la sala de cine, con sus historias excitantes, épicas, cómicas o melodramáticas, que aúnan a toda la comunidad.

Vemos allí el cine más como arte de colectividades, que de masas; esas gentes humildes saben apreciar el sentimiento que el cinematógrafo sabe comunicarles; algunos hasta se repiten de memoria los diálogos de las películas, que ven, mientras otros satisfacen sus urgencias de varones adolescentes, ante la imagen de una mujer desnuda, cuando el teatro ha perdido el control de la censura del cura párroco, un hombre también bastante sensible, que puede llevar el ritmo de las películas hasta que emerge ese tabú de la sexualidad, que ha caracterizado al mundo católico. Pero es en esa sala de cine, también se entretejerá la historia de un vínculo muy particular, ese que entrelaza la vida del operador, Alfredo, con un niño quien, a través de la relación con él, podrá hacer del cine mismo una vocación, a pesar de que tenga en un principio que enfrentarse con la hosquedad primaria del viejo de la cabina, ese lugar mágico, guardado por dos leones, el que sirve de canal a la luz, que brota de un arco voltaico, cargada de imágenes, que en la fantasía de Salvatore, llega a rugir como si fuera el propio león de la Metro y el mismo Alfredo, un gruñón de primera clase, que nos irá enamorando, a lo largo de la película, con su inmensa ternura, con su bondad y con esa capacidad de ocupar el lugar de un padre, sin destituir al verdadero progenitor de Salvatore, al que cariñosamente se le dice Totó, el mismo nombre del famoso cómico del cine italiano.



Pero Alfredo, quien llega a amar a Salvatore, como al hijo que nunca tuvo, no sabe de egoísmos; profundamente agradecido con ese rapaz, que le ha salvado la vida, espera que el niño tenga un futuro distinto al que él ha tenido; es por eso, que le dice que se marche de ese pueblo maldito, que podría llegar a hacer que el niño repitiera la vida de un hombre, que sabe demasiado de ella, porque la ha visto en el cine, aunque es plenamente consciente de que la vida real es mucho más difícil que la que aparece en las pantallas, ya que él mismo no se ha quedado en el mundo imaginario, que las cintas ofrecen, sino que sabe de todo lo que falta allí, en la pintoresca Giancaldo.

Es por eso que cuando el muchacho vuelve a visitarlo después de haber estado en el continente, le dice que no quiere oírlo más, sino oír hablar de él, un acto de suprema generosidad, que recuerda a ese otro hermoso viejo del cuento de Unamuno, El cruce de caminos, ya que es exactamente lo mismo, lo que ocurre en ambas narraciones, la de Tornatore y la del rector de Salamanca: la vida hace que se crucen dos seres, uno cargado de futuro y el otro cargado de experiencia, que creen un vínculo, que se domestiquen, con toda la responsabilidad, que implica ese acto, pero que saben desprenderse para brindar al ser más nuevo, las mayores posibilidades vitales.

Es por eso que el ya maduro Salvatore vuelve a dar el último adiós a su querido maestro, un hombre sencillo, sin otras erudiciones, que las que le ha dado el ver y rever películas, encerrado en una cabina, fría en el invierno y terriblemente caldeada en el verano, que desaparecerá en ese fin de semana, ya que la gente de un pueblo mucho más civilizado no ha vuelto a la sala de cine para ver televisión y videos en la soledad de sus casas.

Y asistimos a la presencia de un sentimiento contenido, en el adulto Salvatore; pero, no por ello menos doloroso, ya que es duro ver partir a quien tanto nos ha enseñado y el legado no puede ser más erótico, en el más pleno sentido de la palabra, ya que la herencia que queda es todo un pot-pourri amoroso, el de los besos censurados por el cura, que nos llevará a una feliz convergencia cuando la palabra fine cancela no sólo el espectáculo heredado por Salvatore, sino que cancela el nuestro propio, mientras nos deja cargados de nostalgia.

Sobraría decir que la que la película es un prolongado flashback autobiográfico de la vida del mismo Tornatore; así sea cierto, yo preferiría pensar que, más bien, es una forma de recuperar para siempre la bondadosa figura de Alfredo, quien le ha transmitido y sostenido una pasión a un niño, que no lo olvida y que lo recordará siempre y hace que todos los recordemos, como si fuéramos habitantes de Giancaldo, para hacer de Alfredo, un ser inmortal, ya que no finiquitará su existencia con la muerte de Totó, sino que quedará para siempre en el recuerdo de todos, y nadie muere hasta que no muera el último que lo recuerde.



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Consumismo contra comunismo

Julio Herrera (Desde Montreal, Canadá. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Desde hace dos años se adelantan las negociaciones de paz entre el gobierno colombiano y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, FARC, tendientes a poner fin al conflicto armado que desde hace medio siglo ha diezmado la población y la economía del país. Por su parte, el presidente Santos ha afirmado que ni el orden social ni el sacrosanto sistema económico que dieron origen al conflicto, -reforma agraria y mejor distribución de la riqueza-, serán materia de discusión en las negociaciones. Es decir, pretende erradicar el problema sin cambiar las causas del mismo.

De igual manera, recientemente el presidente de los EE.UU, Barak Obama, decidió restablecer las relaciones diplomáticas con Cuba, pero sin terminar el embargo económico que es el punto clave del conflicto cubano-americano. Y aunque se argumenta que el origen del conflicto es a causa de que “Cuba es una dictadura comunista”, es fácil comprobar esa falsedad, puesto que el gobierno de los EE.UU tiene relaciones diplomáticas y comerciales con países comunistas como China y Viet Nam, e incluso son relativamente “buenos amigos”.

Pero vale recordar que históricamente el Tío Sam ha demostrado que no tiene amigos sino intereses, y por eso, cuando ahora dice “obrar sin ningún interés”, hay que investigar qué interés tiene en obrar sin interés. ¿Es quizás un intento de Obama por merecer el premio Nobel de paz que usurpa? ¿Es acaso una decisión altruista, un sincero Mea culpa de este sucesor de la política hegemonista de los precedentes Nixon, Clinton, Bush, padre e hijo, Reagan, etc.?

Es evidente que, al igual que todos los césares imperiales que lo han precedido, es sólo la implantación en Cuba de la “democracia” Made in USA lo que busca el carismático Barak Obama. La historia latinoamericana nos enseña que las relaciones comerciales con el agiotista Big Brother yanqui no han sido relaciones fraternales: han sido, y siguen siendo, relaciones incestuosas. Por eso, confiar imprudentemente en su repentina fraternidad sería tan insensato como confiar en un barbero ebrio y con Parkinson.

“Los gobiernos se controlan con el dinero y los pueblos con la alimentación”, dijo en 1970 el consejero presidencial Henry Kissinger, el mismo genocida que sin pudor alguno afirmaba que “para tomar las decisiones apropiadas es indispensable renunciar a los escrúpulos morales”. Y ésa ha sido la estrategia socio-económica de todos los jerarcas de la Casa Blanca desde el inicio de la revolución cubana.

Todo permite prever que el embargo yanqui será desmantelado y que esa presunta “democratización” del gobierno cubano será una funesta “modernización” que implicará un retroceso a los tiempos de Batista en que Cuba era el casino y el burdel de los yanquis. Sería un “progreso” (léase retroceso) hacia un pasado de ignominia que borraría las grandes reivindicaciones sociales de la Revolución. A propósito vale recordar que en la ex Unión Soviética los más acérrimos opositores al sistema socialista se convirtieron en sus mejores apologistas, cuando el consumismo capitalista invadió la sociedad tras la llegada de la Perestroika que solo trajo anarquía económica, caos social, corrupción y la más aberrante batalla por el “sálvese quien pueda”, contrario al noble sentimiento de solidaridad que había predominado en el sistema socialista.

Por eso, si el pueblo cubano está feliz por el pronto alivio de sus angustiosas penurias impuestas con el embargo, lo están aún más las hienas depredadoras de las corporaciones multinacionales que ven en esa isla un filón de oro para aferrarse como un oportuno salvavidas en tiempos en que sus finanzas están en vertiginosa decadencia tras el desplazamiento del imperio americano como primera potencia económica mundial, por parte de China.

Olvidando la tradicional conciencia insobornable del pueblo cubano sueñan los Shylocks de las multinacionales yanquis seducirlo con el sofisma del “libre mercado”, con el ficticio paraíso del consumismo irracional, de las cartas de crédito, que son a sus usuarios lo que el FMI es al tercer mundo: una deuda eterna, una hipoteca vitalicia. Más posibilidades tendrían los prisioneros de Guantánamo de salir libres que los cubanos de ser liberados de esa forma sutil de autobloqueo económico que son las cartas de crédito.

¿Es tal vez ése el verdadero propósito de la repentina fraternidad de la Casa Blanca? ¿Creen ingenuamente los mercaderes yanquis que después de haber resistido estoicamente por más de medio siglo ante el verdugo, el pueblo cubano sucumbirá mansamente ante el mendrugo? ¿Creen acaso que ese estoico pueblo renunciará a su soberanía y su derecho de autodeterminación, tan heroicamente conquistado, a cambio no ya del legendario plato de lentejas sino de una hamburguesa con Coca-cola? ¿Sueñan acaso los magnates que será fácil imponerle un golpe de Estado bancario a esa grandiosa revolución popular, a ese pueblo que supo derrotar a los invasores en la Bahía de Cochinos?

Todo parece indicar que ese es el nuevo “américan dream”, pues ya la gusanera anticubana de Miami especula con el mito de que “la revolución se derrumbó como en la ex Unión Soviética, y que ahora “se reintegrará al mundo libre, al mundo democrático”, e inclusive algunos seudo izquierdistas afirman que “la revolución traicionó sus ideales, sus principios y la esperanza del pueblo cubano”.

Pero no es así. Raúl no es Yeltsin ni Gorbachov. Es Castro. Y aunque admite que son necesarios algunos cambios en las relaciones Cuba-USA, advierte que los principios sociales de la revolución no son negociables, que no basta con que el Big Brother haya liberado de la prisión injusta a Los Cinco antiterroristas cubanos, que debe liberar del terrorismo económico al pueblo cubano reconociéndole su derecho de autodeterminación sociopolítica, de soberanía nacional y de su libertad inalienable, y que el levantamiento del infame bloqueo yanqui debe ser incondicional por ser una flagrante violación del derecho internacional y de los derechos humanos que son la base de la democracia.

Por 20 años consecutivos la asamblea general de la ONU, -185 países, con la excepción de los EE.UU y el gobierno sionista de Israel,- ha condenado el infame embargo yanqui contra el pueblo cubano. Por eso, al admitir que el embargo ha fracasado como medida coercitiva para derrotar la revolución cubana, Obama reconoce tácitamente su propia derrota ante la insobornable dignidad del pueblo cubano. Cuba ha triunfado con el solo hecho de resistir. Los Cinco héroes antiterroristas, como todo el pueblo cubano, han dado prueba de ello.

Una vez más David venció a Goliat. Todo el poderío económico y militar del imperio yanqui, todo el terrorismo encubierto de los mercenarios del Pentágono y la CIA fueron estériles ante ese pueblo armado de heroísmo, fiel a su designo de ¡Patria o muerte!

No. El socialismo cubano no ha muerto ni está agonizante: por más de medio siglo su dignidad y su resistencia han sido más poderosas que el poderío del imperio... ¡y seguirá resistiendo!

¡Pueblos como el cubano consuelan y redimen la humanidad de toda su historia de abyecciones y bajezas!

¿Capitular ante el capitalismo? ¡Jamás!

Por eso, en respuesta a Obama, cuando dice hipócritamente: “Todos somos americanos” la respuesta del mundo entero debe ser: ¡TODOS SOMOS CUBANOS!

¡Viva el glorioso pueblo cubano! ¡Patria o muerte! ¡Hasta la victoria siempre!

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