lunes, 15 de septiembre de 2014

El osito de peluche

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Me lo contó el hermano de Francisco, gran amigo mío y del que no tendría el más mínimo motivo para dudar; sé que la historia puede resultar insólita, pero todo indica que fue así. Por otro lado, ¿por qué no sería cierto, si he escuchado cosas mucho más descabelladas y que, finalmente, resultaron siendo reales? Además, de un osito de peluche… se puede esperar cualquier cosa, ¿no?

Francisco era algo raro. Todos lo sabían, pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta porque, además de “algo chifladito”, también era enormemente bueno, siempre dispuesto a dar una mano, servicial como no había otro.

Desde hacía tres años estaba casado con Elisa, a quien quería entrañablemente. Bueno, eso decía al menos. De todos modos, raro como era, la misma Elisa no se atrevía a contradecirlo mucho. Si él afirmaba que la amaba como a nadie en el mundo, podía ponerse a llorar si ella le demostraba la más tímida sombra de duda al respecto. Era raro, pero nunca violento. Sus rarezas iban por el lado de lo excéntrico, de lo bizarro.

No tenían hijos. Ya hacía como dos años que lo buscaban, pero sin suerte hasta ahora.

Francisco, sin decirlo jamás, sin siquiera atreverse a pensarlo en serio, estaba enamorado de la hermana de Elisa: Susana. Ella, si bien era tres años mayor que Elisa, parecía más joven que ésta. Siempre vestía informalmente, con el pelo suelto y despeinado, sin maquillaje. Elisa, por el contrario, siempre con el uniforme de la empresa donde trabajaba y el cabello eternamente recogido, parecía una abuelita con cara de joven amargada. Susana era soltera, y más allá de su aspecto juvenil, ya pintaba para solterona, pues le escapaba sutilmente a todo compromiso afectivo. Nunca había tenido pareja, y parecía no preocuparle el asunto.

Un día, en un baby shower, las compañeras de trabajo de Elisa le obsequiaron un osito de peluche. Cuando lo llevó a la casa, por la noche, fue la sensación para Francisco. Lo primero que hizo, en colaboración con su esposa, fue bautizarlo. En realidad, fue él quien eligió el nombre, forzando prácticamente a Elisa que lo acepte. Pero “oficialmente” para la pareja, quedó establecido que el nombre lo habían decidido ambos. “Robin Celestino” le pusieron.

La llegada del osito, aunque aparentemente fue un incidente sin relevancia, terminó por cambiarles la vida.

Francisco solía hablarle; y no lo hacía en tren de juego, como un niño que conversa con su mascota. No, todo lo contrario: le hablaba casi con solemnidad.

Cuando Susana lo supo, se preocupó y aconsejó a su hermana a que dejara al esposo. Ella tenía una relación ambivalente con Francisco: lo consideraba un “loquito” simpático, y al mismo tiempo le resultaba muy placentera su compañía. Nunca hubiera pensado que podría sentir una atracción sexual por su cuñado, pero se daba cuenta que le gustaba pasar largos ratos hablando con él, haciendo chistes, siguiéndole el juego en muchos casos. De ahí a un atractivo que traspasara los límites, jamás se le hubiera cruzado por la cabeza. Prefería no darse por enterada de sus ocultos deseos.

Pero aquella vez algo pasó.

Con cualquier excusa, incluso sin que se lo hubieran planteado explícitamente, buscaron la manera de verse; ese día, Francisco volvió a su casa más temprano que lo habitual y Susana llegó donde su hermana en el transcurso de la tarde, cosa que nunca hacía. Todo se dio casi azarosamente, a tal punto que se sorprendieron cuando se encontraron solos en la habitación con el peluche entre ambos.

-Manda decir Robin Celestino que te quites la ropa- comenzó diciendo Francisco.

-¿Te parece? ¿No será que exagera este osito?- preguntó Susana con fingido recato, como jugando.

-No, no; para nada. Es más: hay que hacerle caso siempre, porque si no puede enojarse, y eso es ¡terrible!-.

Sin pensarlo mucho, Susana le hizo caso -“al osito”, quiso quedarse creyendo-, y sin mayores preámbulos se desnudó ante su cuñado. La escena que siguió tuvo algo de psicótica, porque ni ella tuvo plena conciencia de lo que estaba haciendo, ni Francisco parecía muy en sus cabales. Hicieron el amor de un modo mecánico. Para ella, que no era la primera vez pero que no tenía mayor experiencia en el asunto, no fue placentero; para él fue bonito sólo porque pudo consumar lo que hacía años anhelaba, pero el acto en sí mismo no tuvo ningún encanto.

Lo cierto es que Susana resultó embarazada.

En su familia hubo reacciones encontradas: algunos -como Elisa, que muy en secreto la envidió horrores- la apoyaban alentándola a que lo tuviera. Otros, como su hermano mayor, el camionero Saúl, la condenaban por “pecadora”. En ese fuego cruzado se vio Susana por espacio de algún tiempo, hasta que decidió seguir adelante con su embarazo, pero sin decir a nadie quién era el padre. E incluso para el mismo Francisco tejió una historia queriéndole hacer creer que el hijo no era suyo, sino de algún furtivo amorío por ahí. Él no lo creyó, y ese intento de engaño -luego me explicó un psiquiatra- puede haber sido lo que provocó su posterior reacción.

Nacido el niño (fue un varoncito rozagante, de casi cinco libras de peso, llegado con parto normal), la madre le puso de nombre Florencio, como su padre. Y a los dos meses del alumbramiento vino el incidente. Un jueves por la tarde, con mucho calor, Francisco se apareció en casa de Susana -vivía sola a una cuadra de la casa de sus padres- diciéndole que traía “órdenes explícitas de Robin Celestino”. Susana no supo bien si reír o temer un ataque de locura de su cuñado. La “orden explícita” era entregar el bebé a su hermana Elisa para que ésta lo adoptara y siguiera criando. E incluso, debía cambiarle el nombre.

-“¿Y por qué me daría una orden tan fea este osito, que parece tan bueno?”- preguntó Susana tratando de atemperar la situación, poniendo así una nota casi cómica que descomprimiera el momento.

-“Es bueno pero no es tonto. Sabe que ese hijo es tuyo sólo a medias, y que no te lo mereces; por eso te da esa orden, para que arregles tu error de esa forma, dándoselo a quien sí lo va a saber cuidar”- sentenció Francisco con expresión amenazante.

-“Me parece que se equivoca ese osito. Además, Francisco: ¡entremos en razones! ¡¡Los ositos de peluche no hablan!! Y si hablaran, no podrían ser tan malos”-

-“Te repito: es una orden. ¡Y es terminante!”-, levantó la voz Francisco. -“Si no la cumples, tendrás que atenerte a las consecuencias”-.

-“¿Ah, sí? ¿Y cuáles serían esas consecuencias?”- lo retó Susana.

Sin pensarlo, como reacción visceral, la mató con más de una docena de puñaladas. De todos modos, por ineficiencia o corrupción de la policía, o por una combinación de ambas, nunca se pudo comprobar su autoría. Lo cierto es que el pequeño Florencio -rebautizado Francisco José, no en los papeles, pero sí de hecho- pasó a ser el hijo adoptivo de la pareja.

Cuando el niño creció, fue su padre quien le hizo saber que él era hijo adoptivo y que, en realidad, su verdadero progenitor, era un osito de peluche. De más está decir que al día de hoy el joven Florencio, alias Francisco José, está internado en el hospital psiquiátrico de L.

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Desde Palestina: Escrito en el tronco de un olivo

Tawfiq Ziyad



Tawfiq Ziyad, poeta comunista palestino nacido en Galilea en 1922, es uno de los exponentes más importantes del movimiento de la resistencia palestina Fue miembro del Parlamento y alcalde de Nazaret hasta su muerte, en 1994. Aquí reproducimos uno de sus poemas más conocidos, y emblema de la lucha y la resistencia del pueblo palestino.

Porque yo no hilo lana
porque yo estoy expuesto cada día
a órdenes de arresto
y mi casa está expuesta a las visitas policíacas
a las pesquisas, a las “operaciones de limpieza”
porque me encuentro en la imposibilidad
de comprar papel
grabaré todo lo que me sucede, grabaré todos mis secretos
en un olivo del patio de mi casa
Yo grabaré mi historia y el retablo de mi drama
y mis suspiros en mi jardín
y las tumbas de mis muertos
y grabaré
todas las amarguras que borrará un décimo de las dulzuras por venir
grabaré el número
de cada caballería despojada
de nuestra tierra
el emplazamiento de mi aldea, sus límites
las casas dinamitadas, mis árboles arrancados
cada florecita aplastada, los hombres de los que se han regodeado
en descomponer mis nervios y mi hálito
los hombres de las prisiones, las marcas de todas las esposas
cerrada en mis puños
las botas de mis carceleros
cada juramento arrojado a mi cabeza
Y grabaré Kafr Kassem*
yo no lo olvidaré
y grabaré
Deir Yassin**
tu recuerdo me devora
y grabaré
hemos alcanzado la cima de la tragedia
la hemos alcanzado
grabaré todo lo que me descubre el sol
me murmura la luna
lo que me narra la tórtola
en los pozos
cuyos enamorados se han exiliado
para que lo recuerde
Me quedaré de pie para grabar
todo el retablo de mi drama
y todas las etapas de la derrota
de lo infinitamente pequeño
a lo infinitamente grande
en un tronco de olivo
en el patio de mi casa.

* Kafr Kassem es el pueblo donde se detuvo el avance del ejército israelí en el centro de Palestina durante la guerra árabe-israelí de 1948. En 1949, Israel anexó la ciudad en concordancia con los acuerdos del armisticio, los cuales terminaron la guerra. El 29 de octubre de 1956, la policía de fronteras de Israel (MAGAV) asesinó a 49 civiles (incluyendo a un niño no nacido) en lo que se conocería como la masacre de Kafr Qasim.

** El 9 de abril de 1948, grupos armados sionistas ingresaron a la aldea palestina de Deir Yassin en el distrito de Jerusalén y dieron muerte a 254 aldeanos palestinos, principalmente mujeres, niños y ancianos. La masacre fue encabezada por Menahem Begin en su calidad de jefe de las fuerzas terroristas Irgun, grupo responsable de varios actos de terror, incluida la voladura del Hotel King David en Jerusalén. El Irgun fue apoyado por el Haganah, brazo armado de la Agencia Judía que luego constituyó la base para el ejército israelí, y el Lehi, encabezado por Yitzhak Shamir. La masacre de Deir Yassin fue parte del Plan Dalet cuyo objetivo era obligar a los palestinos a abandonar Palestina con el propósito de conseguir una mayoría judía en el recién establecido estado-ocupación de Israel.

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John Clesse

Ana María Rodas (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Bien pasadas las cinco de la tarde, el cónsul adjunto John Cleese entró al bar de la casa de los marines y su mirada cayó sobre la mujer morena que movía casi imperceptiblemente la cabeza llevando el compás de la música. Blues, lo que no era usual en aquel lugar donde lo que se escuchaba mayormente eran rap y reggaetón mezclados con las más burdas canciones de moda en inglés. Los marines no son precisamente la nobleza, y las mujeres que llegaban a husmear por aquella casa lo que buscaban era un candidato al matrimonio; eran jóvenes salidas de las barriadas más apartadas de la ciudad que soñaban con irse a Estados Unidos, pero con papeles. No necesitaban enamorarse, sólo el pasaporte para salir de Guatemala. Eso las volvía fáciles y los marines aprovechaban la situación.

Era temprano para que los asiduos estuvieran allí, aunque algunos jóvenes ya sin el uniforme pero con el corte de pelo típico de los militares jugaban a los dados en una de las mesas del salón, dando golpes ruidosos sobre la tabla con el cubilete de cuero.

Aquella mujer no era como las otras. Se movía con elegancia y llevaba un vestido oscuro, discreto. El cónsul adjunto John Cleese se fue a sentar cerca y le espió las manos. Uñas cortas, sin teñir. Otro rasgo que la distinguía del resto de jóvenes que se pavoneaban, se inclinaban hacia adelante para mostrar las tetas y coqueteaban con todo bicho viviente. A lo mejor era alguien que trabajaba en la embajada. Cleese se mantenía en la jaula del consulado, rechazando solicitudes de visas, echando miradas escrutadoras a los que consideraba la ralea más abyecta, lavándose las manos cuidadosamente después de manipular las solicitudes, que muchas veces le entregaban mojadas por el sudor. Qué tiempo iba a tener de ir a ver por la embajada quiénes trabajaban allí.

Una tarea de muchas horas, permanecer tras el espeso vidrio blindado que por fuera iba llenándose de grasa, dedazos y manchas. Escudriñaba el rostro de la persona que tenía enfrente tratando de averiguar, antes de que hablara, antes de que balbuceara un buenos días tartamudeado, a dónde diría que iba, qué inventaría para tratar de colarse en los Estados Unidos. Basura, pensaba. Indios mugrientos, mestizos del diablo. Menos mal que estamos aquí para que no se nos escurran. Por la tarde salía corriendo del bunker y tomaba la Avenida de la Reforma, aunque estuviera congestionada de tráfico, porque los árboles lo ayudaban a liberarse del sentimiento de asco que mantenía durante el día.

Mala suerte, lo habían destinado a este país. Cuando solicitó el trabajo pensaba que lo enviarían a alguna ciudad europea o a algún lugar exótico donde hubiera un club al que pertenecer, en el que su mujer pudiera esperarlo hacia las seis de la tarde, mientras el calor fuera amainando. Se veía viviendo en un atractivo edificio antiguo en una ciudad construida durante la edad media, mejor si en Italia o Francia; o en un país tropical, hermoso, tomando piñas coladas a la luz del atardecer. No en esta ciudad sucia y agresiva, en este país donde las personas morían como imbéciles, donde todo el mundo quería disfrutar el sueño americano.

Al menos estaba la casa de los marines. Aquí podía descansar e irse limpiando con los tragos. Aquí no había posibilidad de que súbitamente entrara Janice y lo sorprendiera dándole un apechugón a cualquiera de las habituales. A veces se metía con una de ellas en la habitación de algún marine y todo transcurría como debía. Antes llamaba a su casa avisando que iba a llegar tarde. Después se bañaba concienzudamente y se iba sin despedirse de nadie. La niña, que se arreglara sola.

El cónsul adjunto John Cleese tampoco buscaba amistades en la embajada. Ni siquiera entre sus compañeros del consulado. Le molestaban mucho las bromas que le hacían por su nombre. Veintitantos años atrás sus padres habían sido fanáticos de Monty Python, habían visto todas las películas del grupo y aprovechando que el apellido de la familia era Cleese le habían puesto el horrible John tal vez con la esperanza de que saliera alto, delgado and funny, como el dueño del nombre original. Infortunadamente para los padres, el niño no resultó gracioso, y en cuanto pudo levantarse dos palmos del suelo les reclamó haberlo llamado así. Pero continuó con su nombre, aunque en la universidad las muchachas le tomaran el pelo. Janice no lo hizo. Tal vez por eso la invitó a cenar la primera vez. Y luego, cuando se enteró de que era la hija única de un próspero comerciante de Filadelfia se apresuró a casarse con ella. Janice era callada, un poco vacuna en apariencia, y extremadamente celosa. Capaz de divorciarse y dejarlo sin el suculento retiro que se había forjado con el matrimonio.

Por eso, las aventuras que solía tener no eran tales, sino acostones de una sola noche, empleaditas miserables de las que llegaban a la casa de los marines, que lo ayudaban a sacarse la mugre del trabajo diario. Unas con los pechos así, otras con el culo asá. Buen cuidado tenía de buscarlas exuberantes, como no era su mujer. No siempre se podía en la casa de los marines, que era lo más cómodo para él. A veces había que ir a algún motel y después llamar a un taxi para que la llevara a su casa. No iba a meterse él entre los arrabales para que lo asaltaran.

Las mujeres solían ser muy jóvenes. Por eso tenían el cuerpo duro y la piel fresca. No eran muy guapas, ni muy inteligentes, pero servían. Lo que no se podía era estar con ellas después. Al terminar, los efectos del alcohol se iban gastando y aparecían los parches: los me voy a enamorar de ti, las inquisiciones para saber cada cuánto se aparecía por el lugar, dónde trabajaba. Les tenía prohibido a los marines y al barman decir quién era ni dónde trabajaba. Fingía ser un gringo que trabajaba en una compañía norteamericana y ya.

La mujer del vestido oscuro levantó delicadamente el brazo para rechazar con suavidad los avances del hombre con quien hablaba, que trataba de acercársele mientras destrozaba el español.

El cónsul adjunto John Cleese se movió cautelosamente hacia un banco al lado de la mujer. Escuchó su voz, suave y bien modulada. Sin duda, era alguien de la embajada. Pero ¿cómo había ido a parar ahí? Pensó bien su línea de ataque y procedió:

- Me parece haberla visto en la embajada, - dijo interrumpiendo la perorata del otro.

La mujer se dio vuelta rápidamente y lo vio con una media sonrisa.

- Creo que la he visto en alguna reunión de la embajada…- repitió la entrada.
- ¿En qué embajada? - preguntó ella a su vez.
- En la embajada - afirmó como si solo una hubiera en el mundo
- ¡Ah! - respondió y la sonrisa se le volvió más visible - No lo creo, porque no he llegado nunca a la embajada. La de Estados Unidos ¿no?

Cleese se sonrojó. Ciertamente, había otras embajadas. Sólo un gringo idiota podía creer que al decir la embajada todo el mundo supiera a qué se refería.

Entonces, si no era de la embajada, ¿qué hacía ahí? Como si le leyera el pensamiento, la mujer habló:

- Estoy esperando a una amiga que vino a tomar medidas para redecorar un salón. Hace calor y quería un jugo pero aquí…son demasiado amables, creo

Y le echó una mirada como pidiendo auxilio

- ¿Ya conocía esta casa?
- No, es la primera vez que vengo. Que venimos - corrigió.
- Entonces, permítame que le enseñe el jardín.

Con gran cortesía la tomó del brazo y la llevó hacia el jardín de enfrente.

- Siento mucho lo de esta persona que la estaba molestando- no dijo hombre, tal vez intuitivamente comprendió que si decía hombre, sería más molesto para ella.

La mujer le agradeció haberla sacado del apuro. Se sentaron en unas sillas de blancos arabescos de metal. La mesa tenía una sombrilla abierta, aunque en ese momento no se necesitaba. Eran casi las seis de la tarde y la bruma de abril había vuelto rojizo el cielo.

John Cleese se interesó más cuando supo que no tendría otra oportunidad de verla en aquel lugar. Hablaron naderías sobre el calor, de lo fresco que se estaba en el jardín y otras simplezas. John Clesse no quería que se fuera; Paula - como se llamaba- le atraía mucho. Y aunque deseaba que el momento durara más no sabía cómo tramarlo.

En eso, por la puerta principal de la casa salió Claudia, la amiga, viendo con perplejidad hacia todos lados. Cuando los vio se notó aliviada y caminó en su dirección.

- Ella es mi amiga Claudia- dijo Paula. - Y él es el señor...

John Cleese se dio cuenta de que no había dicho cómo se llamaba ni quién era. Pronunció su nombre, esperando las sonrisitas irónicas, pero no sucedió nada. Solo un apretón de manos muy circunspecto.

- ¿Desea tomar algo? - preguntó a la recién llegada. Ella titubeó.
- Está bien, un jugo de naranja - aceptó finalmente.

John Cleese entró a la casa y regresó con dos vasos rebosantes.

Conversaron un rato mientras las mujeres tomaban sus bebidas. Cuando comenzaron a despedirse el cielo se había oscurecido. El se ofreció a llevarlas, pero ellas tenían el carro frente a la casa.

- Me gustaría invitarlas a almorzar pronto - se apresuró a decir. - Un sábado, el próximo sábado.

Se miraron entre sí y después de cierto titubeo Paula asintió. Fijaron el lugar y la hora y luego se despidieron. El cónsul adjunto John Cleese se sintió muy satisfecho, tanto que entró a celebrar con un gin and tonic y cuando los visitantes normales fueron entrando se levantó y se fue a su casa donde se encerró en su estudio porque no quería que nada le ensuciara el recuerdo de Paula.

La zona viva, le llaman al lugar. Las noches del viernes el área se llena de adolescentes que hacen cola frente a las discotecas deseando que los dejen entrar a zarandearse, a comprar; éxtasis los más jóvenes; coca, los menos, y a consumir cantidades navegables de alcohol todos.

También otra gente ronda por los restaurantes del lugar. Parejas que salen a cenar, amigos que se reúnen para recordar sus días de estudiantes, grupos de mujeres que esperan encontrarse con algún racimo de hombres, jugadores que acaban de quedar limpios en los casinos de los hoteles de primera, vendedores de droga, asaltantes a la pesca de incautos. No faltan los balazos, los heridos, los que se lían a golpes, las patojas que lloran. La policía da vueltas y vueltas en sus pickups negros con grandes franjas amarillas y todo el mundo se siente amedrentado al verlos. Las oscuras historias de las proezas de los policías enfrían por un rato el calor de la fiesta, pero un trago, una línea, una pastillita y todo vuelve a la normalidad. El sábado por la mañana los fiesteros, los delincuentes y la policía se han ido, y no vuelven a aparecer sino hacia las siete de la noche, cuando la parranda da una segunda vuelta.

La calle donde quedaba el restaurante se veía flanqueada por matilisguates y jacarandas. Estaba en la zona diez, y siendo sábado por la mañana había poca gente. El cónsul había inventado una diligencia oficial para no almorzar en casa y había llegado quince minutos antes de la hora fijada. Recordó a los galanes de películas de los años sesenta que veía su madre y sintió deseos de ser uno de ellos para poder encender un cigarrillo y beber un Martini con la copa sudando. En vez de eso pidió vino blanco.

Las mujeres aparecieron puntuales. Dejaron el carro justo atrás del automóvil del cónsul y atravesaron la calle, medio deslumbradas por el sol. Saludaron muy amables y se sentaron. Pidieron también vino blanco, hablaron luego de lo sabroso que se comía en el lugar y ordenaron. El restaurante se especializaba en comida del medio oriente. Aceitunas, alcaparras, pasta de garbanzos, trozos de pimientos asados, corazones de alcachofa. Antes de los platos fuertes - que fueron servidos un poco más tarde- , la segunda botella de vino iba por la mitad. El cónsul iba a pedir una tercera pero las mujeres se apresuraron a contradecirle. Era ya excesivo. No era necesario. Podrían pasarse de copas, y lo decían como si eso fuera lo peor del mundo.

El almuerzo fue un éxito. La conversación fluyó con facilidad. Ambas mujeres trabajaban para una casa de decoración, lo que explicaba muchas cosas. Cleese admitió ser un funcionario de la embajada de Estados Unidos. Era la primera vez que lo hacía ante gente que no conocía, pero el saberlo no pareció impresionarlas. La ropa y los modales y el hecho de saberlas trabajando en el negocio del diseño y la decoración las volvía importantes a los ojos del hombre. Muy lejanas de las mujercillas que llegaban a donde los marines. Hablaron de cine, de deportes, hasta de libros. Eran personas educadas.

John Clesse mordía con gran deleite un pastelillo cuando de pronto sintió la necesidad de ver a Paula desnuda. Le costó mucho no atragantarse, más con el pensamiento que con el hojaldre. Bebió un trago de agua, A lo mejor era el vino.

En todo caso, Paula era una mujer hermosa e inteligente. Y él era un hombre joven, con todos los apetitos normales. Su mujer jamás había sido gran cosa. Afable e instruida, sin duda. Pero incluso durante la luna de miel tuvo que recurrir mucho a las fantasías para acostarse con ella. Después se acostumbró en cierto modo, y Janice fue dejando salir sus celos. Los celos, en cantidades adecuadas eran un incentivo carnal para John Cleese. Durante los primeros tiempos los celos de la mujer lo excitaban. Cuando crecieron desmesuradamente se volvieron insoportables. Ya no fueron estimulantes, y los aguantaba solo porque tenía sus pensamientos puestos en la riqueza paterna de la mujer.

En muchas ocasiones había pensado en embarazarla. Las mujeres, cuando tienen hijos, se desentienden del marido. Al menos eso decían sus amigos cuando se quejaban del desapego de sus esposas después de dar a luz. Viendo a Paula frente a él, con los grandes ojos castaños y la piel morena tomó, sin saberlo a conciencia, la decisión de preñar a Janice.

Al entrar a su casa se sirvió un trago de whiskey para esconder el olor del vino. En una diligencia consular fuera de horas no hay licores, sólo trabajo para reconocer a algún gringo fallecido durante un viaje, recoger su equipaje, sus papeles, ponerlos a buen recaudo, enviar el muerto a una funeraria para que se ocupen de embalsamarlo. Cosas así.

Janice dormitaba en una silla del jardín. El perro estaba echado a su lado. Con el pensamiento puesto en Paula arrastró a su mujer al dormitorio. Cuando estaba a punto de llegar al orgasmo cometió el error de abrir los ojos; con la piel blanca a la vista temió perder la erección, pero el mecanismo ya se había disparado y mientras el placer lo asaltaba, maldijo el vacío emocional que sentía paralelamente. Nunca antes se había levantado tan pronto de la cama ni se había restregado tan meticulosamente debajo de la ducha.

En los meses siguientes, mientras el vientre de su mujer crecía, fantaseaba con la idea de haberla embarazado aquella tarde de sábado, con el calor del verano guatemalteco en su grado máximo.

Tras muchas semanas de maniobras Paula finalmente lo hizo subir a su apartamento. Allí, John Clesse encontró su plenitud erótica. En realidad fue la mujer quien la elaboró con mucha facilidad. No necesitaba mayores adornos. Sólo tenía que desnudarse y tenderse suavemente en el lecho para que al cónsul adjunto se le olvidara el mundo y penetrara en un universo construido a fuerza de emociones que desconocía hasta entonces.

Muchas veces, cuando se acostaba con Paula entraba en cierto ensueño e imaginaba estarla cubriendo como un caballo, como un toro que bufaba y derramaba generosamente sus genes en medio de todo aquel gran placer.

En la medida en que iba enredándose más y más con Paula, su mujer sufría toda clase de síntomas de un embarazo. Primero náuseas irrefrenables que fueron a desembocar rápidamente en un sueño imposible de vencer. Janice acogió la preñez como un símbolo de que su matrimonio había mejorado repentinamente. Al poco tiempo de haber llegado a Guatemala se había quejado con su madre del distanciamiento de su marido. La madre la había calmado diciéndole que surgían temporadas así en el matrimonio.

La verdad es que el cónsul adjunto John Cleese se había vuelto muy amable con su mujer. Sintiéndose culpable de ser tan feliz con Paula, veía el desastre en el que se había convertido Janice y casi podría decirse que la mimaba. Evitaba cuidadosamente acostarse con ella pretextando su bienestar y Janice se lo creía. Además, inmersa en sus malestares e ilusiones maternales, sus deseos sexuales habían caído en un segundo plano.

Llegó el tiempo en que John Cleese maldecía la hora de levantarse de la cama e irse a su casa. La suave morenez de Paula, que se acurrucaba contra él, la tibieza de la habitación, el olor a sexo reciente eran atractivos poderosos, pero si no se levantaba todo iba a irse al diablo. Se daba cuenta de que estaba enamorándose e infinidad de veces pensó en dejar a su mujer y quedarse con Paula en este país endemoniado donde lo que afloraba constantemente era la muerte. Pero la visión de una casa con jardín en Filadelfia antes de los cincuenta años era muy apetecible. Conocía demasiados gringos que se habían quedado en el país. Rondaban la casa de los marines, que era su fetiche. Prematuramente envejecidos, contaban historias sobre el proyecto que tenían en mente, ese que esta vez los iba a sacar de la mediocridad en que vivían, que los haría regresar a Estados Unidos para vivir como reyes en Palm Beach o en Sausalito o en un rancho cercano a Houston, según sus particulares ensueños.

Además, sabía que en un año más terminaría su estancia en el país: tal vez ahora, cumplida su condena en esta tierra, le darían un puesto en Europa.

Una de esas noches con Paula, aprovechando que la joven estaba adormilada se levantó y fue al baño, a mirarse en el espejo. Se veía a sí mismo joven y atractivo… a lo mejor podría regresar a Estados Unidos y pedir un puesto que le conviniera. Pero ya no en un país tropical. En Europa. Se lo debían, después de los años que había pasado en este país horrible, que destila sangre, muerte, mierda…

Se lo debían.

Regresó a la cama, hizo nuevamente el amor con la joven. Estaba en el pico de la felicidad. Y luego, la rutina del baño y todo lo necesario para que Janice no se diera cuenta de nada. Se vistió silbando por lo bajo, bajó las escaleras, abrió cuidadosamente la puerta de calle, ya con la llave del automóvil en la mano.

Dos hombres forcejeaban en el vidrio de la portezuela del carro con una varilla de metal. Se dieron vuelta cuando John se acercó, pero no se les vio miedo ni sorpresa. Uno de ellos sacó una pistola y la apoyó en la frente del cónsul adjunto John Cleese quien segundos más tarde comprobó que eso de que la vida entera pasa frente a los ojos de quien está muriendo son puras babosadas.

- Ana María Rodas (Guatemala, 1937), es una destacada poetisa y literata guatemalteca, reconocida en toda la región centroamericana. Ha recibido numerosas distinciones: Orden Vicente Laparra de la Cerda, 2006, Premio Nacional de Literatura "Miguel Ángel Asturias", 2000, Primer Premio de Cuento en el Certamen de Juegos Florales México, Centroamérica y el Caribe, 1990.Primer Premio de Poesía en el Certamen de Juegos Florales México, Centroamérica y el Caribe, 1990. Premio Libertad de Prensa, 1974. Su obra poética ha sido traducida al inglés y al alemán. También ejerció el periodismo y la docencia universitaria.

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¡Ay Palestina!

Nechi Dorado (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Pobre el poeta que no llega a condolerse,
ni levanta su voz frente al espanto
de la muerte.

¿Puede un artista refugiarse en el mutismo
sin convertirse en una burda caricatura del ausente?

¿Cuál es la zona fronteriza que separa
al cómplice brutal
del indolente?

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500 años de retratos de mujeres en 3 minutos

MICROSIERVOS

Pues poco más hay que decir.



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En algún lugar… Arcadia

Laura M. López-Murillo (Desde México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



“Arriésgate. Aviéntate desde lo alto. No pienses ni te preocupes por nada.
Cuando las alas aparezcan en la espalda durante el vuelo,
notarás que alguien vela por ti.”

Ilya y Emilia Kabakov. La prueba del destino

En algún lugar trascendental, coinciden esporádicamente las esperanzas y las decepciones; y ahí, por los caprichos de la naturaleza y por la perseverancia de los hombres, resucitan los ideales desfallecidos…

Con el Muro de Berlín cayeron también la utopía socialista y las esperanzas de una sociedad sin dominación ni servidumbre; los artistas conceptuales Ilya y Emilia Kabakov, ubican ese acontecimiento en la “era no-histórica” de la Unión Soviética que coincide con el final de los grandes relatos. Los Kabakov pertenecen a una generación atrapada entre el triunfalismo del “Paraíso Estalinista” y la caída acelerada de los cimientos del socialismo; Ilya fue el líder del movimiento clandestino de arte contemporáneo en Moscú durante la época post-estalinista y su obra fue conocida hasta finales de los ochenta. La metamorfosis de las grandes esperanzas en la imposición de un dogma de estado se aprecia en la colección “Angelología: utopía y ángeles” que actualmente se expone en el Museo de San Idelfonso de la Ciudad de México.

Los ángeles encarnan los ideales del conocimiento, la independencia y la democracia, su presencia en el plano mundano obedece a una necesidad imperecedera de los hombres: la necesidad de soñar, de liberarse de las imposiciones y “seguir siempre adelante”. Los Kabakov equiparan el potencial humano con la persistente búsqueda de un ángel, con la capacidad para emprender un curso de acción “aunque parezca endeble y riesgoso” porque lo importante es creer en algo, arriesgarse e intentarlo.

Y así, en un entorno deshumanizante donde predominan las consignas del consumo e individualidad, la insólita aparición de un ángel caído evoca épocas remotas cuando la frontera entre lo terrenal y lo divino era tangible y accesible, cuando la libertad del pensamiento confería la ligereza necesaria para elevar el vuelo y alejarse de un entorno hostil. Quiero creer que los ángeles regresan en momentos críticos para resucitar la molécula infinita que yace en el fondo de la condición humana.

Hoy por hoy, la presencia de los ángeles es vital porque enfrentamos una crisis que vulnera los ideales legendarios: la felicidad reside en un ámbito ensimismado, ajeno e indiferente a todo lo que lo rodea y las esperanzas se trivializan en proyectos financieros. Urge reivindicar las utopías destrozadas y recuperar los atributos que alguna vez enaltecieron a los hombres; es imperativo buscar a los ángeles con la firme convicción de encontrarlos en la mirada del prójimo, en la inspiración o en el interior de la conciencia. Es menester creer en ellos, arriesgarse e intentarlo; tal vez aparezcan en un remanso inesperado o en una pausa fugaz para resucitar los ideales desfallecidos…

Notas:
- Montaño Garfias, Ericka. (2014). Inauguran exposición Ilya y Emilia Kavakov. Angelología: utopía y ángeles.
Recuperado el 14 de Septiembre del 2014, de http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2014/08/27/inauguran-exposicion-ilya-y-emilia-kavakov-angelologia-utopia-y-angeles-3899.html
- El Semanario. (2014). “Angelología: utopía y ángeles” en San Idelfonso. Recuperado el 14 de Septiembre del 2014, de http://elsemanario.com/70444/angelologia-utopia-y-angeles-en-san-ildefonso/
- La Jornada. (2014). La utopía y los ángeles de Ilya y Emilia Kavakov arriban a México. Recuperado el 14 de Septiembre del 2014, de
http://www.vanguardia.com.mx/lautopiaylosangelesdeilyayemiliakabakovarribanamexico-2153627.html
- Talavera, Juan Carlos. (2014). Ilya y Emilia Kabakov muestran arte conceptual ruso en la capital. Recuperado el 14 de Septiembre del 2014, de http://www.excelsior.com.mx/expresiones/2014/08/19/976931

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Mark Willems y su visión del Perú

Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Los peruanos y latinoamericanos estamos nuevamente huérfanos. El Perú no se encuentra dentro de los bloques de Bolivia, Brasil, Ecuador, Uruguay, por más que esta fue la propaganda para ganar las elecciones. Tampoco estamos en otro bloque. Todos nos toman en serio por los minerales, algo por la gastronomía que siempre ha existido y es nuestra identidad, perspectiva que refleja una profunda limitación y una falta de liderazgo.



Esta es la opinión de Mark Willems, belga que hace 35 años vino a Los Andes, con su familia, entusiasta por lo que América Latina significaba mucho en la construcción de la unidad de la Región.

Explica que si la oligarquía vive en su plenitud, es porque los peruanos no tenemos identidad. Un país es un conjunto de muchas cosas: lenguas, culturas distintas (andinos, costeños, selváticos, del norte, del sur). La oligarquía y sus defensores están con su vientre en el Perú pero con su alma en Miami Beach. Hay veces pienso que estamos luchando por causas perdidas.

Como belga de nacimiento, siento que he vivido la vida que he soñado y compartido con esas diferentes culturas, tanto yo como mi esposa y mis cuatro hijos. Siempre pienso en la idea de proteger el bosque, desde una chacra en la selva, que la adquirí después de jubilarme en la cooperación internacional, años que “escribí decenas de informes enviados a las financieras, extranjeras y del Estado, documentos que son muy aburridos y repetitivos” (post scriptum, en Lima, enero del 2014)

Aunque la sociedad siga apostando por este progreso social tan estéril, debemos insistir en la necesidad de retomar un conjunto de viejas palabras, a la búsqueda de justicia social, a la solidaridad humana.

Esta reflexión, en el prólogo de su libro La Patria del Alma, se inicia con la frase “Sobre el puente, sé puente” de José María Arguedas”. Es un “Testimonio desde el país que habitó y que me habita”, editada por “Ríos Profundos.”

Mark Willems, nació en Gante, en 1948. Se encontró con su compañera Lieve Delanoy en Suiza, actriz que ahora trabaja en el Grupo Yuyachkani. La pareja cuenta con cuatro hijos. Se encuentran en el Perú desde hace 35 años, cooperando en proyectos de desarrollo en la sierra de Lima, Ayacucho, Apurímac, Cusco. De ese peregrinaje por diferentes pueblos y comunidades, brota una secuencia de historias y pensamientos, sobre cuán posible es construir un mejor futuro colectivo: “La vida que vivimos no es sino un sueño de otro”, dice en Saim en libro negro de Orham Pamuk.

En uno de sus relatos “por los caminos del recuerdo”, Willems resume el Perú, después de la guerra interna que azotó a las comunidades y familias enteras:



La aventura de los “retornantes” a sus tierras, constituye un enorme desafío, tal como describe el esfuerzo y la imaginación de los jóvenes para construir un puente sobre el río Apurímac y otros proyectos, con o sin apoyo financiero ni técnico de un Estado que solo favorece solo a la inversión extranjera y los programas sociales son solo paliativos, burocracia plena de cada agrupación que reclama su cuota de poder.

Considera que ese retorno de los campesinos a sus tierras, para policías y militares los pobladores de los andes eran terroristas, requisitoriados y pichicateros. Para los sueños de algunos ex gamonales volver a saquear las riquezas de esos suelos con peones a su servicio. Para los dueños de las tiendas con clientes fáciles de embaucar y de estafar en moneda y en peso. Para la autoridad son perros del hortelano. Y para ellos mismos, son pobres.

Caminando a la cuarta década que dejó Bélgica, comenta que vino al Perú, motivado porque en América Latina se vivía los ecos de la revolución cubana, después del proceso de reformas de las fuerzas armadas liderado por el general Velasco Alvarado, que la izquierda negó su respaldo a dicha etapa de cambios.

Libros como el de Mark Willems, encarnan una visión más clara del país del presente siglo, al señalar que los gobiernos y la fría tecnocracia se envuelven en su misma telaraña, no perciben que abrir puertas al intercambio de miradas es una perspectiva valiosa, que abre espacios para la reflexión y la fortaleza de tener fe y convicciones sobre el valor de la cultura y costumbres de los pueblos, donde la pureza del viento, del paisaje y la de sus habitantes constituyen el motor de la historia, del desarrollo intrínseco y esencial.

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Música: La armónica en el rock

ARGENPRESS CULTURAL



La armónica, si bien no es primerísima figura, siempre se ha utilizado en la música rock. Para ejemplo, aquí dejamos varios clásicos del género que hacen de ella una importante voz cantante.

Iron Man - Black Sabbath Rock Harmonica


Queen-We Will Rock You. Heavy Rock Harmonica


Queen-We Will Rock You


Smoke On The Water. Deep Purple hard rock harmonica


Proud Mary - John Fogerty - Rock Harmonica


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La música más triste…

Reinaldo Spitaletta (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



“Tristeza rostro bello”
Paul Eluard

Una vez, en un palique en el Centro de Historia de Bello, nos dio por hacer una encuesta ligera sobre la música más triste (canciones, piezas musicales). Tal vez todo comenzó porque alguien preguntó cuál era la escena más dolorosa del cine y dijo que era la de la película El campeón, dirigida por Franco Zeffirelli y protagonizada por John Voight, Faye Dunaway y Rick Schroder. El campeón, después de derrotar a un rival más joven que él, baja del ring en condiciones precarias, lo conducen al camerino, donde muere, después de un breve y dramático diálogo con su hijo, que llora sin consuelo.

La conversación derivó en la música, y en ese punto emergieron diferentes opciones. Alguno dijo que el Adagio, de Albinoni, era quizá la más triste de todas las composiciones que en el mundo han sido. Otro señaló un adagio distinto, el segundo movimiento del Concierto de Aranjuez, de Joaquín Rodrigo. Yo dije, en primera instancia, que Una furtiva Lágrima, romanza de la ópera Elíxir de amor, de Donizetti, era de las más conmovedoras, aunque no dejé atrás el primer movimiento de la sonata Claro de Luna, de Beethoven.

Mientras escuchábamos algunas de ellas, iban saliendo otras, como el tango de Gardel Sus ojos se cerraron; Tú el cielo y tú, de Alberto Podestá, y Venenosa, interpretada por Carlos Mejía. No faltó quien diera su opción por La canción del adiós, cantada por Horacio Guarany, del cual también agregaron su Memorias de una vieja canción.

Yo riposté cuando llegaron a mi nostalgia los acordes y la melodía de un valsecito colombiano, Tristezas del alma, en la versión de Los Trovadores de Barú, y a partir de ahí se desgranaron otras, como Addio del passato, de La Traviata, en la voz de María Callas; el Allelujah, de Leonardo Cohen, y la Despedida, de Daniel Santos. Alguien dijo que dejáramos de joder con tantas tristezas juntas, y promovió la escucha de música contenta. Nadie le paró bolas. Y seguimos.

Aparecieron entonces Eleanor Rigby, de Los Beatles; Recuerdos de la Alhambra, de Francisco Tárrega, y Va pensiero, de la ópera Nabuco, de Verdi. Luego hubo una enumeración de tangos, que es una música con abundancia de elementos tristes (“un pensamiento triste que se baila”, dijo Discépolo), aunque haya numerosos tangos humorísticos, picarescos y de otra naturaleza. La lista fue innumerable. Saltaron Quejas de bandoneón, Garúa, Tu pálido final, Una emoción, La última curda, Naranjo en flor, Una canción y Adiós Nonino.

En cuestión de tristezas no hay disgustos. Y así como se recordó Las noches de agua de Dios, también tuvo cabida el doloroso Intermezzo No. 2(Lejano azul), de Luis A. Calvo. Y de pronto, no sé quién, advirtió que Triste domingo (en la voz de Agustín Magaldi) era de lo más lacrimógeno que se había compuesto.

El tema original lo compuso el pianista húngaro Rezso Seress, a la que después, un poeta también húngaro, le puso una letra melancólica, tanto como la música en la que se inspiró. Dicen que es la canción que más suicidios ha causado. En América, la grabación de Billey Holiday (Gloomy Sunday, 1941) popularizó la pieza, que pudo haber ocasionado cerca de cien muertos en Estados Unidos. Mito o realidad, la obra encarna una tristeza honda. “Triste domingo con cien flores blancas / te esperé, amada, lleno de emoción. / Mas a la cita tan solo el recuerdo / trajo en sus alas la desilusión”, dice Magaldi.

La tristeza (¿qué es la tristeza?) puede ser una mezcla de dolor y dulzura, como tal vez lo insinuó Françoise Sagan, que nos remueve el alma y nos pone en estado de alerta frente a los golpes de la existencia (“hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡yo no sé!”, diría Vallejo) y las ondulaciones de la condición humana.

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La Historia

ARGENPRESS CULTURAL



“La historia la escriben los que ganan”, se ha dicho. Conocer la verdadera historia implica ir más allá de las versiones oficiales de los hechos.

Presentamos aquí una historia universal, desde el Big Bang –la creación del universo– hasta nuestros días. Esperamos que aporte y sea de utilidad.

Ver material aquí: http://www.uv.es/ivorra/Historia/Indice.htm

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Gritar ¡el lobo!

Daniel de Cullá (Desde Burgos, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Vemos, con mucho dolor, cómo ceban los perros de la guerra en Israel, avispón, con tripas de palestinos muertos, dice un contertulio.

-Palestina es como el primer cebo que se da a los perros con la res muerta en montería, responde otro contertulio.

Odio porfiado y sangriento que se tiene desde la obstinación o una idea de aniquilación sin atender a razones en contrario, al estilo nazi, comenta otro.

Mientras, los señores de la guerra, boches, verdugos europeos y americanos, fabrican armadillas, armas, que se dan a otro y otros para que maten por él, asevera otro contertulio.

-¿Y qué hace el Vaticano?, pregunta otro. Y se responde él mismo: El zorro de la iglesia o andana mira con anteojos, anclisos, haciendo balcón, exhibiéndose a vendedores ambulantes de la fe, quincalleros milagreros.

Todos ellos están jugando a un juego de dados, al mando de un bolsillero, descuidero de bolsillos y portamonedas, que se dice empleado de banca. Sobre la mesa hay objetos de vecindad, tales como bombillas, timbres, tiradores de puerta, etc. Un tal Damocles, imitador del personaje antiguo, al que se le ve entregado a los placeres de un banquete con una espada pendiente de un cabello sobre la cabeza, es el que tira los dados, que son cinco, con leyendas desplegables sobre autores revolucionarios y clásicos, quien, al tirarles, canta la sentencia de: “Cuando te dieren el buen dado, échale la mano”.

Primer dado, pieza cúbica de marfil:

CLIFFORD HARPER. Anarquía. Una Guía Gráfica. 2006. Un canto a las gentes, a la clase trabajadora que desea construir un mundo nuevo y vivir una libertad lejos de la libertad fascista impuesta por la Autoridad y todas las dictaduras religiosas o políticas, con los Espíritus Libres del siglo 13, con Emma Goldman, con Noam Chomsky y los Zapatistas.

Clifford, reportero que fue del Guardian, con palabras ilustradas y con una bella elegancia nos aclara ese extraordinario esfuerzo de los pueblos empeñados en destruir el autoritarismo social y sus condiciones económicas, llamado hoy democracia.

Segundo dado, pieza cúbica de marfil:

PETER KROPOTKIN. La Conquista del Pan. 2006. El estudio más extensivo de las necesidades humanas y su contorno por la conquista de lo más racional e igualitario en el discurrir de los deseos vitales del pueblo.

Histórico análisis y visión utópica para esta vida que paso a paso nos alumbra una revolución social, anunciándonos que la Humanidad, pese a todo vestigio místico fascista, posee “un genio constructivo capaz de crear una nueva sociedad libre de los peores y más criminales dioses de la Fe y sus enfangadas creencias”.

Tercer dado, pieza cúbica de marfil:

JOSH MACPHEE, Y ERIK REULAND. Realizando lo Imposible. Arte contra la Autoridad.2007. Protestas y marchas de protesta. Marchas de la dignidad. Mareas. Mareas Blancas, Mareas Verdes, Mareas Negras. Mareas de Marear. Mareas Moradas por la Libertad de Amar y de Abortar. Y frente a ellos, esbirros, opresores, leñeros de dureza y consistencia análoga a la de la madera. Pelotas de goma y porras. Antiabortistas y místico fascistas. Curas pedófilos. Caníbales y devoradores de la sangre de Cristo, por Cristo. Tocapelotas, y todos los que suenan como campanas huecas o sepulcros blanqueados como el Fondo Monetario Internacional, el abrevadero del G-8, la OTAN, la ONU, la Eurocámara lamedores de su propio badajo de la globalización, soltando Rebuznos contra toda protesta social y toda conciencia revolucionaria de no soportar más este status quo de la represión y el crimen global.

“El Arte y la Cultura han de ser revolucionarios o no serán”. “No más Arte institucionalizado que no es más que cagadas de vaca sagradas y consagradas”.

Realizar lo imposible es una completa y extensa colección de Arte y escritura para comprender y entender los movimientos revolucionarios, tales como el “Haz lo que quieras”; Arte de calle, marionetas radicales, el monumento a los mártires de Haymarket, los ilustradores australianos de la 1ª Guerrea Mundial. Los escritos del bamboleante poeta Carlos Cortez, las ilustraciones de Clifford Harper. Y el saber gritar ¡ el lobo¡ Cry Wolf¡, al verle las orejas a la Autoridad.

Cuarto dado, pieza cúbica de marfil:

MICHAEL NEUMAN. Proceso Contra Israel. 2005. Parece como si este libro se hubiera fraguado en unos días como hoy, y escuchando a unos militares israelíes decir: “Creíais que íbamos a olvidar nuestros propósitos”, referidos a Palestina, a Gaza, en su desmedido afán judío por el suelo y deliberados asentamientos nazional-colonialistas.

Según Neumann, hijo de un judío alemán refugiado en los Estados Unidos, que trabajó en su Departamento de Estado, el Sionismo es el responsable del conflicto e Israel su cadena de transmisión, basándose en considerables y aceptadas pretensiones fáctica e impecables fuentes. Un ensayo del más denigrante Israel asociándose con el colonialismo, el imperialismo y el racismo.

El argumenta, preguntándose: Si los israelitas juegan a la guerra, ¿qué harán los sionistas?, respondiendo, “al cabo de los años mil, vuelven las aguas de la guerra por donde solían ir: Palestina”. Pues el primer y último anhelo del Sionismo es la soberanía de los judíos y, auque los planes de masacre y otras lindezas de represión, siguiendo el modelo hitleriano, no estuviera en la historia sionista, la violencia “made in Israel” se hace inevitable, y el compromiso de destruir Palestina es lo único posible, echándoles un beso de muerte. Y este es, y será, su “mesías” traído en brazos de los señores de la guerra y el crimen, el Vaticano inclusive dándole incienso y mirra, como hizo, ha hecho y sigue haciendo a todos los dictadores y césares enanos.

El Sionismo se estableció como estado judío en 1948. La paz parecía una balsa de aceite hasta la guerra de 1967 cuando Israel apoyó la creación de un estado Palestino en los territorios ocupados. Desde entonces, el Sionismo postula la soberanía total judía, y aprobación global de sus asentamientos hasta la consecución de sus zonas de petróleo, haciendo de la respuesta infantil y violenta de los palestinos mortal de necesidad. Una violencia de petardos de feria frente a unas fuerzas de élite asesinas adornadas con el Dólar.

Para Neumann, la consecución de la paz entre Israel y Palestina, es volver a las fronteras de 1948.

Quinto dado, pieza cúbica de marfil:

DAVID PORTER. Visiones a través del fuego- Emma Goldman en la Revolución Española. 2007. Colección de artículos de fondo escritos por Emma en sus últimos y más turbulentos años de vida. Complemento a su autobiografía “Vivir mi Vida” y a su poderosa colección sobre el Anarquismo y otros ensayos.

David nos revela sobre las contradicciones vividas por Emma en las luchas de la Revolución española y su esfuerzo por mantener vivo el activismo de las clases populares, en especial el complejo mundo libertario.

Como oficial representante de la CNT-FAI, Emma hizo tres viajes a España para vivir, sentir y observar in situ y de primera mano la más importante Revolución social en la historia. No sólo por sus crónicas, sus debates, y el celo revolucionario, si no, también, por su diálogo con los activistas en aras de conseguir un cambio social, Emma nos habla del movimiento anarquista español, la nueva sociedad, la colaboración con el estado, el sabotaje comunista a la revolución, y el terrible drama posterior que dejó a Emma de piedra.

Ursula LeGuin dice que “este libro, Visiones a través del fuego, es un tesoro de la más fascinante lucha por la Justicia”.

Howard Zinn, “que es un pensamiento que salta hasta la Vida”.

Alix Kates Shulman, “que Emma hace un trabajo de inspiración sobre los esfuerzos de la España revolucionaria por construir y defender una sociedad anarquista”.

Y Noam Chomsky, “que este libro de David es una contribución a la lucha por Libertad y Justicia que nunca debe ser olvidada”.

El tal Damocles se levanta y, mirando al bolsillero, dirigiéndose a los otros cinco, dice:

-Reverendos, teneos por pagados con el sonido de los dados.

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Como siempre: A Martha

Guillermo Henao (Desde Medellín, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



Ahora me siento tan niño como siempre
y quisiera
que estuvieses a mi lado porque lo sabes y lo ignoras.
Es entraño.
Quiero hoy
con cotidiano anhelo
reclinarme en tu regazo y descansar.
Porque muchas sombras pesan sobre mi estableycambiantetodo
aunque estés, tú, mi masa, mi fulcro, mi palanca.

Trato de traer luz, pero extraños entran y oprimen
todo lo que soy: mi cuerpo.
Estoy solo y con todos –cuando no-, pero te llamo
porque sé que llegaste y ya vienes o no puedes venir.

A veces busco cosas -en dónde- y entre tanto
espero
que algún día permanezcas también, un día
en que me halle cuando menos
con el fardo de todos mis errores
entre mí.
Posaré entonces mi cabeza sobre tu pecho vacilante
y, tranquilizado, me dormiré confiado como un niño.

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Tango

Gustavo E. Etkin (Desde Bahía de San Salvador, Brasil. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)



El tango alegra
el tango entristece
el tango hace flotar
en alegría
o llorar.

El tango
es encuentro
y despedida
es recuerdo
y vida
es aquella vez
cuando te dije
y me dijiste
esta copa
estos labios
sabios
que son caños
por donde pasan años
de alegría y dolor
de odio y amor
palabras de canto
y gritos de espanto.

El tango
es duro y suave
una nave
que flota despacio
en un mar tibio
o el color del pincel
de la voz
de Carlos Gardel.

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Urbanística: Paraty, Río de Janeiro, en Brasil. Ciudad paradisíaca



A mitad de camino entre San Pablo y Río de Janeiro, la ciudad costera de Paraty se caracteriza por un valioso casco mayormente del siglo XVI y por su acceso directo a más de cincuenta pequeñas islas cercanas.

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Escribo mucho

Aldo Luis Novelli (Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)



A mis amigos poetas

Escribo mucho/ pero poco bueno
poco que me emocione a mí
después de un tiempo secreto
que olvido quién lo escribió.

Escribo mucho/ mucha cosa que nadie lee
pero le leo a él aunque se enoje
porque tiene sueño y mañana debe levantarse temprano
porque el pan de cada día y los hijos y todo eso
y la escritura es nada o es algo como
un foco triste en medio de la oscuridad de la pieza
un cuaderno donde me siento un Rimbaud viejo
traficando con esclavas lujuriosas/
un Gianuzzi vapuleando a Heidegger dentro de un círculo
acompañado de un perro que lo mira con hambre/
un Pessoa que se desdobla y me saluda desde la ventana
de este bar donde me encuentro bebiendo por ella.

Escribo algunos textos más fuertes que esta ginebra
que emocionan a Cursaro detenido allá/ en estación/tierra/nada
o admiran las ardorosas poetas Gaby Bruch y Soledad Davis
textos donde Mansilla: poetas de ojos rojos/ me nombra
o el poeta oculto: Spíndola me renombra/ pateando latitas en polvorientas calles laterales/
o Paula Yende, Yenny Paredes y Lili Campazzo
afamadas poetas fundadoras del club de la canasta
se transforman en fieras indomables
por la magia de un sombrero que esconde historias indecibles/
y allá en la populosa Tucson/ el poeta del Harlem: Julio Carabelli
o en la patria de arena/ el Quijote del verso: Sergio De Mateo
dedican poemas dolientes a un tipo
que baila borracho entre sombras ilusivas/
mientras ‘on te road’ Rigazio y ‘minimalism’ Bohoslavsky escriben como si no hubiera mañana
y Dante y el Vasquito se emborrachan de poesía alcohólica/ porque no hay mañana.

Pero no me quemo tanto como me quema esta soledad
cuando el viento arrastra viejos fantasmas contra el vidrio
y mi memoria viaja hasta aquel campamento petrolero
y estoy solo jugando a la pelota en medio del desierto.

Escribo mucho y no sé si esta noche
que el cielo esta borroso y la luna desaparecida
como tantos hace tiempo/
y un ángel negro me mira desde el borde de la mesa
esta lluvia que empapa mi alma/ me traerá el sabor de su piel.

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10 trucos para controlar las redes sociales

COLECTIVO EDITORIAL DEL 4º PODER EN RED



Salir de Facebook de forma remota

¿Cuántas veces nos hemos preguntado si hemos cerrado el Facebook tras consultarlo en la oficina, en la universidad o en el ordenador de algún amigo? Dejar la sesión abierta de alguna de las múltiples cuentas de redes sociales, perfiles o correos es (un error) muy común. Sin embargo, tiene solución, se puede cerrar de forma remota.

En el caso de Facebook, la red social hace un seguimiento de todos los lugares en los que haya iniciado sesión. Para conocerlos, el usuario debe ir a Configuración -> Seguridad -> “Dónde has iniciado sesión”. De esta forma no sólo te aparecerá la ciudad, sino también dispositivo, navegador y la hora de conexión. Desde aquí se podrá finalizar la actividad en cualquiera de las sesiones abiertas.

Controla o borra las publicaciones antiguas en Facebook

Facebook es una de las redes sociales más utilizadas. La gran mayoría de sus usuarios llevan varios años con su cuenta. En este tiempo, cada uno ha producido una gran cantidad de información, sin embargo, esto se puede controlar o incluso borrar las publicaciones pasadas sin dejar rastro digital para todos aquellos que quiera.

Para ello, en la parte superior derecha de la pantalla, accedemos a Configuración -> Privacidad -> Limitar las publicaciones antiguas.

Impide que tus contactos sepan si has leído sus mensajes

En aplicaciones como Facebook o WhatsApp, el chat ofrece información que nuestros contactos pueden utilizar para saber si has leído o no sus mensajes. En el caso de la aplicación de mensajería instantánea, el “doble check” ha traído problemas personales a muchos, incluso depresiones, mientras que los que son acusados de no responder a los mensajes ven como otras personas se inmiscuyen en su privacidad con la inocente pregunta de “¿por qué no contestaste?”.

En WhatsApp podemos ahorrarnos algún disgusto fácilmente. Basta con ir a Ajustes -> Ajustes del chat -> Avanzado y desactivar la opción “última hora en línea”. Así nuestros contactos no podrán saber nuestra última hora de conexión, y nunca podrán estar seguros de si leímos sus mensajes. En el caso de WhatsApp en iOS, esta opción se encuentra en el apartado Privacidad.

En Facebook, el chat da información específica sobre cuándo hemos visto o leído cada mensaje. Para evitarlo podemos utilizar AdBlock Plus de Google. Instala esta extensión en tu navegador, clica en ella y sigue la ruta Opciones -> Personalizar -> “Editar tus filtros manualmente” y pega “facebook.com/ajax/mercury/change_read_status.php$xmlhttprequest”.

No compartas todo con todo el mundo…

No es fácil ni intuitivo, pero en Facebook puedes controlar con bastante precisión quién ve cada una de tus publicaciones. Además de la división entre “Amigos”, “Amigos de mis amigos” o “Público”, puedes seleccionar qué personas quieres o no quieres que vean tus publicaciones. Para ello clica en “Amigos” cuando estés escribiendo un nuevos post -> de nuevo en “Amigos” (o “Público” o “Personalizado”, según tu anterior configuración).

… Ni veas las publicaciones de todos tus amigos…

Hay veces que la opción de “dejar de ser amigo de una persona” (familiares, compañeros de trabajo, etc.) no puede considerarse, aunque la información que comparta nos resulte desagradable en nuestro timeline de Facebook. En este caso tienes la posibilidad de “dejar de seguir a una persona”. Seguiréis siendo amigos pero no verás sus publicaciones. Para ello ve a una de sus actualizaciones, presiona en la pestaña de la parte superior derecha y selecciona “dejar de seguir a X”.

… O no te pierdas ni una de la gente que te interesa

Si, en el caso contrario, cuentas con un amigo cuyas publicaciones te resultan tan interesantes que te gustaría no perderte ninguna, puedes configurar Facebook para recibir avisos especiales cada vez que esta persona haga una actualización. Para ello sigue la misma ruta anterior y selecciona “Recibir notificaciones”.

Programa tus tweets

Existen varias aplicaciones third-party (que no guardan relación con los desarrolladores de Twitter pero que lo complementan) que pueden permitirte dejar programados tuits para que no tengas que estar pendiente del teléfono o el ordenador en el momento en el que quieres que sea publicado. Las aplicaciones más populares son Buffer y Tweetdeck. Buffer se usa básicamente para tuitear links. Sólo hay que instalar le extensión de Buffer en el navegador y hacer clic en ella cuando estés leyendo un artículo que quieras compartir en un futuro. Tweetdeck es una herramienta más potente que ofrece incluso funciones como construir múltiples timelines en columnas separadas.

Descárgate tu archivo de Twitter

Es prácticamente imposible rastrear entre meses y meses de tweets en busca de algo concreto. Pero si quieres un archivo completo de todo lo que has tuiteado, lo único que tienes que hacer es solicitarlo. Haz click en la rueda dentada en la parte superior derecha de la pantalla -> Solicita tu archivo.

Silencia seguidores en Twitter…

Con determinadas personas a las que sigues es complicado hacer un “unfollow”. Una reciente herramienta de Twitter permite evitar estos compromisos y al mismo tiempo, no tener que leer cierta información… innecesaria. Para esto, sólo es necesario ir al perfil de la persona, institución, partido político, medio… en concreto, hacer clic en la rosca del lado derecho y seleccionar “silenciar a X”.

… o desactiva los retweets de ciertos usuarios

Un usuario de Twitter puede producir unos contenidos originales fantásticos pero tener un horrible sentido del gusto en cuanto a los tuits de otros. Si sólo quieres ver sus tuits y no los que ha retuiteado, ve a su página de perfil, haz click en la rueda dentada y selecciona “Desactivar los Retweets”.

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La amada no enumerada

Heinrich Böll



Ellos han remendado mis piernas y me han dado un puesto en que puedo estar sentado: cuento las gentes que pasan por el nuevo puente. Les da gusto atestiguar con número su habilidad, se embriagan con esa nada sin sentido de un par de cifras, y todo el día, todo el día, marcha mi boca muda como la maquinaria de un reloj, amontonando cifras sobre cifras, para regalarles por la noche el triunfo de un número. Sus rostros resplandecen cuando les comunico el resultado de mi turno de trabajo; cuanto más alto es el número, tanto más resplandecen sus rostros y tienen motivo para acostarse satisfechos en la cama, pues muchos miles pasan diariamente por su nuevo puente... Pero sus estadísticas no están bien. Me da mucha pena, pero no están bien. Soy un hombre en quien no se puede confiar, aunque entiendo que despierto la impresión de lealtad.

En secreto me produce alegría quitarles uno de vez en cuando, y luego también, cuando siento compasión, regalarles un par de más. Su felicidad está en mi mano. Cuando estoy furioso, cuando no tengo nada que fumar, indico solamente el término medio, algunas veces por debajo del término medio, y cuando mi corazón late, cuando estoy contento, dejo que mi generosidad fluya en un número de cinco cifras. ¡Son tan felices! Me arrancan en cada ocasión el resultado de mi mano y sus ojos se iluminan y me dan palmaditas en el hombro. ¡No sospechan nada! Y luego empiezan a multiplicar, dividir, porcentualizar, yo no sé qué. Calculan cuántos pasarán hoy cada minuto por el puente y cuántos pasarán en diez años por el puente. Aman el segundo futuro; el segundo futuro es su especialidad y, sin embargo, me da mucha pena, todo eso no concuerda...

Cuando mi pequeña amada pasa por el puente -y pasa dos veces por día- mi corazón simplemente se detiene. El incansable latir de mi corazón sencillamente se detiene, hasta que ella dobla hacia la avenida y desaparece. Y todos los que pasan en ese tiempo, los silencio. Esos dos minutos me pertenecen a mí, a mí solo, y no dejo que me los quiten. Y aun cuando ella al atardecer regresa de su heladería -yo he sabido entretanto que trabaja en una heladería- cuando pasa por el otro lado de la acera frente a mi boca muda, que tiene que contar, contar, mi corazón se detiene de nuevo y comienzo de nuevo a contar, cuando ya no la veo a ella. Y todos los que tienen la suerte de desfilar en esos minutos ante mis ojos ciegos, no entran en la eternidad de las estadísticas: hombres de sombra, mujeres de sombra, seres de la nada, que no marcharán con los demás en el segundo futuro de las estadísticas...

Está claro que la amo. Pero ella no sabe nada de esto y no quiero tampoco que lo sepa. No debe sospechar de qué modo tan increíble ella anula todos los cálculos, y ella debe ser inocente y no sospechar nada, y con sus largos cabellos castaños y sus tiernos pies marchar a su heladería, y ha de recibir muchas propinas. La amo. Está clarísimo que la amo.

Recientemente me han supervisado. El camarada, que está sentado al otro lado y tiene que contar los autos, me advirtió ya muy pronto y yo hice maldito el caso. He contado como un loco; un cuentakilómetros no puede contar mejor. El superestadístico en persona se colocó allá enfrente, al otro lado, y ha comparado después el resultado de una hora con el resultado de mi hora. Yo sólo tenía uno menos que él. Mi pequeña amada había pasado y jamás en la vida hubiera hecho yo transportar a esa hermosa criatura al segundo futuro; esa mi pequeña amada no debe ser multiplicada y dividida y ser transformada en una nada porcentual. Mi corazón sangraba de tenerla que contar, sin poderla seguir mirando, y al amigo de allá, el que tiene que contar los autos, le estoy muy agradecido.

El superestadístico me ha dado palmaditas en el hombro y ha dicho que soy bueno, confiable y fiel. "Errar uno en una hora", ha dicho, "no es mucho. Sin embargo, tenemos en cuenta un cierto desgaste porcentual. Solicitaré que sea usted trasladado a contar carros de caballos".

Carros de caballos es naturalmente una suerte.

Carros de caballos es una alegría como nunca antes.

Carros de caballos hay todo lo más veinticinco por día, y hacer que cada media hora caiga el siguiente número en el cerebro, ¡es una alegría! Carros de caballos sería magnífico. Entre cuatro y ocho no puede pasar ningún carro de caballos por el puente, y podría ir a pasear o apresurarme a la heladería, podría mirarla largamente o podría quizás llevarla un rato hacia casa, a mi pequeña amada no numerada...

Heinrich Theodor Böll (1917-1985): escritor alemán, figura emblemática de la literatura alemana de posguerra, también llamada "literatura de escombros". En 1972 le fue concedido el Premio Nobel de Literatura. De entre sus publicaciones pueden mencionarse los libros Opiniones de un payaso y El tren llegó puntual.

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Y para terminar, música de ópera en la calle

En algún lugar de Rosario, Argentina.



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