sábado, 4 de abril de 2009

Tiempo y espacio

Carlos Á. Trevisi (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Estoy buscando en Internet cómo llegar a un determinado lugar. Interviene una de mis hijas.

“No hace falta que te fijes en el mapa. Tienes que mirar aquí”. Y ahí nomás, con su dedo alquímico, señala, a la izquierda de la carretera coloreada que me indicará por dónde habré de transcurrir, un listado de entradas y salidas de autovías, cruces, y demás que combinan todo con todo:

“Por AP6 hasta salida 23; 2 Km. y medio hasta salida 37. Tomar a la izquierda en salida a Las Rozas (S. 43)…” Y así sucesivamente.

- Pero a mi me interesa “ver” la carretera antes; quiero saber por dónde voy. Luego "leo" lo de las entradas y salidas.

- ¡Pero Papá! Que más da, ¡si lo que quieres es llegar!

La ecuación “tiempo-espacio” por la que hasta hoy día nos hemos movido, ha eliminado el “espacio”, del mismo modo que el “llegar” ha terminado con los encantos de sus preludios: el sabor del “viaje” que nos lleva a destino.

Otrora, cuando al descolgar el tubo del teléfono para hacer una llamada, una voz nos preguntaba, indiferente, ¿Número? , “veíamos”, una señora sentada delante de un tablero ensartando clavijas según el número que se le dictaba. Una vez establecida la comunicación, el “Hola” que sonaba al otro extremo de la línea ratificaba que la conexión se había establecido, pero, al mismo tiempo, nos mostraba el paisaje desde el que provenía ese “Hola”: el salón con el abuelo leyendo el diario, la oficina de papá, llena de papeles, la antecocina de la casa del tío Alberto…

Ora, con los móviles, aquel “¡Hola!, ¿cómo estás?”, ineludible anticipo de la conversación que sobrevendría, se ha transformado en un “¿Hola, dónde estás?” ratificatorio de nuestra necesidad de ubicar al otro en un lugar determinado para seguir hablando.

De resultas todo ha devenido efímero. La “deslocalización” ha terminado con el “para siempre”.

La eternidad, descubro, está más ligada al lugar que al tiempo. Paradójicamente, el lugar se ha ampliado, pero nuestra capacidad para habitar la infinitud de los nuevos espacios cibernéticos se ha minimizado.

El tiempo nos devora porque al no estar en ninguna parte no somos. Poco a poco nos vamos quedando solos, y vacíos, porque uno “es” a partir de los demás y los demás no están en ninguna parte.

***

A propósito de TIEMPO-ESPACIO, ver:

Hacia la casa (video) (Revista Malabia)

El proyecto marafona habla de la imposibilidad de tener un lugar, pues lo que hay es siempre un rechazo del lugar como siendo “nuestro lugar”. Él nunca se da porque toda búsqueda sucede, inevitablemente, por una vía óntica (lo que tiene que ser o existe) que hipostasia (Préstamo del griego hypóstasis ‘sustancia’, derivado de hyphistánai ‘soportar’, ‘subsistir’. De la raíz indoeuropea de estar (V.) los significados y denomina los sentidos. Eso sería entonces imponer al flujo vital un significado-cosa o un nombre-lugar, a partir de donde todo deba ser visto. Toda ansia por, definitivamente, encontrarnos situados en una dada localización que pueda ser remisible, se hace por la insistencia de querer confesar lo inconfesable, y de querer decir lo indecible.


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