viernes, 7 de agosto de 2009

La cultura abarca una estructura ideológica: Hay que sacar el arte de la pasividad del museo apolillado


Guillermo Guzmán (Desde Barcelona, Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El museo es parte de una cultura de la dominación y del monopolio del conocimiento, que la plutocracia tradicional ha usado desde siempre para su exclusivo provecho. El museo nunca ha servido mucho al pueblo ya que ha sido siempre un lugar para esconder de la mirada popular, creaciones que han debido estar en las escuelas, en las calles, en las plazas y demás espacios abiertos, para que los muchachos las vean y las toquen pero, esencialmente, las obras de arte han debido ser exhibidas en el manicomio.

En el museo la obra se ve bien bonita. Los que la miran, dicen que sí patatín y que sí patatán; que la hizo fulano, mengano, zutano, peringano o meringano. Los más sesudos entendidos opinan que sí el pato y que si la guacharaca y, el artista que la hizo, se regodea-preso de la costumbre-al tiempo que las emperifolladas y ociosas viejas exhiben sus gabardinas y sus joyas, que al fin y al cabo son la razón de ser del museo. Mientras, las polillas hacen su trabajito.

En el museo está y ha estado siempre, el arte de la quietud; en tanto que en el barrio campea la turbulencia social, en medio de la cual el hombre no deja de crear hermosísimas obras que en lugar de ser llamadas, obras de arte se les dice, artesanías o, simplemente, labor de obrero.

La práctica suele romper la gramática. Sin práctica, la técnica se torna inútil. Un albañil-que no es ingeniero-hace una casa, sabe como sacar la escuadra, como sacar el nivel y sacar el plomo. El plomo es vertical mientras que el nivel es horizontal. Un buen albañil replantea, planifica y construye una casa. Mira los barrios de Caracas y te convencerás.

Replantear significa marcar en el suelo o en las paredes, meter la estaca para uno guiarse, igual que un topógrafo que para replantear una carretera, monta estacas, trompos (estacas pequeñitas) y niveles, entre otras vainas que permitan tirar líneas.

¿Acaso no es arte construir un rancho en la pata de un cerro, y ese bicho se aguanta ahí?- pero, le decimos artesano o simplemente obrero a ese gran artista que lo construyó-.

Igualmente el buen herrero sabe tratar el hierro: como doblarlo, como enderezarlo, como cortarlo, como soldarlo y para todo ello utiliza el martillo, la trazadora de línea, la máquina de soldar, el oxicorte o soplete. Hay sopletes para calentar, para cortar, para soldar; así como también hay diversos tipos de soldaduras- de arco, autógena, etc-. Y, el pueblo lo aprende muy bien.

Sabe el soldador que él debe tomar leche mientras trabaja porque la combustión de esa química de los electrodos, desprende gases tóxicos que al ser aspirados, deterioran la salud rápidamente, igual que proteger los ojos con el lente apropiado para evitar el efecto de los rayos ultravioletas. La leche sirve para desintoxicar los pulmones y con ello, la sangre. La careta sirve para proteger la vista, tan indispensable para que sepamos donde hacer el cordón y fijar las piezas.

Pero si todo este “trabajo” es realizado bajo la tutela de un “artista”, que diseña pero que pone al obrero a hacer la práctica- me consta-entonces, con sólo la firma de aquel, lo que era trabajo se convierte en arte.

Es muy jodido que pueda yo distinguir la frontera entre el trabajo y el arte porque esas disquisiciones corresponden a la filosofía. Prefiero más bien confundir ambas actividades y que la obra de arte que nazca de la comunión de sendos esfuerzos, es decir, del carpintero que serrucha la madera, el herrero que trata el metal, el electricista que empata el cable y sabe aislar el empate, que conoce la fase de la corriente y sabe distinguir donde está el negativo y donde está el positivo, la densidad y el voltaje de esa energía eléctrica y que sabe calcular el riesgo para no quedarse pegado y achicharrado de un bicho de esos, bueno, que todos sean considerados como parte de la obra de arte.

Se trata de percatarnos conscientemente, de que ha habido al menos un par de mundos distintos, respecto a la cuestión del arte; por una parte, la élite cultural que detenta y ha detentado siempre mil y más privilegios y, por la otra está el pueblo, despojado de sus derechos, inclusive del derecho a disfrutar la contemplación de la obra de arte de la que él mismo es protagonista esencial pero de la que es separado como un leproso o como cuando es separado un niño, al nacer, del regazo de la madre.

No se trata de algo inocente, todo lo contrario, se trata de una estrategia oscurantista destinada deliberadamente a desmovilizar la sensibilidad del pueblo porque, si para algo ha de servir el arte, ha de ser precisamente para sensibilizar la conciencia y, la conciencia lo es todo.

El verdadero arte debe profundizar la visión de nuestra realidad; mientras que el arte burgués, es decir, el arte que no es arte, sólo sirve de pretextos para el engaño y la manipulación.

Si el arte deja de ser libre para encadenarse a una dependencia económica y /o política, como si pierde “alguito”, o tal vez gana adjetivos, se convierte en “arte burgués”, que ya no es arte, sino instrumento de egoísmo de las élites.

A mi modo de ver, el verdadero arte no pierde la validez de su testimonio histórico-cultural en el transcurso del tiempo y, para más, modifica el mundo, positivamente, porque sensibiliza al hombre y lo hace ver nuestra realidad porque el arte verdadero, es comunicativo, dice mil lenguajes en gran expresión de libertad para que cada quien interprete las vainas a su modo.

La tentación de manipular a los demás es una sobresaliente característica del capitalismo, por lo que no es de extrañar entonces que el museo, en manos de esos sinvergüenzas, haya sido hasta el presente, un instrumento de sus propósitos egoístas.

En el socialismo, eso no debe ocurrir puesto que una finalidad fundamental del socialismo debe consistir en liberar al hombre y a la mujer, de la esclavitud del trabajo, para que ellos puedan disponer de tiempo para el arte, es decir, hacerlo o disfrutar de su contemplación.

El artista, en el socialismo, no debe ser manipulable. Si el artista se deja manipular por el empleador y por la necesidad, pierde lo verdadero y se queda entrampado, esto es lo que sucede en el capitalismo; todo lo contrario, en el socialismo, el artista debe tener mucha libertad pero, sí escudado en esa libertad asume una conducta superficial e irresponsable, se convierte en burro o en burra, tal como sucedió recientemente con algunos descerebrados artistas cuya obra más insigne es la de protestar contra el “Tirano” Chávez porque éste les dio una patada en el qlo para desalojarlos de un edificio, que es del Estado, y donde ellos se regodeaban para impedirle al pueblo, el acceso al estudio. Rescatado tal edificio, ahora sirve de sede a la Universidad de las Artes.

Hay que vaciar el museo y llevar toda la obra de arte que ahí está, a la calle, para que coja aire fresco y se caliente con el sol brillante y, se alejen las polillas.

Para que el arte se desarrolle y florezca tiene que reencontrase con la artesanía, que es su génesis.

¿Y, por qué no, llevar arte al manicomio?.

Recuerdo a un amigo de mi infancia, que se volvió loco y hasta estuvo confinado a un cepo de palos. Era una práctica bestial, que no sé si todavía se aplica pero, recuerdo con lacerante tristeza verlo sufrir esa prisión infame. Él –mi amigo, y que murió hace muchísimos años-al menos pudo curarse, con el transcurrir del tiempo.

Mi hipótesis es que él se curó desde el momento en que empezó a pintar. Pintaba rostros y paisajes; hasta le serví de modelo alguna vez y es una lástima que no hubiese podido yo, conservar esa pintura, para exhibirla de contrabando en alguno de esos museos y poder asustar a tantas viejas echonas. De seguro habrían comentado que era un bochorno, (a pesar de que era yo tan apuesto, entonces).

Inclusive, este artista, amigo de mi infancia y de mi juventud, llegó a sobrevivir pintando tablillas para las loterías, lo que requería arte y destreza.

Es por lo que estimo que si vaciamos el museo y lo llevamos al manicomio, ese contacto con el arte puede contribuir para que la gente se cure, que pueda integrarse dentro de sí misma y que podamos rescatarla para el bienestar de nuestra sociedad.

¿Qué tal si se hubiese llevado el contenido de un museo a la Plaza Altamira, donde una pila de locos de remate, locos ilustrados, los eruditos de la universidad, y otros irreversibles enfermos, pernoctaban para esperar la llegada del año 3021?

Cada vez está más extendido el número de personas que necesitan ser curadas de esa angustia de ver sólo conflictos en la pantallita del televisor o en la portada del periódico. Por doquiera se habla de violencia, pareciéramos estar atados a la violencia- o al temor de padecerla, que ya es en sí, violencia,-como a una pared.

Hasta los mismos profesionales de la conducta, encargados de curar a la gente, también andan medio locos y en algunos casos, locos de bola. Tal inferencia es deducible de las necedades que esa gente habla en la televisión privada.

Propongo, en consecuencia, que la gente se llene de esperanzas en el socialismo, que asuman que cada vez que una persona hace suya una esperanza, está al mismo tiempo dejando atrás, un conflicto. Sin descartar que la propia obra de arte conlleve plasmadas las motivaciones psicológicas del artista que la ha creado, estimo que podríamos abocarnos hacia un humanismo propiamente humano, que no el humanismo burgués, y hacer del arte una alternativa transformadora que pueda ayudarnos a alejar la guerra y acercarnos a la paz.

La oligarquía abusadora, enferma de poder e insensata, discrimina el arte en bello y feo. Bellas artes, dicen de algunas manifestaciones artísticas y, aunque no dice expresamente, feas artes a las actividades del pueblo, se sobreentiende que es así como lo concibe la oligarquía; no obstante, la dialéctica no es algo que a nosotros nos entra por un oído y nos sale por el otro, tal como ellos creen.

Calificar de bellas artes a un cuadro que está ahí, pegado a la pared, estático, no puede ser más bello que la actividad de contemplar el paisaje a lo lejos, de la línea tan perfecta entre los dos azules, mientras tú trabajas con las artes de pesca, es decir, que has lanzado al mar, la red o la nasa, o el palangre o el bou, o la atarraya, o el arpón o el anzuelito corocorero y, esperas sobre cubierta, el tiempo de levar para llevarle la comida a esos sinvergüenzas.

Y, no obstante, la oligarquía nos ha discriminado por siempre. No agradece tener sobre la mesa el resultado de nuestro arte, la pesca.

Digo- a lo Nerón- yo también he sido un gran artista, porque he mirado infinitos paisajes mientras pude pescar y nada es más bonito y sensible que contemplar el mar, será acaso por esa sensación de inmensidad que el mar conmueve todo por dentro de la cabeza de un pescador artesanal, heme ahí.

Por lo vivo y, en consecuencia, dinámico, el cuadro del mar, que es un cuadro abierto, te permite involucrarte en el arte de vivir, es que tú miras la silueta del cerro, cuando el Sol viene despuntando en la mañanita. Eso también es arte verdadero, arte de la naturaleza, y está afuera del museo.

Tratar de confrontar dos visiones del arte-en el capitalismo y en el socialismo-no pretende plantear una lucha entre mayorías-el pueblo-y, minorías-élites- sino entre la justicia y la injusticia, entre la verdad y la mentira. Se trata de forjar un verdadero proyecto de esperanzas, que sea útil para todos, especialmente para los niños.

El este de Caracas es, mayormente, un manicomio; esa gente anda con la mollera maluca y, el hígado enfermo, también. Es que la religión, la política, la educación transgénica y otros ingredientes bastante deformados-que han bebido por años- conforman un menjurje maluco. Esa cultura está impregnada de una ideología nefasta.

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