viernes, 23 de octubre de 2009

Exploraciones sobre las conexiones de la ciencia con la ética y la política (Parte II)

Manuel González Ávila (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La demarcación científica

Durante mucho tiempo, el problema de la demarcación científica (distinguir entre lo que es y lo que no es científico) era resuelto como si se tratara de una línea fronteriza o un punto que separa ambos terrenos. El criterio que tendría la función de servir como tal línea o punto serviría para separar de una manera precisa –aséptica, casi quirúrgica– el ámbito de la ciencia y el de la ideología. Ante la falta de argumentos en unos casos y de método en otros, los dilemas con respecto a este problema eran resueltos con base en un autoritarismo más bien propio de los sumos sacerdotes, es decir, dogmática y autoritariamente.

Es claro que la ciencia se distingue de otros procesos de conocimiento, como los del arte, la filosofía, el conocimiento empírico, el conocimiento construido en círculos deliberativos, y los procesos culturales. No son lo mismo. Cada una de estas esferas de la actividad humana tiene sus propios propósitos y procedimientos. Pero también es claro que con todos estos otros procesos de producción de pareceres, interpretaciones y explicaciones, la ciencia comparte áreas de traslape, bandas de gris en las que cualquier tipo de manifestación excluyente (p.e. “esto no es científico” o “este proyecto no es financiable por no ser científico”) encuentra graves dificultades para sostenerse y exige una sólida argumentación. Tal vez una guía para construir esos juicios, cuando existe la necesidad de hacerlo, la podemos encontrar en los principios enunciados antes. Con mayor razón si los juicios son construidos en forma dialogada y argumentada.

Adicionalmente, existen grandes temas y formas de estudio que sin pretensión científica tienen alto potencial para generar interpretaciones y nuevos significados para la ciencia misma y otros asuntos relacionados con ella. Algunos de estos podrían caber en la filosofía y la fenomenología, por ejemplo, ¿cuál es la función de la Universidad en América Latina? Y, ¿cuáles son los principios básicos de un centro de investigación? Otros, al menos parcialmente tendrían que ver con el arte; por ejemplo, ¿qué características necesita el ambiente de la investigación o una escuela dedicadas al cultivo de la reflexión, el pensamiento y la búsqueda del conocimiento? Los aportes derivados de esas preguntas podrían ser de un alto valor. Más todavía, las comprensiones ideológicas y culturales que todos tenemos sobre puntos similares nos ayudan a orientar nuestras vidas y encontrar sentido en el entorno social.

Valor social de la credibilidad

¿Cómo entendemos la realidad social? La totalidad social es siempre, inevitablemente, producida como una entidad interindividual a partir de una cadena interminable de creación, distribución y uso de recursos, interpretaciones, sentidos, discursos y acciones. Es un proceso infinitamente dinámico, interconectado, interminable, sin punto o ente externo desde el cual se ordena o explica. Es proceso socio histórico en permanente dinamismo de interacciones de individuos y grupos humanos entre sí y con el ambiente. La realidad social contiene instituciones que tienen un cierto grado de autonomía, para lo cual aprovechan recursos de la complejidad de sus contextos, por lo que se dice que tienen características de autopoiesis. Este concepto nos puede servir en el caso de las instituciones académicas que pueden alcanzar diversas formas y grados de autonomía con respecto a sus contextos, en cuyo caso puede decirse que tienen la propiedad de la autopoiesis, son semicerradas. Esta condición puede ser favorable para sostener la independencia de las instituciones de ciencia y educación ante medios sociales circundantes que son hostiles al pensamiento. Pero también, en sentido contrario, las características de la autopoiesis pueden tener incidencia negativa cuando obstaculizan los esfuerzos que tienden a la renovación cuando una institución se ha separado de los intereses sociales legítimos.

El decir que la totalidad social es una interminable e interconectada utilización de recursos, generación de interpretaciones, sentidos, discursos y acciones, es decir que no hay mano invisible, o proceso sin sujeto, que dirija los procesos o la totalidad general. Esto conduce a lo siguiente. Si esa totalidad depende de las interpretaciones que la sostienen y éstas se originan de individuos situados dentro de la sociedad, entonces tenemos una realidad social policéntrica. El desafío para el observador es, para empezar, un problema de colocación con todas sus facultades (razón, intuición, emoción, instinto) frente al objeto de estudio con perspectiva histórica en el presente con vistas a proyectos de futuro, sueños pendientes y esperanzas tanto individuales como colectivas. Podemos considerar entonces que la ciencia coopera o compite en ese medio con más o menos fortuna dependiendo de su fortaleza o debilidad. Podríamos aceptar que la credibilidad de la ciencia le ayuda a incrementar su fortaleza. Debemos pensar entonces que es necesario estudiar las maneras de crecer en credibilidad en los proyectos científicos.

La investigación construye credibilidad y, por eso, crea sentidos congruentes con los procesos del medio social cuando, además de los puntos que vimos cuando traté la pretensión de veracidad de la ciencia, adopta algunas características adicionales:

• Atiende problemas legítimos que tienen pertinencia social
• Es hecha con responsabilidad y atención a los principios básicos que le dan articulación en el sentido
• Atiende los requerimientos éticos y los derechos humanos referidos a los individuos y a los pueblos

Estas pautas pueden acercarnos a la calidad académica con pertinencia social como categoría orientadora. Las implicaciones de esta idea en el planteamiento de soluciones a los problemas de incoherencia social e histórica de las universidades son grandes. Sin duda debemos levantar la mayor credibilidad posible, con argumentos sólidos, sensibilidad y la mayor claridad posible ante la complejidad social.

Las interpretaciones no sólo dependen de quien las hace. Dependen también de cómo se hacen y cómo se expresan. Pueden hacerse desde una postura que omite en forma consciente o inconsciente su propio contexto histórico. Pueden hacerse con la intención de colocarse en una mejor situación de poder con respecto a otros pretendiendo utilizarlos para los fines propios. Pueden hacerse sólo sobre bases empíricas. O en forma bipolar, maniquea. Las expresiones de la interpretación respectiva reflejarán la forma de ver el mundo. Lo que podemos esperar para los procesos sociales, incluyendo la efectividad de una iniciativa dependerá de varios elementos en cada caso.

Vemos, por otro lado, la arraigada pretensión de tener (o simular que se tienen) certezas acerca de asuntos que creemos centrales para realizar una idea o proyecto. Rara vez nos damos cuenta que no pode¬mos tener certeza porque simplemente no es posible tener respuestas correc¬tas cuando hablamos del futuro. Porque no hay respuestas correctas cuando se trata de escoger opciones para un futuro que no es sólo de uno. Porque las mejores decisiones las tendremos cuando aprendamos a tomarlas en conjunto; y en ese caso no serán correctas, ¿quién puede probar que lo son? Pero sí pueden ser legítimas. La educación ciudadana y la política en general harían bien en considerar esta idea.

Aportes a los procesos sociopolíticos y éticos desde la ciencia

Es conveniente reconocer los traslapes y las bandas de gris que existen entre los procesos de construcción de imágenes, conocimientos e interpretaciones. No para cultivar autoritarismos –el autoritarismo deshumaniza y es inmoral– sino para aclarar cuáles son las reglas que sostienen nuestros argumentos. La pretensión dominante a mediados del siglo veinte, que el conocimiento daría lugar a tecnología y ésta al bienestar humano, ya no puede sostenerse. La ciencia no puede pretender la dirección del movimiento social, ni descalificar lo no científico. Pero sí puede examinar las razones implicadas en una iniciativa social y exponerlas a la discusión pública. Algunas de las que son propias de la ciencia ya han sido examinadas en los párrafos anteriores. El punto puede tener muchas implicaciones en la educación y en los procesos políticos, entre otros. El asunto central es que para la construcción democrática tenemos un valioso recurso en la racionalidad dialógica, en el pensar y reflexionar juntos para definir los próximos pasos.

Algunas escuelas de pensamiento cuestionan el valor de la racionalidad como recurso que usamos para resolver las situaciones de la vida diaria. Pero veremos que no ayuda en nada el descrédito a la filosofía y la ciencia, o a la racionalidad en general, como si fueran actividades humanas triviales. No lo son y podemos afirmarlo porque lo hemos vivido y lo sabemos por la historia. Hay valor y promesa en la racionalidad. Nuestra razón nos da sentido en la vida y a cada una de nuestras acciones. Aunque nos equivoquemos. Tal vez debiéramos saber expresarnos sin caer en reduccionismos: los seres humanos tenemos racionalidad, intuiciones, afectividad y vida instintiva como parte de nuestra subjetividad. La racionalidad (incluyendo a las intuiciones), la vida afectiva y el instinto son inseparables Los reconocemos juntos en la organización social y en la vida intelectual. Los podemos separar, analizándolos con la finalidad de comprenderlos. Si lo hacemos, debemos intentar el siguiente paso que es la síntesis. Vivimos ahora como especie humana porque estos y otros procesos nos han ayudado en la evolución y hoy lo hacen para vivir en el mundo y en la sociedad. Además es ya sabido que el cerebro humano maneja varias dimensiones en la subjetividad, no sólo la razón, y es altamente sensible a muchos reguladores, internos y externos. Excepción hecha de los casos inusuales, en el cerebro manejamos razones, intuiciones, emociones, instintos y otros procesos involuntarios, por medio de centros especializados para cada cual. Muchos son inconscientes. Además de los mecanismos de integración hormonal, nos integra una unidad del sistema nervioso que además regula a otros sistemas corporales y recibe información de ellos. No dejamos de realizar ninguna de las funciones esenciales durante la vida, cada una apoyándose en las otras en procesos altamente organizados. Nuestras funciones psicológicas son múltiples, complejas. Lejos de ser simples o aisladas. Nuestra subjetividad contiene todo eso.

Necesitamos conocimientos y comprensiones que faciliten a los intelectuales introducirse en las complejidades e incertidumbres de la realidad de nuestros países, con el cuidado de no reproducir los mismos errores circulares, es decir, aquellas medidas que llevan a lo mismo o que cambian para no cambiar. Las contribuciones de los intelectuales deben sustentar las esperanzas en su papel articulador de subjetividades, con nuevos sentidos para la acción y la participación. Deben ayudar a compartir los esfuerzos y las iniciativas con otros, acercando las capacidades para construir proyectos nuestros como latinoamericanos y caribeños, con autonomía y justicia, entre otros valores éticos, y además, las intervenciones deben ser oportunas, confiables y socialmente pertinentes.

Y en cuanto a las modalidades de vinculación social, las acciones con los diferentes sectores sociales deben parecerse más a la facilitación o el acompañamiento, sin asumir liderazgos automática y unilateralmente. La presencia social de las instituciones será mayor.

Algunos planteamientos filosóficos y metodológicos se oponen frontalmente a estos principios que he presentado. Muchas veces se viven en la cultura de las instituciones simplemente porque ya son parte de la ideología dominante. Eso es la falacia de las cosas como son. Esta falacia la reconocemos por su lenguaje: “es que así es…” o “…ésa es la forma como se hace…” y porque carece de la noción de lo que es legítimo. Nosotros preguntamos: ¿Y quién dispone cómo son o se hacen las cosas si no son las personas mismas? Ejemplos de esos planteamientos que critico se encuentran también entre los que consideran a las personas sólo como instrumentos (“recursos humanos”) o consumidores, no como fines en sí mismas.

Sin el recurso de la racionalidad hablada sólo queda el caos, el capricho autoritario y mayores injusticias.

La construcción del poder

La vida real y la intelectual están separadas en la educación y la in¬vesti¬gación formales, lo cual contiene profundas contradicciones. Por ejem¬plo, nos adherimos verbalmente a la democracia en el discurso y hacemos un ejercicio autoritario, a veces suavizado, en el salón de clase. Por el ejercicio rutinario de esta dicotomía entre discurso y práctica exponemos a los estudiantes a un ejemplo falaz. Les in¬ducimos a aprender una teoría sofisticada sobre la demo¬cracia, la cual ellos reproducen elocuentemente, sin realizar en su práctica diaria el contenido democrático que tan bien saben. Así termina¬mos muchas veces en los centros educativos produciendo líderes que son expertos instruidos sobre la teoría de 1a democracia, pero a la vez también son tiranos en su práctica. Esta es una profunda contradicción que hace reñir los productos con los propósitos.

La ciencia, por otro lado, es una actividad humanizante en su esencia. Aunque también hay que reconocer que algunos individuos que la practican pueden manifestar actitudes dogmáticas e intolerantes. Los valores de la ciencia son tratados en casi todos los textos básicos sobre la metodología científica. La mayoría hace énfasis en la búsqueda de la verdad como un valor relativo, lo cual im¬plica que la actitud científica, entre otras características, es la de aquél que atiende las diferentes formas de ver la realidad, observa las argumentaciones y las acepta aun a costa de modificar la perspectiva propia. La persona que tiene actitud científica escucha y reflexiona críticamente. Esta es la misma actitud de quien enfrenta un problema desde la ética y de quien delibera con otros en los procesos políticos de la democracia que no es sólo representativa. Algunos textos de autores clásicos tratan la vinculación de la ciencia con la justicia y diferentes aspectos éticos. La investigación científica actual ha montado con importancia creciente una constante vigilancia sobre diversos campos. En biotecno¬logía por ejemplo, los investigadores y los filósofos sostienen una permanente vigilancia sobre la experimenta¬ción científica desde la perspectiva de la dignidad de la persona humana, el respeto a la vida y otras consideraciones de orden moral.

Cada vez que abrimos un texto científico recibimos una invitación para rechazar el autoritarismo y el dogmatismo. La búsqueda constante de la verdad, la justicia y la libertad, así como el rechazo al autoritarismo y el dogmatismo son elementos favorables para la demo¬cracia. Para ello es indispensable proteger a las actividades científicas lo más que sea posible de la ingerencia de los intereses ajenos como los de la política sectaria y las ideologías, algunas de las cuales pueden ser muy engañosas. De esto nos advierte Mires muy enfáticamente.

¿Cómo podemos apoyar como científicos o filósofos al desarrollo sociopolítico de nuestros países? Seguramente de varias maneras, una de las cuales es el ejercicio cotidiano de la ciudadanía, es decir, como ciudadanos que tienen una educación formal y experiencias que dan capacidades para aportar contribuciones de valor, con responsabilidad, y ética en general. Indudablemente, en el ejercicio de lo que nos compete como trabajadores intelectuales, habrá muchos valores y reconocimientos en la dilucidación de los procesos que construyen la democracia en los ciudadanos y que abren oportunidades de relación entre la sociedad civil y el Estado. Hay promesa en la caracterización de los procesos que construyen poder político con los ciudadanos. Los puntos a tratar en este sentido, es decir, para construir un poder con ética, podemos apoyarnos en algunas comprensiones y acciones:

• La relación del conocimiento (y la ignorancia o las ideologías fundamentalistas) con el poder.
• Las complicaciones y subterfugios de la construcción de la voluntad política, el compromiso real y no sólo verbal de los dirigentes.
• Los procesos de fortalecimiento por medio de las variadas formas de organización, incluyendo la cooperación, las alianzas, las redes de apoyo, la estructura interna de las instituciones, los vínculos entre institución y contexto.
• Los procedimientos que sirven de base para construir la democracia con legitimidad, como los del diálogo auténtico, para distinguirlos de los que sirven para sojuzgar a otros, incluyendo las diferentes formas de irrespeto y abuso.
• Los métodos y contenidos de las evaluaciones por medio de las cuales serán retroalimentados los programas.
• La creación y el sostenimiento de los medios independientes de supervisión, vigilancia y transparencia, que se encarguen de examinar las decisiones y acciones de los directivos con el objetivo de exponerlas ante la crítica pública.
• Las modalidades de acompañamiento y facilitación, y la develación de los intentos de imposición y manipulación estratégica.
• Los reconocimientos a los logros, los premios y otros estímulos cuando son legítimos y proporcionados.
• El carácter positivamente retroalimentador de las acciones y las experiencias democráticas, así como también las de la solidaridad en círculos amplios.

El poder puede ser construido. Los anteriores son algunos de los medios que podemos utilizar en la construcción del poder democrático. A la vez son asuntos que podrían constituirse en objetos de la investigación. Sin duda desde la ciencia y la filosofía es posible contribuir a los procesos políticos. Estas líneas de estudio, algunas de las cuales han sido planteadas antes con relación a la facilitación de procesos culturales , sirven como ejemplos.

Nada más práctico que una buena teoría

Podríamos encontrar algunos sinergismos en la bús¬queda de la coherencia en un proceso de conocimiento y ética con respecto con la búsqueda de autodeterminación en un proceso político, y ésta a su vez con la participación democrática. Tener en alta estima la dignidad de la persona se refuerza con el empeño que ponemos para buscar postulados y métodos educativos integrales. Si aprendemos a tener en alta estima la diversi¬dad y la diferencia y actuamos coherentemente, podemos ver repercusiones consiguientes en la educación porque llevan a la reflexión e interconexión de varios asun¬tos: los enfoques multidimensionales, la participación de colectividades en los programas educativos, la inclusión de la ética y la estética en el proceso formativo, el trabajo en equipo y la comprensión y la práctica de la misión cívica de los centros educativos. Todos ellos tienen un potencial sinérgico favorable. Favorecen así la democracia.

Los centros educativos y académicos deben establecer relaciones de cooperación con otros sectores de la sociedad que, en un marco de respeto mutuo, coin¬cidan en el objetivo común de construir la sociedad y reducir las desigualdades. En el ambiente cotidiano, las maneras como el personal docente trata al o a la estudiante y cómo actúa frente a las diferencias individuales son puntos decisivos para impulsar un clima en el que todo el mundo aprenda y enseñe. Tratar a estudiantes y colegas con respeto a su dignidad como personas humanas es fundamental. Parte de ese respeto es saber escuchar. Saber escuchar es una cualidad apreciable para un educador, un científico o un político.

El punto central es que para promover un desarrollo que tenga las características que hemos propuesto, es necesario que de inicio sepamos reconocer los principales dilemas sociales. Es urgente que profundicemos en la comprensión de los problemas de género, los conflictos culturales y étnicos, los problemas de clase social, las necesidades de sobrevivencia de amplios sectores sociales, la diversidad de visiones del desarrollo, las tensiones entre la capacitación técnica en el marco de la globalización y la formación integral de los educandos, y otros. Una vez hemos aceptado cuáles son los principales asuntos que debemos discutir, nos queda la tarea de resolverlos por medios democráticos, es decir, no autoritarios. Esto significa que las necesidades e intereses son analizados dialógicamente, racionalmente y fundamentadamente, aprovechando el conocimiento disponible. En ello, el papel de las universidades toma relevancia.

Podemos esperar varios problemas. Por ejemplo, siempre habrá tendencia de algunos a resolver sus intereses (o su visión de los problemas) por medios autoritarios. Esto conlleva violencia abierta o solapada. Implica atropellos a la dignidad de las personas, despojos e injusticia. También podemos esperar en otros la trasgresión de las normas legítimas, con sus secuelas de corrupción, cinismo y aprovechamiento egoísta. Además, también hay que lidiar con el capricho, la arbitrariedad, el clientelismo, la mediocridad, la seducción engañosa y hasta las neurosis de algunos funcionarios públicos. En los últimos tiempos también hemos observado un fenómeno curioso que vincula el escepticismo con un relativismo despreocupado que por medio de diferentes discursos termina afirmando que nada importa o que cualquier argumentación por buena que sea “es sólo un relato más”. Sus enemigos son la razón y la ética. Ningunos de estos comportamientos ofrece alternativas aceptables para el desarrollo humano. En cambio sí hay una posibilidad en el diálogo racional y en la construcción de una institucionalidad legítima en la sociedad, el Estado y la misma universidad. Valdría la pena hacer el ejercicio de imaginarnos cómo podría ser un mundo con mayor deficiencia de diálogo e institucionalidad con legitimidad. Sería una situación nefasta. Sin embargo algunos parecen quererlo así.

Lo que argumento es que los complejos problemas de nuestros países deben ser enfrentados en su complejidad y que una pretendida solución reduccionista será un fracaso o, en el mejor de los casos, tendrá sólo beneficios a corto plazo.

En síntesis, el desarrollo necesario en los países latinoamericanos es un tipo de desarrollo centrado en las necesidades e ideales de las personas, como individuos y como sociedades, que toma en cuenta explícitamente los aspectos éticos, las aspiraciones y el bienestar material en todas las iniciativas que pretendan ser congruentes con ese desarrollo. Es un desarrollo legítimo, integral y sostenible. Para impulsarlo es fundamental que nuestros pueblos se apoyen en el ejercicio de la filosofía y la ciencia, junto con otros procesos con los cuales construimos la legitimidad. La razón está en su potencial de contribución de estas actividades humanas, pues los procesos inherentes a ellas implican una racionalidad dialogada e informada. Implica exposición de razones y la práctica del pensar en común. Si hemos de optar por los valores de la libertad y la justicia, ésa es una vía imprescindible. Los proyectos políticos legítimos deben incluir políticas específicas de ciencia y temas relacionados. Son una vía necesaria para sostener la esperanza.

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