sábado, 5 de diciembre de 2009

García Márquez inmerso en el general Bolívar

Luis Eduardo Saavedra Salazar (Desde Bogotá, Colombia. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Aun hoy, experimentamos el asombro del horror. Cuando se pensaba que era imposible encontrar otro límite a la infamia, una nueva atrocidad irrumpía ampliando al infinito ese límite del terror, en medio de otro estupor y otro escándalo. La patria anegada en sangre y lágrimas, camino de la paz. Es como si fuera un requisito ineluctable de la historia: recorrer el camino que conduce a la felicidad a sangre y fuego. Otros ya lo hicieron y alcanzaron, por lo menos, una relativa estabilidad, luego de desencadenar en el siglo pasado las mayores matanzas de la historia. Hoy, son nuestros mayores, se abisman de esta barbarie y nos miran con cierta compasión. “Con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud”, olvidando que “la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos”, decía García Márquez en su discurso de Estocolmo.
En El General en su laberinto, el Nobel retoma esta vieja controversia con los europeos, esa incapacidad de interpretarnos que los define, y frente a la cual la buena fe de sus consejos y esfuerzos solidarios se diluyen en un mar de palabrería vacua y actos de tal torpeza e inocuidad que sólo dejan un sabor de resentimiento en tanto latinoamericano que, lejos de su tierra, y por esta misma razón, padecen con mayor rigor su impotencia ante la incertidumbre de la patria.
En boca de Bolívar y Diocles Atlantique (personaje de El General en su laberinto), García Márquez recrea una de las tantas disputas que debió sostener en Europa sobre el destino de América Latina. Al francés lo caracteriza por su enciclopedismo farragoso y la insoportable propiedad con que plantea que todo lo bueno para los europeos es bueno para el resto del mundo. El aspecto central de su discusión de Estocolmo, no sólo lo inserta sino que lo amplía.
Había dicho García Márquez en Estocolmo que “tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construirse su propia muralla y otros 300 para tener un Obispo, que Roma se debatía en las tinieblas de la incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aun en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa como soldados de fortuna. Aun en el apogeo del renacimiento, doce mil ladquenets a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes”.
Ahora, Bolívar le espeta a Atlantique: “Si una historia está anegada de sangre, de indignidades, de injusticias, esa es la historia de Europa (...) La noche de san Bartolomé, el número de muertos pasó de dos mil en diez horas. En el esplendor del Renacimiento doce mil mercenarios a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes (...) Así que no nos hagan el favor de decirnos lo que debemos hacer. No traten de enseñarnos cómo debemos ser, no traten de que seamos iguales a ustedes, no pretendan que hagamos bien en veinte años lo que ustedes han hecho tan mal en dos mil.”
Y eso que García Márquez no podía poner en boca del General lo que aconteció en el siglo XX: dos conflagraciones mundiales desatadas por la Europa venerable. El genocidio atroz de Hiroshima y Nagasaki: la liquidación en masa de centenares de miles de hombres, mujeres y niños con los primeros rudimentos de la energía nuclear para entronizar un nuevo rey del mundo en un continente que se había autodestruido en pleno siglo XX, no sin antes contaminar con los peores vicios del fascismo a estas tierras vírgenes, cuya barbarie era edénica, si de confrontaciones se trata, y que nos costaron otros centenares de miles de vidas en muy pocos años a través de crímenes que se siguen repitiendo con una similitud siniestra.
Decía Cortázar que los escritores, si lo son verdaderamente, son como los caracoles que llevan la casita a cuestas. Esto le sirvió para que en su obra hasta los franceses hablaran en argentino. Y es difícil encontrar otro argentino que amara tanto a su país y, a su vez, haya dado tanto testimonio de ello. Sino que le pasó lo de Bolívar: por ampliar hasta la desmesura las fronteras de su patria se quedó desarraigado, como un fantasma trashumante por entre los confines de su América Latina, rumiando una nostalgia pavorosa.
Se puede estar anclado en París, pero no más. Se termina siendo un ciudadano de América Latina que añora los baños de cariaquito morado, que ceba el mate en las oficinas de la Unesco o que se tortura evocando la fragancia de la guayaba podrida para sustraer de la memoria el olor de su tierra. No es sino ver al Bolívar/García Márquez: “Se apoyó de espaldas al muro, sorprendido por el olor de las guayabas expuestas en una totuma sobre el alféizar de la ventana, y cuya fragancia viciosa saturaba por completo el ámbito del dormitorio. Permaneció así, con los ojos cerrados, aspirando el zahumerio de vivencias antiguas que le desgarraban el alma, hasta que se le acabó el aliento”.
Pero no bastaba olerlas, era preciso engullirlas, asimilarlas al torrente sanguíneo, poseerlas en un acto lento, sacramental: “Cedió a la tentación de coger una guayaba de las muchas que estaban en la totuma. Se embriagó un instante con el olor, le dio un mordisco ávido, masticó la pulpa con un deleite infantil, la saboreó por todos los lados y se la tragó poco a poco con un largo suspiro de la memoria”. No es un párrafo para tomarlo a la ligera, es una imagen desgarradora, de una sensualidad dolorosa: una alegoría de amor desesperado por la patria. Si la nostalgia toma esos ribetes, es comprensible lo que García Márquez le atribuye al sobrino de Bolívar: “El destino le deparó la inmensa fortuna de perder la memoria”. Así, no tendría que estar ansiando a nadie ni a nada, ni a su Caribe entrañable ni a su páramo remoto, con el que sostuvo una pugna pueril, ni tendría que sentirse muerto por ser un forastero en todas partes, cuando sabe que su patria es la misma de El Libertador: el corazón de cada colombiano.
Uno quisiera, finalmente, que el acento parisino de la rue Vivienne, que el autor le asigna a Bolívar, fuese una velada alusión a Cortázar, a la Galerie Vivienne de su cuento “El otro cielo”, el mejor acabado, según el mismo García Márquez. En los alrededores de la Galerie Vivienne vivía Lautréamont (“El otro cielo” entraña una especie de paralelo o, mejor, de reflejo especular de Lautréamont y Cortázar. Cortázar nació en Bruselas de padres diplomáticos argentinos, Lautréamont nació en Montevideo de padres diplomáticos franceses, etc.). Ya, en Cien años de soledad, había introducido a Rocamadour (personaje entrañable de Rayuela). Y no era gratuito. Cuando Cortázar murió, el Nobel escribió: “Me resisto a participar en los lamentos y elegías por Julio Cortázar. Prefiero seguir pensando en él como sin duda él lo quería, con el júbilo inmenso de que haya existido, con la alegría entrañable de haberlo conocido y la gratitud de que nos haya dejado una obra tal vez inconclusa, pero tan bella e indestructible como su recuerdo”.
El 16 de Agosto de 1.970, desde Saignon, Cortázar, a modo de presentación, le escribía a Fernández Retamar: “García Márquez me dijo ayer, espontáneamente, y sin la menor referencia de mi parte, que a partir de fin de año nada le gustaría más que visitar a Cuba. Su problema es de orden personal, de carácter; Gabo tiene horror a las conferencias, las reuniones multitudinarias (...) pienso que la Casa (de las Américas) debería ayudarlo un poco a vencer esa timidez enfermiza (...) Gabo no tiene problemas de tiempo, y si ustedes lo quisieran podría quedarse tres meses”. (!)

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