sábado, 5 de diciembre de 2009

Wittgenstein (1993)

Jesús Dapena Botero (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Director: Derek Jarman
Actores: Karl Johnson, Michael Gough, Clancy Chassay, Jill Balcon, Sally Dexter, Gina Marsh, Vanya Del Borgo, Ben Scantlebury
Guión: Ken Buttler, Terry Eagleton, Derek Jarman
Fotografía: James Welland
Montaje: Budge Tremlett
Música: Jan Latham-Koenig

La película es algo más que algo incisivamente homosexual, como dice alguna crítica; yo no pondría el énfasis en este aspecto, a pesar de que el director lo fuera y rodara el filme cuando padecía los tormentos de una enfermedad sicótica y así estén tan bien tratadas las escenas hemofílicas, que para mí, realmente son bastante secundarias, ya que lo que me parece más importante es el manejo un tanto surrealista, con un tris del non sense carrolliano, con cierto tono fellinesco, con su magnífico manejo de los colores intensos, el rosado Lola, los rojos, amarillos y azules más primarios, el lila, en fin toda una gama cromática, que, con el magnífico montaje, produce un gran placer estético para, con una narrativa ultramoderna, irnos contando la vida del filósofo austríaco, de sus vínculos con Bertrand Russell y Meynard Keynes, desde la perspectiva de un Wittgenstein niño y otro adulto, para darnos un esbozo de su filosofía del lenguaje, del lenguaje y su límites, así no salgamos de la experiencia con el conocimiento que implicaría leernos su Tractatus pero sí un poco inquietos por el problema que le llevó la vida al pensador.

Realmente la película es agradablemente sorprendente, al romper con los cánones del género biográfico, con el uso de una técnica cinematografía, denominada el fragmentarismo, que le viene muy bien a los juegos del lenguaje, acompasados de una banda sonora con una música muy agradable, con melodías de muchos de los grandes clásicos.

El director inglés nació en 1942 y estudiaría en la Slade School of Art de donde pasaría a montar su estudio, en el que trabajaría con intensidad en la década de 1970. Además de cineasta fue actor, escritor, poeta, escenógrafo, diseñador, pintor y activista de los movimientos gay, en la lucha por los Derechos de los Homosexuales. Derek Jarman siempre sería muy reconocido por la calidad de sus obras, desde su primera película de 1976, Sebastiane, la cual es hablada en latín y recrea la vida del santo, muerto bajo la persecución de Diocleciano, atravesado por flechas, una película que penetra en el sentimiento religioso, al lograr una mirada introspectiva de un hombre que vive la contradicción entre la fe y la experiencia de su propia naturaleza.

Pareciera ser que el cine biográfico ha atraído bastante a Jarman quien nos ha regalado con otros personajes como Caravaggio, diez años más tarde, y con Eduardo II en 1991, en una película en la que nos transporta al siglo XIV para hablarnos de los amores homosexuales de un rey con un muchacho del pueblo, amor que ocasiona los celos de la reina.

También en 1979 hizo una versión de la obra de William Shakespeare, La tempestad, en donde juega entre el gótico y el barroco, para examinar dos grandes problemas del ser humano, los del amor y el poder, en medio de un montón de paradojas, entre una melodiosa música y ruidosas discordias, entre la belleza y el horror, el romance y la venganza, la fantasía y la realidad, desde una mirada absolutamente personal, con un lenguaje vivo y vibrante, directo, para transmitirnos, a la manera de Orson Welles, una interpretación visceral de William Shakespeare y ubicarse entre los grandes artífices cinematográficos del cine shakespeariano, en un filme obscuro, nocturno, en el que hace aparecer mundos paralelos, con un colorido que nos acerca a los cuadros de Georges de la Tour, ese mago del claroscuro pero con reminiscencias del surrealismo de Magritte, para sumergirnos en un mundo de una elegancia fantasmagórica y transmitirnos una inmensa soledad, que bien pudiera hacernos meter un grito claustrofóbico, en un filme que le implicó una gran investigación, con un acompasamiento musical con vibraciones electrónicas, bien postmodernas, que le dan al filme cierto tono de opereta, llena de poesía y de magia, cercanas a la locura, de una manera bastante heterodoxa.

Pero el Caravaggio parece haber sido el más ambicioso y popular de sus filmes, una cinta que nos transporta al siglo XVI, para meternos en una especie de submundo moderno, al mostrarnos a un pintor moribundo y delirante, en medio de un cuadro febril, que vuelve a sus recuerdos, amores y obsesiones.

Su Eduardo II, en cambio, es un filme más erótico y político, más experimental, en busca de la provocación de sentimientos y apetitos; una película al parecer bastante incisiva, que nos mete en lo profundo del ser humano, con base en un drama en verso de Christopher Marlowe, el poeta isabelino, el verdadero creador de la imagen del doctor Fausto, el cual nos permite adentrarnos en las profundidades del alma, no sólo conducidos por las actuaciones de los personajes sino por la atmósfera que rodea la película, con sus opresivos muros de piedra, los pisos sucios, un mundo laberíntico, que se vuelven realmente sofocantes, dada la luminosidad que maneja el director, un mundo cercano al Infierno del Dante, en un ámbito absolutamente vanguardista, con toda una parafernalia que nos conduce a los más hondos recovecos del alma humana.

En www.youtube.com pueden verse algunos apartes de la película.

Jesús Dapena Botero es colombiano residente en España.

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