sábado, 25 de abril de 2009

Un triste caso


James Joyce

El señor James Duffy residía en Chapelizod porque quería vivir lo más lejos posible de la capital de que era ciudadano y porque encontraba todos los otros suburbios de Dublín mezquinos, modernos y pretenciosos. Vivía en una casa vieja y sombría y desde su ventana podía ver la destilería abandonada y, más arriba, el río poco profundo en que se fundó Dublín. Las altivas paredes de su habitación sin alfombras se veían libres de cuadros. Había comprado él mismo las piezas del mobiliario: una cama de hierro negro, un lavamanos de hierro, cuatro sillas de junco, un perchero-ropero, una arqueta, carbonera, un guardafuegos con sus atizadores y una mesa cuadrada sobre la que había un escritorio doble. En un nicho había hecho un librero con anaqueles de pino blanco. La cama estaba tendida con sábanas blancas y cubierta a los pies por una colcha escarlata y negra. Un espejito de mano colgaba sobre el lavamanos y durante el día una lámpara de pantalla blanca era el único adorno de la chimenea. Los libros en los anaqueles blancos estaban arreglados por su peso, de abajo arriba. En el anaquel más bajo estaban las obras completas de Wordsworth y en un extremo del estante de arriba había un ejemplar del Catecismo de Maynooth cosido a la tapa de una libreta escolar. Sobre el escritorio tenía siempre material para escribir. En el escritorio reposaba el manuscrito de una traducción de Michael Kramer de Hauptmann, con las acotaciones escénicas en tinta púrpura y una resma de papel cogida por un alfiler de cobre. Escribía una frase en estas hojas de cuando en cuando y, en un momento irónico, pegó el recorte de un anuncio de Píldoras de Bilis en la primera hoja. Al levantar la tapa del escritorio se escapaba de él una fragancia tenue -el olor a lápices de cedro nuevos o de un pomo de goma o de una manzana muy madura que dejara allí olvidada.

El señor Duffy aborrecía todo lo que participara del desorden mental o físico. Un médico medieval lo habría tildado de saturnino. Su cara, que era el libro abierto de su vida, tenía el tinte cobrizo de las calles de Dublín. En su cabeza larga y bastante grande crecía un pelo seco y negro y un bigote leonado que no cubría del todo una boca nada amable. Sus pómulos le daban a su cara un aire duro; pero no había nada duro en sus ojos que, mirando el mundo por debajo de unas cejas leoninas, daban la impresión de un hombre siempre dispuesto a saludar en el prójimo un instinto redimible pero decepcionado a menudo. Vivía a cierta distancia de su cuerpo, observando sus propios actos con mirada furtiva y escéptica. Poseía un extraño hábito autobiográfico que lo llevaba a componer mentalmente una breve oración sobre sí mismo, con el sujeto en tercera persona y el predicado en tiempo pretérito. Nunca daba limosnas y caminaba erguido, llevando un robusto bastón de avellano.

Fue durante años cajero de un banco privado de la Calle Baggot. Cada mañana venía desde Chapelizod en tranvía. A mediodía iba a Dan Burke a almorzar: una botella grande de láguer y una bandejita llena de bizcochos de arrorruz. Quedaba libre a las cuatro. Comía en una casa de comidas en la Calle George donde se sentía a salvo de la compañía de la dorada juventud dublinesa y donde había una cierta honestidad rústica en cuanto a la cuenta. Pasaba las noches sentado al piano de su casera o recorriendo los suburbios. Su amor por la música de Mozart lo llevaba a veces a la ópera o a un concierto: eran éstas las únicas liviandades en su vida.

No tenía colegas ni amigos ni religión ni credo. Vivía su vida espiritual sin comunión con el prójimo, visitando a los parientes por Navidad y acompañando el cortejo si morían. Llevaba a cabo estos dos deberes sociales en honor a la dignidad ancestral, pero no concedía nada más a las convenciones que rigen la vida en común. Se permitía creer que, dadas ciertas circunstancias, podría llegar a robar en su banco, pero, como estas circunstancias nunca se dieron, su vida se extendía uniforme -una historia exenta de peripecias.

Una noche se halló sentado junto a dos señoras en la Rotunda. La sala, en silencio y apenas concurrida, auguraba un rotundo fracaso. La señora sentada a su lado echó una mirada en redondo, una o dos veces, y después dijo:

-¡Qué pena que haya tan pobre entrada esta noche! Es tan duro tener que cantar a las butacas vacías.

Entendió él que dicha observación lo invitaba a conversar. Se sorprendió de que ella pareciera tan poco embarazada. Mientras hablaba trató de fijarla en la memoria. Cuando supo que la joven sentada al otro lado era su hija, juzgó que ella debía de ser un año menor que él o algo así. Su cara, que debió de ser hermosa, era aún inteligente: un rostro ovalado de facciones decisivas. Los ojos eran azul oscuro y firmes. Su mirada comenzaba con una nota de desafío pero, confundida por lo que parecía un deliberado extravío de la pupila en el iris, reveló momentáneamente un temperamento de gran sensibilidad. La pupila se enderezó rápida, la naturaleza a medias revelada cayó bajo el influjo de la prudencia, y su chaqueta de astracán, que modelaba un busto un tanto pleno, acentuó definitivamente la nota desafiante.

La encontró unas semanas más tarde en un concierto en Earlsfort Terrace y aprovechó el momento en que la hija estaba distraída para intimar. Ella aludió una o dos veces a su esposo, pero su tono no era como para convertir la mención en aviso. Se llamaba la señora Sinico. El tatarabuelo de su esposo había venido de Leghom. Su esposo era capitán de un buque mercante que hacía la travesía entre Dublín y Holanda; y no tenían más que una hija.

Al encontrarla casualmente por tercera vez halló valor para concertar una cita. Ella fue. Fue éste el primero de muchos encuentros; se veían siempre por las noches y escogían para pasear las calles más calladas. Al señor Duffy, sin embargo, le repugnaba la clandestinidad y, al advertir que estaban condenados a verse siempre furtivamente, la obligó a que lo invitara a su casa. El capitán Sinico propiciaba tales visitas, pensando que estaba en juego la mano de su hija. Había eliminado aquél a su esposa tan francamente de su elenco de placeres que no sospechaba que alguien pudiera interesarse en ella. Como el esposo estaba a menudo de viaje y la hija salía a dar lecciones de música, el señor Duffy tuvo muchísimas ocasiones de disfrutar la compañía de la dama. Ninguno de los dos había tenido antes una aventura y no parecían conscientes de ninguna incongruencia. Poco a poco sus pensamientos se ligaron a los de ella. Le prestaba libros, la proveía de ideas, compartía con ella su vida intelectual. Ella era todo oídos.

En ocasiones, como retribución a sus teorías, ella le confiaba datos sobre su vida. Con solicitud casi maternal ella lo urgió a que le abriera su naturaleza de par en par; se volvió su confesora. Él le contó que había asistido en un tiempo a los mítines de un grupo socialista irlandés, donde se sintió como una figura única en medio de una falange de obreros sobrios, en una buhardilla alumbrada con gran ineficacia por un candil. Cuando el grupo se dividió en tres células, cada una en su buhardilla y con un líder, dejó de asistir a aquellas reuniones. Las discusiones de los obreros, le dijo, eran muy timoratas; el interés que prestaban a las cuestiones salariales, desmedido. Opinaba que se trataba de ásperos realistas que se sentían agraviados por una precisión producto de un ocio que estaba fuera de su alcance. No era probable, le dijo, que ocurriera una revolución social en Dublín en siglos.

Ella le preguntó que por qué no escribía lo que pensaba. Para qué, le preguntó él, con cuidado desdén. ¿Para competir con fraseólogos incapaces de pensar consecutivamente por sesenta segundos? ¿Para someterse a la crítica de una burguesía obtusa, que confiaba su moral a la policía y sus bellas artes a un empresario?

Iba a menudo a su chalecito en las afueras de Dublín y a menudo pasaban la tarde solos. Poco a poco, según se trenzaban sus pensamientos, hablaban de asuntos menos remotos. La compañía de ella era como un clima cálido para una planta exótica. Muchas veces ella dejó que la oscuridad los envolviera, absteniéndose de encender la lámpara. El discreto cuarto a oscuras, el aislamiento, la música que aún vibraba en sus oídos, los unía. Esta unión lo exaltaba, limaba las asperezas de su carácter, hacía emotiva su vida intelectual. A veces se sorprendía oyendo el sonido de su voz. Pensó que a sus ojos debía él alcanzar una estatura angelical; y, al juntar más y más a su persona la naturaleza fervorosa de su acompañante, escuchó aquella extraña voz impersonal que reconocía como propia, insistiendo en la soledad del alma, incurable. Es imposible la entrega, decía la voz: uno se pertenece a sí mismo. El final de esos discursos fue que una noche durante la cual ella había mostrado los signos de una excitación desusada, la señora Sinico le cogió una mano apasionadamente y la apretó contra su mejilla.

El señor Duffy se sorprendió mucho. La interpretación que ella había dado a sus palabras lo desilusionó. Dejó de visitarla durante una semana; luego, le escribió una carta pidiéndole encontrarse. Como él no deseaba que su última entrevista se viera perturbada por la influencia del confesionario en ruinas, se encontraron en una pastelería cerca de Parkgate. El tiempo era de aterido otoño, pero a pesar del frío vagaron por los senderos del parque cerca de tres horas. Acordaron romper la comunión: todo lazo, dijo él, es una atadura dolorosa. Cuando salieron del parque caminaron en silencio hacia el tranvía; pero aquí empezó ella a temblar tan violentamente que, temiendo él otro colapso de su parte, le dijo rápido adiós y la dejó. Unos días más tarde recibió un paquete que contenía sus libros y su música.

Pasaron cuatro años. El señor Duffy retornó a su vida habitual. Su cuarto era todavía testigo de su mente metódica. Unas partituras nuevas colmaban los atriles en el cuarto de abajo y en los anaqueles había dos obras de Nietzsche: Así hablaba Zaratustra y La Gaya Ciencia. Muy raras veces escribía en la pila de papeles que reposaba en su escritorio. Una de sus sentencias, escrita dos meses después de la última entrevista con la señora Sinico, decía: El amor entre hombre y hombre es imposible porque no debe haber comercio sexual, y la amistad entre hombre y mujer es imposible porque debe haber comercio sexual. Se mantuvo alejado de los conciertos por miedo a encontrarse con ella. Su padre murió; el socio menor del banco se retiró. Y todavía iba cada mañana a la ciudad en tranvía y cada tarde caminaba de regreso de la ciudad a la casa, después de comer con moderación en la Calle George y de leer un vespertino como postre.

Una noche, cuando estaba a punto de echarse a la boca una porción de cecina y coles, su mano se detuvo. Sus ojos se fijaron en un párrafo del diario que había recostado a la jarra del agua. Volvió a colocar el bocado en el plato y leyó el párrafo atentamente. Luego, bebió un vaso de agua, echó el plato a un lado, dobló el periódico colocándolo entre sus codos y leyó el párrafo una y otra vez. La col comenzó a depositar una fría grasa blancuzca en el plato. La muchacha vino a preguntarle si su comida no estaba bien cocida. Él respondió que estaba muy buena y comió unos pocos bocados con dificultad. Luego, pagó la cuenta y salió.

Caminó rápido en el crepúsculo de noviembre, su robusto bastón de avellano golpeando el suelo con regularidad, el borde amarillento del informativo Mail atisbando desde un bolsillo lateral de su ajustada chaqueta-sobretodo. En el solitario camino de Parkgate a Chapelizod aflojó el paso. Su bastón golpeaba el suelo menos enfático y su respiración irregular, casi con sonido de suspiros, se condensaba en el aire invernal. Cuando llegó a su casa subió enseguida a su cuarto y, sacando el diario del bolsillo, leyó el párrafo de nuevo a la mortecina luz de la ventana. No leyó en voz alta, sino moviendo los labios como hace el sacerdote cuando lee la secreta. He aquí el párrafo:

MUERE UNA SEÑORA EN LA ESTACIÓN DE SYDNEY PARADE
Un Triste Caso
En el Hospital Municipal de Dublín, el fiscal forense auxiliar (por ausencia del señor Leverett) llevó a cabo hoy una encuesta sobre la muerte de la señora Emily Sinico, de cuarenta y tres años de edad, quien resultara muerta en la estación de Sydney Parade ayer noche. La evidencia arrojó que al intentar cruzar la vía, la desaparecida fue derribada por la locomotora del tren de Kingston (el correo de las diez), sufriendo heridas de consideración en la cabeza y en el costado derecho, a consecuencia de las cuales hubo de fallecer.

El motorista, James Lennon, declaró que es empleado de los ferrocarriles desde hace quince años. Al oír él pito del guardavías, puso el tren en marcha, pero uno o dos segundos después tuvo que aplicar los frenos en respuesta a unos alaridos. El tren iba despacio.

El maletero P. Dunne declaró que el tren estaba a punto de arrancar cuando observó a una mujer que intentaba cruzar la vía férrea. Corrió hacia ella dando gritos, pero, antes de que lograra darle alcance, la infortunada fue alcanzada por el parachoques de la locomotora y derribada al suelo.

Un miembro del jurado. - ¿Vio usted caer a la señora?

Testigo. - Sí.

El sargento de la policía Croly declaró que cuando llegó al lugar del suceso encontró a la occisa tirada en la plataforma, aparentemente muerta. Hizo trasladar el cadáver al salón de espera, pendiente de la llegada de una ambulancia.

El gendarme 57 corroboró la declaración.

El doctor Halpin, segundo cirujano del Hospital Municipal de Dublín, declaró que la occisa tenía dos costillas fracturadas y había sufrido severas contusiones en el hombro derecho. Recibió una herida en el lado derecho de la cabeza a resultas de la caída. Las heridas no habrían podido causar la muerte de una persona normal. El deceso, según su opinión, se debió a un trauma y a un fallo cardíaco repentino.

El señor H. B. Patterson Finlay expresó, en nombre de la compañía de ferrocarriles, su más profunda pena por dicho accidente. La compañía, declaró, ha tomado siempre precauciones para impedir que los pasajeros crucen las vías si no es por los puentes, colocando al efecto anuncios en cada estación y también mediante el uso de barreras de resorte en los pasos a nivel. La difunta tenía por costumbre cruzar las líneas, tarde en la noche, de plataforma en plataforma, y en vista de las demás circunstancias del caso, declaró que eximía a los empleados del ferrocarril de toda responsabilidad.

El capitán Sinico, de Leoville, Sydney Parade, esposo de la occisa, también hizo su deposición. Declaró que la difunta era su esposa, que él no estaba en Dublín al momento del accidente, ya que había arribado esa misma mañana de Rótterdam. Llevaban veintidós años de casados y habían vivido felizmente hasta hace cosa de dos años, cuando su esposa comenzó a mostrarse destemplada en sus costumbres.

La señorita Mary Sinico dijo que últimamente su madre había adquirido el hábito de salir de noche a comprar bebidas espirituosas. Atestiguó que en repetidas ocasiones había intentado hacer entrar a su madre en razón, habiéndola inducido a que ingresara en la liga antialcohólica. La joven declaró no encontrarse en casa cuando ocurrió el accidente.

El jurado dio su veredicto de acuerdo con la evidencia médica y exoneró al mencionado Lennon de toda culpa.

El fiscal forense auxiliar dijo que se trataba de un triste caso y expresó su condolencia al capitán Sinico y a su hija. Urgió a la compañía ferroviaria a tomar todas las medidas a su alcance para prevenir la posibilidad de accidentes semejantes en el futuro. No se culpó a terceros.

El señor Duffy levantó la vista del periódico y miró por la ventana al melancólico paisaje. El río corría lento junto a la destilería y de cuando en cuando se veía una luz en una casa en la carretera a Lucan. ¡Qué fin! Toda la narración de su muerte lo asqueaba y lo asqueaba pensar que alguna vez le habló a ella de lo que tenía por más sagrado. Las frases deshilvanadas, las inanes expresiones de condolencia, las cautas palabras del periodista habían conseguido ocultar los detalles de una muerte común, vulgar, y esto le atacó al estómago. No era sólo que ella se hubiera degradado; lo degradaba a él también. Vio la escuálida ruta de su vicio miserable y maloliente. ¡Su alma gemela! Pensó en los trastabillantes derrelictos que veía llevando latas y botellas a que se las llenara el dependiente. ¡Por Dios, qué final! Era evidente que no estaba preparada para la vida, sin fuerza ni propósito como era, fácil presa del vicio: una de las ruinas sobre las que se erigían las civilizaciones. ¡Pero que hubiera caído tan bajo! ¿Sería posible que se hubiera engañado tanto en lo que a ella respectaba? Recordó los exabruptos de aquella noche y los interpretó en un sentido más riguroso que lo había hecho jamás. No tenía dificultad alguna en aprobar ahora el curso tomado.

Como la luz desfallecía y su memoria comenzó a divagar pensó que su mano tocaba la suya. La sorpresa que atacó primero su estómago comenzó a atacarle los nervios. Se puso el sobretodo y el sombrero con premura y salió. El aire frío lo recibió en el umbral; se le coló por las mangas del abrigo. Cuando llegó al pub del puente de Chapelizod entró y pidió un ponche caliente.

El propietario vino a servirle obsequioso, pero no se aventuró a dirigirle la palabra. Había cuatro o cinco obreros en el establecimiento discutiendo el valor de la hacienda de un señor del condado de Kildare. Bebían de sus grandes vasos a intervalos y fumaban, escupiendo al piso a menudo y en ocasiones barriendo el aserrín sobre los salivazos con sus botas pesadas. El señor Duffy se sentó en su banqueta y los miraba sin verlos ni oírlos. Se fueron después de un rato y él pidió otro ponche. Se sentó ante el vaso por mucho rato. El establecimiento estaba muy tranquilo. El propietario estaba tumbado sobre el mostrador leyendo el Herald y bostezando. De vez en cuando se oía un tranvía siseando por la desolada calzada.

Sentado allí, reviviendo su vida con ella y evocando alternativamente las dos imágenes con que la concebía ahora, se dio cuenta de que estaba muerta, que había dejado de existir, que se había vuelto un recuerdo. Empezó a sentirse desazonado. Se preguntó qué otra cosa pudo haber hecho. No podía haberla engañado haciéndole una comedia; no podía haber vivido con ella abiertamente. Hizo lo que creyó mejor. ¿Tenía él acaso la culpa? Ahora que se había ido ella para siempre entendió lo solitaria que debía haber sido su vida, sentada noche tras noche, sola, en aquel cuarto. Su vida sería igual de solitaria hasta que él también muriera, dejara de existir, se volviera un recuerdo -si es que alguien lo recordaba.

Eran más de las nueve cuando dejó el pub. La noche era fría y tenebrosa. Entró al parque por el primer portón y caminó bajo los árboles esmirriados. Caminó por los senderos yermos por donde habían andado cuatro años atrás. Por momentos creyó sentir su voz rozar su oído, su mano tocando la suya. Se detuvo a escuchar. ¿Por qué le había negado a ella la vida? ¿Por qué la condenó a muerte? Sintió que su existencia moral se hacía pedazos.

Cuando alcanzó la cresta de Magazine Hill se detuvo a mirar a lo largo del río y hacia Dublín, cuyas luces ardían rojizas y acogedoras en la noche helada. Miró colina abajo y, en la base, a la sombra del muro del parque, vio unas figuras caídas: parejas. Esos amores triviales y furtivos lo colmaban de desespero. Lo carcomía la rectitud de su vida; sentía que lo habían desterrado del festín de la vida. Un ser humano parecía haberlo amado y él le negó la felicidad y la vida: la sentenció a la ignominia y a morir de vergüenza. Sabía que las criaturas postradas allá abajo junto a la muralla lo observaban y deseaban que acabara de irse. Nadie lo quería; era un desterrado del festín de la vida. Volvió sus ojos al resplandor gris del río, serpeando hacia Dublín. Más allá del río vio un tren de carga serpeando hacia la estación de Kingsbridge, como un gusano de cabeza fogosa serpeando en la oscuridad, obstinado y laborioso. Lentamente se perdió de vista; pero todavía sonó en su oído el laborioso rumor de la locomotora repitiendo las sílabas de su nombre.

Regresó lentamente por donde había venido, el ritmo de la máquina golpeando en sus oídos. Comenzó a dudar de la realidad de lo que la memoria le decía. Se detuvo bajo un árbol a dejar que murieran aquellos ritmos. No podía sentirla en la oscuridad ni su voz podía rozar su oído. Esperó unos minutos, tratando de oír. No se oía nada: la noche era de un silencio perfecto. Escuchó de nuevo: perfectamente muda. Sintió que se había quedado solo.

James Joyce: Novelista y poeta irlandés (1882-1941) cuya agudeza psicológica e innovadoras técnicas literarias expresadas en su novela épica “Ulises” le convierten en uno de los escritores más importantes del siglo XX.


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Salgo a caminar… Homenaje a Armando Tejada Gómez a los 80 años de su nacimiento


Miguel Longarini

Corría el año 1929 y por esos tiempos, comienza a caminar la vida Armando Tejada Gómez, uno de los tantos niños pobres de nuestra Argentina, en años de extremada escasez de igualdad y abundante falta de oportunidades.

Un día 21 de abril fue parido como sus 23 hermanos. Tal vez ese día doña Florencia Gómez, con algo más de costumbre y menos temor de madre primeriza, le ofrendaba un hijo más a la patria.

Su padre Lucas Tejada, que era tropero, quizás se encontraba arreando ganado en ese otoño del Cuyum Huarpe o País de las Arenas, tratando de hacer su oficio cuando a orillas del zanjón Guaymallén mendocino, una de sus raíces, lanzaba ya, un primer grito de libertad que quedó dando vueltas, entre la mirada sorprendida de la comadrona.

Nadie supo por qué ese niño de La Media Luna, andante de greda y horizontes desiertos pudo, armarse de viento y arremolinarse en el tiempo.

Debe ser un hijo de Hunuc Huar (Dios de la Montaña), solían decir quienes habían puesto interés en la forma de hacerse espacio que iba teniendo el chiquilín, que por pertenecer a una familia enorme, había sido ubicado con familiares en el campo, para aliviar la olla, que en la casa de los Tejada, como en la de tantos criollos, no alcanzaba pa’ tanta panza con hambre. Allí correteaba este pequeño ayudando en las tareas y aprendiendo unas poquitas letras de la mano de su tía Fidela Pavón, hasta que la vida le creció en alas y comenzó su etapa de hacer el día; de aprehender la vida.

Sus cumpas de los distintos oficios, los de la calle, los de alpargatas de uña sonriente le habían echado el ojo para la pelea tanto con los puños, como con la palabra. Vaya si supo vistear al enemigo y acertarle un verso en plena jeta, que dolía más que cien trompadas al hígado. No era casual, dado que el Armando “El Negrito de la Medialuna” lanzaba sus poemas que decía en las esquinas; en los boliches de vino obrero; en los ranchos de buena muerte…

Hasta que llegó el día en que la poesía lo vistió de “poeta de los pobres” y así, armado de palabras, lo presenta en sociedad cruzando los umbrales de la clase instruida y elegidos de la época. Ahí se le reconoce su mirada distinta en saber apreciar el poder que otorga el sentirse intelectual o saberse poseedor de un mandato de los sin voz; de los des-heredados de la tierra. En esa juventud aparecieron sus primeros libros, que luego fueron premiados por siempre. Todo de golpe se le entremezcla a este hombre hecho desde el suelo mismo que pisaba: Su trabajo de albañil, canillita, locutor y sus amores inclaudicables. Eso que había sido inalcanzable como la lectura de los grandes de la literatura; el mundo de las letras y el orgullo inalterable de su origen huarpe, además el de ser hijo de la tierra y hermano de los desposeídos del mundo.

Imparable en su mirar y ver, siendo muy joven y padre ya, entiende que la política debía agregar voces nuevas con sangre hecha desde el barro del pueblo y se integra a un espacio en la legislatura mendocina como diputado, cargo que honra a sus compañeros con su laboriosa coherencia y marcado compromiso. Luego comienza la marcha hacia la gran metrópolis, los recitales, sus canciones cantadas por la gente, su militancia gremial y social. Su irrupción en un nuevo formato innovador de la canción popular, sus ediciones de poemarios y novelas como Dios era Olvido, premiada en Bilbao - España y agotada como toda su obra. Vale recordar los años “Bajo estado de Sangre “tal como él llamaba al período de la larga dictadura genocida, que prohibió hasta su silencio.

Dueño de una personalidad arrolladora y brillante capacidad de asumir los roles que se le presentaban, entre los que se encontraba el de ser padre/hermano de tantos hijos/hermanos que la vida se encargó de poner en él, para quienes compartió con TODOS su corazón de viento y su voz de campana.

Hasta aquí, he tratado de describir resumidamente los distintos pasajes de uno de los máximos referentes que tenemos quienes así lo consideramos a nuestro Armando Tejada Gómez, poeta fundamental de la provincia de Mendoza quién, estos días anda de calendario, recordando que se cumplen 80 años de su alumbramiento.

Es de festejar con vino y canto esta fecha; también es siempre necesario su presente y de buen hijo recordarlo.

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Brevedad, I love you

Marcos Winocur (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Cada vez que alguien amenaza con darme una explicación, elevo mis plegarias a la diosa Brevedad, madre del dios Síntesis. Pero a la gente no le importa, aunque luego repita: “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Que, les diré, se llega al mismo resultado por otra vía: lo bueno, si bueno, dos veces bueno. Claro, lo ideal es: lo bueno, si bueno y breve, tres veces bueno.

En fin, a la gente no le importa, salvo ciertas capas de jóvenes estudiantes. “¿Ta mi ma?”, me dijo el otro día por teléfono el hijo de mi mujer, queriendo significar: ¿está mi mamá? Al parecer, se trata de limitarse a una o dos silas, digo, a una o dos sílabas. Claro, puede prestarse a confusiones y el “¿ta mi ma?” querer decir: ¿tallaste mi madera? O bien: ¿tanta miniserie malísima? En fin, yo rindo homenaje a la juventud que, a contar de la masificación de la telefonía celular, se ha volcado a comunicarse de la manera más abreviada posible, dejando mensajes que serán leídos y contestados a la manera del antiguo chat, pero más veloces y sin necesidad de entablar una conversación, atendiendo a necesidades de la vida social y de la vida práctica. Y sobretodo ¡abreviados! Un ejemplo: tqm / Y+. Traducción: te quiero mucho / Yo más.

Les diré, acordándome de un viejo cuento, trasladé la brevedad al seno de mi familia y puse a mi hijo el nombre de Nicasio. Les explico. Un cuate, también en la onda de abreviar, bautizó a su hijo con una letra: “O”. El niño se llama “O” y, se dijo el cuate: ¿qué más corto que una sola letra? Podrán empatarme pero nunca seré superado. Otro cuate salió entonces al paso. Sí hay un nombre más corto que “O”. ¿Cuál? Éste: Casio. ¿Cómo...? Sí, Casi-O. No se habían repuesto de la sorpresa, cuando yo anuncié. Tengo uno más corto todavía. ¿Cuál? Éste: Nicasio, es decir, Ni-casi-O. Y con ese nombre bauticé a mi hijo, que se llama Nicasio Winocur.

Hay verdaderas luchas por lograr las mejores marcas, vean las olimpíadas, que vienen de la época de los griegos. A mí me entusiasman los record en brevedad. Por ejemplo, el cuento más corto. En la mejor tradición, la mini de Tito Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.” Y también esta otra, cuyo autor se adivina: “Hágase la luz. Y la luz se hizo”. Fíjense, se plantea el conflicto: ¿será acatada la orden de Dios? Y el desenlace, neto, sin ambigüedades: “Y la luz se hizo”. Una chulada de brevedad.

Y una tercera mini, que a la vez es un dicho: “Veni, vidi, vinci.” Su autor, Julio César, el gran romano antiguo. Vean. Es una estructura del cuento perfectamente ajustada. Una acción y tres momentos: “veni”, el protagonista llega al lugar de los hechos, al escenario. Es decir, “llegué”. La segunda palabra corresponde al desarrollo del cuento y testimonia el reconocimiento del terreno antes de la batalla. Es: “vidi”. Claro, desde el comienzo se sabe que el protagonista y relator en primera persona es Julio César, de modo que no estamos hablando de la recolección de las rosas en otoño, sino de la guerra. Y la tercera palabra da el desenlace del cuento: “vinci”.

¿No es genial? Entre “vidi” y “vinci” está sobreentendido que hubo la batalla cuyo resultado se da en la tercera palabra. Un cuento donde nada falta, donde nada sobra. Tres brevísimas palabras, cada una comienza con la misma letra, toda una historia condensada con elegancia en la escritura. Y como el lector sabe, tanta es su universalidad que se ha convertido en proverbio latino de cita usual.

¿Cómo ves? Chido, dice mi amigo, el joven abreviador del “¿ta mi ma?”. Y uno de sus cuates, que ha leído este artículo, agrega: chingonsísimo. Y un tercero cierra los elogios, esta vez con dos palabras: de pelos.

Y yo, encantado: “llegué, escribí, me leyeron”. ¿A qué más podría aspirar?

Vocabulario mexicano
Chido: muy bueno
Chingonsísimo: requetebueno
De pelos: que viene justo a propósito

Marcos Winocur es argentino residente en México.


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Enfoque de China: Guerreros de Terracota serían en realidad sirvientes, dice experto


XINHUA

Un historiador y académico chino está refutando la interpretación moderna del ejército de terracota del Primer Emperador, afirmando que las figuras serían sirvientes y guardaespaldas, y no guerreros, como cree la mayoría de la gente.

"Las figuras de arcilla deben ser interpretadas como copias de los guardianes y sirvientes del emperador", dice Liu Jiusheng, profesor asociado de historia de la Universidad Normal de Shaanxi. "La forma en que están distribuidos en las fosas, con carrozas y caballos, es propia de grandiosas ceremonias con la presencia del emperador", sostiene.

Mucha gente cree que el ejército, de unos 2.200 años de antigüedad y sepultado alrededor del mausoleo del primer emperador de la dinastía Qin, ubicado a unos 35 kilómetros al este de la ciudad de Xi'an, tendría la "misión" de ayudar a éste a gobernar en el más allá. Tanto para el común de los chinos como de los extranjeros interesados en el tema, las figuras son conocidas como "los guerreros y caballos de terracota".

Liu, un experto en la historia Qin (221-207 a.C.), y quien ha venido estudiando el hallazgo durante más de 20 años, ha descartado esa hipótesis.

"Enterrar guerreros de terracota en mausoleos imperiales va en contra de las tradiciones chinas, tradicionalmente los chinos valoramos la paz en la vida que hay después de la muerte", dice.

En un artículo publicado este mes sobre sus investigaciones, Liu asegura que lo más probable es que las estatuas de arcilla hayan sido moldeadas a partir de funcionarios de la corte imperial, sirvientes y guardaespaldas, todos los cuales eran personas de un alto estatus social. "Hombres de origen humilde o soldados ordinarios no podrían haber llegado a estar tan cerca del emperador, ni siquiera en su mausoleo", argumenta.

El "ejército" fue sepultado cerca de la entrada principal del mausoleo, lugar que estaba vedado para la gente del común. Sólo los funcionarios de más alto nivel, los guardaespaldas y los servidores más cercanos del gobernante podían estar allí, continúa el experto.

La altura promedio de las figuras es de 1,90 metros, una talla muy superior a la de los chinos del pasado e incluso de los de hoy en día. "La gente común y corriente no era tan alta. Es probable que (los escultores) los hayan elaborado más altos (deliberadamente) con el fin de mostrar su estatus", sostiene.

El argumento de Liu no goza todavía de gran aceptación, pero ofrece un nuevo ángulo para estudiar a los terracotas, dice el profesor Duan Qingbo, un reconocido historiador de la Universidad de Noroeste, ubicada en Xi'an, capital de la septentrional provincia de Shaanxi.

"Han pasado 35 años desde cuando fueron descubiertos los guerreros de terracota y aún estamos explorando nuevas áreas y perspectivas (sobre ellos)", asegura Duan.

El ejército fue descubierto en el distrito de Lintong, cerca de Xi'an, en 1974 por unos campesinos que estaban cavando un pozo para obtener agua. Fueron halladas más de 1.000 figuras de tamaño natural, las cuales, de acuerdo con la explicación más difundida hasta hoy, representan una armada imperial de funcionarios, arqueros, músicos, caballos y carrozas. No hay dos figuras idénticas, cada una de las estatuas, de color arena, tiene una expresión facial y un peinado diferentes, por lo que se cree que los artesanos las moldearon tomando como base a seres humanos reales.

El hallazgo, que hace parte de la lista de patrimonio cultural de la humanidad de la UNESCO desde diciembre de 1987, ha convertido a Xi'an en una de las atracciones turísticas más importantes del país.

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Crisis y Cultura

Tito Alvarado (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

A fines del año 2008 se ha hecho visible un proceso que venía de antes, el quiebre, que puede ser definitivo, del sistema. Cuando son ellos los que pierden se le llama crisis, pero cuando son millones los pobres aumentando en número y en pobreza, esas cifras de seres humanos en la constante frustración y única preocupación de pasar el día, no cuentan. Esta crisis se prolongará por todo el año 2009 y nadie nos puede decir que no seguirá creciendo en el 2010. Las cifras en contra y sus nefastas consecuencias irán aumentando con los sacrificios y dramas que ello significa para varios miles de millones de seres humanos y también para la naturaleza en todo el planeta.

En este periodo, entre muchas malas noticias, tendremos tres constantes:

una, la política de políticos fuera de la realidad con soluciones de parche en sus intentos desesperados por mantener el control y los privilegios. Surgirán otras visiones aportando soluciones de fondo, nada indica que vayan a ser escuchadas o que tengan la audacia de encontrar la fórmula que permita sumar caudales de cambio;

dos, la efervescencia social, desde los esfuerzos individuales por sobrevivir hasta la lucha organizada en pequeños grupos o en grandes frentes. Los primeros recurrirán a vender todo lo que les sea posible vender, incluido su propio cuerpo, o trabajar en oficios “inusuales”, por decir algo que se aproxime, y hasta trabajar por lo justo para sobrevivir. Se perderán los sueños y la vergüenza. Los que vean en la organización entre iguales su tabla de salvación, deberán recurrir a la imaginación y a la presión para no retroceder en dignidad y mantener la esperanza y la solidaridad: ollas comunes, manifestaciones y protestas. Si lograran avanzar y convertirse en una fuerza que amenace el sistema, el poder echará mano a sus aparatos armados para acallarlos;

tres, la violencia, un factor de desquilibrio que estará presente en todas sus formas, grados y niveles sociales. Quizá la principal sea la delincuencia común expresada en robos menores, asaltos, secuestros y muertes por unos pocos pesos, pero también estará presente el asesinato de familias completas, luego el suicidio del asesino y la policía reprimiendo a quienes manifiestan su descontento. En menos medida podrá darse que exista un incremento de las bandas, los paramilitares y hasta la posibilidad de rebeliones armadas.

Hasta la fecha, mucho del drama actual, es el producto de decisiones nefastas tomadas en oficinas y aceptadas por el fatalismo de que cada uno se siente casi nada ante el poder de quienes deciden. Esto ha cambiado y seguirá cambiando. La crisis del sistema se produce por una serie de diversos factores acumulados, hasta que el sistema financiero, económico y de dominio llega a un callejón sin salida, sumado a los otros callejones sin salida que son los cambios climáticos, la crisis alimentaria y la crisis energética, producirá un cambio en la cultura. La crisis desterrará muchos falsos valores, que han sido los cimientos del sistema.

Toda crisis es un momento de quiebre en que conviven las señales de muerte de lo viejo y las señales incipientes de lo nuevo, sin que necesariamente signifique que de toda crisis surge algo completamente nuevo, pues los seres humanos en su lucha y unidad, su necesidad del otro y a la vez rechazo, actúan por intereses: unos para no perderlos, otros para obtenerlos. De esta lucha y unidad de contrarios que se necesitan a veces surge la ilusión de que avanzamos, que algo profundo ha cambiado para que luego todo vuelva a lo mismo en escala superior. Salvo que en esta crisis hay factores nuevos, y por lo mismo, posibilidades de que todo caiga y que de esos escombros se levante algo radicalmente distinto. En realidad lo de hoy es una crisis de civilización, un dilema en que o asumimos el cambio y salvamos la vida en el planeta o el no cambio terminará matándonos a todos.

Reafirmando la idea anterior puedo decir que esta crisis nos habla con estruendo del derrumbe de lo que se tenía por seguro, con desesperación de lo no funciona, pero no acaba de morir, de lo que podría venir, pero no acaba de nacer. En tiempos de crisis conviven dos visiones fundamentales: una que se esfuerza

por salvar lo que está en crisis y otra que propicia una ruptura total, el comienzo de algo nuevo. Por lo tanto veamos a toda crisis como una oportunidad de avanzar hacia nuevas fronteras, una oportunidad para implementar cambios.

La crisis, en tanto quiebre y apertura, redimensiona los espacios públicos y privados. Cada ser humano se verá confrontado a su esencia y está se manifestará de acuerdo a las leyes internas que mueven su ser. Su interacción con otros en los mismos apuros dará como resultado una situación que podemos denominar: crisis cultural.

Entiendo que hay una ley universal que mueve a los seres humanos: la ley del menor esfuerzo, como también existe una fatalidad que me atrevo a llamar de efecto retardado; tenemos en la cabeza imágenes de las diversas realidades generadas en un ayer y en base a ellas respondemos a las situaciones presentadas en un hoy, por lo tanto algunas respuestas aparecen desfasadas en el tiempo. Cambia la realidad mucho más rápido que nuestra capacidad de responder ante lo nuevo.

Para hablar de crisis basta ver las cifras de cientos de miles de personas que pierden sus empleos y los estragos que esta situación produce. Otros querrán que veamos las grandes compañías declarando la bancarrota y/o cerrando definitivamente. Yo no me ocuparé de ellas, pues éstas han estado siempre en guerra unas contra otras, en guerra contra sus trabajadores, en guerra por los mercados, que pierdan ahora unas cuantas no me dice otra cosa que no sea una aceleración del descalabro que a diario crean. Ahora les toca a algunas más, eso es todo. En eso no hay drama, el drama es la gente que pierde su modo de vida, su esperanza y se queda con la única certeza de que ya no tiene futuro.

La cultura como palabra acepta muchos significados, por ello es imprescindible que nosotros fijemos cual significado le damos y facilitar con ello el entendimiento. Cultura es la acumulación y lucha de valores morales, ideas, representaciones y resultados materiales de un conjunto humano determinado, en un espacio y un tiempo determinados.

En tiempos de crisis la cultura toda está en crisis, pues los valores morales, las ideas, las representaciones, los resultados materiales han perdido su base de sustentación. Salvo que primero ocurren los hechos, luego, como en cámara lenta, los seres humanos procesamos internamente, para luego exteriorizar los hechos que produjeron la crisis y los hechos que la crisis produce. Se da un tiempo en que cada cual sigue estando en el tiempo que ya no existe mientras la descomposición avanza. En este espacio tiempo vital, es cuando algunas mentes ven más lejos y nos entregan sus luces, poco importa que no todos tengamos las capacidades para escucharlos. Es también en este tiempo que quienes nos ocupamos de hacer un trabajo cultural nos enfrentamos al dilema: sucumbir a la desesperación, al juego fácil de entretener o asumir el desafío de ser crítica mortal, de señalar un camino haciéndolo florecer en las mentes, de proyectar los mejores valores humanos, que siempre están más allá de toda religión o de todo pequeño interés político. Es en este periodo en que podemos dar saltos de calidad en nuestro trabajo afirmándonos en la realidad para apoyar la conciencia humana, para alentar la sobreviviencia, para proyectarnos como humanidad toda.

Tres asaltos a la realidad

Hemos definido el sentido que le damos a la palabra cultura, definición que puede ser compartida, discutida o hasta negada, sin embargo eso no quita que aquí reafirme esa definición para aplicarla a la comprensión de lo que es el momento actual y lo que la crisis significa para el trabajo cultural.

En tiempos normales hay una cultura general, al interior de la cual sobreviven y luchan varias subculturas. En tiempos de crisis hay dos culturas en lucha: la que está en crisis y la que se anuncia más las otras subculturas que también tienen el mismo dilema, pero en forma ampliada. Todas ellas conforman una sola.

Por razones de espacio hablaremos de la cultura dominante, desde tres asaltos:

Primer asalto: crisis en la cultura

En estos momentos, a nueve años del inicio del tercer milenio, la crisis financiera afecta los super bancos y la bolsa, esto produce una crisis en la economía que afecta las grandes compañías y esta se refleja en el estado, la comuna, la familia y las personas. Lo primero que se pierde es la confianza, luego vienen los estragos de la pérdida de empleos y la paulatina alteración de la “normalidad”. Las condiciones para la crisis venían creándose lentamente desde mucho antes en una forma imperceptible. Es el mismo sistema el que crea los monstruos de su propia destrucción. Para existir, el estado de cosas en que unos pocos imponen reglas en su propio beneficio, necesita de la ilusión.

Son varios cientos de millones los seres humanos que no saben leer, son varios miles de millones los que sabiendo leer, no leen. Somos varios millones de escritores intentando acaparar un público sin un plan coordinado para impulsar la lectura. Somos una especie en vías de extinción. Nosotros intentamos poner ideas en circulación, abrir puertas a diversas posibilidades, ampliar el horizonte de expectativas, mostrar distintas realidades. El sistema, por medio de sus aparatos de dominación ideológica, proyecta una justificación de cada uno de sus actos dando “moralidad y aceptabilidad” a lo inmoral desde el punto de vista de las necesidades y potencialidades de la sociedad humana. Es inmoral el hambre, la desnutrición, la falta de educación, la indigencia, la pobreza, la explotación irracional de los recursos del planeta, la extinción de especies, la contaminación ambiental, pero mucho más inmoral e irritante es la desmesurada riqueza en manos de unos pocos mientras los muchos viven en condiciones infrahumanas.

Esto señala una crisis en la acumulación y lucha de valores morales, ideas, representaciones y resultados materiales de un conjunto humano determinado en un espacio y un tiempo determinados, es decir una crisis en la cultura, y se expresa de muchas formas, una de ellas es el elitismo, el escapismo, la puesta en marcha de mafias, la masificación de la chabacanería, etc. La mayor crisis de la cultura es que los seres humanos ya no pueden vivir como vivían, pero no asumen la audacia del cambio.

Segundo asalto, cultura de la crisis

La crisis de la cultura crea una cultura de la crisis, una forma en que cada uno de nosotros se enfrenta a la mortificante realidad. Por mucho que esta no nos afecte en la misma medida que a quien tenía un trabajo y hoy no lo tiene ni tiene esperanza de tenerlo a corto plazo. Analizar como funcionan las respuestas es imposible sin que vayamos a lo más general. Puede haber tantas respuestas como individuos, pero invariablemente hay dos caminos en la interacción de los seres humanos en sociedad: o se encierran en un progresivo aislamiento, autosensura, mutismo, evasión, locura, etc.; o se abren a respuestas colectivas, movilizaciones, protestas, sindicatos, grupos de presión, etc. Estas respuestas generales podemos ponerlas bajo la lupa de cuatro constantes;

a) la sobrevivencia

En tiempos “normales” los estragos del sistema están ahí, ya sea en estado latente o en resultados palpables, como también están presentes los mecanismos ideológicos que nos empañan la visión o vuelven invisible lo obvio. En esos tiempos hay espacio para soñar, pero no hay los apremios de hacer posible esos sueños, la ideología nos dice que todos los sueños pueden ser, pero no hay apuro. En estos tiempos de crisis hay una necesidad imperiosa de soñar, en el entendido de que el sueño es vislumbrar aquello que está más allá y que nos alienta en la vida, pero no hay tiempo para hacerlo realidad. La lucha por la sobrevivencia abarca todo nuestro espectro de preocupaciones. De vivir con una meta, un horizonte para un mañana, pasamos a vivir el momento sin otras preocupaciones que resolver las urgencias de sobrevivir.

Sobrevivir es la corrupción de la vida, es la menos vida, que nos deshumaniza y destruye la capacidad de vernos en otra realidad. Esta deshumanización destruye nuestras capacidades de respuesta y nos adentra en los torbellinos de vivir al día ocupados de nosotros mismos;

b) la evasión

Ante la realidad que ha cambiado tan abruptamente y tan en contra, cada ser humano tiene mecanismos que le permiten remontar las aguas torrentosas, en unos puede ser la evasión, en otros, los menos, la creación. Todos necesitamos un momento de alejamiento, de soledad, de ensimismamiento, de disfrute de aquello que nos eleva en la ensoñación, de instantes sin preocupaciones. La diferencia está en que para cada uno, estas necesidades de descanso y carga espiritual son distintas, absolutamente individuales y dependen en mucho de lo que cada cual ya tiene en su interior. Quien tiene menos vida interior tiene menos mecanismos de defensa para enfrentar con integridad la crisis y en general será presa fácil de quienes convertirán estas necesidades en negocio: el esparcimiento sin contenido, la banalidad como un valor, el ocultamiento de la realidad, la cosificación del cuerpo humano, la drogadicción, el alcoholismo, el juego y otros “escapes”;

c) el imaginario

La realidad a diario nos muestra su superioridad en relación a la ficción. El imaginario, en su proyección interna, en su manifestación personal; en su proyección social, en su manifestación abierta hacia lo público, depende de la realidad. La realidad es tanto lo que hay en un momento dado como la suma de lo que hubo y sobre todo lo que cada cual percibe como realidad. La realidad es también el hecho de que alguien la asuma como tal. Por lo mismo pueden convivir en un tiempo y espacio dado múltiples realidades no asumidas y realidades asumidas que no son tal. Por otra parte tomamos como realidad imágenes que vemos ya sea de presencia propia o por medio de informantes, que no muestran todo, que manipulan, que dosifican lo real de acuerdo a necesidades e intereses externos. Este cuadro de realidades parcialmente vistas, parcialmente asumidas, parcialmente creídas, parcialmente negadas son nuestra realidad y es tan aplastante, tan invasiva, tan superior a la pequeñez de cada uno, que es asumida como superior a la imaginación.

Un estudio más profundo nos dirá que la superioridad de la realidad es menos cierto de lo que parece, en parte depende de una incapacidad humana: no podemos describir algo que no hayamos visto. Este detalle de fuerza mayor nos deja en la imposibilidad de que nuestro imaginario sea superior a la realidad, pues cuanto imaginemos o asumimos como ficción será siempre una suma de pequeñas piezas de la realidad, hábilmente unidas para que parezcan como más allá de las realidades que la generaron.

En una crisis la deshumanización se amplifica. La realidad se torna mucho más invasiva hasta hacerse insoportable. En parte se pierde la capacidad de sorprenderse. En la medida de que ya no distinguimos claramente lo real, el imaginario se atrofia. El accionar deshumanizado de los seres humanos, produce una mayor deshumanización y desnaturaliza completamente al ser humano, incluidos los espacios para imaginar algo distinto y las capacidades para ponerlo en práctica;

d) la proyección

Solamente los locos, entre los que podemos distinguir a políticos audaces, aves raras cuya existencia a diario se pone en duda; a creadores fuera de serie, que no siempre son los que más venden o los más populares o bien considerados por la crítica; a personas justas, solidarias, de alma pura, pueden ver hacia adelante y mencionar lo que nadie se ateve a decir pues se lo impiden los convencionalismos. Estos locos no son los que podemos encontrar en los centros de “salud mental” o a la cabeza de grandes empresas, bancos, partidos políticos o estados. Hablo de quienes proyectan lo que viene, lo que puede ser, sin pedirnos nada a cambio ni mucho menos aplastarnos con sus decisiones. Son los adelantados que nadie escucha hasta que el mercado los hace vendibles o las terribles urgencias y necesidades humanas los imponen con sus soluciones.

Se da la paradoja de que la proyección, la capacidad de ver y presentar alternativas hacia otras posibilidades, hacia otras soluciones, hacia otras realidades, siendo lo más necesario, se hace un bien escaso y cuando aparece nadie le presta la debida atención, pues estamos ocupados en salvar lo poco que nos queda.

En este espacio tiempo en que todo, absolutamente todo, está en duda, no son los políticos, los banqueros, los “hombres de negocio”, los guías espirituales ni los técnicos ni los burócratas quienes nos sacarán del marasmo. Miles de seres humanos haciendo política en sus urgencias, intentado cambiar su destino y los creadores mostrando lo que está más allá de la realidad serán los encargados de apoyar este despertar. La proyección es un camino de liberación y una labor cultural titánica imprescindible.

Tercer asalto, la cultura en la crisis

Ya hemos visto que en una crisis es la cultura la llamada a jugar un papel más allá del ego o de las leyes del mercado. Para que ese rol le sea posible ha de hacerse un trabajo cultural que a la vez sea crítica mortal y proyecte un mundo distinto, alcanzable poniendo en tensión las capacidades humanas para romper el miedo atávico hacia lo desconocido. Estamos hablando de un trabajo cultural que libere y posibilite la participación de todos en su propio destino.

Toda crisis es un momento de tensión en donde o se amplifica más de lo mismo o se cambia de raíz lo probado y podrido. Estamos hablando de una cultura de, y para el cambio. Entendemos que este momento es una oportunidad irrepetible, nos encontramos en la cuerda floja de: o cambiamos la vida y avanzamos o nos cambia la vida y retrocedemos hacia el primitivismo e incluso hacia la desaparición de la civilización humana. En el universo conocido, tanto micro, como macro universal, no existe nada, absolutamente nada al margen del movimiento. Esta verdad que debiera ser la primera verdad a aceptar por todos, no lo es pues una gran mayoría percibe como lo mismo el hecho de moverse y el de avanzar. Moverse no es avanzar, aunque para avanzar hay que moverse. Avanzar no siempre es, en lo inmediato, hacia un estadio superior y sin embargo todo movimiento es una superación.

Estas leyes que más tienen que ver con la física que con la filosofía poco nos dicen a quienes trabajamos en lo cultural. Nuestros límites son conocidos: un breve periodo de productividad, un estrecho campo de acción, unos escasos medios para la difusión nos impiden vernos en la continuidad, proyectarnos en lo que está por venir. Son las limitantes contra las cuales debemos batallar para superar la cultura de la crisis y estabilizarnos en una cultura de seres humanos que tenga como meta la humanización de la naturaleza, la naturalización de la humanidad.

Pasado, presente y futuro

Toda cultura resume aportes anteriores, la suma en el tiempo del accionar de muchos que nos dan como resultado un ahora, un presente, ese periodo infinitesimal que vivimos ya y se nos acumula en la memoria, esa tenue línea entre lo que fue y lo que será.

El futuro, que en mucho depende de ese pasado y este presente, es continuidad y salto, proyección de utopías, espacio hecho posible con los actos que sumamos cada día, también es el fatalismo del menor esfuerzo, del dejar a otros hacer lo suyo o que las soluciones nos caigan del cielo. Las respuestas de hoy tienen mucho de la cultura a la cual pertenecemos y lo que en el marco de esa cultura entendemos como lo realizable en este momento, que en muchos casos es una simple justificación para continuar en lo mismo.

Nada de lo que ocurrió ayer deja de tener incidencia en el hoy, nada de lo que ocurre hoy deja incólume el mañana. El detalle es que los hechos, primero ocurren, luego viene alguien y nos relata lo ocurrido. Quienes los hacemos posibles somos todos, quienes los relatan son unos pocos y estos los acomodan a los parámetros de la ideología dominante. En este trasvasije mucho se pierde y gran parte de lo que se recupera se distorsiona, esto que se pierde y esto que se distorciona incide en que proyectemos hacia adelante un mundo sin continuidad, un mundo que va de tumbo en tumbo, desechando valores, costumbres, tradiciones. Está pérdida nos dificulta el trabajo a quienes estamos en el quehacer cultural. Se pierden puentes de comunicación entre generaciones, se pierden puntos de contacto entre culturas, se pierde sentido y se termina creyendo que todo ocurre sin conexión, vemos el mundo como si este fuera un acumular de fotos dispersas en tiempo y espacio.

Lo ineludible en cuatro cuadros

En cada instante estamos enfrentados a lo ineludible: la vida, la muerte, el amor, el odio. En una crisis estos ineludibles adquieren una dimensión distinta, como desdibujados en la bruma de los problemas o en el peor de los casos se inclinan peligrosamente hacia el fin de lo hermoso, hacia la menos luz, hacia las terribles consecuencias del salvaje egoísmo.

La vida

Por tal entendemos lo que se mueve con energía propia y ésta la encontramos en millones de formas. Una característica de la crisis actual es que la vida está amenazada. Los cambios climáticos son el producto de la irracionalidad humana, que agota los recursos sin prever para las generaciones futuras. La amenaza de extinción de miles de especies se agrava por la aceleración de los cambios climáticos.

La muerte

Es una etapa en los procesos naturales. En todo ser vivo tenemos como punto final una muerte y con esta se inicia un proceso que genera nueva vida en otros muchas formas, hasta la recomposición total de lo esencial contenido, materialmente hablando, en esa vida que ha llegado a su punto de muerte.

Lo terrible es que los seres “racionales”, los que podemos observar, conocer y admirarnos de lo hermoso que es vivir, somos los culpables de la mayor amenaza contra la vida de toda la historia natural. Ya no se trata de la continuación de un proceso como parte de lo que entendemos por vida, la acción humana ha roto el equilibrio del medio ambiente en el que se han desarrollado múltiples formas de vida, en dependencia y reciprocidad de unas con otras, la extinción de unas acelera la extinción de otras. Hay conciencia de lo terrible que se avecina, pero no hay acciones al nivel de la envergadura del problema. El resultado será desastroso para la economía y no está descartado que lo sea para la sociedad humana y para la vida misma.

El amor

Es más que la unión de dos cuerpos en un acto, es la constante de energía positiva que posibilita la continuidad de las especies. Sin oxígeno e hidrógeno en sus formas puras y en sus formas de unidad y carga positiva, es decir: sin aire y sin agua, no hay vida. Sin amor la vida no tiene ningún sentido.

Dice una canción de Violeta Parra que “al malo sólo el cariño lo vuelve puro y sincero”, es una verdad que no siempre logra imponerse. La sociedad humana tiene perversiones legales, velos ideológicos que justifican lo moralmente injustificable, que permiten a unos detentar y usufructuar del poder, a otros aceptarlo como un mal necesario y a los más les permite mirar para otro lado como si nada malo estuviera ocurriendo ante sus ojos.

Perversiones y velos ideológicos que nos condicionan a la no expresión del cariño y a estar en permanente disposición contra nuestros semejantes. Pese a esos condicionamientos y contra esas perversiones y autoengaños es que debemos imponernos, desde el trabajo cultural, la vía de salvación por y hacia el amor, en sus expresiones sociales de convivencia fraterna y desarrollo de todo el potencial de crecimiento humano. Los esotéricos le llaman a esto energía crística, nosotros podemos llamarla energía pura.

El odio

Es la fuerza que nos adelanta el momento final, es también el resultado del miedo a lo desconocido. Odiamos por miedo a perder la seguridad de lo que tenemos, odiamos por haberlo perdido, odiamos por defender algo que creemos nos pertenece. El odio ha sido la característica mayor de la especie humana, ahí está la historia llena de los actos de odio cubriendo los espacios públicos, y estos, con ser terribles, no logran despertar un rechazo que los deseche como práctica humana.

Cuanto hemos logrado como civilización ha sido posible sobre lo que han dejado y permitido las violentas manifestaciones de odio, en sus formas de asesinatos, reyertas, golpes de estado, invasiones, guerras, opresiones, violaciones, esclavitud, etc. y otras muchas no tan violentas, pero igualmente funestas. Imaginemos cuánto más hubíeramos podido lograr si todos nuestros actos estuvieran guiados por amor.

Diez piezas para rearmar el rompecabezas del trabajo cultural

Uno, hacia o desde o mejor hacia y desde

Independiente de los méritos, el reconocimiento y el nivel alcanzado por los artistas y su arte, una gran mayoría trabaja desde un pedestal y entrega su aporte hacia un público del que sabe poco, casi nada. La ideología dominante les ha encasillado en una forma de hacer cultura que siempre es de un yo creador, semi dios, hacia una masa receptora. Otros, los menos, proponen, y muchas veces lo logran, hacer su trabajo desde una masa con rostro generalizado. Pagan el precio de ser ignorados por los aparatos del sistema. En este empeño de hacer su trabajo desde receptores con rostro genérico se desdibujan y no avanzan en que este quehacer deje huellas profundas y marque rumbos.

Es hora de intentar la audacia de realizar un trabajo cultural sin las trampas del sistema y en una continua retroalimentación hacia y desde públicos definidos, incorporándolos a la labor de creación.

Dos, espectadores o actores o mejor simplemente actores

Cada día, vemos, vivimos y sufrimos los efectos de decisiones tomadas desde las fuentes del poder, al amparo de sus leyes y sus gobiernos. Nosotros, el pueblo, somos la contuidad de esas decisiones en cifras: consumidores, contribuyentes, electores y otras muchas definiciones que caben todas en la categoría de espectadores, entes pasivos ante al drama de nuestra propia vida, sin otro poder que la capacidad de sobre vivir. Todo es espectáculo, nos movemos alrededor de un gran escenario, donde ocurren las cosas y nosotros siempre estamos en la sala de espectadores. La solución normal en tiempos normales sería pasar a ser actores.

La caída del modelo, lo que vemos y continuaremos viendo nos impone el único camino: simplemente ser actores. Esto, dicho más como una categoría política, pues políticos son todos nuestros actos sociales o que afectan a otros integrantes de la sociedad. En tanto el medio de expresión y desarrollo de nuestro talento es el trabajo cultural somos actores, lo que se requiere hoy es que lo sean todos los seres humanos y que esta transformación se exprese en un accionar más cultural que político.

Tres, ego sobredimensionado o fuerza pura

El arte es representación, comunicación e intento de comunión. El artista busca producir un impacto, una conmoción en quien recibe su arte. Hasta aquí todo iría bien sino fuera por que en un sistema de libre mercado impera la lógica del libre mercado. Las obras y los artistas no escapan a esta lógica, que a la larga deshumaniza el arte y lo vuelve simple mercancía, Esta misma lógica sobredimensiona al artista elevando su ego y asignándole el papel de aval del sistema.

El verdadero arte trasciende su tiempo, pues logra expresar humanidad que trasciende el tiempo y los valores negativos en los que se basa el sistema.

A este verdadero arte se llega intentado expresarse con fuerza pura. Partir de un yo para llegar a un otro yo que nos trasciende. Partir de un yo fuera de las reglas del brillo individual para expresar los otros yo que sufren, que viven y mueren buscando un espacio de felicidad bajo el sol. Es la vida misma que clama hoy por un verdadero arte, expresión de la fuerza pura que anima a los verdaderos artistas.

Cuatro, burocratización o democratización de la cultura

Los países “desarrollados” miden la cultura con recursos en funcionarios, en bibliotecas, en salas de espectáculos, etc. Todo está regulado y previsto, se cuenta con los edificios, las oficinas y las personas para asegurar la administración de algo que se administra con leyes de mercado. En los países emergentes los recursos son menores y el quehacer cultural queda en manos los propios artistas, pero sin ninguna facilidad para el desarrollo de lo suyo. En los países que están más abajo en la escala de recursos disponibles, todo está por hacerse.

Sin embargo la existencia de recursos no indica que allí se produzcan más obras, sino que estas son más conocidas. La producción de obras artísticas no depende de los funcionarios ni de las salas de cultura ni de los computadores ni de las facilidades que se le dé al artista, depende de quienes estamos en el trabajo.

En España las bibliotecas públicas no aceptan un libro de regalo, son los funcionarios los que deciden qué se compra. En suecia lo aceptan y luego envían el cheque por correo. En Canadá, depende de cada provincia, en todas lo aceptan, en unas dan las gracias en forma verbal, en otras envían una carta, en las menos envían una carta dando las gracias y el respectivo cheque. Sin embargo lo que caracteriza todos estos ejemplos es que existen funcionarios, no son creadores, casi nunca son creativos y siempre están para seguir un padrón de conducta que no tiene mucho que ver con una disposición de facilitar el acercamiento entre el creador y un público. De todas maneras hay una concepción de obras culturales más de museo que atesora cosas inertes, que de centro para mostrar los latidos de la sociedad.

Se valora en todos estos ejemplos la democracia como algo poco menos que sagrado, salvo que esta palabra con todo su significado acumulado no alcanza a rozar los bordes del trabajo cultural. Si nadie nos conoce seguimos siendo parias o dependiendo de un amigo o de las veleidades de un funcionario. Para ser conocidos debemos estar en el mercado con sus reglas y valores, es decir haciendo cultura para entretener, poco importa cual sea nuestra definición en términos de política partidista.

Distinto sería si democratizáramos la gestión cultural.

Cinco, al fatalismo de chocar con la misma piedra, la habilidad de asumir lo nuevo
Se ha repetido muchas veces que somos los únicos animales capaces de tropezar dos o más veces con la misma piedra. Quizá esta nada envidiable característica tenga mucho que ver con la ley del menor esfuerzo y, en parte, con el fatalismo de creernos el cuento de que nada podemos contra lo establecido.

Esta piedra es móvil, etérea y la podemos encontrar en todas partes, aunque la mayor de las veces se encuentra en nuestras propias habilidades para ver y sortear los peligros, peligros que en periodos de crisis se amplifican y se diversifican. Ya poco importará que estemos frente al mismo problema, pues parecerá otro y sin duda habrá más piedras con las cuales chocar.

El miedo a lo desconocido se vuelve contra nosotros y nos inclina a caminar por senderos ya recorridos. La única forma de no volver a chocar pasa por el desarrollo de nuestras habilidades, que en este caso nos debieran conducir a aceptar lo nuevo sin miedo y asumirnos nosotros en la capacidad de modificar creadoramente el entorno, nuestro accionar y sus resultados.

Seis, el arma de la imaginación

La mente humana continúa siendo un amplio campo en exploración. Sabemos bastante, poco, casi nada en relación a lo que falta por saber de como funciona. La mente es un maravilloso computador mal conocido y peor aprovechado.

Alguna gente, que forma parte del consorcio de los iluminados, cree y pregona que ellos son la solución. No quieren entender que todos somos únicos ni que desde esta unicidad todos tenemos algo que aportar a las soluciones. Pero el asunto no es de individuos, el drama actual es de la supervivencia de la civilización humana. En un punto en que todas las vías comienzan a cerrarse, solamente la imaginación puede aportarnos la o las claves para continuar la vida. Por lo mismo, la imaginación se vuelve un arma imprescindible a ser usada para encontrar soluciones.

Siete, ver la hierba crecer

Cuántas cosas existen, están ahí y no las vemos, cuántos gestos de amor llenan nuestra vida sin que los hayamos apreciado en su justo valor, cuántos momentos de comunión y nosotros sin darnos cuenta, cuántas personas han necesitado nuestra ayuda y nosotros sordos y ciegos a sus necesidades, cuántas situaciones han cambiado ante nuestros ojos y hemos permanecido ciegos.

La hierba crece lentamente, las urgencias nos impiden ver su crecimiento, esto que es una realidad, es a la vez una imagen, para ilustrar el penoso hecho de que por las urgencias no atendemos lo importante. No vemos la hierba crecer, no vemos el instante en que la flor se abre, el instante en que se producen los cambios. Asistimos a la maravilla sin haber sido testigos de como se produjo. Asistimos al cambio sin darnos cuenta que se ha producido.

Nuestra responsabilidad para con nuestro arte, para con nosotros mismos en tanto personas dedicadas a atrapar y expresar la sensibilidad humana es ver la hierba crecer, es captar y mostrar el instante supremo, es mostrar la maravilla de lo nuevo, es deleitar y deleitarnos con lo que está naciendo y es a la vez una responsabilidad de supervivencia de la humanidad toda, el contribuir desde el arte a establecer una cultura de sensibilidad y acción.

Ocho, naturalización de la sociedad humana

Ya sea en un breve análisis o en un estudio profundo del devenir de la sociedad humana en todos los tiempos, encontramos como característica la ausencia de humanidad, extendida esta como valores de convivencia armónica entre todos. La historia siempre la cuentan los vencedores. En ella vemos la crueldad, las guerras innecesarias, los atropellos, las injusticias, el robo presentados como algo normal inevitable y en esta normalidad atrofiada hemos crecido y creído.

A tal punto estas historias son un velo que aún hoy, cuando disponemos de los medios para estar medianamente informados, seguimos prisioneros de la aceptación de un modo de vida en sociedad deshumanizado, un modo de vida que nos mata. Es el dominio de la desnaturalización, alejamiento de la naturaleza y de lo natural al ser humano, ser hermano de todos.

No habrá solución real a la crisis sin la naturalización de la sociedad.

Nueve, humanización de la naturaleza

La larga lucha del ser humano por la libertad, es la larga historia de equívocos al creer que la libertad es hacer lo que dictan nuestros deseos, sin tener en cuenta los factores del medio ambiente que lo impiden ni los factores económicos o físicos.

Lejos estamos aún de conseguir la libertad sino emprendemos la audacia de humanizar la naturaleza, es decir conocer sus leyes de funcionamiento y dominarlas según las necesidades sociales. Recién en esta etapa estaremos más cerca de la libertad, aquella que habla del desarrollo sin restricciones de todas nuestras potencialidades, aquella que habla de nuestro accionar teniendo presente al otro que comparte nuestro espacio y nuestro tiempo, pues mi libertad termina donde comienza la del otro.

Diez, al cambio de las reglas del juego, el juego y el fuego del cambio de las reglas

Toda sociedad para asegurar su continuidad, tiene normas regulatorias de las relaciones sociales que sus miembros establecen entre si e ideas que las justifiquen. Estas pueden estar escritas en forma de leyes o reglamentos o no estar escritas en la forma de códigos de conducta, costumbres, tradiciones. Estas normas a diario se transgreden.

Desde el punto de vista del transgresor, transgredir una norma no es tan grave sino se descubre y prueba su transgresión, a veces es hasta justificable y socialmente aceptable. Que determinadas normas estén establecidas no significa que sean justas o que sean necesarias ni que sea imposible cambiarlas. Su mayor significado es que responden a la ideología de los sectores dominantes al momento de establecerse legalmente o como costumbre.

Toda crisis, por ser un momento de intensa lucha entre ruptura y continuidad, es una oportunidad para el cambio de reglas, reglas que no responden a las necesidades de toda la sociedad. Este momento de cambio en que todo está en duda, en que todos los caminos tienden a cerrarse, en que las amenazas son globales y en muchos casos finales, se impone con desesperación la urgente necesidad de cambiar las reglas de juego, la necesidad de establecer el fuego de discutir unas nuevas reglas, para que lo sean deben responder a las ideas e intereses de la mayoría.

Socialmente hablando, primero es el cambio luego es la ley, primero es la norma de hecho, luego es de derecho. Sin embargo nadie puede asegurar que esto, que es consecuencia, sea una manera de establecer y afianzar lo nuevo. Las necesidades humanas han estado y están ahí, pero las leyes no responden a esas necesidades, pues las ideas dominantes imponen su dominio justificándose como ideas de la mayoría. El ser que es no tiene conciencia de su ser, es la alienación de la cultura.

Cultura de cambio, cultura de ver, analizar y expresar el ser que somos, cultura como una poderosa herramienta liberadora.

Conclusión abierta o preguntas para conversar con la almohada

¿Perdidos en el espacio?

Quizá si, quizá no. Lo que afecta la sociedad hasta sus cimientos, afecta la vida de cada una de las personas que vive en ese espacio tiempo. Las formas en que esos efectos se manifiestan, nos hablan de ante que personas estamos y como estas siguen su marcha.

Según sea como los efectos de la crisis se manifiestan en nosotros, tendremos un espectro de respuestas que van desde los que es más de lo mismo, los que no ven nunca el dolor ajeno, los que crecen en valor, los que se aíslan, los que redoblan la lucha, los que son hoja al viento, los que cambian y se venden, los que adquieren la dignidad de muchos, los que iluminan con sus actos, los que renuncian a la vida. Cada cual tiene sus razones. Todos en mayor o menor medida están perdidos en el espacio, poco importa el tiempo en que andan perdidos. Algunos se reencuentran rápidamente, otros se pierden en forma definitiva, son los menos. En este periodo incierto la única certeza es que hay un quiebre. Nadie puede decir con certeza que vendrá más tarde, aunque todos temamos lo peor.

Este es un momento irrepetible, en el que quienes trabajan desde y hacia la cultura somos los primeros sacrificados y paradojalmente cuando menos recursos, cuando menos público tenemos, cuando más circo pone en circulación el sistema, cuando ya muchos han perdido las esperanzas, somos más necesarios en los deberes de ser luz, proyecto, esperanza, aportar imaginación y sobre todo vernos en la posibilidad irrepetible del cambio, necesario, urgente, importante.

Singular plural

Generalmente hablamos de Cultura a secas, como si su significado fuese compartido por todos, con ello pretendemos ahorrarnos explicaciones y manifestamos el hecho de verla como un todo. La realidad muestra ser diversa, cambiante y por lo tanto multifacético. Aceptar esto debiera permitirnos hablar no de cultura sino de culturas y asumirlas en cohexistencia y lucha, desde una relación simbiótica hasta una callada o estridente lucha de ideas.

El sistema se apoya en la individualidad y lo resalta como un valor que lo acerca al más puro egoísmo. Cada uno de nosotros tiene la magia de ser único, pero esta unicidad no impide que nos reconozcamos en otros que reconocemos como iguales, ya sea por circunstancias, por intereses, por objetivos, por valores, por idioma, por conocimientos, por gustos, etc. Esta semejanza de individualidades forman lo que podemos llamar los intereses colectivos, es aquí donde muchas veces el individuo se pierde, como también se pierde el individuo en la cotidianeidad de los avatares de la vida: el trabajo o su búsqueda, la seguridad, la comida, etc.

En nuestro caso es tremendamente fácil creer que somos mejores que los demás. A diario los mensajes del sistema te dicen que eres alguien si eres conocido, si vendes, si recibes premios, si se habla de ti. También a diario la realidad nos asalta con mensajes de seres humanos en los infiernos del hambre, de la falta de trabajo, de la insalubridad, de las guerras, de la violencia.

Adelantar el mundo que queremos

Cada uno de nuestros actos puede, debe ser un adelanto del mundo que queremos

Aportemos arte en todas sus manifestaciones, para cambiar y salvar la vida. El primer paso es querer.

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La educación que debemos darnos

Carlos Ángel Trevisi (Desde Guadarrama, Madrid (España). Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El mundo nos compromete como nunca antes con sus carencias, pero también con su reconstrucción y con las posibilidades que nos ofrece para asumir un rol preponderante al que estamos llamados gracias a la democracia que impera en nuestros países.

Educarse ya no es sólo tomar conocimiento de datos que archivos mejores que el cerebro humano clasifican a la perfección. Es manejar la información críticamente para elaborar estrategias que favorezcan la toma de decisiones, que nos otorguen autonomía, que allanen nuestro camino a la cooperación, a la solidaridad y a la participación. (“Las personas aprendemos no porque se nos transmita, sino porque construimos nuestra versión personal de la información. Si cambiamos la forma de educar a los niños, es decir de enfrentarlos con la vida, quizá cambiaremos el mundo”, Rita Levi - Montalcini, “Tiempos de cambios”).

De entre los recursos con que cuenta una nación su gente es el más importante. Bajo los efectos de la acción disparadora de los gobiernos la ciudadanía se pone en marcha. Los motores de esa marcha son la educación y el acceso a la información. Una ciudadanía educada y bien informada elige valores, establece metas y procedimientos, crea y regenera cultura y deposita en sus gobiernos, administradores circunstanciales de sus afanes, la ejecución de sus proyectos. En el ámbito de los recursos físicos, sus mandatarios dispararán sobre la tecnología existente favoreciendo la investigación y desarrollo para el logro de una capacidad productiva que devenga, gracias a las nuevas tecnologías, en plantas de alta productividad. La información, la investigación y desarrollo y la capacidad productiva son los aceleradores de la sociedad. Será menester, en pos de tales logros, que España (Argentina) ponga en marcha “un marco propicio para que las empresas encuentren estímulos suficientes para la creación de empleo, la introducción de nuevas tecnologías, el uso eficiente de los factores de producción y el incremento de la productividad” (Banco de España, Gobernador Caruana, en El País, 11 de junio de 2005). Una ciudadanía no participativa y desinformada transforma a la democracia en el brazo político de los intereses económicos quitándole el contenido más profundo que la anima: la intervención del pueblo en los actos de gobierno.

Las formas que adquiere la desinformación hoy día no tienen nada que ver con la ignorancia decimonónica, que se resolvía alfabetizando al pueblo. La ignorancia que nos atañe es más compleja y tiene que ver con la incapacidad intelectual para reconocer las variables que anidan en la realidad, para poder elegir, cambiar y, así, crecer.

Nuestra sociedad está produciendo un tipo de hombre nefasto que se caracteriza por su ligereza. El pragmatismo se apodera de nosotros y se instala en la educación como mera instrucción ¿Qué autonomía tendrán nuestros jóvenes cuando las circunstancias de la vida los obliguen a tomar decisiones? Ese hombre, al que estamos adiestrando para el ejercicio de sus posibilidades extrínsecas de poder, perderá su ser por el camino, su interioridad, su capacidad de ponerse en común. Y lo que es peor, perderá la posibilidad de acceder a un estado de resolución que lo habilite para decidir autónomamente. Su capacidad de autonomía le permitirá aquella otra de la cooperación, que no es una mera disposición anímica asociada a la bondad. O por lo menos no es sólo eso. "Saber cooperar", dice Savater, "exige una comprensión del otro en términos de proyectos comunes, del conocimiento necesario para hacer los aportes intelectuales que saquen adelante esos proyectos, saber participar".

Participar es "tener parte", parte de un todo que nos es común. La posibilidad de participación obliga a una visión clara de ese todo - su razón de ser, sus objetivos, metas y de los procedimientos a seguir- y de las propias calidades personales; ¿entiendo la razón de ser del "todo común"? ¿He logrado la plenitud de discernimiento que me permita distinguir a los "otros" en sus calidades? ¿Mi participación dinamizaría los procedimientos? ¿Mi claridad contribuiría al logro de los objetivos? ¿Comparto la meta? El "todo común" es la combinación de intereses de todas las partes actuantes de una comunidad. La palabra "común" actúa como galvanizadora de servicio, entrega, presencia constante del "otro". La participación, en estos términos, no es un derecho; es una obligación ineludible para la cual hay que estar capacitado.

"La sociedad es sólo una resultante de las fuerzas de sus individuos; según éstos se organicen podrán producir una acción intensa o débil, o neutralizarse por la oposición, y la obra total participará siempre del carácter de los que concurren a crearla. Una sociedad que no ha sido enseñada, inducida, estimulada a pensar para vivir se limita a meros movimientos de simpatía o antipatía". (Eduardo Mallea, La vida blanca, Ed. Sudamericana, Argentina).

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Que paguen los culpables

Beatriz Paganini (Desde Santa Fe, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

¡Que paguen los culpables!

El ómnibus está por llegar a la última parada y el chofer aumenta el volumen de la radio para que se despierten los pasajeros y se bajen.

¡Que paguen los culpables! ¡Asesinos! ¡Más de doscientos muertos!

Roque se despierta con la voz alterada de esa madre que clama, en una entrevista radial, su indignación y su impotencia.

Ya es noche cerrada, son las 23 y cuarenta, faltan minutos para la media-noche.

_ Los culpables son muchos señora - quisiera contestarle Roque a ese ser sufriente que no puede con la angustia de la pérdida-Son muchos, son anónimos, el origen no está en Cromañón .Si fue, en ese boliche, donde ocurrió la tragedia y murieron casi doscientas personas, aunque habría que contar las que fallecieron por secuelas inherentes al grave y evitable accidente. Cromañón es la punta del iceberg que no se va a descubrir nunca.¿Usted se da cuenta de lo que pasaría si se descubriera con que plata se compró ese edificio donde funcionó? Ahora le cuento, señora: Al inmueble lo compró una sociedad off-shore. ¿Sabrá lo que es off-shore señora? No, yo tampoco lo sabía, me enteré por la prensa y por el prof. de inglés que aprovechó y nos explicó. A partir de ahí, algunos pasamos a ser expertos en la palabrita inglesa pero, veinte días antes, si nos hubieran preguntado, contestaríamos.

_ ¿Off-shore, que es eso?

Algunas fuentes periodísticas (no todas porque no hay que enojar a la mano que te da de comer), nos ilustraron que los que habían comprado el edificio, lo hicieron con un capital que, previamente estaba depositado en una cuenta bancaria de un paraíso fiscal, es decir que era proveniente de “lavado de dinero” o dinero negro, que le dicen.

A continuación, formaron una sociedad, en Uruguay, con dos viejitos jubilados que declararon que pusieron sus firmas, les pagaron quinientos pesos a cada uno y chau Pinela. ¿Se da cuenta señora, como un acto corrupto, ilegítimo, da origen a otros actos corruptos? Así se fueron formando con una cadena de delitos hasta llegar a los que dieron permisos falsos, vendieron mas entradas de las permitidas, murieron menores que por ley no debían estar ahí, etc, etc.

¿Usted a quién votó señora? En el 83, en el 90, en el 98? No señora, disculpe, no voy a decirle que la culpa es suya, solamente le pregunté…Pero yo estoy de acuerdo con usted señora: que paguen todos…

Roque se baja, aprieta el paso porque hace frío y quiere llegar antes que se duerma Janina, su hermanita porque hace dos días que cuando llega ya está durmiendo y, a la mañana él se va temprano.

Minutos antes de su llegada, se había desarrollado el siguiente diálogo entre su madre y su hermanita:

_ Mamá ¿Porqué somos pobres?

Al no saber, que contestarle, Feliza optó por el silencio.

_ Mamá ¿por qué somos pobres? Contestame.

Feliza levantó su vista cansada, iba por la vigésima quinta alforcita del vestido de novia que estaba cosiendo, aún le faltan ciento ochenta y tres, debiendo entregar la costura mañana a las ocho.

_ Mamá ¿No me oís?

Sí que la ha oído.

Trata de pensar ¿Porqué somos pobres? Y, en lugar de una respuesta comienza a llorar.

_ Mamá ¿Porqué llorás?

Pero fue en ése momento que Feliza sintió el ruido de la llave, se seca las lágrimas y trata de disimular.

_ ¡Vieja! ¿Qué te pasa?- pregunta Roque al darse cuenta del disimulo.

_ Nada.

_ ¿Cómo nada? ¿ Llorás por nada?

_ Por nada no - aclara Janina - yo le pregunté por qué somos pobres-

Roque es un aventajado alumno que asiste al último año del bachillerato y tiene como profesora de Literatura a la señora Ladi Fernández, quien practica un original método de enseñanza; consistente en que los últimos quince minutos de la clase los dedica a conocimientos generales. Estos comprenden desde novedades científicas, hechos políticos, problemas sociales, derechos humanos, es decir todo lo que sea de interés y actualización cultural: POLÍTICA, HISTORIA, CIENCIAS.

Por supuesto, sembrada la semilla del conocimiento, los alumnos investigan luego por su cuenta.

Así aprendieron que era el Juicio a los Comandantes en Argentina, la guerra de Bosnia, quienes eran los tres de Las Azores, que al ex-presidente Aznar el Congreso yanqui le iba a conceder una medalla pero que el gobierno español tenía que pagarla al costo de más de un millón de dólares, que un dictador africano se había hecho el trono en oro macizo, que el gobierno de Estados Unidos secuestraba ciudadanos en algunos países de Europa, porque los consideraba terroristas y los trasladaba en aviones a sitios desconocidos, que en China no pueden tener más de dos hijos y existen los niños fantasmas porque los padres no los quieren matar pero tampoco los pueden anotar en ningún registro civil, que Henry Kissinger, premio Nóbel de la paz colaboró con el dictador Pinochet , que el comandante Massera, integrante de la Junta Militar Argentina se enriqueció apropiándose de los bienes de los ciudadanos a quienes mandaba matar, que estudios de A.D.N permiten individualizar a un asesino o violador, que el comandante Marcos era un patriota como el CHE y que tuvo mejor suerte porque se radicó en CHIAPAS y allí logró formar un asentamiento que subsiste y se mantiene, que HUGO CHAVEZ el presidente de Venezuela había conseguido la adhesión internacional en el acto que se llevó en Mar del Plata con la contra-Cumbre de Las Américas y que le hizo pito catalán a Bush , con una frase que se hizo famosa recorriendo la prensa mundial:

¡ALCA al CARAJO!

Además, cada fin de semana ordenaban los temas que iban incluyendo en las carpetas individuales.

En la carátula se especificaba:
COMPILACIÓN DE NOTICIAS
COLABORACIONES DE:
Alumnos – Familiares – Amigos.
INFORMACIÓN EXTRAÍDA DE:
Diarios – Revistas – Internet – Televisión – Radio.
Fue con esa metodología de enseñanza, que Roque expandió sus conocimientos. La biblioteca era su consulta semanal o el ciber del barrio servía de excelente auxiliar.
Ahora estaba frente a su madre y a su hermanita y tenía que explicarles:
Porqué eran POBRES...

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Algo de música: Louis Armstrong


ARGENPRESS

“El Reverendo Satchelmouth es el principio y final de la música en América”. Eso dijo Bing Crosby y cuánta razón tenía porque Armstrong es la figura más importante en la música popular del siglo XX. Si hay un artista que no estuviera directamente influido por sus impresionantes improvisaciones, y más importante, su fraseo, es que estaba influido por otro que lo estaba. Armstrong hizo más con el tempo, los matices y la personalidad que todas las formaciones musicales juntas. Pero olvidando la influencia que tuvo sobre los demás, su música llena de alegría y encanto a cualquiera que la escucha. Seguro que en el cielo se escucha Louis Armstrong.
Luis Morganti


Louis Armstrong (1901-1971), también conocido como “Satchmo”, fue uno de los más destacados trompetistas y cantantes de de jazz de Estados Unidos. Se trata de una de las figuras más carismáticas e innovadoras de la historia del jazz y, seguramente, su músico más popular. Gracias a su gran talento musical y a su brillante personalidad, transformó el jazz desde su condición inicial de música de baile en una forma de arte popular, llevándolo a conquistar fama internacional. Aunque en el arranque de su carrera cimentó su fama sobre todo como cornetista y trompetista, más adelante sería su condición de vocalista la que le consagraría como una figura internacionalmente reconocida y de enorme influencia para el canto jazzístico, con una voz ronca inconfundible y que le daba un toque tan especial a sus interpretaciones.

La influencia de Armstrong en el desarrollo del jazz es virtualmente inabarcable. Incluso se puede decir que a causa de su desbordante personalidad, tanto como figura pública en sus últimos años como intérprete, su contribución como músico y cantante ha podido ser infravalorada.

Como trompetista virtuoso, Armstrong tenía un toque único y un extraordinario talento para la improvisación melódica. A través de su especial estilo interpretativo, la trompeta emergió como un instrumento solista en el jazz. Fue un magnífico acompañante y músico de grupo, aparte de sus extraordinarias cualidades como solista. A Armstrong se le considera el inventor de la esencia del canto jazzístico. Tenía una voz extraordinariamente peculiar, grave y rota, que desplegaba con gran destreza en sus improvisaciones, reforzando la letra y la melodía de una canción con propósitos expresivos. Fue también un gran experto en el scat, e incluso de acuerdo con algunas leyendas lo había llegado a inventar él durante su grabación de "Heebie Jeebies" al verse obligado a improvisar sílabas sin sentido al caérsele las partituras al suelo. Billie Hol
iday, Bing Crosby y Frank Sinatra son ejemplos de cantantes influenciados por él.

Armstrong apareció en más de una docena de películas de Hollywood, habitualmente de director de banda o como músico. Fue el primer afroamericano en protagonizar un espectáculo radiofónico de ámbito nacional en los años treinta. Realizó también apariciones televisivas, especialmente en los cincuenta y sesenta.

Aquí presentamos una pequeña muestra de su talento.





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Los neo-revolucionarios del neo-liberalismo

Julio Herrera (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Los enemigos más encarnizados de los procesos revolucionarios no se encuentran exclusivamente en la ultraderecha reaccionaria: se encuentran también frecuentemente entre los ex-revolucionarios, es decir entre los renegados o desertores de las luchas de liberación popular.

Son aquellos pseudo “moderados” que creen que los ideales de la izquierda revolucionaria han entrado en la decrepitud sólo porque ellos han entrado en ella; son los nuevos revisionistas que hoy consideran los ideales de liberación como "utópicos” y “caducos”; son los apóstoles del sofisma de las “nuevas realidades socio-políticas ante las cuales hay que rendirse para no parecer anacrónicos, obsoletos”.

Pero es una visión de decrepitud, más moral que senil, eso de creer que los ideales de solidaridad agonizan con aquellos que los pregonaron, y que la libertad se hace polvo en los corazones que latieron por ella.

Por eso habría que interrogar a esos presuntos “radicales libres” de la sociedad, en especial los que hoy se amparan tras el exilio en Norteamérica: ¿qué nueva idea de la vida y cuál de los ideales progresistas tienen esos tránsfugas que hoy se creen fuertes sólo porque están en el bunker del imperio, amparados tras el arsenal del imperio vencedor?

Esos oportunistas neo-revolucionarios son los “realistas” que no perdonan a sus estoicos compatriotas que aún luchan por llevar al éxito los movimientos sociopolíticos que ellos llevaron al fracaso, y para justificarse invocan aquel viejo sofisma de los cobardes: “Si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él”.

Esos autodenominados “realistas” o “neutrales” son muchas veces excombatientes anticolonialistas que, después de haber resistido torturas ante el verdugo en su país de origen sucumben ante el mendrugo en el país de asilo; son desertores que glorifican la traición y la delación, que deshonran el exilio en tierras que otros han honrado con el suyo, puesto que el exilio, aunque sea en las entrañas mismas del imperio, debe ser una trinchera para nuevos combates y no una guarida de prófugos de la dignidad y de la lucha por la soberanía de la patria nativa.

Y ése es, especialmente, el caso de los autodenominados “disidentes” anticastristas, los cuales lo único positivo que han hecho por la insobornable Cuba ha sido depurarla al abandonarla. Son tartufos abyectos, hambrientos del lucro inescrupuloso, que piden perdón al imperio por haber osado crear una revolución para liberarse de él. Esos apátridas oportunistas sienten hoy vergüenza de confesar que defendieron la soberanía y el derecho de autodeterminación de su patria, pero sentirían aún más vergüenza si tuvieran que justificar o explicar su adhesión a la hegemonía colonialista que hoy confiesan con orgullo de serviles, con cinismo de sicarios, de mercenarios del imperio.

Esos ex-revolucionarios, convertidos en contrarrevolucionarios, desertores de la solidaria conciencia latina, son los que ayer proclamaban: PATRIA O MUERTE! y hoy exclaman: MUERTE A MI PATRIA!

Después de haber sido anti-imperialistas, ellos no son ya pro-imperialistas: son el imperialismo mismo.

¡Tristes gusanos de estercolero, incapaces de ningún respeto, que desde lo alto de su bajeza difaman a ese imperio de la dignidad que es la estoica Cuba, denigran de su patria, blasfeman contra el Olimpo de sus líderes libertadores, e incapaces de alzarse hasta el sacrificio por su patria se abajan hasta el crimen de ella!

Amamantados por los jugosos pezones de la subvención contrarrevolucionaria, arrogantes en deshonrarse, esos neoyanquis desertores de la conciencia latina se han transformado en entes insensibles, en zombis que desde su sedentaria poltrona y con la más fría indiferencia observan en la TV -¡e incluso aplauden!- cómo el imperialismo despoja, vandaliza y arrasa “democráticamente” a países como Granada, Irak o Afganistán, e incluso a sus propios países de origen, a su familia y sus compatriotas.

Pero, si a la entrega del cuerpo por dinero se le llama prostitución, ¿por qué no llamar prostitución moral a la entrega de la conciencia por dinero, o por una visa de residencia?

Y es que para amar la Libertad, como para morir por ella, se requiere una cierta talla de conciencia social que los gusanos contrarrevolucionarios no tienen, y en cambio para traicionarla sólo basta tener un alma de siervos, una conciencia de lacayos, una virilidad de eunucos.

¡Pobres zombis vegetativos que creen que ya no son posibles los grandes gestos de la vida, solo porque ellos están cerca de la muerte!

¿Qué deben hacer las conciencias inflexibles e insobornables ante esos traidores y desertores de los ideales revolucionarios?

¡Nada! Ignorarlos. ¡Ni tan siquiera escucharlos! Sólo inclinarnos ante su paso con fúnebre silencio: son seres inertes, sin conciencia ni dignidad, son muertos que hablan, son muertos insepultos.

Sepultémoslos en el olvido, donde ellos sepultaron su dignidad y su conciencia, y prosigamos en el derrotero de la historia la ruta libertadora que nos señalaron Bolívar, Allende y Fidel, llenando el mundo con ése clarín de la victoria que fue el verbo profético de José Martí, y orientados por la brújula del pensamiento combativo y revolucionario del Che Guevara.

¡PATRIA O MUERTE! ¡VENCEREMOS!

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