viernes, 29 de mayo de 2009

El detective de sí mismo


Marcos Winocur (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

-Te harás cargo de un asunto que ha dado de qué hablar... a ver, a ver, lo tenía en la mano, acá está: “Los crímenes de la calle Morgue”, toma el expediente. Ten.

-¿Por qué, por qué a mí?

-Porque te tocó, mi rey ¿qué tantas explicaciones te debo dar? Y no me tengas con el brazo extendido como un tarado.

El oficial Poe tomó el expediente y se retiró con los nervios de punta.

Había sido llamado urgente a la oficina del jefe. Comenzó entonces a sudar tentado de no acudir. Pero se contuvo. Y cuando el jefe le tendió el expediente de “Los crímenes de la calle Morgue”, estuvo a punto de soltarle:

-¿Así que ya lo saben?

Pero otra vez se contuvo, no hizo más comentarios y dio media vuelta. De regreso a su escritorio, bebió un vaso de agua y enfrentó la situación. Caso único, detective y asesino son uno. Porque él era el autor de “Los crímenes de la calle Morgue” que debía investigar o, mejor dicho, confesar, o no confesar declarando que no encontró al asesino.

Así, estaba asegurada la impunidad. La anónima impunidad y un tache en su hoja de servicios: no resolvió el caso.

O bien, estaba asegurada la fama y el escándalo: aunque usted no lo crea, soy el autor. Yo he denunciado a yo. Yo... pescador, lanzo mi línea y el anzuelo se engancha en la espalda del saco, recojo el hilo, me he pescado a mí mismo, hago una figura bien ridícula. Edgar Alan Poe se puso a reír, bruscamente quedó serio.

¿Qué hacer?

Volvió sobre sus pasos, se detuvo a tomar otro vaso de agua, y luego se dirigió a la oficina del jefe dispuesto a confesar, sabiendo que éste no lo tomaría en serio. Entonces ¿por qué hacerlo? No habría podido contestar. Tal vez, simplemente, para romper el círculo de tensión nerviosa que le apretaba el cuello. Y sin preámbulos, le soltó al jefe:

-Yo soy el autor de “Los crímenes de la calle Morgue”.

-Otro chiste como ése y quedas cesante.

-De veras.

-De veras que te pongo en la calle. Y ya vete a trabajar.

Poe dio media vuelta y se fue. Parece mentira, el haberme confesado inútilmente a sabiendas, me ha traído tranquilidad. “Los crímenes de la calle Morgue”... Él era el autor y no iba a quedar en el anonimato. Confesaría, pues, sin ningún riesgo: nadie le iba a creer, y punto. En todo caso, escribiría un libro.

Marcos Winocur es argentino residente en México.


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Cien años de educación y escuela pública


Ricardo Luis Plaul (Desde Remedios de Escalada, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Sintetizar cien años de historia de la educación y de la escuela como institución, en el marco del contexto socio-económico y político que le da sentido, es imposible en los límites que impone un artículo periodístico por lo que me limitaré a esbozar sólo algunos trazos caracterizadores de nuestro sistema educativo desde la óptica de la pedagogía crítica.

Las escuelas, tal como las conocemos, se organizaron como un medio de distribución de conocimientos a todos, y de producir una cultura común, que garantizara la inclusión y la movilidad social ascendente. La concepción de “escuela pública “como un espacio común que proponía igualdad en el trato a cada uno de los alumnos y alumnas, estaba en realidad proponiendo como objetivo del sistema educativo, la formación de la ciudadanía para la vida republicana.

La burguesía triunfante y gobernante en el siglo XIX crea la escuela pública, pero en realidad lo que se crea es un nuevo sistema de educación clasista, coherente, por otra parte, con la estructura social y con las exigencias productivas de la sociedad capitalista industrial.

Esta concepción de escuela, que formó parte de un movimiento nacional y latinoamericano, se concretó en nuestro país a través de una serie de leyes provinciales y nacionales a fines del siglo XIX , entre las que se destacó la Ley 1420 de 1884 que declara la gratuidad, la obligatoriedad y la laicidad de la escuela pública argentina. El funcionamiento eficiente se lograría dotando a las escuelas de maestros profesionales formados en las Escuelas Normales Nacionales. Los métodos y los contenidos fueron tomados fuera del país y desarrollados aquí en el marco del movimiento positivista, caracterizado por reivindicar la posibilidad del conocimiento científico, construirlo y alentar su distribución. Los colegios secundarios se crearon, desde la visión oligárquica – liberal, para formar a la elite dirigente que ejercería su hegemonía “antes que la masa bruta predomine y se haga ingobernable” (Mitre).

La ideología oligárquica – liberal sirvió para disimular la historia de las luchas de clases, las profundas desigualdades y la explotación de las grandes mayorías. Quienes persistían en afirmar su diversidad, frente al afán homogeneizador de la escuela, fueron muchas veces percibidos como un peligro para la identidad colectiva o como seres inferiores que aún no habían alcanzado el mismo grado de civilización.

La escuela aparecía como la gran redentora social, desde una filosofía racionalista y eurocéntrica (era la luz contra la ignorancia y la barbarie) y todo lo considerado ajeno a este modelo ilustrado fue inmediatamente excluido (indios, inmigrantes, gauchos, asiáticos, homosexuales, pobres, negros, etc). Esto explica lo que ha hecho de la escuela argentina un caso típico de institución conservadora en sus rituales y productora de los mitos más tradicionales sobre la identidad nacional.

A partir de 1930 se produce una intensa reacción antipositivista en corrientes de pensamiento en la que confluyen el idealismo, el espiritualismo y el culturalismo. Es una pedagogía netamente filosófica, alejada de la realidad escolar y de la praxis. Solamente sirvieron para reforzar la estructura clasista tradicional de la educación y para reforzar el divorcio entre la escuela y la vida. En nuestro país los altos funcionarios ministeriales enfatizaron el papel de la escuela pública en la transmisión de ideologías y valores tomados de la iglesia católica conservadora, asociada a modelos de desarrollo no democráticos.

A mediados de la década del 40 surge el “Estado de Bienestar” de la mano del peronismo como expresión de la alianza de clases entre el movimiento obrero y el naciente empresariado industrial pequeño y mediano. Se dio impulso, en el marco del modelo de industrialización, a la diseminación de escuelas públicas y al aumento de la escolarización. Gracias a esto, en 1960, ocho de cada diez niños en edad escolar asistían a un establecimiento educativo. La escuela de entonces, retuvo la prioridad de los valores de la moral cristiana y les agregó el respeto al trabajo y al trabajador. Introdujo también el respeto a la independencia nacional y a la justicia social, junto al culto personalizado a los dirigentes del gobierno y del partido gobernante.

El gobierno peronista (1943-1955) permitió el acceso al sistema educativo, especialmente a la escuela secundaria, de amplios sectores populares. Es imposible dejar de recordar en esta etapa el enfrentamiento que se produce entre el gobierno y las elites intelectuales, la Universidad, el movimiento estudiantil y los sindicatos docentes. La imposición de un adoctrinamiento en el ámbito educativo, resulta inaceptable para muchos educadores que lo consideraron manifestaciones de un gobierno fascista. La educación formal logra sin embargo, en el marco de una mayor justicia distributiva, innegables avances.

Con la caída del nacionalismo populista, los regímenes desarrollistas modernizadores (Frondizi en la Argentina., 1958-1962) visualizaron a la escuela, políticamente neutra, como una empresa económica, formadora de recursos humanos para el desarrollo, factor esencial del cambio social y de la movilidad social. Había que reformar a la educación para hacerla más moderna, racional y tecnificada y al mismo tiempo, “democratizarla”. Las tareas de definir la política educativa, de precisar los contenidos y métodos, quedan en manos exclusivamente de técnicos y planificadores. En realidad fue una forma encubierta de la ideología del statu-quo y de la dominación social. La controvertida política educativa de Frondizi, cuyo debate se sintetizó en la “laica o libre”, significó un momento en que las organizaciones sindicales docentes se vieron obligadas a discutir y asumir públicamente posiciones político-pedagógicas.

Con la “Revolución Argentina” se acentúan los rasgos autoritarios del Estado y de la pedagogía. Se instala la Doctrina de la Seguridad Nacional como respuesta a la masiva movilización social y política de los setenta. La reforma educativa del onganiato intentó modificar, entre 1968 y 1971, la estructura del sistema reduciendo a cinco años la escolaridad obligatoria y creando un nivel intermedio entre la educación elemental y la escuela media. La Universidad pública sufre un fuerte ataque y comienza el éxodo de docentes e investigadores. La reacción católico-nacionalista se instala en el Ministerio de Educación (Ivanissevich)

El período 1957-1973 marca el inicio de las luchas docentes por tener un Estatuto docente y culminan con la unificación nacional de las organizaciones de trabajadores de la educación (CTERA).

El Estado Militar y terrorista impuesto a partir del 76 ejerce en el ámbito educativo severas formas de censura y represión. Junto con la educación, caen acribilladas las ideas, el pensamiento crítico, el lenguaje y la memoria histórica. La desaparición de docentes y estudiantes, la censura ideológica de libros, cátedras y experiencias de investigación, producen un verdadero “culturicidio”, como lo llama Francisco Romero. Este implica la aniquilación intencional de creaciones, valores culturales y objetos, indispensables para la constitución de las subjetividades, de la identidad nacional, con el propósito de formar seres temerosos, despolitizados y disciplinados. La cultura del miedo, mutiló la conciencia social de estudiantes y docentes.

La transferencia, en 1978, de las escuelas primarias nacionales a las provincias y a la Municipalidad de Bs.As. , como concreción del principio de subsidiariedad del Estado, provocó el cierre de numerosos establecimientos educativos de este nivel. La transferencia significaba el abandono por parte del Estado Nacional de su responsabilidad social y encubría el impulso privatizador de la educación.

Recuperada la democracia, el gobierno radical lanza el Congreso Pedagógico Nacional, como el ámbito que debía producir los principios de una nueva ley de educación. Diseñado desde una concepción liberal de participación, posibilitó que los sectores privatistas fueran mayoritarios en buena parte de los espacios deliberativos.

Durante 1988 se produce un paro docente de 42 días por un nomenclador básico común, un estatuto federal y una ley nacional de educación. El 23 de mayo de ese año, la llamada “Marcha Blanca”, logró construir un consenso que doblegó la voluntad política del gobierno y se obtuvieron algunas reivindicaciones. Los docentes advierten la necesidad de recuperar la unidad del sistema educativo, fragmentada por la transferencia del 78 y amenazada por un reflujo de propuestas privatizantes que se esconden tras argumentos eficientistas. La segmentación educativa comienza a ser denunciada como un síntoma de la incipiente y novedosa desigualdad educativa entre provincias.

Durante la década de los noventa se intensifica la larga lucha de los docentes de resistencia frente a la destrucción del sentido público de la educación, como objetivo del neoliberalismo (vg. La Carpa Blanca). La Ley Federal de Educación y sus símiles provinciales, la Ley de Transferencia de las escuelas secundarias y la Ley de Educación Superior fueron los sustentos jurídicos de la “Transformación Educativa” neoliberal encarada por el gobierno menemista. Los resultados de la misma, que aún estamos padeciendo, fueron entre otros: la baja de la calidad de los procesos y productos de aprendizaje, la precarización del trabajo docente y el avasallamiento de sus derechos laborales, el progresivo desfinanciamiento de la educación pública, el aumento de la repitencia, el ausentismo y la deserción.

La hegemonía neoliberal, hoy en crisis, provocó una catástrofe económica, social, cultural y educativa, que aun hoy seguimos pagando. Esta incompleta y seguramente discutible síntesis nos reafirma en el pensamiento, de que la defensa de la educación pública, popular y democrática, implica el pensar nuevas políticas sociales integradas y universales que garanticen condiciones dignas para enseñar y aprender. Nos reafirma en la importancia de investigar la historia de la educación, su contexto y sus actores para que, como afirmaba R. Walsh, cada lucha no tuviera que comenzar de nuevo, para que la experiencia colectiva se acumulara y las lecciones no se olvidaran.

Autor foto: EL PERIODISTA


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Desde lo pequeño…


Miguel Longarini (Desde Buenos Aires, Argentina. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Todo es posible, digo, aún con la espina de que no lo sea... Mientras escribo este pensamiento, también me abrazan las dudas si alguien se sentirá distinto, luego de leer este simple acontecer, que el MIRAR Y VER ofrece a cada paso.

Lo que ofrezco a modo de “remedio para el alma” es este maravilloso espectáculo que hoy, en mis frecuentes recorridos (cámara en mano) me encontré.

En esta “pintura” pueden observar, como se conjuga la tan “promocionada” sequía pampeana y la fuerza de la vida, que aún en condiciones desfavorables pudieron ambas – suelo y semilla- confabularse y ofrecer, de modo simple, una fiesta para el color del día y un alimento sustancial para la otoñal mariposa.

Debo terminar y vuelvo a mirar la imagen mientras pienso: Debe ser muy poco modernoso hablar o mostrar estas pequeñas caricias, que la vida, nos pone delante a cada instante…

“Nos guste o no, somos parte de la NATURALEZA; dependemos de ella y ella de nosotros. La salud de la NATURALEZA es nuestra propia salud”.

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Diálogo acerca de las cosas, los valores y qué no


Carlos A. Trevisi (En diálogo) (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

-Pocos hay hoy día que planteen la existencia de las cosas
Será porque a la gente común no se le ocurren cosas tan abstrusas como las que se le ocurrieron a Hume (1). Yo, por mi parte, tengo la convicción más profunda de que las cosas existen fuera de mí; que no soy yo el que les otorga existencia, y que, a lo sumo, puedo responder a su llamado desvelándolas. Tanto más cerca estaré de su significado cuanto más íntimamente las aprehenda, cuanto más íntimamente las penetre. A la gente no se le ocurre pensar que las cosas no existen sólo porque no perciben su existencia.

-¿Significa esto que su existencia está más allá de la percepción que tengo de ellas?
Poco más o menos. Las cosas existen en sí mismas las percibamos o no (2).

-¿Cómo descubrimos esa existencia?
Cuando nos golpea. El verso se escribe cuando él quiere, pero me necesita para hacerse “verso”; lo mismo sucede con la verdad, con la belleza, con la vida. Hay que penetrarlas virilmente, abrasarse en su interior. No alcanza con la mera percepción para descubrirlas. Mario Botta, refiriéndose a su profesión de arquitecto, nos dice estar convencido de que no es el arquitecto quien elige sus temas sino, por el contrario, son los temas quienes eligen al arquitecto. Tampoco es Borges ajeno a esta idea cuando nos dice que no es el escultor el que sale en busca de un tema, sino que bruscamente “ve”. Lo mismo aseveran el poeta José Hierro, y Ribout, respecto de la fotografía.

-Habría que estar muy capacitado para eso.
Nadie va a descubrir aquello para lo que no está capacitado, aunque sí, todos los seres humanos estamos en condiciones de apreciar la belleza, distinguir la verdad y mil cosas más que no necesariamente exigen de nosotros ser artistas ni filósofos. Yo no tengo el talento de Borges, pero lo entiendo. Esos valores están al alcance de todos pues su aprehensión no sólo es inteligente sino también emotiva. Piense en Altamira. Olvídese de sus artistas y piense en el “público” que contemplaba las pinturas rupestres de la cueva. Yo me los imagino toscos, llenos de pelos, sucios y olorosos, pero también extasiados.

-¿Se puede hablar entonces de “valores absolutos”?
Creo que existe la belleza, la justicia, la verdad, el amor, la entrega, la amistad, la misericordia...

- ¿Y Dios? ¿No es un valor absoluto?
Participo de la idea de un dios generador. No creo en un dios que esté alerta de las circunstancias del universo ni del hombre. El fundamento de universalidad “del absoluto” que le he expuesto no puede partir de un interés o de una creencia.

- ¿Cree en Dios?
Es un dios que no me sirve para nada: no puedo ofrecerle ni pedirle. Ha estado ahí, impávido, y ahí seguirá. Es irrelevante creer en ese dios.

- Deduzco que la libertad y la democracia son valores absolutos.
No lo son. La libertad, la democracia, el derecho, la moral, son apenas marcos de referencias que las sociedades se dan para funcionar según patrones culturales que interpretan los valores a los que se atienen. Una cosa son los valores absolutos y otra muy distinta el “corpus” legal, moral y social –digamos “cultural”- que los interpreta.

-¿Entonces reconoceríamos esos valores más allá de la cultura a la que pertenezcamos?
Cualquier hombre conlleva, genéticamente, el valor de la vida, de la belleza, de la justicia… Aún aquéllas como la cultura Maya, que practicaba sacrificios humanos, lo hacía en nombre de la vida, de su trascendencia (3). Habrá valores que las culturas estimen como absolutos y no lo son, tal el caso de la democracia, o el de la libertad que impone el ordenamiento legal en el mundo occidental hoy día. Habrá otros valores que son propios de la condición del “ser” humano que están presentes desde los orígenes de la humanidad: la verdad, la belleza y la justicia, por ejemplo. Por estos me inclino porque son reconocidos por cualquier hombre, provenga de donde proviniere. Reitero lo de Altamira

-¿Qué pasa cuando no se distinguen esas diferencias?
Cuando no se distinguen las diferencias y se otorga categoría de valor “absoluto” a lo que no lo es, se plantea el conflicto y nace la belicosidad que hay entre las culturas o dentro de cada una de ellas. La Iglesia, que se aferra a “sus valores absolutos”, cuestiona derechos y obligaciones propios del estado en nombre de valores que no son absolutos, salvo para la Iglesia misma. Tal el caso del matrimonio entre homosexuales. Es de aceptarse que la Iglesia sostenga que son “valores absolutos”, como también lo es negarles esa categoría. Lo serán para los católicos, pero no para los que no lo son. En este momento hay más de una voz en le Iglesia que expresa que el que no coincida con esos valores, no puede ser católico; que para serlo tiene que avenirse a la doctrina o apartarse. Craso error. La doctrina es de lo que se vale la Iglesia para presentar a Cristo, para darlo a conocer. La doctrina no puede ser inmutable porque la presentación que la Iglesia hace de Cristo está en relación directa con el espacio y el tiempo en el que se lo proclama ¿Qué puede significar para un cristiano no católico o para un agnóstico o un ateo el dogma de la Asunción de la Virgen María? La proclamación de verdad indiscutible de los dogmas sigue una línea no cuestionada dentro de la Iglesia, aunque difícil de compartir. Declamar, hacia 1950, como verdad absoluta, que la virgen María haya subido a los cielos en cuerpo y alma no deja de ser, cuanto menos, poco fácil de creer. Para abordar la solución a estos conflictos, entiendo que mal llamados culturales, es menester ser amplio, abierto, crítico, democrático, dialogal y tener mil atributos más que muy pocos políticos demuestran poseer para las relaciones internacionales (incluidos los del estado del Vaticano, acaso los primeros).

-La inmigración y el terrorismo requerirían un tratamiento acorde con estas actitudes
Sin duda los procesos inmigratorios han alterado las vidas de los “invadidos”: la escolarización de los hijos de extranjeros, trabajo clandestino, biotipos ajenos; y hasta nuevas costumbres sociales: olores diferentes, comidas exóticas, vestimentas no usuales, matrimonios poligámicos… Los “invasores” traen consigo los mismos valores “absolutos” que sostenemos nosotros. Lo que varía es el corpus, las costumbres. ¿Quién está en lo cierto, el árabe poligámico o un monogámico “occidental”? Ambos. Las diferencias son propias de los procesos de culturación a los que han estado sometidas ambas corrientes. El hombre occidental tendría que aprender a convivir con estas nuevas modalidades y costumbres confiando en que su cultura es tan poderosa como para ninguna otra pueda con ella. No me cabe ninguna duda de que la cultura occidental, por más proteica respecto de los derechos que otorga a sus miembros, terminará absorbiendo a cualquier otra. Por eso no tienen razón de ser las guerras como la planteada en Irak. Es un típico caso de imposición de valores occidentales en un país que manifiestamente no los comparte; para ellos la libertad y la democracia, como la entendemos nosotros, no tienen sentido. Esto, por supuesto, al margen del petróleo, de las mentiras que se esgrimieron para justificar la invasión y de que con ejércitos “profesionales” a la guerra sólo van los pobres, los que se “emplean” como soldados. El terrorismo es un capítulo aparte que exige un tratamiento algo más que militar; por de pronto legal. En este sentido, Mary A. Wright, FO-01, Deputy Chief of Mission US Embassy, en su carta de renuncia que presentó al secretario de estado americano, Collin Powel, nos dice (permítame que se lo lea)

“America has lost the incredible sympathy of most of the world because of our policy toward Iraq. Much of the world considers our statements about Iraq as arrogant, untruthful and masking a hidden agenda. […] I strongly disagree with the use of a preemptive attack against Iraq and believe that this preemptive attack policy will be used against us and provide justification for individuals and groups to preemptively attack America and American citizens.[…] I cannot support the Administration´s unnecessary curtailment of civil rights following September 11. The investigation of those suspected of ties with terrorist organizations is critical but the legal system of America for 200 years has been based on standards that provide protections for persons during the investigation period. Solitary confinement without access to legal counsel cuts the heart out of the legal foundation on which our country stands. Additionally, I believe the Administration´s secrecy in the judicial process has created an atmosphere of fear to speak out against the gutting of the protections on which America was built and the protections we encourage other countries to provide to their citizens.[…]

- A la luz de lo que acaba de leer, me asombra que hable de la capacidad de absorción de nuestra cultura.
No tendría porqué. Una cosa es la cultura y otra la civilización. El mundo occidental proviene de una cultura que ha alcanzado los máximos niveles no sólo en el reconocimiento del valor de la vida y los derechos que le son inherentes, sino también en su capacidad de resolución de los problemas que la aquejan. La civilización, que nos es ajena y ha sido impuesta por circunstancias que se han apartado de la cultura que la impulsara, ha echado por tierra con los valores. Esta civilización (pragmática, empírica, “sajona”, en fin), tocará fondo y se revitalizarán los valores de los que hablábamos. La absorción se producirá entonces, cuando el hombre vuelva a “valer” más que el derecho a la propiedad.

-Me interesa la diferencia que hace entre cultura y civilización. ¿Podría ampliar, por favor?
La cultura, exige de personas en actitud creadora, tipos armónicos que sepan que su “estar” en el mundo está íntimamente ligado a la verdad de ser únicos, de ser uno en si mismos aunque a partir de los demás. Se es culto en la medida en que se arborece en respuesta a los principios, se florece en la recreación de esos principios y se frutece en los demás, contagiando con fervor esa organicidad. Así, en el ámbito de la cultura no se juzgan niveles de conocimientos sino sabiduría de vida. Y la sabiduría de vida se logra en el esfuerzo por armonizar las actitudes volitivas, afectivas, intelectuales y de libertad. No basta con la inteligencia. La civilización, con todo que nace de la cultura, como hemos dicho, pervierte su organicidad, pues las exigencias propias del advenimiento de un complejo mayado socio-político-económico y tecnológico la impulsan a la fijación de metas circunstanciales y a negociar los procedimientos. La civilización altera el tiempo – lo acelera- y achica el espacio; impone lo efimeral. Todo lo contrario de la cultura, que en el disfrute pasmódico del tiempo se abre a la plenitud del amor, de la inteligencia y de la libertad; que autoriza el retorno desde el error, que hospitaliza al hombre y lo relanza al mundo en busca de mejores oportunidades. La civilización somete la imaginación del hombre, le quita la libertad de hacer sus propios qués, cómos y cuándos. Esclavo de imaginerías ajenas, se aliena; pierde conciencia de sí mismo para hacerse con la conciencia del “mercado”, que desnaturaliza su existencia. El hombre civilizado es el habitante de la “civitas”, el que ha sido educado para el “hic et nunc”, en la ajenidad de los principios, en la trastienda de la creación, en el erratismo de lo relativo, en el éxito. En soledad, despersonalizado. La salida es una nueva esfera en la que la sabiduría de vida se plasme con altos niveles de conocimientos. Ahí podríamos abrazarnos con el diferente.

-¿Está insinuando un choque dentro de la misma cultura?
Si aceptamos las diferencias que he marcado entre “civilización” y “cultura” hay que precisar el concepto. Yo diría que la cultura va a terminar con esta civilización porque se impondrán sus valores por encima del pragmatismo. En "Tomando la palabra" , de Armando P. Rivas (4) tenemos una prueba de la fuerza salvaje de la civilización.
Lo que sostiene el neoliberal Ribas no responde culturalmente a lo que han sido los valores sobre los que se fundamentó la construcción del mundo en el que vivimos. Sin embargo, la cultura occidental, al haber perdido de vista al hombre como sujeto y razón de ser de la historia, ha devenido en un estado de cosas que autoriza, con toda desfachatez, a decir que “así, la responsabilidad de los países ricos sería la de facilitar la salud a los pobres, y tal obligación se sustenta en desmedro precisamente de los derechos de patente de los medicamentos” , como si fueran más importantes los derechos de patentes que la vida de alrededor de mil millones de hombres, mujeres y niños que se mueren de hambre o apestados por temibles enfermedades. Cada vez que abordo este tema recuerdo a la Argentina. Cuando me cruzo con algún amigo español que sinceramente me alienta respecto del crecimiento que está teniendo mi país, no puedo menos que recordar que se mueren 47 chicos mueren 47 chicos por día por enfermedades no necesariamente letales. Sin embargo, el país sigue “creciendo”. ¿Qué significa crecer? (5). Está claro que cuando dentro de la misma cultura acaecen barbaridades como éstas ya nadie se puede permitir ni siquiera hablar de valores. Será por eso que el neoliberalismo está atenuando la importancia de las instituciones que nacieron a la sombra de esos valores –la familia, el estado, la Iglesia, los sindicatos, las universidades, los partidos políticos, las asambleas políticas, etc.- y recreando nuevos valores que impulsa como absolutos: el mercado, la libertad, la democracia…

- No es usted precisamente optimista.
Lo soy por naturaleza. Soy escéptico, no obstante. Y es precisamente mi escepticismo lo que me hace ver que vamos mal. Si partimos de la base de que el “derecho a la propiedad”, o el ejercicio de “la libertad” o de la “democracia”, por ejemplo, son valores absolutos, podemos justificar cualquier acción que los imponga dónde estemos contestes de que hacen falta. Así se puede justificar la guerra de Irak o una eventual confrontación en Irán en nombre de la libertad y de la democracia; o de impedir legalmente, en nombre del derecho de propiedad, que los desgraciados que se mueren apestados por el SIDA o la malaria, accedan a los medicamentos. Este accionar tiene un fundamento: en el fondo se trata de “cosas” que no percibimos y que, en consecuencia, no existen. Los miles de chicos que se mueren en el tercer mundo no existen; Bolivia no existe, Haití no existe. África no existe.
El hombre tiene conciencia de que la salud es inherente a su condición de persona, y sabe sobradamente qué necesita sin que venga nadie a decirle qué tiene que hacer con su país. Lo que sí debemos hacer es impulsarlos al conocimiento de valores en cuyo ejercicio nuestra cultura ha dado pruebas de encuentro y tolerancia. Y jamás ha sido más fácil que hoy día, cuando la necesidad ha acercado a los hombres como nunca antes. Es lamentable que no logremos entender que están golpeando a nuestras puertas en busca de ayuda y que en ese contacto está la solución.

-Hemos comenzado hablando de la existencia de las cosas. ¿Qué importancia tiene el reconocimiento de su existencia respecto de lo que hemos hablado?
Fundamental. Si no reconocemos aquello que existe fuera de nosotros, no necesitaremos del diálogo, ni del esfuerzo de la puesta en común. Lo destruimos y ya está. Si, total, no existe (¿Irak, el hambre en el mundo…?). Este sentimiento comienza a ser común a toda Europa. Y debemos decir que ha sido muy bien inducido. Nada más cruel que la denominación de “terrorismo islámico”. Es como si en España dijéramos que el terrorismo de ETA es “terrorismo español” o “terrorismo vasco” o “terrorismo “cristiano”. Nos cuidamos bien de decirlo. ¿Por qué entonces expandimos la idea de “terrorismo islámico”? Es una respuesta que tiene que darse el lector.

-En esto que acabamos de conversar hay varias vertientes que explican la política actual.
En efecto. La Guerra de Irak tiene un fundamento determinista.

Notas:
1) Hume´s analysis of human belief begins with a careful distinction among our mental contents: impressions are the direct, vivid, and forceful products of immediate experience; ideas are merely feeble copies of these original impressions. Thus, for example, the background color of the screen at which I am now looking is an impression, while my memory of the color of my mother's hair is merely an idea. Since every idea must be derived from an antecedent impression, Hume supposed, it always makes sense to inquire into the origins of our ideas by asking from which impressions.
2) CIENCIA, EMPIRISMO Y RELATIVIDAD por Víctor Montoya
3) El sacrificio humano se celebraba con una piedra de sacrificios, un cuchillo de pedernal y un recipiente para ofrendar los corazones, llamado Cuauhxicalli. Revestía gran importancia ya que era la manera de que a la muerte siguiera la vida, tal como ocurría en la naturaleza, en la que a lo largo del año había una temporada de secas donde las plantas morían, y una temporada de vida, en que la lluvia hacía renacer los frutos de la tierra, como parte de un ciclo constante. A través del sacrificio humano se ofrendaba lo más preciado, la sangre y la vida misma, para que a través de la muerte surgiera la vida.
4) Ver además, "CRÍTICAS A "LA SALUD NO ES UN DERECHO"
(www.fundacionemiliamariatrevisi.com/lasaludnoesunderecho.htm)
5)En ese mundo signado por la velocidad y la precisión es imprescindible el desarrollo de la imaginación en un entorno integrador capaz de recrear circunstancias. Ante la crisis de un mundo homogéneo, unívoco, partidario de las jerarquías, estandarizado y categorizador, prescriptor de fines y administrador de medios, imperial y teocrático, donde la libertad ha sido un mero enunciado, se abre un mundo nuevo, heterogéneo, desestandarizado, participativo, abierto, simbiótico, interactuante, armonioso en su diversidad, estético, ético antes que moral, contextual, (un mundo) promotor de actos de libertad consciente que instalará al hombre como centro activo de una red de relaciones inagotables entre las cuales él instaura la (suya) propia"(Umberto Eco, Obra abierta, Planeta, 1992, Págs. 74-75) La educación que enfrentamos en los albores del siglo XXI no ha despegado de las pautas que impusiera el modernismo decimonónico. Ha carecido de una estrategia que autorizara la creatividad en los educandos, y abolido su capacidad imaginativa. Si de integración se trata, nada más atomizado que un entorno educativo: la escuela al margen de la realidad, los padres de la escuela, los directivos de los maestros, los maestros de los niños y los niños de la escuela. Esta escuela del viejo mundo va camino de desaparecer y, como no asumamos el cambio, corremos el riesgo de que no haya relevo posible, es decir, que todo siga igual, aunque bajo una estela de modernidad, donde se den cita novísimo herramental y celéricos recursos, pero al servicio de objetivos caducos y metas inciertas. Nuestra tarea como maestros es operar sobre el cambio a partir de la realidad y no de un antojo arbitrario. Nuestro destino es Europa y nuestro potencial autoriza una puesta en común con los países más avanzados del mundo. Los cambios que se han producido a partir de la mundialización que nos ha tocado en suerte vivir, para bien o para mal, obedecen a desafíos propios del siglo XXI y conllevan un rango operativo altamente competitivo. Nuestra respuesta no puede ser decimonónica.


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La montaña del alma


Edgar Bastidas Urresty

Por esta novela escrita entre 1982 y 1989 en Pekín y París, el escritor chino Gao Xingjian ganó el premio Nóbel de literatura en el 2000. El jurado, sin embargo, destaca el conjunto de su obra narrativa y teatral por su dimensión universal.

La concesión del Nobel a Xingjian sorprendió al mundo de las letras porque el más opcionado había sido el poeta Bei Dao. El autor de “La montaña del alma” era relativamente desconocido en occidente salvo en Francia, donde casi toda su obra ha sido traducida y publicada a lo que ha contribuido su exilio en París donde vive desde 1988.

Fue traducida al sueco por Goran Malmquist, profundo conocedor de la literatura china clásica y moderna y miembro del jurado de la Academia que asigna el Nóbel. Esta circunstancia y el apoyo de Horace Engdahl, secretario permanente de la Academia, a la lucha por la libertad y la justicia han podido influir en el premio a Xingjian.

“La montaña del alma” es considerada por la crítica como la gran novela de China.

Sobre un contexto que abarca períodos de la historia china, antigua y moderna, el autor hace un relato del viaje que emprende en busca de la montaña mágica que supone aliviará sus conflictos y dará respuesta a sus problemas existenciales. En el largo recorrido el autor evoca el poder, la herencia cultural de algunas dinastías chinas; menciona y destaca nombres de la literatura, de la poesía, de la pintura china, hace duras críticas a la revolución cultural. Describe y se extasía ante la naturaleza; se debate ante la soledad, el miedo de vivir, la muerte; juega, disfruta del amor, de la amada. Cuestiona el lenguaje como forma de expresión y con incertidumbre intenta el reconocimiento del yo, del otro.

El descubrimiento de la montaña mágica al final de la novela en un ambiente frío y solitario es como el reencuentro consigo mismo, el descubrimiento del vacío interior.

En La montaña del alma como en otras de sus obras narrativas, Xingjian hace uso del monólogo interior que evidencia la influencia de Joyce a quien él introdujo en China -también a Kundera, Kafka, García Márquez y Sartre- para formar la corriente modernista.

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La peste según Albert Camus


Edgar Borges (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

La literatura de la sencillez es esa que nos brinda, desde la palabra en clave de vida, la posibilidad de imaginar una realidad personal o colectiva (en lo primero descubrimos lo segundo). Esto ocurre cuando la justa composición de las palabras está al servicio de una historia. Y de la vida.

El escritor francés Albert Camus (1913-1960) logró el difícil arte de escribir grandes historias sin complicaciones discursivas. Conexión similar que, en su tiempo, alcanzó uno de sus maestros: Franz Kafka. Por estos días, con la campaña mediática en torno a la mal llamada “gripe porcina”, me da placer leer (y de nuevo descubrir) La peste, la inmortal novela que Camus publicó en 1947.

De La peste se han realizado múltiples interpretaciones. Me gusta ver la que asoma ese “algo absurdo” que a modo de “trampa del destino” nos surge (o lo inventamos) cada cierto tiempo en la historia. Y al final, cuando pasa el tiempo, nada cambia en nosotros. Por ello, años más tarde, retorna ese “algo absurdo”, quizá asumiendo una nueva (o vieja) forma. Y así lo sentencia el premio Nobel en el final de su novela: “puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa”.

Los seres humanos andamos transitando una historia circular (creyéndonos ciudadanos de “esa ciudad dichosa”). Unas veces pensamos (el esquema del pensamiento circular) que el problema (o la bendición) es el dinero; otras señalamos al inmigrante (sobre todo en Europa y Estados Unidos); o aseguramos que la violencia humana nace con la televisión. Con igual obsesión la fe ha sido dirigida hacia soluciones mágicas como las que hoy entregamos a las nuevas tecnologías (ayer a las religiones). Albert Camus dibuja magistralmente esa ceguera humana que nos hace ver respuestas (o muros) en cualquier espacio externo a nuestra responsabilidad. Y vivimos (en círculo) buscando la culpa en el otro. ¿Quién será el siguiente miserable que tiña de angustia nuestros días?

Hay en La peste una discreta invitación a valorar la vida humana por su propio mérito (el liviano y trascendental peso de la existencia), más allá de los dogmas políticos o religiosos. Camus me hace pensar que al final de todas las pestes (crisis financiera, cerdos voladores y fantasmas disfrazados de dioses) siempre latirá una pregunta dentro de cada existencia.

Edgar Borges es venezolano residente en España.


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En algún lugar… Genio y figura


Laura M. López Murillo (Desde México. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

En algún lugar del mundo, en el ámbito de la feminidad se erige la dimensión social, porque el hogar ha sido siempre el invernadero donde germinan todas las ideas y florecen todos los principios; la silueta de una mujer es el contorno de los sueños que se han hecho realidad…

A través de los siglos y los milenios en la historia de la humanidad, donde lo único constante ha sido el vaivén de los criterios socialmente compartidos, la antropología ha identificado tres periodos en la identidad femenina. En la antigüedad, la mujer fue considerada como un ser inferior y despreciado, cuyo objetivo existencial era únicamente la maternidad; el prototipo de la “Primera Mujer” corresponde a un ser humano estigmatizado por la desconfianza y la carencia absoluta de inteligencia.

En el Medioevo, cuando apareció el amor cortesano, surgió “la Segunda Mujer”: aquella dama idolatrada, poseedora de todas las virtudes y las perfecciones morales y estéticas. En el siglo XII nació el culto a la mujer, a su belleza y su virtud, proceso que continúa en los siglos posteriores, siempre exaltando de manera romántica sus cualidades maternales.

Ya en los siglos XVIII y XIX, la mujer es reconocida por sus funciones como esposa y madre, y de manera especial, se le confiere el poder de formar a los niños, de educar lo masculino y civilizar comportamientos y costumbres. En el siglo XIX se estableció un rígido modelo normativo, apoyado con las instituciones de control de la modernidad, el Estado-Nación y la fábrica establecieron las normas sociales. El Estado retomó la división sexual y confinó a la mujer a su ámbito natural: la casa. Los sistemas educativos y de salud adoptaron el mismo discurso. El hombre se convierte en el individuo soberano de sí mismo, al igual que el Estado se convierte en el soberano del territorio.

Cuando surge la cultura de consumo se pretende emancipar a la mujer: en la década de los cincuenta los nuevos electrodomésticos y las cenas enlatadas le ofrecen una oportunidad a la mujer de liberarse de sus tareas “naturales”. También tuvo más acceso a la educación y en la estructura productiva se crearon nuevas oportunidades en el sector de servicios y de salud que fueron aprovechadas por las mujeres. El salario femenino contribuye al ingreso del hogar, lo que ayuda al sostenimiento del consumo en el marco de una sociedad de mercado.

Después de los años 60s y de las transformaciones sociales y culturales que tuvieron lugar en Occidente, se produjo el advenimiento histórico de lo que Lipovetsky llama: “la Tercera Mujer”. Este proceso se acompaña de una serie de cuestionamientos sobre la identidad femenina. La libertad de elección que otorga la sociedad de mercado a la mujer, le brinda la posibilidad de gozar del individualismo del hombre. El aborto, la anticoncepción, las demandas de divorcio de iniciativa femenina, la libertad sexual, al igual que el cambio en la estructura familiar hacen que la mujer se afirme como individuo.

Surge un nuevo modelo familiar que se caracteriza por deslegitimar el principio de subordinación de la mujer al hombre. Las decisiones familiares provienen de un consenso, con la participación de ambos cónyuges en las decisiones importantes. Con la tercera mujer, aparece la pareja igualitaria-participativa.

Pero las transformaciones de los códigos culturales y de los criterios sociales no significan una mutación histórica absoluta, no sustituyen a los prejuicios del pasado ni aniquilan los estigmas femeninos. En la actualidad, el género femenino aún es el encargado de la producción de los futuros ciudadanos, el rol de la mujer dentro de la familia y las tareas domésticas afirman su identidad al permitir el dominio de un universo propio y la constitución de un mundo íntimo, emocional y comunicacional.

Aún ahora, cuando los filósofos y los antropólogos celebran el surgimiento de la Tercera Mujer, persisten ideas obtusas que enaltecen a la mujer únicamente por el don de la maternidad y que condenan el derecho femenino a decidir. En la sociedad de mercado, la afirmación identitaria se realiza por un proceso de consumo que se guía por la capacidad y voluntad de comprar, y en este caso, se consume la imagen de la “madre”’ entronizada en el espacio privado.

Hoy por hoy, en la figura femenina convergen las dos versiones de la vida: la familiar y la social, versiones que la mujer debe conciliar por el lastre legendario que la confinó al hogar; la responsabilidad en la formación de los hijos es, aún, exclusiva de las madres, como lo es también el funcionamiento del hogar. La conciliación de los ámbitos es una de las genialidades de la mujer, el rol predominante de la mujer en la familia no es sólo una responsabilidad ineludible porque estas tareas enriquecen su vida emocional y le dan a su existencia una dimensión de sentido.

A pesar de la feminización de las carreras y del empleo, el poder económico y político permanece mayoritariamente en manos masculinas, pero esto no se debe solamente a las imposiciones masculinas sino a la priorización que dan las mujeres a los valores privados, lo que las hace renuentes a la lucha del poder por el poder.

La Tercera Mujer se reconcilia con el rol tradicional y por su incursión en el ámbito público se enriquece a sí misma. Sin embargo, aún perdura el criterio biológico para distinguir a los géneros de la especie humana y predomina la imagen maternal de la mujer por encima de todos sus atributos.

La figura femenina seguirá suspendida, pendiendo del criterio masculino que ella misma perpetúa, porque gracias a la genialidad de la mujer, la dimensión social se erige en el ámbito de la feminidad… porque el hogar ha sido siempre el invernadero donde germinan las ideas y florecen todos los principios, porque la silueta de una mujer es el contorno de los sueños que se han hecho realidad…

Laura M. López Murillo es licenciada en Contaduría por la UNAM. Con Maestría en Estudios Humanísticos Especializada en Literatura en el Itesm.


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La avenida infame


Sebastián Korol (REVISTA SUPERFICIE, especial para ARGENPRESS CULTURAL)

“Gobernaba Paraguay un gran patriota que se llamaba Francisco Solano López, hombre de temple como se da pocas veces en la historia. La nuestra lo trata mal por haber hecho lo que hizo. No importa: mañana, cuando la Argentina sea de los argentinos, lo tratará muy bien; le levantaremos estatuas y borraremos la iniquidad de la guerra del Paraguay.” José María Rosa, de una conferencia pronunciada el 10 de junio de 1964. (Destacado mío)

Como río represado, denso humo celulósico o pino-puñal clavado en la carne del suelo, la historia oficial contamina la memoria. No duerme en manuales escolares. Día a día, nauseabunda, desfila ante nuestras narices. Medios masivos de desinformación, feriados, monumentos, nombres de ciudades, plazas, avenidas y calles exaltan figuras y hechos que constituyen -según la miope mirada de los vencedores- la "historia de la patria".

"La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas", escribía con cuánta razón Rodolfo Walsh. Y es que sin dudas, la historia oficial es la de la Argentina minoritaria. La de los corruptos, vendepatrias, egoístas, traidores, golpistas y genocidas.

El principal propulsor de lo que hoy llamamos historia oficial -de interpretación liberal-conservadora (liberal en lo económico), europeísta y antiamericanista- fue Bartolomé Mitre y sus seguidores Ricardo Levene, José Carlos Altolfi, José Cosmelli Ibáñez, entre muchos otros deformadores del pasado.

Quiero detenerme en la siniestra figura de Mitre, con una execrable muestra de la fuerte presencia de la historia oficial en la Provincia de Misiones. La avenida que recibe a los hermanos del Paraguay tras el paso del Puente Internacional San Roque González de Santa Cruz, que comunica Posadas (Argentina) con Encarnación (Paraguay), lleva su nombre.

Mitre desempeñó un rol protagónico en la Guerra de la Triple Alianza, uno de los episodios más vergonzosos e infames de la historia suramericana. Aquella "cruzada civilizadora y democrática" lanzada por el esclavista Imperio de Brasil, Argentina y Uruguay y que fuera financiada y apoyada por Gran Bretaña (la principal beneficiada), duró cinco años (1865-1870) y significó el aniquilamiento de su población, la destrucción del proyecto de desarrollo autónomo del Paraguay, y la ruina económica que antecedió al endeudamiento y la eterna dependencia extranjera de la nación guaraní.

Hombre funesto para tres Repúblicas

"En esta sección americana, Mitre ha sido un cometa de sangre, un flagelo devastador, un elemento de corrupción y de desquicio y dan testimonio de su existencia los huérfanos, las viudas y los inválidos". Así definía al "quijote de la muerte" el autor de Martín Fierro, José Hernández, hacia 1874. Bartolomé Mitre fue Presidente de la Nación -mediante eleccionesfraudulentas y violentas- entre 1862 y 1868. Enardecido impulsor del modelo agroexportador colonizante, defendió a capa y espada los intereses de la oligarquía portuaria y el imperialismo británico. En Argentina, ordenó brutales masacres contra caudillos federales, gauchos e indios del interior, a los que consideraba bárbaros y salvajes incurables. Encabezó la Guerra de la Triple Alianza contra Paraguay y fundó el diario "La Nación", vocero de los grandes terratenientes, ganaderos y exportadores. Fue también pionero de la guerra bacteriológica contra su propio país. Así lo confirma Felipe Pigna en Mitos de la historia Argentina 2, citando una carta a Pedro II del Marqués de Caxias, Mariscal del ejército en la guerra contra el Gobierno del Paraguay, con fecha 21 de enero de 1869:

El general Mitre está resignado de lleno y sin reserva a mis órdenes; él hace cuanto yo le indico, como ha estado muy de acuerdo conmigo en todo, aún en cuanto a que los cadáveres coléricos se arrojen a las aguas del Paraná, ya de la escuadra como de Itapirú para llevar el contagio a las poblaciones ribereñas, principalmente a las de Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe que le son opuestas…

La Guerra de la Triple Infamia

Llamada así por Juan Bautista Alberdi, fue el exterminio del único país hasta entonces verdaderamente independiente en América del Sur: Paraguay. La acometida, emprendida por Argentina, con Bartolomé Mitre al frente; Brasil, con Pedro II y Uruguay, con el gobierno títere de Venancio Flores, es una herida profunda y sangrante aún no cicatrizada.

Sólo conociendo la situación de la nación guaraní antes de la guerra se podrá comprender el porqué de la misma. Analiza el historiador argentino José María Rosa que Paraguay era un país rico, ordenado y próspero que “se bastaba a sí mismo y no traía nada de Inglaterra”. Paraguay era de y para los paraguayos. Ningún extranjero podía adquirir propiedades y casi todas las tierras y bienes eran del Estado. Agrega el destacado historiador revisionista que Paraguay:

“Contaba con el mejor ejército de Sudamérica. Tenía altos hornos y la fundición de Ibicuy fabricaba cañones y armas largas. Funcionaba el primer ferrocarril de Latinoamérica, un telégrafo y una poderosa flota mercante. El nivel de la educación popular también era el primero del continente. Además, Paraguay era un importante productor de algodón, materia prima que necesitaba el capitalismo inglés en su etapa de expansión imperialista para su industria textil, principal motor de su economía. El bloqueo al sur esclavista de la Confederación, que proveía de algodón a la industria inglesa, producido por la guerra de Secesión norteamericana (1861-1865), hizo indispensable para los intereses británicos la destrucción de tal nación soberana.”

Esos intereses -analiza Rosa- manipularon al círculo de influencia del emperador del Brasil, al partido mitrista y la oligarquía argentina y uruguaya, hasta consumar el exterminio de todo un pueblo, que incluyó también a las montoneras argentinas.

Paraguay después del genocidio

Bien lo resumió Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina cuando escribió: “Los invasores venían para redimir al pueblo paraguayo: lo exterminaron”. Según apunta el historiador paraguayo Efraím Cardozo en su obra Paraguay independiente:

Del 1.300.000 habitantes con que contaba el país antes de la guerra, apenas 200.000 quedaron en pie, y de ellos muy pocos adultos y aptos. La población era femenina en gran proporción. Las sobrevivientes de las residentas y de las destinadas, que después de recorrer los desiertos habían conocido en las calles de la ciudad horrores mayores, fueron distribuidas en los pueblos abandonados y tomaron sobre sus hombros la magna tarea de la reconstrucción nacional.

La guerra fraticida significó el exterminio del 99% de la población masculina mayor de 10 años y del 77 % de las mujeres del país.

Sobre los escombros del país, calientes y húmedos de sangre, los aliados procedieron al reparto. Tomando su porción del botín, Argentina se apropió de noventa y cuatro mil kilómetros cuadrados de tierra paraguaya del territorio de Misiones y Chaco, mientras que Brasil se quedó con más de sesenta mil kilómetros cuadrados de una amplia región hacia el oeste de sus fronteras. Completaban el “premio” para Brasil cientos de sobrevivientes paraguayos que fueron esclavizados y obligados a trabajar en los cafetales.

La guerra cumplió con su principal propósito: destruir el modelo autónomo de desarrollo de Paraguay. Solucionado el "problema" del tránsito de los ríos, el libre comercio comenzó a disparar mercancías británicas. Desaparecieron las tarifas aduaneras, los hornos de fundición, los vapores, telégrafos y ferrocarriles. El librecambio y el latifundio se instalaron para siempre. Se extranjerizaron las tierras, los bosques, las minas, los yerbales y los edificios públicos. Paraguay pasó de ser la nación más rica, desarrollada, independiente y justa, a la más empobrecida, dependiente, endeudada y sufrida de América Latina.

De nombres y nombres

Ésa fue la guerra de la Triple Alianza. Ése Bartolomé Mitre, el de la Avenida que recibe a nuestros vecinos y hermanos. Es sólo un ejemplo, de los muchos que se encuentran en cualquier ciudad. Es la historia oficial. Descubriremos en ella una larga lista de traidores, asesinos y vendepatrias -como Mitre- presentados como héroes y hechos nefastos –como la guerra infame contra Paraguay- expuestos como hazañas patrióticas. Es la recortada historia de los civilizados hombres blancos, en la que no tienen espacio las mujeres, los negros ni los indios. Es el relato de los vencedores, repleta de figuras políticas y militares. Podemos y debemos rescatar “la otra historia”, la de los pueblos avasallados que soportando todas las desgracias y sufrimientos que les llueven, continúan resistiendo, luchando y haciendo patria desde abajo y desde adentro.

Es hora que nos pongamos a pensar seriamente la urgencia de cambiar el nombre de esa avenida y restituir en ese acto un deber histórico. Por respeto a la memoria de los miles y miles de hermanos paraguayos muertos en la guerra de la triple alianza, es justo exigir a nuestros gobernantes y legisladores el cambio inmediato de denominación a esa y todas las avenidas, calles o monumentos que rindan tributo a Bartolomé Mitre.

¿No habrá en el acervo histórico un suceso que restituya al pueblo un merecido homenaje? ¿No habrá una gesta que reivindique un valor de unión y solidaridad y no de oprobio y muerte? ¿No habrá un valor, un significado, un nombre que apueste a la patria grande que fue abortada por los dueños de la ignominia? ¿No habrá luchadores del campo popular que merezcan ser recordados? Propongo considerar en ese esfuerzo el nombre “Solidaridad”, en recuerdo de la espontánea y desinteresada ayuda ofrecida por los posadeños a los encarnacenos tras el paso del demoledor tornado del 20 de septiembre de 1926 y de otras tantas muestras de ayuda de uno u otro lado del río a lo largo de nuestra historia. Y el de “Hermandad latinoamericana”, en honor a las luchas por la integración y liberación de los pueblos del sur libradas por tantas figuras luminosas.

Queda abierto el debate para pensar y proponer. No debemos cejar en el intento, porque como sabemos, la historia oficial no duerme nunca, sigue acechando la memoria.

Fuentes consultadas:
Rosa, José María: LA GUERRA DEL PARAGUAY Y LAS MONTONERAS ARGENTINAS. Buenos Aires, Hypamérica, 1985
Rosa, José María: HISTORIA ARGENTINA TOMO VII LA OLIGARQUÍA. Buenos Aires, Editorial Oriente, 1974.
Rosa, José María: HISTORIA DEL REVISIONISMO Y OTROS ENSAYOS. En www.pensamientonacional.com.ar, Digitalizado en base a la 1º edición - Editorial Merlín - Octubre de 1968
Rosa, José María: ¡MUERO CON MI PATRÍA! Investigación histórica. Publicado en www.congresobolivariano.org
Galeano, Eduardo: LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA. Siglo XXI editores, México, 1994
Galeano, Eduardo: SER COMO ELLOS Y OTROS ARTÍCULOS. Siglo XXI editores, México, 1992.
Pigna, Felipe: MITOS DE LA HISTORIA ARGENTINA 2. Planeta, Buenos Aires, 2007.
Cardozo, Efraím: PARAGUAY INDEPENDIENTE. Calos Schauman Editor, Asunción, 1988
Levene, Gustavo: NUEVA HISTORIA ARGENTINA. Osvaldo Raúl Sanchez Teyuelo S.A, Barcelona, 1979.
Galasso, Norberto- Ibáñez, Germán: LA GUERRA DE LA TRIPLE INFAMIA. En “Cuadernos para la otra historia”, Centro Cultural Enrique Santos Discépolo, Buenos Aires. Publicado en www.discépolo.org.ar.
Galasso, Norberto: DE LA HISTORIA OFICIAL AL REVISIONISMO - CORRIENTES HISTORIOGRÁFICAS EN LA ARGENTINA. En “Cuadernos para la otra historia”, Centro Cultural Enrique Santos Discépolo, Buenos Aires. Publicado en www.discépolo.org.ar.
Pomer, León: LA GUERRA DEL PARAGUAY, Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1971.


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El cáncer de las piedras


Gustavo E. Etkin (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Sé que escribir esto es peligroso. Y también leerlo.

Aparentemente podría haber sido algo de aquella freudiana sexualidad infantil. Y querer saber cómo se hacen los chicos. De donde vienen. Quien los hace. Curiosidad. Siempre le dijeron que los traía la cigüeña. Cuando tenía once años su madre quedó embarazada de su hermano. Ahí volvió a preguntar: -¿Entonces vino la cigüeña? ¿Y cómo entró en la barriga? Los padres se miraron en silencio y después le explicaron cómo era. Científicamente. Los espermatozoides, los óvulos. Fue una cierta decepción.

También siempre quiso saber que era, cómo era la muerte. Que es morirse. Cuando chiquito quería saber qué era ser un muerto. Una vez, en el dibujo de una historieta vio alguien que parecía dormido sobre un piso de piedras. Otros dos a su lado decían: - “Está muerto”. Entonces un muerto era eso. Alguien que se quedaba quieto acostado en el suelo, como durmiendo, boca arriba, los ojos cerrados. Pero después, cuando iba a la peluquería, mientras esperaba leía esa revista donde siempre mostraba crímenes, asesinatos. Accidentes. Y muertos despatarrados, en cualquier posición, con sangre en la nariz y en la boca. ¿Entonces un muerto también podía ser eso? Y otra vez: ¿Qué era la muerte?. La vida, ya sabía que aparecía porque los padres cogían. Padres que también podían ser cualquier mamífero.

Perros, gatos, jirafas, leones. O bichos. Las plantas no necesitaban coger. Se reproducían solas. Pero la muerte, ¿qué era la muerte? Dejar de vivir, claro. Hasta que se enteró que después el cuerpo se podría. Por eso enterraban a los muertos. Olor a podrido. Gusanos, y al final, el esqueleto.

Tal vez por todo eso entró en la facultad, pero no para recibirse de biólogo. Entró sobre todo para estudiar biología. Para saber, científicamente, que es la vida. Y ahí estudió biología animal, vegetal. Marina. Ambiental. Celular. Genética. También Teoría del Conocimiento y Filosofía de la Ciencia. Para saber que era todo eso. Sin embargo todo era solo estudio, identificación, clasificación.

Se recibió de biólogo. Pero seguía queriendo saber que es la vida. Cuando empieza. Ya no en las barrigas, claro. En la tierra y en el mar. Como pasa lo inanimado a lo animado. Anima. No alma. Como algo empieza a vivir. Como aparece la vida sin que un dios lo quiera. Fue por esa época que empezó a adorar a Dionisios. Y se hizo holístico. Amaba la vida. Y se especializó en biofísica.. El estudio, el pasaje de lo inanimado a lo animado, de la materia a la vida.

Todo eso me lo fue contando poco a poco, entré café y café o algún vermouth, en algunas noches cuando, a veces, lo encontraba en aquel café, después de trabajar.

Mujeres, muchas. Buscaba en ellas la vida. No su espíritu. No su alma. Solamente su belleza. Las formas de sus cuerpos. La suavidad y el color de sus pieles. Culos. Tetas. Pero no solo eso.

–Mira esa mina, me decía a veces. Y trataba de imaginar como serían los olores de su cuerpo. Sus sobacos. Su concha. Su culo. – Porque cada una por ahí tiene olores distintos, me decía sonriendo con los ojos brillantes. Algunos más dulzones, o algo ácidos, o casi nada, solo un poquito....

-¿Por qué te gustan tanto sus olores?

Como la forma de sus cuerpos, la suavidad de sus pieles.....son resultados, efectos, productos de procesos, de cosas que pasan dentro de ellas...Intercambios. Metabolismos. Líquidos que corren, que entran y salen...Hormonas. Millones de catálisis microscópicas, vidas celulares, que tienen átomos que giran, se mueven....Misterios de vida en cada cuerpo, ¿entendés?, me decía entusiasmado, sonriendo.

Como en las conchas, concordé.

Se iluminó su cara.

¡Eso, eso...! Y allí más todavía, porque ¡¡¡cuando se calientan se les moja...!!!. ¿Entendés? Es un juguito, una agüita que viene de hormonas, de glándulas. Y eso solo porque se calientan....

Pidió un vermouth y empezó a recordar.

- .....a los quince años tenía una noviecita, también de quince.....lo único que quería con ella era tocarle la conchita. Meterle la mano bajo la pollera, llegar a la concha, y ahí escarbarla, recorrerla, cada vez más mojadita....Y el clítoris durito y todo mojado....Ni siquiera me importaba tocarle las tetas. Solo el agüita de la concha. Para mí era un misterio, algo lindo esa agüita.....

Y sonrió con cierta nostalgia.

Hasta que un día lo encontré en aquel café, La Paz, sentado solo en una mesa, con un café. Estaba diferente. Muy serio. Triste. No miraba las mujeres, todo a su alrededor, como siempre. Me acerqué.

¿Estás bien?, le pregunté preocupado.

Siempre estoy bien, me respondió con una triste sonrisa irónica.

¿Querés hablar?, le pregunté.

¡Federico!, llamó a aquel mozo de La Paz. Le pidió un vermouth. Lo tomó despacio, poco a poco, callado.

Hay palabras peligrosas. Peligrosas para decir. Y para pensar. Las ideas de esas palabras.
Por ejemplo vida y cáncer....por lo menos, para mí.

Cáncer, puede ser. Pero vida....No entiendo. ¿Cuál es el peligro? ¿Por qué vida podría ser una palabra peligrosa? Claro que sos biofísico....Para mi vida es vida. Y cáncer quiere decir muerte. O posibilidad de muerte....

Es que el cáncer también es vida. Mucho más intensa. El cáncer es vida desordenada. Una vida dentro de la vida. La única diferencia es que esa vida, ese exceso de vida que aparece en la vida dentro de la vida, no como los microbios que vienen de afuera, ese exceso de vida se reproduce demasiado, en todos lados, sin orden. Una vida loca y desparramada....

Tenía razón. Le pregunté despacio, mientras tomaba el café:

¿Tenés cáncer?

No. Pero me animé a pensar una cosa. Ese exceso desordenado, de vida obviamente aparece en otro orden que también es de vida...

¿Pero sabés como se origina la vida, de donde viene?

Para las religiones, con una historia u otra, de la palabra de dios. De su intención. Su designio. Su querer. Hay vida porque dios quiere.....

Claro, ¿pero quien quiso que exista dios?

Pregunta irrespondible, me respondió sonriendo. La vida, siguió diciendo, viene de los minerales. De la arcilla. De los cristales. Los cristales crecen, se reproducen, pero sin sexo. Solo como los mismos cristales. No mueren ni se alimentan de nada. Pero de pronto hay un defecto, una imperfección en su crecimiento, y ahí aparece la vida. Y deja de haber cristales. Empieza a crecer algo de otra forma. Aparecen las células. La división celular. La vida vegetal. Animal. La diferencia de sexos. Y nosotros hablando en éste café, terminó de decir sonriendo.

¿Y cuál es el peligro de pensar eso?, le pregunté extrañado.

....Bueno....no exactamente eso....eso ya se sabe....fue así, es así, sigue siendo así. La cuestión no es esa.....

Tomó un trago. Toda la copa.

Estuve investigando. Buscando. ¿Pensaste alguna vez que la vida podría ser otra forma de cáncer?, me preguntó.

¿Cáncer en donde? Porque por lo que dijiste, el cáncer es vida desordenada, excesiva, dentro de la vida ordenada, orden genéticamente transmitido....
¿Y si fuera un cáncer dentro de otro cáncer?, me dijo.

¿Y quién sufriría ese cáncer, donde sería?

En las piedras. En los cristales.....La vida es una enfermedad de las piedras, ¿entendés? ¿¡Entendés...!?, repetía desesperado. Una imperfección....un trastorno....antes era la paz de los minerales....

Claro, intenté bromear....por eso estamos en La Paz....

Pero después me callé. Quedamos los dos en silencio.

Es peligroso pensar eso, reconocí. Si esa fuese la verdad....los pajaritos, el canto de los ruiseñores y los jilgueros.... los bosques verdes, el pasto....el olor y el color de las flores....la piel suave de las mujeres lindas, sus hombros chiquitos, sus tetas, sus culos....los lindos bebitos recién nacidos....todo eso...serían formas de cáncer.

Si esa fuese la verdad....., ¿sería aguantada?

Si esa fuese la verdad, sabida, reconocida y aceptada finalmente por toda la humanidad.....habría millones de suicidios....porque todos querrían curarse, querrían la paz.... ser minerales..... Sería una especie de revolución, se me ocurrió.

¡Ah!, la revolución.....me dijo. ¿Te acordás?

Recordé. Era una religión. A uno lo miraban fijo, seriamente, y le preguntaban: -¿Vos crees en la lucha de clases? Y la certeza del triunfo: –Es inevitable, compañero, se decía seriamente. Era inevitable porque después de la burguesía, dialécticamente, estaba determinado que el proletariado tome el poder. Y después, la salvación, el Hombre Nuevo.

....recuerdo, le dije. Uno creía. Era una religión. Teníamos fe. Todo claro. El mal. El inevitable triunfo del bien. Y después, la salvación...

¿Estás viendo?, me dijo. Ahí las palabras eran muy importantes. Lo que decías....y como lo decías.

Ahí, agregué, y en los casamientos, los juramentos de amor, las declaraciones de guerra....

....en la mafia, completó. Por eso decir, o pensar diciendo que la vida, la misma vida, es una enfermedad, puede ser peligroso.....muchos....muchos....muchos se van a querer matar. Porque morir sería volver a la perfección....curarse de ese tipo, de esa forma de cáncer.....

Nos quedamos callados. Miramos alrededor. En aquel café, La Paz, como todas las noches, los encuentros, las miradas, las sonrisas, y todos conversando, hablando, discutiendo, dando carcajadas. ¿Qué pasaría ahí si supiesen la verdad?, imaginé. Estaría todo vacío y en silencio. Ni mozos habría. Ni Federico.

Sabes....de pronto siguió hablando, ¿te acordás de Empédocles, aquel filósofo griego?

En realidad no era griego....era siciliano....de Agrigento.

-Tenés razón....reconoció. Fue por el nombre....aunque Aristóteles habla de él....por lo menos es lo que dice Diógenes Laercio....que resucitó una muerta....

Y también que se suicidó, recordé yo. Se tiró a un volcán....Dicen que porque estaba borracho....en pedo...agregué tratando de hacer un chiste....

El Etna.....

Si...el Etna...en Sicilia....

Ahí hizo algo distinto. Pidió un cognac. Lo tomó despacio y siguió hablando.

¿Te acordás de lo que decía sobre la verdad de las cosas....la verdad última....? Que eran cuatro. Solo cuatro: el fuego, el agua, la tierra y el aire. ...?será que sabía sobre el origen de la vida, que era una enfermedad...?

....una enfermedad del fuego, del aire, de la tierra....del agua....completé yo.

Pero sobre su muerte hay distintas versiones.....Se dice también que murió de un accidente cuando cayó de un carro....en un camino....

Es verdad. Pero si se tiró al Etna es muy raro.... ¿por qué lo habría hecho?

Tal vez porque buscaba la perfección, me respondió sonriendo mientras terminaba el cognac. En ese caso la perfección en el fuego....aunque también en un volcán puede haber agua...vapor de agua...tierra....minerales....y aire....

Aire en todos lados, dije yo.

El Etna estaba....está en Sicilia, dijo como pensando alto. Pidió otro cognac.

Y fuimos a una fiesta donde nos levantamos dos minas, y después cada uno con su minita a su casa. Y el tiempo pasó. Desde esa noche no lo vi más. A veces lo llamaba por teléfono, pero nadie respondía. Una vez, en La Paz, alguien me dijo que había viajado. Que fue para Italia. A Sicilia.

Gustavo E. Etkin es argentino residente en Brasil.


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“Desinformación. Cómo los medios ocultan el mundo”: Aparece libro de Pascual Serrano

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Un recorrido por los principales acontecimientos de los últimos años que nos muestra que lo sucedido no es lo que nos han contando.

La mayoría de los ciudadanos considera que, después de leer la prensa o ver los telediarios, está informada de la actualidad internacional. Sin embargo, la realidad dista mucho de ser la imagen unívoca ofrecida por los medios. Este libro recorre los principales acontecimientos de los últimos años mostrando —mediante entrevistas con expertos, bibliografía especializada y consulta de medios alternativos— que lo sucedido no es lo que nos han contando.

Pascual Serrano, con una incisiva mirada, desentraña el funcionamiento de los grandes medios de masas para hacernos comprender que la desinformación es una constante. Lo que creemos que está sucediendo en el mundo es sólo una falsa composición al servicio de unos intereses que van, poco a poco, conformando la opinión pública. La obra, además, propone técnicas y hábitos de lectura para fomentar una nueva actitud, independiente, ante la información y promover así una ciudadanía resistente a la manipulación.

Dice Ignacio Ramonet en el prólogo de la obra: "Este nuevo libro de Pascual Serrano establece de modo definitivo, con un catálogo abrumador de hechos, datos y ejemplos, la prueba del ADN de que los medios desinforman".

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Algo de música: desde la provincia de Corrientes, el chamamé


ARGENPRESS CULTURAL

Para una visión clasemediera y racista del ciudadano medio de la ciudad de Buenos Aires, lo que viene del interior del país tiene el sabor de “atrasado”. “Civilización y barbarie”, el falso dilema que planteara un liberal europeizante como Domingo Faustino Sarmiento a fines del siglo XIX, sigue estando presente: por supuesto, la capital representa la civilización. De más está decir lo que, para esa cosmovisión, significa el interior, con su piel morena y su elemento indígena como raíz. En esa lógica, hay una música que por antonomasia se liga con el interior criollo, “no civilizado”, representación obligada de lo popular (faltaría agregar: maloliente y de mal gusto). Nos referimos al chamamé. Al menos, así fue por años; hoy, eso ha ido cambiando algo.

El chamamé es un género bailable surgido en la región mesopotámica, especialmente en la provincia de Corrientes (la que tiene a nivel nacional el mayor porcentaje de población rural), hoy día extendido por una amplia zona que llega incluso al Paraguay y sur de Brasil, muchas veces cantado en guaraní, una de las pocas lenguas indígenas originarias que se conserva con toda su vitalidad en el territorio argentino.

Puede tener un ritmo alegre y animado o, por el contrario, ser triste y sentimental.

Su conformación musical se ubica hacia fines del siglo XIX, cuando en el acordeón de dos hileras de “cantos” y ocho bajos traído por los inmigrantes europeos, fundamentalmente colonos alemanes –conocido popularmente en territorio argentino como “verdulera”– llegó a la provincia de Corrientes. Así, y en combinación con la voz humana junto a otros instrumentos como el bandoneón, el contrabajo y las guitarras, se terminó por definir el sonido de esta peculiar música, sin dudas única en su género. Música que, si bien remeda en sus formas la polka europea, desde su nacimiento fue apropiada por los sectores populares rurales, pasando a ser su expresión más acabada, infaltable en las “bailantas”.

Como decíamos más arriba, hoy día esta visión excluyente del chamamé ha tenido algún cambio, en la medida en que nuevas corrientes musicales lo han ido incorporando y acercando a propuestas estéticas alternativas. Pero en su forma tradicional (de la que aquí presentamos algunos ejemplos) sigue siendo el estandarte de los sectores más populares del país, rurales y urbanos pobres –ya no sólo de la región litoral–, en muchos casos incluso de áreas marginales.







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La historia

Juan Rosales (Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Heredamos los rencores y las lágrimas
de oscuras muchedumbres laceradas
por la codicia y la violencia impunes.
En cada tramo, en cada fibra humana
sentimos la injusticia cotidiana
como un destino fatal, como una trampa.
Todo está dicho, la vida programada:
la tierra repartida entre tahúres
y a nosotros la sangre, las tinieblas,
los ojos atrapados en la nada.

Y sin embargo,
a nuestros corazones condenados
a la aridez, la soledad amarga,
afluyen, como ríos subterráneos,
las fiebres y los sueños olvidados
desde el ayer prohibido que nos llama.
Y entonces la esperanza despereza,
como una enredadera se propaga
juntando las manos y las almas.
Todo resulta nuevo al sol que brilla,
nada está clausurado, nada acaba,
todo está por hacerse, y cada día
es como un niño sonriendo a la mañana.

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En torno a la propiedad privada (Parte II)


Ricardo Vicente López

La propiedad privada en los documentos eclesiales

La historia de las iglesias se cruza con la historia del pensamiento cristiano y ello produce, para un sector importante de gente, grandes confusiones. Por ello el anticlericalismo, el ateísmo, el anticristianismo, el escepticismo religioso, el agnosticismo, son formas que adquiere la conciencia colectiva a partir de la modernidad europea. No es ajeno a esto el enfrentamiento de las burguesías europeas con las posiciones políticas a favor de las monarquías durante los siglos XVII al XIX. Quedaron confusamente expresadas las posiciones de muchos obispos que eran al mismo tiempo señores feudales y poseían vastas extensiones de tierra. La prédica de los intelectuales del iluminismo francés y de los liberales ingleses se expresó como la voz de ese descontento. No debe dejar de decirse que mucho de todo ello tenía fundadas razones al achacar a esos dignatarios de las iglesias connivencias con los peores intereses de las aristocracias y las noblezas reinantes.

Por todo ello, se torna imprescindible recuperar los conceptos que quedaron dichos en los documentos de las iglesias y en la voz de muchos de sus representantes a lo largo de siglos. La claridad en el tratamiento de la problemática sobre la propiedad merece ser nuevamente leída y puede sorprender a muchos. Esto no pretende ocultar que los comportamientos políticos de las jerarquías estuvieron muchas veces muy lejos de lo que se sostenía en las expresiones doctrinarias. El teólogo católico José Sols Lucia, profesor de la Universidad Ramón Llull de Barcelona, lo plantea con claridad:

Pocos conceptos del discurso social cristiano han recibido un grado tan alto de manipulación colectiva como el de "propiedad". La práctica eclesial ha acabado siendo a menudo el polo opuesto a lo formulado en sus escritos oficiales de Doctrina Social, no digamos ya a lo formulado en el Antiguo y el Nuevo Testamento. Al mismo tiempo, la inmensa mayoría de los católicos no tiene ni remota idea de lo que la Iglesia ha estado afirmando acerca de la propiedad durante veinte siglos. ¿Por qué tanta ignorancia precisamente en este punto? ¿Por qué tanto silencio? ¿Por qué tanta incoherencia?… De entrada, resulta significativo que, al decir "propiedad", nos salga espontáneamente decir, como si de una sola palabra se tratase, "propiedad privada". Parece que la propiedad sólo pueda ser privada, que nos cuesta imaginar otros tipos de propiedad. Pues resulta que hay muchos tipos de propiedad, y la privada sólo es uno de ellos. Que unamos "propiedad" a "privada" forma parte de la manipulación semántica en que vivimos.

Voy a seguir en el presente aparatado a este teólogo para mostrar los contenidos doctrinarios que confrontan con “la practica eclesial” y que dan lugar a las preguntas que formula. Lo que puede parecer sorprendente es que si nos ciñéramos a una exposición de las afirmaciones teóricas de la Iglesia respecto del concepto de propiedad esto podría resumirse en pocas líneas. Sería suficiente citar algunos documentos para demostrarlo. Es que el problema no radica en las declaraciones doctrinarias sino, como afirma el profesor, «en su disolución en la realidad histórica». Por ello, como aporte al conocimiento de un tipo de lector que no ha tenido acceso a esta literatura, voy a citar textos que abarcan más de veinticinco siglos de historia: desde lo escrito en el Antiguo Testamento, pasando por los Evangelios, las expresiones de los llamados los Primeros Padres de los siglos II al IV de nuestra era hasta los últimos documentos del magisterio eclesial. Trataré de no convertir esto en un texto demasiado pesado, pero creo que hay perlas que no deben quedar escondidas .

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El Antiguo Testamento

Comenzando por el Antiguo Testamento, dejo aclarado que lo utilizaré sólo como documento histórico en el que se puede encontrar una parte de la historia del pueblo hebreo (sin entrar en el difícil problema de ser la palabra de Dios), nos encontramos con pasajes muy interesantes para esta investigación. En el Libro del Éxodo (uno de los cinco libros del Pentateuco) se dice: «Si prestas dinero a un miembro de mi pueblo, al pobre que vive a tu lado, no te comportarás con él como un usurero, no le exigirás interés. Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes de que se ponga el sol, porque ése es su único abrigo y el vestido de su cuerpo» [Ex. 22, 24]. En el Levítico (otro de los cinco libros) se prevé la posibilidad cierta de que algunos acumulen mucho más riquezas que otros y, como consecuencia los empobrecidos, hayan perdido su propiedades por haber recurrido al préstamo. Esta preocupación tiene como fundamento el reparto igualitario de tierras que se había realizado mediante un sorteo al llegar a esas tierras de Canaán: «Esta es la tierra que ustedes se repartirán como herencia por medio de un sorteo» [Num. 34, 13] dijo Moisés. La desigualdad era un tema preocupante para los hebreos. Estaba viva todavía la memoria de los viejos tiempos en tierra de los faraones, por ello este tema reaparece varias veces bajo distintas formas.

De allí que al entrar a las tierras de Canaán Moisés les recomiende trabajar la tierra durante seis años y el séptimo dejarla descansar; sólo tomar ese año lo que ella produjera por sí misma (una sabiduría que hoy llamaríamos ecológica). Durante cuarenta y nueve años debe hacerse eso (siete veces siete años) y al año siguiente, el año cincuenta se llega al año jubilar. El séptimo mes de ese año debe ser proclamado así. Ahora leamos el Levítico: «Entonces harás resonar un fuerte toque de trompeta: el día diez del séptimo mes -el día de la Expiación- ustedes harán sonar la trompeta en todo el país. Así santificarán el quincuagésimo año, y proclamarán una liberación para todos los habitantes del país. Este será para ustedes un jubileo: cada uno recobrará su propiedad y regresará a su familia... En este año jubilar cada uno de ustedes regresará a su propiedad. Cuando vendas o compres algo a tu compatriota no se defrauden unos a otros» [Lev. 25, 9]. Cada cincuenta años se debían condonar todas las deudas, incluso se debían devolver todos los bienes que se habían tomado como pago de deudas, o aquellos que habían sido comprados a un necesitado en condiciones de ventaja abusiva. La tenencia (no la propiedad, que no era permitida) de la tierra era transitoria y cada cincuenta años se volvían a sortear las parcelas para colocar en igualdad de condiciones a todos.

La posesión de la tierra generaba una responsabilidad social por su tenencia y explotación. La cultura patriarcal dominante hacía responsable de una parcela de tierra sólo al varón casado, razón por la cual quedaban desprotegidos en caso de muerte la viuda y el huérfano. Tampoco el extranjero tenía derecho a recibir una parcela. La responsabilidad social obligaba a hacerse cargo de todo aquel que quedara en una situación miserable, por diversas causas, por ello se dice: «Si tu hermano se queda en la miseria y no tiene con que pagarte, tú lo sostendrás como si fuera un extranjero o un huésped, y el vivirá junto a ti. No le exijas ninguna clase de interés: teme a tu Dios y déjalo vivir junto a ti como un hermano. No le prestes dinero a interés ni le des comida para sacar provecho» [Lev. 25, 35]. En el Deuteronomio se agrega: «Al cabo de tres años deberás separar la décima parte de todo lo producido ese año y lo depositarás en la puerta de tu ciudad. Entonces vendrá a comer el levita, ya que el no tiene posesión ni herencia contigo; y lo mismo harán el extranjero, el huérfano y la viuda que están en tus ciudades, hasta quedar saciados» [Deut. 14, 28-29].

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La prédica del nazareno

La prédica y la práctica social de Jesús de Nazaret (a quien me refiero como personaje de la historia solamente) nos permiten recoger de los evangelios algunas de sus palabras contra los ricos. Lo que queda claro de su pensamiento es que si hay ricos, es porque hay pobres, no hay riqueza sin pobreza. El término riqueza en él significa una gran acumulación de bienes en comparación con las escasas posesiones de otras muchas personas, y esas posesiones han caído siempre en manos de una minoría frente a una mayoría que carece de bienes necesarios. Contra esa situación Jesús es terminante: «Dejaos de amontonar riquezas en la tierra, donde la polilla y la carcoma las echan a perder, donde los ladrones abren boquetes y roban» [Mt 6,19]; «Nadie puede estar al servicio de dos amos, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» [Mt 6,24]; «Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja que entre un rico en el Reino de Dios» [Mc 10,25]. Ante el pedido de un joven rico que cumplía con todos los mandamientos de la Ley respecto de qué debía hacer para ser uno de sus discípulos Jesús le dijo: «Una cosa te falta: vete a vender lo que tienes y dáselo a los pobres, que Dios será tu riqueza; y, anda, sígueme a mí» [Mc 10,21]. La riqueza llevaba impresa una sospecha respecto a cómo se había conseguido.

Los Padres de la Iglesia, fueron consecuentes con la prédica de Jesús. Como San Juan Crisóstomo, nacido en Antioquía a mediados del siglo IV, dice: «Dime, ¿de dónde te viene a ti ser rico?, ¿de quién recibiste la riqueza?, y ése, ¿de quién la recibió? Del abuelo, dirás, del padre. ¿Y podrás, subiendo el árbol genealógico, demostrar la justicia de aquella posesión? Seguro que no podrás, sino que necesariamente su principio y su raíz ha salido de la injusticia». No es que el tener sea malo en sí, sino que lo es cuando su origen no es claro y, además, no beneficia a todos: «Y hablo así, no porque la riqueza sea un pecado; no, el pecado está en no repartirla entre los pobres, en usar mal de ella. Nada de cuanto Dios ha hecho es malo; todo es bueno y muy bueno. Luego también las riquezas son buenas, a condición de que no dominen a quienes las poseen, a condición también de que remedien la pobreza».

San Ambrosio, obispo de Milán, también en el siglo IV, acusa: «¿Hasta dónde pretendéis llevar, Oh ricos, vuestra codicia insensata? ¿Acaso sois los únicos habitantes de la tierra? ¿Por qué expoliáis a los que son de vuestra misma naturaleza y vindicáis para vosotros solos la posesión de toda la tierra? En común ha sido creada la tierra para todos, para ricos y pobres, ¿por qué os arrogáis el derecho exclusivo al suelo? Nadie es rico ni pobre por naturaleza, pues ésta engendra igualmente pobres a todos… La naturaleza no distingue a los hombres ni en su nacimiento ni en su muerte». Y a continuación añade: «La naturaleza no engendró el derecho común; el uso establecido, el derecho privado». San Basilio, obispo de Cesárea de Capadocia en ese mismo siglo, contesta con dureza: «¿A quién, dices, hago agravio reteniendo lo que es mío? ¿Y qué cosas, dime, son tuyas? ¿Las tomaste de alguna parte y te viniste con ellas a la vida? Es como si uno, por ocupar primero un asiento en un teatro, echara luego afuera a los que entran, haciendo cosa propia lo que está allí para uso común».

Insiste San Basilio: «Tales son los ricos. Por haberse apoderado primero de lo que es común, se lo apropian a título de ocupación primera. Si cada uno tomara lo que cubre su necesidad y dejara lo superfluo para los necesitados, nadie sería rico, pero nadie sería tampoco pobre… Y tú, encerrándolo todo en los senos insaciables de tu avaricia, ¿no crees cometer agravio contra nadie, cuando a tantos y tantos defraudas?… En resolución, a tantos haces agravio, a cuantos puedes socorrer».

Denuncia además la violencia que los ricos ejercen contra los pobres, porque les molesta ver que éstos puedan tener algo que ellos no tienen. Compara esto con la historia bíblica de Nabot narrada en el libro de los Reyes que podría ser hoy relatada en diversas partes del mundo actual: «La historia de Nabot sucedió hace mucho tiempo, pero se renueva todos los días. ¿Qué rico no ambiciona continuamente lo ajeno? ¿Qué rico no trama arrojar al pobre de su pedazo de terruño y anular las lindes del campo que el miserable recibió de sus antepasados? ¿Qué rico se contenta con lo que tiene? No ha sido Nabot el único pobre asesinado: cada día un Nabot cae por los suelos; cada día algún pobre es asesinado». José Vives, profesor de la Universidad de La Rioja, España, subraya la novedad radical de la concepción patrística con respecto al derecho romano vigente en aquella época, que volvió a tomar vigencia en el derecho burgués en el mundo occidental: «Esta novedad consiste en el rechazo de la doctrina del derecho romano que dictaminaba que cada uno podía usar simplemente privata ut propia (en el sentido de que “cada uno podía hacer de lo suyo lo que le viniera en gana”), para agregar que de alguna manera también privata sunt communia, es decir, que la privatización sólo se justifica en cuanto y en tanto real y efectivamente contribuya mejor al bien de todos».

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El tema de la propiedad en el medio evo

Avanzando en el tiempo, para no recargar este texto, nos detenemos en el siglo XIII, en Italia, para poder leer cómo se interpretó el tema en las palabras de un filósofo y teólogo fundamental para esa etapa. Allí nos encontramos, en continuidad con las doctrinas expuestas sobre los bienes y la propiedad sobre ellos, con Tomás de Aquino (1225-1274), quien hace el siguiente planteo:

Todo lo que es contrario a la ley natural es ilícito; y según el derecho natural todas las cosas son comunes, (es decir) a esta comunidad (de bienes) repugna la propiedad de posesiones. Por lo tanto, es ilícito al hombre apropiarse de algún bien exterior... A la primera objeción hemos de decir que la comunidad de bienes es de derecho natural, no porque el derecho natural exija que todas las cosas han de ser poseídas en común y nada pueda ser poseído como propio, sino porque, según el derecho natural, no hay distinción de posesiones, que es más bien una convención (o pacto) humana, que pertenece al derecho positivo... Por lo que la propiedad de bienes no se opone al derecho natural, sino que está sobreañadida al derecho natural por la invención de la razón humana.

Sin menospreciar las dificultades del lenguaje que utiliza, propio del medioevo, intentemos comprenderlo: Es natural el derecho de las comunidades que se encuentran en una etapa, como ya vimos, en la que los bienes son comunes. Si lo que está en el centro de la cuestión es el bien común no puede éste ser subordinado a un moralismo imperante en una determinada cultura, ni a un sistema social que acepte e imponga el orden establecido como el bien a preservar. De allí se concluye que es contrario a la simple intuición encontrar la naturaleza repartida, entre un conjunto de hombres propietarios y otro mucho mayor de excluidos de la propiedad, si se tiene en cuenta que en el origen no había propietarios, “todos los bienes eran comunes”.

La apropiación que hoy observamos, que tiene su origen en una etapa no anterior a ocho mil años atrás, debe ser explicada por el estudio de la historia, no es de derecho natural (no es natural que unos sean propietarios y la mayoría no). Por ello Tomás nos está diciendo que de acuerdo a lo que se desprende de la naturaleza de las cosas los bienes son comunes a todos, y esto es fundamental. Pero el derecho positivo ha legislado sobre el tema de la posesión de los bienes dando lugar a la aparición de la propiedad positiva, y esto debe ser entendido como una convención, como un pacto entre los hombres que define una norma legal y, por tanto, modificable históricamente. Atendiendo a la justicia en la repartición de esos bienes, y cuando es manifiesto que esa posesión violenta la justicia distributiva nada impide modificar el estatuto de esa propiedad. Reafirmando lo dicho escribe en otra parte Tomás:

Algo es de derecho natural de dos maneras: o porque a esto la naturaleza se inclina, como, por ejemplo: no hacer el mal al prójimo; o cuando la naturaleza no induce a lo contrario... Así la posesión común de todas las cosas es de derecho natural; mientras que la distinción de las posesiones no son derivadas de la naturaleza, sino de la razón de los hombres, para la utilidad de la vida humana. La ley natural no ha sido cambiada por esto, sino más bien completada.

Las consideraciones de Tomás permiten comprobar que la doctrina no ha variado hasta acá. La ley natural nos habla sobre la justicia de la propiedad en común, la razón humana, a través de la sanción de normas legales, ha avanzado sobre ella y ha dispuesto la propiedad privada que sólo queda justificada para un mejor uso de la propiedad común. Siempre en orden a garantizar el bien común, atendiendo mejor a la necesidad de todos, con las aclaraciones ya hechas.

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El concepto en los documentos eclesiales

Para completar este tema pasemos a leer algunos documentos del magisterio, para comprobar cómo se ha mantenido en líneas generales la doctrina sobre la propiedad. Para ello mantendré una exposición cronológica a partir del Concilio Vaticano II, afirmando que salvo el cambio de palabras y de redacciones de las diferentes épocas no se encontrará nada diferente a los documentos anteriores. Empecemos con el documento final Gaudium et spes (1965):

Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. Sean las que sean las formas de la propiedad, adaptadas a las instituciones legítimas de los pueblos, jamás debe perderse de vista este destino universal de los bienes. El hombre... no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás.

Pablo VI (1897-1978) apunta en la misma dirección en la Populorum progressio (1967):

La Biblia, desde sus primeras páginas, nos enseña que la creación entera es para el hombre, quien tiene que aplicar su esfuerzo inteligente para valorizarla y, mediante su trabajo, perfeccionarla, por decirlo así, poniéndola a su servicio. Si la tierra está hecha para procurar a cada uno los medios de subsistencia y los instrumentos de su progreso, todo hombre tiene el derecho de encontrar en ella lo que necesita. Todos los demás derechos, sean los que sean, incluso el de propiedad, están subordinados a ello. [La propiedad] no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto... El bien común exige algunas veces la expropiación si por el hecho de su extensión, de su explotación deficiente o nula, de la miseria que de ello resulta a la población, del daño considerable producido a los intereses del país, algunas posesiones sirven de obstáculo a la prosperidad colectiva. El Concilio ha recordado... no menos claramente, que la renta disponible no es cosa que queda abandonada al libre capricho de los hombres; y que las especulaciones egoístas deben ser eliminadas. Desde luego no se podría admitir que ciudadanos provistos de rentas abundantes, provenientes de los recursos y de la actividad nacional, las transfiriesen en parte considerable al extranjero, por puro provecho personal sin preocuparse del daño evidente que con ello infligirían a la propia patria.

Juan Pablo II (1920-2005) podrá afirmar más tarde en la Laborem exercens (1981):

La propiedad, según la doctrina de la Iglesia, nunca se ha entendido de modo que pueda construir un motivo de conflicto social con el trabajo... La propiedad se adquiere ante todo mediante el trabajo, para que ella sirva al trabajo. Esto se refiere de modo especial a la propiedad de los medios de producción: considerarlos aisladamente como un conjunto de propiedades separadas, con el fin de contraponerlos al trabajo, en la forma de “capital”, es contrario a la naturaleza misma de estos medios y de su posesión. Estos no pueden ser poseídos contra el trabajo, no pueden ser poseídos ni siquiera para poseer, porque el único título legítimo para su posesión es que (en forma de propiedad privada o pública) sirvan al trabajo... El reconocimiento de la justa posición del trabajo y del trabajador dentro del proceso productivo, exige varias adaptaciones en el ámbito del derecho mismo a la propiedad de los medios de producción".

Algo más de la Laborem exercens, en la que confirma este modo de entender la propiedad privada:

La tradición cristiana no ha sostenido nunca este derecho como absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la entera creación: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes... hagan posible la realización del primer principio de aquel orden, que es el destino universal de los bienes y del derecho a su uso común.

En la sociedad capitalista, en la que el mercado se atiene a las diferencias de capacidad adquisitiva, sólo pueden cubrir sus necesidades los que están en condiciones de pagar por ellas. En la democracia cada ciudadano vale un voto, en el mercado cada agente vale el dinero que posea. Además la atención de las necesidades queda librada a un juego perverso: unos pocos satisfacen hasta las superfluas y los más no alcanzan a las mínimas. Por ello se sostiene en la Centesimus annus (1991):

Está alienada una sociedad que, en sus formas de organización social, de producción y consumo, hace más difícil la realización de esta donación y la formación de esa solidaridad interhumana... No se ha superado, en cambio, la alienación en las diversas formas de explotación, cuando los hombres se instrumentalizan mutuamente y, para satisfacer cada vez más refinadamente sus necesidades particulares y secundarias, se hacen sordos a las principales y auténticas, que deben regular el modo de satisfacer otras necesidades.

Aparece entonces la falacia sobre la que se apoya cierto democratismo de cuño liberal cuando separa lo político de lo económico. Además se da un tratamiento de todo ello por fuera de lo ético, entonces desaparecen las responsabilidades personales y colectivas frente a las calamidades en que está sumergida una parte importante de la población del planeta. A pesar de todas estas citas, en las que queda claro cómo se expone en los textos a lo largo de los siglos la doctrina sobre la propiedad, quiero repetir acá, entonces, las palabras de José Sols Lucia, que vuelven a subrayar la contradicción entre lo expresado y las prácticas realizadas: «Pocos conceptos del discurso social cristiano han recibido un grado tan alto de manipulación colectiva como el de "propiedad". La práctica eclesial ha acabado siendo a menudo el polo opuesto a lo formulado en sus escritos oficiales de Doctrina Social, no digamos ya a lo formulado en el Antiguo y el Nuevo Testamento».

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Discordancia entre lo dicho y las prácticas eclesiales

Si este tipo de crítica puede llamar la atención del lector desprevenido, o desconocedor de la enorme capacidad autocrítica que se mantiene en el seno de la Iglesia, signo de salud y vitalidad, es en gran parte porque nada de todo ello aparece en los medios recomunicación fuente casi excluyente de donde se extrae la información que circula para el gran público. Sin embargo, a pesar de todo este desconocimiento, los debates internos no se acallan y se puede encontrar en ellos posiciones muy sólidas en defensa de una distribución más justa de la propiedad. Una explicación a los desvíos doctrinarios podemos encontrarla en las palabras del sacerdote Luis González-Carvajal, profesor de teología del Instituto Superior de Teología de Madrid, quien habla de los comienzos de estos desvíos doctrinales y prácticas sociales:

Las cosas empeoraron a partir del siglo IV, cuando comenzó la época de la monoinculturación. Se impuso a todo el mundo una teología elaborada a partir de las categorías grecolatinas, una liturgia inspirada en los ceremoniales de las cortes imperiales, una legislación construida en los talleres del derecho romano y una autoridad marcada por el modelo monárquico.

Todo ello fue desarrollando un modo de entender la realidad social que llevó a modificar la interpretación doctrinaria del concepto de propiedad, siendo arrastrado éste por los valores de la cultura del imperio y, más tarde, por los de la cultura medieval, feudal y monárquica. Este lastre de valores no propios del cristianismo lo lleva a este profesor a decir:

A partir del momento en que comenzó el proceso de secularización de la sociedad (entre los siglos XVI y XVII), la Iglesia - incapaz de descubrir los valores evangélicos que subyacían al mismo- se negó a despedirse de la cultura que fenecía, comenzando así una etapa de creciente aislamiento. Podríamos decir que desde el siglo XVI la Iglesia ha vivido permanentemente a la defensiva... Alguien ha dicho cáusticamente que la Iglesia lleva siempre “una revolución de retraso”: cuando tuvo lugar la Revolución Francesa la Iglesia se aferró al Antiguo Régimen, logrando que la burguesía se volviera ferozmente anticlerical; cuando comenzó a fraguarse la revolución proletaria la Iglesia empezaba a sentirse a gusto en medio de la burguesía y se alió con ella frente a los trabajadores.

Estas contradicciones, a las que alude nuestro teólogo, nos permiten comprender por qué las manifestaciones que, muchas veces, salen de algunos miembros de las iglesias no coincidan con el fondo profundo y permanente de las verdades evangélicas. A veces, por la falta de un discernimiento que logre separar debidamente conceptos claros en los textos de las filtraciones de valores ideológicos de las culturas dominantes. No se puede ocultar que también en esas palabras se pueden advertir dos cosas: una pobre formación intelectual en algunos que los lleva a ignorar gran parte de lo que se ha escrito durante siglos, ya mostrado o, y esto también es bastante habitual, una especie de esquizofrenia que separa lo que se lee en los textos, entendidos como doctrinas universales pero no aplicables muchas veces a ciertas situaciones puntuales. No se puede soslayar aquí la incidencia de ideologías conservadoras, compromisos políticos que inciden en las posiciones a adoptar, por sobre el compromiso social con los más necesitados. Este compromiso que se declara constantemente no aparece siempre acompañado por actitudes en consonancia. Esto se percibe, más de una vez, en las manifestaciones periodísticas de algunos dignatarios eclesiásticos, más preocupados por posiciones políticas circunstanciales olvidando las verdades de los contenidos tradicionales de la Iglesia cuando analizan situaciones sociales, políticas o económicas.

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La propiedad en el capitalismo

La historia de los seres humanos, a lo largo de cientos de miles de años, nos ha mostrado una amplia gama de soluciones para encarar la satisfacción de las necesidades vitales. La experiencia desarrollada nos enseña que todas ellas han requerido de una forma institucionalizada (dentro del marco de posibilidades de cada cultura) de diseñar una forma de relación de los miembros de la comunidad entre sí y de ellos con la naturaleza, que hiciera posible la mejor utilización posible de los recursos. El sociólogo Dr. Antonio Elizalde Hevia, Rector de la Universidad Bolivariana, sostiene: «En las sociedades sin clases del pasado y en algunas que todavía sobreviven, la forma de apropiación fue predominantemente social o colectiva. Es la sociedad capitalista la que para su desarrollo requirió, como condición necesaria, la eliminación de toda forma de apropiación que no fuese individual. De modo tal que el capitalismo globalizado en el cual hoy vivimos ha terminado por reducir a su mínima expresión todos aquellos que fueron bienes comunes en el pasado». Esta síntesis plantea con toda claridad cuál es la condición esencial de la sociedad capitalista, de allí se puede deducir con mayor claridad gran parte de las consecuencias que debemos enfrentar hoy.

Ésta es la razón que motivó avanzar en el presente estudio. El ocultamiento de esa historia pasada, por miopía intelectual o por malas intenciones, ha impedido iluminar con ese pasado el problema actual de la propiedad. Ello logró que el tema fuera circunscrito, para su abordaje, al estudio de las formas que adquirió desde la experiencia del imperio romano hasta su reelaboración por el derecho burgués. La caída del Muro de Berlín permitió que tanto investigadores como profesionales de las ciencias sociales arrojaran al cesto de los residuos el estudio de otras formas de propiedad como modelos alternativos posibles, con las necesarias adecuaciones sociales, históricas y políticas. El fracaso de la experiencia histórica soviética sirvió de excusa para enterrar toda referencia posible a otras formas de propiedad social. Al reducir el estudio al ámbito de la sociedad de clases no pudo (o no permitió) que se comprendiera que el derecho que sostenía el concepto de propiedad privada avalaba las instituciones de una sociedad construida sobre la explotación y la exclusión.

La diferencia que señala el filósofo Enrique Dussel entre propiedad privada y propiedad positiva es muy aclaratoria para lo que venimos pensando. La primera es la propiedad que priva a otros de la posesión, es decir, es un tipo de propiedad que aparece como primera forma histórica de delimitar territorios de caza y mucho más tarde de cultivo. Ese tipo de propiedad corresponde a todos los miembros de las tribus o clanes que se asientan en un lugar y ejercen allí su dominio, privando a otras tribus o clanes de esa posesión (es privada porque priva). Pero el hecho de ser privada no impide que dentro de la tribu o el clan sea común a todos sus miembros. Este tipo de propiedad es la que en muchos tratadistas aparece como la propiedad natural, distinguiéndola de la segunda. Otra cosa distinta es la propiedad positiva, la propiedad que se desprende del hecho jurídico de legislar sobre determinadas formas de relación de los hombres con los bienes, este tipo de propiedad aparecerá necesariamente ligada al nacimiento de la sociedad de clases y del Estado. Esta forma de organización social requiere esta institución suprasocial que legitime la posesión de determinados bienes y vele por el cumplimiento de lo normado. Esto es especialmente necesario en situación de extrema desigualdad social, para garantizar la propiedad de unos por sobre la exclusión de muchos.

Es importante descubrir algunos de los mecanismos ideológicos que la sociedad moderna occidental ha puesto en marcha para encubrir la desigual distribución del producto del trabajo social. Volvamos a Elizalde Hevia: «El capitalismo ha configurado un imaginario anclado en la creencia en la escasez como la condición dominante en el ámbito de la economía y desde allí ha contaminado todos los ámbitos de la existencia humana. Al considerar la escasez como un principio casi equivalente al principio de realidad, los seres humanos nos vemos obligados, casi compulsivamente, a acumular todo aquello que teñimos con el atributo de la escasez, y a defender lo acumulado haciendo uso de todos los recursos de los cuales disponemos. En la sociedad capitalista llega a ser considerado casi anormal o patológico el compartir, cuando la emoción del compartir fue una condición constitutiva de la evolución de nuestra condición de primates a humanos».

Mediante este mecanismo ideológico que funcionó como fundamento de toda la ciencia económica se logró una invisibilización de amplios segmentos de la realidad que ocultó de la percepción colectiva a todos aquellos recursos que por su naturaleza son abundantes y por los cuales los seres humanos no necesitan competir, «sesgando por ende nuestra percepción de la realidad y destacando en ella únicamente aquellos recursos que por su naturaleza son escasos. De tal manera, incluso, se contagió con el atributo de la escasez a los recursos que abundan, y aún más, también a los que para crecer requieren de manera imprescindible ser compartidos. Operó de tal modo un verdadero enmascaramiento de la realidad, un proceso de ideologización y de creación de una falsa conciencia», continúa Elizalde Hevia. Es así que ante la mirada de los especialistas la economía capitalista ha logrado colonizar lo abundante transformándolo en escaso convirtiéndolo, entonces, en bienes que el mercado los convierte en visibles, por medio de la mercantilización privatizada. Desaparece la condición de bienes gratuitos y libres como modos de acceder a lo abundante, como lo era antes de ser mercantilizados. Esto no excluye que haya bienes escasos, como afirma el autor, sino que desaparecen del campo de estudio económico los que no lo son, hasta que puedan aparecer como bienes transables.

Este ha sido el mecanismo institucional necesario para permitir que se llevasen a cabo aquellos cambios fundamentales en la vida social. Nos encontramos frente a la condición necesaria para el inicio y desarrollo de «los procesos de acumulación en gran escala, y el surgimiento del capital, que se constituyó así en la más enorme fuerza transformadora de la existencia del hombre que ha operado en la historia. Ello implicaba la necesidad de producir una ruptura total de las formas de organización de la convivencia humana reguladas por la búsqueda de la simetría y la cooperación, y la violación de la escala humana en las relaciones entre los seres humanos. Esta ideología de la escasez pintó la realidad de tal modo que empujó a los hombres hacia la competencia en vez de la cooperación, al logro del lucro y del beneficio por sobre la minimización del riesgo, a la búsqueda de certezas en el tener por encima del ser», completa Elizalde Hevia.

Por su parte el Dr. Demetrio Velasco Criado, profesor de Pensamiento Político en la Universidad de Deusto, muestra su indignación por los modos ideológicos e institucionales y denuncia como se manejan conceptos y criterios legitimantes: «El derecho de propiedad privada, tal como se ejerce y legitima hoy en nuestras sociedades, es un escándalo para la razón moral. El que se pueda ser propietario de recursos ilimitados, sin graves reparos legales y morales, cuando una gran parte de la población mundial carece de lo necesario para vivir, es un hecho que refleja la “dialéctica criminal” que rige nuestro mundo. Pero, si esta situación es gravísima, no lo es menos la legitimación ideológica de la misma, que pretende presentarla como “normal” e incluso como “razonable”. ¿Cómo ha sido posible afirmar, durante siglos, que el derecho de propiedad privada es un derecho natural y sagrado al que se subordinan y del que dependen todos los demás derechos humanos, por fundamentales que sean?».

La crítica del profesor Velasco Criado nos obliga a entrar en la consideración de formas alternativas de pensar la propiedad. Esto no debe ser entendido como un retornar melancólico a modelos comunitarios de las sociedades anteriores o de culturas que se desarrollaron en otro curso de la historia, como ya vimos. A partir de la segunda mitad del siglo XVIII hasta el XIX en Europa se planteó el tema de la propiedad privada con debates políticos intensos. Debo decir que no lo puedo tratar acabadamente, por la extensión que supondría embarcarnos en el estudio de cómo se presentó este tema en los diversos autores. Sólo utilizare algunos de sus máximos expositores y muy brevemente para tener un primer acercamiento. Y para comenzar, es necesario decir que Carlos Marx nunca abogó por una abolición de la propiedad sin más, como lo deja aclarado en el Manifiesto Comunista de 1848:

Las condiciones que forman el régimen de la propiedad han estado sujetas siempre a cambios históricos, a alteraciones históricas constantes. Así, por ejemplo, la Revolución francesa abolió la propiedad feudal para instaurar sobre sus ruinas la propiedad burguesa. Lo que caracteriza al comunismo no es la abolición de la propiedad en general, sino la abolición del régimen de propiedad de la burguesía, de esta moderna institución de la propiedad privada burguesa, expresión última y la más acabada de ese régimen de producción y apropiación de lo producido que reposa sobre el antagonismo de dos clases, sobre la explotación de unos hombres por otros. Así entendida, sí pueden los comunistas resumir su teoría en esa fórmula: abolición de la propiedad privada.

Él define precisamente qué tipo de propiedad proponen eliminar y entiende que es necesario argumentar sobre la causa de tal afirmación. Por ello aclara poco más adelante:

Se nos reprocha que queremos destruir la propiedad personal bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano, esa propiedad que es para el hombre la base de toda libertad, el acicate de todas las actividades y la garantía de toda independencia. ¡La propiedad bien adquirida, fruto del trabajo y del esfuerzo humano!... Os aterráis porque queramos abolir la propiedad privada, ¡cómo si ya en el seno de vuestra sociedad actual, la propiedad privada no estuviese abolida para nueve décimas partes de la población, como si no existiese precisamente a costa de no existir para esas nueve décimas partes!

La propiedad privada burguesa existe sobre la necesidad de la desapropiación de “las nueves décimas partes de la población”. Pocos años antes Marx había apuntado en sus cuadernos de notas, conocidos como Manuscritos de 1844, la peculiaridad con que opera el razonamiento de los economistas. «La economía política parte del hecho de la propiedad privada», equivale a decir la toma como un hecho natural de la sociedad moderna, «en realidad la describe en fórmulas generales y abstractas, que en seguida adquieren para ella valor de leyes» a partir de las cuales se sigue el estudio de la producción moderna. «No comprende estas leyes, es decir, no muestra de qué modo derivan de la esencia de la propiedad privada. La economía política no nos suministra explicación alguna acerca de la razón de la separación entre trabajo y capital». Al no plantearse el origen del proceso que dio lugar a este estado actual de cosas en la sociedad capitalista, como hemos vista más arriba. Por ello nos advierte: «No hagamos como el economista que, cuando desea explicar algo se coloca en un estado originario íntegramente fabricado. Esa clase de estado originario nada explica… Supone que en la forma del hecho, del acontecimiento, ya está dado lo que debería deducir de él… Así, el teólogo explica el origen del mal por el pecado original, es decir supone como un hecho, en forma histórica, lo mismo que debería explicar». Aguda observación y comparación de métodos por los cuales se da por cierto lo que debería ser explicado, es decir, el origen de las cosas.

La poca lectura que los textos de Carlos Marx han merecido en las últimas décadas exigen ser un poco rigurosos con las expresiones doctrinarias de este autor, sobre todo cuando durante el siglo XX se lo ha citado tanto para hacerle decir las más diversas afirmaciones. Ya en vida del autor se veía obligado a desmentir teorías que se le atribuían. En una de sus tantas humoradas le dijo por carta a su editor, que le reprochaba cosas que no había escrito, «lo único que puedo decirle es que yo no soy marxista». Pero la ironía de Marx no logró impedir que se siguieran acumulando disparates en su nombre, mucho más, claro está, tras su muerte en 1883.

Por ello creo importante atenerme a sus textos. Las críticas que realizó a ciertos modos de argumentar, partiendo de un punto originario mítico, denunciaba el resultado de la operación de encubrimiento, muchas veces por ignorancia, de cosas que de ser explicadas deslegitimarían instituciones claves del sistema de propiedad, fundamentalmente, la propiedad burguesa capitalista. En este sentido uno de los que investigando el modo de producción capitalista propuso una explicación fue Adam Smith (1723-1790), quien propone la doctrina del valor-trabajo. Sin meternos de lleno en esta doctrina sólo enunciaré brevemente que postula que es el trabajo el origen del valor de toda mercancía, el trabajo social en todas sus formas, por lo que sin trabajo no habría valor. Si nos remontamos al inglés John Locke (1632-1704) podemos encontrar una argumentación que legitima la propiedad como producto del trabajo humano:

Aunque la tierra y todas las criaturas inferiores sirvan en común a todos los hombres, no es menos cierto que cada hombre tiene su propia propiedad. Nadie, fuera de él mismo, tiene derecho alguno sobre ella. Podemos afirmar también que el esfuerzo de su cuerpo y la obra de sus manos son auténticamente suyos. Por eso, siempre que alguien saca alguna cosa del estado en que la Naturaleza lo produjo y lo dejó, ha puesto en esa cosa algo de su esfuerzo, le ha agregado algo que es propio suyo; y por ello la ha convertido en propiedad suya. Habiendo sido él quien ha apartado de la condición común en que la Naturaleza colocó esa cosa, ha agregado a ésta, mediante su esfuerzo, algo que excluye de ella el derecho común de los demás.

Debemos ubicar a Locke en su época para comprender que su discurso se enuncia como defensa del hombre burgués (pequeño artesano, agricultor, comerciante, etc.) ante los abusos sobre la propiedad de parte de la nobleza. Lo sustancial de su afirmación es que el trabajo es la fuente del derecho a la propiedad, por lo que agrega: «Siendo, pues, el trabajo o esfuerzo propiedad indiscutible del trabajador, nadie puede tener derecho a lo que resulta después de esta agregación [su trabajo], por lo menos cuando existe la cosa en suficiente cantidad para que la usen los demás». La segunda mitad del siglo XVIII será escenario del salto de la producción artesanal a la producción industrial. Ese artesano al que hace referencia Locke correrá diferentes suertes: unos se convertirán en obreros asalariados de la fábrica propiedad del que se convirtió en capitalista. Entonces, esa doctrina no tendrá cabida en las nuevas relaciones de trabajo. Por tal razón Smith, en la misma línea del pensamiento evangélico puritano, defenderá el derecho a la retribución del trabajo realizado por el valor que le incorpora ese trabajo a la mercancía. Este pensador, fallecido en 1790, no alcanza a ver los excesos que la Revolución industrial comete en la explotación de los obreros industriales. Esto será la tarea de denuncia de los pensadores socialistas y anarquistas.

Repito esto para analizar lo que puede ser una sorpresa para algunos. El concepto que relaciona el trabajo con la propiedad aparece en la encíclica, ya citada Laborem exercens de Juan Pablo II: «La propiedad se adquiere ante todo mediante el trabajo, para que ella sirva al trabajo. Esto se refiere de modo especial a la propiedad de los medios de producción: considerarlos aisladamente como un conjunto de propiedades separadas, con el fin de contraponerlos al trabajo, en la forma de “capital”, es contrario a la naturaleza misma de estos medios y de su posesión». Y, con respecto a la relación entre la propiedad del capital y el trabajo, dentro de la línea de los clásicos socialistas, el papa dice: «es verdad que el capital, al igual que el conjunto de los bienes de producción, constituye a su vez el producto del trabajo de generaciones, entonces no es menos verdad que ese capital se crea incesantemente gracias al trabajo llevado a cabo con la ayuda de ese mismo conjunto de medios de producción, que aparecen como un gran lugar de trabajo en el que, día a día, pone su empeño la presente generación de trabajadores». Queda afirmada la prioridad del trabajo por sobre la propiedad del capital, además que éste es el resultado del esfuerzo social colectivo de las generaciones anteriores, en la misma línea que Marx.

De esta cita, como de las que la han precedido y que mantienen una coherencia doctrinaria, aún con Marx, se puede deducir que la propiedad sólo debe cumplir la función de facilitar, mejorar, hacer más eficiente y eficaz, multiplicar, perfeccionar, el sistema de producción con el objeto de poner los bienes necesarios al servicio de todos los hombres. Y, como ya hemos visto, en la doctrina tradicional desde la antigüedad hebrea, hay una preocupación constante por el destino final de los bienes, para que éstos sean puestos al servicio de las necesidades de todos los hombres. Repensemos la cita de Juan Pablo II: cuando la propiedad adquiere la forma de capital, y esto señala directamente al sistema capitalista, éste debe ser considerado específicamente y de manera excluyente una forma de explotación del hombre de trabajo. Porque sólo allí la propiedad se convierte, por su propia naturaleza esencial, diferente a toda otra forma histórica, en un mecanismo de explotación. Por ello, hace la reflexión que distingue cómo funciona específicamente la relación entre dinero, convertido en capital, y el trabajo asalariado.

Volvamos a leer: «La propiedad se adquiere ante todo mediante el trabajo, para que ella sirva al trabajo», es decir para que haga posible la puesta en marcha del proceso productivo. Por tal razón agrega: «Esto se refiere de modo especial a la propiedad de los medios de producción», es decir, a aquellos instrumentos que facilitan, aceleran, perfeccionan, la producción de bienes. Puesto que en cuanto se los utiliza: «con el fin de contraponerlos al trabajo, en la forma de “capital”, es contrario a la naturaleza misma de estos medios y de su posesión». Ponerlos en contra del fin específico significa suplantarlo por la prioridad de la obtención del lucro. Éste no es malo en sí mismo, sino en cuanto subordina el resto del proceso a su solo fin. Siendo esto así, no se debe: «considerarlos aisladamente como un conjunto de propiedades separadas» porque en ese caso la propiedad se divorcia de su fin específico, se autonomiza, se autosatisface y obra en contra de los restantes miembros de la sociedad. De allí que, cuando los economistas sostienen que el fin fundamental del capital es la búsqueda del lucro están distorsionando doctrinariamente la razón de su existencia, bajo el propósito de ocultar ideológicamente lo que queda claramente expuesto. El lucro debe ser sólo la consecuencia del proceso de producción y distribución de bienes, nunca el fin primero al que apunta el dinero convertido en capital explotador.

Sin embargo, pese a la profundidad en que hurga la doctrina cristiana expresada en estos documentos quedan baches por falta de llegar hasta el meollo de la cuestión. Esto se puede rastrear, según afirma Velasco Criado, en el debate en que se vio envuelta la iglesia en Europa en el siglo XIX, como resultado de las consecuencias de la Revolución francesa. La expropiación de los bienes de las iglesias provocó su reacción en defensa de la propiedad privada, alejada ya del trasfondo del destino universal de los bienes y la colocó en la vereda del liberalismo de ese siglo. Finalmente, dice el profesor: «La política concordatoria de la Iglesia significó la renuncia a reivindicar algunas de sus posesiones, pero también la legitimación del nuevo estado de cosas. Así, la Iglesia –enemiga del liberalismo en todos los otros puntos- se hizo socio-económicamente liberal, cuando debería haber cuestionado el liberalismo vigente».

Esto le permite afirmar con mucha fuerza: «La deriva totalitaria del liberalismo económico no se habría dado, al menos en la forma en que se dio, si la moral cristiana no se hubiera prestado a lo largo de siglos a ser su instancia legitimadora por antonomasia». Si bien se debe reconocer que siempre ha sostenido el principio del «destino universal de los bienes» para la satisfacción de las necesidades básicas de todos los seres humanos, «pero, la asunción práctica de este principio ha sido tan inocua y tan carente de relevancia histórica que ha quedado recluido en la “reserva escatológica de los principios evangélicos”: decimos que están ahí, pero obramos como si no existieran».

Las críticas pontificias que hemos leído, que se detienen en un análisis pormenorizado del funcionamiento del sistema capitalista, han soslayado «las estructuras capitalistas de apropiación y distribución» puesto que es «donde se ve más clara la incoherencia de querer atajar los problemas de la “cuestión social” sin plantearse las exigencias de una adecuada ética social». Y esto lo atribuye en gran parte a la dificultad de enfrentar con toda fuerza y claridad el individualismo imperante en este mundo globalizado, que viene de antigua data. Es así que: «La praxis social cristiana se disuelve en una praxis moral individualista». No es que no se hayan hecho críticas al individualismo imperante, esto se puede encontrar en muchos documentos, pero lo que puede observarse en las políticas institucionales que aparece algo así como un temor de espantar a las “sagradas clases media” que son consideradas como el sostén de la institucionalidad eclesial. También campea el miedo a que ese tipo de críticas la coloque en el mismo plano del viejo colectivismo soviético, puesto que se puede oír en los pasillos eclesiales referencias reprobatorias de él. Se mantiene un duro combate contra un muerto.

Entonces, la prédica que se hace oír a través de las pastorales, dice Velasco Criado: «consiste en restablecer la dignidad del individuo que es su virtud, única que merece la vida eterna… El ideal cristiano de sociedad es un instrumento para salvar al individuo más que un proyecto de transformación estructural del orden social vigente. Así, ni la responsabilidad individual, ni su dignificación, se traducen en una transformación estructural de la sociedad: pues lo que motiva la praxis del creyente es la gracia y la recompensa escatológica». Aparece la doctrina social de la Iglesia, expresada por las voces del magisterio, entrampada en este galimatías ideológico que la deja parada a mitad del camino de la crítica al sistema capitalista. La profundización de este camino fue encarnada por los hombres que abrazaron la teología de la Liberación, muchas veces mal comprendida por las autoridades y, otras tantas, criticada despiadadamente bajo la acusación de aproximarse peligrosamente al marxismo.

Ver también:
- En torno a la propiedad privada (Parte I)

Autor foto: INDYMEDIA

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