viernes, 29 de abril de 2011

Pío Tamayo, floricultor de la palabra

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Su palabra cierta es esencia de la historia que están escribiendo y reescribiendo los pueblos pobres del mundo.

Hay muchas maneras de hacer nacer el mundo. Hay muchas formas de contar los sueños y sembrar las esperanzas, de alumbrar el futuro y de andar diciendo nosotros, juntos, el mañana. Y por eso hay hombres que hacen historia y se quedan en el presente que no tiene pausa. Precisamente entre esas voces imprescindibles está la de José Pío Tamayo (El Tocuyo, 04 de abril de 1898 (aunque algunas fuentes citan como fecha de nacimiento el 04 de marzo) – Barquisimeto, 5 de octubre de 1935). Pío fue un poeta que asumió el compromiso con los dolores de las gentes y sus tierras. Fundador del Partido Comunista de Venezuela, el joven que fue descubrió temprano la fuerza de la palabra que sabe decir pueblo y siembra, justicia y solidaridad.

Sus ideas manifiestan ante y sobre todo la humanidad de un hombre que aún hoy está por construir, la pasión que mueve y nos mueve hacia el futuro que no nace por predestinación divina, sino a punta de amores, de tesones, de pasiones que saben cantar libertades, de manos que cosechan los tiempos por venir. En fin, su vida y sus versos, su palabra cierta, son esencia de la historia que están escribiendo y reescribiendo los pueblos pobres del mundo.

Semblanza

Desde adolescente se sumergió en el ritmo de las imprentas y las palabras impresas. Y en su época de estudiante de liceo fundó con otros compañeros una imprenta que llevaba el nombre de “Gil Blas”, tal vez en homenaje a ese personaje de la novela de Alain-René Lesage o a la posterior publicación semanal que con una mezcla explosiva entre política y satírica se publicó en España entre 1864 y 1872.

Pío quien se había marchado a Barquisimeto a estudiar en el colegio La Salle, dio a luz a la revista literaria Renacimiento. También publicó Saltos y brincos, y luego Ayacucho. Regresó a El Tocuyo después de la muerte de su padre. Se encargó de la hacienda El Callao, porque de allí salían los recursos familiares. El rol de propietario y administrador del fundo le permitió abrir un espacio para hacer realidad sus mejores sueños, mejorar las condiciones de los trabajadores. Su gestión al frente de la producción permitió la compra de tractores, la instalación de servicios sanitarios para los campesinos y una red de energía eléctrica para las casas y la hacienda. Además, Pío fundó una granja porcina y el primer transporte colectivo entre Barquisimeto y El Tocuyo, para que las mujeres y hombres, niños y viejos de esos tiempos y esas tierras pudieran trasladarse a un bajo precio.

Pero su vida estuvo marcada por el exilio, por los desarraigos que se anudan siempre a la memoria y los gestos con que se alumbran las mañanas.

En 1922 Pío Tamayo, como se le conoció siempre, salió del país debido a sus actividades conspirativas contra el gobierno de Juan Vicente Gómez. San Juan de Puerto Rico fue su primer lugar para el exilio, allí trabajó en una planta azucarera. Luego llegó a Nueva York y levantó vuelo hacia La Habana, donde cuentan que participó en la fundación del Partido Comunista de Cuba. Sus días en la isla fueron propicios para escribir en las revistas Venezuela Libre y Revista Universitaria. Precisamente en la capital cubana estudió a fondo el marxismo y se integró a un grupo de venezolanos que luchaban por dejar atrás el régimen gomecista con el objetivo de abrirle paso a la democracia.

La Unión Obrera Venezolana, un movimiento de corriente e inspiración marxista que luchaba por la conciencia y unidad de la clase obrera nació de su esfuerzo y convicción en Barranquilla. Y sus ires y venires por el exilio lo encontraron en Panamá en 1925, donde fue detenido por dirigir una huelga de inquilinos. Luego, el gobierno de José María Orellana de Guatemala también lo expulsó por actividades que eran consideradas subversivas, pero que no eran más que la lucha que lo empujó siempre a construir un mundo más justo y más humano. Terminó en Costa Rica donde se desempeñó como director de la revista Siluetas, al mismo tiempo que colabora en las publicaciones Avispas y Nueva Prensa.

De vuelta en Venezuela, en 1926, empezó a colaborar en la revista Élite y en el diario Mundial. Y dos años después se incorporó con alma y brío a la organización de la Semana del Estudiante. Corría el año de 1928. Durante el acto inaugural Pío Tamayo leyó Homenaje y demanda del Indio, un poema apasionado y comprometido con las más hondas y justas causas, tanto que le costó la libertad. Cumplió condena en el Castillo de Puerto Cabello, junto a muchos de los jóvenes que participaron en aquella memorable jornada. Allí fundó una escuela para los analfabetos y otra de marxismo para los presos políticos.

Probablemente no haya sido la tristeza del encierro, porque no se puede aquietar las alas del viento ni las palabras libres que nacen de los hombres, pero Pío Tamayo enfermó de tuberculosis en prisión y en diciembre de 1934, cuando fue puesto en libertad ya su estado de salud estaba quebrado. Pío, el floricultor de las palabras y las libertades, las esperanzas y los sueños falleció el 5 de octubre de 1935. Él es tal vez un pionero del movimiento literario vanguardista y precursor del marxismo en Venezuela. Su obra se encuentra dispersa en periódicos y revistas, aunque ha sido parcialmente recogida en la antología Diario de un floricultor.

Querido Toño:

“No tengo acto de qué arrepentirme; seguí los mandatos de mi conciencia y si alguna vez me equivoqué hay que culpar la imperfección humana, pero nunca la intención. Muero sereno y conforme con mi conciencia. (...)

¿Qué te he de recomendar? Cultiva siempre en el predio rico de tu espíritu las cualidades nobles que te distinguen; húyele a las satisfacciones mezquinas de los egoístas, y vivirás vida colmada de contento interior que es el más puro de los deleites.

Esta carta debe llegar a ti en los minutos inmediatos a mi muerte. No olvides que he sido sencillo y limpio de corazón. Procura enterrarme en El Tocuyo, pueblo al que he amado y cuyas gentes me quieren. No deseo ninguna ceremonia religiosa, ni aquí, ni en el acto del sepelio. Condúceme a una casa amiga en aquel pueblo, donde puedan reunirse los que quieran acompañarme al cementerio. Anuncia muy llanamente: “Ha muerto Pío Tamayo (37 años).

No pude revisar, corregir ni compilar nada de mi obra. En esas condiciones no deseo que se publique ninguna cosa. Guárdalas simplemente.

Te dejo a mamá. ¡Qué gran tesoro, hermano! Quiérela ahora por mí y por ti.

Te amo y digo adiós”,

Pío (28 de septiembre de 1935, fragmento de la carta destinada a su hermano José Antonio Tamayo).

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