jueves, 15 de septiembre de 2011

Una visita científica…, y desconsoladora

Marcelo Colussi (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Para leer como si estuviéramos en el año 2218 narrando lo acontecido en el 2216, año en que tuvo lugar el experimento relatado. (¡Y nos apuramos a aclarar que también este relato es verídico! Nos lo contó en una expedición de montañismo que tuvimos ocasión de hacer al Kilimanjaro en el año 2002 un visitante del futuro, enteramente similar a nosotros, que se permitió viajar en el tiempo un poco más allá de donde su misión se había fijado).

Era el interés científico lo que había motivado la expedición. Pero también la pura curiosidad. En realidad, no lo podían creer: ¡que el poder llevase a esos extremos! Como niños pequeños atraídos por lo desconocido, curiosos a morir, querían saber de qué se trataba. También, por supuesto, había intereses más terrenos, muy concretos: si eso formaba parte de su historia, querían aprender de ella para no repetirla. Pero había, fundamentalmente, esa pasión por conocer lo que se les antojaba increíble: ¡que la codicia hubiera llevado casi a la extinción de la especie humana no lo podían terminar de entender!

La misión había sido puntillosamente preparada por espacio de dos años y medio. Los seis viajeros (tres mujeres y tres varones) habían recibido una instrucción minuciosa, esmerada; de hecho hacían parte del grupo élite de científicos-investigadores especializados en historia y lo que en ese entonces se conocía como “ciencias de lo subjetivo”. La idea de poder viajar en el tiempo hacia atrás para influir en la historia y cambiarla –tal como se había visto en algunas creaciones culturales del Ser Humano previo a la Gran Hecatombe– había sido desechada ya mucho tiempo atrás. La historia era inmodificable; pero se la podía estudiar para obtener lecciones. ¿Cómo era posible que la lucha por el poder, siempre concebido masculinamente, pudiera desembocar en callejones sin salida donde se imponía la autodestrucción sobre la perpetuación de la especie? Esa era la pregunta de fondo: ¿por qué el poder es irreductible? ¿Por qué puede llevar a cometer disparates tan grandes?

De la época anterior a la Gran Hecatombe –año 2099, según la vieja cuenta de lo que se llamara calendario gregoriano, o año –1 (menos uno) de acuerdo al nuevo sistema vigente ahora– quedaban muy escasas evidencias físicas. Era lo poco, poquísimo que había podido salvarse de la gran explosión nuclear y de su posterior contaminación. Todo lo que se sabía ahora era básicamente producto de la reconstrucción histórica. En cierta forma la humanidad había debido recomenzar. Claro que no era un nacimiento de cero; la historia pesaba, por supuesto. Y la historia de los tres últimos siglos, con la aparición de la energía nuclear, el fin del petróleo y el casi agotamiento del agua dulce, estaba presente en la conciencia colectiva de la escasísima población que se había salvado. El grupo de privilegiados que había marchado a la luna, el único satélite no artificial del planeta, era otra cosa incomprensible para los habitantes de la actual civilización: ¿cómo podía un grupo de iguales abandonar a sus congéneres dejándolos librados a su suerte en medio de la tormenta nuclear, sin alimentos, sin agua potable, sin perspectivas de futuro en definitiva? ¿Cómo podía irse a vivir en un paraíso artificial con todos los satisfactores asegurados dejando a otros en la desgracia? ¿Qué había en la naturaleza humana que, más allá de lo recitado hasta el cansancio por las religiones –el amor, la solidaridad, etc., etc.– permitía acciones de esa calaña? ¿Tanto asustaban los límites, la finitud, que se debía erigir el poder como una vía de salvación casi mágica contra la flaqueza? Hoy día, año 2218, no se podía dimensionar lo que eso significó en la historia pretérita: ¿cómo poder matar a otro, o a toda la humanidad, en nombre de la superioridad de unos pocos? ¿Por qué espantaba tanto la sensación de finitud?

Los 17 millones de personas que vivían en esas 16 hiper tecnotrónicas ciudades del polo norte con calculada abundancia de recursos para no sufrir ninguna penuria pero sin ningún exceso, experimentaban una confusa combinación de sentimientos por sus antepasados. En cierta forma: admiración, porque habían logrado avances portentosos en cuestiones materiales pese a su manifiesta pobreza espiritual (la palabra “espiritual” ya casi no se usaba; se prefería decir “subjetiva/o”). Pero al mismo tiempo había una sensación de desprecio por esa marcada incapacidad de no poder resistirse a la finitud, a la perpetua carencia humana en el plano subjetivo, por lo que debían llenar enfermizamente con esa constante y disparatada búsqueda del poder. Cuando lograron reconstruir lo que un siglo y medio atrás se llamaron “técnicas de autoayuda” no supieron si reír o llorar. En un acto rarísimo en la sociedad global de ese entonces, realizado en cierta forma para remedar –burlándose– a sus ancestros, se dedicaron dos horas de luto al hecho. Si la búsqueda afanosa y desesperada del poder les parecía absurda, más absurda aún les resultaba esa jerigonza indescifrable de la autoayuda. ¿Por qué tener que sentirse siempre bien, felices y triunfadores si la realidad va en sentido absolutamente contrario? ¿Por qué esa perpetua y pertinaz fuga del dolor, de la finitud, de la sensación de incompletud buscando siempre parches supletorios? Para una sociedad que ponía una de sus insignias máximas en el disfrute físico (absolutamente todos practicaban un par de horas diarias de gimnasia y tenían sexo, desde que biológicamente podían, al menos dos veces por día durante todo los días del año hasta envejecer), para una sociedad que reconocía desde el inicio los límites, la idea de escaparle a los mismos con esos absurdos subterfugios de la civilización pre Hecatombe, le era incomprensible.

Movidos por esos afanes investigativos, el grupo de seis investigadores, con una compleja red de apoyo constituida por más de cien personas en el centro de operaciones, inició su viaje en el tiempo. Si bien ya se manejaba a la perfección la transmutación a través del tiempo, nunca dejaba de tener una cuota de cierto peligro. Pero más aún: era la sensación tan rara que provocaba en los viajeros, el desconcierto existencial… y la impresión de ceguera parcial que dejaba (debido a las microexplosiones de los fotones al superar la velocidad de la luz con tecnologías de aceleración asistida).

La misión no era fácil; debido a que no había habido ningún cambio sustancial en la estructura morfológica de los humanos pese a la radiación de años atrás, los seis viajeros deberían mimetizarse absolutamente con los seres de la época donde se transferirían –iban a viajar al 2094, unos años antes del desastre– para, pasando por uno más de ellos, incorporarse en la cotidianeidad de ese presente y aprender todo lo que se pudiera. La preocupación básica estaba dada por la posibilidad que alguna de las mujeres resultara embarazada. Aún no estaba definitivamente esclarecido si esa voluntad de poderío que caracterizaba a los humanos de la era “de la brutalidad” era algo genético –más bien se pensaba que no–, pero ante la posibilidad que una carga hereditaria pudiera filtrarse, no valía la pena correr el riesgo. De ahí que las tres viajeras fueron debidamente “desconectadas reproductivamente” por espacio de seis meses (el tiempo que duraría la misión).

El principal problema estaba dado por la comunicación oral. Ningún humano de fines del siglo XXI manejaba voluntariamente la telepatía, por lo que debía buscarse por todos los medios conocer y desenvolverse con alguno de los idiomas presentes en ese entonces. No les iba a costar trabajo aprenderlos, seguramente; pero eso tomaría al menos el primer mes de la misión. La capacidad intelectual de los seres humanos sobrevivientes del siglo XXIII, o de la “nueva era”, como se decía ahora, era enormemente superior, siendo las mujeres las más dotadas intelectualmente, pese a lo cual no habían desarrollado un espíritu de imposición de género como sí había sucedido con los varones por milenios y milenios anteriormente (decían “el Hombre” como sinónimo de la Humanidad. ¡Qué soberbia varonil!). Con los programas de computación actuales, más lo que se había podido reconstruir de las lenguas pasadas, no fue difícil para ninguno de los seis estar hablando rápidamente algunos de los principales idiomas de la época: chino mandarín, inglés y español.

Otra dificultad a vencer estaba constituida por la alimentación. En la nueva era que vivía ahora esta escasa humanidad, la dieta era muy distinta de aquella que tenían los habitantes del siglo XXI; pero la preocupación central estaba depositada en qué les tocaría comer, dada la situación económica en que se hallaran. Eso, para los habitantes de la nueva realidad, era por completo desconocido. No podían entender por qué no todos comían lo mismo, dándose enormes diferencias entra las dietas de afortunados (abundantes carnes rojas, muchas verduras y frutas, lácteos, repostería y, fundamentalmente, elementos que se ingerían para mostrar las diferencias de posición social –caviar, o langosta de mar, por ejemplo, o alcoholes largamente añejados– mientras mucha gente no pasaba del arroz o los guisantes, bebía agua contaminada, y en muchos casos ni siquiera comía –el hambre, pese al desarrollo tecnológico obtenido, seguía siendo una de las más frecuentes causas de muerte–). Para la misión, y por supuesto para los 17 millones de sus contemporáneos, era una pregunta sin respuesta cómo la humanidad había logrado desarrollar todo ese potencial destructivo con el que luego voló por el aire –22.000 misiles intercontinentales con cabezas nucleares múltiples– pero no podía alimentar adecuadamente a todos los habitantes del planeta. La idea de poder como relación de subordinación no entraba en sus esquemas. No podían creer que alguien “valiera más”, fuera “más importante” que otro por, por ejemplo, la parásita acumulación de dinero –que, demostrado estaba– no alimentaba a nadie (nadie de los sobrevivientes a la Hecatombe pudo comerse un billete de banco para alimentarse). Y menos aún, no podían procesar eso de que el color de la piel decidiera la suerte de un ser humano: ¿cómo era posible que un “blanco” valiera más que un “negro”? Para la situación actual, ser negro era un fabuloso beneficio, pues si se extraviaba en la nieve, era más fácil buscarle. Pero nadie, por esa condición, se sentía superior.

Otro de los disparates del pasado, que provocaban risa y al mismo tiempo consternación, era eso que se había podido reconstruir, y que años atrás se conoció –en la ahora desaparecida lengua inglesa– como VIP, very important people. Les resultaba patético que la humanidad hubiera vivido por milenios y milenios con la idea de superiores e inferiores.

Esas “locuras” tenían despistados, desconcertados, y al mismo tiempo, fascinados a los actuales habitantes de la Tierra. ¿Cómo sus antecesores podían haber sido tan imbéciles? Lo desconocido –parece que esta es una constante en la historia de la humanidad– puede repeler (en el extinto idioma alemán “siniestro” se decía Unheimliche: “no-familiar”), pero al mismo tiempo también atrae, fascina, hipnotiza.

A la mitad de la misión, es decir terminando ya el tercer mes de trabajo, los seis integrantes habían tenido experiencias disímiles pero en todos los casos muy enriquecedoras. Dos de los varones se habían integrado en lo que, por ese entonces, era la República Popular Socialista de Mercado China; el otro vivía mimetizado como un diplomático occidental en un país africano de composición negra (Umbansi, nacido de la unión de varias etnias artificialmente separadas en “países” un siglo y medio antes de la Hecatombe). Dos de las mujeres estaban haciendo su experimento en la República Multiétnica de los Estados Unidos de América, una, y en la República Federativa de Europa la otra, mientras que la tercera de ellas vivía en una favela en Río de Janeiro, Brasil (la más grande del mundo, por cierto, de más de 22 millones de habitantes). Adecuados debidamente a sus realidades sociales, hablando las lenguas locales y con una completa integración a sus entornos, todos iban consiguiendo importante información. Pero había cosas que, por más esfuerzo que entendieran, no lograban descifrar. A las tres mujeres les daba risa, y también profunda consternación, que los varones de la era pre Hecatombe alardearan siempre de una supuesta superioridad. La situación les resultaba patética, porque veían que eso tenía más de caricatura que de apoyatura en lo real. Esa forma “masculina” de concebir las cosas daba como resultado una forma civilizatoria que conducía, inexorablemente, a las guerras. Peleaban por todo queriendo tener siempre la razón. Les hacía gracia una metáfora que habían descubierto en el entramado cultural de aquella época por la que lo que más valía era ver “quién la tenía más larga”, en alusión al tamaño del órgano sexual masculino. ¡No podían entender que la superioridad de un varón se relacionara con eso! y no, por ejemplo, con quien golpeaba menos a su mujer. Eso les comenzó a dar pistas de por qué la forma masculina que había ido adquiriendo el ejercicio del poder los había llevado a la autodestrucción: ¡no podían evitarlo!

Eran muchas las contradicciones insalvables que encontraron en sus ancestros. Una de las más llamativas era el cortocircuito que hallaban entre lo que se decía y lo que se hacía. El hedonismo, por ejemplo, estaba entre uno de los bienes más preciados. Todo el mundo mencionaba de continuo la búsqueda de la satisfacción material como uno de las cosas más preciadas, lo cual ligaban a la posesión de artículos concretos, a realidades fácticas constatables materialmente: tener mucha comida, tener muchos vehículos, tener muchas viviendas, tener muchos aparatos electromagnéticos, y en algunos casos los varones: tener muchas mujeres… Pero curiosamente todos los habitantes desarrollaban conductas que iban absolutamente en contra del placer material: vivían en ciudades atestadas de gente y de vehículos donde no alcanzaba el tiempo para hacer todo lo que debían, consumían productos que les dañaban su salud (en algunos casos ¡hasta provocándoles enfermedades mortales!), eran más los esfuerzos y recursos destinados a proteger lo que llamaban sus “propiedades privadas” –hasta por las que llegaban a matarse– que los que dedicaban a gozar físicamente, hacían el sexo a escondidas y nunca en público, preferían no comer o pasar penurias para pagar deudas pero les preocupaba sobremanera verse bien vestidos o con aparatos nuevos y resplandecientes, le prestaban más importancia a las luces artificiales que al sol, casi no caminaban –se desplazaban sólo en vehículos– y, quizá esto era lo que más había alborotado al grupo viajero, para mantener los lujos de unos pocos preferían sacrificar a grandes mayorías a las más terribles privaciones.

Ya en el quinto mes, los seis deseaban regresar a su tiempo. Por profesionalismo y por una alta valoración ética, no lo hicieron; pero en realidad a todo el grupo se le hacía muy desagradable aceptar tanta estupidez, tanta orfandad subjetiva (la gente de ese entonces prefería pasar varias horas diarias sentados casi inmóviles ante pantallas ¡sin que nadie los obligara, sin que ello les proporcionara ingresos económicos!) Quizá ahí encontraron el colmo de los absurdos, viendo esos aparatos que llamaban “centro general de procesamiento de datos”, algo parecido a los antiguos “televisores” o “computadoras”; es decir: pantallas generadoras de destellos luminosos que la gente miraba y miraba y miraba en silencio, sonriendo a veces, llorando en muy raras ocasiones, y desde las cuales se comandaba buena parte de sus vidas.

En el contacto con sus contemporáneos, el grupo había podido descubrir que la idea de grupos “selectos” que preparaban su instalación fuera del planeta ya estaba presente algún tiempo antes de la Gran Hecatombe. El grado de desarrollo tecnológico alcanzado en ese entonces permitía a ese minúsculo grupo poder autoabastecerse eternamente. Lo que sí, más allá de la proeza del ingenio que eso pudiera representar, era la más repugnante operación que se pudiese concebir. Más aún, abandonando a sus hermanos y dejándolos condenados a sobrevivir en un mundo contaminado, semidestruido, casi sin recursos. Eso era enteramente inadmisible.

Ya de vuelta a su tiempo, sin haberse puesto de acuerdo en esto, al elaborar los informes (habría siete en total: uno por cada uno, más un séptimo como grupo) todas y todos coincidieron en algo: los “afortunados” que habían abandonado la Tierra y ahora vivían en esa ciudad artificial en el satélite lunar, constituían un inminente peligro para la seguridad de los habitantes de la “Nueva Era”. Por lo pronto, disponían de armas peligrosas (ya habían casi terminado con la Humanidad en el planeta), y nada indicaba que no volvieran a usarlas. Los 17 millones de actuales habitantes de la Tierra no tenían una vocación guerrerista; de hecho, aunque hubieran podido desarrollarlas, no disponían de armas.

Luego de más de dos meses de largas y concurridas asambleas de base, discutiendo el asunto hasta el cansancio, se tomó la decisión: se utilizaría por esa única vez todo el potencial creativo para inventar algún ingenio que en breves instantes permitiera terminar de un solo golpe con ese virus que habitaba en la luna.

El famoso fogonazo que vimos la vez pasada, ese destello azul violáceo que encendió la noche polar, significó el fin de esa insólita cosa surgida de los monos que descendieron de los árboles hace dos millones de años. Lo que queda ahora en la Tierra permite pensar que no se cometerán las mismas estupideces.

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