miércoles, 12 de octubre de 2011

Generalidades sobre cine y psicopatología

Jesús María Dapena Botero (Desde Vigo, España. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Aunque no seamos plenamente conscientes de ello, la locura, la nerviosidad, los problemas de carácter, las perversiones nos rondan en nuestra vida cotidiana, más allá del gran encierro al que han sido sometidos los enfermos mentales, -a partir de la época clásica- por una supuesta sociedad racional, sobre todo si pensamos, con Caetano Veloso, que de cerca nadie es normal.

Quizás como el personaje de Belleza Americana tengamos un vecino homofóbico y paranoico, que proyecte aspectos repudiados de sí mismo en los otros, a los que convierte en su infierno, y podamos correr los riegos de su protagonista, Lester Burnham, cuando éste vive la amargura de una existencia gris, acompañado de una mujer, que declara:

Mi compañía vende una imagen y es parte de mi trabajo vivir de esta imagen. – lo que para algunos filósofos sería una existencia inauténtica y para un psicoanalista, como Donald Winnicott, un falso self, mientras su hija adolescente es una joven apática, quien se queja de la falta de apoyo del padre y, casi en lo único que piensa es en hacerse una cirugía de los pechos, convencida de que sin tetas no hay paraíso.

Al decir de su padre, Jane es una típica adolescente: enfadada, insegura y confusa, a la que le gustaría decirle que eso ya se le pasará; pero, lo malo es que, desde la amargura paterna, prefiere no comentárselo, porque no quiere mentirle; si es sincero, para él el único momento placentero del día es cuando se masturba en el baño.

Y ya estamos hablando de cine, cuando les hablo de esta cinta de Sam Mendes, generadora de tanto ruido y merecedora del Óscar en 1999.

Y, a la vez, estamos hablando de psicopatología, más en el sentido de una psicopatología en la vida cotidiana que de la psicopatología de la vida cotidiana, en la línea que la estudiara Sigmund Freud, a sabiendas de que muchos de estos personajes jamás consultarán a los especialistas de las ciencias psi, como si desconocieran que su suerte está echada y no pudieran pensar en cómo construirse un futuro distinto.

Pero, al hacer estas consideraciones, se me ocurre parodiar la tan citada frase del psiquiatra y psicoanalista estadounidense, Irving Schneider, de que si la psiquiatría no existiera, el cine habría tenido que inventarla, al enunciar otra proposición: si la psicopatología no existiera, el cine tendría que haberla creado.

Y es que, tanto el cine como las narrativas literarias, el cuento, la novela, el teatro, el drama y la tragedia, en particular, buscan insistentemente al ser humano en situaciones que nos produzcan horror y piedad, temas terribles y lastimeros, de acuerdo con los dictados del arte poético de Aristóteles.

Freud mismo dio mucha importancia a los artistas, tanto a los poetas y literatos como a los escultores y pintores, a quienes veía como precursores de lo que los conocimientos científicos pudieran llegar a saber del alma humana; sin embargo, a pesar de que su sueño de la inyección de Irma, tuviera lugar la misma noche, en la que, a Louis Lumière, en medio del insomnio, se le ocurriera perfeccionar el kinestoscopio, para construir un nuevo aparato, que les resultaría a él y su hermano Auguste, tan útil para proyectar el primer filme, en un café de París, fue nulo el entusiasmo que el padre del psicoanálisis mostró por el séptimo arte, en el sentido de que tuviera importancia para el conocimiento del ser humano; por eso, el médico vienés prestaría tan poca atención al interés demostrado por Karl Abraham y Hans Sachs de satisfacer la demanda de Georg Wilhelm Pabst, un cineasta expresionista austríaco, cuando éste se pensó en producir el filme Misterios del Alma.

Freud consideraba que el cine no era un medio adecuado para la representación del mundo psíquico y ello también sería motivo de su desprecio a la oferta de Samuel Goldwyn, el famoso, productor estadounidense, para realizar una “verdadera historia de amor”.

El Gabinete del doctor Caligari y toda una serie de películas que presentaban terapeutas aviesos, malignos, siniestros y malintencionados, a la manera del doctor Mabuse o el criminal hipnotizador de David Work Griffith o que ridiculizaban a los psiquiatras, como se diera en la primera cinta que relaciona psiquiatría y cine, Doctor Dippys’ Sanitarium, la urticaria, por el invento de los Lumiére, crecería en el medio psicoanalítico, de tal modo que Paul Federn pondría el grito en el cielo, ante la Sociedad Vienesa, para denunciar lo peligroso que podría ser el séptimo arte para nuestra profesión.

Pero, sin lugar, a dudas, la experiencia no ha sido tan nefasta, como lo anunciara Federn, en relación con el vínculo entre el séptimo arte y las ciencias psi, aún si tenemos en cuenta la pertinente advertencia de la psicóloga Beatriz Vera Poseck, quien nos habla de las confusiones que pueden generarse cuando se habla de psicopatología en el cine, dada la frivolidad con la que se trata muchas veces la enfermedad mental y cuando se exageran los síntomas, con el fin de crear climas dramáticos o espectaculares, lo que puede desvirtuar bastante la realidad de los cuadros clínicos y sus manifestaciones psicopatológicas, como bien lo mostraría en su libro Imágenes de la locura.

Voy a referirme a las relaciones entre ciencias “psi” y cine, fenómeno que puede mirarse desde distinto vértices, pero voy a centrarme exclusivamente en el tema de la psicopatología, de donde voy a dejar de lado hermosas películas de crítica a modalidades terapéuticas, como lo fueran, La naranja mecánica (1971), Alguien voló sobre el nido del cucú (1975) o Frances (1982), las cuales, por lo demás, bien pudieran ser tema de reflexiones fenomenológicas y psicoanalíticas.

Pienso que si aceptamos la tesis de que la locura, la neurosis, la perversión o las caracteropatías tienen una psicogénesis, un desarrollo en el tiempo y en la duración de la vida, podríamos mirar de un lado lo longitudinal del proceso de enfermar, en el que interjuegan muchos factores, mediante una mirada diacrónica, o bien podría hacerse un corte transversal, sincrónico, que sólo se ocupe de las relaciones entre los fenómenos, como elementos de una determinada estructura sintomática, sin pretender ahondar en la historia que la constituye.

La primera mirada me recuerda la inquietante película de Roman Polanski, El quimérico inquilino, que aunque no nos remonta al pasado del personaje, sí nos muestra el proceso del desencadenamiento de una psicosis, de una manera tal, que al espectador sensible llega a conmoverlo hasta los tuétanos.

Tal cinta es el relato de un período en la vida de Trelkowsy, un polaco, quien alquila un piso en el que ha vivido una mujer - ahora moribunda - tras haber saltado, con clara intencionalidad suicida, por una ventana de su residencia.

El hombre curioso va a visitarla al hospital, donde la enferma pega un grito, en el que su boca nos traga al protagonista y a los espectadores, para adentrarnos en todo un proceso de identificación del personaje principal con esa mujer, lo que lo lleva a transvertirse y, finalmente, suicidarse, después de verla alucinatoriamente y mirar el cuerpo de ella fragmentado y hecho pedazos, en medio de un sufrimiento enorme, como si esa boca gritona, hubiera devorado para siempre a un sujeto frágil e inacabado, que termina por convertirse en ella misma, como si el propio polaco también se la hubiera engullido, en un intento de llegar a una completitud gozosa, convertido, a la vez en hombre y mujer, en una loca situación, que termina por conducirlo la muerte, borrada su singularidad, como si no quedase en sí mismo nada de él, proceso al que asistimos con horror y piedad, enfrentados con la desmesura de su angustia, del terror, de un dolor insoportable y la derrota de Eros ante la fuerza de un titánico Tánatos, de una manera mucho más profunda de lo que lo hiciera Alfred Hitchcock, en ese clásico del cine que es Psicosis (1960).

Veamos ahora las escenas finales, cuando Trelkowsy, convertido en la inquilina anterior, lucha contra lo Real que lo acecha implacablemente desde afuera:

http://www.youtube.com/watch?v=FwTwJreDSDI&feature=related

Asistimos así a un proceso en una duración limitada, que nos muestra el deterioro progresivo de ese hombre, con una lentitud tan asombrosa, como los paneos con los que Polanski introduce la cinta, como si se tratase de un verdadero tratado sobre la fenomenología de la locura, en un cuadro donde la restitución psicótica, adquiere un tono afectivo muy distinto al que nos llena de sorpresa al final de esa gran tragedia moderna que es la película de Billy Wilder, El crepúsculo de los dioses (1950), cinta en la que una vieja actriz del cine mudo, retirada en una mansión solitaria, en la célebre Avenida Sunset Boulevard, que lleva de Los Ángeles a Beverly Hills, desea su retorno al cine sonoro y, al verse frustrada en su anhelo narcisista, asesina al guionista que le daría la posibilidad de realizarlo y aparece un delirio megalomaníaco, en todo su furor, de tal manera, en el que la antigua diva confunde su detención por la policía y el espectáculo televisivo, que ofrece la noticia del crimen, con la vuelta a los estudios de la fábrica de los sueños; al fin y al cabo, como ella misma lo sostiene, su vida es sólo eso y nada más; veámoslo:

http://www.youtube.com/watch?v=aLqj_1HIJiU

Tampoco sabemos nada de la historia de Norma Desmond, la protagonista de la narración de Wilder, pero otras películas pueden darnos cuenta de ambientes opresivos, fríos o descontenidos en los que se levantan niños melancólicos, en un estado de perplejidad frente a la irracionalidad del mundo adulto, la cual los llena de odio, como lo podemos observar en el filme de Carlos Saura, Cría cuervos (1975):

http://www.dailymotion.com/video/x473qy_cria-cuervos_shortfilms#rel-page-4

Éstas son cintas en las que pareciera comprobarse la tesis de que las imágenes son más dicientes que mil palabras. Sus directores no recurren a discursos teóricos que pueden resultar ni muy profundos, ni claros, como, para mi gusto es el que pone Alfred Hitchcock en boca del doctor Fred Richman, en esa gran éxito de taquilla, que deviniera en clásico del cine de terror, Psicosis (1960).

La película se anuncia como tal, lo cual remite a la locura, y efectivamente, nos muestra a un hombre bastante esquizoide que maneja un hotel de carretera en los Estados Unidos de América, quien al sentirse profundamente atraído por una huésped ocasional, recurre a una actividad voyeurista, mientras ella se ducha, para que a renglón seguido asistamos al sangriento asesinato de la joven. Y, tras la investigación que se va haciendo del crimen descubrir que se trata de que el homicida, identificado con su madre, suplanta a su persona, de tal forma que cuando el psiquiatra da su informe técnico, declara que conoce la historia de Norman Bates, el criminal real, pero no por él, sino por su madre, ya que el joven asesino no existe, pues la otra mitad suya, su progenitora, le ha dominado por completo; ella fue la cometió el crimen, esa mitad mental que domina a Norman, quien, a su vez, la había matado diez años antes junto al hombre que fungía de padrastro de Bates, quien para, entonces, ya estaba bastante perturbado, desde que murió su padre. La madre autoritaria era una mujer absorbente. Durante años, ambos. el hijo y su mamá, vivieron como si nadie más existiera fuera de ellos. La mujer conoció a un hombre y el chico, en un arrebato de celos, mató a la pareja de su progenitora con su nuevo novio. El matricidio es probablemente el crimen más monstruoso que existe – anota el psiquiatra. Quien lo comete se hace despreciable. De ese modo, Norman trataría de borrar ese crimen, al menos en su mente; robó el cadáver de su madre y lo escondió en casa; trató de conservarlo como bien pudo; pero, eso no le bastaba; aunque ella estuviera allí, no era más que un cadáver, por lo cual, el joven empezó a sentir y hablar por ella; le dio la mitad de su vida, por así decirlo.

Algunas veces, Bates sostenía a ambas personalidad y mantenía conversaciones entre ellas; en otras ocasiones, lo dominaba la mitad materna; nunca fue del todo Norman; a menudo era enteramente su madre. El muchacho siempre tuvo celos enfermizos de su mamá y pensaba que ella los sentía, de tal modo que, en cuanto sentía una atracción hacia alguna mujer, se alborotaba el lado materno, como sucedió cuando conoció a Marion Crane; se sintió excitado, la deseó y eso despertó los celos maternos, de donde la madre de Bates fue la que la asesinó; después de ello, fue como si Norman despertara de un sueño; la sumisión del niño hizo desaparecer las huellas de aquel crimen.

Pero para el psiquiatra, Bates no es un transvestista; él no tiene ninguna conducta exhibicionista; lo que sucedía era que, al transvestirse, tenía la ilusión de que su madre seguía viva; cuando la realidad se aproximaba, cuando corría algún peligro, cuando un deseo iba a destruir la quimérica fusión, Bates se disfrazaba, se ponía una peluca, imitaba la voz materna, quería ser ella. En cualquier caso, en el que la mente albergue dos personalidades, surge un conflicto, una batalla; en Bates esa batalla terminó con el triunfo de la personalidad dominante de su madre.

Pero no hay claridad psicopatológica y más bien el crimen ha servido de pretexto para hacer una película de terror, que rehiciera a Hitchcock de un fracaso comercial, – una motivación parecida a la que moviera a Stanley Kubrick a filmar El resplandor, otro filme bastante flojo desde el punto de vista psicopatológico -; pero, a diferencia de Kubrick, Hitchcock quiso darle a su cinta una apariencia de cientificidad, pero no queda para nada diferenciado el diagnóstico que, a veces, pareciera ser el de una esquizofrenia, por aquello de la mete escindida, la simbiosis con la madre y la personalidad esquizoide, huraña y solitaria del personaje, pero en otras, pareciera apuntar al de una neurosis disociativa. ¿Podría tratarse de una locura histérica? Pareciera ser que no pudiéramos dar un diagnóstico tan definitivo como al que alude el forense, pues el final pareciera acercarse a una identificación melancólica:

http://www.youtube.com/watch?v=YVbxaNKXrBM

Y en el terreno de la neurosis, vale la pena mirar fragmentos muy gráficos de la acrofobia de “Scottie” Ferguson, el frustrado detective de Vértigo o De entre los muertos de Alfred Hitchcock, evocadores de las descripciones fenomenológicas de Gebsattel, cuando analiza la fobia de Julie Weber, donde el síntoma neurótico denuncia la imposibilidad de llegar a ser, de lograr un determinado proyecto, de cumplir con una misión determinada, sin poder avanzar en la plenitud del mundo, lo que Pierre Janet llamaba descensos del tono emocional, con flaccidez de la tensión psíquica, una suerte de psicasatenia, que lo lleva hasta la hipotonía y el colapso corporal, ante estímulos fobígenos que lo sobrecogen, cuando intenta un tratamiento, indicado por el mismo, de desensiblización sistemática.

Sugiero mirar entre los 0:41 a 0:59 minutos, de este link:

http://www.youtube.com/watch?v=D0bV2gh4E7Y

Un conocedor profundo de la obra de Alfred Hitchcock, como lo es Donald Spoto, hace un análisis más sutil, en una escena, para nada tan clara, como la de la escalerilla y la ventana, la del beso, en el encuentro de “Scottie” Ferguson con la mujer que él pone a suplantar a la bella dama que ha muerto, al caer al vacío desde la torre de un convento colonial californiano, cuando el biógrafo sostiene, del mago del suspenso, que la cámara de Hitchcock siempre se acercaba a amantes apasionados, en escenas en las que el director londinense, intentaba entrelazar a los amantes, a la manera que Rodin lo hiciera en su famosa escultura, El beso - una de las estatuas preferidas del realizador británico - un ósculo francamente sensual y sexual, con una compleja referencia emocional, pero que en Vértigo o De entre los muertos, más bien hace palpables la frustración y la condena, al centrarse sólo en el contacto de las bocas, mientras apenas si se tocan los cuerpos, con una actitud rígida por parte del hombre, quien vacila e inhibe el flujo de la pasión, como si este acercamiento se asociara más al dolor, a la incomunicación, al encuentro con una esfinge inalcanzable, a pesar de ser profundamente deseado, en un contacto con la mujer que “Scottie” necesita que sea suplantada, para la comprobación de una realidad intuida por el detective, a pesar del intenso deseo que mueve la fantasía de Ferguson .

Veamos la siguiente secuencia cinematográfica:


Mucho podríamos hablar sobre psicopatología y cine; sería un tema inagotable pero, me parece suficiente, que podamos pensar, a partir de algunas muestras cinematográficas, como acercarse a una mirada cinematográfica de la psicopatología, que seguramente podrá irse enriqueciendo, poco a poco, a lo largo de la vida.

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