miércoles, 12 de octubre de 2011

Kapuscinski y el periodismo ilustrado

Reinaldo Spitaletta (Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

1.

Los tiempos de la llamada Ilustración se caracterizaron, entre otros aspectos, por una actitud de curiosidad frente al mundo, el atreverse a conocer, el interés por explorarlo todo y el de poner la razón como centro del universo. Esta concepción del Siglo Dieciocho iluminó a muchos filósofos y líderes sociales para transformar las mentalidades y las cosas, y es, a mi parecer, el origen del periodismo moderno.
Aquellos ilustrados de entonces se proclamaron miembros del partido de la humanidad y en sus divisas estaba el respeto al otro, a su cultura y a su dignidad. Y es en este punto donde quiero introducir la labor periodística, narrativa, de carácter histórico, sublevadora de los géneros, de Ryszard Kapuscinski.
Me parece que él es un prototipo de lo que llamaré el periodista ilustrado. En Kapuscinski se notó siempre la sed de saber, de conocer al hombre inmerso en una cultura, en otra que no era la suya. Para ello partió de una premisa que parece obvia pero que entraña la esencia del periodismo. Este es un oficio en el cual se depende del otro, así que no debe haber lugar para la vanidad y la arrogancia.
Y sabía no solo que se depende del otro, sino que el reportero es “un cazador furtivo de otros campos” y debe sacar sus bártulos de la sociología, la antropología, la historia, el cine… Para él era clave lograr que el lector sintiera que el autor, el periodista, tenía una formación honda, y no con el ánimo de posar de sabelotodo, sino de dar seriedad, profundidad y, si se quiere, belleza a sus escritos.
Una de sus consignas profesionales era la de que el reportero debe estar entre la gente de la cual quiere escribir. Y estar entre la gente no es tener una mirada turística o superficial sobre ella. Debe ser una observación curiosa, atenta, porque, y él lo supo, lo padeció, lo sintió, la mayoría de la gente en el mundo vive en terribles condiciones, y el reportero debe compartirlas para poder tener el derecho de escribir sobre ellas. Es como lo que decía un viejo dirigente chino: “Quien no investiga no tiene derecho a hablar”.
Kapuscinski fue un gran lector, no solo de libros –que ya es bastante- sino de la condición humana. Fue, por ejemplo, un conocedor de la obra de Emmanuel Levinás, un filósofo del diálogo. En una lección inaugural en la Universidad de Cracovia, pronunciada en 2005, Kapuscinski basó su charla en los conceptos del Otro, de la otredad, emitidos principalmente por Levinás, para quien el Otro es un acontecimiento fundamental, una entidad única e irrepetible. Una entidad contrapuesta a dos fenómenos del siglo XX: el nacimiento de las masas, que abolió el estado de separación del individuo, y la expansión de ideologías y regímenes totalitarios.
Kapuscinski entendió que no solo se debe dialogar cara a cara con el otro, sino que también hay que responsabilizarse de él. Por eso, rechazaba la guerra porque es y ha sido una manera del aniquilamiento, del envilecimiento de la condición humana. Bueno, parece que el periodista polaco de guerras sí sabía, le tocó cubrir muchas y en algunas de ellas estuvo a punto de ser aniquilado. La guerra –decía- es una derrota para todos.
Era un apasionado de la historia; esto sobraría advertirlo, porque sus textos son precisamente tratados históricos, escritos por un reportero que supo mirar bajo la superficie, bucear en los fenómenos sociales, entenderlos con las herramientas de la cultura. En este aspecto supo, con Ferdinand Braudel, que en la historia hay procesos mentales de larga duración.
No es extraño, entonces, que hubiera sido, también, un estudioso de Heródoto de Halicarnaso, al cual calificó como el protorreportero de la historia, el mismo en ser el primero en observar que para comprender y describir el mundo hace falta recolectar gran cantidad de material. Y para ese efecto hay que salir de su tierra, viajar, conocer a ese otro que nos contará historias. Kapuscinski sostenía que la escritura periodística es el resultado de lo que se ha visto y de lo que relata la gente. El reportero es el producto de una escritura colectiva.
Por supuesto, Kapuscinski sabía que para ir hasta el fondo de las cosas, no le servía ser solamente corresponsal o reportero de una agencia de noticias. En un despacho de ochocientas palabras, en un lenguaje telegráfico, es imposible introducir y narrar la tragedia humana. Sin embargo, como él mismo lo confesó en diversos escritos, aquellos viajes de trabajo le sirvieron para recargar sus baterías de historiador-escritor, o de investigador del mundo. En sus días libres tomaba apuntes, hacía diarios y fotos, registraba un rostro, un paisaje. Y, como también lo dijo, siempre intentó unir el lenguaje rápido de la información con la lengua reflexiva del cronista medieval.
Por eso en sus libros el lector encuentra una mentalidad, una colección de gestos, costumbres, ideas nuevas, el descubrimiento de lo inesperado, como también personajes populares y representantes del poder. No son solamente el emperador Selassie, el Sha de Irán, Patricio Lumumba, Idí Amín, sino algún mercenario, un sicario, las mujeres de un mercado africano y las víctimas de la guerra, las víctimas de los que están en el poder.

Como Heródoto, Kapuscinski fue un puente entre culturas, el que mostró los desafueros de una tiranía y el que proporcionó elementos para leer entre líneas los ideales de justicia. Fue el cronista, a su vez, de los desventurados, de los periféricos, el que condujo la mirada del lector hacia hombres y lugares que nadie valora, o que por lo menos no eran interesantes a los ojos eurocentristas. A su vez, fue el reportero de las luchas de liberación nacional, anticolonialistas de África y Asia, y el que brindó elementos de comprensión de culturas ignoradas, centenariamente oprimidas.
Kapuscinski fue, como alguien lo señaló, el último viajero, pero un viajero de nuevo cuño, no aquel de mentalidad colonialista o aventurera, no aquel que llegaba a buscar cazadores de cabezas o a embeberse en el exotismo de un paisaje. Era el viajero intelectual, el reportero cargado de curiosidad, el testigo de las maravillas y atrocidades del mundo contemporáneo.
Al principio escribí que Kapuscinski había sido un sublevador de los géneros periodísticos. Y, en efecto, en estos parajes se atrevió a diversas combinaciones, a hacer reportajes de voces, como si se tratara de alguna novela de Faulkner; a hacer un periodismo cubista, o de collages, para desembocar tal vez sin proponérselo en la creación de lo que algunos teóricos del periodismo llaman el “reportaje total” o crónica literaria en la que, como en un collar de palabras, iba engarzando poemas, periplos, vivencias, leyendas, canciones, imágenes, y todo en un lenguaje sin pretensiones de gran literatura y en el que el autor tampoco se quedaba impasible ante los acontecimientos.
Volviendo con el cuento del otro, de entenderlo, de respetar su cultura, Kapuscinski sabía que el reportero, obviamente el buen reportero, debe tener varias características, entre ellas la empatía. O sea, la habilidad de sentirse como un nativo del lugar, como uno de la familia, y para eso debe compartir con la gente sus dolores, sus problemas, sus fiestas, sus sufrimientos, enterarse de sus creencias. Y como la gente no es boba sabrá distinguir entre este tipo de reportero y aquel otro que aparece como turista o pasajero, que mira sin compromiso y luego se va, limpiecito y sin siquiera picaduras de zancudos.
2.

Uno de los libros en el que la teoría del periodista ilustrado se nota más en Kapuscinski es, por ejemplo, Ébano. Para escribirlo, como él mismo lo dijo, requirió una experiencia en África de cuarenta años y la lectura de doscientos veinte libros.

Fue una experiencia de inmersión en un continente martirizado, pleno de riquezas naturales y humanas, y precisamente por tanta riqueza colonizado y maltratado y saqueado por los colonialistas europeos. En sus desplazamientos, Kapuscinski siempre evitó las rutas oficiales, los palacios, las figuras importantes y la gran política. Sostuvo que aunque habló de ellos, los poderosos no le interesaban mucho, porque no dicen nada interesante; solo cosas burocráticas. Y, cabría agregar, muchas mentiras.
Por eso, prefirió viajar en camiones, ser huésped de los campesinos, recorrer desiertos con los nómadas, dormir en piezas acompañado de cucarachas gigantes y otros insectos espantosos. De esa manera pudo narrar el martirio y hablar de unos pueblos absolutamente sufridos que soportan el dolor y las carencias con un ánimo asombroso, con una especie de vibrante ascetismo.
En ese texto magnífico describe el mundo espiritual del africano, con una vida interior impregnada de honda religiosidad, con sus esferas metafísicas y físicas y las relativas a la memoria. Incluso establece las diferencias del sentido del tiempo que tiene un europeo y un africano. Para el europeo, el tiempo funciona independientemente del hombre, y sus parámetros son medibles y lineales. Una concepción newtoniana del absolutismo del tiempo. Para el africano, dice Kapuscinski, el tiempo es una categoría holgada, abierta, elástica y subjetiva.
Es el hombre el que influye sobre el tiempo, sobre su ritmo y transcurso.

Lo que quiero significar es que el periodista captó estas diferencias en una actitud de conocimiento, de caracterización de una cultura.
Y así lo hará con la geografía, con la relación naturaleza-hombre y con las concepciones de la historia y del mito. Con los clanes, las tribus, las aldeas, los modos de vida, los ritos funerarios. En este texto hay una ilustración sobre el colonialismo, sobre aquella aberración del tráfico de esclavos, acerca de las luchas tribales, y una explicación de las matanzas. Entre 15 y 30 millones de personas, durante cuatrocientos años, fueron secuestradas y transportadas más allá del Atlántico en condiciones deplorables. Y ahí, en esas narraciones sobre la infamia, aparece el periodista-historiador, el reportero que consulta archivos pero también registra voces, no solo de hombres sino de animales, del viento, de la selva.
Digamos que es un libro terrible y esclarecedor, por el cual transcurren siglos de desprecio, humillación y padecimiento que crearon en los africanos un complejo de inferioridad y “un sentimiento de daño moral jamás reparado”. Es un libro para entender que África no existe, que su esencia está en la diversidad y en la diferenciación. Ébano es un testimonio, una muestra imprescindible de lo que es el periodismo cultural.
En él, escrito con la fuerza de una estampida de búfalos, es posible saber dónde están los cementerios de elefantes y por qué los leones viejos, como una manera de salvación, se dedican a cazar hombres. Digamos que muchos de nosotros, antes de leer el libro de Kapuscinski sobre África, teníamos nociones generales acerca de ese continente. Algunas dadas, por ejemplo, por cuentos y novelas de Hemingway, bueno y por todas esas informaciones superficiales de agencias de noticias sobre el apartheid, sobre Nelson Mandela, acerca de las masacres en Ruanda, en fin. Pero en Ébano un europeo nos da un panorama totalizador sobre África contemporánea y también sobre su cultura e historia.
Con Kapuscinski asistimos a golpes de estado, a la carnicería propiciada por dictadores como Amín, a la ejecución pavorosa de un tiranuelo de Liberia, pero también nos introducimos en el mundo mítico africano, en la belleza de sus creencias, en la miseria de sus habitantes.

Llega el reportero a explicar, incluso, la cultura del robo, como en aquel episodio, cuando habitaba en un callejón en Lagos, en Nigeria, y cada día le saqueaban su pieza. Un día, el periodista, muy agobiado porque ya los ladrones lo tenían de flecha, recibió la visita de un musulmán, al cual Kapuscinski le habló de la situación. El hombre le dijo que el robo era una manera de nivelar las desigualdades, y que estaba muy bien que le robasen porque aquello era incluso un gesto de amistad de los ladrones. Así le daban a entender al extranjero que les resultaba útil y que lo aceptaban en el callejón. Mejor dicho, le dijo que allí estaría seguro si permitía que le robaran impunemente. Porque si avisaba a la policía era mejor que se esfumara de ese lugar.
Una semana después el musulmán volvió a visitarlo y lo llevó a un mercado de brujos, herbolarios, adivinos y encantadores. Allí le dijo a Kapuscinski que comprara un manojo de plumas de gallo blanco. “Eran caras –dice el escritor- pero no opuse resistencia. Regresamos al callejón. Suleimán compuso las plumas, las rodeó con un hilo y las ató al travesaño superior del marco de la puerta”. Desde aquel momento jamás le volvieron a robar. Esta es una de las tantas anécdotas que ejemplifican cómo se metió el reportero en la cultura, en las creencias de ese otro que él tenía que conocer para poder escribir.
Pongo este libro como ejemplo, pero bien puede ser otro, porque es donde creo yo se puede ver al periodista sensible por penetrar en los entresijos, en la oscuridad para aclararla, en la rica diversidad de una cultura. Y además, Kapuscinski en este y otros textos realizó un periodismo de explicación, en la cual se notan subyaciendo muchas reflexiones.
De su palabra nos vamos enterando, por ejemplo, de cómo se hace política en África, nos lleva por mundos de fortunas fabulosas, amasadas a base de practicar gansterismo político –bueno, por estos lados también es así-, de desarticular partidos, falsificar elecciones, disparar sobre multitudes de hambrientos; nos va llevando por los senderos de horror del apartheid, que era no solo practicado por los blancos, sino que se volvió una consigna o un sistema general de discriminación y muerte.
Para nosotros, una vaca es un cuadrúpedo muy necesario y que podría mejor que la paloma ser símbolo de la paz. Para algunos africanos, por ejemplo los Karamanjong, la vaca es su tesoro más preciado y también es un ser místico. Creen que Dios les ha dado las vacas de todo el mundo y que su misión histórica consiste en recuperarlas. Por eso organizan expediciones armadas contra los pueblos vecinos, en una mezcla de saqueo, misión patriótica y deber religioso. Así que el reportero indaga aspectos de esa cultura y entonces ya uno puede decir que esos pueblos no son vulgares cuatreros.
En Ébano nos podemos dar cuenta de que para los africanos no hay un sentido de la historia, o por lo menos no como la entendemos nosotros. Los europeos, por ejemplo, tienen bibliotecas y archivos dedicados a todas sus guerras, tienen museos. Los africanos, no, pese a tantas guerras internas. Las huellas de esas guerras desaparecen en el olvido. Nadie en esas tierras de selva y desierto se dedica a escribir la historia, ni los vencedores ni los vencidos.
Digamos que Kapuscinski cumplió una misión: dar a conocer culturas a otras culturas; y eso ya es un significativo aporte. Nos habla de camellos, no como el poeta Guillermo Valencia que jamás vio uno, sino como alguien que estuvo montando en ellos, que sabe sus misterios; nos narra lo que significa la oscuridad, la noche, y algo muy particular: los niños, que son la mitad de la población de África.
Kapuscinski llega a relatar asuntos suyos, una malaria que casi lo mata, un combate con una cobra, la visión espléndida y aterradora de un elefante extraviado, y no con el ánimo de que se diga ¡huy!, eso de ser reportero es duro, sino como aporte al escenario que describe, a la cultura que narra. Así, por ejemplo, es sobrecogedor cuando cuenta una noche en una habitación de pánico. Al encender la luz, las paredes, la cama, la mesa y el suelo estaban negros. Negros de cucarachas. Digamos que no eran cucarachitas como las de Colombia, y él que estaba acostumbrado a estar entre millones de zancudos, curianas, chinches, avispas, arañas, escarabajos y moscas y no sé cuántas clases de insectos más, se estremeció. Eran cucarachas imponentes, del tamaño de una tortuga, y eran peludas y con bigote. Bueno, el pobre reportero se paralizó ante la espeluznante visión y no durmió, aunque aprovechó para leer su libreta de notas sobre Liberia, un país fundado en el siglo XIX por esclavos norteamericanos.
El caso es que Kapuscinski, al reconocer otros pueblos, reencarnó la posición, el punto de vista de su admirado Heródoto, el padre de la historia, que dio testimonio de otras culturas para que los griegos no se creyeran únicos. Y también se conviertió en una voz crítica frente a sus congéneres europeos, causantes de muchos de los estragos en África. Mientras el europeo iba a África a observar la capa exterior, Kapuscinski realizó un viaje interior, un viaje cultural. Porque es claro que muchos europeos que fueron allá, con pensamiento y acciones colonialistas, eran gentes de baja calaña, buscapleitos, traficantes de esclavos, delincuentes, aunque también hubo unos pocos misioneros honrados e investigadores apasionados y serios.
En Kapuscinski es posible encontrar al otro para que se establezca un diálogo civilizado, para que conociendo al otro se intercambie con él en condiciones de igualdad. Llama la atención la crítica formulada por el periodista a las lenguas europeas que, según él, no han desarrollado un vocabulario que permita describir adecuadamente mundos diferentes, mundos no europeos. Por eso, importantes asuntos africanos quedan sin plantear en idiomas de Europa. Cómo describir todos los verdes selváticos, y tantos árboles, sus nombres, y tantos insectos y tanta biología, tanta botánica. Cito a Kapuscinski: “Cada una de las lenguas europeas es rica, sólo que su riqueza no se manifiesta sino en la descripción de su propia cultura, en la representación de su propio mundo”.
Así que hay una impotencia semántica, como la que sufrieron, por ejemplo, los cronistas de Indias. Aún con esa impotencia, el periodista polaco descifró muchos misterios, se convirtió en un puente cultural, logró desarrollar un paisaje, pintarlo, enaltecerlo; transmitió una geografía, una historia. Eso es, precisamente, lo que hace el periodismo ilustrado. Lo que pasa es que ya de esos periodistas hay muy pocos, y en Colombia sí que menos, con ese periodismo de farándula ordinaria que practicamos.
Kapuscinski, entonces, no fue el último viajero, también fue el último periodista ilustrado del siglo XX. Quedan sus testimonios, sus enseñanzas para que las nuevas generaciones de reporteros sigan esas rutas, con ansias de saber, con ganas de explorarlo todo. Acordémonos de lo que decía un viejito de por estos lados, un pensador de Envigado: “el ignorante se aburre en los caminos”. A Kapuscinski ningún camino lo aburrió.

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