jueves, 29 de diciembre de 2011

Juana de Ibarbourou: la vida, un verso

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

Juana de Ibarbourou supo siempre de la palabra que desnuda, de la metáfora perfecta, del adjetivo que no sobra ni falta, sino que cuenta, contándonos los sueños y otras bienvenidas.

Con la Juana de América se enamora uno, una y mil veces. Con sus versos nace la caricia convertida en eco derramado. Con su palabra certera el amanecer se vuelve lecho florido, amante campo sembrado.

Y es que Juana de Ibarbourou (Melo, Uruguay, 8 de marzo de 1895 - Montevideo, 15 de julio de 1979) supo siempre de la palabra que desnuda, de la metáfora perfecta, del adjetivo que no sobra ni falta, sino que cuenta, contándose, contándonos los sueños y otras bienvenidas.

Esta poeta uruguaya es uno de los estandartes de la literatura de Nuestra América de principios del siglo XX. Cuentan que temprano encontró el amor y por eso a los veinte años se casó con el capitán Lucas Ibarbourou. Se trasladó a Montevideo tres años después, donde vivió desde entonces. Sus primeros versos aparecieron impresos en diversos periódicos. Lenguas de diamante (1919), El cántaro fresco (1920) y Raíz salvaje (1922), fueron sus primeros libros de poesía, en los cuales convergen versos modernistas de los que emergen imágenes y sensaciones, colores y sueños, pero en los que ya su voz era cuenco y tiento para todo lo que aún tenía por decir.

Los grandes temas de la humanidad están presentes en su obra. La búsqueda de la libertad, el amor, el tiempo, la vida que pasa y también la que queda, las cotidianidades y la trascendencia. Su voz fue encontrando en los versos las verdades y las incertidumbres de las tierras y sus gentes. Y el cuerpo tomó en ella la dimensión exacta de la caricia, del gesto que acompaña el desnudo, y a veces también, de la soledad sin aspavientos, de la soledad más sola. Tal vez por eso escribió sabiéndose divinamente humana, entera, pero también escindida de las agujas de un reloj que detiene el paso de las horas sobre el sueño batido entre las alas de las almohadas.

“Por el molino del huerto / Asciende una enredadera. / El esqueleto de hierro / Va a tener un chal de seda / Ahora verde, azul más tarde / Cuando llegue el mes de Enero / Y se abran las campanillas / Como puñados de cielo. / Alma mía: ¡quién pudiera / Vestirte de enredadera!”. (Fragmento de La enredadera, del poemario Raíz salvaje).

De América

La poeta, la honda mujer de los versos que saben del rocío entretejido en el verdor, fue proclamada Juana de América, en 1929, en el Palacio Legislativo del Uruguay.

En la América mayúscula el vanguardismo irrumpía en las letras. Y poco a poco la poética de Juana de Ibarbourou se fue desvistiendo de poses para mostrarse cada vez más humana y más sensible. En La rosa de los vientos (1930) se adentró en esta corriente literaria, pero sin los fanatismos que muchos otros poetas blandieron desde el papel, sino más bien valiéndose de ciertas imágenes con las que pudo dejar al descubierto cada vez más honda, su voz de vida que estalla en cada mañana inaugurada de sol y de sombras.

“Si todas las gaviotas de esta orilla / Quisieran unir sus alas, / Y formar el avión o la barca / Que pudiesen llevarme hasta otras playas... / Bajo la noche enigmática y espesa / Viajaríamos rasando las aguas. / Con un grito de triunfo y de arribo / Mis gaviotas saludarían el alba. / De pie sobre la tierra desconocida / Yo tendería al nuevo sol las manos / Como si fueran dos alas recién nacidas./ ¡Dos alas con las que habría de ascender / Hasta una nueva vida!”. (Fragmento de Las olas, de La rosa de los vientos).

Entre versos y cuentos

Entre 1930 y 1950 la poeta uruguaya no publicó ningún libro de poesía. Sin embargo se dedicó a una prosa que lleva entre las hebras y las entrelíneas toda la carga sentipensante de una mujer que encontró en la palabra los adioses y las bienvenidas, los hasta siempre y los jamases.

Los loores de Nuestra Señora y Estampas de la Biblia (1934); Chico Carlo (1944) y en 1945 Los sueños de Natacha son algunos de los cuentarios, con matices autobiográficos que salieron publicados por esos años. En 1971 apareció Juan Soldado, donde recogió narraciones de diferentes épocas. Finalmente, cuando se reunió el hilo poético con Perdida (1950) ya el verso no se iría más.

En 1932 Juana fue la promotora de un concurso internacional que tenía como premisa dotar de una bandera a la Hispanidad, izada por primera vez el 12 de octubre de 1932, en la Plaza de la Independencia de Montevideo.

Juana de América, la poeta uruguaya, ocupó la presidencia de la Sociedad de Escritores de su país en 1950, y cinco años más tarde su obra fue premiada en el Instituto de Cultura Hispánica de Madrid. En 1959 recibió el Premio Nacional de Literatura entregado por primera vez. Entre sus poemarios posteriores se encuentran Azor (1953), Mensaje del escriba (1953), Romances del Destino (1955), Angor Dei (1967) y Elegía (1968).

La obra de Juana de Ibarbourou será siempre una tregua, un instante de calma, donde la amorosa serenidad de la pasión y la soledad que nace en los espejos recuerdan la vida, la vida vivida y la que tal vez aún queda por vivir.

“Crecí para ti. / Tálame. Mi acacia / implora a tus manos su golpe de gracia. / Florí / para ti. / Córtame. Mi lirio / al nacer dudaba ser flor o ser cirio. / Fluí / para ti. / Bébeme. El cristal / envidia lo claro de mi manantial”. (Fragmento de El fuerte lazo)

Extracto de Historia de la Literatura Uruguaya

Ida Vitale

“En Juana de Ibarbourou, gradualmente, el paisaje se transforma en comprobación tenaz de lo natural, en búsqueda de lo concreto, no del símbolo o del simulacro, sino de la suma de elementos verídicos y verificables, esos mismos que una mirada simple descubre en el contorno. A través de toda su obra poética, la autora es fiel a ciertos temas; algunos, aunque no sean exclusivamente privativos de ella emanan de una experiencia vivida, que no comparten necesariamente otros poetas.
Los años pasan, la muerte toca en torno y se lleva los amores mayores y empieza a verse sola, y esta soledad se le hace anticipo de otra soledad más radical”.

(Ida Vitale poeta y crítico, uruguaya, 1923)

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