miércoles, 15 de febrero de 2012

Reflexiones sobre el Ajedrez

Marcelo Bidón (Desde Montevideo, Uruguay. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

El porqué, el cómo y la historia del tema elegido.

Mi pequeña hija Daniela, con sus recién cumplidos seis añitos, me hizo regresar a uno de mis juegos favoritos de la infancia y primera adolescencia: el Ajedrez. Excelente oportunidad para analizar las enseñanzas simbólicas que este juego nos puede dejar.

La partida se desarrolla sobre un mosaico, de 8 filas y columnas: o sea, 2 elevado a la tercera potencia. A la derecha de cada jugador, va un cuadradito blanco. Al igual que nuestro Mosaico, la identificación viene a través de la luz.

¿Qué ha llevado a que el denominado juego ciencia haya permanecido cautivando a los seres humanos durante siglos? Al igual que la Masonería, sobre una base milenaria, la adaptación ha llevado a su permanencia. Dos ejércitos idénticos, que ocupan la mitad del tablero entre ambos, deben dirimir su supremacía, pudiendo haber empate (denominado tablas) entre ellos. La partida acaba cuando uno de los ejércitos no puede detener el avance de su contrincante, en su intento de eliminar al Monarca (modernamente denominado “Rey”). El famoso “Jaque Mate”.

Cuenta una extendida leyenda, que hace algunos milenios en la India, se presentó un novedoso juego a un Sultán. Cuando preguntó cuánto saldría adquirir la propiedad de tan fascinante entretenimiento, la respuesta fue que había que colocar un grano de arroz sobre el primer cuadradito, dos sobre el segundo, cuatro sobre el tercero, ocho sobre el cuarto, y así sucesivamente. El Sultán aceptó gustoso tal pichincha, sin percatarse que en el último cuadradito debía colocar dos elevado a la 63ª potencia granos de arroz. Con lo cual no sólo perdió la última cosecha de arroz, sino el Sultanato.

Otra visión nos indica que este juego nos enseña que todo el poder de un monarca no vale nada si no sabe conducir a sus huestes. Como indicaba nuestro Past S:. G:. M:., Q:. H:. Rolando Moya, “un hombre solo, sólo es, un hombre solo”. Esta máxima, que nuestro H:. aplicaba a su cargo en la Oficialidad de la Obediencia, es enseñada por el Ajedrez. Un Rey sólo, casi ineludiblemente termina pereciendo en el fragor de la lucha y, en el mejor y poco probable de los casos, puede aspirar a las tablas.

Al igual que en una Logia o una Obediencia, la clave está en el juego de equipo, donde desde la primera pieza hasta la última tiene su valor y debe ser defendida. Poca utilidad tiene un V:. M:. “brillante”, o con “gran conocimiento”, si no existe un magnífico equipo que le acompañe: desde los Vigilantes hasta quienes lavan las copas tras un ágape. Nuestra construcción tiene sentido y toma brillantez si cada una de las piezas realiza adecuadamente su labor. Al igual que una orquesta, podemos identificar la magia de su sonido, como conjunto, sin que sobresalga instrumento alguno. Pero si un instrumento no hace bien labor, se perjudica el colectivo.

¿Qué nos dicen las piezas?

Al igual que la Masonería, la estructura de las piezas es piramidal. La base de la Pirámide la componen los ocho peones (dos elevado a la tercera potencia), que representan la mitad de las piezas de cada ejército. Podemos identificar un segundo grupo, compuesto por cuatro piezas (dos elevado a la segunda potencia): dos caballos y dos alfiles. Un tercer lugar en la escala jerárquica la componen las dos torres. En cuarto lugar, la Reina o Dama. Y en el vértice de la Pirámide, el Rey.

Los nombres y disposición de las piezas nos muestran una cultura que, instintivamente, van pautando el inconsciente colectivo. Vamos a realizar varias lecturas que las piezas del ajedrez moderno nos pueden dejar.

Cada ejército está compuesto de dos filas: la primera de ellas (que combate en primer lugar y más proclive al sacrificio) corresponde a los peones. Como se percibe, la estrategia de sacrificar una primera fila en un combate, con las piezas “menos valiosas”, con el fin de rematar la batalla con lo más graneado del ejército, es antiquísima. Aún hoy día, son las tropas que van delante, dejando al generalato a buen resguardo.

Si bien es frecuente que asociemos al peón a su definición de “jornalero que trabaja en cosas materiales que no requieren arte ni habilidad”, es conveniente tener presente que peón también significa “infante o soldado de a pie”. En el ajedrez, este infante que anda de pie, moviendo de un casillero o escaque por vez y sólo en un sentido, es la pieza que menos habilidades y destreza tiene. En el juego de las Damas, tenemos dos tipos de piezas: las comunes, llamadas peones y las de habilidades especiales, que se obtienen cuando éstos llegan al borde del tablero correspondiente al adversario.

Al igual que en las fortalezas, los vértices se corresponden a las torres, vigías que cuidan la estructura a lo largo y a lo ancho. Como en las antiguas batallas, la caballería salta entre los combatientes. El caballo, es la única pieza que puede saltar sobre otra.

Al lado de los caballos se encuentran los alfiles. El alfil es una pieza cuyo nombre, a priori, nos dice poco, por lo cual debemos profundizar en su origen. Etimológicamente, la palabra proviene del persa y significa elefante. Si repasamos la historia, recordaremos la importancia de los elefantes en las antiguas batallas. Anecdóticamente, digamos que se le llama “victoria a lo Pirro o pírrica” a aquel triunfo donde sufre más daño el vencedor que el vencido. El General cartaginés Pirro, dentro de otros, perdió la mayor parte de sus elefantes en esa batalla. Volveremos sobre la definición de alfil más adelante. También sobre las piezas mayores: Rey y reina, conocida como Dama.

El Rey del Ajedrez y el V:. M:. de una Logia

Resulta de interés analizar las similitudes y diferencias entre uno y otro. Ninguno de los dos tiene habilidades y destrezas excepcionales. El Rey del ajedrez no puede dominar una fila, una columna o una diagonal, como lo hacen la torre, el alfil o la dama, conjunción de ambas piezas. Ni siquiera puede saltar, como su caballo. Apenas su destreza supera a la del peón. Mientras esta pieza avanza de a un escaque, y puede comer en los casilleros correspondientes a sus dos diagonales cuando avanza, el movimiento del Rey (y sus posibilidades de comer) se verifica en los ocho casilleros que le rodean (nuevamente el número 8). En una Logia – y la nuestra no es una excepción – el V:. M:. dista de ser el H:. con más destrezas y habilidades. No es electo para que haga alarde o demuestre su “brillantez”, sino para administrar la Logia y conducirla – junto a la Cámara del Medio – a futuros más venturosos.

Ni el Rey ni el V:. M:. están en la primera fila, exponiéndose y ejecutando directamente. El Rey es la pieza más rodeada, por delante su fila de peones y a sus costados las demás piezas. Al igual que el V:. M:.está alerta y cuidando a los suyos, pero no actuando en primerísimo lugar. Tanto en el ajedrez como en una Logia, cada integrante realiza su labor y en ello no sólo es insustituible, sino que no es deseable ni bueno que otros Hermanos hagan lo que un Oficial corresponde.

Como tercer similitud, como habíamos señalado, ni el Rey ni un V:. M:., solos y por si mismos, significan nada, ni obtienen ninguna meta. La importancia real recae en el colectivo que ayudan a construir.

Pero Rey y V:. M:. tienen también sus diferencias. Mientras el poder del Rey es absoluto, el de un V:. M:.es – muy - relativo. En Ten:. tenemos a la Oratoria como contrapeso. Recordemos que una Logia nadie puede hablar después del Orador, quien tiene la última palabra. A su vez, en una Logia, las líneas de acción no son definidas y controladas por la Veneratura en forma individual y omnímoda, sino que es una labor colectiva que compete a la Cámara del Medio.
Mientras el poder del Rey es a perpetuidad y hereditario, el de un VM es variable, por un corto y definido período. A su vez, es electo por sus hermanos.

Con su poder atemporal, el Rey muere en tal condición. En nuestra Escuela Iniciática, el V:. M:. está en el extremo oriental del Templo. Pero debe saber diferenciar lo real de lo ilusorio, ya que en un brevísimo lapso estará en el extremo opuesto, como G:. T:..

Los roles de cada sexo

Vamos a hacer ahora una pequeña encuesta. Les pido a los QQ:. HH:. que piensen en tres ajedrecistas, actuales o pasados. Ahora les pido que levanten la mano quienes pusieron, dentro de los tres ajedrecistas escogidos, a una mujer. Siendo un juego para el cual, a priori, no debieran existir diferencias de género, al igual que los conductores de taxi, la amplia mayoría de los profesionales son masculinos.

Estrategia e inteligencia son necesarias para conducir una partida de ajedrez. Atributos que pareciera se corresponden al género masculino. Todos los generales que conozco son hombres, desconociendo si alguna sociedad ha llevado ya a las mujeres al generalato.

Si ubicamos al ajedrez moderno en el medioevo, esta diferenciación por sexos tiene sentido. En los campos de batalla combatían los hombres. La estructura del juego es militar. Como en una fortaleza, los vértices se corresponden a las torres. En la primer fila de la lucha, los peones o piezas de “menor valor”. Rompiendo las filas del enemigo, la caballería. Cubriendo el campo, los elefantes (luego daremos otro significado al alfil). Y al lado de cada gran hombre - en quien recae el poder - una gran mujer: la dama.

Esta concepción machista no nos debe sorprender, pues se mantiene hoy en día en varios estratos de nuestra sociedad. La estructura de la iglesia dominante en el medioevo occidental mantenía el predominio absoluto de un género sobre el otro. La trilogía esencial que promueve se compone exclusivamente de género masculino. Los doce apóstoles, que debían reproducir las enseñanzas de Jesús y crear su Iglesia, eran hombres. Aún hoy día, en su vertiente mayoritaria, no se admiten las mujeres al sacerdocio, ni muchos menos pueden llegar a ser cardenales o papas.

Al señalar esto, no veamos la paja en el ojo ajeno pero omitamos visualizar la viga en el propio. La Masonería actual, en su vertiente mayoritaria, tampoco admite a la mujer en sus trabajos. Si por obvias razones sociales o culturales, ello era admisible para evolucionar la sociedad medioeval a una estructura más justa y solidaria, carece de justificaciones en nuestra sociedad actual. Recordemos que los antiguos linderos, que reconocemos y apreciamos como parte de nuestra historia, fueron desarrollados por un pastor anglicano en la primera mitad del Siglo XVIII. Es hora de revisar este paradigma, válido para su época, pero no para la eternidad. Y muy fraternalmente estamos abocados a esa tarea.

Los linajes

En su versión moderna, el ajedrez recoge los linajes o diferenciaciones de la estructura de clases del medioevo. En el último lugar de la escala, los peones. Y según lo alejado que se encontraban del rey, quienes cuidan las torres, seguidos de la caballería. ¿Pero quiénes son los adláteres del todopoderoso monarca? El alfil y la reina.

La reina es la única mujer del juego, con seguridad por ser la esposa del rey. Su lugar jerárquico no le es propio, ganado por su esfuerzo, sino relativo al que corresponde a su esposo. En el ajedrez moderno, a la reina se le denomina Dama. Según el diccionario, a esta se la define como “mujer noble o de calidad distinguida”. Tal vez por ser la esposa del Rey, la Dama es la pieza más valiosa y de mayor movilidad del juego.

Según el diccionario inglés, alfil es bishop, expresión que también significa obispo, al cual define como “clérigo cristiano de alto rango que organiza el trabajo de la Iglesia en una ciudad o distrito”. O reinado, nos preguntamos. La concepción dominante en el medioevo ponía a los representantes del poder celestial al servicio del poder terrenal. En el ajedrez, lo ladean y cuidan las diagonales.

La identificación del Rey

De todas las piezas, los peones son los de menor tamaño, correspondiendo la máxima altura a la familia real (incluso son más grandes que los caballos o torres). La Reina, atributo que parece se le asocia a la mujer, demuestra su coquetería a través de su llamativa corona, con sus graciosas formas y llena de diamantes y piedras preciosas.

El Rey, en cambio, más circunspecto, tiene una cruz sobre su corona. ¿Y que simboliza esa cruz? Según se decía en la época, los reyes adquirían su calidad de tales por “la gracia de Dios”. Por tanto, en el Rey confluye el poder divino y el poder terrenal. No se lo podía desafiar, puesto que sería hacerlo con el propio dios. Esta asociación llevó al ascenso social del clero, clase privilegiada por excelencia del Medioevo, al punto que se indicaba que una familia de alcurnia, que se preciara de tal, debía tener un hijo sacerdote.

La concepción religiosa de la época implicaba la existencia de los preferidos, representados por la realeza y los títulos nobiliarios, en contraposición al vulgo o plebe, que se sometía a los dictados de la religión imperante y la estructura social que sostenía.

En ese marco, los clérigos eran portadores del conocimiento, al saber leer, escribir, y tener acceso a los textos de la época. Afortunadamente para el avance de la sociedad occidental, existieron gremios y logias, primero operativas y luego especulativas, que habilitaron a mantener y difundir un saber propio, no impuesto y cuyos objetivos no tendía a promover una estructura social injusta. Es comprensible entonces que quienes detentaban el poder, en sus vertientes terrenales o religiosas, se opusieran con fuerza al tríptico fundamental de Libertad, Igualdad y Fraternidad que acabaría con sus privilegios.

A modo de conclusión

Nos rendimos ante la magia y enseñanzas del denominado juego ciencia. Más allá que hemos identificado algunas ideas – fuerza que son transmitidos en el inconsciente colectivo – por lo que hemos denominado ajedrez moderno - contra el cual combatimos, como el predominio del género masculino sobre el femenino, de una clase social minoritaria sobre las mayorías, la concentración en una persona o clase del poder divino con el terrenal, etc. , ello no se vincula al juego en sí.

Como nos enseñan las escuelas iniciáticas, la casualidad no existe. Y en el ajedrez nunca gana el peor, ya que el azar no tiene lugar. Y si buscamos nuestro perfeccionamiento individual para alcanzar una sociedad más justa y solidaria, mediante el estudio de la ciencia y la cultura, invito a los Hermanos a desarrollar su inteligencia y estrategias, a través de la práctica de uno de los más excelsos juegos que haya creado el ser humano.

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